La “Desestalinización”
Stalin no había
organizado su sucesión y sus poderes pasaron a una dirección colectiva en la
que se distinguieron tres figuras principales: Malenkov, presidente del Consejo
de Ministros; Beria, la máxima autoridad del Ministerio de Asuntos Internos (del
que dependía la policía política), y el secretario general del Partido,
Kruschev. En un segundo plano estaban Kaganóvich, comisario de Economía, y
Mólotov, al frente de Relaciones Exteriores. Aunque acordaron mantenerse
unidos, competían sordamente por el control del poder. Pocas semanas después de
la muerte de Stalin aparecieron señales de cambio: fue aprobado el decreto de
amnistía a los presos políticos y el que negaba la existencia de la conjura de
los médicos. Era el principio del fin del terror. Al mismo tiempo, Malenkov
declaraba su interés en modificar las prioridades de los planes económicos
pasando inversiones de la industria pesada hacia los bienes destinados a
mejorar las condiciones de vida de la población, especialmente la vivienda. En
sintonía con este sesgo, Beria alentaba las negociaciones con los países del
bloque capitalista para poner fin al problema alemán. Su idea era llegar a la
reunificación de las dos zonas mediante la instauración de un Estado alemán
neutral que sirviese de garantía a la preservación de las fronteras entre los
dos bloques. También se mostró dispuesto al acercamiento con Tito (el hereje,
según Stalin) y con Mao.
Los hombres que
habían colaborado estrechamente con la política estalinista, y sin que se
visualizaran presiones desde la sociedad, estaban dando un drástico giro
respecto del gobierno de Stalin. Sin embargo, el grupo carecía de cohesión.
Hasta 1958, en que Kruschev impuso finalmente su mando, las pugnas entre
camarillas imprimieron su sello a los sucesivos recambios de una parte del
personal ubicado en la cima del poder. Pero se produjo un cambio fundamental:
la pérdida del cargo dejó de estar acompañada por la eliminación física del
desplazado, excepto en el caso de Beria. A mediados de 1953, a través de
procedimientos y de reproches de corte estalinista, el jefe máximo de los
servicios de seguridad fue detenido y a finales de ese año fusilado. En cierto
sentido, se repitió lo que había ocurrido en los años 20 con la muerte de
Lenin: la desaparición del jefe máximo desencadenó la competencia entre los
miembros de la cúpula bolchevique. Pero en aquella ocasión, Stalin acabó
imponiéndose a través de la invocación del legado leninista; sus sucesores, en
cambio, dieron curso a la desestalinización.
Aunque los
sentimientos de miedo y hastío frente al terror parecen haber sido compartidos,
estos se combinaron con la presencia de diferentes fracciones. Los dos
principales temas del debate explícito, enlazados entre sí, fueron: el rumbo de
la política exterior (hasta qué punto alentar el deshielo o seguir la carrera
armamentista), y las prioridades fijadas en los planes económicos (cuánto
asignar a la industria pesada y cuánto a la de bienes de consumo). Pero hubo
otra controversia más encubierta que giró en torno de los alcances del
desmantelamiento de la maquinaria del terror y los procedimientos a seguir en
este sentido. En este terreno, Kruschev asumió la posición más radicalizada. Su
embate contra el estalinismo fue en gran medida una herramienta para ganar
terreno sobre los rivales. En su marcha hacia la toma del poder fue quien, con
mayor convicción y habilidad, profundizó la desestalinización hasta el punto de
denunciar los crímenes de Stalin. Después de su activa intervención en la
destitución de Beria, Kruschev avanzó sobre Malenkov aliándose con Kaganóvich y
Mólotov, la vieja guardia del Partido, reticente a los cambios en todos los
sentidos. A principios de 1955, el secretario del Partido logró que Bulganin,
un hombre de su confianza, reemplazara a Malenkov como presidente del Consejo
de Ministros. Había llegado el momento de tomar distancia del grupo
conservador, y poco después viajó a Belgrado para recomponer las relaciones con
Tito.
En el XX Congreso
del Partido, a finales de febrero de 1956, Kruschev pronunció el discurso
secreto que destapó el velo sobre el Gulag y la depuración del Partido en los
años 30 y en el que, además, atacó el culto a la personalidad de Stalin. No
todo fue dicho y mucho menos se intentó ofrecer razones sobre lo ocurrido. El
jefe máximo muerto fue al mismo tiempo el responsable y la causa del terror; sólo
había que pasar página para seguir avanzando hacia el socialismo. Con estas
revelaciones atrevidas y parciales, Kruschev pretendía ganar el apoyo de la
masa del Partido y fortalecerse frente a sus rivales, que aún retenían espacios
de poder en el Partido y el gobierno. Pero su discurso fue también la expresión
de un militante comunista convencido de que era posible renovar el régimen y
recuperar los ideales del Octubre Rojo.
El informe secreto
de 1956 se difundió rápidamente y agrietó las convicciones en los partidos
comunistas. Una parte importante de los militantes comunistas occidentales
abandonaron sus filas: fue el principio del fin de la disciplina y la
obediencia ciegas al partido que había hecho la Revolución. Los partidos
comunistas de Suiza y Dinamarca sufrieron una grave crisis. En Gran Bretaña fue
peor, ya que un tercio de los militantes se dieron de baja. En Francia, quizá
una cuarta parte del mundo intelectual que apoyaba de forma más o menos
implícita al Partido Comunista se desvinculó del mismo.
El nuevo rumbo de
Kruschev combinaba los cambios internos con el deshielo de la Guerra Fría. La
Unión Soviética no podía seguir destinando tantos recursos al aparato militar, porque
era preciso atender las condiciones de vida de la población. Aunque no logró
cambios significativos en la comunicación con Washington, dejó claro que tenía
la voluntad de dialogar y anunció que la superioridad del socialismo quedaría
confirmada a través de su exitosa competencia económica con el capitalismo. La
revolución bolchevique dejaba de ser el camino obligado para el triunfo del
comunismo. Era factible seguir diferentes vías, e implícitamente quedaba
abierta la posibilidad del desarrollo progresivo del socialismo en el marco del
capitalismo. En lugar de los dos campos en lucha propuestos con la creación del
Kominform, ahora los partidos comunistas podían avanzar en la búsqueda de
alianzas parlamentarias en el marco de las democracias occidentales. En gran
medida, al no proponer la expansión revolucionaria del comunismo, la nueva
dirigencia, aunque con una actitud diferente, seguía el mismo rumbo que Stalin:
consolidar el poder ya conquistado.
En el plano interno,
Kruschev no pretendió reemplazar a los cuadros estalinistas; sólo reeducarlos y
forjar una racionalidad que operase como dique de contención a los excesos del
régimen fundado en la autoridad de una sola persona. La propuesta del nuevo
jefe máximo se basaba en un elevado grado de confianza en la solidez del
aparato partidario y en su posibilidad de conservar lo esencial del poder.
Respecto del rumbo económico, promovió amplias reorganizaciones sin cuestionar
la economía central planificada. En el orden industrial, recortó los poderes de
la burocracia central y favoreció un mayor grado de injerencia por parte de los
gobiernos provinciales. En materia agrícola, se liberó a los agricultores de
las entregas forzosas de alimentos, el Estado se declaró dispuesto a pagar
todos los productos requeridos para asegurar el abastecimiento de las ciudades
y aumentó los precios de estos. En cierto sentido, las reformas del campo
retomaban algunos de los principios de la NEP. Pero también se propuso
conquistar las tierras vírgenes de Asia Central y Siberia, una experiencia
inicialmente exitosa pero que acabó en un rotundo fracaso al provocar la
erosión de los suelos.
En el afán de
incrementar los volúmenes, se dejó a un lado la renovación de los terrenos,
explotados a toda marcha y, lo más dramático, se impuso una explotación que
alteró los cursos del agua y liquidó los cultivos destinados a alimentar a la
población, que sufrió los rigores de un nuevo régimen de explotación. Gran
parte de la población rural de Asia Central fue sacrificada a la irracional
producción de algodón. Un aspecto de la política interna de Kruschev es el que
se refiere a su política cultural y a sus relaciones con los intelectuales. La
desestalinización produjo, por vez primera en la historia de la URSS, la
aparición de algo semejante a una opinión pública, especialmente entre los
medios culturales que, por lo menos en una etapa inicial, estuvieron al lado del
líder soviético.
En 1957, Pasternak
publicó en el extranjero Doctor Zhivago, que incluía aspectos críticos
hacia la Revolución de 1917. Con él obtuvo el Premio Nobel en 1958 que, sin
embargo, no pudo recibir personalmente por la oposición de las autoridades. En
1962, la censura permitió la aparición de Un día en la vida de Iván Denísovich,
de Aleksandr Solzhenitsyn. También se publicó la obra poética de Ajmátova y la
ensayística de Amalrik. En todos estos casos, se elevó el nivel de tolerancia
para los discrepantes con el sistema político vigente.
Mientras Kruschev
disfrutaba de sus vacaciones, en 1964, la práctica totalidad del Presídium
(ex-Politburó) aprobó su destitución y los nombramientos de Leonid Brézhnev
como primer secretario del Partido y de Alekséi Kosyguin
como presidente del Consejo de Ministros. Según sus camaradas, había cometido
errores graves en la dirección de la política económica, había tomado
decisiones improvisadas y obró con manifiesta falta de prudencia en muchos
casos. Kruschev no fue perseguido, pero vivió observado en una vivienda
modesta. En el retiro “por motivos de salud” escribió sus memorias a escondidas,
y el control de los servicios no impidió que Kruschev recuerda
apareciera en Occidente en 1970.
Se le responsabilizó
del impasse en que se encontraba la agricultura soviética, incapaz de aportar
una base sólida al ascenso del nivel de vida. Se le acusó por el consiguiente
estancamiento del ritmo, que debía de ir en aumento, del desarrollo industrial.
En parte estas dificultades derivaron de los experimentos descoordinados de
Kruschev o, como se dijo en el Congreso, de su actitud “subjetivista” frente a
los problemas económicos. Pero también en parte fueron fruto de las
circunstancias objetivas y tuvieron que ver con la transición operada por la
economía soviética de la acumulación socialista primitiva a una modalidad de
acumulación más normal.
De la misma manera,
hay que reconocer que el coste, cada vez más gravoso, del programa de armamento
estaba pesando sobre la economía y retardando su avance. La desestalinización
fue incompleta. No se le explicó al país lo vivido a lo largo de la era de
Stalin. No hubo un intento de desarmar la tragedia estalinista y avanzar hacia
la verdad. La formulación de un conjunto de verdades a medias fomentó una
decepción peligrosa, sin ofrecer a la joven intelligentsia ni a los
trabajadores una idea positiva ni un método político efectivamente capaz de
llenar el vacío dejado por la destrucción de ídolos y mitos.
Los 18 años en que
Brézhnev estuvo al frente del PCUS están asociados con tres procesos clave:
1.
El afianzamiento de la nomenklatura.
2.
El estancamiento económico,
especialmente su retraso en el plano científico y tecnológico, opacado por el
hecho de que fue el período en que la población soviética dejó atrás la etapa
de los sacrificios y alcanzó sus más altos niveles de consumo.
3.
La adopción en los años 70 de una
política exterior expansionista, en especial su gravitación en África, uno de
los factores que darían paso a lo que algunos historiadores han calificado como
la Segunda Guerra Fría.
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