La Crisis De Los Antiguos Imperios
La expansión de
Occidente trastocó radicalmente el escenario mundial. Toda África y gran parte
de Asia pasaron a ser, en la mayoría de los casos, colonias europeas. Aunque
tempranamente gran parte de las poblaciones autóctonas resistieron el avance de
los europeos, estos movimientos no pueden calificarse de nacionalistas. En la
mayoría de los casos, las antiguas clases dirigentes tuvieron un papel preponderante
y las resistencias expresaron tanto la reacción frente a la destrucción de
formas de vida como el afán de los grupos gobernantes de conservar su autoridad
y prestigio. Tanto en Egipto en los años ochenta, como en la India con la
creación del Congreso, coexistieron fuerzas heterogéneas.
Los tres imperios de
mayor antigüedad, el persa, el chino y el otomano, con sus vastos territorios y
añejas culturas, no cayeron bajo la dominación colonial, pero también fueron
profundamente impactados por la expansión imperialista. En el seno de estos se
gestaron diferentes respuestas. Mientras unos sectores explotaron los
sentimientos antiextranjeros para restaurar el orden tradicional, otros
impulsaron las reformas siguiendo la huella de Occidente, y algunos plantearon
la modernización económica, pero evitando la occidentalización cultural.
En el antiguo
Imperio persa, antes de la Primera Guerra Mundial, hubo dos movimientos: la
Protesta del Tabaco (1891-1892) y la Revolución constitucional (1905-1911).
Estas expresaron el rechazo al nuevo rumbo de la economía y al mismo tiempo
evidenciaron el peso del ideario político liberal en distintos grupos de la
sociedad, especialmente sectores medios y parte del clero chiíta.
La concesión por
parte del Sah del monopolio de la venta y exportación de tabaco a una compañía
inglesa desató el boicot y una oleada de huelgas dirigidas, en gran medida, por
comerciantes y líderes religiosos musulmanes. Uno de los principales ayatolás
dictó un decreto islámico (fatwa) que prohibía fumar, y las mezquitas se
abrieron para dar asilo a quienes protestaban. El Sah tuvo que revocar la
medida. Los ulemas persas estaban en una posición mucho más fuerte que los de
Egipto. Tenían una base financiera sólida y se concentraban en las ciudades
sagradas de Nayaf y Kerbala, en el Irak otomano. Los monarcas carecían de un
ejército moderno y de una burocracia central capaz de imponer su voluntad en
materia de educación, leyes y administración de parte de los territorios. A
medida que crecía la influencia económica de los europeos, los comerciantes y
artesanos nativos recurrieron al consejo de los ulemas, con quienes compartían
similar procedencia familiar y los mismos ideales religiosos.
Los ulemas
legitimaron sus reivindicaciones: Persia dejaría de ser una nación musulmana si
los soberanos seguían cediendo poder a los infieles. La idea de que una
constitución era un recurso importante para la seguridad y la prosperidad de la
nación congregaba importantes adhesiones, aun entre algunos clérigos. El
ejemplo de Japón le confería consistencia. En 1906, el Sah, frente a las
movilizaciones que rechazaban su política, aceptó la convocatoria a una
asamblea que al año siguiente aprobó una constitución inspirada en la de
Bélgica, de decidido corte parlamentario. Sin embargo, en poco tiempo pasaron a
primer plano divergencias claves entre la mayoría del clero y los laicos
liberales acompañados por una minoría de ulemas, especialmente en el campo
educativo y respecto de los alcances de la sharía. Finalmente, el texto
constitucional enmendado reconoció a un comité de ulemas el poder de vetar
aquellas leyes que contradijeran la sagrada ley del Islam. En 1908 el Sah,
apoyado por una brigada de cosacos rusos, dio un golpe de Estado que clausuró
la asamblea y ejecutó a los reformadores más radicales. Un contragolpe
destituyó al Sah, y se nombró una segunda asamblea. El avance de las tropas
zaristas en 1911 condujo a la clausura del nuevo órgano legislativo.
En el caso de China,
las derrotas en las llamadas “Guerras del opio” de 1839 a 1842 y,
posteriormente, de 1856 a 1860, significó el principio del fin del Imperio
manchú. Inicialmente, el comercio británico con China fue deficitario. Los
chinos apenas estaban interesados en la lana inglesa y algunos productos de metal.
En cambio, la Compañía de las Indias Orientales incrementaba continuamente sus
compras de té. Dado que no era posible establecer unos intercambios
equiparables, el desembolso británico de plata creció proporcionalmente. En
1800, la Compañía de las Indias Orientales compraba anualmente 10 millones de
kilos de té chino, con un coste de 3,6 millones de libras. Frente a esta
situación los británicos recurrieron a un producto: el opio, que iba a darles
importantes márgenes de beneficio, contrarrestando así el déficit con los
chinos.
La producción se
estableció en la India, al calor de las conquistas realizadas por los
británicos entre 1750-1800. Allí había terrenos apropiados, clima conveniente y
mano de obra barata y abundante, tanto para recoger la savia de la planta como
para el proceso de laboratorio (hervido) que debía convertirla en una pasta
espesa, susceptible de ser fumada. La Compañía de las Indias Orientales, que
gozaba del monopolio de la manufactura del opio en la India, organizó el
ingreso del opio en China. El opio se vendía en subasta pública y era
posteriormente transportado a China por comerciantes privados británicos e
indios autorizados por dicha compañía. Las ventas en Cantón pagaban los envíos
de té chino a Londres, en un próspero comercio triangular entre India, China y
Gran Bretaña. Según el historiador británico David Fieldhouse, el tráfico de
opio hacia China llegó a convertirse, durante un tiempo, en piedra angular del
sistema colonial inglés. La producción en la India se convirtió en la segunda
fuente de ingresos de la corona británica gracias a la explotación del
monopolio que poseía la Compañía de las Indias Orientales. Las cifras oficiales
indican que para 1793 estos ascendían a 250.000 libras esterlinas, pero para
mediados de la primera mitad del siglo XIX, cuando Inglaterra no dispone ya de
los ingresos del negocio de los esclavos de África, sus ventas superan al
millón de libras esterlinas, lo que convierte al opio en el medio comercial
fundamental del avance inglés en el sudeste asiático y en el interior de China.
Los edictos imperiales contra la venta de opio, a pesar de los drásticos
castigos a los negociantes, fueron burlados por el contrabando. En los años 30,
el emperador dictó la pena de muerte para los traficantes de opio y envió a la
región de Guangzhou, como comisionado imperial, a Lin Zexu, quien dirigió una
carta a la reina Victoria:
“Supongamos
que hubiera un pueblo de otro país que llevara opio para venderlo en Inglaterra
y sedujera a vuestro pueblo para comprarlo y fumarlo. Seguramente, vuestro
honorable gobernante aborrecería profundamente esto. [.…] Naturalmente, ustedes
no pueden desear dar a otros lo que no quieren para sí mismos”.
La Corona británica
recogió las quejas de los comerciantes enviando una flota de guerra a China que
derrotó a las fuerzas imperiales. El tratado de Nanking firmado en 1842
reconoció casi todas las exigencias de Gran Bretaña. Se abrieron nuevos puertos
al comercio británico y los ingleses, en caso de ser acusados de algún delito, serían
juzgados por sus propios tribunales consulares. Las atribuciones del gobierno
chino en el plano comercial fueron limitadas y, además, la isla de Hong Kong
pasó a manos de Londres por un lapso de 150 años, con la doble función de
centro comercial y base naval. Este resultado alentó la irrupción de otras
potencias: Estados Unidos, Francia y Rusia forzaron a China a la firma de los
llamados Tratados Desiguales. En 1860 China se vio obligada a abrir otros once
puertos al comercio exterior, los extranjeros gozaron de inmunidad frente a la
legislación china y se autorizó a los misioneros a propagar la religión
cristiana.
Simultáneamente, el
imperio estuvo a punto de ser aniquilado por movimientos revolucionarios; el
más importante fue la insurrección Taiping (1851-1864), que estableció una
dinastía rival a la manchú y se adueñó de buena parte de China Central y
Meridional. La rebelión presentó varios aspectos de movimiento milenarista: una
aguda conciencia de los males que afectaban a la sociedad, la ausencia de
propuestas precisas y la fuerte esperanza de un futuro promisorio generadora de
actitudes heroicas, como así también de un alto grado de fanatismo. Frente a
esta amenaza, el gobierno encaró una serie de reformas que le permitieron
sofocar los focos de insurrección. En esta empresa la elite china combinó la
revitalización de los valores tradicionales (la ideología confuciana puesta en
duda por Occidente y rechazada por los revolucionarios) con la adopción de
elementos occidentales en el campo tecnológico, militar y educativo. Durante
treinta años el imperio gozó de relativa tranquilidad, pero con las potencias
incrementando su poder. Las concesiones obtenidas en algunas ciudades –los
casos de Shanghái y Cantón, entre otros– las convirtieron en ciudades-Estado
independientes donde las autoridades chinas no tenían potestad y no se aplicaba
la legislación nacional.
La guerra con Japón
(1894-1895) le imprimió un nuevo giro a la historia de China: dio paso a una
gravísima crisis nacional que desembocaría en la caída del imperio en 1911. En
virtud de su derrota, China reconoció la independencia de Corea y cedió Formosa
(Taiwán) a Japón, las Islas Pescadores y la península de Liaotung (esta le fue
devuelta debido a la presión de Rusia, que buscó frenar la expansión japonesa)
y aceptó pagar fuertes indemnizaciones. La injerencia económica de los
imperialismos rivales progresó con rapidez, especialmente en los sectores
modernos: explotación de yacimientos mineros, inversión de capitales y
préstamos para el pago de la deuda con Japón. En los años siguientes al tratado
de paz, el loteo de China entre las potencias avanzó rápidamente. Con la
adquisición de Filipinas en 1898, Estados Unidos ganó presencia en el Pacífico
y en defensa de sus intereses comerciales se opuso a la existencia de esferas
de influencia exclusiva de otras potencias en el territorio. Indirectamente
contribuyó a mantener la unidad de China, especialmente por la cláusula que
dejaba en manos del gobierno central la recaudación aduanera en todas las regiones.
Desde la corte hubo
un intento de reforma radical impulsado por un grupo minoritario de letrados,
quienes pretendieron revertir la situación mediante la aprobación, en 1898, de
un abultado número de decretos que incluían: la abolición del sistema tradicional
de exámenes para funcionarios imperiales, la adopción de instituciones y
métodos occidentales de educación, la creación de una administración financiera
moderna, la autorización para la fundación de periódicos y asociaciones
culturales y políticas, la formación de un ejército nacional e incluso la
concesión al pueblo del derecho de petición ante el gobierno. Un golpe de
Estado puso fin a la experiencia de los Cien Días. La “revolución desde arriba”
no contó en China con las condiciones sociales ni con la suficiente convicción
de la elite dirigente para que pudiera prosperar.
Al fracaso de la
reforma le sucedió el levantamiento de los bóers, en el que prevaleció el
rechazo violento de todo lo extranjero: centenares de misioneros y de chinos
cristianos fueron asesinados, numerosas iglesias quemadas, y muchas líneas de
ferrocarril y de teléfono fueron destruidas. El movimiento atrajo a campesinos
pobres, a quienes las malas cosechas e inundaciones obligaron a emigrar, así
como también a sectores marginales o desclasados en virtud de la competencia de
los nuevos medios de transporte, comunicación y los productos europeos. Los
letrados y funcionarios más conservadores apoyaron la insurrección que, a
mediados de 1900, desembocó en el sitio a las legaciones extranjeras en Pekín y
al asesinato del embajador alemán. Frente a las reclamaciones de las potencias
extranjeras, la corte aceptó reprimir la sublevación. Finalmente, una fuerza
militar con tropas de varios países puso fin al conflicto. Pekín fue ocupada
militarmente y saqueada con saña por las tropas expedicionarias. El imperio
subsistió hasta 1911, cuando una revolución en la que intervinieron fuerzas
heterogéneas proclamó la República.
El Imperio otomano
volvió a reunir bajo su autoridad gran parte de los territorios que habían
unificado los árabes. A fines del siglo XIII, los turcos otomanos se hicieron
fuertes en Anatolia. Desde allí se extendieron hacia el sudeste de Europa y
tomaron Constantinopla (Estambul) a mediados del siglo XV. A principios del
siglo XVI derrotaron a los mamelucos anexionando Siria y Egipto, y asumieron la
defensa de la costa del Magreb contra España. En su período de máxima expansión
se extendió por el norte de África, la zona de los Balcanes y Medio Oriente, desde
Yemen hasta Irán. En la segunda mitad del siglo XIX, con el avance de los
gobiernos europeos, sobre todo Inglaterra y Francia, y a través de la
penetración del comercio y de las inversiones extranjeras, el norte de África
quedó desvinculado de la autoridad del sultán. En este proceso también jugó un
papel significativo el afán de los gobernantes locales por alcanzar un mayor
grado de autonomía respecto de Estambul. El imperio otomano también retrocedió
en los Balcanes.
Ante el
desmoronamiento del imperio, sectores de la corte se inclinaron a favor de un
amplio plan de reformas inspiradas en las experiencias occidentales. En 1876
lograron que fuera aprobada una constitución de sesgo liberal. Pero las fuerzas
tradicionales demostraron una notable capacidad para resistir el cambio y, en
poco tiempo, el sultán revocó el texto constitucional y restauró la autocracia.
En 1908, los Jóvenes Turcos, un grupo de oficiales de carrera interesados en la
reorganización de las fuerzas militares y la incorporación de la tecnología
occidental, dieron un golpe y obligaron al sultán a reconocer la Constitución
de 1876. La revolución estuvo muy lejos de resolver los problemas de la unidad
del imperio y de su organización política. Las tensiones entre las
reivindicaciones de las nacionalidades no turcas y el proyecto nacionalista de
los militares turcos se hicieron evidentes desde que se reunió el Parlamento a
finales de 1908. Además, los Jóvenes Turcos estaban divididos en fracciones con
distintas orientaciones y, a la vez, en grupos facciosos que competían por el
poder.
Ante la impotencia
para impedir la desintegración del imperio, los Jóvenes Turcos fueron
abandonando los ideales de 1908 y refugiándose en políticas cada vez más
abiertamente xenófobas y autoritarias. Asociaron la salvación del imperio con
la imposición de la identidad turca al conjunto de las comunidades que lo
habitaban. El avance de Occidente debilitó al Imperio otomano, pero también
trajo angustias e incertidumbres y la revisión de los pilares de la cultura y
la religión musulmana. En Estambul ganó terreno el nacionalismo turco, mientras
que en otras áreas del mundo musulmán algunas figuras del campo intelectual
proponían la revisión y revitalización del Islam.
La expansión europea
no solo profundizaba la crisis económica y política del imperio: también
cuestionaba la identidad musulmana en el plano cultural y religioso, poniendo
en evidencia las debilidades de una civilización que había competido
exitosamente con Europa. Los intelectuales del mundo islámico reflexionaron
sobre las posibilidades y las desventajas del modelo occidental y en torno a
las razones de la decadencia de su propia cultura. Un sector se inclinó a favor
de la modernización, pero alertando contra la mera imitación; los logros de
Occidente debían reelaborarse teniendo en cuenta la identidad islámica.
Admiraban los éxitos económicos y tecnológicos de Europa, pero rechazaban sus
políticas imperialistas. En este grupo se destacaron Jamal al-Din al-Afghani
(1838-1897), pensador y activista político, y su discípulo Muhammad ‘Abduh
(1849-1905), abocado a la reforma intelectual y religiosa. Afghani nació en
Irán en un contexto familiar relacionado con el clero chiita persa. Viajó por
el mundo musulmán, desde Egipto a la India. El estado de descomposición social
que percibió en todas las regiones lo condujo a proponer un programa cuyo punto
de partida era la reforma interna. Los males del mundo musulmán eran causados
por el expansionismo europeo, pero también por los gobernantes autocráticos y
los ulemas aferrados a una interpretación retrógrada de la doctrina:
«[…]
hoy las ciudades musulmanas son saqueadas y despojadas de sus bienes, los
países del Islam, dominados por los extranjeros y sus riquezas, explotadas por
otros. No transcurre un día sin que los occidentales pongan la mano sobre una
parcela de estas tierras. No pasa una noche sin que pongan bajo su dominio una
parte de estas poblaciones que ellos ultrajan y deshonran. Los musulmanes no
son ni obedecidos ni escuchados. Se los ata con las cadenas de la esclavitud.
Se les impone el yugo de la servidumbre. Son tratados con desprecio, sufren
humillaciones. Se quema sus hogares con el fuego de la violencia. Se habla de
ellos con repugnancia. Se citan sus nombres con términos groseros. A veces se los
trata de salvajes [...]. ¡Qué desastre! ¡Qué desgracia! ¿Y eso por qué? ¿Por
qué tal miseria? Inglaterra ha tomado posesión de Egipto, del Sudán y de la
península de la India apoderándose así de una parte importante del territorio
musulmán. Holanda se ha convertido en propietaria omnipotente de Java y de las
islas del océano Pacífico. Francia posee Argelia, Túnez y Marruecos. Rusia tomó
bajo su dominio el Turquestán occidental, el Cáucaso, la Transoxiana y el
Daguestán. China ha ocupado el Turquestán oriental. Solo un pequeño número de
países musulmanes han quedado independientes, pero en el miedo y el peligro
[...]. En su propia casa son dominados y sometidos por los extranjeros que los
atormentan a todas horas mediante nuevas artimañas y oscurecen sus días a cada
instante con nuevas perfidias. Los musulmanes no encuentran ni un camino para
huir ni un medio para combatir [...]. ¡Oh, qué gran calamidad! ¿De dónde viene
esta desgracia? ¿Cómo han llegado a este punto las cosas? ¿Dónde la majestad y
la gloria de antaño? ¿Qué fue de esta grandeza y este poderío? ¿Cómo han
desaparecido este lujo y esta nobleza? ¿Cuáles son las razones de tal
decadencia? ¿Cuáles son las causas de tal miseria y de tal humillación? ¿Se
puede dudar de la veracidad de la promesa divina? ‘¡Que Alá nos preserve!’ ¿Se
puede desesperar de su gracia? ‘¡Que Alá nos proteja!’. ¿Qué hacer, pues?
¿Dónde encontrar las causas de tal situación? Dónde buscar los móviles y a
quién preguntar, si no afirmar: “Alá no cambiará la condición de un pueblo
mientras este no cambie lo que en sí tiene”.»[1]
Reconoció la
conveniencia de aprender de Occidente en el plano científico y en el de las
ideas políticas, pero evitando su materialismo y laicismo. Afgani no era
nacionalista, ya que la reforma interna y la expulsión de los europeos debían
plasmarse a través de una unión islámica supranacional. Este modernismo
islámico fue esencialmente un movimiento intelectual y no dio lugar a
organizaciones duraderas, pero perduró como corriente de pensamiento interesada
en compatibilizar la interpretación del Islam con la reforma sociopolítica del
mundo musulmán.
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