sábado, 17 de diciembre de 2011

La Gran Alianza (1941-1945)

 

 

La Gran Alianza (1941-1945)

 

Durante el año que medió entre la derrota de Francia y la invasión a la Unión Soviética, el Reino Unido fue el único país que enfrentó al nazismo. El primer ministro Winston Churchill fue consciente desde un principio de que necesitaba el respaldo de Estados Unidos, y el presidente Franklin Delano Roosevelt se comprometió con el esfuerzo de los británicos. En marzo de 1941, el Congreso norteamericano aprobó la ley de Préstamo y Arriendo. El presidente podía vender o alquilar todo tipo de material a cualquier Estado considerado clave para la seguridad nacional. Como resultado de esta medida la economía estadounidense adaptó su producción a las necesidades de la guerra un año antes de declararla, y puso al alcance de sus aliados unos 50.000 millones de dólares en armas, servicios y alimentos.

En agosto de ese año tuvo lugar un encuentro entre ambos gobernantes en el que aprobaron la Carta del Atlántico. En este documento declararon que sus países no buscaban ningún engrandecimiento territorial o de otro tipo, que respetarían las decisiones democráticas de los pueblos y que se esforzarían por extender el libre comercio y asegurar mejoras en las condiciones de trabajo. Con el inicio de la Operación Barbarroja en junio de 1941, Washington y Londres manifestaron su interés en colaborar con los soviéticos. Comenzaba a forjarse la Gran Alianza que encabezarían Iósif Stalin (presidente del Consejo de Ministros de la URSS), Winston Churchill (primer ministro de Gran Bretaña), y Franklin Roosevelt (presidente de EE.UU) a partir del ingreso de Estados Unidos al campo de batalla en diciembre de 1941. La expansión arrolladora y despiadada de los nazis hizo posible que los dirigentes de las democracias liberales y del comunismo aunaran sus fuerzas contra el enemigo común.

Desde finales de 1941 hasta la conclusión del conflicto se concretaron una serie de entrevistas, entre las que se destacan: la conferencia de Teherán (noviembre de 1943) y la de Yalta (febrero de 1945), con la presencia de Roosevelt, Stalin y Churchill, y la de Potsdam (julio-agosto de 1945), con Harry Truman (el vicepresidente de Roosevelt, quien había muerto el 12 de abril), Stalin y el dirigente laborista Clement Attlee (reemplazó a Churchill en virtud de la derrota electoral de los conservadores). Las negociaciones entre los tres mandatarios incluyeron cuestiones referidas a la forma de conducir la guerra, a la reorganización territorial y política del mundo, especialmente de Europa, una vez derrotada Alemania, y a la creación de un sistema capaz de garantizar la preservación de la paz.

Cuando se reunieron en Yalta, la situación favorecía claramente a Stalin. En esta conferencia se acordaron cinco resoluciones principales: el tratamiento dado a los dos protagonistas del Eje, Alemania y Japón; la creación de la ONU, la declaración de principios sobre la Europa liberada y, por último, las fronteras y la composición del gobierno de la nueva Polonia. Se acordó que Alemania fuera desmilitarizada y dividida en cuatro zonas a ser ocupadas por la Unión Soviética (este), Estados Unidos (sudoeste), Gran Bretaña (noroeste) y Francia (oeste). Los comandantes militares de las cuatro zonas de ocupación integrarían el Consejo Supremo de Control, autoridad suprema interaliada. La delimitación de las cuatro zonas fue concebida en términos administrativos; en aquel momento ninguno de los líderes reunidos pensó en una división política de la potencia derrotada. Se aprobó el pago de altas reparaciones de guerra por parte de los alemanes y se dispuso que los principales criminales de guerra nazis fuesen juzgados por un tribunal internacional, los futuros juicios de Nüremberg[1].

En relación con Asia, un protocolo secreto estableció que la Unión Soviética entraría en guerra contra Japón después del fin de las hostilidades en Europa. Una vez derrotados los japoneses, Rusia recuperaría “los derechos anteriores, violados por el pérfido ataque del Japón en 1904”. Por otra parte, Irán quedó dividido en zonas de influencia entre ingleses y soviéticos. En el territorio polaco, liberado y ocupado por el Ejército Rojo, ya funcionaba un gobierno provisional avalado por Stalin. Churchill y Roosevelt lo presionaron para que fueran incluidos miembros del gobierno en el exilio en Londres, y para que en breve plazo se concretaran las elecciones. Aunque Stalin accedió, no concretaría ninguna de estas medidas. En relación con las fronteras, los gobernantes occidentales aceptaron que la Unión Soviética avanzara sobre Polonia recuperando los territorios perdidos en la guerra de 1921, y en compensación la frontera polaca del oeste se desplazaría incorporando así territorios alemanes y reduciendo la extensión de Alemania. El trazado final de esta frontera occidental sería fijado en la conferencia de paz para hacerse cuando terminase la guerra.

A fin de concretar la constitución de las Naciones Unidas se dispuso a convocar una reunión en San Francisco, California, en abril de 1945. Por último, se aprobó la denominada “Declaración sobre la Europa liberada”, en la que los tres gobernantes se comprometieron con la reconstrucción de Europa a través de la democracia. Una vez concretada la rendición de Alemania, los aliados se reunieron en Potsdam, en las afueras de Berlín, para precisar la forma en que se efectuaría el cobro de las reparaciones de guerra y al mismo tiempo definir los procedimientos que habrían de llevar a la firma de los tratados de paz. En este encuentro el diálogo fue menos fluido. El enemigo común había sido derrotado y las divergencias sobre el nuevo orden europeo pasaron a primer plano, especialmente respecto a Polonia y Alemania. Esta conferencia definió el plan de las llamadas Cuatro D para Alemania: desnazificación, desmilitarización, democratización y descartelización. El cobro de las reparaciones admitía la confiscación de propiedades y bienes de capital industrial alemanes; cada potencia ocupante obtendría su parte de la zona alemana bajo su control, en el caso de Moscú se le permitió obtener del 10% al 15% del equipamiento industrial de las zonas occidentales a cambio de productos agrícolas de su zona de ocupación. Las reparaciones que correspondían a Polonia saldrían del territorio supervisado por la Unión Soviética.

La elaboración de la condiciones de paz para los aliados de régimen nazi (Bulgaria, Hungría, Italia, Finlandia y Rumania) fue encomendada a los ministros de Negocios Extranjeros de las cinco grandes potencias (Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido y la Unión Soviética). La cuestión de un tratado de paz con Alemania quedó en paréntesis, e igualmente en el caso de Japón, que todavía estaba en guerra. Una situación particular fue la de Austria, ya que pese a ser vista como víctima del nazismo y reconocida su independencia, quedó dividida en zonas de ocupación y la Comisión aliada siguió a cargo de diversas funciones, esencialmente la desnazificación. Las elecciones tuvieron lugar en noviembre de 1945, pero Austria continuó dividida y supervisada hasta 1955 cuando, con la firma del Tratado de Viena, el país recuperó su independencia plena.

El proceso de elaboración de la paz concluyó el 10 de febrero de 1947, con la firma de los Tratados de París entre los vencedores y los países satélites de la Alemania nazi. En cambio el desencadenamiento de la Guerra Fría impidió la firma de un tratado de paz entre los vencedores y Berlín. Si bien en un principio hubo coincidencias respecto de la conveniencia de reducir la capacidad industrial alemana, ya que los grandes grupos económicos habían posibilitado la política militarista y expansionista del régimen nazi, en poco tiempo Estados Unidos y Gran Bretaña apostaron por la recuperación económica de Alemania como escudo del bloque capitalista democrático frente al totalitarismo comunista. La formación de dos bloques antagónicos llevó a unos resultados no previstos en los encuentros entre los Aliados: la partición del país en dos Estados, la República Federal Alemana, alineada con Estados Unidos, y la República Democrática Alemana, bajo la órbita soviética. Recientemente, en septiembre de 1990, el Tratado 4+2, firmado por las cuatro potencias vencedoras y los dos Estados alemanes, otorgó el acabado reconocimiento internacional a la Alemania reunificada.

El principio general de los tratados fue volver a las fronteras europeas de 1937, con tres excepciones principales: la reducción del territorio de Alemania, el engrandecimiento del territorio soviético y el “desplazamiento” del territorio polaco hacia el oeste. Estas tres excepciones estaban estrechamente relacionadas. A pesar de que los cambios territoriales fueron menores que tras la Primera Guerra Mundial, se produjeron enormes traslados de población que añadieron más dolor a un continente devastado por la guerra: supervivientes de los campos de concentración nazis, trabajadores forzosos que habían sido trasladados al Tercer Reich, prisioneros de guerra, alemanes y otros grupos nacionales, ucranianos, bielorrusos, polacos, estonios, letones, lituanos, que huyeron frente al avance del Ejército Rojo, alemanes expulsados de la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia y de otros países de Europa oriental, refugiados de distinta procedencia.

En Asia los vencidos fueron Japón, derrotado por los norteamericanos, y Tailandia (Siam), ocupada por los británicos. Japón debió abandonar sus conquistas en China, Corea y la isla de Formosa (Taiwán). Corea quedó dividida en dos zonas: los comunistas al norte y los estadounidenses al sur. La URSS se anexionó la isla de Sajalín y las islas Kuriles. Además, 7 millones de japoneses dispersos por el antiguo Imperio debieron retornar al archipiélago nipón.

Pero en 1945 no se concretó la firma de un tratado de paz. El mapa político y territorial de la segunda posguerra no fue la expresión del reparto acordado en Yalta entre las principales potencias: fue resultado de las posiciones logradas en los campos de batalla, básicamente por los ejércitos de los distintos países que luchaban contra Alemania, pero también por las acciones de los movimientos de resistencia interior, como en los casos de Yugoslavia y de Albania. En el destino de China, los acuerdos entre los Tres Grandes tuvieron escasa incidencia, el triunfo de Mao se debió a la derrota de los nacionalistas en la guerra civil.



[1] Los juicios de Nüremberg fueron celebrados entre 1945 y 1946, en la ciudad alemana donde tuvieron lugar los congresos anuales del Partido Nacionalsocialista. En el proceso principal, los antiguos líderes nazis fueron acusados y juzgados como criminales de guerra por un Tribunal Militar Internacional. La autoridad de este Tribunal emanaba del Acuerdo de Londres, firmado el 8 de agosto de 1945 por representantes de los EE.UU., Gran Bretaña, la URSS y el gobierno provisional de Francia, que dispuso la constitución de un tribunal integrado por un delegado de cada uno de los países signatarios, que juzgaría a los más importantes criminales de guerra del Eje. Posteriormente, 19 países aceptaron el documento. El 18 de octubre de 1945 el Tribunal recibió la acusación que se basaba en cuatro cargos: 1) crímenes contra la paz (planear, instigar y librar guerras de agresión violando los acuerdos y tratados internacionales); 2) crímenes contra la humanidad (exterminio, deportaciones y genocidio); 3) crímenes de guerra (violación de las leyes de guerra), y 4) “haber planeado y conspirado para cometer” los actos criminales anteriormente mencionados. Los argumentos de la defensa pretendieron negar la competencia del Tribunal y poner de manifiesto la dificultad de aplicar unas leyes con carácter retroactivo. Las acusaciones describían delitos que no eran tales en el momento de haberse cometido, porque no existían las leyes internacionales que habían sido creadas con posteridad. La defensa recordó que los países acusadores mantuvieron relaciones con la Alemania de Hitler incluso durante los primeros años de guerra, tal es el caso de los Estados Unidos. Las leyes raciales en Alemania ya estaban vigentes cuando se celebró la conferencia de Múnich en 1938 o el pacto ruso-germano al año siguiente. Especialmente se hizo hincapié en la obediencia debida y en la supuesta ignorancia por parte de los implicados en la llamada solución final. Los jueces, sin embargo, querían sentar jurisprudencia y condenar no solo a los jefes nazis sino a la guerra misma y a sus horrores. El juicio de Nüremberg fue concebido para que se transformara en una norma de conducta para la humanidad, y así poder impedir futuras tragedias. Después de 216 sesiones, el 1 de octubre de 1946 emitió el veredicto: tres acusados fueron absueltos (Hjalmar Schacht, Franz von Papen y Hans Fritzsche), cuatro fueron condenados a penas de entre 10 y 20 años de cárcel (Karl Dönitz, Baldur von Schirach, Albert Speer y Konstantin von Neurath), tres fueron condenados a cadena perpetua (Rudolf Hess, Walther Funk y Erich Raeder) y, finalmente, 12 fueron condenados a muerte. Diez de ellos fueron ahorcados el 16 de octubre de 1946 (Hans Frank, Wilhelm Frick, Julius Streicher, Alfred Rosenberg, Ernst Kaltenbrunner, Joachim von Ribbentrop, Fritz Sauckel, Alfred Jodl, Wilhelm Keitel y Arthur Seyss-Inquart); Martin Bormann fue condenado “in absentia” y Herman Göring se suicidó en su celda antes de la ejecución. El industrial Gustav Krupp, incluido en la lista de acusados, no fue juzgado por su edad. Existieron además una serie de juicios llevados a cabo con posterioridad, donde se juzgó a funcionarios del Estado, jefes del ejército, industriales alemanes, médicos, jueces. Además, los esfuerzos de quienes, como Simón Wiesenthal y Beate Klarsfeld, no aceptaron que hubiera criminales sin castigo, llevaron a la captura, la extradición y el juicio de varios nazis que habían escapado de Alemania después de la guerra. Uno de ellos fue Adolf Eichmann, procesado en Jerusalén después de haber sido secuestrado en la Argentina en mayo de 1960 por agentes del servicio de seguridad israelita. Eichmann fue encontrado culpable y condenado a muerte. Con el material de Leo T. Hurwitz, quien filmó 350 horas del juicio en video, el israelí Eyal Sivan dirigió el documental Un especialista, en 1999. En el caso de Japón, los procesos contra los criminales de guerra estuvieron a cargo del Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, integrado por jueces procedentes de los países victoriosos. Inició su labor en agosto de 1946 y fue disuelto en noviembre de 1948. Las actuaciones de este tribunal se aplicaron solo a la jerarquía residente en Japón mismo, ya que se realizaron juicios ad hoc en diferentes lugares de Asia contra individuos particulares, por lo general miembros del Ejército y la Administración japonesa. Fue muy polémica la exclusión del emperador Hirohito de los acusados. Los aliados aceptaron el criterio del general Douglas MacArthur –comandante supremo de las fuerzas aliadas en el Pacífico– de mantener al emperador como garantía de estabilidad y de reconstrucción del Japón vencido. Fue el primer emperador japonés que viajó a Europa y a Estados Unidos en los años 60. Una de las acciones aún objeto de controversia en China y Japón es la captura de la ciudad de Nankín por los japoneses a fines de 1937. El gobierno chino sostiene que hubo una masacre de civiles, mientras que en Japón prevalece la opinión de que fue una operación militar.

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