sábado, 17 de diciembre de 2011

El Despegue De Europa

 

 

El Despegue De Europa

 

Al terminar las guerras Europa estaba devastada. Las pérdidas humanas fueron infinitamente superiores a las de la Primera Guerra. Aunque hubo escasos cambios de fronteras, se produjeron masivos y traumáticos desplazamientos de población. Los bombardeos habían destruido ciudades enteras y los sistemas de transporte estaban severamente dañados. La penuria alimentaria y la falta de productos de consumo dieron paso a severos racionamientos, a la inflación y a la gestación del mercado negro. La crisis material no estuvo asociada como en la primera posguerra con una crisis de conciencia.

En la primera posguerra la democracia fue intensamente cuestionada, en parte debido a su débil inserción en los nuevos países de Europa del este, en España y en Portugal, en gran medida por el brutal deterioro de las condiciones de vida en el marco de la crisis económica y porque la movilización de los pueblos logró ser canalizada, en una extensa porción del continente europeo, por el fascismo. En cambio, finalizada la Segunda Guerra Mundial el ideario democrático prevaleció en gran parte del mundo. Detrás de esta fuerza recobrada hubo dos importantes factores. Por un lado, la revalorización de la democracia en aquellas sociedades que habían pasado por la experiencia del fascismo. Por otro, la exitosa recuperación económica y el afianzamiento del Estado de bienestar, que alejaban a las clases trabajadoras de proyectos de cambio social y político radicales.

Sin embargo, hacia finales de la guerra el péndulo político de Europa se orientaba hacia la izquierda. Las élites conservadoras estaban desacreditadas por su colaboración con los fascistas; en cambio, los comunistas habían aumentado su prestigio a partir de su papel protagónico en la Resistencia. Su disciplina, su espíritu de sacrificio, su fe en la causa por la que luchaban hizo posible que los comunistas asumieran el liderazgo político en las luchas por la liberación de 1944-1945. En esos años, zonas enteras del sur de Francia y del norte de Italia estaban en manos de guerrilleros comunistas. No obstante, los partidos de este signo no se plantearon lanzarse a una insurrección armada mientras continuase la guerra. En las elecciones de posguerra se convirtieron en la fuerza mayoritaria de la izquierda en Italia, Francia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Albania, Bulgaria y Grecia. En la inmediata posguerra, quienes sostenían los principios del liberalismo ortodoxo no tuvieron eco en la sociedad; prevalecía un estado de ánimo favorable a un papel activo del Estado para avanzar en la reconstrucción económica y promover una mayor justicia social, tal como lo planteó, por ejemplo, el programa de la Resistencia francesa.

En este contexto, el liberalismo económico quedó reducido casi a una secta, y sus más definidos defensores se organizaron para preservar su identidad en el plano ideológico[1]. Los comunistas participaron en los gobiernos de Francia e Italia hasta 1947, y en la mayor parte de los países de Europa occidental hubo gobiernos fuertemente reformistas con destacada gravitación de los socialistas, excepto en Alemania occidental. El electorado británico, por ejemplo, sorprendió en 1945 a los máximos dirigentes políticos cuando se volcó a favor del partido Laborista: habían sido los conservadores los que dirigieron exitosamente la lucha contra los nazis. Parecía que iban a llevarse a cabo cambios radicales. Pero no hubo nada parecido al maximalismo polarizador de 1917-1920. En 1944-1945 los comunistas privilegiaron la cohesión del antifascismo: unidad nacional, ganar la guerra, restaurar la democracia. Al finalizar el conflicto, tanto en Italia como en Francia, los comunistas aceptaron el rápido desmantelamiento de los comités locales de resistencia y respaldaron la creación de gobiernos de amplia unidad nacional, ya que “la recuperación no podía ser obra de un solo partido sino de toda la nación”.

Las propuestas más radicales de la resistencia dejaron de resonar en poco tiempo, debido en parte a que la dura tarea de la reconstrucción provocó que las gentes se replegaran hacia el espacio privado, también con el afán de reconstruir sus vidas. Además, las relaciones internacionales tuvieron una gravitación cada vez más fuerte en la posición de la izquierda en mayor medida. Según se imponía la Guerra Fría, los comunistas fueron quedando aislados. En 1947 dos hechos expresaron el declive de la izquierda en Europa occidental: la aceptación del Plan Marshall y el retiro de los comunistas de los gobiernos de coalición. A partir de ese año la política exterior de los países europeos fue decididamente anticomunista. Con el avance de este cambio de paradigma, los partidos comunistas abandonaron la estrategia colaboracionista y se abocaron a la organización de la protesta social frente a políticas centradas en la recuperación de un clima favorable a la inversión de capital. En el invierno de 1947-1948 se produjeron huelgas masivas en Francia e Italia que fracasaron en la obtención de sus exigencias y, al mismo tiempo, profundizaron el distanciamiento del resto de las fuerzas políticas respecto de los comunistas. Aunque las coaliciones reformistas retrocedieron, se mantuvo el consenso respecto de algunas de sus premisas básicas, en el sentido de que los Estados no podían permitir que una crisis (como lo hizo la de 1930) desintegrara el tejido social.

La gran expansión económica de los años 50 estuvo dirigida en casi todas partes por gobiernos de centroderecha. El nuevo consenso anticomunista, asociado al proceso de constitución de los dos bloques, posibilitó la recuperación de las élites políticas tradicionales. Hubo cambios en el sistema de partidos que contribuyeron a la legitimación de la democracia, entendida como un orden moderado: la desaparición de la extrema derecha, la consolidación de la democracia cristiana como partido de masas y el creciente distanciamiento del marxismo por parte de la socialdemocracia. En la mayoría de los países centrales, excepto los casos de Francia y especialmente Italia, los comunistas no lograron una sólida inserción entre los trabajadores.

La reconstrucción dejó paso en poco tiempo a un crecimiento económico espectacular y hubo un destacado consenso sobre la preservación del capitalismo. Las diferencias se plantearon en torno a un mayor o menor dirigismo económico, respecto de la constitución de un sector público más o menos extendido, y en relación con el grado de participación de las organizaciones obreras en la gestión de las empresas.

En los años 60 el centro de gravedad se desplazó hacia el centroizquierda. El cambio de orientación fue resultado de una combinación de factores: el éxito de la gestión keynesiana, la desaparición de la dirigencia política muy moderada que había conducido el proceso de reconstrucción en la inmediata posguerra, y cambios electorales que afianzaron el peso de la socialdemocracia, entre ellos el triunfo de este partido en Alemania. Este giro se dio asociado con el fortalecimiento del Estado de bienestar. El gasto en los programas sociales, pensiones, salud, educación, vivienda, subsidios, representó la mayor parte del gasto público total, y los trabajadores del área de bienestar social constituyeron el conjunto más importante de empleados públicos: 40% en Gran Bretaña y 47% en Suecia, por ejemplo.

La socialdemocracia fue la fuerza política más decididamente involucrada con el sostenimiento de la tríada keynesianismo, economía mixta y Estado de bienestar. En la segunda posguerra los partidos socialdemócratas dieron un giro programático significativo a través de la plena aceptación de las reformas por vía parlamentaria en pos de una mayor justicia social, dejando de lado el principio marxista de la lucha de clases y el carácter inevitable de la revolución. La expresión más evidente de este cambio fue el nuevo programa de la socialdemocracia alemana aprobado en Bad Godesberg en 1959. La relación fluida con el capitalismo no se concretó al mismo tiempo en los distintos países, ni supuso la completa desaparición de las diversas reservas que marcaban este giro.

En el campo socialista europeo no hubo un único tipo de partido, ya que coexistieron diferentes organizaciones partidarias distinguibles por cuestiones tales como el grado y modo de tratar con los sindicatos, la intensidad y modalidad del compromiso con el Estado de bienestar, el peso electoral en el ámbito de la izquierda y su duración en el tiempo al frente del gobierno. El mapa político europeo durante los años dorados, teniendo en cuenta la gravitación de la socialdemocracia, se suele dividir en dos espacios principales: los países del norte, en los que dicho movimiento político tuvo una destacada presencia, y los del sur, en los que su peso en la sociedad y participación en los gobiernos fue débil. Ambos escenarios fueron heterogéneos.

Entre los países con una socialdemocracia consistente se reconocen dos situaciones. Por un lado, Noruega, Suecia y Dinamarca, donde la socialdemocracia fue el partido dominante. En Escandinavia, los socialdemócratas se afianzaron en el gobierno en el período de entreguerras y lograron sortear la crisis de 1929 a través de políticas activas desde el Estado y la concertación entre obreros y campesinos. Los socialdemócratas suecos en los años 30 fueron los primeros que desarrollaron, en la teoría y en la práctica, la posibilidad de un capitalismo dirigido sin necesidad de cuestionar la propiedad privada de los medios de producción. En estos países la socialdemocracia gobernante contó con la estrecha cooperación de los sindicatos y, simultáneamente, forjó el Estado de bienestar más comprometido con la preservación del pleno empleo. En esta región, la socialdemocracia alcanzó un alto grado de participación en el gobierno, como partido dominante o a través de coaliciones, desde 1945 hasta los años 80.

Por otro lado, el resto de los países del norte: Alemania, Gran Bretaña, Finlandia, Austria, Holanda, Suiza, Bélgica no conforman un grupo. Existen importantes contrastes entre unos y otros, solo tienen en común sus diferencias con el modelo anterior. En estos países, los socialistas tuvieron un menor grado de participación en el gobierno en virtud de la reñida competencia o las alianzas con la centroderecha. Además, asumieron un compromiso menos decidido respecto de las políticas de pleno empleo y la instrumentación generalizada de servicios sociales de alto nivel, como los suecos.

Respecto a los países en los que la socialdemocracia fue débil o inexistente, en este período se distinguen dos situaciones. Por un lado, la de los dos países democráticos, Francia e Italia, ambos con fuertes partidos comunistas; y la de países donde se mantuvieron las dictaduras que tomaron el poder en los años de entreguerras: España y Portugal, junto con el caso de Grecia, donde los militares se apoderaron del gobierno vía un golpe de Estado.


 



[1] La Sociedad Mont Pelerin fue fundada por Friedrich Hayek en 1947 y toma su nombre de una villa famosa, cerca de Montreux, en Suiza, donde se celebró la primera reunión. El objetivo del encuentro fue aglutinar a un grupo de influyentes economistas, filósofos y políticos para ejercer influencia ideológica en el ámbito político, económico y social a favor de la defensa de los ideales del libre mercado sin trabas estatales. Se proponían combatir en el plano de las ideas y a través de sus relaciones con el mundo empresarial y sectores de la dirigencia política el “ascenso del socialismo” y el keynesianismo. El austríaco Hayek ya había expuesto las ideas centrales de este grupo en su libro Camino de servidumbre, publicado en 1944. El economista norteamericano Milton Friedman fue otra de las figuras presentes en Mont Pelerin. Su doctrina sobre las bondades del libre mercado tuvo una amplia repercusión en las políticas de los gobiernos de gran parte del mundo a partir de los años 80, en el marco de la crisis del keynesianismo.

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