El Despegue De Europa
Al terminar las guerras
Europa estaba devastada. Las pérdidas humanas fueron infinitamente superiores a
las de la Primera Guerra. Aunque hubo escasos cambios de fronteras, se
produjeron masivos y traumáticos desplazamientos de población. Los bombardeos
habían destruido ciudades enteras y los sistemas de transporte estaban
severamente dañados. La penuria alimentaria y la falta de productos de consumo
dieron paso a severos racionamientos, a la inflación y a la gestación del
mercado negro. La crisis material no estuvo asociada como en la primera
posguerra con una crisis de conciencia.
En la primera
posguerra la democracia fue intensamente cuestionada, en parte debido a su
débil inserción en los nuevos países de Europa del este, en España y en
Portugal, en gran medida por el brutal deterioro de las condiciones de vida en
el marco de la crisis económica y porque la movilización de los pueblos logró
ser canalizada, en una extensa porción del continente europeo, por el fascismo.
En cambio, finalizada la Segunda Guerra Mundial el ideario democrático
prevaleció en gran parte del mundo. Detrás de esta fuerza recobrada hubo dos
importantes factores. Por un lado, la revalorización de la democracia en
aquellas sociedades que habían pasado por la experiencia del fascismo. Por
otro, la exitosa recuperación económica y el afianzamiento del Estado de
bienestar, que alejaban a las clases trabajadoras de proyectos de cambio social
y político radicales.
Sin embargo, hacia
finales de la guerra el péndulo político de Europa se orientaba hacia la
izquierda. Las élites conservadoras estaban desacreditadas por su colaboración
con los fascistas; en cambio, los comunistas habían aumentado su prestigio a
partir de su papel protagónico en la Resistencia. Su disciplina, su espíritu de
sacrificio, su fe en la causa por la que luchaban hizo posible que los
comunistas asumieran el liderazgo político en las luchas por la liberación de
1944-1945. En esos años, zonas enteras del sur de Francia y del norte de Italia
estaban en manos de guerrilleros comunistas. No obstante, los partidos de este
signo no se plantearon lanzarse a una insurrección armada mientras continuase
la guerra. En las elecciones de posguerra se convirtieron en la fuerza
mayoritaria de la izquierda en Italia, Francia, Checoslovaquia, Yugoslavia,
Albania, Bulgaria y Grecia. En la inmediata posguerra, quienes sostenían los
principios del liberalismo ortodoxo no tuvieron eco en la sociedad; prevalecía
un estado de ánimo favorable a un papel activo del Estado para avanzar en la
reconstrucción económica y promover una mayor justicia social, tal como lo
planteó, por ejemplo, el programa de la Resistencia francesa.
En este contexto, el
liberalismo económico quedó reducido casi a una secta, y sus más definidos
defensores se organizaron para preservar su identidad en el plano ideológico[1]. Los
comunistas participaron en los gobiernos de Francia e Italia hasta 1947, y en
la mayor parte de los países de Europa occidental hubo gobiernos fuertemente
reformistas con destacada gravitación de los socialistas, excepto en Alemania
occidental. El electorado británico, por ejemplo, sorprendió en 1945 a los
máximos dirigentes políticos cuando se volcó a favor del partido Laborista:
habían sido los conservadores los que dirigieron exitosamente la lucha contra
los nazis. Parecía que iban a llevarse a cabo cambios radicales. Pero no hubo
nada parecido al maximalismo polarizador de 1917-1920. En 1944-1945 los
comunistas privilegiaron la cohesión del antifascismo: unidad nacional, ganar
la guerra, restaurar la democracia. Al finalizar el conflicto, tanto en Italia
como en Francia, los comunistas aceptaron el rápido desmantelamiento de los
comités locales de resistencia y respaldaron la creación de gobiernos de amplia
unidad nacional, ya que “la recuperación no podía ser obra de un solo partido
sino de toda la nación”.
Las propuestas más
radicales de la resistencia dejaron de resonar en poco tiempo, debido en parte
a que la dura tarea de la reconstrucción provocó que las gentes se replegaran
hacia el espacio privado, también con el afán de reconstruir sus vidas. Además,
las relaciones internacionales tuvieron una gravitación cada vez más fuerte en
la posición de la izquierda en mayor medida. Según se imponía la Guerra Fría,
los comunistas fueron quedando aislados. En 1947 dos hechos expresaron el
declive de la izquierda en Europa occidental: la aceptación del Plan Marshall y
el retiro de los comunistas de los gobiernos de coalición. A partir de ese año
la política exterior de los países europeos fue decididamente anticomunista.
Con el avance de este cambio de paradigma, los partidos comunistas abandonaron
la estrategia colaboracionista y se abocaron a la organización de la protesta
social frente a políticas centradas en la recuperación de un clima favorable a
la inversión de capital. En el invierno de 1947-1948 se produjeron huelgas
masivas en Francia e Italia que fracasaron en la obtención de sus exigencias y,
al mismo tiempo, profundizaron el distanciamiento del resto de las fuerzas
políticas respecto de los comunistas. Aunque las coaliciones reformistas
retrocedieron, se mantuvo el consenso respecto de algunas de sus premisas
básicas, en el sentido de que los Estados no podían permitir que una crisis (como
lo hizo la de 1930) desintegrara el tejido social.
La gran expansión económica
de los años 50 estuvo dirigida en casi todas partes por gobiernos de
centroderecha. El nuevo consenso anticomunista, asociado al proceso de
constitución de los dos bloques, posibilitó la recuperación de las élites
políticas tradicionales. Hubo cambios en el sistema de partidos que
contribuyeron a la legitimación de la democracia, entendida como un orden
moderado: la desaparición de la extrema derecha, la consolidación de la
democracia cristiana como partido de masas y el creciente distanciamiento del
marxismo por parte de la socialdemocracia. En la mayoría de los países
centrales, excepto los casos de Francia y especialmente Italia, los comunistas
no lograron una sólida inserción entre los trabajadores.
La reconstrucción
dejó paso en poco tiempo a un crecimiento económico espectacular y hubo un
destacado consenso sobre la preservación del capitalismo. Las diferencias se
plantearon en torno a un mayor o menor dirigismo económico, respecto de la
constitución de un sector público más o menos extendido, y en relación con el
grado de participación de las organizaciones obreras en la gestión de las
empresas.
En los años 60 el
centro de gravedad se desplazó hacia el centroizquierda. El cambio de
orientación fue resultado de una combinación de factores: el éxito de la
gestión keynesiana, la desaparición de la dirigencia política muy moderada que
había conducido el proceso de reconstrucción en la inmediata posguerra, y
cambios electorales que afianzaron el peso de la socialdemocracia, entre ellos
el triunfo de este partido en Alemania. Este giro se dio asociado con el
fortalecimiento del Estado de bienestar. El gasto en los programas sociales,
pensiones, salud, educación, vivienda, subsidios, representó la mayor parte del
gasto público total, y los trabajadores del área de bienestar social
constituyeron el conjunto más importante de empleados públicos: 40% en Gran
Bretaña y 47% en Suecia, por ejemplo.
La socialdemocracia
fue la fuerza política más decididamente involucrada con el sostenimiento de la
tríada keynesianismo, economía mixta y Estado de bienestar. En la segunda
posguerra los partidos socialdemócratas dieron un giro programático
significativo a través de la plena aceptación de las reformas por vía
parlamentaria en pos de una mayor justicia social, dejando de lado el principio
marxista de la lucha de clases y el carácter inevitable de la revolución. La
expresión más evidente de este cambio fue el nuevo programa de la
socialdemocracia alemana aprobado en Bad Godesberg en 1959. La relación fluida
con el capitalismo no se concretó al mismo tiempo en los distintos países, ni
supuso la completa desaparición de las diversas reservas que marcaban este
giro.
En el campo
socialista europeo no hubo un único tipo de partido, ya que coexistieron
diferentes organizaciones partidarias distinguibles por cuestiones tales como
el grado y modo de tratar con los sindicatos, la intensidad y modalidad del
compromiso con el Estado de bienestar, el peso electoral en el ámbito de la
izquierda y su duración en el tiempo al frente del gobierno. El mapa político
europeo durante los años dorados, teniendo en cuenta la gravitación de la
socialdemocracia, se suele dividir en dos espacios principales: los países del
norte, en los que dicho movimiento político tuvo una destacada presencia, y los
del sur, en los que su peso en la sociedad y participación en los gobiernos fue
débil. Ambos escenarios fueron heterogéneos.
Entre los países con
una socialdemocracia consistente se reconocen dos situaciones. Por un lado,
Noruega, Suecia y Dinamarca, donde la socialdemocracia fue el partido
dominante. En Escandinavia, los socialdemócratas se afianzaron en el gobierno
en el período de entreguerras y lograron sortear la crisis de 1929 a través de
políticas activas desde el Estado y la concertación entre obreros y campesinos.
Los socialdemócratas suecos en los años 30 fueron los primeros que
desarrollaron, en la teoría y en la práctica, la posibilidad de un capitalismo
dirigido sin necesidad de cuestionar la propiedad privada de los medios de
producción. En estos países la socialdemocracia gobernante contó con la
estrecha cooperación de los sindicatos y, simultáneamente, forjó el Estado de
bienestar más comprometido con la preservación del pleno empleo. En esta región,
la socialdemocracia alcanzó un alto grado de participación en el gobierno, como
partido dominante o a través de coaliciones, desde 1945 hasta los años 80.
Por otro lado, el
resto de los países del norte: Alemania, Gran Bretaña, Finlandia, Austria,
Holanda, Suiza, Bélgica no conforman un grupo. Existen importantes contrastes
entre unos y otros, solo tienen en común sus diferencias con el modelo
anterior. En estos países, los socialistas tuvieron un menor grado de
participación en el gobierno en virtud de la reñida competencia o las alianzas
con la centroderecha. Además, asumieron un compromiso menos decidido respecto
de las políticas de pleno empleo y la instrumentación generalizada de servicios
sociales de alto nivel, como los suecos.
Respecto a los
países en los que la socialdemocracia fue débil o inexistente, en este período
se distinguen dos situaciones. Por un lado, la de los dos países democráticos,
Francia e Italia, ambos con fuertes partidos comunistas; y la de países donde
se mantuvieron las dictaduras que tomaron el poder en los años de entreguerras:
España y Portugal, junto con el caso de Grecia, donde los militares se
apoderaron del gobierno vía un golpe de Estado.
[1] La Sociedad Mont Pelerin fue fundada por
Friedrich Hayek en 1947 y toma su nombre de una villa famosa, cerca de
Montreux, en Suiza, donde se celebró la primera reunión. El objetivo del
encuentro fue aglutinar a un grupo de influyentes economistas, filósofos y
políticos para ejercer influencia ideológica en el ámbito político, económico y
social a favor de la defensa de los ideales del libre mercado sin trabas estatales.
Se proponían combatir en el plano de las ideas y a través de sus relaciones con
el mundo empresarial y sectores de la dirigencia política el “ascenso del
socialismo” y el keynesianismo. El austríaco Hayek ya había expuesto las ideas
centrales de este grupo en su libro Camino de servidumbre, publicado en
1944. El economista norteamericano Milton Friedman fue otra de las figuras
presentes en Mont Pelerin. Su doctrina sobre las bondades del libre mercado
tuvo una amplia repercusión en las políticas de los gobiernos de gran parte del
mundo a partir de los años 80, en el marco de la crisis del keynesianismo.
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