EL ESCENARIO COMUNISTA ENTRE 1970 Y 1985
Poco después de que
concluyera la guerra, el mundo comunista se amplió significativamente con la
inclusión de los países de Europa del Este en el bloque soviético y en virtud
del triunfo de Mao en China. En la URSS, a la muerte de Stalin, sus sucesores
pusieron en marcha la desestalinización dando paso al llamado revisionismo. La
crítica a Stalin tuvo un significativo impacto en los países de Europa del
Este, ya sea porque generó, en algunos, un terreno fértil para la expresión de
demandas reprimidas o porque condujo, en otros, a una creciente independencia
respecto del Kremlin.
Bajo la jefatura de
Mao, en China se sucedieron períodos de intensa movilización promovidos desde
arriba (como el caso del Gran Salto Adelante o la Revolución Cultural) en los
que prevaleció una fuerte apuesta al voluntarismo político para transformar el
orden social y económico, pero que también expresaron divergencias en la cúpula
del partido gobernante. Mao se opuso decididamente al revisionismo y se
distanció cada vez más decididamente del Kremlin, al punto de denunciar el
carácter imperialista de la política de Moscú. Simultáneamente buscó limar
asperezas en sus relaciones con Estados Unidos. Desde los años 50, sucesivas
crisis afectaron las relaciones entre la URSS y los satélites europeos y, a
partir de la década de 1960, Mao cuestionó la primacía de Moscú sobre el campo
comunista. Los conflictos que atravesó el campo comunista tuvieron fuertes
repercusiones entre los comunistas de Occidente, ya que parte de sus intelectuales
manifestaron su pérdida de fe en la experiencia soviética y algunos
visualizaron el maoísmo como alternativa al estalinismo y al revisionismo.
Los Últimos Años De Stalin
El papel protagonista
de la URSS en la derrota del nazismo le costó una brutal pérdida de vidas entre
combatientes y población civil y grandes pérdidas económicas. Al mismo tiempo,
en las sociedades del mundo occidental el miedo al comunismo quedó relegado por
el agradecido reconocimiento del sacrificio del pueblo ruso y del aporte
significativo de Stalin a la lucha compartida contra el Eje. Según el
historiador F. Furet, el fin de la Segunda Guerra inauguró un breve período «durante
el cual el comunismo soviético ejercerá su máxima fascinación sobre la
imaginación política de los hombres del siglo XX».
¿Qué hizo posible el
triunfo de los soviéticos? La excitación del sentimiento patriótico,
básicamente el de los rusos, fue un elemento central para cohesionar a las
propias fuerzas, pero Stalin recurrió también al terror tanto en la línea de
fuego como en la retaguardia. A los combatientes les ordenó “no dar un paso
atrás” y ante el avance alemán aprobó la deportación hacia el este de distintas
minorías nacionales (alemanes del Volga, chechenos, ingusetios, tártaros, entre
otros) porque dudaba de su fidelidad. Las reivindicaciones de las naciones
avasalladas ingresaron con fuerza en la escena pública a partir de las reformas
encaradas por Mijaíl Gorbachov en los años 80. No obstante, gran parte de la
población soviética vivió la Guerra Patriótica como un presagio de liberación y
creyó que el mundo de la posguerra sería más soportable y humano. Aunque la
guerra fue una auténtica catástrofe para la Unión Soviética, la reconstrucción industrial
fue relativamente rápida. En 1948 se alcanzó el nivel productivo de 1940 y en
1952 se habían doblado las cifras de las producciones más importantes. El
esfuerzo y las inversiones continuaron privilegiando a la industria pesada, una
opción reforzada por el rápido pasaje de la Gran Alianza a la Guerra Fría. La
agricultura, en cambio, permaneció estancada después de la recuperación
inicial; la actitud hostil hacia los campesinos siguió siendo un sello
distintivo de la política de Stalin.
El final del
conflicto no supuso la desaparición del terror esgrimido durante la invasión
nazi. Prosiguieron los traslados de grupos nacionales, y ante la menor
manifestación de disidencia se impusieron duros castigos. Entre los deportados
a los campos de trabajo forzado estuvo Aleksander Solzhenitsyn, quien años
después escribió Archipiélago Gulag, texto que tuvo un extendido y
profundo impacto entre los intelectuales occidentales cuando se publicó en
1973.
La incertidumbre y
el miedo siguieron atenazando a los integrantes de la cúpula del Partido.
Nikita Kruschev, el sucesor de Stalin, recordaría años más tarde que nunca
podía saberse qué decisión tomaría el jefe máximo respecto del destino de los
integrantes del grupo que lo rodeaba: «[…] Se iba a las reuniones en la
dacha de Stalin porque no había más remedio, pero no se sabía si acabarían en
una promoción personal, la detención o incluso el fusilamiento». Junto con
el autor de este testimonio, en ese pequeño grupo se encontraban Andréi Zhdánov
(reconocido como el favorito), Viacheslav Mólotov, Lázar Kaganóvich, Georgi
Malenkov y Lavrenti Beria. La suerte de cada uno no solo dependía de la
imprevisible voluntad de Stalin, la competencia entre las camarillas era otro
factor clave en el pasaje de la cima del poder a la condena y ejecución.
Después de la muerte de Zhdánov, en 1948, por ejemplo, Malenkov y Beria se
unieron y no dudaron en eliminar a los hombres del círculo de Leningrado que
habían sido aliados de su rival recientemente desaparecido. A principios de
1953, fueron detenidos nueve médicos, siete de ellos judíos. Se les acusó de
crímenes que se remontarían hasta la desaparición de Zhdánov. Se aproximaba una
nueva purga, pero no llegó a concretarse porque Stalin murió en marzo tras un
ataque de apoplejía. Ante la desaparición del jefe máximo del comunismo, gran
parte del pueblo soviético y de los intelectuales comunistas manifestaron su
dolor y el temor al vacío de poder.
La multitud que
acudió a su funeral fue tan grande que docenas de personas murieron a causa de
la presión de la masa. Sus sucesores lo despidieron con todos los honores, pero
decidieron acabar con un sistema en el que obtenían importantes privilegios a
costa del riesgo de perder hasta sus propias vidas. Los cambios que habrían de
ponerse en marcha en parte remitían a la decisión de relajar el terror, pero
también a la necesidad de revisar el rumbo de una economía desmedidamente
orientada hacia la industria pesada y a la que era preciso incorporar las
demandas sociales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario