PERÍODO DE ENTREGUERRAS EN EL ÁMBITO CAPITALISTA
El tiempo que
transcurrió entre las dos guerras mundiales no fue un período homogéneo. En los
años que abarca ésta época se reconocen diferentes momentos, tanto en relación
con la marcha de la economía como con el grado de tensiones internacionales y
de la profundidad y extensión de los conflictos sociales. En los años de la
inmediata posguerra hasta 1923, el rumbo de la economía tuvo fuertes
oscilaciones. Simultáneamente, hubo una oleada de alta conflictividad social,
al calor de la cual unos temieron que la revolución bolchevique se extendiera
hacia el resto de Europa y otros alentaron la ilusión de que así fuera. Fueron
años también atravesados por crisis internacionales. Esta etapa fue sucedida
por la estabilidad de la segunda mitad de la década de 1920 (los felices años
20), asentada en la frágil recuperación económica, en el reflujo de los
conflictos sociales y en un clima de distensión internacional. Por último, la
crisis económica de 1929 dio paso a un gran declive en el que gran parte de la
población fue arrojada a la miseria y a la desesperación. Al mismo tiempo, el
liberalismo era casi arrasado a raíz de la instauración de regímenes totalitarios;
la proliferación de movimientos fascistas, en gran medida inspirados por el
fascismo italiano y por el triunfo del nazismo en Alemania. En 1936 estalló la
Guerra Civil española, que fue (entre otras cosas) un gran ensayo
armamentístico para la Segunda Guerra Mundial, que empezó 5 meses después de que
terminase la primera. Así las cosas, ganó la guerra el bando nacional del
general español Francisco Franco, instaurando un régimen dictatorial. Ocurrió
algo similar en Portugal con Salazar, que implantó otra dictadura.
Nada de lo que
ocurrió era inevitable, no hubo una línea causal entre las tensiones que
dejaron pendientes la paz de Versalles, el derrumbe de la economía capitalista
y el expansionismo nazi, al que suele visualizarse como dato central en el
estallido del nuevo conflicto mundial. Sin lugar a duda, todos estos factores
conformaron un terreno propicio para el regreso a las armas, mucho más brutal y
terrorífico que en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, coexistieron
diferentes trayectorias. Cada escenario nacional o regional procesó los
desafíos de esos tiempos en relación con su propia historia. Además, las
decisiones y acciones de los diferentes actores, desde los diversos sectores
nacionales y locales hasta los Estados en el campo internacional, fueron
decisivas en el curso que siguió la historia en el período de entreguerras.
La economía global se resquebrajaba. El
gran derrumbe económico de los años 30 remitió debido, en gran medida, a los
cambios que, gestados en los años dorados, erosionaron los pilares en los que
se había asentado la primacía del mercado mundial. En primer lugar, el declive
de Gran Bretaña, acompañado por la quiebra del patrón oro y por la creciente
fragilidad de los lazos forjados por Londres entre las diferentes economías
nacionales. Simultáneamente, se dio el hecho de que el ascenso económico de
Estados Unidos venía asociado con nuevos factores que no se adecuaban al modo
de funcionamiento del orden global. Por un lado, el nuevo modo de organización
del sistema productivo, el fordismo, que alentaba un mayor control
estatal del desarrollo de la economía nacional para evitar las recesiones al
margen de las fluctuaciones del mercado mundial. La potencia en ascenso,
además, reunía recursos y condiciones que le permitían y alentaban un grado de
autarquía que nunca había tenido Gran Bretaña. Esto significaba que se rompía el
equilibrio, presente en la Belle Époque, entre la expansión del mercado
mundial y los pilares en que se asentaba la hegemonía de Londres. Muchos de los
grandes propietarios latinoamericanos, por ejemplo, perdían la posibilidad de
colocar en el país del norte los bienes que, a través de las compras británicas,
habían desembocado en el boom exportador de los años 80.
El impacto de la
Primera Guerra Mundial y el rumbo impuesto por los vencedores hicieron estallar
las tensiones de la economía global. En Versalles se dispuso el trazado de
nuevos Estados en el mapa europeo, sin atender a sus posibilidades, y se aprobó
una cadena de deudas que obstaculizaría el despegue de la economía. Mientras el
conjunto de los países europeos sufría su condición de deudores, se acrecentaba
el poder financiero de Estados Unidos. El esfuerzo bélico exigió la cooperación
entre los dueños de las fábricas y la coordinación de sus actividades mediante
la intervención del Estado. Todos los gobiernos, además, aumentaron sus
recursos a través de la creación de nuevos impuestos que recayeron sobre la
renta y el volumen de los negocios. Sin embargo, no fue suficiente. Los países
más afectados por los combates se vieron obligados a recurrir a la importación
de mercancías y a que los países más potentes en el ámbito industrial les
concedieran préstamos. Los países prestamistas estaban alejados del campo de
batalla, o eran ricos en materias primas. La guerra benefició económicamente a
los proveedores: Suiza, Holanda, los países escandinavos, América Latina y,
sobre todo, Estados Unidos. Entre 1914 y 1919 este último se posicionó como el
mayor acreedor. La guerra agudizó el declive inglés, al mismo tiempo que
Estados Unidos emergió como el principal motor de Occidente para avanzar en la
reconstrucción de la economía europea y la reactivación del comercio mundial.
En la década de 1920,
el capital y los mercados estadounidenses dominaban la economía mundial, como
lo había hecho Gran Bretaña antes de la Primera Guerra. En 1929 Estados Unidos
había volcado más de 15.000 millones de dólares en inversiones en el
extranjero, casi la mitad en créditos y el resto en inversiones directas de
corporaciones multinacionales. Entre 1924 y 1928 los estadounidenses prestaron
en promedio unos 500 millones de dólares a Europa, 300 millones a América
Latina, 200 a Canadá y 100 a Asia. Si bien los gobiernos estadounidenses fueron
aislacionistas, los grupos que dominaban Wall Street se involucraron en las
negociaciones vinculadas con la recuperación y estabilidad de la economía
internacional, como sucedió con los planes Dawes y Young, destinados a activar
la economía alemana.
En la era de los
imperios las inversiones europeas en el exterior se habían multiplicado;
básicamente en forma de préstamos que los gobiernos y las empresas que los
recibían utilizaban a su arbitrio. En el período de entreguerras, en cambio,
las grandes corporaciones estadounidenses instalaron fábricas fuera de su país,
es decir, empezaron una ligera deslocalización. A través de esta vía lograban
eludir las barreras aduaneras europeas que trababan la exportación de sus
productos, pero, principalmente, trasladaban centros fabriles altamente
productivos. En 1900 la inversión directa estadounidense en el extranjero
equivalía al 2% de la riqueza total de las empresas y granjas del país; en 1929
representó el cinco por ciento. La mitad estaba en América Latina y la mayor
parte del resto en Europa y Canadá. En el primer caso, los capitales
estadounidenses se ubicaron en los servicios públicos y en el sector primario. En
el segundo, fueron al sector secundario.
Sin embargo, la
nueva potencia no asumiría el papel regulador desempeñado por el Reino Unido
porque su crecimiento económico no estaba basado en los lazos comerciales y financieros
forjados con otros mercados. Su desarrollo se había apoyado en una combinación
de factores: abundancia y variedad de materias primas, tierras agrícolas
fértiles y el aporte de los inmigrantes europeos: una enorme fuerza de trabajo
fácilmente explotable, que hicieron del mercado interno el principal motor de
su economía. Los Estados Unidos que exportaban simultáneamente alimentos,
bienes industriales y capitales no dependían de las importaciones para sostener
su ciclo productivo.
Otro cambio clave provino
de la exploración de la gestión científica del trabajo. Se inició al calor de
los desafíos de la crisis de 1873 y avanzó en el período de entreguerras. Las
transformaciones dieron paso a un capitalismo más estructurado, con nuevas
industrias punteras, nuevas corporaciones empresariales y una clase obrera más
numerosa y mejor organizada. Si bien antes de la Primera Guerra ya habían
prosperado los trusts, las grandes empresas de la posguerra combinaron
diferentes actividades que hasta el momento se concretaban en forma separada:
investigación, producción, distribución y publicidad. La fabricación de
automóviles fue la actividad en las que las fábricas integradas verticalmente y
que producían a través de la cadena de montaje alcanzaron su más acabado desarrollo.
Henry Ford en Estados Unidos fue su más decidido impulsor, hasta el punto de
que los procesos de fabricación en serie acabaron llamándose fordismo.
En los talleres Ford
las operaciones realizadas por un solo obrero se desmontaron para ser distribuidas
entre varios trabajadores ubicados en torno a la línea de montaje. La reducción
de los tiempos fue impresionante: la creación del motor, realizado
originariamente por un solo hombre, se distribuyó entre 84 operarios, y el
tiempo de montaje disminuyó de 9 horas y 54 minutos a 5 horas y 56 minutos; la
preparación del chasis, que exigía 12 horas y 20 minutos, descendió a 1 hora y
33 minutos. Este incremento de la productividad se lograba al mismo tiempo que
la fábrica abría sus puertas a los trabajadores no cualificados. Un coche se
fabricaba con solo un 5% de obreros especializados; el resto eran peones. El
empresario reducía su dependencia de los conocimientos del trabajador, y con la
expulsión del obrero de oficio debilitaba el movimiento sindical.
Cuando Ford trabajó
en los talleres de Thomas Alva Edison, el prolífico inventor, este ya le había
anticipado esta posibilidad: «una de las operaciones más importantes la
realizaban técnicos especialistas […] Los obreros que efectuaban este
trabajo se consideraban un elemento decisivo del taller y se pusieron muy
exigentes». La solución que encontró fue reemplazar a los trabajadores por
nuevas máquinas. Así consiguió debilitar al sindicato. Aunque Ford propició la
ampliación del consumo a través del aumento de salarios de los obreros de su
empresa, su iniciativa tuvo escasa acogida en el mundo empresarial. Con el
tiempo, la creciente productividad derivada de las nuevas formas de organizar y
explotar la fuerza de trabajo aumentó la oferta de bienes sin que la demanda
acompañara este incremento. Durante los años 20 la demanda fue activada
mediante la expansión del crédito en Estados Unidos. Pero sin la creación de un
mercado de masas sólido, basado en el incremento salarial, la cadena de crédito
y la sobreinversión en acciones condujeron a la especulación que estalló con el
crac de la bolsa de Nueva York en 1929.
El proceso también
se puso en marcha en otros países europeos. En 1925, en Alemania, las seis
empresas químicas mayores se fusionaron para constituir la IG Farben. Gran
Bretaña y especialmente Francia avanzaron de forma más lenta en este proceso.
En la gran corporación que fabricaba bienes de consumo producidos en masa, el
volumen de capital fijo era mucho más alto que el destinado a los salarios, y
la tasa de beneficios dependía menos de las reducciones salariales que de la
paz laboral, para la cual era preciso lograr acuerdos con los sindicatos. Este fordismo
incipiente inducía a los pactos corporativos entre los principales actores del
sistema productivo, y su cumplimiento requería que la economía nacional no
quedase atada a las oscilaciones del mercado mundial. En este nuevo escenario
social y económico el patrón oro se hizo cada vez más inviable.
Antes de la guerra, primaba
la estabilidad exterior a la interior, aun a costa de sacrificar la segunda.
Esto había funcionado porque los más bajos niveles de movilización política
hicieron posible que las demandas a los gobiernos no fueran demasiado potentes.
Después de la guerra el panorama era muy diferente. La activación de los
trabajadores, las fuertes querellas entre los Estados resultantes del
conflicto, junto con la existencia de una organización industrial más
estructurada que requería compromisos a largo plazo entre el capital y el
trabajo, obstaculizaron la subordinación de la actividad económica nacional a
la estabilidad de la moneda. Sin embargo, la mayor parte de los gobiernos
centrales ató la moneda nacional a las reservas de oro; las viejas recetas se
prolongaron en el tiempo al margen de que los factores emergentes eran más
sólidos que los residuales. La confiabilidad de un país y su inclusión en los
circuitos del capital financiero seguían dependiendo de la adhesión a la
ortodoxia económica. Los economistas clásicos planteaban que la subordinación a
las leyes del mercado, asegurada por el patrón oro, era la única vía para
garantizar el crecimiento económico, aunque hubiera que pagar el coste de
crisis periódicas. La recesión era necesaria para eliminar las inversiones
improductivas y su compañera, la inflación. La reducción salarial, el desempleo
y la bajada de precios recrearían las condiciones para que se incrementase la
productividad y en el futuro se iniciara un nuevo ciclo de expansión. Para
Keynes, el economista inglés que abandonó irritado Versalles, la receta clásica
pasaba por alto que, a largo plazo, todos los sacrificados en pos de los
equilibrios del mercado estarían muertos. La fortaleza de los sindicatos
conducía a la subida de los salarios, y para evitar el estallido de conflictos
sociales había que aceptar un cierto grado de inflación. Sin embargo, la
obsesión de los políticos europeos: volver al patrón oro y contar con una
moneda fuerte para pagar a Estados Unidos las deudas de guerra, solo podía
plasmarse con la deflación. Una enorme contradicción que la Gran Depresión de
1929 pondría al descubierto a través de un traumático desgarramiento del tejido
social.
No hay comentarios:
Publicar un comentario