sábado, 17 de diciembre de 2011

Periodo de entreguerras en el ámbito capitalista

 

 

 

PERÍODO DE ENTREGUERRAS EN EL ÁMBITO CAPITALISTA

 

El tiempo que transcurrió entre las dos guerras mundiales no fue un período homogéneo. En los años que abarca ésta época se reconocen diferentes momentos, tanto en relación con la marcha de la economía como con el grado de tensiones internacionales y de la profundidad y extensión de los conflictos sociales. En los años de la inmediata posguerra hasta 1923, el rumbo de la economía tuvo fuertes oscilaciones. Simultáneamente, hubo una oleada de alta conflictividad social, al calor de la cual unos temieron que la revolución bolchevique se extendiera hacia el resto de Europa y otros alentaron la ilusión de que así fuera. Fueron años también atravesados por crisis internacionales. Esta etapa fue sucedida por la estabilidad de la segunda mitad de la década de 1920 (los felices años 20), asentada en la frágil recuperación económica, en el reflujo de los conflictos sociales y en un clima de distensión internacional. Por último, la crisis económica de 1929 dio paso a un gran declive en el que gran parte de la población fue arrojada a la miseria y a la desesperación. Al mismo tiempo, el liberalismo era casi arrasado a raíz de la instauración de regímenes totalitarios; la proliferación de movimientos fascistas, en gran medida inspirados por el fascismo italiano y por el triunfo del nazismo en Alemania. En 1936 estalló la Guerra Civil española, que fue (entre otras cosas) un gran ensayo armamentístico para la Segunda Guerra Mundial, que empezó 5 meses después de que terminase la primera. Así las cosas, ganó la guerra el bando nacional del general español Francisco Franco, instaurando un régimen dictatorial. Ocurrió algo similar en Portugal con Salazar, que implantó otra dictadura.

Nada de lo que ocurrió era inevitable, no hubo una línea causal entre las tensiones que dejaron pendientes la paz de Versalles, el derrumbe de la economía capitalista y el expansionismo nazi, al que suele visualizarse como dato central en el estallido del nuevo conflicto mundial. Sin lugar a duda, todos estos factores conformaron un terreno propicio para el regreso a las armas, mucho más brutal y terrorífico que en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, coexistieron diferentes trayectorias. Cada escenario nacional o regional procesó los desafíos de esos tiempos en relación con su propia historia. Además, las decisiones y acciones de los diferentes actores, desde los diversos sectores nacionales y locales hasta los Estados en el campo internacional, fueron decisivas en el curso que siguió la historia en el período de entreguerras.

          La economía global se resquebrajaba. El gran derrumbe económico de los años 30 remitió debido, en gran medida, a los cambios que, gestados en los años dorados, erosionaron los pilares en los que se había asentado la primacía del mercado mundial. En primer lugar, el declive de Gran Bretaña, acompañado por la quiebra del patrón oro y por la creciente fragilidad de los lazos forjados por Londres entre las diferentes economías nacionales. Simultáneamente, se dio el hecho de que el ascenso económico de Estados Unidos venía asociado con nuevos factores que no se adecuaban al modo de funcionamiento del orden global. Por un lado, el nuevo modo de organización del sistema productivo, el fordismo, que alentaba un mayor control estatal del desarrollo de la economía nacional para evitar las recesiones al margen de las fluctuaciones del mercado mundial. La potencia en ascenso, además, reunía recursos y condiciones que le permitían y alentaban un grado de autarquía que nunca había tenido Gran Bretaña. Esto significaba que se rompía el equilibrio, presente en la Belle Époque, entre la expansión del mercado mundial y los pilares en que se asentaba la hegemonía de Londres. Muchos de los grandes propietarios latinoamericanos, por ejemplo, perdían la posibilidad de colocar en el país del norte los bienes que, a través de las compras británicas, habían desembocado en el boom exportador de los años 80.

El impacto de la Primera Guerra Mundial y el rumbo impuesto por los vencedores hicieron estallar las tensiones de la economía global. En Versalles se dispuso el trazado de nuevos Estados en el mapa europeo, sin atender a sus posibilidades, y se aprobó una cadena de deudas que obstaculizaría el despegue de la economía. Mientras el conjunto de los países europeos sufría su condición de deudores, se acrecentaba el poder financiero de Estados Unidos. El esfuerzo bélico exigió la cooperación entre los dueños de las fábricas y la coordinación de sus actividades mediante la intervención del Estado. Todos los gobiernos, además, aumentaron sus recursos a través de la creación de nuevos impuestos que recayeron sobre la renta y el volumen de los negocios. Sin embargo, no fue suficiente. Los países más afectados por los combates se vieron obligados a recurrir a la importación de mercancías y a que los países más potentes en el ámbito industrial les concedieran préstamos. Los países prestamistas estaban alejados del campo de batalla, o eran ricos en materias primas. La guerra benefició económicamente a los proveedores: Suiza, Holanda, los países escandinavos, América Latina y, sobre todo, Estados Unidos. Entre 1914 y 1919 este último se posicionó como el mayor acreedor. La guerra agudizó el declive inglés, al mismo tiempo que Estados Unidos emergió como el principal motor de Occidente para avanzar en la reconstrucción de la economía europea y la reactivación del comercio mundial.

En la década de 1920, el capital y los mercados estadounidenses dominaban la economía mundial, como lo había hecho Gran Bretaña antes de la Primera Guerra. En 1929 Estados Unidos había volcado más de 15.000 millones de dólares en inversiones en el extranjero, casi la mitad en créditos y el resto en inversiones directas de corporaciones multinacionales. Entre 1924 y 1928 los estadounidenses prestaron en promedio unos 500 millones de dólares a Europa, 300 millones a América Latina, 200 a Canadá y 100 a Asia. Si bien los gobiernos estadounidenses fueron aislacionistas, los grupos que dominaban Wall Street se involucraron en las negociaciones vinculadas con la recuperación y estabilidad de la economía internacional, como sucedió con los planes Dawes y Young, destinados a activar la economía alemana.

En la era de los imperios las inversiones europeas en el exterior se habían multiplicado; básicamente en forma de préstamos que los gobiernos y las empresas que los recibían utilizaban a su arbitrio. En el período de entreguerras, en cambio, las grandes corporaciones estadounidenses instalaron fábricas fuera de su país, es decir, empezaron una ligera deslocalización. A través de esta vía lograban eludir las barreras aduaneras europeas que trababan la exportación de sus productos, pero, principalmente, trasladaban centros fabriles altamente productivos. En 1900 la inversión directa estadounidense en el extranjero equivalía al 2% de la riqueza total de las empresas y granjas del país; en 1929 representó el cinco por ciento. La mitad estaba en América Latina y la mayor parte del resto en Europa y Canadá. En el primer caso, los capitales estadounidenses se ubicaron en los servicios públicos y en el sector primario. En el segundo, fueron al sector secundario.

Sin embargo, la nueva potencia no asumiría el papel regulador desempeñado por el Reino Unido porque su crecimiento económico no estaba basado en los lazos comerciales y financieros forjados con otros mercados. Su desarrollo se había apoyado en una combinación de factores: abundancia y variedad de materias primas, tierras agrícolas fértiles y el aporte de los inmigrantes europeos: una enorme fuerza de trabajo fácilmente explotable, que hicieron del mercado interno el principal motor de su economía. Los Estados Unidos que exportaban simultáneamente alimentos, bienes industriales y capitales no dependían de las importaciones para sostener su ciclo productivo.

Otro cambio clave provino de la exploración de la gestión científica del trabajo. Se inició al calor de los desafíos de la crisis de 1873 y avanzó en el período de entreguerras. Las transformaciones dieron paso a un capitalismo más estructurado, con nuevas industrias punteras, nuevas corporaciones empresariales y una clase obrera más numerosa y mejor organizada. Si bien antes de la Primera Guerra ya habían prosperado los trusts, las grandes empresas de la posguerra combinaron diferentes actividades que hasta el momento se concretaban en forma separada: investigación, producción, distribución y publicidad. La fabricación de automóviles fue la actividad en las que las fábricas integradas verticalmente y que producían a través de la cadena de montaje alcanzaron su más acabado desarrollo. Henry Ford en Estados Unidos fue su más decidido impulsor, hasta el punto de que los procesos de fabricación en serie acabaron llamándose fordismo.

En los talleres Ford las operaciones realizadas por un solo obrero se desmontaron para ser distribuidas entre varios trabajadores ubicados en torno a la línea de montaje. La reducción de los tiempos fue impresionante: la creación del motor, realizado originariamente por un solo hombre, se distribuyó entre 84 operarios, y el tiempo de montaje disminuyó de 9 horas y 54 minutos a 5 horas y 56 minutos; la preparación del chasis, que exigía 12 horas y 20 minutos, descendió a 1 hora y 33 minutos. Este incremento de la productividad se lograba al mismo tiempo que la fábrica abría sus puertas a los trabajadores no cualificados. Un coche se fabricaba con solo un 5% de obreros especializados; el resto eran peones. El empresario reducía su dependencia de los conocimientos del trabajador, y con la expulsión del obrero de oficio debilitaba el movimiento sindical.

Cuando Ford trabajó en los talleres de Thomas Alva Edison, el prolífico inventor, este ya le había anticipado esta posibilidad: «una de las operaciones más importantes la realizaban técnicos especialistas […] Los obreros que efectuaban este trabajo se consideraban un elemento decisivo del taller y se pusieron muy exigentes». La solución que encontró fue reemplazar a los trabajadores por nuevas máquinas. Así consiguió debilitar al sindicato. Aunque Ford propició la ampliación del consumo a través del aumento de salarios de los obreros de su empresa, su iniciativa tuvo escasa acogida en el mundo empresarial. Con el tiempo, la creciente productividad derivada de las nuevas formas de organizar y explotar la fuerza de trabajo aumentó la oferta de bienes sin que la demanda acompañara este incremento. Durante los años 20 la demanda fue activada mediante la expansión del crédito en Estados Unidos. Pero sin la creación de un mercado de masas sólido, basado en el incremento salarial, la cadena de crédito y la sobreinversión en acciones condujeron a la especulación que estalló con el crac de la bolsa de Nueva York en 1929.

El proceso también se puso en marcha en otros países europeos. En 1925, en Alemania, las seis empresas químicas mayores se fusionaron para constituir la IG Farben. Gran Bretaña y especialmente Francia avanzaron de forma más lenta en este proceso. En la gran corporación que fabricaba bienes de consumo producidos en masa, el volumen de capital fijo era mucho más alto que el destinado a los salarios, y la tasa de beneficios dependía menos de las reducciones salariales que de la paz laboral, para la cual era preciso lograr acuerdos con los sindicatos. Este fordismo incipiente inducía a los pactos corporativos entre los principales actores del sistema productivo, y su cumplimiento requería que la economía nacional no quedase atada a las oscilaciones del mercado mundial. En este nuevo escenario social y económico el patrón oro se hizo cada vez más inviable.

Antes de la guerra, primaba la estabilidad exterior a la interior, aun a costa de sacrificar la segunda. Esto había funcionado porque los más bajos niveles de movilización política hicieron posible que las demandas a los gobiernos no fueran demasiado potentes. Después de la guerra el panorama era muy diferente. La activación de los trabajadores, las fuertes querellas entre los Estados resultantes del conflicto, junto con la existencia de una organización industrial más estructurada que requería compromisos a largo plazo entre el capital y el trabajo, obstaculizaron la subordinación de la actividad económica nacional a la estabilidad de la moneda. Sin embargo, la mayor parte de los gobiernos centrales ató la moneda nacional a las reservas de oro; las viejas recetas se prolongaron en el tiempo al margen de que los factores emergentes eran más sólidos que los residuales. La confiabilidad de un país y su inclusión en los circuitos del capital financiero seguían dependiendo de la adhesión a la ortodoxia económica. Los economistas clásicos planteaban que la subordinación a las leyes del mercado, asegurada por el patrón oro, era la única vía para garantizar el crecimiento económico, aunque hubiera que pagar el coste de crisis periódicas. La recesión era necesaria para eliminar las inversiones improductivas y su compañera, la inflación. La reducción salarial, el desempleo y la bajada de precios recrearían las condiciones para que se incrementase la productividad y en el futuro se iniciara un nuevo ciclo de expansión. Para Keynes, el economista inglés que abandonó irritado Versalles, la receta clásica pasaba por alto que, a largo plazo, todos los sacrificados en pos de los equilibrios del mercado estarían muertos. La fortaleza de los sindicatos conducía a la subida de los salarios, y para evitar el estallido de conflictos sociales había que aceptar un cierto grado de inflación. Sin embargo, la obsesión de los políticos europeos: volver al patrón oro y contar con una moneda fuerte para pagar a Estados Unidos las deudas de guerra, solo podía plasmarse con la deflación. Una enorme contradicción que la Gran Depresión de 1929 pondría al descubierto a través de un traumático desgarramiento del tejido social.

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