Fascismo
Las traumáticas
experiencias asociadas a la Primera Guerra Mundial y al gran derrumbe económico
fueron el terreno propicio en el que prosperaron los movimientos englobados
bajo el debatido concepto de fascismo. Se extendieron por casi toda Europa,
aunque con muy diferente grado de inserción. Solo dos llegaron al gobierno: el
Partido Fascista encabezado por Benito Mussolini, el Duce, en Italia, y el
Partido Nacionalsocialista liderado por Adolfo Hitler, el Führer, en Alemania.
Su denominador común fue la oposición radicalizada al comunismo y al
liberalismo, aunque sin cuestionar el capitalismo. Antes de llegar al gobierno,
ambos lograron también constituirse como representantes políticos de diferentes
grupos sociales, especialmente de la clase media urbana y rural, de la juventud
y de los excombatientes. Ambos lograron canalizar esa vasta movilización
nacional que desencadenara la Gran Guerra, rompiendo los moldes de la política
tradicional, especialmente en el caso de Alemania.
En Europa del este,
las fronteras de los nuevos Estados nacionales fueron dibujadas por los
vencedores en Versalles, y las poblaciones quedaron repartidas sin tener en
cuenta el principio de autodeterminación de los pueblos enunciado por el presidente
Wilson. El atraso económico se combinó con las tensiones entre los diferentes
grupos nacionales englobados en un mismo Estado. En el campo intelectual,
especialmente en los medios universitarios, el nacionalismo contó con
extendidas y arraigadas adhesiones. En los años de entreguerras todos los
países de la región –excepto Checoslovaquia–, además de España y Portugal,
cayeron bajo gobiernos dictatoriales que en cierta medida adoptaron rasgos
semejantes a los fascistas. En el caso español, el general Francisco Franco
impuso su larga dictadura después de una cruenta guerra civil.
El Fenómeno Fascista
A lo largo del siglo
XIX las tres principales familias políticas fueron el liberalismo, el
conservadurismo y el socialismo; en las dos últimas décadas emergió una nueva derecha
intensamente nacionalista y antisemita que fue capaz de movilizar y ganar la
adhesión de diferentes sectores sociales, tanto en Viena como en París y en
Berlín. El fascismo se nutrió de ideas y de actitudes distintivas de la derecha
radical de finales del siglo XIX, en el sentido de que ambos recogieron
sentimientos de frustración al tiempo que asumieron la violenta negación de las
promesas de progreso basadas en la razón enunciadas por el liberalismo y el
socialismo. Pero además, en el marco de la democracia de masas, las ceremonias
patrias junto con numerosos grupos (las sociedades corales masculinas, las del
tiro al blanco y las de gimnastas) fomentaron y canalizaron mediante sus actos
festivos y sus liturgias la conformación de un nuevo culto político, el del
nacionalismo, que convocaba a una participación política más vital y
comunitaria que la idea burguesa de democracia parlamentaria.
Aunque es posible
reconocer continuidades entre ideas y sentimientos gestados a finales del siglo
XIX y los asumidos más tarde por los fascistas, seguramente, sin la catástrofe
de la Gran Guerra y la miseria social derivada de la crisis económica de 1929,
el nazi-fascismo no se hubiera consolidado. Aunque los movimientos de
sesgo fascista tuvieron una destacada expansión en el período de entreguerras,
muchos de ellos no pasaron de ser grupos efímeros, como el encabezado por
Mosley en Gran Bretaña, los Camisas Negras de Islandia o la Nueva Guardia de
Australia. En otros países, si bien lograron cierto grado de arraigo (los casos
de Cruz de Flechas en Hungría o Guardia de Hierro en Rumania), los grupos de
poder tradicionales retuvieron su control del gobierno vía dictaduras. El
triunfo del fascismo no fue el resultado inevitable de la crisis de posguerra.
El fenómeno fascista
solo prosperó donde confluyeron una serie de elementos que le ofrecieron un
terreno propicio. En este sentido, Italia y Alemania compartían rasgos
significativos: el régimen liberal carecía de bases sólidas, y existía un alto
grado de movilización social: no solo la de la clase obrera que adhería al
socialismo, también la del campesinado y los sectores medios decididamente
antisocialistas. Este escenario fue resultado de un proceso en el que se
combinaron diferentes factores. Si bien la trayectoria de cada país fue
singular, es factible identificar algunos procesos compartidos. En primer
lugar, el ingreso tardío, pero a un ritmo acelerado, a la industrialización dio
lugar a contradicciones sociales profundas y difíciles de manejar. Por un lado,
porque la aparición de una clase obrera altamente concentrada en grandes
unidades industriales y cohesionada en organizaciones sindicales potentes acentuó
la intensidad de los conflictos sociales. Por otro, porque la presencia de
sectores preindustriales (artesanos, pequeños comerciantes, terratenientes,
rentistas) junto al avance de los nuevos actores sociales (obreros y
empresarios) configuró una sociedad muy heterogénea atravesada abruptamente por
diferentes demandas de difícil resolución en el plano político. En segundo
lugar, la irrupción de un electorado masivo, debido a las reformas electorales
de 1911 en Italia y de 1919 en Alemania, socavó la gestión de la política por
los notables, pero sin que las élites fueran capaces de organizar partidos de
masas: esto lo harían los fascistas. Por último, tanto Italia como Alemania,
aunque estuvieron en bandos opuestos en la Primera Guerra, vivieron los términos
de la paz como nación humillada. En Alemania especialmente, el sentimiento de
agravio respecto a Versalles estaba ampliamente extendido; no fue un aporte
original del nazismo buscar la revancha contra los vencedores de la Gran
Guerra.
La experiencia de la
guerra alimentó en muchos una adhesión incondicional a la paz; para ellos
resultó muy difícil y doloroso reconocer que las obsesiones ideológicas del
nazismo solo serían frenadas a través de las armas. Los pacifistas estaban
convencidos de que las masacres en los campos de batalla no contribuían a
encontrar salidas justas a las tribulaciones de los pueblos. En otros, en
cambio, la guerra de trincheras alimentó una mística belicista: en ellos
perduró “el deseo abrumador de matar”, según las palabras de Ernst Jünger.
Quienes decidieron vivir peligrosamente, como propuso el fascismo, y en el
culto a la violencia, encontraron la vía para manifestar sus más hondos y
potentes impulsos; no dejaron las armas, e integraron las formaciones
paramilitares que proliferaron en la posguerra: los Freikorps alemanes o los
Fasci di combattimento italianos. Muchos gobiernos no fascistas recurrieron
a estos grupos para impedir un nuevo Octubre rojo, más temido que realmente
factible. La izquierda también se armó para defenderse, pero en ningún caso
contó con el apoyo de los organismos de seguridad estatales, que no solo
consintieron sino que también colaboraron con los grupos armados de la derecha
radical.
Las condiciones que
hicieron posible el arraigo del fascismo son solo una parte del problema para
explicar el éxito de los fascistas. También es preciso dar cuenta de qué
ofrecieron, cómo lo hicieron y quiénes acudieron a su convocatoria. A través de
su oratoria y sus prácticas, el fascismo se definió como antimarxista, antiliberal
y antiburgués. En el plano afirmativo se presentó con sus banderas, cantos y
mítines masivos, como una religión laica que prometía la regeneración y la
anulación de las diversidades para convertir a la sociedad civil en una
comunidad de fieles dispuestos a dar la vida por la nación. Los fascistas
italianos y los nazis alemanes, especialmente en la etapa inicial, presentaron
programas revolucionarios, en parte anticapitalistas, en los que recogían anhelos
y ansiedades de diferentes sectores de la sociedad. Al mismo tiempo, en un
contexto marcado por la pérdida de sentido y la desorganización social, los
partidos brindaron un lugar de encuadramiento seguro, disciplinado, y supieron
canalizar la energía social a través de las marchas, las concentraciones de
masas y la creación de escuadras de acción. El partido, además, ofreció un líder.
La presencia de un líder carismático a quien se le reconocieron los atributos
necesarios para salir de la crisis fue un rasgo clave del fascismo. Tanto
Mussolini como Hitler fueron jefes plebeyos con gran talento para suscitar la
emoción y ganar la adhesión de distintos sectores ya movilizados.
El fascismo tuvo una
base social heterogénea. Recogió especialmente el apoyo de los grupos sociales
mencionados anteriormente, como los propietarios rurales o los excombatientes,
que constituyeron el núcleo de las primeras formaciones paramilitares. También
logró el reconocimiento de sectores de la clase obrera atraídos por sus
promesas sociales. Los fascistas y los nazis llegaron al gobierno en virtud de
su capacidad para recoger demandas y agravios variados, y también porque
lograron convencer a los grupos de poder de que podían representar sus
intereses y satisfacer sus ambiciones mejor que cualquier partido tradicional.
Los elencos políticos a cargo del gobierno, en Italia y Alemania, decidieron
aliarse con los fascistas y los nazis convencidos de que podrían ponerlos a su
servicio para liquidar a la izquierda y preservar el statu quo. Los grandes
capitalistas, por su parte, no manifestaron una adhesión ni temprana ni
calurosa a los movimientos fascistas. Aunque el tono anticapitalista del
fascismo fue selectivo y rápidamente se moderó, el carácter plebeyo de los
movimientos generaba reservas entre los grandes propietarios. Hasta el ingreso
al gobierno de Hitler, por ejemplo, las contribuciones económicas fueron
destinadas en primer lugar a los conservadores, la opción preferida por los
capitales más concentrados. Pero estos no pusieron objeciones a la designación
de los líderes fascistas como jefes de gobierno. Una vez en el poder, ni Hitler
ni Mussolini cuestionaron el capitalismo, pero subordinaron su marcha y fines,
especialmente a partir de la guerra, a la realización del destino glorioso de
la nación. Ellos asumieron ser sus auténticos intérpretes.
Desde el gobierno,
ambos líderes y a diferentes ritmos (y con mayor decisión el Führer) avanzaron
en revolucionar el Estado y la sociedad mediante las organizaciones paralelas
del partido. La Magistratura, la Policía, el Ejército, y las autoridades
locales actuaron como corrosivo de los organismos estatales y buscaron
remodelar la sociedad, desde las intervenciones sobre la educación, pasando por
la organización del uso del tiempo libre y, en especial, el encuadramiento y
movilización de las juventudes para crear el hombre del mañana. Los jefes
máximos nunca llegaron a imponer sus directivas de arriba hacia abajo en forma del
todo ordenada. La presencia de diferentes camarillas en pugna confirió un
carácter en gran medida caótico a la marcha del régimen, sin que por eso el
Duce o el Führer fueran dictadores débiles.
El terror fue un
componente de ambos regímenes, mucho más central en el nazismo, pero fue solo
uno de los instrumentos para lograr la subordinación de la sociedad; también se
recurrió a la concesión de beneficios y la integración de la población en
nuevos organismos. Si bien los fascistas suprimieron los sindicatos
independientes y los partidos socialistas, su política apuntó a integrar
material y culturalmente a la clase obrera. Al mismo tiempo que subordinaba a
los trabajadores políticamente y los disciplinaba socialmente, el fascismo
promovió la idea de igualdad y la disolución de las jerarquías: el plato único
nacional, la fuerza con alegría, el Volkswagen para todos, el Frente Alemán del
Trabajo, el Dopolavoro, fueron manifestaciones, bastante eficaces, del afán por
crear la comunidad popular. La contribución más importante del nazismo en el
plano social fue restablecer el pleno empleo antes de finales de 1935, mediante
la ruptura radical con la ortodoxia económica liberal. Los fascistas se
pronunciaron a favor de un nuevo tipo de organización económico-social. Como
expresión de su vocación revolucionaria y a la vez anticomunista, el fascismo
contrapuso, al socialismo internacionalista, un socialismo nacional y
autárquico que combinaba la intervención estatal en la economía con la
propiedad privada. Por lo general defendió un sistema corporativo que integrara
los distintos grupos y clases sociales bajo la dirección del partido, y fuera
capaz de acabar con la lucha de clases.
La ubicación del
fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán como las expresiones más
logradas del fenómeno fascista no implica desconocer importantes contrastes
entre ambos: el peso decisivo del antisemitismo genocida en el régimen nazi,
que fue más tardío y menos radical en Italia; la más acabada conquista del
Estado y la sociedad por parte del nazismo; la mayor autonomía de Hitler
respecto de los grupos de poder; la política exterior más orientada hacia el
imperialismo tradicional, en el caso de Mussolini, y dirigida hacia la
imposición del predominio de la raza aria en el de Hitler.
El fascismo fue
centralmente una forma de hacer política y acumular poder para llegar al
gobierno, primero, y para “revolucionar” el Estado y la sociedad después. Desde
esta perspectiva, el fascismo se presentó simultáneamente como alternativa al
impotente liberalismo burgués frente al avance de la izquierda, como decidido
competidor y violento contendiente del comunismo y como eficaz restaurador del
orden social. En la ejecución de estas tareas se distinguió de los autoritarios
tradicionales porque no se limitó a ejercer la violencia desde arriba. Los
fascismos se destacaron por su capacidad para movilizar a las masas apelando a
mitos nacionales. El partido único y las organizaciones paramilitares fueron
instrumentos esenciales para el reclutamiento de efectivos, para la toma y la
conservación del poder, y su estilo político se definió por la importancia
concedida a la propaganda, la escenografía y los símbolos capaces de suscitar
fuertes emociones. Los fascistas organizaron la movilización de las masas, no
para contar con súbditos pasivos, sino con soldados fanáticos y convencidos. Su
contrarrevolución fue en gran medida revolucionaria, aunque en un sentido
diferente del de la revolución burguesa y la revolución socialista.
Las
razones que dan cuenta de la aparición de regímenes fascistas y la naturaleza
de estos movimientos han suscitado numerosas interpretaciones. A costa de
simplificar un debate complejo, los estudios se pueden clasificar en dos
grandes perspectivas: las estructuralistas y las intencionalistas. Las primeras
se centran en la combinación de factores que hicieron posible la emergencia y
el éxito de estos nuevos regímenes. En este grupo se encuentran diferentes
corrientes. Entre las más clásicas se distinguen, por un lado, la marxista
ortodoxa, que vinculó al fascismo con la necesidad del gran capital de recurrir
a la dictadura política para garantizar su supervivencia, y por otro, la
versión que lo presenta como un modo de acceder a la modernización en aquellos
países cuya industrialización había sido tardía, débil o bien muy dependiente
de sectores tradicionales. En el caso alemán se ha insistido mucho en el
carácter excepcional de su evolución histórica (el denominado Sonderweg o
camino especial), en la que convivieron estructuras muy arcaicas de carácter
político con otras muy avanzadas en el plano económico.
Entre los
politólogos, especialmente en el marco de la Guerra Fría, ganó terreno la
categoría de totalitarismo. Este término fue utilizado en 1923 por Giovanni
Amendola, diputado opositor de los fascistas, en un discurso en el que
denunciaba el control impuesto a las diferentes instituciones italianas.
Mussolini lo retomó en un discurso pronunciado en junio de 1925, en el que
reivindicaba “la feroz voluntad totalitaria de su régimen”, y siete años
después Giovanni Gentile, teórico fascista, lo desarrolló en el capítulo
“Fascismo” de la Enciclopedia Italiana, en el que aparece como negación del
liberalismo político. “El liberalismo negaba al Estado en beneficio del
individuo particular, el fascismo reafirma al Estado como la realidad verdadera
del individuo. [...] Ya que para el fascista todo está en el Estado, y nada
humano o de espiritual existe [...] fuera del Estado. En ese sentido, el
fascismo es totalitario”.
En los años 30 el
concepto de régimen totalitario fue ganando espacio para designar únicamente
los regímenes fascistas y nazis. Con el desarrollo de la Guerra Fría, en el
bloque occidental se propuso la categoría totalitarismo para definir tanto al
nazi-fascismo como al régimen soviético. El modelo totalitario permitía
presentar políticamente el régimen estalinista como equivalente del régimen
hitleriano y convertir a la democracia liberal en su contra modelo absoluto. En
el bloque comunista se impuso la concepción de la Tercera Internacional, que
definió el fascismo como una reacción de la burguesía ante el derrumbe del
capitalismo; en consecuencia, los regímenes fascistas y nazi están más cerca
del bloque occidental que de la URSS, ya que el fascismo es una evolución probable
del capitalismo.
Se definió el
régimen totalitario en base a cinco rasgos claves.
1.
La eliminación del Estado de derecho
con la supresión de la separación de poderes y el descarte de la democracia
representativa.
2.
La imposición de una ideología oficial
a través de la censura y la instauración el monopolio estatal sobre los medios
de comunicación.
3.
Un partido único de masas encabezado
por un líder carismático.
4.
La instrumentación del terror vía la
instauración de un sistema de campos de concentración destinados al encierro y
a la eliminación de los adversarios políticos y de los grupos definidos como
extraños y enemigos de la comunidad nacional que debía ser homogénea.
5.
Un fuerte control de la economía por
el Estado.
Aunque ambos
regímenes, como proponía la categoría de totalitarismo, debían ser rechazados
por el uso sistemático del terror ejercido por el Estado, la subestimación de
diferencias claves impedía avanzar en la explicación de procesos históricos con
marcados contrastes. Tanto en el campo de la historia como en el de las
ciencias sociales son múltiples las perspectivas desde las que se han propuesto
explicaciones del fenómeno fascista. En todos los casos, los expertos han
combinado presupuestos teóricos, adhesiones ideológicas y juicios de valor. Y
aunque el debate seguirá abierto, los trabajos historiográficos ofrecen cada
vez más la posibilidad de articular contextos e intenciones a través de la
reconstrucción de cada experiencia singular, sin perder de vista los rasgos y
procesos compartidos en que se apoya el concepto de fascismo.
Los Fascistas Llegan Al Gobierno
Después de los
esfuerzos de la guerra, parte de la sociedad italiana sintió que había perdido
la paz. Italia se unió a la Entente después de firmar el tratado de Londres con
Gran Bretaña y Francia en abril de 1915, a través del cual se comprometió a
declarar la guerra a Austria mediante “justas compensaciones” que incluían
Istra, Trieste, parte de Dalmacia y de las islas, la frontera de Brennero y
territorios coloniales. Aunque en Versalles las fronteras italianas se
extendieron, no todas las aspiraciones de Roma se vieron satisfechas, y el
ministro Orlando abandonó la conferencia disgustado.
Los nacionalistas
más radicalizados recurrieron a la fuerza para expresar su rechazo a la
“victoria mutilada”. El poeta Gabriel D'Annunzio, al frente de los legionarios,
ocupó la ciudad de Fiume (septiembre de 1919-diciembre de 1920), que al margen
de las reclamaciones de Italia había sido incluida en la recién creada
Yugoslavia. La expedición de D'Annunzio fue un golpe de fuerza que creó un
peligrosísimo precedente. Los legionarios, con la complicidad de las
autoridades militares, demostraron que a través de una movilización bien
organizada era factible colocar al gobierno en una encrucijada. El movimiento
concitó la adhesión de los nacionalistas y de los antiliberales que proponían
la transformación radical del orden social, al que calificaban de injusto y
decadente. En Fiume, D'Annunzio inventó buena parte de los símbolos que
luego haría suyos el fascismo: el saludo romano, los uniformes y los gritos
rituales.
La decisión de participar
en la Primera Guerra mundial había sido tomada por el rey Víctor Manuel III y
la camarilla que lo rodeaba, sin tener en cuenta al Parlamento ni a la opinión
pública, y sin considerar la falta de preparación militar de las fuerzas
armadas. En Italia, la “unión sagrada” no alcanzó los niveles de adhesión que
logró en otros países. Al regresar del frente, los excombatientes no recibieron
el reconocimiento agradecido de sus compatriotas y, al mismo tiempo, en el
marco de la crisis y la agitación social, les resultó muy difícil
reincorporarse a una vida normal. Los excombatientes se sintieron defraudados y
encontraron en el fascismo una respuesta a sus ansiedades, y básicamente una
organización que les ofrecía la posibilidad de canalizar los sentimientos y las
energías gestadas en el frente de batalla.
El fascismo nació
oficialmente el 23 de marzo de 1919, en el mitin convocado por Benito Mussolini
en un local de la plaza San Sepolcro, de Milán, al que asistieron muy pocas
personas y donde se crearon los fascios (ligas) de combate (fasci italiani
di combattimento). Estos aunaron la retórica del nacionalismo con la del
sindicalismo revolucionario y fueron apoyados por las fuerzas de choque (los Arditi
del Popolo u Osados del Pueblo); por los sindicalistas revolucionarios y
por los futuristas, una de las expresiones de la vanguardia artística. El
manifiesto-programa aprobado en la reunión reivindicaba el espíritu
“revolucionario” de la nueva organización. La declaración de 1919 era
antimonárquica, anticlerical, y reconocía demandas del movimiento obrero.
Benito Mussolini se
afilió muy joven al Partido Socialista, abocándose plenamente al periodismo y
la política. En su formación tuvo una fuerte influencia de Georges Sorel, el
teórico del sindicalismo revolucionario. Después de cumplir el servicio militar
entre 1905 y 1907, desarrolló en Trento su actividad como periodista y agitador
sindical, y fue expulsado de la localidad por la policía austríaca. En los años
previos a la Primera Guerra Mundial se hizo cargo en Milán del diario
socialista Avanti, desde donde enunció los principios del pacifismo: «Abajo
la guerra, la guerra es la gran traición». Sin embargo, al estallar el
conflicto pasó rápidamente a una neutralidad militante para terminar asumiendo
un belicismo total: la propaganda antibélica era obra de los “bellacos, los
curas, los jesuitas, los burgueses y los monárquicos”. En virtud de este giro
fue expulsado del Partido Socialista y en noviembre de 1914 fundó en Milán el
diario Il Popolo D'Italia. Como otros intervencionistas de izquierda,
Mussolini concibió la guerra como una forma de acción extrema y revolucionaria
en la que se jugaba el destino del mundo, e Italia no podía quedar al margen
permaneciendo neutral. En agosto de 1915 partió como voluntario al frente,
donde cayó herido en febrero de 1917. Al salir del hospital retomó la dirección
del Il Popolo D'Italia.
La crisis económica
y política generó el terreno propicio para que el fascismo prosperara. La gran
industria había tenido un fuerte crecimiento durante la guerra, beneficiada por
las compras del Estado y la ausencia de competencia. Con la paz, se restringió
la posibilidad de colocar sus productos y se puso en evidencia que sus precios
eran poco competitivos en el mercado internacional. Para las grandes empresas
metalúrgicas como Ilva y Ansaldo, la de automóviles Fiat o la de neumáticos
Pirelli, se restringieron los cuantiosos beneficios. La destrucción causada por
la guerra y la subida de los precios arruinaron a gran parte de los pequeños
propietarios, a quienes dependían de un sueldo y a los ahorradores. Los
pequeños burgueses percibieron que su posición era más difícil y débil que la
del proletariado, que contaba con sus organizaciones sindicales para defender
su salario de la inflación. La agitación obrera alcanzó su máxima expresión en
el llamado bienio Rosso (1919-1920). Los obreros del norte protagonizaron una
oleada de huelgas, en las que, bajo la conducción de los comunistas,
intentaron, sin éxito, tomar el control de las fábricas. El primer ministro
Giovanni Giolitti optó por no recurrir a la fuerza y esperar a que el
movimiento llegara a su fin por agotamiento, como efectivamente ocurrió. Sin
embargo, su actitud fue percibida como falta de firmeza para enfrentar al
radicalismo revolucionario y causó hondo resentimiento en los dueños de las
fábricas, así como en una clase media temerosa del caos social. La propuesta de
los fascistas de liquidar el peligro rojo con el uso de la fuerza fue acogida
con beneplácito, o pasivamente, por gran parte de la sociedad.
La intensa agitación
social y la reforma del sistema electoral antes de la guerra fueron de la mano
con el avance de los dos principales partidos de masas, el Socialista y el
Popular, creado por el sacerdote Luigi Sturzo en 1919. En las elecciones legislativas
de noviembre de 1919, los liberales perdieron la posibilidad de seguir
controlando las Cámaras. Sobre un total de 500 escaños el Partido Socialista
obtuvo 156, el triple que en las anteriores elecciones, y el Partido Popular
100. Este último incluía desde sinceros democratacristianos hasta
conservadores, unidos por el ideal católico y por la hostilidad hacia los
liberales anticlericales que desde la unidad italiana habían monopolizado el
poder. Los socialistas, que contaban con el apoyo de la Confederación General
del Trabajo, obtuvieron sus mayores triunfos entre los obreros de los grandes
centros industriales como Milán, Turín y Génova, y entre los trabajadores
agrícolas del valle del Po. Ambos se hallaban muy divididos internamente. Ni
los católicos ni los socialistas eran aliados confiables para la dirigencia
liberal, pero ni socialistas ni católicos estaban dispuestos a colaborar con
los liberales. La inestabilidad de los gobiernos se profundizó
significativamente. Desde el final de la guerra hasta la designación de
Mussolini como primer ministro, en 1922, hubo cinco jefes de gobierno: Vittorio
Orlando, Saverio Nitti, Giovanni Giolitti, Ivanoe Bonomi y Luigi Facta.
Al ascenso del
fascismo, que fue evidente a partir de 1920, contribuyeron dos hechos: la
intervención violenta en el ámbito rural del norte de los escuadristas,
dirigidos por los ras locales –Dino Grandi en Bolonia, Roberto Farinacci
en Cremona, Italo Balbo en Ferrara– y el espacio político que el primer
ministro Giolitti concedió a Mussolini a través de la alianza electoral de
1921. El movimiento escuadrista, que se extendió bajo forma de expediciones
punitivas de gran violencia contra las organizaciones socialistas, fue lo que
hizo del fascismo un movimiento de masas y le granjeó el apoyo de la mayor
parte de los propietarios rurales, especialmente del campesinado medio. Los
peones que trabajaban en sus fincas y estaban organizados por los socialistas
tenían una fuerte capacidad para defender sus salarios. Los sectores medios
rurales del valle del Po, afectados por la bajada de los precios agrarios,
recibieron agradecidos las acciones de castigo de los escuadristas contra
municipios y cooperativas socialistas. La oleada de violencia contó con el
visto bueno de la policía, y en varias ocasiones con su colaboración activa. El
episodio decisivo tuvo lugar en Bolonia el 21 de noviembre de 1920. Al calor de
los incidentes que se produjeron en el acto de toma de posesión de los cargos
en el ayuntamiento por la nueva mayoría socialista, los fascistas sembraron el
terror primero en la ciudad y luego en toda la región de Emilia, de fuerte
tradición socialista. La investigación parlamentaria dio a luz dos dictámenes.
El de la mayoría no socialista reclamó la imparcialidad de los poderes públicos
y adjudicó la violencia fascista a los excesos de la izquierda. El de la
minoría socialista declaró que el gobierno no doblegaría al fascismo porque
este era un instrumento eficaz para preservar la explotación del proletariado.
Sin embargo, según esta versión, el fascismo estaba condenado al fracaso porque
la lucha de clases conducía a la derrota de la burguesía.
El experimentado
Giolitti contribuyó decisivamente al afianzamiento de los fascistas. Para
contrarrestar el peso de los legisladores socialistas y populares se alió con
Mussolini. En las elecciones de mayo de 1921 el fascismo obtuvo 35 escaños de los
poco más de 100 que le correspondieron a la lista liberal. Los populares
obtuvieron 107, los socialistas oficiales 120 y los comunistas 15. Lo más
importante fue que el Duce ganó respetabilidad política y los fascistas dejaron
de estar en la periferia de la escena política. Como contrapartida, Mussolini,
a pesar del disgusto de sus huestes, no se opuso al envío de las tropas que
pusieron fin a la ocupación de Fiume. D’Annunzio capituló y se retiró de la
vida política: su experimento había sido excesivamente radical para gozar del
apoyo de los grandes intereses. Con su disposición a negociar, el líder
fascista demostró ser más confiable.
La Marcha Sobre Roma
Frente
a la violencia en las calles que el mismo fascismo promovía, y a la creciente
debilidad del grupo gobernante, los fascistas decidieron organizar, a finales
de octubre de 1922, la Marcha sobre Roma para entrar en el gobierno. Las poco
organizadas huestes fascistas habrían podido ser detenidas por las fuerzas
militares si hubiera existido la voluntad de frenarlas. El ministro Facta quiso
proclamar el estado de excepción, pero el rey Víctor Manuel III se negó a
firmar el decreto. Cuando Víctor Manuel vio el borrador de la proclama se enfadó
y, tras arrebatar el texto de las manos de Facta, en un ataque de ira dijo al
ministro: "Estas decisiones dependen de mí. Después del estado de sitio
no hay más que una guerra civil. Ahora uno de nosotros debemos sacrificarse."
Entonces Facta respondió: "Su Majestad no necesita decir a quién le
toca"[1]. Y
se despidió. Los ministros renunciaron y el monarca pidió a
Mussolini que formase un nuevo gabinete.
El Duce se puso al
frente de un gobierno de coalición integrado por algunos fascistas y una
mayoría de dirigentes de otras formaciones políticas, excluida la izquierda. No
hubo golpe ni éxitos electorales, los fascistas llegaron al gobierno de la mano
de los notables, los militares y la monarquía. Hasta 1925, Mussolini fue solo
el primer ministro de una monarquía semi-parlamentaria, la vida pública (partidos,
sindicatos, prensa) siguió funcionando bajo una cierta apariencia de
normalidad. La política económica no se apartó de la ortodoxia liberal y
favoreció el libre juego de la iniciativa privada a través de las
privatizaciones (telefonía y seguros), los incentivos fiscales a la inversión y
la reducción de los gastos del Estado. No obstante, se pusieron en marcha las
primeras medidas destinadas a fortalecer al Partido Fascista. El Gran Consejo
Fascista fue creado como órgano consultivo paralelo al Parlamento. A principios
de 1923 todas las asociaciones y unidades paramilitares fueron integradas en
una milicia voluntaria encargada de la seguridad nacional, una medida que
legalizó a la fuerza de choque fascista, los Camisas Negras. Los nacionalistas,
además, se incorporaron al Partido Fascista. Mussolini había llegado al
gobierno con el apoyo, o bien la complacencia, de distintos sectores que
mantenían un equilibrio inestable entre sí. Por una parte, el Partido, cuyos
miembros más radicales exigían su promoción personal y cambios más
revolucionarios para avanzar hacia la igualdad y el fortalecimiento de los
sindicatos fascistas frente a la patronal. Por otra, los grupos de poder (grandes
propietarios industriales y agrarios, la Iglesia y la elite política) junto con
funcionarios y organismos estatales, estaban a favor de un autoritarismo
tradicional respetuoso de la propiedad privada y de la jerarquía social. Las
decisiones del caudillo, a pesar del peso de su autoridad carismática, fueron
condicionadas por las relaciones de fuerza entre estos sectores. El Duce avanzó
menos que Hitler en el proceso de fascistización del Estado. A partir de su
desconfianza hacia los activistas del partido se esforzó por subordinarlos a un
Estado poderoso. El Duce no logró el grado de autonomía que llegara a ostentar
Hitler, ya que tuvo que compartir la cúspide del poder con el rey y debió
convivir con una Iglesia católica fuerte. En el marco de estas restricciones,
los más altos niveles de la burocracia y los grandes grupos de intereses
políticos y económicos se reservaron cuotas de poder que les posibilitarían
destituir al Duce en 1943, cuando Italia perdía la guerra.
A finales de 1923
fue aprobada una nueva ley electoral según la cual la lista que obtuviera más
del 25 % de los votos ocuparía el 66 % de los escaños. La medida fue frenada por
los socialistas porque recibió el respaldo de los liberales y los populares. Al
iniciarse las sesiones del cuerpo legislativo en mayo de 1924, el diputado
socialista Giacomo Matteotti denunció la violencia empleada por los fascistas
en las elecciones y mantuvo un tenso debate con Mussolini. Días después,
Matteotti fue secuestrado en pleno centro de Roma, y a mediados de agosto su cadáver
fue hallado en un bosque.
Las primeras
investigaciones condujeron a revelar la participación de miembros de las bandas
armadas fascistas. El fascismo apareció sentado en el banquillo de los
acusados. Los diputados que encabezaron la llamada “Secesión del Aventino”
abandonaron sus escaños reclamando la supresión de la milicia fascista y la
normalización de la vida constitucional. El rey se negó a tomar medida alguna.
Al cabo de cinco meses, con la Cámara clausurada, los principales jefes
fascistas desataron una escalada de violencia en Pisa, Florencia y Bolonia,
exigiendo el establecimiento de un régimen unipartidista: “había llegado el
momento de hacer la revolución liquidando al régimen liberal”. Finalmente, el
Duce decidió actuar. Pidió al rey que disolviera la Cámara y en su discurso del
3 de enero de 1925 asumió la responsabilidad de los hechos: «Si el fascismo
es una asociación de delincuentes [...]. Si toda la violencia ha sido el
resultado de un clima histórico político y moral, pues bien, para mí toda la
responsabilidad, porque este clima lo he creado yo».
El Régimen Fascista
La serie de medidas
aprobadas entre 1925 y 1928 condujo a la dictadura. El jefe de gobierno dejó de
ser responsable de su gestión ante el Parlamento, ya que fueron disueltos todos
los partidos políticos y quedó suprimida la prensa opositora. Se creó un tribunal
especial para atender los crímenes contra el Estado. Sus miembros eran
funcionarios que no requerían formación jurídica y debían jurar obediencia a
Mussolini. Los acusados no tenían derecho a apelar y los opositores al régimen
podían ser deportados. La nueva ley electoral suprimió el sufragio universal.
El Gran Consejo Fascista aprobaba la lista con los 400 candidatos para la
Cámara de Diputados y los votantes solo podían ratificarla o rechazarla.
En 1929 quedó
resuelto el problema con el Vaticano, pendiente desde la unificación del país
en 1870. Con la firma de los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de
Italia se establecieron relaciones diplomáticas y se creó un diminuto Estado
dentro de Roma, con el Papa como máxima autoridad: la Ciudad del Vaticano. La
Iglesia sería compensada por los territorios perdidos; las corporaciones
eclesiásticas quedaron exentas de impuestos y sus escuelas recibieron un trato
preferente, y así Mussolini se ganó el apoyo de los católicos. A partir de 1925
también la economía italiana tomó distancia del liberalismo para quedar sujeta
a un creciente control del Estado, un cambio de rumbo acorde con las
concepciones nacionalistas y autárquicas del fascismo. En el marco de las
reformas destinadas a fortalecer el régimen político fascista se avanzó sobre
la regulación de las relaciones entre obreros y patrones.
El fascismo no creó
la idea de una economía mixta: la iniciativa pública y la privada ya se
encontraban entrelazadas en Italia y en otros países. Pero el fascismo procuró
institucionalizar la relación entre el poder público y el privado, y al
proceder de este modo siguió un derrotero distinto del de las democracias
occidentales. La Confederación General de la Industria Italiana (CGII) criticó
la asociación obligatoria de trabajadores y patrones en organismos patrocinados
por el gobierno. A las reticencias de los fabriles, los dirigentes sindicales
fascistas respondieron con una serie de huelgas autorizadas por Mussolini, y éstos
aceptaron concertar con el sindicalismo fascista. En 1925, la CGII y la
confederación sindical dirigida por el radical Edmondo Rossoni firmaron el Pacto
Vidoni, según el cual todas las negociaciones relativas a contratos laborales
tendrían lugar entre la confederación y los sindicatos fascistas; los gremios
no fascistas quedaban excluidos de lo resuelto por los convenios colectivos. El
documento dispuso la abolición de los consejos de fábrica, con lo que se
reforzó la autoridad patronal, y no se llegó a un acuerdo respecto del
arbitraje obligatorio en los conflictos laborales, una medida resistida por los
dueños de las fábricas.
El afán de los
empresarios por preservar su autonomía obstaculizó la reforma corporativa y dio
lugar al compromiso sindical de 1926. De acuerdo con la legislación aprobada el
3 de abril de 1926, los obreros y patrones quedaban organizados separadamente
en doce sindicatos nacionales, uno para cada sector en cada tipo de actividad:
industria, agricultura, comercio, banca y seguros, transporte y navegación
interiores, transporte marítimo y aéreo. La Confederación General de la
Industria Italiana tuvo derecho a un asiento en el Consejo Fascista, fueron
prohibidas huelgas y cierres patronales, y la resolución de las controversias
en el campo laboral quedó en manos de la Magistratura del Trabajo. Todos los
trabajadores, incluso los que no estaban afiliados, debieron contribuir al
sostenimiento de los sindicatos con cuotas deducidas de sus salarios. La ley
dispuso que trabajadores y empresarios quedasen sujetos a la disciplina
impuesta desde el gobierno; en la práctica, los sindicatos fueron conducidos
por hombres del partido mientras que las asociaciones patronales mantuvieron
sus propios dirigentes.
En abril de 1927 la “Carta
del Lavoro” precisó la definición de la corporación, entendida como un
organismo del Estado encargado de coordinar las decisiones de las
organizaciones obreras y empresarias para llegar a una relación de fuerzas
equilibrada. Los propietarios lograron que la Carta fuese solo una declaración
de principios, y los objetivos de Rossoni fueron frustrados por no poder incluir
propuestas específicas sobre salarios, horas de trabajo y seguridad social. No
obstante, el documento, que prometía respetar la independencia empresarial,
afirmó también que la empresa era responsable ante el Estado, que podía regular
la producción siempre que lo exigiesen los intereses públicos.
El movimiento
laboral fascista careció de la independencia necesaria para seguir un plan
coherente que aumentase la participación del trabajo en la riqueza. En su
condición de miembros del partido, los dirigentes sindicales postergaron la
defensa de los intereses obreros frente a las directivas del partido. Las
reducciones salariales en octubre de 1927, diciembre 1930 y mayo 1934 fueron
aceptadas en nombre de la defensa de los intereses de la nación. Mientras los
sindicatos fascistas tuvieron que luchar contra sus rivales socialistas y
católicos, el pasado radical y la agresividad discursiva de Rossoni
constituyeron datos a su favor. Con el afianzamiento del Régimen y en el marco
de la reforma sindical, Mussolini buscó dirigentes más dóciles, y Rossoni fue
desplazado en diciembre de 1928. El movimiento sindical fascista se centró en
la obtención de programas sociales. La innovación más popular fue la Opera
Nazionale Dopolavoro, fundada en 1925 con el fin de “favorecer el empleo sano y
provechoso de las horas libres de los trabajadores intelectuales y manuales,
por medio de instituciones destinadas a desarrollar sus capacidades físicas,
intelectuales y morales”. En 1939 esta organización creada por el partido pasó
a depender de los sindicatos.
Hacia La Radicalización
La crisis económica
mundial, también en Italia, dio paso al aumento del desempleo, aunque no en
forma tan dramática como en otros países, por ejemplo, Alemania. Los nuevos
desafíos condujeron a que el régimen se definiera decididamente a favor de la
autarquía. En el ámbito agrario esta tendencia se puso en marcha a través de la
“batalla del trigo”, que multiplicó por dos la producción de este cereal
mediante el aprovechamiento de zonas pantanosas, pero también dedicando al
trigo tierras que antes se utilizaban para olivos, ganado o frutales con un
rendimiento mucho más elevado.
En 1933 se aprobó la
creación del Instituto para la Reconstrucción Italiana (IRI), que hizo del
Estado el principal inversor industrial. El IRI nacionalizó, mediante la compra
de acciones, muchas de las grandes empresas industriales al borde de la
quiebra. En 1939 este organismo controlaba tres de las grandes siderurgias del
país, algunos de los mejores astilleros, la telefónica, la distribución de la
gasolina, las principales empresas de electricidad, las más importantes líneas
marítimas y las incipientes líneas aéreas. Las industrias textiles, de automóviles
y productos químicos permanecieron, casi en su totalidad, en manos de los
empresarios.
Como resultado de la
depresión, los dueños de las fábricas no podían alegar que el sector privado de
la economía era autosuficiente y tuvieron que aceptar la expansión de una
economía combinada, en la que las empresas públicas y privadas se entrelazaban.
Por su parte, la dirigencia fascista utilizó su creciente poder económico para
concretar sus objetivos políticos. El IRI quedó habilitado a controlar las empresas
de propiedad privada siempre que fuese en interés de la “defensa nacional, la
autarquía y la expansión del Imperio”. Finalmente, en 1934 fueron creadas las
corporaciones, sin incluir las propuestas de los fascistas radicales que
pretendían abolir la propiedad privada para asignar al nuevo organismo la plena
responsabilidad de la producción y liquidar así el conflicto histórico entre
interés público y privado. Estos empresarios lograron que solo tuvieran
funciones consultivas y que las negociaciones laborales quedasen en el ámbito
privado. En el marco de la crisis había un aspecto de las corporaciones que
atraía a los grandes propietarios: la cooperación entre los diferentes sectores
de la producción para restringir la competencia y asegurar la posición de
quienes ya estaban instalados. También aceptaron el dirigismo estatal porque
necesitaban la ayuda de los fondos públicos para salvar a las empresas privadas
de la bancarrota.
En el escenario
internacional, la Italia fascista inicialmente se posicionó junto a Gran
Bretaña y Francia, y jugó un papel estabilizador. Dado el protagonismo que
alcanzaría el nazismo, se suele olvidar que, en sus inicios, el fascismo
italiano ejerció una enorme atracción entre los nacionalsocialistas y que, en
su momento de gloria, Mussolini observó a Hitler como un personaje de segundo
orden. Fue la ocupación de Etiopía por las tropas italianas en 1935 la que dio
un drástico giro a esta situación. Cuando Roma fue sancionada por la Sociedad
de Naciones, aunque de modo tibio e ineficaz, a raíz de la queja elevada por el
emperador etíope Haile Selassie, Mussolini estrechó sus lazos con Hitler. Hasta
ese momento había frenado el avance de los alemanes hacia Austria y manifestado
su preocupación por el rearme del Tercer Reich. El giro no dejó de generar
temores entre los grupos dominantes.
Todas las medidas
más importantes de la política exterior italiana fueron aprobadas por Mussolini
y sus consejeros más próximos: la guerra contra Etiopía, la constitución del
Eje Berlín-Roma, la intervención en la Guerra Civil española y el ingreso en la
Segunda Guerra Mundial. Aunque los fabriles no intervinieron directamente, se
beneficiaron con la política de rearme y de expansión territorial. No obstante,
les preocupaban la desvinculación comercial de las potencias occidentales, la
creciente intervención del gobierno en sus actividades y, sobre todo, temían al
poder económico de la industria alemana, que fueron las repercusiones del nuevo
rumbo del país. Después de la anexión de Austria aprobada por Hitler en 1938,
Alemania se apropió de materias primas que antes habían ido a Italia, y colocó
a los exportadores alemanes en una situación privilegiada. Con el nuevo aliado,
Italia podía quedar relegada al papel de productora agrícola.
Cuando Mussolini
entró en la Segunda Guerra Mundial en 1940 lo hizo impulsado por su afán de
gloria y creyendo que el triunfo del Eje posibilitaría la creación de un
imperio italiano con base en los Balcanes y África del Norte.
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