sábado, 17 de diciembre de 2011

FASCISMO

 

 

Fascismo 

Las traumáticas experiencias asociadas a la Primera Guerra Mundial y al gran derrumbe económico fueron el terreno propicio en el que prosperaron los movimientos englobados bajo el debatido concepto de fascismo. Se extendieron por casi toda Europa, aunque con muy diferente grado de inserción. Solo dos llegaron al gobierno: el Partido Fascista encabezado por Benito Mussolini, el Duce, en Italia, y el Partido Nacionalsocialista liderado por Adolfo Hitler, el Führer, en Alemania. Su denominador común fue la oposición radicalizada al comunismo y al liberalismo, aunque sin cuestionar el capitalismo. Antes de llegar al gobierno, ambos lograron también constituirse como representantes políticos de diferentes grupos sociales, especialmente de la clase media urbana y rural, de la juventud y de los excombatientes. Ambos lograron canalizar esa vasta movilización nacional que desencadenara la Gran Guerra, rompiendo los moldes de la política tradicional, especialmente en el caso de Alemania.

En Europa del este, las fronteras de los nuevos Estados nacionales fueron dibujadas por los vencedores en Versalles, y las poblaciones quedaron repartidas sin tener en cuenta el principio de autodeterminación de los pueblos enunciado por el presidente Wilson. El atraso económico se combinó con las tensiones entre los diferentes grupos nacionales englobados en un mismo Estado. En el campo intelectual, especialmente en los medios universitarios, el nacionalismo contó con extendidas y arraigadas adhesiones. En los años de entreguerras todos los países de la región –excepto Checoslovaquia–, además de España y Portugal, cayeron bajo gobiernos dictatoriales que en cierta medida adoptaron rasgos semejantes a los fascistas. En el caso español, el general Francisco Franco impuso su larga dictadura después de una cruenta guerra civil.

 

 

El Fenómeno Fascista

 

A lo largo del siglo XIX las tres principales familias políticas fueron el liberalismo, el conservadurismo y el socialismo; en las dos últimas décadas emergió una nueva derecha intensamente nacionalista y antisemita que fue capaz de movilizar y ganar la adhesión de diferentes sectores sociales, tanto en Viena como en París y en Berlín. El fascismo se nutrió de ideas y de actitudes distintivas de la derecha radical de finales del siglo XIX, en el sentido de que ambos recogieron sentimientos de frustración al tiempo que asumieron la violenta negación de las promesas de progreso basadas en la razón enunciadas por el liberalismo y el socialismo. Pero además, en el marco de la democracia de masas, las ceremonias patrias junto con numerosos grupos (las sociedades corales masculinas, las del tiro al blanco y las de gimnastas) fomentaron y canalizaron mediante sus actos festivos y sus liturgias la conformación de un nuevo culto político, el del nacionalismo, que convocaba a una participación política más vital y comunitaria que la idea burguesa de democracia parlamentaria.

Aunque es posible reconocer continuidades entre ideas y sentimientos gestados a finales del siglo XIX y los asumidos más tarde por los fascistas, seguramente, sin la catástrofe de la Gran Guerra y la miseria social derivada de la crisis económica de 1929, el nazi-fascismo no se hubiera consolidado. Aunque los movimientos de sesgo fascista tuvieron una destacada expansión en el período de entreguerras, muchos de ellos no pasaron de ser grupos efímeros, como el encabezado por Mosley en Gran Bretaña, los Camisas Negras de Islandia o la Nueva Guardia de Australia. En otros países, si bien lograron cierto grado de arraigo (los casos de Cruz de Flechas en Hungría o Guardia de Hierro en Rumania), los grupos de poder tradicionales retuvieron su control del gobierno vía dictaduras. El triunfo del fascismo no fue el resultado inevitable de la crisis de posguerra.

El fenómeno fascista solo prosperó donde confluyeron una serie de elementos que le ofrecieron un terreno propicio. En este sentido, Italia y Alemania compartían rasgos significativos: el régimen liberal carecía de bases sólidas, y existía un alto grado de movilización social: no solo la de la clase obrera que adhería al socialismo, también la del campesinado y los sectores medios decididamente antisocialistas. Este escenario fue resultado de un proceso en el que se combinaron diferentes factores. Si bien la trayectoria de cada país fue singular, es factible identificar algunos procesos compartidos. En primer lugar, el ingreso tardío, pero a un ritmo acelerado, a la industrialización dio lugar a contradicciones sociales profundas y difíciles de manejar. Por un lado, porque la aparición de una clase obrera altamente concentrada en grandes unidades industriales y cohesionada en organizaciones sindicales potentes acentuó la intensidad de los conflictos sociales. Por otro, porque la presencia de sectores preindustriales (artesanos, pequeños comerciantes, terratenientes, rentistas) junto al avance de los nuevos actores sociales (obreros y empresarios) configuró una sociedad muy heterogénea atravesada abruptamente por diferentes demandas de difícil resolución en el plano político. En segundo lugar, la irrupción de un electorado masivo, debido a las reformas electorales de 1911 en Italia y de 1919 en Alemania, socavó la gestión de la política por los notables, pero sin que las élites fueran capaces de organizar partidos de masas: esto lo harían los fascistas. Por último, tanto Italia como Alemania, aunque estuvieron en bandos opuestos en la Primera Guerra, vivieron los términos de la paz como nación humillada. En Alemania especialmente, el sentimiento de agravio respecto a Versalles estaba ampliamente extendido; no fue un aporte original del nazismo buscar la revancha contra los vencedores de la Gran Guerra.

La experiencia de la guerra alimentó en muchos una adhesión incondicional a la paz; para ellos resultó muy difícil y doloroso reconocer que las obsesiones ideológicas del nazismo solo serían frenadas a través de las armas. Los pacifistas estaban convencidos de que las masacres en los campos de batalla no contribuían a encontrar salidas justas a las tribulaciones de los pueblos. En otros, en cambio, la guerra de trincheras alimentó una mística belicista: en ellos perduró “el deseo abrumador de matar”, según las palabras de Ernst Jünger. Quienes decidieron vivir peligrosamente, como propuso el fascismo, y en el culto a la violencia, encontraron la vía para manifestar sus más hondos y potentes impulsos; no dejaron las armas, e integraron las formaciones paramilitares que proliferaron en la posguerra: los Freikorps alemanes o los Fasci di combattimento italianos. Muchos gobiernos no fascistas recurrieron a estos grupos para impedir un nuevo Octubre rojo, más temido que realmente factible. La izquierda también se armó para defenderse, pero en ningún caso contó con el apoyo de los organismos de seguridad estatales, que no solo consintieron sino que también colaboraron con los grupos armados de la derecha radical.

Las condiciones que hicieron posible el arraigo del fascismo son solo una parte del problema para explicar el éxito de los fascistas. También es preciso dar cuenta de qué ofrecieron, cómo lo hicieron y quiénes acudieron a su convocatoria. A través de su oratoria y sus prácticas, el fascismo se definió como antimarxista, antiliberal y antiburgués. En el plano afirmativo se presentó con sus banderas, cantos y mítines masivos, como una religión laica que prometía la regeneración y la anulación de las diversidades para convertir a la sociedad civil en una comunidad de fieles dispuestos a dar la vida por la nación. Los fascistas italianos y los nazis alemanes, especialmente en la etapa inicial, presentaron programas revolucionarios, en parte anticapitalistas, en los que recogían anhelos y ansiedades de diferentes sectores de la sociedad. Al mismo tiempo, en un contexto marcado por la pérdida de sentido y la desorganización social, los partidos brindaron un lugar de encuadramiento seguro, disciplinado, y supieron canalizar la energía social a través de las marchas, las concentraciones de masas y la creación de escuadras de acción. El partido, además, ofreció un líder. La presencia de un líder carismático a quien se le reconocieron los atributos necesarios para salir de la crisis fue un rasgo clave del fascismo. Tanto Mussolini como Hitler fueron jefes plebeyos con gran talento para suscitar la emoción y ganar la adhesión de distintos sectores ya movilizados.

El fascismo tuvo una base social heterogénea. Recogió especialmente el apoyo de los grupos sociales mencionados anteriormente, como los propietarios rurales o los excombatientes, que constituyeron el núcleo de las primeras formaciones paramilitares. También logró el reconocimiento de sectores de la clase obrera atraídos por sus promesas sociales. Los fascistas y los nazis llegaron al gobierno en virtud de su capacidad para recoger demandas y agravios variados, y también porque lograron convencer a los grupos de poder de que podían representar sus intereses y satisfacer sus ambiciones mejor que cualquier partido tradicional. Los elencos políticos a cargo del gobierno, en Italia y Alemania, decidieron aliarse con los fascistas y los nazis convencidos de que podrían ponerlos a su servicio para liquidar a la izquierda y preservar el statu quo. Los grandes capitalistas, por su parte, no manifestaron una adhesión ni temprana ni calurosa a los movimientos fascistas. Aunque el tono anticapitalista del fascismo fue selectivo y rápidamente se moderó, el carácter plebeyo de los movimientos generaba reservas entre los grandes propietarios. Hasta el ingreso al gobierno de Hitler, por ejemplo, las contribuciones económicas fueron destinadas en primer lugar a los conservadores, la opción preferida por los capitales más concentrados. Pero estos no pusieron objeciones a la designación de los líderes fascistas como jefes de gobierno. Una vez en el poder, ni Hitler ni Mussolini cuestionaron el capitalismo, pero subordinaron su marcha y fines, especialmente a partir de la guerra, a la realización del destino glorioso de la nación. Ellos asumieron ser sus auténticos intérpretes.

Desde el gobierno, ambos líderes y a diferentes ritmos (y con mayor decisión el Führer) avanzaron en revolucionar el Estado y la sociedad mediante las organizaciones paralelas del partido. La Magistratura, la Policía, el Ejército, y las autoridades locales actuaron como corrosivo de los organismos estatales y buscaron remodelar la sociedad, desde las intervenciones sobre la educación, pasando por la organización del uso del tiempo libre y, en especial, el encuadramiento y movilización de las juventudes para crear el hombre del mañana. Los jefes máximos nunca llegaron a imponer sus directivas de arriba hacia abajo en forma del todo ordenada. La presencia de diferentes camarillas en pugna confirió un carácter en gran medida caótico a la marcha del régimen, sin que por eso el Duce o el Führer fueran dictadores débiles.

El terror fue un componente de ambos regímenes, mucho más central en el nazismo, pero fue solo uno de los instrumentos para lograr la subordinación de la sociedad; también se recurrió a la concesión de beneficios y la integración de la población en nuevos organismos. Si bien los fascistas suprimieron los sindicatos independientes y los partidos socialistas, su política apuntó a integrar material y culturalmente a la clase obrera. Al mismo tiempo que subordinaba a los trabajadores políticamente y los disciplinaba socialmente, el fascismo promovió la idea de igualdad y la disolución de las jerarquías: el plato único nacional, la fuerza con alegría, el Volkswagen para todos, el Frente Alemán del Trabajo, el Dopolavoro, fueron manifestaciones, bastante eficaces, del afán por crear la comunidad popular. La contribución más importante del nazismo en el plano social fue restablecer el pleno empleo antes de finales de 1935, mediante la ruptura radical con la ortodoxia económica liberal. Los fascistas se pronunciaron a favor de un nuevo tipo de organización económico-social. Como expresión de su vocación revolucionaria y a la vez anticomunista, el fascismo contrapuso, al socialismo internacionalista, un socialismo nacional y autárquico que combinaba la intervención estatal en la economía con la propiedad privada. Por lo general defendió un sistema corporativo que integrara los distintos grupos y clases sociales bajo la dirección del partido, y fuera capaz de acabar con la lucha de clases.

La ubicación del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán como las expresiones más logradas del fenómeno fascista no implica desconocer importantes contrastes entre ambos: el peso decisivo del antisemitismo genocida en el régimen nazi, que fue más tardío y menos radical en Italia; la más acabada conquista del Estado y la sociedad por parte del nazismo; la mayor autonomía de Hitler respecto de los grupos de poder; la política exterior más orientada hacia el imperialismo tradicional, en el caso de Mussolini, y dirigida hacia la imposición del predominio de la raza aria en el de Hitler.

El fascismo fue centralmente una forma de hacer política y acumular poder para llegar al gobierno, primero, y para “revolucionar” el Estado y la sociedad después. Desde esta perspectiva, el fascismo se presentó simultáneamente como alternativa al impotente liberalismo burgués frente al avance de la izquierda, como decidido competidor y violento contendiente del comunismo y como eficaz restaurador del orden social. En la ejecución de estas tareas se distinguió de los autoritarios tradicionales porque no se limitó a ejercer la violencia desde arriba. Los fascismos se destacaron por su capacidad para movilizar a las masas apelando a mitos nacionales. El partido único y las organizaciones paramilitares fueron instrumentos esenciales para el reclutamiento de efectivos, para la toma y la conservación del poder, y su estilo político se definió por la importancia concedida a la propaganda, la escenografía y los símbolos capaces de suscitar fuertes emociones. Los fascistas organizaron la movilización de las masas, no para contar con súbditos pasivos, sino con soldados fanáticos y convencidos. Su contrarrevolución fue en gran medida revolucionaria, aunque en un sentido diferente del de la revolución burguesa y la revolución socialista.

          Las razones que dan cuenta de la aparición de regímenes fascistas y la naturaleza de estos movimientos han suscitado numerosas interpretaciones. A costa de simplificar un debate complejo, los estudios se pueden clasificar en dos grandes perspectivas: las estructuralistas y las intencionalistas. Las primeras se centran en la combinación de factores que hicieron posible la emergencia y el éxito de estos nuevos regímenes. En este grupo se encuentran diferentes corrientes. Entre las más clásicas se distinguen, por un lado, la marxista ortodoxa, que vinculó al fascismo con la necesidad del gran capital de recurrir a la dictadura política para garantizar su supervivencia, y por otro, la versión que lo presenta como un modo de acceder a la modernización en aquellos países cuya industrialización había sido tardía, débil o bien muy dependiente de sectores tradicionales. En el caso alemán se ha insistido mucho en el carácter excepcional de su evolución histórica (el denominado Sonderweg o camino especial), en la que convivieron estructuras muy arcaicas de carácter político con otras muy avanzadas en el plano económico.

Entre los politólogos, especialmente en el marco de la Guerra Fría, ganó terreno la categoría de totalitarismo. Este término fue utilizado en 1923 por Giovanni Amendola, diputado opositor de los fascistas, en un discurso en el que denunciaba el control impuesto a las diferentes instituciones italianas. Mussolini lo retomó en un discurso pronunciado en junio de 1925, en el que reivindicaba “la feroz voluntad totalitaria de su régimen”, y siete años después Giovanni Gentile, teórico fascista, lo desarrolló en el capítulo “Fascismo” de la Enciclopedia Italiana, en el que aparece como negación del liberalismo político. “El liberalismo negaba al Estado en beneficio del individuo particular, el fascismo reafirma al Estado como la realidad verdadera del individuo. [...] Ya que para el fascista todo está en el Estado, y nada humano o de espiritual existe [...] fuera del Estado. En ese sentido, el fascismo es totalitario”.

En los años 30 el concepto de régimen totalitario fue ganando espacio para designar únicamente los regímenes fascistas y nazis. Con el desarrollo de la Guerra Fría, en el bloque occidental se propuso la categoría totalitarismo para definir tanto al nazi-fascismo como al régimen soviético. El modelo totalitario permitía presentar políticamente el régimen estalinista como equivalente del régimen hitleriano y convertir a la democracia liberal en su contra modelo absoluto. En el bloque comunista se impuso la concepción de la Tercera Internacional, que definió el fascismo como una reacción de la burguesía ante el derrumbe del capitalismo; en consecuencia, los regímenes fascistas y nazi están más cerca del bloque occidental que de la URSS, ya que el fascismo es una evolución probable del capitalismo.

Se definió el régimen totalitario en base a cinco rasgos claves.

1.     La eliminación del Estado de derecho con la supresión de la separación de poderes y el descarte de la democracia representativa.

2.     La imposición de una ideología oficial a través de la censura y la instauración el monopolio estatal sobre los medios de comunicación.

3.     Un partido único de masas encabezado por un líder carismático.

4.     La instrumentación del terror vía la instauración de un sistema de campos de concentración destinados al encierro y a la eliminación de los adversarios políticos y de los grupos definidos como extraños y enemigos de la comunidad nacional que debía ser homogénea.

5.     Un fuerte control de la economía por el Estado.

 

Aunque ambos regímenes, como proponía la categoría de totalitarismo, debían ser rechazados por el uso sistemático del terror ejercido por el Estado, la subestimación de diferencias claves impedía avanzar en la explicación de procesos históricos con marcados contrastes. Tanto en el campo de la historia como en el de las ciencias sociales son múltiples las perspectivas desde las que se han propuesto explicaciones del fenómeno fascista. En todos los casos, los expertos han combinado presupuestos teóricos, adhesiones ideológicas y juicios de valor. Y aunque el debate seguirá abierto, los trabajos historiográficos ofrecen cada vez más la posibilidad de articular contextos e intenciones a través de la reconstrucción de cada experiencia singular, sin perder de vista los rasgos y procesos compartidos en que se apoya el concepto de fascismo.

 

 

Los Fascistas Llegan Al Gobierno

 

Después de los esfuerzos de la guerra, parte de la sociedad italiana sintió que había perdido la paz. Italia se unió a la Entente después de firmar el tratado de Londres con Gran Bretaña y Francia en abril de 1915, a través del cual se comprometió a declarar la guerra a Austria mediante “justas compensaciones” que incluían Istra, Trieste, parte de Dalmacia y de las islas, la frontera de Brennero y territorios coloniales. Aunque en Versalles las fronteras italianas se extendieron, no todas las aspiraciones de Roma se vieron satisfechas, y el ministro Orlando abandonó la conferencia disgustado.

Los nacionalistas más radicalizados recurrieron a la fuerza para expresar su rechazo a la “victoria mutilada”. El poeta Gabriel D'Annunzio, al frente de los legionarios, ocupó la ciudad de Fiume (septiembre de 1919-diciembre de 1920), que al margen de las reclamaciones de Italia había sido incluida en la recién creada Yugoslavia. La expedición de D'Annunzio fue un golpe de fuerza que creó un peligrosísimo precedente. Los legionarios, con la complicidad de las autoridades militares, demostraron que a través de una movilización bien organizada era factible colocar al gobierno en una encrucijada. El movimiento concitó la adhesión de los nacionalistas y de los antiliberales que proponían la transformación radical del orden social, al que calificaban de injusto y decadente. En Fiume, D'Annunzio inventó buena parte de los símbolos que luego haría suyos el fascismo: el saludo romano, los uniformes y los gritos rituales.

La decisión de participar en la Primera Guerra mundial había sido tomada por el rey Víctor Manuel III y la camarilla que lo rodeaba, sin tener en cuenta al Parlamento ni a la opinión pública, y sin considerar la falta de preparación militar de las fuerzas armadas. En Italia, la “unión sagrada” no alcanzó los niveles de adhesión que logró en otros países. Al regresar del frente, los excombatientes no recibieron el reconocimiento agradecido de sus compatriotas y, al mismo tiempo, en el marco de la crisis y la agitación social, les resultó muy difícil reincorporarse a una vida normal. Los excombatientes se sintieron defraudados y encontraron en el fascismo una respuesta a sus ansiedades, y básicamente una organización que les ofrecía la posibilidad de canalizar los sentimientos y las energías gestadas en el frente de batalla.

El fascismo nació oficialmente el 23 de marzo de 1919, en el mitin convocado por Benito Mussolini en un local de la plaza San Sepolcro, de Milán, al que asistieron muy pocas personas y donde se crearon los fascios (ligas) de combate (fasci italiani di combattimento). Estos aunaron la retórica del nacionalismo con la del sindicalismo revolucionario y fueron apoyados por las fuerzas de choque (los Arditi del Popolo u Osados del Pueblo); por los sindicalistas revolucionarios y por los futuristas, una de las expresiones de la vanguardia artística. El manifiesto-programa aprobado en la reunión reivindicaba el espíritu “revolucionario” de la nueva organización. La declaración de 1919 era antimonárquica, anticlerical, y reconocía demandas del movimiento obrero.

Benito Mussolini se afilió muy joven al Partido Socialista, abocándose plenamente al periodismo y la política. En su formación tuvo una fuerte influencia de Georges Sorel, el teórico del sindicalismo revolucionario. Después de cumplir el servicio militar entre 1905 y 1907, desarrolló en Trento su actividad como periodista y agitador sindical, y fue expulsado de la localidad por la policía austríaca. En los años previos a la Primera Guerra Mundial se hizo cargo en Milán del diario socialista Avanti, desde donde enunció los principios del pacifismo: «Abajo la guerra, la guerra es la gran traición». Sin embargo, al estallar el conflicto pasó rápidamente a una neutralidad militante para terminar asumiendo un belicismo total: la propaganda antibélica era obra de los “bellacos, los curas, los jesuitas, los burgueses y los monárquicos”. En virtud de este giro fue expulsado del Partido Socialista y en noviembre de 1914 fundó en Milán el diario Il Popolo D'Italia. Como otros intervencionistas de izquierda, Mussolini concibió la guerra como una forma de acción extrema y revolucionaria en la que se jugaba el destino del mundo, e Italia no podía quedar al margen permaneciendo neutral. En agosto de 1915 partió como voluntario al frente, donde cayó herido en febrero de 1917. Al salir del hospital retomó la dirección del Il Popolo D'Italia.

La crisis económica y política generó el terreno propicio para que el fascismo prosperara. La gran industria había tenido un fuerte crecimiento durante la guerra, beneficiada por las compras del Estado y la ausencia de competencia. Con la paz, se restringió la posibilidad de colocar sus productos y se puso en evidencia que sus precios eran poco competitivos en el mercado internacional. Para las grandes empresas metalúrgicas como Ilva y Ansaldo, la de automóviles Fiat o la de neumáticos Pirelli, se restringieron los cuantiosos beneficios. La destrucción causada por la guerra y la subida de los precios arruinaron a gran parte de los pequeños propietarios, a quienes dependían de un sueldo y a los ahorradores. Los pequeños burgueses percibieron que su posición era más difícil y débil que la del proletariado, que contaba con sus organizaciones sindicales para defender su salario de la inflación. La agitación obrera alcanzó su máxima expresión en el llamado bienio Rosso (1919-1920). Los obreros del norte protagonizaron una oleada de huelgas, en las que, bajo la conducción de los comunistas, intentaron, sin éxito, tomar el control de las fábricas. El primer ministro Giovanni Giolitti optó por no recurrir a la fuerza y esperar a que el movimiento llegara a su fin por agotamiento, como efectivamente ocurrió. Sin embargo, su actitud fue percibida como falta de firmeza para enfrentar al radicalismo revolucionario y causó hondo resentimiento en los dueños de las fábricas, así como en una clase media temerosa del caos social. La propuesta de los fascistas de liquidar el peligro rojo con el uso de la fuerza fue acogida con beneplácito, o pasivamente, por gran parte de la sociedad.

La intensa agitación social y la reforma del sistema electoral antes de la guerra fueron de la mano con el avance de los dos principales partidos de masas, el Socialista y el Popular, creado por el sacerdote Luigi Sturzo en 1919. En las elecciones legislativas de noviembre de 1919, los liberales perdieron la posibilidad de seguir controlando las Cámaras. Sobre un total de 500 escaños el Partido Socialista obtuvo 156, el triple que en las anteriores elecciones, y el Partido Popular 100. Este último incluía desde sinceros democratacristianos hasta conservadores, unidos por el ideal católico y por la hostilidad hacia los liberales anticlericales que desde la unidad italiana habían monopolizado el poder. Los socialistas, que contaban con el apoyo de la Confederación General del Trabajo, obtuvieron sus mayores triunfos entre los obreros de los grandes centros industriales como Milán, Turín y Génova, y entre los trabajadores agrícolas del valle del Po. Ambos se hallaban muy divididos internamente. Ni los católicos ni los socialistas eran aliados confiables para la dirigencia liberal, pero ni socialistas ni católicos estaban dispuestos a colaborar con los liberales. La inestabilidad de los gobiernos se profundizó significativamente. Desde el final de la guerra hasta la designación de Mussolini como primer ministro, en 1922, hubo cinco jefes de gobierno: Vittorio Orlando, Saverio Nitti, Giovanni Giolitti, Ivanoe Bonomi y Luigi Facta.

Al ascenso del fascismo, que fue evidente a partir de 1920, contribuyeron dos hechos: la intervención violenta en el ámbito rural del norte de los escuadristas, dirigidos por los ras locales –Dino Grandi en Bolonia, Roberto Farinacci en Cremona, Italo Balbo en Ferrara– y el espacio político que el primer ministro Giolitti concedió a Mussolini a través de la alianza electoral de 1921. El movimiento escuadrista, que se extendió bajo forma de expediciones punitivas de gran violencia contra las organizaciones socialistas, fue lo que hizo del fascismo un movimiento de masas y le granjeó el apoyo de la mayor parte de los propietarios rurales, especialmente del campesinado medio. Los peones que trabajaban en sus fincas y estaban organizados por los socialistas tenían una fuerte capacidad para defender sus salarios. Los sectores medios rurales del valle del Po, afectados por la bajada de los precios agrarios, recibieron agradecidos las acciones de castigo de los escuadristas contra municipios y cooperativas socialistas. La oleada de violencia contó con el visto bueno de la policía, y en varias ocasiones con su colaboración activa. El episodio decisivo tuvo lugar en Bolonia el 21 de noviembre de 1920. Al calor de los incidentes que se produjeron en el acto de toma de posesión de los cargos en el ayuntamiento por la nueva mayoría socialista, los fascistas sembraron el terror primero en la ciudad y luego en toda la región de Emilia, de fuerte tradición socialista. La investigación parlamentaria dio a luz dos dictámenes. El de la mayoría no socialista reclamó la imparcialidad de los poderes públicos y adjudicó la violencia fascista a los excesos de la izquierda. El de la minoría socialista declaró que el gobierno no doblegaría al fascismo porque este era un instrumento eficaz para preservar la explotación del proletariado. Sin embargo, según esta versión, el fascismo estaba condenado al fracaso porque la lucha de clases conducía a la derrota de la burguesía.

El experimentado Giolitti contribuyó decisivamente al afianzamiento de los fascistas. Para contrarrestar el peso de los legisladores socialistas y populares se alió con Mussolini. En las elecciones de mayo de 1921 el fascismo obtuvo 35 escaños de los poco más de 100 que le correspondieron a la lista liberal. Los populares obtuvieron 107, los socialistas oficiales 120 y los comunistas 15. Lo más importante fue que el Duce ganó respetabilidad política y los fascistas dejaron de estar en la periferia de la escena política. Como contrapartida, Mussolini, a pesar del disgusto de sus huestes, no se opuso al envío de las tropas que pusieron fin a la ocupación de Fiume. D’Annunzio capituló y se retiró de la vida política: su experimento había sido excesivamente radical para gozar del apoyo de los grandes intereses. Con su disposición a negociar, el líder fascista demostró ser más confiable.

 

 

 

 

 

 

La Marcha Sobre Roma

 

Frente a la violencia en las calles que el mismo fascismo promovía, y a la creciente debilidad del grupo gobernante, los fascistas decidieron organizar, a finales de octubre de 1922, la Marcha sobre Roma para entrar en el gobierno. Las poco organizadas huestes fascistas habrían podido ser detenidas por las fuerzas militares si hubiera existido la voluntad de frenarlas. El ministro Facta quiso proclamar el estado de excepción, pero el rey Víctor Manuel III se negó a firmar el decreto. Cuando Víctor Manuel vio el borrador de la proclama se enfadó y, tras arrebatar el texto de las manos de Facta, en un ataque de ira dijo al ministro: "Estas decisiones dependen de mí. Después del estado de sitio no hay más que una guerra civil. Ahora uno de nosotros debemos sacrificarse." Entonces Facta respondió: "Su Majestad no necesita decir a quién le toca"[1]. Y se despidió. Los ministros renunciaron y el monarca pidió a Mussolini que formase un nuevo gabinete.

El Duce se puso al frente de un gobierno de coalición integrado por algunos fascistas y una mayoría de dirigentes de otras formaciones políticas, excluida la izquierda. No hubo golpe ni éxitos electorales, los fascistas llegaron al gobierno de la mano de los notables, los militares y la monarquía. Hasta 1925, Mussolini fue solo el primer ministro de una monarquía semi-parlamentaria, la vida pública (partidos, sindicatos, prensa) siguió funcionando bajo una cierta apariencia de normalidad. La política económica no se apartó de la ortodoxia liberal y favoreció el libre juego de la iniciativa privada a través de las privatizaciones (telefonía y seguros), los incentivos fiscales a la inversión y la reducción de los gastos del Estado. No obstante, se pusieron en marcha las primeras medidas destinadas a fortalecer al Partido Fascista. El Gran Consejo Fascista fue creado como órgano consultivo paralelo al Parlamento. A principios de 1923 todas las asociaciones y unidades paramilitares fueron integradas en una milicia voluntaria encargada de la seguridad nacional, una medida que legalizó a la fuerza de choque fascista, los Camisas Negras. Los nacionalistas, además, se incorporaron al Partido Fascista. Mussolini había llegado al gobierno con el apoyo, o bien la complacencia, de distintos sectores que mantenían un equilibrio inestable entre sí. Por una parte, el Partido, cuyos miembros más radicales exigían su promoción personal y cambios más revolucionarios para avanzar hacia la igualdad y el fortalecimiento de los sindicatos fascistas frente a la patronal. Por otra, los grupos de poder (grandes propietarios industriales y agrarios, la Iglesia y la elite política) junto con funcionarios y organismos estatales, estaban a favor de un autoritarismo tradicional respetuoso de la propiedad privada y de la jerarquía social. Las decisiones del caudillo, a pesar del peso de su autoridad carismática, fueron condicionadas por las relaciones de fuerza entre estos sectores. El Duce avanzó menos que Hitler en el proceso de fascistización del Estado. A partir de su desconfianza hacia los activistas del partido se esforzó por subordinarlos a un Estado poderoso. El Duce no logró el grado de autonomía que llegara a ostentar Hitler, ya que tuvo que compartir la cúspide del poder con el rey y debió convivir con una Iglesia católica fuerte. En el marco de estas restricciones, los más altos niveles de la burocracia y los grandes grupos de intereses políticos y económicos se reservaron cuotas de poder que les posibilitarían destituir al Duce en 1943, cuando Italia perdía la guerra.

A finales de 1923 fue aprobada una nueva ley electoral según la cual la lista que obtuviera más del 25 % de los votos ocuparía el 66 % de los escaños. La medida fue frenada por los socialistas porque recibió el respaldo de los liberales y los populares. Al iniciarse las sesiones del cuerpo legislativo en mayo de 1924, el diputado socialista Giacomo Matteotti denunció la violencia empleada por los fascistas en las elecciones y mantuvo un tenso debate con Mussolini. Días después, Matteotti fue secuestrado en pleno centro de Roma, y a mediados de agosto su cadáver fue hallado en un bosque.

Las primeras investigaciones condujeron a revelar la participación de miembros de las bandas armadas fascistas. El fascismo apareció sentado en el banquillo de los acusados. Los diputados que encabezaron la llamada “Secesión del Aventino” abandonaron sus escaños reclamando la supresión de la milicia fascista y la normalización de la vida constitucional. El rey se negó a tomar medida alguna. Al cabo de cinco meses, con la Cámara clausurada, los principales jefes fascistas desataron una escalada de violencia en Pisa, Florencia y Bolonia, exigiendo el establecimiento de un régimen unipartidista: “había llegado el momento de hacer la revolución liquidando al régimen liberal”. Finalmente, el Duce decidió actuar. Pidió al rey que disolviera la Cámara y en su discurso del 3 de enero de 1925 asumió la responsabilidad de los hechos: «Si el fascismo es una asociación de delincuentes [...]. Si toda la violencia ha sido el resultado de un clima histórico político y moral, pues bien, para mí toda la responsabilidad, porque este clima lo he creado yo».

 

 

 

El Régimen Fascista

 

La serie de medidas aprobadas entre 1925 y 1928 condujo a la dictadura. El jefe de gobierno dejó de ser responsable de su gestión ante el Parlamento, ya que fueron disueltos todos los partidos políticos y quedó suprimida la prensa opositora. Se creó un tribunal especial para atender los crímenes contra el Estado. Sus miembros eran funcionarios que no requerían formación jurídica y debían jurar obediencia a Mussolini. Los acusados no tenían derecho a apelar y los opositores al régimen podían ser deportados. La nueva ley electoral suprimió el sufragio universal. El Gran Consejo Fascista aprobaba la lista con los 400 candidatos para la Cámara de Diputados y los votantes solo podían ratificarla o rechazarla.

En 1929 quedó resuelto el problema con el Vaticano, pendiente desde la unificación del país en 1870. Con la firma de los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el Reino de Italia se establecieron relaciones diplomáticas y se creó un diminuto Estado dentro de Roma, con el Papa como máxima autoridad: la Ciudad del Vaticano. La Iglesia sería compensada por los territorios perdidos; las corporaciones eclesiásticas quedaron exentas de impuestos y sus escuelas recibieron un trato preferente, y así Mussolini se ganó el apoyo de los católicos. A partir de 1925 también la economía italiana tomó distancia del liberalismo para quedar sujeta a un creciente control del Estado, un cambio de rumbo acorde con las concepciones nacionalistas y autárquicas del fascismo. En el marco de las reformas destinadas a fortalecer el régimen político fascista se avanzó sobre la regulación de las relaciones entre obreros y patrones.

El fascismo no creó la idea de una economía mixta: la iniciativa pública y la privada ya se encontraban entrelazadas en Italia y en otros países. Pero el fascismo procuró institucionalizar la relación entre el poder público y el privado, y al proceder de este modo siguió un derrotero distinto del de las democracias occidentales. La Confederación General de la Industria Italiana (CGII) criticó la asociación obligatoria de trabajadores y patrones en organismos patrocinados por el gobierno. A las reticencias de los fabriles, los dirigentes sindicales fascistas respondieron con una serie de huelgas autorizadas por Mussolini, y éstos aceptaron concertar con el sindicalismo fascista. En 1925, la CGII y la confederación sindical dirigida por el radical Edmondo Rossoni firmaron el Pacto Vidoni, según el cual todas las negociaciones relativas a contratos laborales tendrían lugar entre la confederación y los sindicatos fascistas; los gremios no fascistas quedaban excluidos de lo resuelto por los convenios colectivos. El documento dispuso la abolición de los consejos de fábrica, con lo que se reforzó la autoridad patronal, y no se llegó a un acuerdo respecto del arbitraje obligatorio en los conflictos laborales, una medida resistida por los dueños de las fábricas.

El afán de los empresarios por preservar su autonomía obstaculizó la reforma corporativa y dio lugar al compromiso sindical de 1926. De acuerdo con la legislación aprobada el 3 de abril de 1926, los obreros y patrones quedaban organizados separadamente en doce sindicatos nacionales, uno para cada sector en cada tipo de actividad: industria, agricultura, comercio, banca y seguros, transporte y navegación interiores, transporte marítimo y aéreo. La Confederación General de la Industria Italiana tuvo derecho a un asiento en el Consejo Fascista, fueron prohibidas huelgas y cierres patronales, y la resolución de las controversias en el campo laboral quedó en manos de la Magistratura del Trabajo. Todos los trabajadores, incluso los que no estaban afiliados, debieron contribuir al sostenimiento de los sindicatos con cuotas deducidas de sus salarios. La ley dispuso que trabajadores y empresarios quedasen sujetos a la disciplina impuesta desde el gobierno; en la práctica, los sindicatos fueron conducidos por hombres del partido mientras que las asociaciones patronales mantuvieron sus propios dirigentes.

En abril de 1927 la “Carta del Lavoro” precisó la definición de la corporación, entendida como un organismo del Estado encargado de coordinar las decisiones de las organizaciones obreras y empresarias para llegar a una relación de fuerzas equilibrada. Los propietarios lograron que la Carta fuese solo una declaración de principios, y los objetivos de Rossoni fueron frustrados por no poder incluir propuestas específicas sobre salarios, horas de trabajo y seguridad social. No obstante, el documento, que prometía respetar la independencia empresarial, afirmó también que la empresa era responsable ante el Estado, que podía regular la producción siempre que lo exigiesen los intereses públicos.

El movimiento laboral fascista careció de la independencia necesaria para seguir un plan coherente que aumentase la participación del trabajo en la riqueza. En su condición de miembros del partido, los dirigentes sindicales postergaron la defensa de los intereses obreros frente a las directivas del partido. Las reducciones salariales en octubre de 1927, diciembre 1930 y mayo 1934 fueron aceptadas en nombre de la defensa de los intereses de la nación. Mientras los sindicatos fascistas tuvieron que luchar contra sus rivales socialistas y católicos, el pasado radical y la agresividad discursiva de Rossoni constituyeron datos a su favor. Con el afianzamiento del Régimen y en el marco de la reforma sindical, Mussolini buscó dirigentes más dóciles, y Rossoni fue desplazado en diciembre de 1928. El movimiento sindical fascista se centró en la obtención de programas sociales. La innovación más popular fue la Opera Nazionale Dopolavoro, fundada en 1925 con el fin de “favorecer el empleo sano y provechoso de las horas libres de los trabajadores intelectuales y manuales, por medio de instituciones destinadas a desarrollar sus capacidades físicas, intelectuales y morales”. En 1939 esta organización creada por el partido pasó a depender de los sindicatos.

 

 

 

 

 

Hacia La Radicalización

 

La crisis económica mundial, también en Italia, dio paso al aumento del desempleo, aunque no en forma tan dramática como en otros países, por ejemplo, Alemania. Los nuevos desafíos condujeron a que el régimen se definiera decididamente a favor de la autarquía. En el ámbito agrario esta tendencia se puso en marcha a través de la “batalla del trigo”, que multiplicó por dos la producción de este cereal mediante el aprovechamiento de zonas pantanosas, pero también dedicando al trigo tierras que antes se utilizaban para olivos, ganado o frutales con un rendimiento mucho más elevado.

En 1933 se aprobó la creación del Instituto para la Reconstrucción Italiana (IRI), que hizo del Estado el principal inversor industrial. El IRI nacionalizó, mediante la compra de acciones, muchas de las grandes empresas industriales al borde de la quiebra. En 1939 este organismo controlaba tres de las grandes siderurgias del país, algunos de los mejores astilleros, la telefónica, la distribución de la gasolina, las principales empresas de electricidad, las más importantes líneas marítimas y las incipientes líneas aéreas. Las industrias textiles, de automóviles y productos químicos permanecieron, casi en su totalidad, en manos de los empresarios.

Como resultado de la depresión, los dueños de las fábricas no podían alegar que el sector privado de la economía era autosuficiente y tuvieron que aceptar la expansión de una economía combinada, en la que las empresas públicas y privadas se entrelazaban. Por su parte, la dirigencia fascista utilizó su creciente poder económico para concretar sus objetivos políticos. El IRI quedó habilitado a controlar las empresas de propiedad privada siempre que fuese en interés de la “defensa nacional, la autarquía y la expansión del Imperio”. Finalmente, en 1934 fueron creadas las corporaciones, sin incluir las propuestas de los fascistas radicales que pretendían abolir la propiedad privada para asignar al nuevo organismo la plena responsabilidad de la producción y liquidar así el conflicto histórico entre interés público y privado. Estos empresarios lograron que solo tuvieran funciones consultivas y que las negociaciones laborales quedasen en el ámbito privado. En el marco de la crisis había un aspecto de las corporaciones que atraía a los grandes propietarios: la cooperación entre los diferentes sectores de la producción para restringir la competencia y asegurar la posición de quienes ya estaban instalados. También aceptaron el dirigismo estatal porque necesitaban la ayuda de los fondos públicos para salvar a las empresas privadas de la bancarrota.

En el escenario internacional, la Italia fascista inicialmente se posicionó junto a Gran Bretaña y Francia, y jugó un papel estabilizador. Dado el protagonismo que alcanzaría el nazismo, se suele olvidar que, en sus inicios, el fascismo italiano ejerció una enorme atracción entre los nacionalsocialistas y que, en su momento de gloria, Mussolini observó a Hitler como un personaje de segundo orden. Fue la ocupación de Etiopía por las tropas italianas en 1935 la que dio un drástico giro a esta situación. Cuando Roma fue sancionada por la Sociedad de Naciones, aunque de modo tibio e ineficaz, a raíz de la queja elevada por el emperador etíope Haile Selassie, Mussolini estrechó sus lazos con Hitler. Hasta ese momento había frenado el avance de los alemanes hacia Austria y manifestado su preocupación por el rearme del Tercer Reich. El giro no dejó de generar temores entre los grupos dominantes.

Todas las medidas más importantes de la política exterior italiana fueron aprobadas por Mussolini y sus consejeros más próximos: la guerra contra Etiopía, la constitución del Eje Berlín-Roma, la intervención en la Guerra Civil española y el ingreso en la Segunda Guerra Mundial. Aunque los fabriles no intervinieron directamente, se beneficiaron con la política de rearme y de expansión territorial. No obstante, les preocupaban la desvinculación comercial de las potencias occidentales, la creciente intervención del gobierno en sus actividades y, sobre todo, temían al poder económico de la industria alemana, que fueron las repercusiones del nuevo rumbo del país. Después de la anexión de Austria aprobada por Hitler en 1938, Alemania se apropió de materias primas que antes habían ido a Italia, y colocó a los exportadores alemanes en una situación privilegiada. Con el nuevo aliado, Italia podía quedar relegada al papel de productora agrícola.

Cuando Mussolini entró en la Segunda Guerra Mundial en 1940 lo hizo impulsado por su afán de gloria y creyendo que el triunfo del Eje posibilitaría la creación de un imperio italiano con base en los Balcanes y África del Norte. 

 



[1] Montanelli, Indro. L'Italia in camicia nera, Milano, Rizzoli, 1976.

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