El Gran Terror
Aunque en 1932 los
estalinistas habían triunfado, su victoria estaba lejos de ser satisfactoria:
el país estaba sumido en el caos. El gran salto había destruido a grupos y
clases sociales, había abolido la propiedad privada y el mercado, y casi nadie
comprendía cómo debía funcionar la nueva economía; tampoco se sabía cuál era la
organización de la administración estatal. El hambre asolaba el país, y millones
de campesinos aborrecían el nuevo sistema. La situación internacional,
especialmente a partir de la llegada de Hitler al gobierno, fue percibida como
amenazante por la elite soviética. Como había ocurrido al finalizar la guerra
civil, la dirigencia bolchevique se sentía insegura.
Simultáneamente, a
medida que el partido fue parcialmente desmovilizado después de haber concluido
la violenta campaña contra el kulak y puesto en marcha la desmedida
industrialización, dirigentes y funcionarios fueron conformando una elite
administrativa más cohesionada. Stalin, que ansiaba el acabado control del
poder, y la camarilla que lo rodeaba, recientemente liberada de la competencia
de los bolcheviques opositores, temieron el surgimiento de “una nueva clase”.
Esta se perfilaba integrada por los jefes del partido y los especialistas
comunistas, muchos de origen proletario y generalmente rusos, quienes ganaban
poder a través de su decisiva influencia en el rumbo de la economía y en el
conjunto de la vida social, y esto en virtud de que habían sido eliminadas las
otras fuerzas sociales, políticas e institucionales que pudieran competir con
el partido del Estado. En un principio, Stalin y la dirigencia partidaria
coincidieron en la necesidad de “limpiar” o purgar el partido y la sociedad de
elementos “peligrosos” o “indignos de confianza”, ya sea entre los miembros de
la base del partido o entre los antiguos opositores. Sin embargo, mientras la
dirigencia quería la disciplina y aceptaba el terror solo hacia sus
subalternos, Stalin y el Politburó defendían que todos debían someterse a los
controles centrales.
La violencia del régimen
fue oscilante. Después del ataque a los kulaks y frente a la hambruna de
1932-1933, se produjo una tregua registrada en la fuerte disminución del número
de condenas aprobadas por la GPU: 79.000 en 1934 frente a las 240.000 del año
anterior. El asesinato de Serguéi Kírov, miembro del Politburó y primer
secretario del partido en Leningrado, abatido de un tiro al salir de su oficina
del edificio Smolny el 1 de diciembre de 1934, dio paso a un nuevo ciclo
represivo. El crimen, según los estalinistas, confirmaba la existencia de una
conspiración contra el Estado soviético y sus dirigentes. Ya se habían
concretado juicios públicos espectaculares contra saboteadores en la esfera de
la actividad industrial, pero con el oscuro asesinato de Kírov se desencadenó
el terror a gran escala. Este crimen fue rápida y ampliamente utilizado con
fines políticos: posibilitaba recurrir a la idea de la conspiración, figura
central de la retórica estalinista. Permitió crear una atmósfera de crisis y de
tensión desde el momento en que fue presentado como prueba tangible de la
existencia de un vasto plan que amenazaba al país, a sus dirigentes y al
socialismo. Además, si “las cosas iban mal”, si “la vida era difícil”, la
“culpa” era de los asesinos de Kírov. Inmediatamente Stalin redactó el decreto
conocido como la ley del 1 de diciembre, que ordenaba reducir a diez días la
instrucción en los asuntos de terrorismo, juzgarlos en ausencia de las partes y
aplicar inmediatamente las sentencias de muerte. A la semana siguiente se abrió
el proceso contra los dirigentes de los centros opositores de Leningrado y
Moscú. Zinoviev y Kamenev fueron acusados de “complicidad ideológica” con los
asesinos de Kírov. Ambos admitieron que “la antigua actividad de la oposición
no podía, por la fuerza de las circunstancias objetivas, más que estimular la
degeneración de estos criminales” y fueron penados con cinco y diez años de
reclusión respectivamente. Después del juicio, el Politburó alertó a las
organizaciones del partido sobre el peligro de los opositores encubiertos y
ordenó el debate en las bases para detectarlos, pero la campaña represiva aún
no se había puesto en marcha. En 1935 las detenciones efectuadas por la policía
secreta no aumentaron.
En la
instrumentación del Gran Terror se distinguen distintos momentos: primero, la
eliminación de los opositores vía juicios públicos que acabaron con la vida de
los dirigentes bolcheviques de la primera hora; luego el pasaje hacia la
condena de los miembros del aparato económico y de los militares convertidos en
opositores desde el poder y, por último, las operaciones masivas cuando Stalin
y la camarilla que lo rodeaba impusieron cuotas obligatorias secretas de
detenciones y ejecuciones. La primera fase del Gran Terror comenzó a mediados
de 1936, cuando el Comité Central comunicó el descubrimiento de una gran
conspiración entre Trotsky, Zinoviev y Kamenev. La compleja oleada represiva se
extendió hasta 1938 y fue conducida por Nikolai Yezhov, jefe de la NKVD (la
antigua GPU) desde septiembre de 1936 a noviembre de 1938. Stalin tuvo un papel
central en la reorganización de la policía secreta: fue él quien exigió el
nombramiento “urgente” de Yezhov, ya que su antecesor, Yagoda: «[…] de
manera manifiesta, no se ha mostrado a la altura de su tarea desenmascarando al
bloque trotsko-zinovievista».
En estos años, al
mismo tiempo que el terror se profundizaba y ampliaba, se llevaron a escena los
tres espectaculares procesos públicos de Moscú, la punta del iceberg del Gran
Terror y la única acción represiva conocida en Occidente en ese momento. El
primer juicio, que tuvo lugar del 19 al 24 de agosto de 1936, llevó al
banquillo de los acusados a Zinoviev, Kamenev y otros 14 dirigentes de la vieja
guardia bolchevique, quienes fueron juzgados y condenados a muerte por haber
organizado un centro terrorista siguiendo las órdenes de Trotsky y planeado
asesinar a los miembros del Politburó.
En el segundo
juicio, del 23 al 30 de enero de 1937, el comisario adjunto de la industria
pesada, Georgi Piatakov, y 16 dirigentes más fueron acusados de sabotaje y
espionaje industrial alentados por Trotsky y el gobierno alemán, y condenados a
muerte. En el último juicio, del 2 al 13 de marzo de 1938, los 21 acusados del
proceso Bujarin también recibieron la pena de muerte por haber organizado un
grupo de conspiradores, con el nombre de “bloque de derechistas y trotskistas”,
siguiendo las directrices de los servicios de espionaje de Estados extranjeros
hostiles a la Unión Soviética que pretendían desmembrar el país. Todos
confesaron. Los bolcheviques más prestigiosos –Zinoviev, Kamenev, Krestinski,
Rykov, Piatakov, Radek, Bujarin– reconocieron los peores delitos: haber
organizado centros terroristas de obediencia “trotsko-zinovievista” o
“trotsko-derechista”, que tenían por objetivo derribar al gobierno soviético,
asesinar a sus dirigentes, restaurar el capitalismo, ejecutar actos de
sabotaje, erosionar el poder de la URSS, y desmembrar a la Unión Soviética a
través de la entrega de parte de sus territorios a los Estados extranjeros.
Estos procesos públicos tenían una importante función propagandística. Se
pretendía, así lo expresó Stalin en su discurso del 3 de marzo de 1937,
estrechar la alianza entre el “pueblo llano”, portador de la solución justa, y
el guía, denunciando a los dirigentes como «nuevos señores, siempre
satisfechos de sí mismos […] que, por su actitud inhumana, producen
artificialmente cantidad de descontentos y de irritados, que crean un ejército
de reserva para los trotskistas». También en las instancias regionales y
locales del partido, los juicios públicos, ampliamente reproducidos en la
prensa local, dieron lugar a una movilización ideológica a favor de la
profilaxis social, en el marco de la cual los poderosos se convertían en
villanos mientras la “gente de a pie” era reconocida como “portadora de la
solución justa”.
Durante la Yeshovschina
el partido se suicidó. La represión recayó sobre 5 miembros del Buró político,
98 de los 139 del Comité Central y 1.108 de los 1.966 delegados del XVII
Congreso del Partido (1934), así como sobre 319 de los 385 secretarios
regionales y 2.210 de los 2.750 secretarios de distrito. Stalin inició el
terror y participó en casi todas las iniciativas con la ayuda de dos grupos: el
que dirigía el aparato de seguridad política y militar y la camarilla que lo
rodeaba, que impulsaba la renovación radical del partido para limpiarlo de
burocracia y corrupción. Pero en este proceso también se involucraron las bases
del partido (hombres nuevos, ex obreros que adquirieron formación técnica y
movilidad en el partido) contra el estrato medio de la dirigencia partidaria.
Solo los procesos de
Moscú atrajeron la atención de los observadores extranjeros, que ignoraron la
represión masiva de todas las categorías sociales desatada en 1937. En ese
momento, frente al desarrollo de los juicios, se plantearon diagnósticos
diametralmente opuestos; por ejemplo, mientras en Estados Unidos y México, una
comisión presidida por el filósofo John Dewey y alentada por Trotsky llegó a la
conclusión de que los hechos esgrimidos por la acusación eran comprobadamente
falsos, y el embajador norteamericano en la URSS compartió la versión oficial
soviética.
A mediados de julio
de 1937, la prensa anunció que un tribunal militar había condenado a muerte por
traición y espionaje al servicio de Alemania al mariscal Mijaíl Tujachevsky,
vicecomisario de Defensa y principal artífice de la modernización del Ejército
Rojo. En los días siguientes, 980 comandantes superiores fueron detenidos y
muchos de ellos, torturados y fusilados. En 1937 el 7,7% del cuerpo de
oficiales fue destituido por razones políticas. Las razones de esta depuración
siguen siendo poco claras. Algunos autores subrayan las pruebas que inducen a
pensar que la conducción del partido realmente creyó que existía un complot
militar. Cuando en la década de 1950, el sucesor de Stalin rehabilitó a los
oficiales, Molotov, decidido estalinista, se quejó y dijo que si no eran espías
podrían estar «relacionados con espías y lo principal es que, en el momento
decisivo, no se habría podido confiar en ellos».
Otros analistas, en
cambio, no dudan en presentar esta acción como una operación creada por Stalin
y su camarilla. Según esta versión, no se dudó en sacrificar a la mayor parte
de los mejores oficiales del Ejército Rojo (a pesar de la amenaza hitleriana),
porque la reestructuración de mandos permitía a Stalin contar con un nuevo elenco,
más dispuesto a aceptar su conducción y con menos elementos que cuestionaran
sus decisiones.
El terror no solo
golpeó a los cuadros del partido o del Ejército; desde mediados de 1937 se
ejerció la violencia más brutal contra el conjunto de la sociedad. El 2 de
julio de 1937, el Politburó envió a las autoridades locales un telegrama en que
les ordenaba “detener inmediatamente a todos los kulaks y criminales [...]
fusilar a los más hostiles de entre ellos” luego que una troika (una
comisión de tres miembros compuesta por el secretario regional del partido, por
el fiscal y por el jefe regional de la NKVD) llevara a cabo un examen
administrativo de su asunto, y deportar a los elementos menos activos, pero no
obstante hostiles al régimen.
El Comité Central
propone que le sea presentada en un plazo de 5 días la composición de las
troikas, así como el número de individuos que hay que fusilar y el de los
individuos que hay que deportar. En estas operaciones masivas, en las que
cualquiera pudo ser calificado de “trotskista” o “bujarinista”, se produjo el
mayor número de detenciones y ejecuciones. Según los archivos soviéticos, en
1937-1938 el NKVD detuvo a 1.575.259 personas, de las cuales 681.692 recibieron
la pena de muerte. El viraje del “enemigo de clase” al “enemigo con carnet del
partido” dio paso a un partido cuyas bases pusieron en duda la integridad de la
dirigencia, entre cuyos miembros se visualizaron enemigos que era preciso
eliminar. Las personas detenidas eran condenadas según procedimientos diversos.
Los cuadros políticos, económicos y militares junto con los miembros de la intelligentsia
fueron juzgados por tribunales militares y organismos especiales de la NKVD. En
el área regional, el poder central reinstauró las troikas. Estos tribunales
habían sido creados durante la guerra civil para procesar a los enemigos de
forma rápida, sin recurrir a los procedimientos judiciales, y luego volvieron a
actuar durante la colectivización forzosa para condenar a quienes la resistían.
En 1937-1938 se erigieron como los principales agentes de la instrumentación
del terror; según las cifras reveladas por el gobierno ruso, de los 681.692
condenados a fusilamiento, el 92,6% lo fue por las troikas. El alto grado que alcanzó
la histeria represora quedó registrado en la orden de la NKVD que fijaba cupos
de detenidos para cada república, territorio o región especificando el número
de los correspondientes a la primera categoría (los que serían condenados a
muerte) y los de segunda categoría (aquellos que recibirían penas de
deportación o trabajos forzados). Este cálculo matemático revela que los
tribunales actuaban como instrumento de coacción para la sumisión totalitaria
de la población en lugar de sancionar conductas criminales. Cualquiera podía
ser acusado y su suerte ser decidida por estos tribunales, cuyos componentes no
solían ser expertos en derecho y, además, aplicaban las penas en plazos
brevísimos que excluían la posibilidad de revisión por parte de un tribunal
superior.
Los campos del Gulag[1] estaban
lejos de contar con una mayoría de políticos condenados por actividades
contrarrevolucionarias. El número de políticos oscilaba, según los años, entre
una cuarta y una tercera parte de los integrantes del Gulag. Los otros
detenidos eran presos comunes que habían llegado a un campo de concentración
por haber violado alguna de las innumerables leyes represivas. Desde 1936 al
gobierno le preocupaba la relajación de los controles sobre los antiguos kulaks
deportados, ya que muchos se confundían en la masa de los trabajadores libres
mientras que otros huían, y estos “fugitivos” sin papeles y sin techo se unían
a bandas de marginados sociales. Los kulaks fueron designados como víctimas
prioritarias de la gran represión dispuesta por Stalin a primeros del mes de
julio de 1937. No obstante, las personas sobre quienes recayeron la violencia y
la explotación estatal pertenecían a un espectro sociopolítico mucho más
amplio. Al lado de los ex kulaks y de los elementos criminales, figuraron los
elementos socialmente peligrosos: los miembros de partidos antisoviéticos, los
antiguos funcionarios zaristas, y los guardias blancos. Estas denominaciones se
atribuían a cualquier sospechoso, tanto si pertenecía al partido, a la intelligentsia
o al pueblo llano.
Durante el Terror
hubo un fuerte crecimiento proporcional de los detenidos que tenían una
educación superior (más del 70% entre 1936 y 1939), lo que indica que el terror
de finales de los años 30 se ejercía de manera especial contra las élites
educadas, hubieran o no pertenecido al partido. En marzo y abril de 1937, una
campaña de prensa estigmatizó el desviacionismo en el área de la economía, de
la historia y de la literatura. Escritores, publicistas, gente del teatro y
periodistas fueron acusados de defender puntos de vista “extraños” u
“hostiles”, de apartarse de las normas del “realismo socialista”. La
investigación abierta por Vitali Chentalinski a partir de 1988 le permitió
acceder a los expedientes de la KGB de literatos en la cárcel de la Lubianka y elaborar
un cuadro mucho más preciso sobre la política de confrontación con la
inteligencia. Chentalinski examinó los expedientes de Isaak Babel, Mijaíl
Bulgákov, Pavel Florenski, Nina Hagen-Thorn, Gueorgui Demídov, Boris Poniak,
Osip Mandelshtan, Nikolai Kliuiev, Andrei Platonov, e, incluso, el de Máximo
Gorki, el icono literario del régimen. De las 2.000 víctimas algunas fueron
ejecutadas, otras destinadas al Gulag, y las restantes vieron prohibidas sus
obras y sufrieron el destierro interno. El escritor Víctor Serge, cercano al
grupo de Trotsky y tempranamente encarcelado, logró salir con vida de la URSS.
En el campo
intelectual, como en otras esferas de la sociedad, hubo figuras que, sin
comprometerse con el terror, justificaron su instrumentación. Cuando Beria
reemplazó a Yezhov, anuló muchas condenas a muerte y liberó a una parte de los
detenidos, pero continuó con la represión. Entre 1939 y 1940 fueron detenidos,
torturados y ejecutados Babel y Meyerhold, acusados de formar parte de un grupo
trotskista antisoviético y de actuar como marionetas de los escritores europeos
André Malraux y André Gide, quienes, habiendo sido compañeros de ruta del
régimen soviético, acabaron rompiendo con él. También cayó Mijaíl Koltsov,
agitador político y periodista de éxito. Koltsov llegó a España nada más
estallar la guerra civil y permaneció en el país quince meses durante los
cuales informó puntual y apasionadamente a los millones de lectores que seguían
sus crónicas en Pravda sobre lo que ocurría en el otro extremo de Europa.
Frente a estos
hechos, el exitoso escritor soviético Konstantin Símonov siguió viendo lo que
quería ver: «A pesar de la importancia de Babel y Meyerhold, el hecho de que
esas detenciones fueran tan repentinas, y como se produjeron por orden de Beria,
quien ‘procuraba corregir los errores’ de Yezhov», todo eso le hizo pensar
que “tal vez estos hombres son realmente culpables de algo”. Quizá muchas de
las personas detenidas durante el mandato de Yezhov eran inocentes, pero Babel
y Meyerhold no habían sido detenidos por orden de Yezhov, sino de Beria, y
habían sido detenidos de repente mientras se corregían los viejos errores. De
manera que parecía probable que hubiera buenas razones para que los hubieran
detenido.
Stalin no usó las
confesiones de estos artistas, arrancadas bajo la tortura para arrestar a otros
personajes famosos, por ejemplo, Eisenstein, Shostakóvich o Pasternak. No hubo
un juicio espectacular contra los principales hombres de la cultura como los
armados contra los bolcheviques. Las investigaciones más recientes reconocen
que la sociedad en su conjunto fue víctima del Gran Terror, pero al mismo
tiempo destacan que, a través de diferentes formas de comportamiento, fueron
muchos los que posibilitaron, en forma más o menos activa, el despliegue de la brutal
represión desde el Estado. La presencia de informantes y la destacada
gravitación de la delación, por ejemplo, han dado paso a la reflexión y el
debate sobre el espinoso problema de las responsabilidades de miembros de la
sociedad que no asumieron un papel protagonista, pero contribuyeron a crear un
clima propicio para la instrumentación del terror. Las fuentes revelan que había
informantes en casi todas partes, según declaraciones de un ex funcionario de
la NKVD; en Moscú, por ejemplo, había al menos un informante cada seis o siete
familias. Hubo informantes voluntarios, o sea, aquellos motivados por la
posibilidad de obtener una recompensa material, o bien por convicción política
o por afán de venganza hacia las víctimas. Y estaban los informantes
involuntarios, los que denunciaban presionados por las amenazas de la policía o
por las promesas de brindar ayuda a sus familiares encarcelados. A medida que
los historiadores avanzan en el tratamiento de las diferentes dimensiones del
Gran Terror, más endebles resultan las explicaciones basadas en la personalidad
y la culpabilidad de Stalin, sin que esto signifique negar su papel protagonista.
La represión de los
años 30 también estuvo marcada por la expansión del sistema “de concentración”
con una finalidad productiva a la que se denominó trabajo correctivo. Las
direcciones centrales del Gulag eran económicas: dirección de las construcciones
hidroeléctricas, también de las ferroviarias, de puentes y caminos, entre otras;
y el detenido o el colono especial eran la fuerza de trabajo explotada al
máximo para llevar a cabo estas empresas. En julio de 1934, durante el pasaje
de la GPU a la NKVD, el Gulag absorbió 780 pequeñas colonias penitenciarias a
las que se habían juzgado poco productivas y mal gestionadas, y que dependían
hasta entonces del comisariado del pueblo para la Justicia. Para ser
productivo, el campo de concentración debía ser grande y especializado. Los
complejos penitenciarios fueron incorporados a la economía soviética a través
de la utilización de una inmensa fuerza de trabajo. A principios de 1935, el
sistema ya unificado del Gulag contaba con 965.000 detenidos. Cuatro años más
tarde, los 53 conjuntos de campos de trabajo correctivo y las 425 colonias de
trabajo (unidades más pequeñas a las que estaban destinados los individuos
“socialmente menos peligrosos”, condenados a penas inferiores a los tres años)
agrupaban a 1.670.000 detenidos, y en 1941 sumaban 1.930.000. Sin embargo,
existen testimonios acerca del bajo grado de productividad de este sistema. En
abril de 1939 el nuevo Comisario del Pueblo para el Interior, Lavrenti Beria,
tomó medidas para racionalizar el trabajo de los detenidos, que incluían
incrementos en las raciones de alimentos junto con la extensión de la jornada
laboral. Según Beria, su antecesor, Yezhov, había privilegiado la “caza de los
enemigos” en detrimento de una “sana gestión económica”. Dentro del conjunto de
campos estaba Kolymá, que iba a convertirse en un símbolo del Gulag. Aquí, los
condenados, completamente aislados, trabajaban en la explotación de los
yacimientos de oro de la región y sus condiciones de vida fueron infrahumanas.
El 17 de noviembre
de 1938, un decreto del Comité Central puso fin (provisionalmente) a la
organización de operaciones masivas de arrestos y deportaciones. Al final de
este ciclo, Yezhov fue acusado, condenado y ajusticiado tal como él había
ordenado que se hiciera con otros dirigentes bolcheviques. El Gran Terror acabó
como había comenzado: siguiendo una orden de Stalin. Meses más tarde,
Kaganovich reconoció en el XVIII Congreso del Partido que en 1937 y 1938 el
personal dirigente de la industria pesada había sido completamente renovado;
millares de hombres nuevos habían sido nombrados para puestos dirigentes en
lugar de los saboteadores desenmascarados. «Ahora tenemos cuadros que
aceptarán cualquier tarea que les sea asignada por el camarada Stalin». En
menos de dos años, se concretó más del 85% de las condenas a muerte
pronunciadas por tribunales de excepción durante el conjunto del período
estalinista.
Durante la Segunda
Guerra Mundial, la población ya encerrada en el Gulag descendió debido a la liberación
de cientos de miles de prisioneros que fueron enviados al frente de batalla, a
la vez que encarcelaron a nuevos grupos. La anexión, a partir de 1939, de las
regiones orientales de Polonia y de los países bálticos dio paso a la
eliminación de los representantes denominados de la burguesía nacionalista y a
la deportación de grupos minoritarios específicos, que se amplió en el curso de
la guerra con los traslados compulsivos de grupos enteros: alemanes, chechenos,
tártaros, calmucos, entre otros. La represión contra los imaginarios enemigos
del régimen no se detuvo durante la “gran guerra patria” ni después de su
final. En cumplimiento con la orden de Stalin que declaraba traidores a quienes
se rindieran, se consideró culpables de traición a los 2.775.770 soldados
hechos prisioneros por los alemanes. Aproximadamente la mitad de ellos fueron
conducidos al Gulag al acabar la contienda. La campaña de aniquilación puesta
en marcha por los nazis a partir de 1941, que condenaba a los soviéticos a la
esclavitud o al exterminio, terminó por reconciliar al pueblo llano con el
régimen a través de un gran estallido de patriotismo. Stalin supo reafirmar con
fuerza los valores patrióticos rusos. El 7 de noviembre de 1941, al pasar
revista a los batallones de voluntarios que partían hacia el frente, Stalin los
exhortó a pelear bajo la inspiración del «glorioso ejemplo de nuestros
antepasados Alexander Nevsky y Dmitri Donskoy». El primero de ellos, en el
siglo XIII, había liberado Rusia de los caballeros teutónicos y el segundo
había puesto fin al dominio tártaro un siglo más tarde.
La guerra fue una
tragedia, pero también significó, como indican muchos testimonios, un alivio
del miedo y un cierto grado de liberación. Boris Pasternak escribió en su
novela Doctor Zhivago: «La guerra fue como una tormenta que limpió, que
trajo una corriente de aire fresco, un soplo de alivio [...] No solo en
el presidio, sino con mayor fuerza en la retaguardia y en el frente, la gente
respiró con mayor libertad y se lanzaron con su alma y entrega, a la terrible
guerra, mortal, pero a la vez salvadora».
[1] GULAG (Dirección General de
Campos y Colonias de Trabajo Correccional) era la rama del NKVD que
dirigía el sistema penal de campos de trabajos forzados. Aunque éstos operaron
en Rusia antes de esa fecha y del establecimiento de la URSS, el
Gulag fue oficialmente creado el 25 de abril de 1930 y disuelto el 13 de enero
de 1960. A pesar de que este sistema albergaba también a criminales de todo
tipo, el GULAG se ha conocido principalmente como el lugar de encarcelamiento
de prisioneros llamados «políticos» (exministros, sacerdotes, ciudadanos
deportados...) y como un mecanismo de represión a la oposición al Estado
socialista. Sin embargo, al no existir una categoría específica de presos
políticos, estos tenían que soportar una doble presión tanto por parte de los
carceleros como de los delincuentes comunes. El sistema penal del GULAG contaba
con 427 campos de trabajos forzados.
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