sábado, 17 de diciembre de 2011

Estados Unidos: La Potencia Hegemónica.

 

 

Estados Unidos: La Potencia Hegemónica.

 

En el momento en que estalló la guerra, en Estados Unidos no se había logrado superar las consecuencias de la crisis económica, ya que aún continuaban en paro 10 millones de personas. Antes del ataque a Pearl Harbour, Washington reforzó sus vínculos con Gran Bretaña (a través de la ayuda económica y del reconocimiento de objetivos comunes) con la firma de la Carta del Atlántico. A partir de su ingreso en el conflicto, el gobierno dispuso la creación de organismos destinados a regular el esfuerzo para ganar la guerra. Los nuevos comités le permitieron intervenir en casi todos los aspectos de la vida civil: la dirección de la producción, la distribución de los recursos humanos entre la industria y las fuerzas armadas, la resolución de los conflictos laborales, el control de precios y salarios y de los medios de comunicación, la coordinación de los proyectos de investigación y el desarrollo de los armamentos. En la conducción de estos organismos asumieron un papel destacado los hombres de negocios.

En términos sociales, los cambios vinculados con el esfuerzo bélico, si bien ofrecieron mejores condiciones para muchos sectores postergados también permitieron la revisión de reformas sociales logradas en el pasado. El beneficio más evidente fue la creación de puestos de trabajo, hasta el punto de que llegó a sentirse la escasez de mano de obra. El gran aumento del paro derivó en el de sueldos y salarios. La escasez y el racionamiento debilitaron las diferencias sociales. Los sindicatos tuvieron una mayor capacidad negociadora a medida que crecía la ocupación, y contaron con un mayor número de afiliados. Los dirigentes sindicales fueron incluidos en varios de los nuevos organismos gubernamentales, ya que era preciso contar con su colaboración para concentrar todas las energías en el esfuerzo bélico. La financiación de la guerra exigió además la reforma del sistema impositivo: se redujeron las exenciones fiscales y se buscó que los ricos pagaran más.

Al mismo tiempo, los sindicatos tuvieron que hacer concesiones tales como la extensión de la jornada laboral y el compromiso de no recurrir a las huelgas. Sin embargo, ante el incremento de los precios, su decisión no fue unánimemente acatada por las bases, como lo demuestra el número relativamente importante de huelgas ilegales que se produjeron en este período. En 1943 hubo huelgas en diferentes industrias; la más grave fue la de los mineros, dirigidos por John Lewis. Estos lograron el reconocimiento de sus exigencias, pero al mismo tiempo el Congreso aprobó la Ley Smith-Connally que limitaba severamente el derecho de huelga. Después de 1941, muchos patronos utilizaron la disciplina del tiempo de guerra para recuperar parte de la iniciativa y control que habían entregado a los sindicatos industriales al finalizar la depresión: incrementaron los ritmos de producción, aumentaron el número del personal de supervisión para disciplinar a los trabajadores, forzaron a los sindicatos a expulsar a los dirigentes más radicalizados. Esta actitud recibió el apoyo de parte de los medios de comunicación e incluso de funcionarios gubernamentales que catalogaban a las huelgas salvajes de acciones promovidas por los rojos y los comunistas. La depuración de los dirigentes del Congreso de Organizaciones Industriales (CIO) comenzó antes de la campaña macartista. Los líderes del CIO dieron prioridad al acuerdo con las empresas, se opusieron a las huelgas salvajes y a la actividad sindical radical de los dirigentes de base.

Las mujeres lograron un alto nivel de independencia económica y una mayor libertad. Muchas de ellas ocuparon puestos que habían estado reservados para los hombres. Esta nueva situación condujo al reconocimiento de la necesaria equiparación salarial. Aunque se redujo la brecha salarial de unos y otras, las diferencias se mantuvieron: el salario de una mujer era inferior en un 40% al de un hombre por el mismo trabajo. También en el caso de los afroamericanos los cambios combinaron mejoras en algunos aspectos con el agravamiento de la tensión racial. En un primer momento, la integración de los negros en las fuerzas armadas fue resistida. Hubo organizaciones negras que reivindicaron su incorporación al esfuerzo bélico en igualdad de condiciones. Los más radicalizados, en cambio, definieron la contienda como un problema que solo afectaba a los blancos. Entre estos últimos, los Musulmanes Negros (que no consideraban posible la integración y defendían ideas separatistas) se opusieron al reclutamiento. Sin embargo, la necesidad de refuerzos para enfrentar la ofensiva alemana obligó a la formación de unidades integradas por negros y blancos.

La guerra no solo afectó las relaciones sociales en el mundo del trabajo, sino que tuvo repercusiones más amplias. La demanda de mano de obra de la industria militar alentó los movimientos migratorios del campo a la ciudad y del sur al norte y al oeste. A lo largo del conflicto, más de 5 millones de personas se desplazaron de las zonas rurales a las urbanas y un 10% de la población se trasladó de un estado a otro. California, por ejemplo, donde se concentraba cerca de la mitad de la industria naval y aeronáutica del país, atrajo a 1.400.000 personas. Las ciudades no contaban con las condiciones necesarias para absorber este crecimiento de población, y el problema más grave fue el de la vivienda.

El paso de una economía de guerra a la de paz sin que se produjeran graves convulsiones fue posible porque se mantuvo un alto nivel de gastos gubernamentales, porque la población requirió una destacada cantidad de bienes de consumo y porque se registraron fuertes exportaciones de mercancías y servicios. Los productos estadounidenses se destacaban por su capacidad competitiva en el mercado mundial, derivada de la alta productividad del trabajo, cuatro veces superior a la de Europa. La industria norteamericana se distinguía también por el alto grado de concentración del capital: en el caso de la industria automovilística, por ejemplo, las tres sociedades más grandes proporcionaban el 78% de los vehículos. El mercado interno era el más importante para la colocación de los bienes industriales; las exportaciones absorbían entre el 5% y el 6% de la producción. Sin embargo, la destacada capacidad productiva requirió cada vez más de la inversión más allá de los límites fijados por las fronteras del Estado nacional. Si bien los capitalistas gozaron de condiciones satisfactorias para concretar inversiones, en la inmediata posguerra el movimiento obrero cuestionó la desigual distribución de los beneficios producidos por la recuperación en marcha. La excesiva demanda de bienes de consumo no se terminaba de satisfacer, y el déficit fiscal provocaron inflación, que exacerbó el conflicto entre obreros y empresarios. Mientras los primeros exigieron mayores salarios después de las privaciones aceptadas durante la guerra, los segundos impulsaron el aumento de los precios una vez derogados los topes fijados por el gobierno durante el conflicto. En consecuencia, una vez alcanzada la paz se produjeron una serie de huelgas en algunas de las industrias más importantes: la automotriz, la del acero, la minería, los ferrocarriles.

Durante 1946 se produjeron más de 5.000 huelgas, en las que intervinieron 4.600.000 trabajadores. El presidente Harry Truman decidió frenar esta oleada de conflictos. Al año siguiente, el Congreso aprobó la Ley Taft-Hartley, que impuso severos recortes al movimiento sindical: el control estatal de su desarrollo económico; la prohibición de las huelgas de solidaridad y las que no hubieran sido avisadas con 60 días de antelación; derogación de la obligación de los empresarios de contratar obreros sindicalizados, y la prohibición de la actividad política de los sindicatos. La purga de los dirigentes radicalizados del CIO en el marco de la Guerra Fría fue un factor clave en este proceso. Entre 1947 y 1950, la mayoría de los sindicatos de las fábricas asumieron políticas de cooperación con las estrategias empresariales. Se aceptó el sistema de negociación colectiva basado en la productividad, en virtud del cual los aumentos salariales resultarían del incremento de la productividad de los trabajadores, sin cuestionar la distribución de la renta previamente existente. En el éxito de este pacto de colaboración jugaron un papel destacado tanto la conducta de los dirigentes sindicales como la situación de importantes sectores de la clase obrera. La integración contó con el acuerdo de ambos en virtud de los beneficios que la expansión económica del capitalismo norteamericano era capaz de brindarles: empleo seguro, salarios crecientes, acceso cada vez mayor al consumo. No obstante, las condiciones de trabajo en las fábricas siguieron signadas por el alto nivel de subordinación y de control distintivos del fordismo.

La afiliación sindical se estabilizó tras la Guerra de Corea. La menor atracción de los sindicatos fue consecuencia, en parte, de la prosperidad económica, pero también de los cambios en el mercado de trabajo, como el aumento del número de personas dedicadas a las actividades profesionales y de servicios, que se mantuvieron al margen de la organización gremial. En contraste con la industria, el medio rural recibió serios impactos por severos desafíos. La prosperidad que durante la guerra caracterizó a la agricultura posibilitó a los granjeros superar las consecuencias más negativas de la crisis de los años 30, ya que liquidaron parte de las deudas hipotecarias y algunos se convirtieron en propietarios. La paz volvió a poner de manifiesto la subordinación del agro a la dinámica del sistema capitalista, que imponía la inversión en maquinarias y un modo de organización de la producción en el que no tenían cabida las explotaciones de carácter familiar. La creciente productividad derivó en la desvalorización de los productos, y en consecuencia en la reducción de la renta de los granjeros. Este sector recibió ayuda del gobierno federal, destinada a preservar el nivel de sus ingresos. Esta política posibilitó el sostenimiento de la producción y los stocks fueron colocados por el Estado en el extranjero, a precios inferiores al de su adquisición.

El traslado de muchos estadounidenses hacia las regiones del oeste y el suroeste fue acompañado de otro movimiento de la población: del centro de las ciudades a nuevos suburbios donde las familias esperaban hallar vivienda a precio accesible. Urbanistas como William J. Levitt construyeron nuevas comunidades con las técnicas de la producción en masa. Las casas de Levitt eran prefabricadas y modestas, pero sus métodos bajaron los costes. Cuando los suburbios crecieron, las empresas se mudaron a las nuevas áreas. Grandes centros comerciales que reunían una importante variedad de tiendas cambiaron los hábitos de consumo: su número aumentó de 8 hacia el final de la Segunda Guerra Mundial a 3.840 en 1960. Nuevas autopistas brindaron mejor acceso a los suburbios y sus tiendas. La ley de carreteras de 1956 dispuso la asignación de 26.000 millones de dólares para construir más de 64.000 kilómetros de carreteras interestatales.

La televisión también tuvo un alto impacto sobre las pautas sociales y económicas. En 1960, tres cuartas partes de las familias del país tenían por al menos un televisor. A mediados de la década, la familia promedio dedicaba cuatro o cinco horas al día a mirar la televisión. Dos programas muy populares fueron Yo amo a Lucy y Papá lo sabe todo. En el plano político e ideológico, hacia finales de la guerra el presidente Roosevelt estaba convencido de que el caos mundial solo podía superarse mediante una reorganización fundamental de la política mundial. La institución clave sería la Organización de las Naciones Unidas (ONU) a través de su compromiso tanto con el deseo universal de paz como con el afán de las naciones pobres de independizarse y alcanzar la igualdad con las ricas. En última instancia pretendía un New Deal a escala mundial. Por primera vez se llevaba a cabo la idea de un gobierno mundial a través de su propia institución. La concepción de Roosevelt combinaba objetivos sociales con repercusiones de tipo presupuestario y financiero. La esencia del New Deal postulaba la existencia de un gobierno que debía gastar para alcanzar la seguridad y el progreso. En consecuencia, la recuperación del mundo de posguerra requería del aporte generoso de Estados Unidos a fin de superar la catástrofe provocada por la guerra. La ayuda a las naciones pobres tendría el mismo efecto que los programas de bienestar social dentro de Estados Unidos; esto evitaría que el caos diese paso a revoluciones violentas. Sin embargo, el Congreso y la comunidad empresarial estadounidense eran más pragmáticos en sus cálculos de los costes y los beneficios de la política exterior estadounidense. No estaban dispuestos a proporcionar los medios necesarios para llevar a la práctica un plan que concebían como poco realista.

Los sucesores de Roosevelt, Harry Truman (1945-1953) y Dwight Eisenhower (1953-1961) se inclinaron a favor de un reordenamiento “realista”. El mundo era un lugar demasiado grande y caótico para que Estados Unidos lo reorganizara a su imagen y semejanza, especialmente si esa reorganización debía conseguirse mediante organismos de un casi gobierno mundial, en los que la administración estadounidense tendría que llegar a compromisos con las opiniones e intereses de otros países. Ambos presidentes optaron por basar la hegemonía de su país en el control estadounidense del dinero mundial y del poder militar global. No obstante, en la inmediata posguerra, los gobiernos no contaron en forma inmediata con el suficiente beneplácito político y social para hacerse de los recursos que requería el nuevo papel de Estados Unidos como potencia hegemónica. Sin embargo, como diría el secretario de Estado Dean Acheson, “sucedió lo de Corea y nos salvó”. Frente al avance de los comunistas no hubo dudas para asignar los fondos necesarios para armar a la superpotencia que “salvaría la democracia”. La sociedad estadounidense de la década de los 50 se caracterizó por la prosperidad y el crecimiento económico asociados con la creciente gravitación del conservadurismo. En algunos temas internos, Truman asumió posiciones que lo ubicaron a la izquierda del Congreso y de sectores de su propio partido. A mediados de 1948 promulgó un decreto que prohibía la discriminación en el seno de las fuerzas armadas y disponía la creación de un comité encargado de velar por su cumplimiento. Esta actitud le permitió ganar la adhesión de los votantes negros, pero al mismo tiempo provocó la reacción de los demócratas del sur. Parte de los delegados sureños abandonaron la Convención Demócrata cuando se incluyó en el programa electoral una declaración a favor de los derechos civiles.

En los años 60, se produjo un deslizamiento político hacia el centroizquierda, a partir del muy ajustado triunfo del candidato demócrata, el católico John F. Kennedy, quien en las elecciones presidenciales de 1960 obtuvo algo más de 100.000 votos por encima de su rival, Richard Nixon. Después del asesinato de Kennedy el gobierno siguió en manos de los demócratas, con la elección de Lyndon B. Johnson en 1964. Durante su gobierno, la guerra de Vietnam jugó un papel decisivo en la oleada de movilizaciones, en la que confluyeron distintos sectores: el movimiento negro, los estudiantes politizados, los hippies. Los medios de comunicación, con sus crudas imágenes, desempeñaron un papel de primer orden en la conformación de este campo de oposición a la guerra, aunque escasamente cohesionado en otros temas.

 

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