El Período 1975-1985
Desde mediados de
los años 70, el clima de distensión entre las superpotencias se enrareció
debido al incremento de la tensión entre ambas, derivado de las políticas
desplegadas por sus dirigentes, a los debates sobre el despliegue de nuevos
misiles en Europa occidental y, especialmente, a la serie de rebeliones que
recorrió el Tercer Mundo. Estos enfrentamientos con raíces históricas propias
fueron interpretados en clave de la lógica bipolar y se convirtieron en guerras
marcadas por los intereses de las dos potencias.
Los principales
conflictos tuvieron lugar en el Cuerno de África a partir del derrocamiento de
la monarquía dictatorial de Etiopía; en el sur de África debido a la liberación
de las colonias portuguesas; y en el área musulmana de Asia central donde se
conjugaron la exitosa revolución del ayatolá Ruhollah Jomeini en Irán y la
invasión de Afganistán por la URSS.
También en
Centroamérica, una región que los Estados Unidos siempre habían considerado
bajo su influencia, una serie de procesos quebrantaron esa convicción: la
creciente fuerza del movimiento guerrillero en El Salvador y Guatemala; la
presencia de Omar Torrijos en Panamá, y el triunfo de la revolución sandinista
en 1979. Después de la caída la dictadura de Somoza en Nicaragua y la instauración
de un gobierno de corte revolucionario apoyado por Moscú y La Habana, Ronald
Reagan, candidato a la presidencia de Estados Unidos, preguntaba en la campaña
electoral: «¿Debemos dejar que Granada, Nicaragua y El Salvador se
transformen en nuevas Cubas?».
La oleada de
revoluciones cuestionó el orden vigente en varios países, pero sin incluir un
extendido giro revolucionario hacia el comunismo. Los movimientos en lucha
expresaron ya sea el rechazo a regímenes dictatoriales, por ejemplo, los grupos
guerrilleros en América Central, o bien el afán de liquidar la dominación
colonial aún vigente, el caso del imperio portugués en África. Mientras la
inestabilidad política y la lucha armada atravesaban el Tercer Mundo, los
principales centros capitalistas dejaban atrás su período de crecimiento
sostenido para ingresar en una etapa marcada por el estancamiento y las bruscas
fluctuaciones del ciclo económico. Los principales índices mostraban además,
que Estados Unidos ya no era la potencia hegemónica indiscutida. Al mismo
tiempo Moscú se estaba quedando aceleradamente atrás de las potencias
capitalistas: si bien era capaz de producir enormes cantidades de acero,
carecía de las condiciones necesarias para avanzar en el desarrollo de la
informática. La economía central planificada rígida y burocrática era un
obstáculo cada vez mayor para la promoción del desarrollo científico y
tecnológico.
El pasaje de la
distensión hacia la Segunda Guerra Fría fue resultado principalmente de los
diagnósticos y las líneas de acción asumidas por las dirigencias de cada
superpotencia frente a estos desafíos. En Moscú, sobre la base del creciente
ingreso de divisas procedentes de la venta de petróleo, se apostó a ganar
protagonismo en el escenario internacional mediante la ampliación de su esfera
de influencia. Las ambiciones desmesuradas de la gerontocracia soviética
encabezada por Leonid Brezhnev condujeron a la intervención en áreas en las que
hasta entonces se había mantenido al margen, el caso de África, y a
involucrarse en un esfuerzo militar que excedía las posibilidades de una
economía cada vez menos eficiente. En Washington, los neoconservadores que ganaron
posiciones en el gobierno del republicano Reagan apostaron a la superación del
síndrome de Vietnam y recuperación de la hegemonía de Estados Unidos mediante
la creación de un potente y sofisticado complejo militar vía los aportes de la
ciencia y la tecnología, y con la convicción de que a su país le cabía la
sagrada misión de defender e imponer la democracia y la libertad en todo el
mundo contra el enemigo comunista.
El gobierno
estadounidense eludió el envío de sus fuerzas militares como lo hiciera en
Vietnam, y optó por la guerra mediante agentes interpuestos (por ejemplo, la
financiación de los Contras en Nicaragua o el de los muyahidín en Afganistán) o
bien por ataques de carácter simbólico como la invasión de la isla de Granada
en 1983 en los que su maquinaria bélica de alta tecnología le garantizaba una
ventaja absoluta. La administración Reagan, con el argumento de que el nuevo
gobierno sandinista de Nicaragua se proponía exportar la revolución marxista a
toda América Central, se involucró decididamente en acciones destinadas a
derribarlo. A finales de 1981, Washington autorizó a la CIA a invertir una alta
suma de dólares para crear la Contra, una fuerza paramilitar de opositores que
se componía básicamente de antiguos miembros de la guardia nacional de la
dictadura de Somoza derrocada por los sandinistas. A mediados de los 80, la
Contra había establecido un campo de entrenamiento cerca de la frontera
nicaragüense. Originalmente encargada de bloquear el flujo de armas desde
Nicaragua a los insurgentes salvadoreños de izquierda. La Contra pronto comenzó
a llevar a cabo actos de sabotaje al otro lado de la frontera de Nicaragua.
Pero al año siguiente, la Cámara de Representantes, por iniciativa de los
demócratas, aprobó una enmienda que limitaba la ayuda a esta organización. Para
salvar esta restricción, miembros del Consejo de Seguridad Nacional, organismo
asesor de la Casa Blanca, montó una operación para obtener financiación secreta
de fuentes privadas norteamericanas. En 1985, varios de estos funcionarios se
involucraron en un plan para vender secretamente misiles a Irán, a cambio de la
liberación de los siete americanos retenidos por musulmanes proiraníes en el
Líbano. Israel actuó en principio como intermediario de los envíos de armas.
Parte de los beneficios de la venta fueron desviados a la Contra nicaragüense.
Aunque este plan violaba el Acta de Control de Exportación de Armas, un embargo
armamentístico contra Irán, y la política estadounidense de no tratar con
gobiernos que apoyasen el terrorismo internacional, Reagan dio su autorización
para que se procediera a la venta de las armas. En octubre de 1986, un comando
sandinista derribó un avión de carga sobre la selva nicaragüense. Un pasajero
americano que se tiró en paracaídas y cayó en manos de los sandinistas reveló
que el avión formaba parte de una operación de suministro de armas a la Contra
dirigida por EE.UU., lo que violaba lo dispuesto por el Congreso. El presidente
dijo públicamente que su gobierno no tenía conexión con el avión derribado. Un
comité del Congreso y una comisión presidencial pusieron en marcha
investigaciones y varios funcionarios fueron acusados de distintos delitos,
pero casi ninguno cumplió las penas impuestas por la justicia en virtud del
perdón concedido por el presidente George Bush (padre) en 1992. Al hacerse
cargo de la presidencia en 2001, George Bush (hijo) eligió a varios veteranos
del escándalo Irán-Contra para ocupar importantes puestos.
El proyecto
neoconservador incluyó una escalada en la carrera de armamentos con la Unión
Soviética que iba mucho más allá de lo que ésta podía afrontar. El 23 de marzo
de 1983, Reagan anunció a millones de telespectadores su proyecto de
militarización espacial, destinado a cambiar el curso de la historia de la
humanidad. La Iniciativa de Defensa Estratégica, conocida como la Guerra de
las Galaxias, consistía en un paraguas defensivo de armas espaciales que
destruirían los misiles intercontinentales soviéticos antes de que tocaran
suelo norteamericano. Para sus diseñadores, el principio de “destrucción mutua
asegurada” sería reemplazado por el de “supervivencia mutua asegurada”.
Uno de los giros más
novedosos en las relaciones entre las dos superpotencias se produjo en África,
continente que había quedado al margen de la reconocida esfera de influencia
soviética. El avance de Moscú se apoyó básicamente en tres conflictos: la
crisis en el Cuerno de África, la descolonización del África portuguesa y,
estrechamente vinculada con este proceso, la guerra de liberación sostenida por
las mayorías negras contra el dominio blanco en el África meridional. Etiopía,
uno de los países más pobres del mundo, ingresó en la órbita de los intereses
soviéticos a partir de la destitución en 1974 del emperador Haile Selassie por
militares que anunciaron la instauración de un régimen marxista. La ayuda de
Moscú al nuevo gobierno militar tuvo un fuerte impacto sobre la región: Somalia
perdió el respaldo soviético y el gobierno etíope rechazó con las armas tanto
las demandas de independencia de Eritrea como los reclamos de Somalia sobre la
región de Ogaden.
Desde los años 50 en
el Imperio portugués se venían desarrollando movimientos guerrilleros que en
algunos casos (el Frente de Liberación de Mozambique, el Movimiento Popular de
Liberación de Angola y el Partido Africano para la Independencia de Guinea y
Cabo Verde) recibían ayuda militar de Moscú. La caída de la dictadura en Portugal
con la Revolución de los Claveles en 1974 aceleró el proceso de independencia y
los grupos respaldados por los soviéticos tomaron el poder. El cinturón de
seguridad en torno a Sudáfrica perdió su invulnerabilidad. Las fuerzas
anticomunistas buscaron ayuda en los Estados Unidos y en el régimen racista
sudafricano, que apoyaron a la UNITA[1] en
Angola y a grupos de la oposición en Mozambique. La lucha armada siguió
asolando ambos países, y persistió hasta principios de los años 90 en
Mozambique y hasta 2002 en Angola.
En 1979 dos países
musulmanes del suroeste de Asia, Irán y Afganistán, fueron sacudidos por
cambios drásticos derivados de crisis internas que se combinaron explosivamente
con la existencia de un mundo bipolar y con las profundas rivalidades y
tensiones presentes en el mundo musulmán. La revolución iraní que derribó la
monarquía en febrero y la intervención armada de los soviéticos en Afganistán
en diciembre, no solo agravaron el clima de Guerra Fría, sino que tuvieron un
fuerte impacto en el mundo musulmán y consecuencias a largo plazo en el campo
de las relaciones internacionales. En el caso de Irán, uno de los principales
productores de petróleo, la caída del Sha Reza Pahlevi (firme aliado de Estados
Unidos) dio paso a la instauración de una República Islámica o Teocracia. Bajo
la conducción del líder religioso chiíta, el Ayatolá Jomeini, el régimen
declaró enemigos tanto a Occidente como al Comunismo. La revolución iraní
impuso la estrecha asociación entre política y religión para enfrentar a los
poderes impíos extranjeros y a los gobiernos musulmanes conservadores,
especialmente el de Arabia Saudita.
La presencia del
régimen chiíta desestabilizó la región y significó un fuerte cuestionamiento al
predominio de Estados Unidos. A finales de 1979, en el marco de enfrentamientos
internos, el sector más radicalizado de la coalición revolucionaria iraní ocupó
la embajada estadounidense en Teherán y tomó como rehenes a todos sus ocupantes
sin que el gobierno estadounidense pudiese hacer nada. El nuevo régimen iraní
no tuvo la expansión temida por los regímenes islámicos conservadores,
especialmente Arabia Saudita. Su carácter chiíta y el hecho de haberse gestado
en el único país musulmán no árabe del Medio Oriente le restaron posibilidades
para ejercer su influencia sobre el resto de los países islámicos de esta
región.
La invasión de la
Unión Soviética en Afganistán hizo posible que las tensiones y rivalidades
entre países y grupos musulmanes evidentes a partir de la revolución iraní se
combinaran como una bomba de relojería con el recrudecimiento de la Guerra
Fría. Frente a las luchas entre diversas facciones comunistas afganas,
enfrentadas a su vez con guerrillas islámicas, Moscú buscó imponer un gobierno
que garantizase el orden y mantuviera al país en la esfera de influencia
soviética. En el Kremlin se temía que la revolución iraní contagiara a
Afganistán e incluso que pudiera influir sobre la población soviética del Asia
Central mayoritariamente musulmana. La reacción occidental fue inmediata. Alegando
que la ocupación llevaba la influencia soviética más allá de su espacio
tradicional, EE.UU y sus aliados organizaron inmediatamente la contraofensiva.
La ONU y los No Alineados condenaron la invasión soviética. La Casa Blanca,
además del embargo comercial, apoyó a la guerrilla islámica que combatía contra
las tropas soviéticas. Los muyahidines afganos fueron entrenados en bases
paquistaníes como fruto de la cooperación entre la CIA, el servicio secreto
paquistaní (ISI) y Arabia Saudita. En esa época, el miembro de una poderosa
familia saudita vinculada con la monarquía, Osama Bin Laden, coordinaba el
reclutamiento de voluntarios islámicos para luchar en Afganistán.
La acción armada
contra los “impíos” que habían invadido el territorio del Islam se presentaba
para un sector de los gobiernos musulmanes como una vía radicalizada capaz de
competir con la llamada a la revolución desde Irán. Con este objetivo, Arabia
Saudita y las monarquías del Golfo llegaron a acuerdos con unos aliados poco
previsibles: los muyahidines afganos y los partidarios de la yihad armada.
Mientras la lucha contra los soviéticos fue el objetivo central, los yihadistas
fueron funcionales a los intereses de Estados Unidos y Arabia Saudita. Sin
embargo, la yihad en Afganistán desarrolló su propia lógica y en los ‘90
enfrentaría a los dos países que habían financiado su desarrollo.
[1] Unión Nacional para
la Independencia Total de Angola o UNITA (en portugués, União Nacional para a
Independência Total de Angola) es un partido político de Angola, que durante
más de 35 años fue un movimiento armado en las guerras de Independencia
(1957-75) y Civil (1975-2003) angoleñas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario