sábado, 17 de diciembre de 2011

El Período 1975-1985

 

El Período 1975-1985

 

Desde mediados de los años 70, el clima de distensión entre las superpotencias se enrareció debido al incremento de la tensión entre ambas, derivado de las políticas desplegadas por sus dirigentes, a los debates sobre el despliegue de nuevos misiles en Europa occidental y, especialmente, a la serie de rebeliones que recorrió el Tercer Mundo. Estos enfrentamientos con raíces históricas propias fueron interpretados en clave de la lógica bipolar y se convirtieron en guerras marcadas por los intereses de las dos potencias.

Los principales conflictos tuvieron lugar en el Cuerno de África a partir del derrocamiento de la monarquía dictatorial de Etiopía; en el sur de África debido a la liberación de las colonias portuguesas; y en el área musulmana de Asia central donde se conjugaron la exitosa revolución del ayatolá Ruhollah Jomeini en Irán y la invasión de Afganistán por la URSS.

También en Centroamérica, una región que los Estados Unidos siempre habían considerado bajo su influencia, una serie de procesos quebrantaron esa convicción: la creciente fuerza del movimiento guerrillero en El Salvador y Guatemala; la presencia de Omar Torrijos en Panamá, y el triunfo de la revolución sandinista en 1979. Después de la caída la dictadura de Somoza en Nicaragua y la instauración de un gobierno de corte revolucionario apoyado por Moscú y La Habana, Ronald Reagan, candidato a la presidencia de Estados Unidos, preguntaba en la campaña electoral: «¿Debemos dejar que Granada, Nicaragua y El Salvador se transformen en nuevas Cubas?».

La oleada de revoluciones cuestionó el orden vigente en varios países, pero sin incluir un extendido giro revolucionario hacia el comunismo. Los movimientos en lucha expresaron ya sea el rechazo a regímenes dictatoriales, por ejemplo, los grupos guerrilleros en América Central, o bien el afán de liquidar la dominación colonial aún vigente, el caso del imperio portugués en África. Mientras la inestabilidad política y la lucha armada atravesaban el Tercer Mundo, los principales centros capitalistas dejaban atrás su período de crecimiento sostenido para ingresar en una etapa marcada por el estancamiento y las bruscas fluctuaciones del ciclo económico. Los principales índices mostraban además, que Estados Unidos ya no era la potencia hegemónica indiscutida. Al mismo tiempo Moscú se estaba quedando aceleradamente atrás de las potencias capitalistas: si bien era capaz de producir enormes cantidades de acero, carecía de las condiciones necesarias para avanzar en el desarrollo de la informática. La economía central planificada rígida y burocrática era un obstáculo cada vez mayor para la promoción del desarrollo científico y tecnológico.

El pasaje de la distensión hacia la Segunda Guerra Fría fue resultado principalmente de los diagnósticos y las líneas de acción asumidas por las dirigencias de cada superpotencia frente a estos desafíos. En Moscú, sobre la base del creciente ingreso de divisas procedentes de la venta de petróleo, se apostó a ganar protagonismo en el escenario internacional mediante la ampliación de su esfera de influencia. Las ambiciones desmesuradas de la gerontocracia soviética encabezada por Leonid Brezhnev condujeron a la intervención en áreas en las que hasta entonces se había mantenido al margen, el caso de África, y a involucrarse en un esfuerzo militar que excedía las posibilidades de una economía cada vez menos eficiente. En Washington, los neoconservadores que ganaron posiciones en el gobierno del republicano Reagan apostaron a la superación del síndrome de Vietnam y recuperación de la hegemonía de Estados Unidos mediante la creación de un potente y sofisticado complejo militar vía los aportes de la ciencia y la tecnología, y con la convicción de que a su país le cabía la sagrada misión de defender e imponer la democracia y la libertad en todo el mundo contra el enemigo comunista.

El gobierno estadounidense eludió el envío de sus fuerzas militares como lo hiciera en Vietnam, y optó por la guerra mediante agentes interpuestos (por ejemplo, la financiación de los Contras en Nicaragua o el de los muyahidín en Afganistán) o bien por ataques de carácter simbólico como la invasión de la isla de Granada en 1983 en los que su maquinaria bélica de alta tecnología le garantizaba una ventaja absoluta. La administración Reagan, con el argumento de que el nuevo gobierno sandinista de Nicaragua se proponía exportar la revolución marxista a toda América Central, se involucró decididamente en acciones destinadas a derribarlo. A finales de 1981, Washington autorizó a la CIA a invertir una alta suma de dólares para crear la Contra, una fuerza paramilitar de opositores que se componía básicamente de antiguos miembros de la guardia nacional de la dictadura de Somoza derrocada por los sandinistas. A mediados de los 80, la Contra había establecido un campo de entrenamiento cerca de la frontera nicaragüense. Originalmente encargada de bloquear el flujo de armas desde Nicaragua a los insurgentes salvadoreños de izquierda. La Contra pronto comenzó a llevar a cabo actos de sabotaje al otro lado de la frontera de Nicaragua. Pero al año siguiente, la Cámara de Representantes, por iniciativa de los demócratas, aprobó una enmienda que limitaba la ayuda a esta organización. Para salvar esta restricción, miembros del Consejo de Seguridad Nacional, organismo asesor de la Casa Blanca, montó una operación para obtener financiación secreta de fuentes privadas norteamericanas. En 1985, varios de estos funcionarios se involucraron en un plan para vender secretamente misiles a Irán, a cambio de la liberación de los siete americanos retenidos por musulmanes proiraníes en el Líbano. Israel actuó en principio como intermediario de los envíos de armas. Parte de los beneficios de la venta fueron desviados a la Contra nicaragüense. Aunque este plan violaba el Acta de Control de Exportación de Armas, un embargo armamentístico contra Irán, y la política estadounidense de no tratar con gobiernos que apoyasen el terrorismo internacional, Reagan dio su autorización para que se procediera a la venta de las armas. En octubre de 1986, un comando sandinista derribó un avión de carga sobre la selva nicaragüense. Un pasajero americano que se tiró en paracaídas y cayó en manos de los sandinistas reveló que el avión formaba parte de una operación de suministro de armas a la Contra dirigida por EE.UU., lo que violaba lo dispuesto por el Congreso. El presidente dijo públicamente que su gobierno no tenía conexión con el avión derribado. Un comité del Congreso y una comisión presidencial pusieron en marcha investigaciones y varios funcionarios fueron acusados de distintos delitos, pero casi ninguno cumplió las penas impuestas por la justicia en virtud del perdón concedido por el presidente George Bush (padre) en 1992. Al hacerse cargo de la presidencia en 2001, George Bush (hijo) eligió a varios veteranos del escándalo Irán-Contra para ocupar importantes puestos.

El proyecto neoconservador incluyó una escalada en la carrera de armamentos con la Unión Soviética que iba mucho más allá de lo que ésta podía afrontar. El 23 de marzo de 1983, Reagan anunció a millones de telespectadores su proyecto de militarización espacial, destinado a cambiar el curso de la historia de la humanidad. La Iniciativa de Defensa Estratégica, conocida como la Guerra de las Galaxias, consistía en un paraguas defensivo de armas espaciales que destruirían los misiles intercontinentales soviéticos antes de que tocaran suelo norteamericano. Para sus diseñadores, el principio de “destrucción mutua asegurada” sería reemplazado por el de “supervivencia mutua asegurada”.

Uno de los giros más novedosos en las relaciones entre las dos superpotencias se produjo en África, continente que había quedado al margen de la reconocida esfera de influencia soviética. El avance de Moscú se apoyó básicamente en tres conflictos: la crisis en el Cuerno de África, la descolonización del África portuguesa y, estrechamente vinculada con este proceso, la guerra de liberación sostenida por las mayorías negras contra el dominio blanco en el África meridional. Etiopía, uno de los países más pobres del mundo, ingresó en la órbita de los intereses soviéticos a partir de la destitución en 1974 del emperador Haile Selassie por militares que anunciaron la instauración de un régimen marxista. La ayuda de Moscú al nuevo gobierno militar tuvo un fuerte impacto sobre la región: Somalia perdió el respaldo soviético y el gobierno etíope rechazó con las armas tanto las demandas de independencia de Eritrea como los reclamos de Somalia sobre la región de Ogaden.

Desde los años 50 en el Imperio portugués se venían desarrollando movimientos guerrilleros que en algunos casos (el Frente de Liberación de Mozambique, el Movimiento Popular de Liberación de Angola y el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde) recibían ayuda militar de Moscú. La caída de la dictadura en Portugal con la Revolución de los Claveles en 1974 aceleró el proceso de independencia y los grupos respaldados por los soviéticos tomaron el poder. El cinturón de seguridad en torno a Sudáfrica perdió su invulnerabilidad. Las fuerzas anticomunistas buscaron ayuda en los Estados Unidos y en el régimen racista sudafricano, que apoyaron a la UNITA[1] en Angola y a grupos de la oposición en Mozambique. La lucha armada siguió asolando ambos países, y persistió hasta principios de los años 90 en Mozambique y hasta 2002 en Angola.

En 1979 dos países musulmanes del suroeste de Asia, Irán y Afganistán, fueron sacudidos por cambios drásticos derivados de crisis internas que se combinaron explosivamente con la existencia de un mundo bipolar y con las profundas rivalidades y tensiones presentes en el mundo musulmán. La revolución iraní que derribó la monarquía en febrero y la intervención armada de los soviéticos en Afganistán en diciembre, no solo agravaron el clima de Guerra Fría, sino que tuvieron un fuerte impacto en el mundo musulmán y consecuencias a largo plazo en el campo de las relaciones internacionales. En el caso de Irán, uno de los principales productores de petróleo, la caída del Sha Reza Pahlevi (firme aliado de Estados Unidos) dio paso a la instauración de una República Islámica o Teocracia. Bajo la conducción del líder religioso chiíta, el Ayatolá Jomeini, el régimen declaró enemigos tanto a Occidente como al Comunismo. La revolución iraní impuso la estrecha asociación entre política y religión para enfrentar a los poderes impíos extranjeros y a los gobiernos musulmanes conservadores, especialmente el de Arabia Saudita.

La presencia del régimen chiíta desestabilizó la región y significó un fuerte cuestionamiento al predominio de Estados Unidos. A finales de 1979, en el marco de enfrentamientos internos, el sector más radicalizado de la coalición revolucionaria iraní ocupó la embajada estadounidense en Teherán y tomó como rehenes a todos sus ocupantes sin que el gobierno estadounidense pudiese hacer nada. El nuevo régimen iraní no tuvo la expansión temida por los regímenes islámicos conservadores, especialmente Arabia Saudita. Su carácter chiíta y el hecho de haberse gestado en el único país musulmán no árabe del Medio Oriente le restaron posibilidades para ejercer su influencia sobre el resto de los países islámicos de esta región.

La invasión de la Unión Soviética en Afganistán hizo posible que las tensiones y rivalidades entre países y grupos musulmanes evidentes a partir de la revolución iraní se combinaran como una bomba de relojería con el recrudecimiento de la Guerra Fría. Frente a las luchas entre diversas facciones comunistas afganas, enfrentadas a su vez con guerrillas islámicas, Moscú buscó imponer un gobierno que garantizase el orden y mantuviera al país en la esfera de influencia soviética. En el Kremlin se temía que la revolución iraní contagiara a Afganistán e incluso que pudiera influir sobre la población soviética del Asia Central mayoritariamente musulmana. La reacción occidental fue inmediata. Alegando que la ocupación llevaba la influencia soviética más allá de su espacio tradicional, EE.UU y sus aliados organizaron inmediatamente la contraofensiva. La ONU y los No Alineados condenaron la invasión soviética. La Casa Blanca, además del embargo comercial, apoyó a la guerrilla islámica que combatía contra las tropas soviéticas. Los muyahidines afganos fueron entrenados en bases paquistaníes como fruto de la cooperación entre la CIA, el servicio secreto paquistaní (ISI) y Arabia Saudita. En esa época, el miembro de una poderosa familia saudita vinculada con la monarquía, Osama Bin Laden, coordinaba el reclutamiento de voluntarios islámicos para luchar en Afganistán.

La acción armada contra los “impíos” que habían invadido el territorio del Islam se presentaba para un sector de los gobiernos musulmanes como una vía radicalizada capaz de competir con la llamada a la revolución desde Irán. Con este objetivo, Arabia Saudita y las monarquías del Golfo llegaron a acuerdos con unos aliados poco previsibles: los muyahidines afganos y los partidarios de la yihad armada. Mientras la lucha contra los soviéticos fue el objetivo central, los yihadistas fueron funcionales a los intereses de Estados Unidos y Arabia Saudita. Sin embargo, la yihad en Afganistán desarrolló su propia lógica y en los ‘90 enfrentaría a los dos países que habían financiado su desarrollo.


 



[1] Unión Nacional para la Independencia Total de Angola o UNITA (en portugués, União Nacional para a Independência Total de Angola) es un partido político de Angola, que durante más de 35 años fue un movimiento armado en las guerras de Independencia (1957-75) y Civil (1975-2003) angoleñas.

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