sábado, 17 de diciembre de 2011

La Paz

 

 

 

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Entre los cuatro principales estadistas que habrían de rediseñar el orden mundial, existían significativas diferencias respecto a la apreciación de la situación y los fines que se proponían. El presidente estadounidense Woodrow Wilson ya había presentado ante el Congreso de su país una serie de puntos para alcanzar una paz vía la restauración de un orden económico liberal y con la garantía de que en el trazado del nuevo mapa europeo se tuviese en cuenta la autodeterminación de los pueblos. El jefe del gobierno francés, Georges Clemenceau, en cambio, ansiaba que la economía alemana contribuyera decididamente a la recuperación de su país desangrado por el conflicto, y que se levantara un sólido control militar en la frontera para que los alemanes no volvieran a pisar suelo francés. El primer ministro británico, Frank Lloyd George, tenía una posición más conciliadora con los vencidos: no creía conveniente para la recuperación de Europa que Alemania emergiera arruinada. El jefe de la delegación italiana, Vittorio Orlando, estaba básicamente preocupado por la anexión por parte de Roma de territorios que hasta el momento habían pertenecido al imperio austríaco. El gobierno revolucionario de Rusia quedó excluido, y aunque los vencedores anularon el tratado de Brest-Litovsk, los territorios que los bolcheviques habían perdido frente a Alemania no les fueron restituidos.

En la mesa de negociación Italia no obtuvo todo lo que reclamaba, ya que Wilson defendió la inclusión de los eslavos en la recién creada Yugoslavia. En la suerte de Alemania acabó imponiéndose la línea dura de Clemenceau frente a la más conciliadora de los ingleses. Ante este resultado, el economista John Maynard Keynes, miembro de la delegación británica, abandonó “esa escena de pesadilla”. No hubo paz negociada. Los vencidos, declarados culpables de la guerra, debieron someterse a las condiciones impuestas por los vencedores: pérdida de territorios, restricciones de sus fuerzas armadas y pago de indemnizaciones de guerra. Alemania, a través de la firma del tratado de Versalles, Austria de Saint Germain y Bulgaria de Neuilly.

Solo Turquía, después del triunfo de Kemal Atartuk en la guerra contra los griegos que habían ocupado parte de Anatolia, logró que el duro tratado de Sèvres, firmado por el sultán, fuera reemplazado en 1923 por el de Lausana. Este último reconoció al nuevo Estado nacional turco integrado por Anatolia, el Kurdistán, la Tracia oriental y parte de Armenia, cuya población había sido masacrada por los turcos durante la guerra. Turquía no debió pagar indemnizaciones de guerra.

Cuando Estambul ingresó en la Primera Guerra Mundial como aliado de Alemania, los nacionalistas armenios, bajo la dominación de los otomanos, buscaron la formación de un Estado independiente con el apoyo de los rusos. La parte oriental de Armenia había quedado en manos del Imperio zarista a lo largo de sus guerras con los turcos. Ante la aplastante derrota de los otomanos en 1915 a manos de las tropas rusas, el primer ministro turco culpó a los armenios de este desenlace y los miembros de las fuerzas armadas de esa nacionalidad fueron enviados a campos de trabajo forzado. Una brutal represión recayó sobre el pueblo armenio, con asesinatos en masa, arrestos y traslados forzados hacia los desiertos de Siria, en condiciones infrahumanas que provocaron la muerte de la mayoría. Casi por unanimidad, los historiadores occidentales coinciden en calificar estas matanzas como genocidio. Sin embargo, hay varios países, como Estados Unidos, Reino Unido e Israel, que no utilizan el término genocidio para referirse a estos hechos. Francia, en cambio, aprobó precisas medidas contra lo que califica como el "holocausto armenio" por parte del Imperio otomano. Turquía no acepta que haya habido un plan organizado por el Estado para eliminar a los armenios, y alega que en 1915 el gobierno imperial luchó contra la sublevación de la milicia armenia respaldada por el gobierno zarista. Este es uno de los problemas presente en el debate sobre el ingreso de Turquía a la Unión Europea. El pasaje del tratado de Sèvres al de Lausana afectó a los kurdos. En el primer documento se había contemplado la posibilidad de reconocer un Estado nacional para este pueblo. Después de las acciones militares de Mustafá Atartuk, el segundo tratado aprobó el desmembramiento del Kurdistán entre Turquía, Irak, Irán y Siria. Los kurdos, como los palestinos, recorrieron el siglo XX sin que la comunidad internacional atendiera sus peticiones de un Estado nacional propio. Dos años después de Lausana, las riquezas petroleras del Kurdistán, especialmente la de las regiones de Mosul y Kirkuk (incluidas en Irak, que estaba bajo mandato de Gran Bretaña) condujeron a la creación de la Irak Petroleum Company. Esta compañía fue la encargada de exportar el petróleo iraquí y en ella participaron, además de Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos. Los kurdos no son de origen árabe, aunque sí fueron islamizados y hoy en día la mayoría son musulmanes suníes, pero también hay cristianos, musulmanes chiíes y otros grupos religiosos. Su lengua es indoeuropea, y su idioma pertenece a la rama iraní. Su cultura no es uniforme: entre ellos hay al menos dos dialectos importantes y multitud de pequeñas variantes idiomáticas; el kurdo ha sido escrito en tres alfabetos. En el seno del movimiento nacional kurdo se enfrentan concepciones sociales muy diferentes. En algunos prevalecen liderazgos familiares con base de apoyo en el ámbito rural; en otros, el caso del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, presente en Turquía, se combinan la reivindicación de la autonomía nacional con la de la revolución social en todo el Kurdistán.

En París se dibujó un nuevo mapa europeo. En el trazado de las fronteras en Europa centro-oriental se combinaron distintos fines. Por un lado, asegurar el debilitamiento de Alemania. Para esto se prohibió que el nuevo y pequeño Estado nacional austríaco, mayoritariamente habitado por alemanes, fuese parte de Alemania. Berlín fue despojada de sus colonias para ser repartidas entre otros países, se redujo el territorio nacional y los aliados asumieron la desmilitarización y el control de algunas zonas: los casos del Sarre y Renania. Por otro lado, se creó un cordón "sanitario" en torno a Rusia, integrado por los países que habían sido sojuzgados por el imperio zarista. En tercer lugar, se procedió a rediseñar el espacio que había ocupado el imperio austrohúngaro para dar origen a nuevos países. En Europa del este fueron reconocidos ocho nuevos Estados. En el norte, Finlandia, Lituania, Letonia, Estonia, que se habían desvinculado de Moscú a partir de la paz de Brest-Litovsk y, además, la República de Polonia, a través de la reunificación de los territorios que en el siglo XVIII se habían repartido Rusia, Prusia y Austria. Los tres nuevos países del centro, Austria, Checoslovaquia y Hungría fueron el resultado de la desintegración del imperio de los Habsburgos. Los Estados del sur que ya existían, Rumania, Albania, Bulgaria y Grecia, sufrieron reajustes territoriales y, además, se fundó el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Este nuevo país (llamado Yugoslavia a partir de 1929) amalgamó territorios que habían estado bajo la dominación de los turcos (Serbia, Montenegro y Macedonia) con otros incluidos en el imperio de los Habsburgo (Croacia, Eslovenia, Eslavonia, parte de Dalmacia y, a partir de 1908, Bosnia Herzegovina). En Asia Oriental, Japón logró que se reconocieran sus pretensiones sobre las posesiones alemanas en China. Esta decisión desconoció la integridad territorial de la República China que, tardíamente, había declarado la guerra a las potencias centrales. La medida dio lugar a extendidas movilizaciones en el interior de la República China. Estados Unidos fue el más decidido defensor de las reivindicaciones chinas, aunque sin presionar a fondo sobre Japón.

Durante el conflicto, ninguno de los pueblos sometidos creó dificultades serias a su metrópoli; la dominación de 700 millones por parte de 200 millones fue casi indiscutible. En Versalles, las metrópolis europeas siguieron decidiendo el destino de los pueblos colonizados y no escucharon a quienes llegaron a París para presentar sus reclamaciones: la delegación nacionalista egipcia que impugnaba el protectorado británico, los afroamericanos que denunciaban la discriminación racial en Estados Unidos o la delegación de los árabes que pretendía refundar su reino en Siria.

Al estallar el conflicto, Gran Bretaña tomó una serie de decisiones sobre Oriente Medio, aun bajo el poder de los otomanos, que tendrían consecuencias de largo alcance. En primer lugar, alentó a los árabes de la Península arábiga a combatir contra los turcos. Para esto prometió a Hussein, jerife de la Meca de la dinastía hachemita, la creación de un reino árabe independiente, y envió al oficial Thomas Edward Lawrence para que organizara la Revuelta del Desierto junto con Feisal y Abdulah, los dos hijos del jefe religioso. Al mismo tiempo firmó el tratado Sykes-Picot con Francia, en virtud del cual, al concluir el conflicto, esta ocuparía Siria y el Líbano, mientras que Gran Bretaña se haría cargo de los territorios que formaban la antigua Mesopotamia y Palestina (en ese momento incluía los actuales territorios de Israel, Jordania y los disputados entre israelíes y palestinos). En consecuencia, cuando en 1918 Feisal entró en Damasco y se hizo proclamar rey de los árabes, las autoridades militares inglesas le exigieron abandonar el territorio. Por último, en noviembre de 1917, el ministro británico de Asuntos Exteriores, Arthur Balfour, en la carta enviada al banquero judío lord Rothschild, declaró que su país veía con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un "hogar nacional para el pueblo judío". Con esta declaración, Londres reconocía la instalación de los judíos en el territorio palestino que ya venía concretando el movimiento sionista. En el caso de Egipto, dio por rotos sus vínculos con Estambul y lo convirtió en protectorado inglés.

Al terminar la guerra, los territorios del ya extinto Imperio otomano en Oriente Medio y las colonias alemanas fueron repartidos bajo la figura de “mandato”. El nuevo estatuto incluía la supervisión de la Liga de Naciones sobre las acciones de la potencia a cargo de la colonia. Se crearon tres tipos de mandatos según sus posibilidades de alcanzar la autonomía. Los mandatos de tipo A se establecieron en las regiones que habían formado parte del Imperio otomano. Siguiendo lo dispuesto en el pacto secreto Sykes-Picot, Francia obtuvo Siria y Líbano (hasta 1920 formó parte de Siria), mientras que Gran Bretaña recibió las regiones de la antigua Mesopotamia y Palestina. En el primer territorio creó el reino de Irak y entregó la corona a Feisal, el frustrado monarca de la Gran Siria árabe. Las tierras palestinas fueron distribuidas entre el emirato de Transjordania, al frente del cual quedó el hermano de Feisal, y el mandato de Palestina bajo la autoridad de Gran Bretaña.

Las colonias alemanas fueron distribuidas en mandatos de tipo B y C. Las primeras quedaron a cargo de potencias europeas. Gran Bretaña recibió el África Oriental Alemana, que se convirtió en Tanganica, la quinta parte del Camerún y una parte de Togo. Francia quedó a cargo del resto de Togo y la mayor parte de Camerún. Bélgica obtuvo los sultanatos de Ruanda y Burundi. Los mandatos de tipo C fueron cedidos a Japón y a países de África y del Pacífico gobernados por minorías blancas: África sudoccidental quedó bajo la administración de la Unión Sudafricana; en el Pacífico, los archipiélagos al norte del ecuador pasaron a Japón, mientras que parte de Nueva Guinea y algunas islas del sur se entregaron a Australia, y Nueva Zelanda recibió Samoa occidental.

Durante el período de entreguerras, la dominación de los europeos contó en la mayoría de las colonias con grupos de poder dispuestos a colaborar, pero al mismo tiempo echaron raíces fuerzas sociales y políticas a favor de la independencia. En la inmediata posguerra, en la India, el partido del Congreso siguió la trayectoria más avanzada y consistente en este sentido. La guerra destruyó el optimismo, la fe en la capacidad de la sociedad occidental para garantizar de forma ordenada la convivencia y la libertad civil. El liberalismo fue severamente deslegitimado: la masacre en las trincheras suponía la antítesis de todo aquello que, con su fe en la razón, en el progreso y en la ciencia, había prometido.

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