sábado, 17 de diciembre de 2011

NAZISMO, FASCISMO Y SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

 

 

El Nazismo Y La Guerra

 

Las decisiones del Führer tuvieron una incidencia clave en el desencadenamiento de la guerra europea. Los historiadores aún discuten las razones de la política exterior del nazismo. ¿Fue la voluntad de Hitler –puesta al servicio de sus fines ideológicos– el motor central?; o, por el contrario, ¿fueron los factores estructurales (la dinámica caótica y radicalizada del régimen nazi, o bien los intereses del gran capital, o la necesidad de canalizar el descontento social interno) los que imprimieron su sello y condicionaron las acciones del caudillo nazi?

Desde su ingreso a la escena política Hitler planteó algunas ideas extremas: el racismo, la búsqueda de espacio vital para Alemania y la liquidación del comunismo. La raza aria y especialmente sus hombres más sanos y fuertes debían eliminar a los inferiores para tener asegurada su supervivencia. La propuesta del nazismo se diferenciaba de la política exterior revisionista de los conservadores porque no aceptaba que la recuperación de las fronteras de 1914 fuese suficiente para garantizar la seguridad alemana y asegurar su desarrollo. Era preciso que todos los alemanes fueran miembros de la nación alemana, que a través de la guerra con la URSS se asegurara el “espacio vital” requerido para imponer la hegemonía de su vigorosa raza sobre el continente europeo. Sin embargo, las dos metas inmediatas: crear unas fuerzas armadas poderosas y anexionar al Reich los territorios habitados por población germana, coincidían con la política revisionista y de gran potencia seguida hasta entonces.

Cuando Hitler llegó al gobierno, el conservador Von Neurath continuó al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores. Solo a través del proceso de radicalización del régimen nazi se fueron precisando las diferencias. Hasta el Anschluss, en 1938, todos los triunfos de la política exterior de Hitler se correspondían con los objetivos de los sectores poderosos del Reich. Si bien Hitler jugó un papel protagonista (en cada una de las acciones, él decidió el momento oportuno y dio la orden de actuar), contó con un vigoroso respaldo en todos los sectores de la élite política y sus incruentos éxitos iniciales le ganaron el apoyo de la población, poco dispuesta, en principio, a sufrir otra guerra.

En 1938, el debilitamiento de la protección italiana como consecuencia del conflicto etíope y el poderío creciente del Tercer Reich ofrecieron condiciones propicias para avanzar sobre Austria. Después de Versalles, el corazón del imperio de los Habsburgo quedó reducido a una pequeña república con graves problemas económicos y políticos y con un profundo resentimiento por la pérdida de territorios. La unión con Alemania contó con un destacado apoyo entre los austríacos, pero fue prohibida por los vencedores. La ascensión de Hitler acentuó las divisiones en el interior de Austria entre socialistas, católico-conservadores y pangermanistas, y solo estos últimos siguieron reclamando la unión. En 1934 Hitler, que no había dado su aprobación a la medida de fuerza, dispuso (ante la reacción del Duce) que se diera marcha atrás en la empresa. Cuatro años después, desde Berlín se presionó al gobierno encabezado por el socialcristiano Kurt von Schuschnigg para que el dirigente nazi Arthur Seyss-Inquart fuese nombrado ministro del Interior, cargo que aseguraba el control de la policía y un amplio margen de acción a los nazis. Entre los más interesados en concretar la anexión estuvieron Neurath, ministro de Relaciones Exteriores; los directores del Plan Cuatrienal, los directivos de las industrias siderúrgicas que lanzaban miradas envidiosas a los yacimientos de mineral de hierro y otras fuentes de materias primas, y Göring, que ejerció la mayor presión.

Finalmente, el canciller austríaco, ante la amenaza de una invasión alemana, renunció a su cargo, que quedó en manos de Seyss-Inquart. Aunque Hitler solo tenía previsto la unión federal de Alemania y Austria, ante el júbilo con que fue recibido por amplios sectores de la población austríaca, decidió la incorporación de ese país al Tercer Reich. Con la exitosa anexión de Austria el líder nazi confirmó que podía contar con Mussolini y que el gobierno británico no se encontraba dispuesto a luchar.

El próximo objetivo fue Checoslovaquia. Este Estado nacional, creado en Versalles, incluía diferentes comunidades nacionales en tensión con los checos, a cargo de la administración central del país. Entre ellas estaban los 3 millones de alemanes de la región de los Sudetes, que reclamaban mayor autonomía a través del partido Alemán-Sudete, encabezado por Konrad Henlein. Su campaña de agitación contra el gobierno central y los disturbios en esta región hicieron temer a los principales dirigentes europeos que el conflicto fuera imparable y derivara en una guerra europea, en caso de una intervención militar alemana. Checoslovaquia había firmado acuerdos defensivos con Francia. No obstante, en septiembre de 1938, Hitler, Mussolini y los primeros ministros de Gran Bretaña (Neville Chamberlain), y de Francia (Eduard Daladier), se reunieron en la ciudad alemana de Múnich y resolvieron que los checos debían entregar los Sudetes a Alemania y atender las reivindicaciones territoriales planteadas por Polonia y por Hungría. A cambio, las grandes potencias se comprometían a garantizar la existencia del Estado checoslovaco en el resto del territorio. Nadie reaccionó cuando las tropas alemanas ocuparon Praga en marzo de 1939, y el Estado checoslovaco desapareció.


 

 

 

El Escenario Antifascista

 

A pesar de que las acciones de Hitler se correspondieron cada vez más con una ideología que conducía a la subversión radical del orden existente y los valores de la civilización occidental, hasta 1941 no encontró una resistencia mancomunada y eficaz. La ausencia de una alianza antifascista fue resultado de una combinación de factores: desde los intereses y posibilidades de cada Estado nacional frente a un nuevo conflicto mundial, pasando por el profundo abismo entre las democracias occidentales y el comunismo, hasta la subestimación de los fines radicales y sangrientos, subversivos del nazismo. Entre las decisiones que obstaculizaron la unidad de acción se destaca el peso de la política de apaciguamiento que fue asumida decididamente por el gobierno conservador inglés, especialmente por Chamberlain a partir de 1937, y, con un mayor grado de tensiones internas por la República francesa. Esta orientación suponía que con la restauración de las fronteras alemanas previas a Versalles serían satisfechas las aspiraciones de Hitler, sin necesidad de llegar a otra guerra. El apaciguamiento se vinculó en parte con el pacifismo. Entre amplios sectores que habían vivido los horrores de la Primera Guerra Mundial arraigó con fuerza el sentimiento de que la paz era un bien que debía ser defendido a ultranza[1].

Pero las decisiones de los gobiernos democráticos respondieron también a un definido rechazo del comunismo, y en consecuencia a una escasa disposición para actuar mancomunadamente con la Unión Soviética. Desde esta perspectiva, el apaciguamiento expresó una mayor desconfianza hacia el régimen bolchevique que hacia el nazismo, con la consiguiente subestimación de la naturaleza y los objetivos de este último. No obstante, a mediados de los años 30, una serie de iniciativas pareció conducir al estrechamiento de lazos entre las democracias y el comunismo. Por una parte, el diálogo entre París y Moscú, junto con el giro de Stalin; por otra, el viraje de la Tercera Internacional.

El ministro francés Pierre Laval, ante los temores suscitados por la política revisionista de Hitler, exploró el acercamiento hacia la Unión Soviética. En mayo de 1935 se firmó el pacto franco-soviético, que estableció la ayuda mutua en caso de agresión no provocada, pero sin que se formulasen precisiones de orden militar para llevarlo a la práctica. La presión de los sectores franceses más conservadores restó eficacia al tratado. Stalin, además, reconoció los tratados de paz de 1919, que habían sido calificados de imperialistas por los bolcheviques, y en 1934 la Unión Soviética ingresó en la Sociedad de Naciones. La Tercera Internacional abandonó la estrecha relación propuesta en 1928 entre capitalismo, socialdemocracia y fascismo. En su VII Congreso en 1935 afirmó que el fascismo era “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, los más chauvinistas, los más imperialistas del capital financiero”. La lucha contra la vanguardia de la contrarrevolución exigía la construcción de alianzas con las fuerzas socialistas y democráticas. Se crearon frentes populares en Francia y en España sin que los partidos comunistas tuvieran un papel protagonista, y ambos gobiernos frentistas cayeron en poco tiempo.

Después de Múnich, Stalin evaluó que franceses e ingleses consentían el resurgimiento del militarismo alemán porque esperaban que su fuerza se descargase sobre la Unión Soviética. Tanteó, simultáneamente, las posibilidades de un acuerdo con los gobiernos occidentales y con la Alemania nazi. Necesitaba tiempo para fortalecer las fuerzas armadas afectadas por las purgas que habían acabado con la ejecución de una parte de los generales del Ejército Rojo. En el primer caso, Polonia objetó las condiciones para una alianza con la Unión Soviética: no quería que las tropas soviéticas invadiesen sus territorios. Los tratos con el gobierno nazi que hasta julio de 1939 no habían pasado la fase de sondeos poco precisos, desembocaron en la firma del pacto Ribbentrop-Mólotov el 23 de agosto 1939. Hitler y Stalin actuaron pragmáticamente. Sus profundas divergencias ideológicas quedaron subordinadas a la necesidad de que sus naciones acumularan fuerzas suficientes antes de enfrentarse ferozmente en el campo de batalla.

En el apartado público del tratado, los dos gobiernos se comprometieron a mantener una estricta neutralidad mutua si uno de ellos se viese envuelto en la guerra. En el protocolo secreto acordaron el reparto de una serie de territorios. Hitler se aseguró Lituania y la Polonia occidental, mientras que reconocía como zonas de influencia soviética a Estonia, Letonia, Finlandia y al territorio polaco al este de los ríos Narev, Vístula y San; en el sur, Moscú ocuparía Besarabia, región de lengua rusa que había sido anexionada por Rumania durante la Revolución rusa. El acuerdo rompió el “cordón sanitario” creado en Versalles en la zona de centro Europa para impedir la expansión de los bolcheviques. Hitler pudo dar la orden de avanzar hacia Polonia sin la amenaza de que se abriera un frente militar en el este.


 



[1] Frente al avance del fascismo, especialmente con el acceso de Hitler al gobierno, la mayor parte de los intelectuales europeos se posicionaron en el campo antifascista, y en gran medida se orientaron hacia la izquierda.

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