El Nazismo Y La Guerra
Las decisiones del
Führer tuvieron una incidencia clave en el desencadenamiento de la guerra
europea. Los historiadores aún discuten las razones de la política exterior del
nazismo. ¿Fue la voluntad de Hitler –puesta al servicio de sus fines
ideológicos– el motor central?; o, por el contrario, ¿fueron los factores
estructurales (la dinámica caótica y radicalizada del régimen nazi, o bien los
intereses del gran capital, o la necesidad de canalizar el descontento social
interno) los que imprimieron su sello y condicionaron las acciones del caudillo
nazi?
Desde su ingreso a
la escena política Hitler planteó algunas ideas extremas: el racismo, la
búsqueda de espacio vital para Alemania y la liquidación del comunismo. La raza
aria y especialmente sus hombres más sanos y fuertes debían eliminar a los
inferiores para tener asegurada su supervivencia. La propuesta del nazismo se
diferenciaba de la política exterior revisionista de los conservadores porque
no aceptaba que la recuperación de las fronteras de 1914 fuese suficiente para
garantizar la seguridad alemana y asegurar su desarrollo. Era preciso que todos
los alemanes fueran miembros de la nación alemana, que a través de la guerra
con la URSS se asegurara el “espacio vital” requerido para imponer la hegemonía
de su vigorosa raza sobre el continente europeo. Sin embargo, las dos metas
inmediatas: crear unas fuerzas armadas poderosas y anexionar al Reich los
territorios habitados por población germana, coincidían con la política
revisionista y de gran potencia seguida hasta entonces.
Cuando Hitler llegó
al gobierno, el conservador Von Neurath continuó al frente del Ministerio de
Asuntos Exteriores. Solo a través del proceso de radicalización del régimen
nazi se fueron precisando las diferencias. Hasta el Anschluss, en 1938, todos
los triunfos de la política exterior de Hitler se correspondían con los
objetivos de los sectores poderosos del Reich. Si bien Hitler jugó un papel protagonista
(en cada una de las acciones, él decidió el momento oportuno y dio la orden de
actuar), contó con un vigoroso respaldo en todos los sectores de la élite
política y sus incruentos éxitos iniciales le ganaron el apoyo de la población,
poco dispuesta, en principio, a sufrir otra guerra.
En 1938, el
debilitamiento de la protección italiana como consecuencia del conflicto etíope
y el poderío creciente del Tercer Reich ofrecieron condiciones propicias para
avanzar sobre Austria. Después de Versalles, el corazón del imperio de los
Habsburgo quedó reducido a una pequeña república con graves problemas
económicos y políticos y con un profundo resentimiento por la pérdida de
territorios. La unión con Alemania contó con un destacado apoyo entre los
austríacos, pero fue prohibida por los vencedores. La ascensión de Hitler
acentuó las divisiones en el interior de Austria entre socialistas,
católico-conservadores y pangermanistas, y solo estos últimos siguieron
reclamando la unión. En 1934 Hitler, que no había dado su aprobación a la
medida de fuerza, dispuso (ante la reacción del Duce) que se diera marcha atrás
en la empresa. Cuatro años después, desde Berlín se presionó al gobierno
encabezado por el socialcristiano Kurt von Schuschnigg para que el dirigente
nazi Arthur Seyss-Inquart fuese nombrado ministro del Interior, cargo que
aseguraba el control de la policía y un amplio margen de acción a los nazis.
Entre los más interesados en concretar la anexión estuvieron Neurath, ministro
de Relaciones Exteriores; los directores del Plan Cuatrienal, los directivos de
las industrias siderúrgicas que lanzaban miradas envidiosas a los yacimientos
de mineral de hierro y otras fuentes de materias primas, y Göring, que ejerció
la mayor presión.
Finalmente, el
canciller austríaco, ante la amenaza de una invasión alemana, renunció a su
cargo, que quedó en manos de Seyss-Inquart. Aunque Hitler solo tenía previsto
la unión federal de Alemania y Austria, ante el júbilo con que fue recibido por
amplios sectores de la población austríaca, decidió la incorporación de ese
país al Tercer Reich. Con la exitosa anexión de Austria el líder nazi confirmó
que podía contar con Mussolini y que el gobierno británico no se encontraba
dispuesto a luchar.
El próximo objetivo
fue Checoslovaquia. Este Estado nacional, creado en Versalles, incluía
diferentes comunidades nacionales en tensión con los checos, a cargo de la
administración central del país. Entre ellas estaban los 3 millones de alemanes
de la región de los Sudetes, que reclamaban mayor autonomía a través del
partido Alemán-Sudete, encabezado por Konrad Henlein. Su campaña de agitación
contra el gobierno central y los disturbios en esta región hicieron temer a los
principales dirigentes europeos que el conflicto fuera imparable y derivara en
una guerra europea, en caso de una intervención militar alemana. Checoslovaquia
había firmado acuerdos defensivos con Francia. No obstante, en septiembre de
1938, Hitler, Mussolini y los primeros ministros de Gran Bretaña (Neville
Chamberlain), y de Francia (Eduard Daladier), se reunieron en la ciudad alemana
de Múnich y resolvieron que los checos debían entregar los Sudetes a Alemania y
atender las reivindicaciones territoriales planteadas por Polonia y por
Hungría. A cambio, las grandes potencias se comprometían a garantizar la
existencia del Estado checoslovaco en el resto del territorio. Nadie reaccionó
cuando las tropas alemanas ocuparon Praga en marzo de 1939, y el Estado
checoslovaco desapareció.
El Escenario Antifascista
A pesar de que las
acciones de Hitler se correspondieron cada vez más con una ideología que
conducía a la subversión radical del orden existente y los valores de la civilización
occidental, hasta 1941 no encontró una resistencia mancomunada y eficaz. La
ausencia de una alianza antifascista fue resultado de una combinación de
factores: desde los intereses y posibilidades de cada Estado nacional frente a
un nuevo conflicto mundial, pasando por el profundo abismo entre las
democracias occidentales y el comunismo, hasta la subestimación de los fines
radicales y sangrientos, subversivos del nazismo. Entre las decisiones que
obstaculizaron la unidad de acción se destaca el peso de la política de
apaciguamiento que fue asumida decididamente por el gobierno conservador
inglés, especialmente por Chamberlain a partir de 1937, y, con un mayor grado
de tensiones internas por la República francesa. Esta orientación suponía que
con la restauración de las fronteras alemanas previas a Versalles serían
satisfechas las aspiraciones de Hitler, sin necesidad de llegar a otra guerra.
El apaciguamiento se vinculó en parte con el pacifismo. Entre amplios sectores
que habían vivido los horrores de la Primera Guerra Mundial arraigó con fuerza
el sentimiento de que la paz era un bien que debía ser defendido a ultranza[1].
Pero las decisiones
de los gobiernos democráticos respondieron también a un definido rechazo del
comunismo, y en consecuencia a una escasa disposición para actuar
mancomunadamente con la Unión Soviética. Desde esta perspectiva, el
apaciguamiento expresó una mayor desconfianza hacia el régimen bolchevique que
hacia el nazismo, con la consiguiente subestimación de la naturaleza y los
objetivos de este último. No obstante, a mediados de los años 30, una serie de
iniciativas pareció conducir al estrechamiento de lazos entre las democracias y
el comunismo. Por una parte, el diálogo entre París y Moscú, junto con el giro
de Stalin; por otra, el viraje de la Tercera Internacional.
El ministro francés
Pierre Laval, ante los temores suscitados por la política revisionista de
Hitler, exploró el acercamiento hacia la Unión Soviética. En mayo de 1935 se
firmó el pacto franco-soviético, que estableció la ayuda mutua en caso de
agresión no provocada, pero sin que se formulasen precisiones de orden militar
para llevarlo a la práctica. La presión de los sectores franceses más
conservadores restó eficacia al tratado. Stalin, además, reconoció los tratados
de paz de 1919, que habían sido calificados de imperialistas por los
bolcheviques, y en 1934 la Unión Soviética ingresó en la Sociedad de Naciones.
La Tercera Internacional abandonó la estrecha relación propuesta en 1928 entre
capitalismo, socialdemocracia y fascismo. En su VII Congreso en 1935 afirmó que
el fascismo era “la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios,
los más chauvinistas, los más imperialistas del capital financiero”. La
lucha contra la vanguardia de la contrarrevolución exigía la construcción de
alianzas con las fuerzas socialistas y democráticas. Se crearon frentes
populares en Francia y en España sin que los partidos comunistas tuvieran un
papel protagonista, y ambos gobiernos frentistas cayeron en poco tiempo.
Después de Múnich,
Stalin evaluó que franceses e ingleses consentían el resurgimiento del
militarismo alemán porque esperaban que su fuerza se descargase sobre la Unión
Soviética. Tanteó, simultáneamente, las posibilidades de un acuerdo con los
gobiernos occidentales y con la Alemania nazi. Necesitaba tiempo para
fortalecer las fuerzas armadas afectadas por las purgas que habían acabado con
la ejecución de una parte de los generales del Ejército Rojo. En el primer
caso, Polonia objetó las condiciones para una alianza con la Unión Soviética:
no quería que las tropas soviéticas invadiesen sus territorios. Los tratos con
el gobierno nazi que hasta julio de 1939 no habían pasado la fase de sondeos
poco precisos, desembocaron en la firma del pacto Ribbentrop-Mólotov el 23 de
agosto 1939. Hitler y Stalin actuaron pragmáticamente. Sus profundas
divergencias ideológicas quedaron subordinadas a la necesidad de que sus
naciones acumularan fuerzas suficientes antes de enfrentarse ferozmente en el
campo de batalla.
En el apartado
público del tratado, los dos gobiernos se comprometieron a mantener una
estricta neutralidad mutua si uno de ellos se viese envuelto en la guerra. En
el protocolo secreto acordaron el reparto de una serie de territorios. Hitler
se aseguró Lituania y la Polonia occidental, mientras que reconocía como zonas
de influencia soviética a Estonia, Letonia, Finlandia y al territorio polaco al
este de los ríos Narev, Vístula y San; en el sur, Moscú ocuparía Besarabia,
región de lengua rusa que había sido anexionada por Rumania durante la
Revolución rusa. El acuerdo rompió el “cordón sanitario” creado en Versalles en
la zona de centro Europa para impedir la expansión de los bolcheviques. Hitler
pudo dar la orden de avanzar hacia Polonia sin la amenaza de que se abriera un
frente militar en el este.
[1] Frente al avance del fascismo,
especialmente con el acceso de Hitler al gobierno, la mayor parte de los
intelectuales europeos se posicionaron en el campo antifascista, y en gran
medida se orientaron hacia la izquierda.
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