sábado, 17 de diciembre de 2011

LA EXPERIENCIA SOVIÉTICA EN LOS AÑOS DE ENTREGUERRA (2)

  

La Nueva Política Económica Y Las Luchas Internas

 

A finales de 1920, el régimen bolchevique parecía triunfar. El último Ejército Blanco había sido vencido, los cosacos estaban derrotados y los destacamentos de Majno se retiraban. No obstante, el enfrentamiento entre el régimen y amplios sectores de la sociedad continuaba con significativa intensidad. Cuando las revueltas campesinas en diversas partes del país y las huelgas obreras desplegadas en los principales centros industriales fueron seguidas por la sublevación de los marineros de la base naval de Kronstadt (febrero-marzo de 1921), el partido aprobó el cambio de rumbo en el plano económico y reforzó la disciplina en el político. La insurrección de los trabajadores que más decididamente habían apoyado e impulsado las acciones de los bolcheviques en 1917 fue sangrientamente reprimida. El gobierno atribuyó las exigencias económicas y las demandas políticas al favor de una mayor democracia de los trabajadores de Kronstadt a la intervención de elementos reaccionarios[1].

La hambruna de 1921-1922 puso fin a la agitación en el medio rural. El hambre acosó en primer lugar las zonas donde los destacamentos de requisa habían presionado más duramente a los aldeanos. Desde enero de 1921, numerosos campesinos no tenían ya nada para comer y entre 1921-1922, al menos cinco millones de personas murieron de hambre.

El X Congreso del Partido, que estaba sesionando cuando se produjo la insurrección en Kronstadt, dio curso a la Nueva Política Económica (NEP) con el objetivo central de recomponer las relaciones con el campesinado. Primero se puso fin a las requisas de granos y después el impuesto en especie fue sustituido por un tributo en dinero. Los campesinos podrían disponer libremente de sus excedentes y esta decisión trajo aparejada la legalización del comercio privado. Poco a poco los comerciantes privados fueron autorizados a realizar todo tipo de operaciones y también quedó abierto el camino para el resurgimiento de la manufactura privada. Inicialmente, el pasaje desde el comunismo de guerra hacia la NEP fue presentado por Lenin como una retirada para reorganizar las propias fuerzas antes de avanzar hacia el socialismo.

La paz civil no se instauró inmediatamente, las tensiones siguieron siendo muy fuertes, al menos hasta el verano de 1922 y en ciertas regiones hasta mucho después. El cambio de rumbo económico no se extendió al terreno político. Por el contrario, se intensificaron el control y la represión a los partidos de la oposición, que quedaron finalmente proscriptos. Respecto al propio partido, el Congreso aprobó una cláusula secreta que permitía la expulsión de quienes fuesen considerados culpables de faccionalismo, es decir, de aquellos que discrepasen de las resoluciones aprobadas por la jefatura. La más leve violación de la disciplina debía ser castigada severamente. Según Lenin, dentro de las filas partidarias la libertad de crítica era un “lujo” que degeneraría fácilmente en una “enfermedad” y, fuera del partido, el único instrumento eficaz para arreglar las diferencias era el fusil.

Hasta ese momento, la formulación de opiniones divergentes había dado lugar a la formación de grupos con posibilidad de confrontar dentro del partido. En 1920 el debate sobre el papel de los sindicatos dio lugar a la organización de tendencias que buscaron el apoyo en los comités locales para llevar sus propuestas al X Congreso partidario. La facción que tomó el nombre de “oposición obrerista”, encabezada por Alexander Shliapnikov (comisario del Pueblo para Trabajo), contó con la presencia de un nutrido grupo de viejos militantes y con cierto grado de adhesión entre los trabajadores. El grupo atacó la centralización económica y política y apeló al control de la industria por los obreros a través de los sindicatos. Trotsky se opuso rotundamente y abogó a favor de la militarización del trabajo. Para Lenin, la cuestión en debate era secundaria y su mayor preocupación era preservar la cohesión del partido. Con este objetivo, primero propuso la elección de los delegados al Congreso para restar peso a las facciones en pugna e imponer sus candidatos, y después presentó la resolución sobre la prohibición de las facciones.

En la segunda mitad de 1921 se llevó a cabo la primera purga: un examen de cada miembro y de su desempeño en las tareas asignadas y la expulsión de quienes no respondieran satisfactoriamente. La depuración fue presentada como el medio para preservar la calidad de los miembros del partido frente a la acelerada incorporación de nuevos afiliados (en 1905: 8.400, antes de febrero de 1917: 23.600; en 1921: 585.000). Con seguridad, en el 25% de los expulsados se incluyó a parte de los opositores. La NEP fue una forma de economía mixta con una agricultura abrumadoramente privada, un comercio privado legalizado y una pequeña manufactura también privada. El partido mantuvo la firme decisión de dejar en manos del Estado las palancas de mando de la economía: la banca, el comercio exterior, la gran industria. Aunque en pos de la recuperación económica Lenin se mostró dispuesto a llamar a los capitalistas extranjeros, estos no acudieron a un país que les generaba profunda desconfianza.

La introducción de la NEP en la industria alentó el retorno de prácticas capitalistas y de maneras de pensar concentradas en la búsqueda de la eficiencia y la productividad. En la fábrica ganaron terreno los administradores y los especialistas burgueses: en 1922, el 65% del personal directivo estaba clasificado como obrero, al año siguiente, solo el 36% y, además, del 64% no obrero, ahora la mitad eran miembros del partido. Los campesinos más fuertes (kulaks) y los hombres dedicados a las actividades de intermediación (nepmen) tuvieron la posibilidad de “enriquecerse”.

Hacia mediados de la década, el pueblo soviético alcanzó un momento de paz y de tranquilidad y un relativo grado de prosperidad, pero los bolcheviques no habían hecho la revolución para acompañar el desarrollo del capitalismo, y además la NEP estaba atravesada por hondas contradicciones. Por un lado, la recuperación era lenta, el avance de la industrialización había quedado limitado a la restauración de la capacidad productiva previa a la Revolución y la guerra civil. Por otro, las tensiones entre el campo y la ciudad eran agudas: los campesinos debían pagar precios muy altos por los insumos industriales y, simultáneamente, los obreros destinaban gran parte de su salario a los alimentos que suponían que los campesinos les recortaban.

Los avances logrados con métodos capitalistas fueron acompañados por consecuencias negativas para la clase obrera: desempleo, violentas fluctuaciones de precios y subordinación a los técnicos y especialistas en la fábrica. En el ámbito rural, los excedentes agrícolas que alimentaban a las ciudades eran producidos por los campesinos más eficientes, los más exitosos para competir en el mercado. La presencia de estos kulaks generaba sentimientos contradictorios en el partido: se requería su aporte y se temía que pretendieran la restauración acabada del capitalismo.

A partir de la enfermedad de Lenin, las tensiones en torno a la NEP se conjugaron con las luchas abiertas entre los máximos dirigentes en torno a la sucesión del jefe indiscutido. Lenin sufrió el primer ataque de apoplejía en mayo de 1922, en marzo de 1923 otro ataque lo privó del habla y murió el 21 de enero de 1924. Hacia finales de 1922, tres figuras claves del Politburó: Stalin (secretario general del partido), Grigori Zinoviev (presidente del soviet de Petrogrado y de la Internacional Comunista) y Lev Kamenev (presidente del soviet de Moscú) se aliaron para impedir el triunfo de Trotsky, la figura con mayor prestigio del grupo. Apartado del centro de la vida política, pero atento a su desarrollo, Lenin previó la exacerbación de las rivalidades y escribió una carta (el llamado testamento) con indicaciones ambiguas en las primeras anotaciones y muy precisas al final. Este texto estaba dirigido al congreso del partido y era decididamente crítico con Stalin, quien era “demasiado grosero, y este defecto, […], se torna intolerable en las funciones de secretario general. Por tanto, propongo a los camaradas que reflexionen sobre el modo de desplazar a Stalin de ese cargo”.

Pero el Comité Central, después de la muerte de Lenin, dispuso que no circulara; según Kamenev, el camarada Stalin ya había corregido sus errores y Trotsky guardó silencio. Cuando el periodista norteamericano Max Eastman difundió el testamento de Lenin en Occidente, Trotsky atendió a la solicitud del Politburó de negar su autenticidad. Tal como supuso Lenin, los dos principales antagonistas fueron Trotsky y Stalin, pero el enfrentamiento atravesó diferentes fases en virtud de los cambiantes posicionamientos de las otras figuras del Politburó.

Entre 1923 y 1924, la lucha se resolvió a favor del triunvirato –Stalin, Zinoviev y Kamenev–. La estrategia de Stalin fue similar a la de Lenin frente al X Congreso partidario: proponer la elección de los delegados a las conferencias del partido en un sentido favorable a las directivas de la troika. A partir de la enfermedad de Lenin y la constitución del triunvirato, Trotsky perdió poder y fue cada vez más crítico con el rumbo del partido.

En octubre de 1923, frente a la crisis financiera y comercial –denominada crisis de las tijeras–, envió una carta al Comité Central en la que denunciaba la burocratización y la falta de democracia interna, planteaba también la necesidad de la planificación como eje central de la organización y del desarrollo económico. En su escrito El nuevo curso –publicado por entregas en Pravda a finales de 1923– fue más drástico: abogó por la democracia en el partido y se manifestó a favor de la libre expresión de las fracciones. No obstante, siguió descalificando a los críticos más radicales, definió como “peligrosa” a la oposición obrera y reconoció la infalibilidad del partido: «siempre tiene razón porque es el único instrumento que posee la clase obrera para solucionar sus problemas [...]. No se puede tener razón más que dentro del propio partido y mediante él porque la historia no ha acuñado aún otro instrumento con qué tener razón».

En relación con la democracia partidaria, la posición de Trotsky estuvo signada por las ambigüedades. Hasta su lucha con Stalin, había sido un apasionado defensor de la supresión de los grupos disidentes y de la acabada subordinación a las directivas de la cúpula partidaria. Desde su concepción, el partido no podía equivocarse y el éxito de la Revolución exigía la cohesión disciplinada de todos sus miembros. Frente al embate del triunvirato, descartó vincularse con otros grupos opositores. A través de la denuncia de la burocratización, cuestionaba al secretario del Comité Central, pero no ponía en tela de juicio la dictadura de los bolcheviques. Su planteamiento de reforma limitada dejaba de lado, además, el hecho de que era el propio poderoso aparato político el que tenía un interés creado en su propia perpetuación; la burocratización no era producto de la sola voluntad de Stalin. Solo cuando fue desplazado al campo de la oposición por sus rivales en la cúpula partidaria denunció abiertamente la falta de democracia.

A principios de 1925, Trotsky renunció a la jefatura del Comisariado de Guerra y ese año se mantuvo al margen de toda discusión. A partir de ese momento, el triunvirato se resquebrajó y dio paso a una nueva y frágil coalición entre Zinoviev, Kamenev y Trotsky, la autodenominada Oposición de Izquierda, que fue desautorizada por el XIV Congreso del partido en diciembre de 1925. El nuevo agrupamiento, enfrentado con el secretario general, que era apoyado por Bujarin, pretendió expresar el ala proletaria y auténticamente bolchevique del partido. Sin embargo, la relación entre sus máximos dirigentes estaba cargada de tensiones y recelos; además, sus definiciones a favor de renovar la energía revolucionaria, la capacidad de entrega y la lucha por la verdadera revolución internacional tuvieron escasa acogida. La mayor parte de los bolcheviques no se sintió convocada por “la revolución permanente” si ello significaba la lucha continua. La guerra y la revolución los habían marcado con decenas de millares de muertos, agotamiento, hambre y desolación. Eran hombres cansados del enfrentamiento militar, que aspiraban a alcanzar la seguridad, un cierto grado de bienestar y que no ponían en tela de juicio que ya habían protagonizado una revolución.

Bujarin, que había sostenido las posiciones más radicales en los primeros años (la exportación de la Revolución en lugar de la paz con Alemania y la exaltación del comunismo de guerra como la vía más directa para plasmar la sociedad comunista), en los años 20 era partidario de moverse lentamente hacia el socialismo. Desde el momento en que no existían señales de una revolución en el mundo capitalista, era necesario persuadir al campesinado para que se comprometiera con el socialismo. En los hechos, esto significaba avanzar “a paso de tortuga” y aceptar la prosperidad de los campesinos: si estos se enriquecían, habría más excedentes comercializables. Aunque la lógica de la lucha política condujo a Stalin a una alianza temporal con la fracción de Bujarin, en ningún momento el secretario general asumió sus argumentos extremos en defensa de la alianza con el campesinado.

La oposición encabezada por Trotsky fue la que más tempranamente puso en duda la factibilidad de la alianza obrero-campesina. Un hombre de este grupo, el economista Preobrazhensky, quien en 1919 coincidió con Bujarin en elogiar el comunismo de guerra, ahora polemizó con el adalid de la NEP. Preobrazhensky sostuvo que los recursos para financiar la industrialización había que obtenerlos, necesariamente, del sector privado rural; no se podía, ni se debía, imponer más sacrificios a la clase obrera. Era muy improbable que los campesinos acomodados aportasen voluntariamente a la acumulación en pos del desarrollo de la industria socializada. Había que aceptar la “explotación” del campesinado mediante el intercambio desigual entre los productos agrarios y los industriales, que eran suministrados por el Estado.

En este planteamiento no había lugar para la consigna “enriqueceos”, que Bujarin dedicó al campesinado. Sin embargo, ni este negó que hubiera que industrializar ni Preobrazhensky avaló el sometimiento violento de los campesinos. Si bien la cuestión de qué hacer con la NEP recorrió los debates entre las facciones, la mayor parte de los protagonistas no asumió planteamientos antagónicos sobre el necesario pasaje de una sociedad campesina a otra industrial. Aunque al calor de la lucha política Trotsky acusó a sus rivales de prokulaks y él fue señalado como enemigo de los campesinos, ya que tanto Stalin como Trotsky eran pro industria. El único dirigente bolchevique decididamente posicionado a favor de la NEP fue Bujarin, acompañado por un reducido grupo. Para el grueso del partido, la construcción final del socialismo era innegociable y su logro requería la superación del atraso económico ruso. Pero el camino para llegar a este objetivo último estaba atravesado por las incertidumbres: ¿cuándo y cómo encarar una industrialización más avanzada?, ¿qué pasos concretos dar para transformar una sociedad básicamente campesina?

A mediados de la década de 1920, cuando el partido se pronunció a favor de la elaboración de planes industrializadores, Stalin asoció esta meta con la construcción del socialismo en un solo país. No era necesario esperar el triunfo del proletariado en una sociedad capitalista: «Es imposible seguir edificando el socialismo si no nos convencemos de que es factible hacerlo, si no nos convencemos de que el atraso técnico de nuestro país no es un obstáculo insuperable para edificar plenamente una sociedad socialista». También Bujarin defendió la idea del socialismo en un solo país: «Si sabíamos de antemano que no lograríamos completar la tarea, ¿por qué diablos hicimos la Revolución de Octubre? Y si hemos salido adelante durante ocho años, ¿por qué no hemos de seguir así nueve, diez o cuarenta años?».

Los estudios sobre la polémica destacan el carácter nebuloso de sus términos: los principales contendientes querían avanzar hacia la industrialización, ninguno tenía del todo claro cómo ponerla en marcha y ninguno ponía en tela de juicio la Revolución de Octubre. Sin embargo, las objeciones ideológicas de Trotsky y Zinoviev en defensa del internacionalismo del proletario y sus dudas sobre la posibilidad de que una sociedad atrasada y campesina pudiera construir el socialismo estaban teñidas por el pesimismo político. La fórmula de Stalin, en cambio, era políticamente muy efectiva porque se correspondía con el estado de ánimo del partido, que necesitaba una consigna que diera sentido a los esfuerzos realizados y propusiera una meta hacia la que canalizar las energías. En diciembre de 1927, el XV Congreso del partido exigió la “autocrítica” de los integrantes de la Oposición de Izquierda y quienes no aceptaron renunciar a sus ideas fueron duramente sancionados.

Trotsky ya no aceptó someterse a las órdenes de la dirigencia partidaria y fue deportado a Alma-Ata, en Asia Central, desde donde pasó a Turquía. Luego intentó asentarse en Francia y en Noruega, y finalmente obtuvo asilo político en México. Fue en México donde Trotsky perdió la vida, asesinado en su casa por decisión de Stalin.

Una vez anulada la Oposición de izquierda, Stalin decidió dar un giro rotundo: liquidar la NEP y romper con la “derecha” encabezada por Bujarin.  Industrialización acelerada y colectivización forzosa. A finales de la década de 1920 se produjo la “gran ruptura”, que significó el fin de la alianza con el campesinado, la industrialización a toda marcha y la movilización de las bases del partido, especialmente la clase obrera, para eliminar a los especialistas burgueses y a los gestores comunistas burocráticos. Sin lugar a dudas, la nueva etapa no resultó solo de la decisión de Stalin: fue producto de una serie de factores que incluían la cultura política bolchevique, la guerra civil y las crisis de finales de los años 20, el temor a la amenaza extranjera, los fuertes recelos del partido respecto de la posibilidad de que la NEP permitiera avanzar hacia un nuevo tipo de sociedad, pero Stalin fue el dirigente que supo y pudo ponerse al frente del gran cambio.

Los problemas económicos internos y las tensiones en el escenario internacional fueron percibidos por el partido como claras señales de que había llegado la hora de que la industrialización planificada fuera la prioridad. Cuando se puso en marcha la NEP, la industria alcanzaba su más bajo nivel. La tarea principal consistió en poner en condiciones fábricas y maquinaria, y hacia finales de 1926, la producción en general había recobrado los índices anteriores a la Revolución. A partir de ese momento, la tasa de crecimiento dependería de las decisiones sobre las cantidades a invertir y de las áreas a las que se destinaría el capital. En diciembre de 1925, el partido aprobó la industrialización como su principal meta, y a partir de 1926 se dio curso a grandes proyectos para la producción de energía y tractores. Pero aun entonces no se fijó una tasa de industrialización intensiva y se siguió pensando que la industria avanzaría a un ritmo que no exigiría el esfuerzo desmedido del campesinado. La conjunción de dos hechos: la inseguridad en el plano de las relaciones internacionales y la caída en el abastecimiento de granos, cada uno con su impronta particular, desembocó en la aprobación del primer plan quinquenal a favor de la industrialización acelerada y en la colectivización forzosa en 1929.

Respecto del primer factor, una serie de situaciones conflictivas deterioró la relación del régimen soviético con gobiernos del ámbito capitalista, especialmente el británico. El temor de que hubiese una nueva agresión a la patria del comunismo por parte de los estados capitalistas fijó la atención en la necesidad de poner en marcha una rápida industrialización para sostener un posible esfuerzo de guerra. El miedo a un enfrentamiento militar, en parte derivado de la debilidad de la Unión Soviética y en parte alentado para cohesionar a la sociedad en torno a las decisiones del gobierno, careció de bases consistentes.

Respecto de la marcha de la economía, en 1927 las entregas de granos fueron menos de la mitad que las de 1926 y se produjeron los primeros incidentes entre los encargados de la recogida del grano y los campesinos que exigían el alza del precio del trigo. A principios de 1928, la situación era extremadamente difícil: en las ciudades faltaba pan. El Politburó dispuso la incautación de los stocks de los especuladores y anunció que la cuarta parte del trigo requisado sería distribuida entre los campesinos pobres del pueblo. Esta disposición alentaba las denuncias entre los vecinos de las aldeas. Stalin puso en marcha la batalla contra “el kulak que levanta la cabeza”; esto significó la imposición de préstamos forzosos, el refuerzo de la congelación de precios y la prohibición de la compra y venta directa en los pueblos. Miles de militantes de las ciudades fueron enviados al campo para poner fin a la “campaña de acaparamiento”. Los jóvenes obreros movilizados se lanzaron a la lucha con la consigna de alimentar a sus hermanos y acabar con el enemigo de clase. El gran cambio recogía, en gran medida, las expectativas de los trabajadores fabriles que anhelaban dejar atrás la miseria de los pueblos y anhelaban el progreso a través de la expansión industrial. En 1947, Viktor Kravchenko, tras exiliarse a Estados Unidos, escribió en Elegí la libertad: «Yo era (en 1929) uno de los jóvenes entusiastas […]. La industrialización a cualquier precio para sacar a la nación de su atraso nos parecía el objetivo más noble que cabía concebir».  

El círculo de Stalin estaba decidido a promover el ascenso de una nueva intelectualidad proletaria “roja”, que reemplazaría a los expertos procedentes de la burguesía. Muchos obreros fueron beneficiados con la educación y los ascensos que se les brindaron en la década de 1930; algunos de ellos gobernaron la Unión Soviética después de la muerte de Stalin en 1953. En cambio, en el medio rural, todos temieron esta ofensiva del régimen: tanto los campesinos medios como el kulak, todo el campo estaba unido en la defensa de los frutos de su trabajo. Stalin y sus partidarios necesitaron un año para acabar con las resistencias en el seno de la dirección del partido contra la colectivización forzada y la industrialización acelerada, aspectos inseparables de un programa de transformación violenta de la economía y la sociedad. A mediados de 1928 se produjo el primer choque entre Stalin y los defensores de la NEP, hasta entonces sus aliados en la lucha contra la Oposición de Izquierda. En septiembre, Bujarin publicó en Pravda el texto Notas de un economista y subrayó que “el desarrollo de la agricultura depende de la industria, es decir que la agricultura sin tractores, sin abonos químicos y sin electrificación está abocada al estancamiento”. El problema era formidable y no era posible acelerar el ritmo de la industrialización solo con proponérselo; en última instancia, Bujarin se inclinaba por una política de estabilización sin grandes rupturas. Además, invocando la ciencia económica acuñada por Marx, condenó las concepciones autoritarias de la planificación.

Simultáneamente, la Oposición de Izquierda entró en crisis. Para algunos de sus integrantes, los “conciliadores”, si Stalin finalmente se había definido a favor de la industrialización era factible la reconciliación con el secretario general, Preobrazhensky, y otros pidieron a Trotsky que abandonase su aislamiento. Trotsky se negó y su intransigencia fue avalada por los miembros más jóvenes de la Oposición: la correspondencia mantenida entre los exiliados da cuenta de la acelerada desintegración del grupo que había rodeado al artífice del Ejército Rojo. En ese momento, Bujarin se acercó a Kamenev para compartir su inquietud: era imperioso hacer un frente común, con la inclusión de Zinoviev y Trotsky, contra Stalin, el gran intrigante que supeditaba todo a sus ansias de poder. «Nuestras discrepancias con Stalin son muchísimo más graves que las antiguas diferencias que hemos tenido con ustedes». Pero ya era tarde. Ninguno de estos viejos bolcheviques contaba ahora con un grado de poder que le permitiera enfrentarse exitosamente a Stalin. Además, las relaciones entre ellos habían estado marcadas en el pasado reciente por una feroz competencia al calor de la cual se trataron más como enemigos que como adversarios.

En contraste con la conducta de la Oposición de Izquierda, el pequeño grupo que rodeaba a Bujarin eludió abrir el debate público. A partir de enero de 1929, Stalin puso en marcha los mecanismos del partido que habrían de encontrarlos culpables de crear una facción; en consecuencia, serían desplazados de sus puestos. En julio, Bujarin fue relevado de la presidencia del Comintern y en noviembre, expulsado del Politburó.

En el invierno de 1929-1930, el partido entró en las aldeas con la consigna de liquidar a los kulaks como clase. Sus acciones provocaron el caos en virtud de la resistencia de los campesinos a perder sus parcelas de tierra y sus animales. El régimen reaccionó con el arresto y la deportación en masa de los aldeanos que se negaron a ingresar al koljoz. Los kulaks arrestados entre 1930 y principios de 1933 fueron enviados al Gulag y obligados a trabajar en la industria y la construcción como esclavos.

La gran ruptura de 1929 impuso los cimientos de un sistema nuevo que incluía el trabajo forzado articulado con un régimen penal y carcelario sujeto a las directivas del poder político. La primavera de 1933 marcó el apogeo de la primera fase de terror iniciada a finales de 1929 con el desencadenamiento de la “deskulaquización”. La violencia ejercida contra los campesinos permitió experimentar métodos aplicados después contra otros grupos sociales. En 1932 el 62% de los hogares había sido colectivizado y en 1937 la propiedad privada había desaparecido. El koljoz fue una unidad productiva más grande que la antigua aldea y con menos campesinos debido a la emigración y la deportación, pero en la que las técnicas productivas no fueron demasiado diferentes. Los dos cambios principales se concretaron en su administración y en el proceso de comercialización. La asamblea aldeana fue sustituida por un presidente designado desde arriba y estas granjas colectivas fueron obligadas a entregar al Estado cantidades fijas y muy altas de grano y alimentos. La colectividad forzada del campo condujo a la caída de la producción y a la brutal hambruna que entre 1932 y 1933 acabó con la vida de casi cinco millones de personas. La carta escrita en 1932 por un campesino de la región del Volga describe una situación límite: «[…] se recogió una buena cosecha sin complicaciones […] pero cuando llegó el momento de entregarlo al Estado se lo llevaron todo […] y ahora los koljozniki con niños pequeños están muriendo de hambre».

A mediados de los años 30, la situación en el campo se estabilizó, el nivel de vida subió, la consolidación de las granjas colectivas posibilitó la mejora de escuelas y centros de salud, pero los campesinos habían sufrido una amarga experiencia y se sentían ciudadanos de segunda clase teniendo en cuenta la persistencia de las diferencias con los trabajadores de la ciudad. Gran parte de ellos eran decididamente hostiles al régimen. Una queja muy corriente remitía al abuso de poder de los dirigentes de las granjas colectivas. El primer plan quinquenal, puesto en marcha en 1929, dio prioridad al crecimiento de la industria pesada, en especial de hierro y acero, y dispuso la definitiva intervención estatal. Las grandes plantas fueron diseñadas para producir mediante el sistema de línea de montaje del cual había sido pionera la industria de Estados Unidos, aunque en esta primera fase se continuó con los métodos tradicionales y las cintas permanecieron desocupadas. En el marco del primer plan quinquenal se construyeron algunos de los grandes colosos industriales, por ejemplo, las plantas metalúrgicas de Stalinsk, en Siberia. El partido organizaba brigadas de choque en las que los obreros se comprometían a alcanzar récords de producción, un comportamiento que recibiría el nombre de stajanovista. En el marco del gran salto, los obreros fueron incentivados a trabajar duro, no mediante el salario, sino través de la movilización social, de la promoción de actitudes basadas en el sacrificio solidario y de la posibilidad, alentada por el partido, de sancionar a los jefes y los especialistas que los habían dominado poco antes. El partido propició las denuncias y las sanciones contra las actitudes burguesas y burocráticas de los funcionarios y los expertos. Aunque la producción se duplicó en muchos sectores industriales, los costes fueron enormes en términos humanos y materiales. El gran salto impuesto a finales de la década de 1920 para lograr un igualitarismo radical, y al mismo tiempo un intenso y acelerado desarrollo económico, provocó el caos y trajo consigo la hambruna de 1932-1933.

La crisis social y la débil productividad condujeron al repliegue de las altas metas y al freno de la movilización. A mediados de 1931 se declaró finalizada la lucha de clases contra los especialistas burgueses; en la industria, los salarios volvieron a ser más diferenciados según el trabajo realizado; el segundo plan quinquenal fue más modesto; y, a partir de 1934, Stalin disminuyó la presión sobre los campesinos. Sin embargo, no llegó a concretarse un giro como el de 1921 cuando Lenin aprobó la NEP.

 



[1] La base de Kronstadt ocupaba una posición estratégica y disponía de artillería pesada. A finales de febrero de 1921 las fábricas de Petrogrado se declararon en huelga. El manifiesto ofreció una imagen terrorífica de la Revolución rusa: “El poder de la monarquía, con su policía y su gendarmería, ha pasado a manos de los usurpadores comunistas, que han entregado al pueblo no la libertad, sino el miedo constante a las torturas de la Cheka, cuyos horrores exceden con mucho […] los del zarismo”.

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