La Nueva Política Económica Y Las Luchas Internas
A finales de 1920,
el régimen bolchevique parecía triunfar. El último Ejército Blanco había sido
vencido, los cosacos estaban derrotados y los destacamentos de Majno se retiraban.
No obstante, el enfrentamiento entre el régimen y amplios sectores de la
sociedad continuaba con significativa intensidad. Cuando las revueltas
campesinas en diversas partes del país y las huelgas obreras desplegadas en los
principales centros industriales fueron seguidas por la sublevación de los
marineros de la base naval de Kronstadt (febrero-marzo de 1921), el partido
aprobó el cambio de rumbo en el plano económico y reforzó la disciplina en el
político. La insurrección de los trabajadores que más decididamente habían
apoyado e impulsado las acciones de los bolcheviques en 1917 fue
sangrientamente reprimida. El gobierno atribuyó las exigencias económicas y las
demandas políticas al favor de una mayor democracia de los trabajadores de
Kronstadt a la intervención de elementos reaccionarios[1].
La hambruna de
1921-1922 puso fin a la agitación en el medio rural. El hambre acosó en primer
lugar las zonas donde los destacamentos de requisa habían presionado más
duramente a los aldeanos. Desde enero de 1921, numerosos campesinos no tenían
ya nada para comer y entre 1921-1922, al menos cinco millones de personas
murieron de hambre.
El X Congreso del
Partido, que estaba sesionando cuando se produjo la insurrección en Kronstadt,
dio curso a la Nueva Política Económica (NEP) con el objetivo central de
recomponer las relaciones con el campesinado. Primero se puso fin a las
requisas de granos y después el impuesto en especie fue sustituido por un
tributo en dinero. Los campesinos podrían disponer libremente de sus excedentes
y esta decisión trajo aparejada la legalización del comercio privado. Poco a
poco los comerciantes privados fueron autorizados a realizar todo tipo de
operaciones y también quedó abierto el camino para el resurgimiento de la
manufactura privada. Inicialmente, el pasaje desde el comunismo de guerra hacia
la NEP fue presentado por Lenin como una retirada para reorganizar las propias
fuerzas antes de avanzar hacia el socialismo.
La paz civil no se
instauró inmediatamente, las tensiones siguieron siendo muy fuertes, al menos
hasta el verano de 1922 y en ciertas regiones hasta mucho después. El cambio de
rumbo económico no se extendió al terreno político. Por el contrario, se
intensificaron el control y la represión a los partidos de la oposición, que
quedaron finalmente proscriptos. Respecto al propio partido, el Congreso aprobó
una cláusula secreta que permitía la expulsión de quienes fuesen considerados
culpables de faccionalismo, es decir, de aquellos que discrepasen de las
resoluciones aprobadas por la jefatura. La más leve violación de la disciplina
debía ser castigada severamente. Según Lenin, dentro de las filas partidarias
la libertad de crítica era un “lujo” que degeneraría fácilmente en una
“enfermedad” y, fuera del partido, el único instrumento eficaz para arreglar
las diferencias era el fusil.
Hasta ese momento,
la formulación de opiniones divergentes había dado lugar a la formación de
grupos con posibilidad de confrontar dentro del partido. En 1920 el debate
sobre el papel de los sindicatos dio lugar a la organización de tendencias que
buscaron el apoyo en los comités locales para llevar sus propuestas al X
Congreso partidario. La facción que tomó el nombre de “oposición obrerista”,
encabezada por Alexander Shliapnikov (comisario del Pueblo para Trabajo), contó
con la presencia de un nutrido grupo de viejos militantes y con cierto grado de
adhesión entre los trabajadores. El grupo atacó la centralización económica y
política y apeló al control de la industria por los obreros a través de los
sindicatos. Trotsky se opuso rotundamente y abogó a favor de la militarización
del trabajo. Para Lenin, la cuestión en debate era secundaria y su mayor
preocupación era preservar la cohesión del partido. Con este objetivo, primero propuso
la elección de los delegados al Congreso para restar peso a las facciones en
pugna e imponer sus candidatos, y después presentó la resolución sobre la
prohibición de las facciones.
En la segunda mitad
de 1921 se llevó a cabo la primera purga: un examen de cada miembro y de su
desempeño en las tareas asignadas y la expulsión de quienes no respondieran
satisfactoriamente. La depuración fue presentada como el medio para preservar
la calidad de los miembros del partido frente a la acelerada incorporación de
nuevos afiliados (en 1905: 8.400, antes de febrero de 1917: 23.600; en 1921:
585.000). Con seguridad, en el 25% de los expulsados se incluyó a parte de los
opositores. La NEP fue una forma de economía mixta con una agricultura
abrumadoramente privada, un comercio privado legalizado y una pequeña
manufactura también privada. El partido mantuvo la firme decisión de dejar en
manos del Estado las palancas de mando de la economía: la banca, el comercio
exterior, la gran industria. Aunque en pos de la recuperación económica Lenin
se mostró dispuesto a llamar a los capitalistas extranjeros, estos no acudieron
a un país que les generaba profunda desconfianza.
La introducción de
la NEP en la industria alentó el retorno de prácticas capitalistas y de maneras
de pensar concentradas en la búsqueda de la eficiencia y la productividad. En
la fábrica ganaron terreno los administradores y los especialistas burgueses:
en 1922, el 65% del personal directivo estaba clasificado como obrero, al año
siguiente, solo el 36% y, además, del 64% no obrero, ahora la mitad eran
miembros del partido. Los campesinos más fuertes (kulaks) y los hombres
dedicados a las actividades de intermediación (nepmen) tuvieron la posibilidad
de “enriquecerse”.
Hacia mediados de la
década, el pueblo soviético alcanzó un momento de paz y de tranquilidad y un
relativo grado de prosperidad, pero los bolcheviques no habían hecho la
revolución para acompañar el desarrollo del capitalismo, y además la NEP estaba
atravesada por hondas contradicciones. Por un lado, la recuperación era lenta,
el avance de la industrialización había quedado limitado a la restauración de
la capacidad productiva previa a la Revolución y la guerra civil. Por otro, las
tensiones entre el campo y la ciudad eran agudas: los campesinos debían pagar
precios muy altos por los insumos industriales y, simultáneamente, los obreros
destinaban gran parte de su salario a los alimentos que suponían que los
campesinos les recortaban.
Los avances logrados
con métodos capitalistas fueron acompañados por consecuencias negativas para la
clase obrera: desempleo, violentas fluctuaciones de precios y subordinación a
los técnicos y especialistas en la fábrica. En el ámbito rural, los excedentes
agrícolas que alimentaban a las ciudades eran producidos por los campesinos más
eficientes, los más exitosos para competir en el mercado. La presencia de estos
kulaks generaba sentimientos contradictorios en el partido: se requería su
aporte y se temía que pretendieran la restauración acabada del capitalismo.
A partir de la
enfermedad de Lenin, las tensiones en torno a la NEP se conjugaron con las luchas
abiertas entre los máximos dirigentes en torno a la sucesión del jefe
indiscutido. Lenin sufrió el primer ataque de apoplejía en mayo de 1922, en
marzo de 1923 otro ataque lo privó del habla y murió el 21 de enero de 1924.
Hacia finales de 1922, tres figuras claves del Politburó: Stalin (secretario
general del partido), Grigori Zinoviev (presidente del soviet de Petrogrado y
de la Internacional Comunista) y Lev Kamenev (presidente del soviet de Moscú)
se aliaron para impedir el triunfo de Trotsky, la figura con mayor prestigio
del grupo. Apartado del centro de la vida política, pero atento a su
desarrollo, Lenin previó la exacerbación de las rivalidades y escribió una
carta (el llamado testamento) con indicaciones ambiguas en las primeras
anotaciones y muy precisas al final. Este texto estaba dirigido al congreso del
partido y era decididamente crítico con Stalin, quien era “demasiado
grosero, y este defecto, […], se torna intolerable en las funciones de
secretario general. Por tanto, propongo a los camaradas que reflexionen sobre
el modo de desplazar a Stalin de ese cargo”.
Pero el Comité
Central, después de la muerte de Lenin, dispuso que no circulara; según
Kamenev, el camarada Stalin ya había corregido sus errores y Trotsky guardó
silencio. Cuando el periodista norteamericano Max Eastman difundió el
testamento de Lenin en Occidente, Trotsky atendió a la solicitud del Politburó
de negar su autenticidad. Tal como supuso Lenin, los dos principales
antagonistas fueron Trotsky y Stalin, pero el enfrentamiento atravesó
diferentes fases en virtud de los cambiantes posicionamientos de las otras
figuras del Politburó.
Entre 1923 y 1924,
la lucha se resolvió a favor del triunvirato –Stalin, Zinoviev y Kamenev–. La
estrategia de Stalin fue similar a la de Lenin frente al X Congreso partidario:
proponer la elección de los delegados a las conferencias del partido en un
sentido favorable a las directivas de la troika. A partir de la enfermedad de
Lenin y la constitución del triunvirato, Trotsky perdió poder y fue cada vez
más crítico con el rumbo del partido.
En octubre de 1923,
frente a la crisis financiera y comercial –denominada crisis de las tijeras–,
envió una carta al Comité Central en la que denunciaba la burocratización y la
falta de democracia interna, planteaba también la necesidad de la planificación
como eje central de la organización y del desarrollo económico. En su escrito El
nuevo curso –publicado por entregas en Pravda a finales de 1923– fue más
drástico: abogó por la democracia en el partido y se manifestó a favor de la
libre expresión de las fracciones. No obstante, siguió descalificando a los
críticos más radicales, definió como “peligrosa” a la oposición obrera y
reconoció la infalibilidad del partido: «siempre tiene razón porque es el
único instrumento que posee la clase obrera para solucionar sus problemas
[...]. No se puede tener razón más que dentro del propio partido y mediante
él porque la historia no ha acuñado aún otro instrumento con qué tener razón».
En relación con la
democracia partidaria, la posición de Trotsky estuvo signada por las
ambigüedades. Hasta su lucha con Stalin, había sido un apasionado defensor de
la supresión de los grupos disidentes y de la acabada subordinación a las
directivas de la cúpula partidaria. Desde su concepción, el partido no podía
equivocarse y el éxito de la Revolución exigía la cohesión disciplinada de
todos sus miembros. Frente al embate del triunvirato, descartó vincularse con
otros grupos opositores. A través de la denuncia de la burocratización, cuestionaba
al secretario del Comité Central, pero no ponía en tela de juicio la dictadura
de los bolcheviques. Su planteamiento de reforma limitada dejaba de lado,
además, el hecho de que era el propio poderoso aparato político el que tenía un
interés creado en su propia perpetuación; la burocratización no era producto de
la sola voluntad de Stalin. Solo cuando fue desplazado al campo de la oposición
por sus rivales en la cúpula partidaria denunció abiertamente la falta de
democracia.
A principios de
1925, Trotsky renunció a la jefatura del Comisariado de Guerra y ese año se
mantuvo al margen de toda discusión. A partir de ese momento, el triunvirato se
resquebrajó y dio paso a una nueva y frágil coalición entre Zinoviev, Kamenev y
Trotsky, la autodenominada Oposición de Izquierda, que fue desautorizada por el
XIV Congreso del partido en diciembre de 1925. El nuevo agrupamiento,
enfrentado con el secretario general, que era apoyado por Bujarin, pretendió
expresar el ala proletaria y auténticamente bolchevique del partido. Sin
embargo, la relación entre sus máximos dirigentes estaba cargada de tensiones y
recelos; además, sus definiciones a favor de renovar la energía revolucionaria,
la capacidad de entrega y la lucha por la verdadera revolución internacional
tuvieron escasa acogida. La mayor parte de los bolcheviques no se sintió
convocada por “la revolución permanente” si ello significaba la lucha continua.
La guerra y la revolución los habían marcado con decenas de millares de
muertos, agotamiento, hambre y desolación. Eran hombres cansados del
enfrentamiento militar, que aspiraban a alcanzar la seguridad, un cierto grado
de bienestar y que no ponían en tela de juicio que ya habían protagonizado una
revolución.
Bujarin, que había
sostenido las posiciones más radicales en los primeros años (la exportación de
la Revolución en lugar de la paz con Alemania y la exaltación del comunismo de
guerra como la vía más directa para plasmar la sociedad comunista), en los años
20 era partidario de moverse lentamente hacia el socialismo. Desde el momento
en que no existían señales de una revolución en el mundo capitalista, era
necesario persuadir al campesinado para que se comprometiera con el socialismo.
En los hechos, esto significaba avanzar “a paso de tortuga” y aceptar la prosperidad
de los campesinos: si estos se enriquecían, habría más excedentes
comercializables. Aunque la lógica de la lucha política condujo a Stalin a una
alianza temporal con la fracción de Bujarin, en ningún momento el secretario
general asumió sus argumentos extremos en defensa de la alianza con el
campesinado.
La oposición
encabezada por Trotsky fue la que más tempranamente puso en duda la
factibilidad de la alianza obrero-campesina. Un hombre de este grupo, el
economista Preobrazhensky, quien en 1919 coincidió con Bujarin en elogiar el
comunismo de guerra, ahora polemizó con el adalid de la NEP. Preobrazhensky
sostuvo que los recursos para financiar la industrialización había que
obtenerlos, necesariamente, del sector privado rural; no se podía, ni se debía,
imponer más sacrificios a la clase obrera. Era muy improbable que los
campesinos acomodados aportasen voluntariamente a la acumulación en pos del
desarrollo de la industria socializada. Había que aceptar la “explotación” del
campesinado mediante el intercambio desigual entre los productos agrarios y los
industriales, que eran suministrados por el Estado.
En este planteamiento
no había lugar para la consigna “enriqueceos”, que Bujarin dedicó al
campesinado. Sin embargo, ni este negó que hubiera que industrializar ni
Preobrazhensky avaló el sometimiento violento de los campesinos. Si bien la
cuestión de qué hacer con la NEP recorrió los debates entre las facciones, la
mayor parte de los protagonistas no asumió planteamientos antagónicos sobre el
necesario pasaje de una sociedad campesina a otra industrial. Aunque al calor
de la lucha política Trotsky acusó a sus rivales de prokulaks y él fue
señalado como enemigo de los campesinos, ya que tanto Stalin como Trotsky eran pro
industria. El único dirigente bolchevique decididamente posicionado a favor de
la NEP fue Bujarin, acompañado por un reducido grupo. Para el grueso del
partido, la construcción final del socialismo era innegociable y su logro
requería la superación del atraso económico ruso. Pero el camino para llegar a
este objetivo último estaba atravesado por las incertidumbres: ¿cuándo y cómo
encarar una industrialización más avanzada?, ¿qué pasos concretos dar para
transformar una sociedad básicamente campesina?
A mediados de la
década de 1920, cuando el partido se pronunció a favor de la elaboración de
planes industrializadores, Stalin asoció esta meta con la construcción del
socialismo en un solo país. No era necesario esperar el triunfo del
proletariado en una sociedad capitalista: «Es imposible seguir edificando el
socialismo si no nos convencemos de que es factible hacerlo, si no nos
convencemos de que el atraso técnico de nuestro país no es un obstáculo
insuperable para edificar plenamente una sociedad socialista». También
Bujarin defendió la idea del socialismo en un solo país: «Si sabíamos de
antemano que no lograríamos completar la tarea, ¿por qué diablos hicimos la
Revolución de Octubre? Y si hemos salido adelante durante ocho años, ¿por qué
no hemos de seguir así nueve, diez o cuarenta años?».
Los estudios sobre
la polémica destacan el carácter nebuloso de sus términos: los principales
contendientes querían avanzar hacia la industrialización, ninguno tenía del
todo claro cómo ponerla en marcha y ninguno ponía en tela de juicio la Revolución
de Octubre. Sin embargo, las objeciones ideológicas de Trotsky y Zinoviev en
defensa del internacionalismo del proletario y sus dudas sobre la posibilidad
de que una sociedad atrasada y campesina pudiera construir el socialismo
estaban teñidas por el pesimismo político. La fórmula de Stalin, en cambio, era
políticamente muy efectiva porque se correspondía con el estado de ánimo del
partido, que necesitaba una consigna que diera sentido a los esfuerzos
realizados y propusiera una meta hacia la que canalizar las energías. En
diciembre de 1927, el XV Congreso del partido exigió la “autocrítica” de los
integrantes de la Oposición de Izquierda y quienes no aceptaron renunciar a sus
ideas fueron duramente sancionados.
Trotsky ya no aceptó
someterse a las órdenes de la dirigencia partidaria y fue deportado a Alma-Ata,
en Asia Central, desde donde pasó a Turquía. Luego intentó asentarse en Francia
y en Noruega, y finalmente obtuvo asilo político en México. Fue en México donde
Trotsky perdió la vida, asesinado en su casa por decisión de Stalin.
Una vez anulada la Oposición
de izquierda, Stalin decidió dar un giro rotundo: liquidar la NEP y romper con
la “derecha” encabezada por Bujarin.
Industrialización acelerada y colectivización forzosa. A finales de la
década de 1920 se produjo la “gran ruptura”, que significó el fin de la alianza
con el campesinado, la industrialización a toda marcha y la movilización de las
bases del partido, especialmente la clase obrera, para eliminar a los
especialistas burgueses y a los gestores comunistas burocráticos. Sin lugar a
dudas, la nueva etapa no resultó solo de la decisión de Stalin: fue producto de
una serie de factores que incluían la cultura política bolchevique, la guerra
civil y las crisis de finales de los años 20, el temor a la amenaza extranjera,
los fuertes recelos del partido respecto de la posibilidad de que la NEP
permitiera avanzar hacia un nuevo tipo de sociedad, pero Stalin fue el
dirigente que supo y pudo ponerse al frente del gran cambio.
Los problemas
económicos internos y las tensiones en el escenario internacional fueron
percibidos por el partido como claras señales de que había llegado la hora de
que la industrialización planificada fuera la prioridad. Cuando se puso en
marcha la NEP, la industria alcanzaba su más bajo nivel. La tarea principal
consistió en poner en condiciones fábricas y maquinaria, y hacia finales de
1926, la producción en general había recobrado los índices anteriores a la
Revolución. A partir de ese momento, la tasa de crecimiento dependería de las
decisiones sobre las cantidades a invertir y de las áreas a las que se
destinaría el capital. En diciembre de 1925, el partido aprobó la
industrialización como su principal meta, y a partir de 1926 se dio curso a
grandes proyectos para la producción de energía y tractores. Pero aun entonces
no se fijó una tasa de industrialización intensiva y se siguió pensando que la
industria avanzaría a un ritmo que no exigiría el esfuerzo desmedido del
campesinado. La conjunción de dos hechos: la inseguridad en el plano de las
relaciones internacionales y la caída en el abastecimiento de granos, cada uno
con su impronta particular, desembocó en la aprobación del primer plan
quinquenal a favor de la industrialización acelerada y en la colectivización
forzosa en 1929.
Respecto del primer
factor, una serie de situaciones conflictivas deterioró la relación del régimen
soviético con gobiernos del ámbito capitalista, especialmente el británico. El
temor de que hubiese una nueva agresión a la patria del comunismo por parte de
los estados capitalistas fijó la atención en la necesidad de poner en marcha
una rápida industrialización para sostener un posible esfuerzo de guerra. El
miedo a un enfrentamiento militar, en parte derivado de la debilidad de la
Unión Soviética y en parte alentado para cohesionar a la sociedad en torno a
las decisiones del gobierno, careció de bases consistentes.
Respecto de la
marcha de la economía, en 1927 las entregas de granos fueron menos de la mitad
que las de 1926 y se produjeron los primeros incidentes entre los encargados de
la recogida del grano y los campesinos que exigían el alza del precio del
trigo. A principios de 1928, la situación era extremadamente difícil: en las
ciudades faltaba pan. El Politburó dispuso la incautación de los stocks de los
especuladores y anunció que la cuarta parte del trigo requisado sería
distribuida entre los campesinos pobres del pueblo. Esta disposición alentaba
las denuncias entre los vecinos de las aldeas. Stalin puso en marcha la batalla
contra “el kulak que levanta la cabeza”; esto significó la imposición de
préstamos forzosos, el refuerzo de la congelación de precios y la prohibición
de la compra y venta directa en los pueblos. Miles de militantes de las
ciudades fueron enviados al campo para poner fin a la “campaña de
acaparamiento”. Los jóvenes obreros movilizados se lanzaron a la lucha con la
consigna de alimentar a sus hermanos y acabar con el enemigo de clase. El gran
cambio recogía, en gran medida, las expectativas de los trabajadores fabriles
que anhelaban dejar atrás la miseria de los pueblos y anhelaban el progreso a
través de la expansión industrial. En 1947, Viktor Kravchenko, tras exiliarse a
Estados Unidos, escribió en Elegí la libertad: «Yo era (en 1929) uno de los
jóvenes entusiastas […]. La industrialización a cualquier precio para sacar a
la nación de su atraso nos parecía el objetivo más noble que cabía concebir».
El círculo de Stalin
estaba decidido a promover el ascenso de una nueva intelectualidad proletaria
“roja”, que reemplazaría a los expertos procedentes de la burguesía. Muchos
obreros fueron beneficiados con la educación y los ascensos que se les brindaron
en la década de 1930; algunos de ellos gobernaron la Unión Soviética después de
la muerte de Stalin en 1953. En cambio, en el medio rural, todos temieron esta
ofensiva del régimen: tanto los campesinos medios como el kulak, todo el campo
estaba unido en la defensa de los frutos de su trabajo. Stalin y sus
partidarios necesitaron un año para acabar con las resistencias en el seno de
la dirección del partido contra la colectivización forzada y la
industrialización acelerada, aspectos inseparables de un programa de
transformación violenta de la economía y la sociedad. A mediados de 1928 se
produjo el primer choque entre Stalin y los defensores de la NEP, hasta
entonces sus aliados en la lucha contra la Oposición de Izquierda. En
septiembre, Bujarin publicó en Pravda el texto Notas de un economista
y subrayó que “el desarrollo de la agricultura depende de la industria, es
decir que la agricultura sin tractores, sin abonos químicos y sin
electrificación está abocada al estancamiento”. El problema era formidable
y no era posible acelerar el ritmo de la industrialización solo con
proponérselo; en última instancia, Bujarin se inclinaba por una política de
estabilización sin grandes rupturas. Además, invocando la ciencia económica
acuñada por Marx, condenó las concepciones autoritarias de la planificación.
Simultáneamente, la
Oposición de Izquierda entró en crisis. Para algunos de sus integrantes, los
“conciliadores”, si Stalin finalmente se había definido a favor de la
industrialización era factible la reconciliación con el secretario general,
Preobrazhensky, y otros pidieron a Trotsky que abandonase su aislamiento.
Trotsky se negó y su intransigencia fue avalada por los miembros más jóvenes de
la Oposición: la correspondencia mantenida entre los exiliados da cuenta de la
acelerada desintegración del grupo que había rodeado al artífice del Ejército
Rojo. En ese momento, Bujarin se acercó a Kamenev para compartir su inquietud:
era imperioso hacer un frente común, con la inclusión de Zinoviev y Trotsky,
contra Stalin, el gran intrigante que supeditaba todo a sus ansias de poder. «Nuestras
discrepancias con Stalin son muchísimo más graves que las antiguas diferencias
que hemos tenido con ustedes». Pero ya era tarde. Ninguno de estos viejos
bolcheviques contaba ahora con un grado de poder que le permitiera enfrentarse
exitosamente a Stalin. Además, las relaciones entre ellos habían estado marcadas
en el pasado reciente por una feroz competencia al calor de la cual se trataron
más como enemigos que como adversarios.
En contraste con la
conducta de la Oposición de Izquierda, el pequeño grupo que rodeaba a Bujarin
eludió abrir el debate público. A partir de enero de 1929, Stalin puso en
marcha los mecanismos del partido que habrían de encontrarlos culpables de
crear una facción; en consecuencia, serían desplazados de sus puestos. En
julio, Bujarin fue relevado de la presidencia del Comintern y en noviembre,
expulsado del Politburó.
En el invierno de
1929-1930, el partido entró en las aldeas con la consigna de liquidar a los
kulaks como clase. Sus acciones provocaron el caos en virtud de la resistencia
de los campesinos a perder sus parcelas de tierra y sus animales. El régimen
reaccionó con el arresto y la deportación en masa de los aldeanos que se
negaron a ingresar al koljoz. Los kulaks arrestados entre 1930 y principios de
1933 fueron enviados al Gulag y obligados a trabajar en la industria y la
construcción como esclavos.
La gran ruptura de
1929 impuso los cimientos de un sistema nuevo que incluía el trabajo forzado
articulado con un régimen penal y carcelario sujeto a las directivas del poder
político. La primavera de 1933 marcó el apogeo de la primera fase de terror
iniciada a finales de 1929 con el desencadenamiento de la “deskulaquización”.
La violencia ejercida contra los campesinos permitió experimentar métodos
aplicados después contra otros grupos sociales. En 1932 el 62% de los hogares
había sido colectivizado y en 1937 la propiedad privada había desaparecido. El
koljoz fue una unidad productiva más grande que la antigua aldea y con menos
campesinos debido a la emigración y la deportación, pero en la que las técnicas
productivas no fueron demasiado diferentes. Los dos cambios principales se
concretaron en su administración y en el proceso de comercialización. La
asamblea aldeana fue sustituida por un presidente designado desde arriba y
estas granjas colectivas fueron obligadas a entregar al Estado cantidades fijas
y muy altas de grano y alimentos. La colectividad forzada del campo condujo a
la caída de la producción y a la brutal hambruna que entre 1932 y 1933 acabó
con la vida de casi cinco millones de personas. La carta escrita en 1932 por un
campesino de la región del Volga describe una situación límite: «[…] se
recogió una buena cosecha sin complicaciones […] pero cuando llegó el
momento de entregarlo al Estado se lo llevaron todo […] y ahora los
koljozniki con niños pequeños están muriendo de hambre».
A mediados de los
años 30, la situación en el campo se estabilizó, el nivel de vida subió, la
consolidación de las granjas colectivas posibilitó la mejora de escuelas y
centros de salud, pero los campesinos habían sufrido una amarga experiencia y
se sentían ciudadanos de segunda clase teniendo en cuenta la persistencia de
las diferencias con los trabajadores de la ciudad. Gran parte de ellos eran
decididamente hostiles al régimen. Una queja muy corriente remitía al abuso de
poder de los dirigentes de las granjas colectivas. El primer plan quinquenal,
puesto en marcha en 1929, dio prioridad al crecimiento de la industria pesada,
en especial de hierro y acero, y dispuso la definitiva intervención estatal.
Las grandes plantas fueron diseñadas para producir mediante el sistema de línea
de montaje del cual había sido pionera la industria de Estados Unidos, aunque
en esta primera fase se continuó con los métodos tradicionales y las cintas
permanecieron desocupadas. En el marco del primer plan quinquenal se
construyeron algunos de los grandes colosos industriales, por ejemplo, las
plantas metalúrgicas de Stalinsk, en Siberia. El partido organizaba brigadas de
choque en las que los obreros se comprometían a alcanzar récords de producción,
un comportamiento que recibiría el nombre de stajanovista. En el marco
del gran salto, los obreros fueron incentivados a trabajar duro, no mediante el
salario, sino través de la movilización social, de la promoción de actitudes
basadas en el sacrificio solidario y de la posibilidad, alentada por el
partido, de sancionar a los jefes y los especialistas que los habían dominado
poco antes. El partido propició las denuncias y las sanciones contra las
actitudes burguesas y burocráticas de los funcionarios y los expertos. Aunque
la producción se duplicó en muchos sectores industriales, los costes fueron
enormes en términos humanos y materiales. El gran salto impuesto a finales de
la década de 1920 para lograr un igualitarismo radical, y al mismo tiempo un
intenso y acelerado desarrollo económico, provocó el caos y trajo consigo la
hambruna de 1932-1933.
La crisis social y
la débil productividad condujeron al repliegue de las altas metas y al freno de
la movilización. A mediados de 1931 se declaró finalizada la lucha de clases
contra los especialistas burgueses; en la industria, los salarios volvieron a
ser más diferenciados según el trabajo realizado; el segundo plan quinquenal
fue más modesto; y, a partir de 1934, Stalin disminuyó la presión sobre los
campesinos. Sin embargo, no llegó a concretarse un giro como el de 1921 cuando
Lenin aprobó la NEP.
[1] La base de Kronstadt ocupaba una posición
estratégica y disponía de artillería pesada. A finales de febrero de 1921 las
fábricas de Petrogrado se declararon en huelga. El manifiesto ofreció una
imagen terrorífica de la Revolución rusa: “El poder de la monarquía, con su
policía y su gendarmería, ha pasado a manos de los usurpadores comunistas, que
han entregado al pueblo no la libertad, sino el miedo constante a las torturas
de la Cheka, cuyos horrores exceden con mucho […] los del zarismo”.
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