Los Pilares De La Economía Global
Entre 1896 y 1914,
las economías nacionales se integraron al mercado mundial a través del libre
comercio, la alta movilidad de los capitales y el destacado movimiento de la
fuerza de trabajo vía las migraciones, principalmente desde el Viejo hacia el
Nuevo Mundo. El comercio mundial casi se duplicó entre 1896 y 1913. A Gran
Bretaña con su imperio le correspondió cerca de una tercera parte de todo el
comercio internacional. El comercio no vinculado directamente con Gran Bretaña
prosperó debido a que formaba parte de un sistema más amplio que reforzaba la
orientación librecambista. El movimiento proteccionista –que buscaba resguardar
los intereses de la industria incipiente– y de los grupos agrícolas afectados
por la incorporación de nuevos productores no afectó la apertura internacional,
ya que los países que la adoptaron no rompieron su vinculación con el mercado
mundial. Aun con políticas que tenían en cuenta a los que reclamaban
protección, se mantuvieron fuertes lazos con los intercambios mundiales vía la
entrada de materias primas que no competían con la producción nacional e
insumos intermedios de los que ésta carecía.
La inversión internacional
aumentó aún más rápidamente. El flujo de dinero fue importante tanto para el
rápido desarrollo de gran parte de los países que los recibían, como para los
que invertían en ellos. El capital británico estuvo a la cabeza de las
inversiones internacionales. Los grandes capitales, por ejemplo, en lugar de
abrir una nueva línea de ferrocarril en Gran Bretaña podían dirigirse hacia la
periferia donde eran requeridos para abaratar el traslado de los alimentos y de
las materias primas requeridos por el taller del mundo. Los ferrocarriles
atrajeron la mitad de las inversiones inglesas en el exterior y las ganancias
procedentes de otros países; en este rubro fueron casi dos veces superiores a
las obtenidas en el Reino Unido. Estos beneficios saldaban el déficit comercial
británico. Los principales receptores no fueron las regiones más pobres de Asia
y África, sino países de rápido desarrollo industrial, los de reciente
colonización europea y algunas colonias claves. En 1914, tres cuartas partes de
la inversión exterior británica fueron hacia Estados Unidos, Australia,
Argentina, Sudáfrica e India.
Junto con la vasta
circulación de bienes y capitales, millones de personas se trasladaron a las
regiones más dinámicas del Nuevo Mundo abandonando las zonas más pobres de
Europa y Asia. En la primera década del siglo XX los inmigrantes representaban
el 13% de la población de Canadá, 6% de Estados Unidos y 43% de la Argentina.
Para los trabajadores no cualificados de los centros que recibían inmigrantes,
la llegada de los extranjeros significó salarios más bajos. La tendencia hacia
la baja de los salarios de la mano de obra no cualificada, junto con las
diferencias religiosas y étnicas entre los grupos de diferente origen,
alentaron las divisiones entre los trabajadores. En Australia y Estados Unidos
los sindicatos apoyaron las restricciones a la inmigración y los más afectados
fueron los inmigrantes procedentes de Japón y China. Gran Bretaña fue el centro
organizador de esta economía cada vez más global. Aunque su supremacía
industrial había menguado, sus servicios como transportista, junto con su papel
como agente de seguros e intermediario en el sistema de pagos mundial, se
hicieron más indispensables que nunca. El papel hegemónico de la principal
potencia colonial se basó en la influencia dominante de sus instituciones
comerciales y financieras, como también la coherencia entre su política
económica nacional y las condiciones requeridas por la integración económica
mundial.
La primacía del
mercado mundial fue posibilitada por los avances en las tecnologías del
transporte y las comunicaciones: el ferrocarril, las turbinas de vapor (que
incrementaron la velocidad de los nuevos buques), la telegrafía a escala
mundial y el teléfono. En el pasado, con un comercio exterior caro e inseguro
no había aliciente para participar en el mismo; en cambio con el abaratamiento de
este, la autarquía perdió terreno. Europa inundó al mundo con sus productos
manufacturados y se vio a la vez nutrida de productos agrícolas y materias primas
provenientes de sus colonias o de los Estados soberanos, pero no
industrializados, como los de América Latina.
La integración de
las distintas economías nacionales se concretó a través de la especialización.
Cada región se dedicó a producir aquello para lo cual estaba mejor dotada: los
países desarrollados, los bienes industriales; los que contaban con recursos
naturales, alimentos y materias primas. El patrón oro aseguró que los
intercambios comerciales y los movimientos de capital tuvieran un referente
monetario seguro y estable. Fue más importante para las finanzas
internacionales que para el comercio. La adhesión de los Estados al patrón oro
les facilitaba el acceso al capital y a los mercados exteriores. Pero al mismo
tiempo, desde la perspectiva de las economías nacionales, impedía que los
gobiernos interviniesen en la regulación del ciclo económico. Con la aceptación
del patrón oro se renunciaba a la posibilidad de devaluar la moneda para
mejorar la posición competitiva de los productos nacionales: los gobiernos no
podían imprimir dinero ni reducir los tipos de interés para inyectar estímulos
a la inversión y aliviar el desempleo en momentos de recesión. La evolución de
la economía nacional quedaba atada a la preservación de la confiabilidad ganada
por la moneda en el escenario internacional.
En Gran Bretaña, los
grupos financieros y las firmas vinculadas al comercio mundial impusieron su
visión internacionalista que subordinó la marcha de la economía nacional a la
preservación de una moneda estable respaldada por el oro. En los países
subdesarrollados, los grupos de poder que dominaban el sector primario
(terratenientes y propietarios de minas) oscilaron entre el apoyo a la rigidez
del oro y la desvinculación que posibilitaba la devaluación cuando los precios
de sus productos descendían en el mercado mundial. La mayoría de los países
exportadores de productos agrícolas y mineros solo se sujetaron al oro de forma
intermitente. En Estados Unidos, que se mantuvo vinculado al oro, las dos
opciones chocaron con fuerza, ya que era un país integrado por regiones con
intereses en tensión. Los agricultores, ganaderos y mineros, afectados por la
competencia con productores de países con monedas devaluadas, fueron la base de
apoyo del movimiento populista que en los años noventa defendió el retorno a la
plata. Esta vía, según los populistas, liberaría al país del plan concebido por
los banqueros, inversores y comerciantes extranjeros.
El orden basado en
el patrón oro, de hecho, era gestionado por el Banco de Inglaterra y vigilado
por la Armada británica. Cuando algún país deudor se quedaba sin oro o plata,
suspendiendo el pago de sus deudas (los casos de Egipto o Túnez, por ejemplo)
podía perder territorios o incluso la independencia a manos de las potencias
occidentales. En el capitalismo de laissez-faire[1] que fue
positivo para el crecimiento económico global hubo algunos ganadores y muchos
perdedores. Se beneficiaron figuras vinculadas con distintas actividades y
localizadas en diferentes zonas del mundo: banqueros de Londres, fabricantes
alemanes, ganaderos argentinos, productores de arroz indochinos. Lo que los
unía era el hecho de haberse dedicado a una actividad altamente competitiva en
el mercado mundial y, en consecuencia, no deseaban que la intervención del
Estado afectara al funcionamiento del mercado. Este sistema exigió enormes
sacrificios a quienes no podían competir en el mercado internacional. Los
agricultores de los países industriales y los industriales de los países
agrícolas querían protección. Los más pobres y débiles, junto con los menos
eficientes (tanto en las actividades agrarias como en la industria),
presionaron sobre los gobiernos para que aliviasen su situación.
Solamente Gran
Bretaña y los Países Bajos adoptaron el libre comercio por completo. En Estados
Unidos, aunque los proteccionistas tuvieron un peso destacado no asumieron riesgos
extremos. Si bien defendían la preservación del mercado interno para los
productores agrarios e industriales nacionales, al mismo tiempo reconocían las
ventajas de colocar la producción estadounidense en el exterior y que el país
recibiera inversiones. La mayor parte de los países fueron más o menos
proteccionistas.
El movimiento obrero
se mostró ambiguo en el debate sobre proteccionismo y libre cambio. Como
consumidores podían verse favorecidos por el libre comercio si los precios de
los alimentos importados eran menores que los locales, por otro lado, no necesariamente
las importaciones reducían la oferta de trabajo, esto dependía de la actividad
a la que estuvieran ligados los trabajadores. La principal preocupación de los
obreros era el desempleo y la baja de los salarios derivada del mismo. En este
sentido, la mayor amenaza procedía de un patrón oro rígido que, al aceptar las
recesiones como una consecuencia normal del ciclo económico, impedía a los
gobiernos tomar medidas para evitar no sólo la desocupación sino también la
miseria que iba asociada a la falta de trabajo. A medida que el movimiento
obrero se afianzó, se hizo cada vez más difícil que los trabajadores aceptaran
que sus condiciones de vida quedasen sujetas a los movimientos del mercado
mundial. El conflicto social no podía controlarse solo a través de la represión
y los gobiernos tuvieron que reconocer que el liberalismo ortodoxo
obstaculizaba sus posibilidades de ganar apoyos en un electorado que incluía
cada vez más a los miembros del mundo del trabajo. En la era del imperialismo,
algunos gobiernos (mucho de ellos conservadores) exploraron las posibilidades
de medidas relacionadas con el bienestar social.
[1] El término laissez
faire proviene de la historia de la teoría económica. Designa una
filosofía política partidaria de limitar la intervención del Estado al mínimo
imprescindible. Según esta teoría, el papel del Estado debe ser laissez
faire, laissez passer, es decir, dejar hacer, dejar pasar.
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