LA EXPERIENCIA SOVIÉTICA EN LOS AÑOS DE ENTREGUERRA
Al calor de la
crisis del zarismo, los socialistas asumieron posiciones antagónicas. Los
mencheviques negaron la posibilidad de avanzar hacia el socialismo: el atraso
de la sociedad rusa presentaba obstáculos imposibles de sortear a través de la
voluntad política. Los bolcheviques, en cambio, no aceptaron perder la
oportunidad de tomar el poder. Eran conscientes de que el “desarrollo
combinado” de Rusia, aunque ofrecía bases poco sólidas para el socialismo,
agudizaba las contradicciones del régimen zarista. Frente al hiato entre las
condiciones dadas y sus objetivos, argumentaron que era posible prender la
mecha de la revolución a través de la alianza de los campesinos pobres con los
obreros; además, el avance al socialismo contaría con el apoyo del proletariado
europeo, básicamente el de Alemania. En el marco de la crisis del imperialismo,
cuya máxima expresión era la guerra mundial, la revolución proletaria en
Occidente, según los bolcheviques, estaba muy próxima. Como marxistas, no
podían sostener que una clase obrera pequeña, rodeada de millones de campesinos
aferrados a la tierra, pudiera construir el socialismo; como militantes,
tomaron el poder para imponer su conducción en el proceso que se abría con el
derrumbe del zarismo.
En el período que va
desde el Octubre rojo hasta mediados de los años treinta, cuando se afianzó una
economía central planificada articulada con un Estado y una sociedad
férreamente controlados por el partido monolítico encabezado por Stalin, se
distinguen tres momentos principales: el de la guerra civil, el de la Nueva
Política Económica y el de la imposición de la colectivización forzosa y la
industrialización acelerada. En el plano internacional, Lenin dispuso la
creación de una nueva Internacional en la que debían confluir aquellos
socialistas comprometidos con el apoyo a Rusia (el primer Estado socialista) y
dispuestos a seguir el mismo camino que trazase el partido que protagonizara la
revolución.
Los Inicios Del Gobierno Bolchevique
Entre octubre de
1917 y los primeros meses de 1918, los bolcheviques desplegaron una intensa
actividad y, frente a eventos claves, se mostraron divididos. En primer lugar,
a Lenin le costó mucho esfuerzo que la toma del Palacio de Invierno fuese
aprobada por la cúpula del partido, y algunos de sus camaradas la denunciaron
públicamente. A continuación, la ruptura con los socialistas en el Segundo
Congreso de Soviets y, después, la liquidación de la Asamblea Constituyente,
generaron malestar entre los bolcheviques moderados, algunos dirigentes del
movimiento obrero y “compañeros de ruta”, como el escritor ruso Máximo Gorki y
la militante alemana Rosa Luxemburgo. También la paz con Alemania dividió las
filas bolcheviques. Las prolongadas negociaciones concluyeron en marzo de 1918,
cuando, en virtud del avance del ejército alemán sobre Petrogrado y la
precipitada salida del gobierno hacia Moscú, se aceptó la firma del draconiano
Tratado de Brest-Litovsk. En esta ocasión, fue el ala izquierda del partido la
que se opuso a Lenin. Esta facción constituía una mayoría en el seno del
partido en Petrogrado y sus distritos. Apoyada por los socialistas
revolucionarios de izquierda, argumentaba que la firma de esa “paz obscena”
minaría fatalmente la revolución en Alemania y rogaban que se intensificase la
guerra de guerrillas tras las líneas enemigas con la esperanza de que esto
despertase la resistencia popular entre los alemanes.
En el primer año de
gobierno, los soviets de los distritos urbanos retuvieron importantes tareas:
el mantenimiento del orden, la distribución de los alimentos, la educación, la
vivienda, la salud pública, el bienestar y el reclutamiento de soldados para el
Ejército Rojo. Sin embargo, tanto en virtud de los desafíos a los que se
enfrentó el nuevo régimen como en relación con las concepciones dominantes
entre los bolcheviques, el Partido se erigió como la organización que concentró
el poder en sus manos. En ningún momento, la dirigencia bolchevique evaluó la
posibilidad de un cambio de gobierno decidido por los soviets que llevara al
poder a otro partido.
Los primeros meses
del nuevo régimen, antes de que se desencadenara la guerra civil, estuvieron
marcados por la consolidación de la dictadura del Partido, que reprimió la
oposición en el seno de los soviets y recortó las libertades públicas. Las
medidas más importantes en este sentido fueron la creación de la Cheka, en
diciembre de 1917; la disolución de la Asamblea Constituyente, en enero de
1918; el cierre permanente de periódicos de oposición junto con la disolución
de los soviets no bolcheviques y la represión violenta de las huelgas obreras
en los primeros meses de 1918; la expulsión en junio de 1918 de los
mencheviques y socialistas revolucionarios del Comité Panruso de los Soviets.
Con respecto a los
campesinos, los bolcheviques dieron rápidamente curso a las demandas de tierra.
El decreto aprobado en noviembre declaró abolida la propiedad privada de las
grandes unidades y entregó su control a los comités agrarios locales y los
soviets de distrito. La confiscación fue seguida por la ocupación desordenada
de los grandes latifundios por familias campesinas. La medida tenía un
propósito político: ganar apoyos en el medio rural, donde los bolcheviques no
contaban con fuerzas propias. El decreto fue bien recibido por el ala izquierda
de los social-revolucionarios (eseristas) y dos de sus representantes se
sumaron al Consejo de Comisarios del Pueblo.
Debido al exceso de
población radicada en el campo, la distribución de las tierras incrementó muy
poco la superficie asignada a cada familia campesina. La satisfacción de la
reivindicación de los aldeanos dejaba abierto el problema del incremento de la
producción. Los bolcheviques quedaron sujetos a una dinámica que no controlaban
y pretendieron frenar la subdivisión de las tierras con la promoción de grandes
granjas colectivas (koljoses) y la creación de granjas estatales (sovjoses). Según
Lenin, era preciso crear grandes unidades en las que la tierra fuera cultivada
en común por los trabajadores usando maquinaria moderna y asesoramiento
técnico; en caso contrario, no habría posibilidad de superar el yugo del
capitalismo. Estas iniciativas se vieron frenadas por su escasa acogida en las
aldeas, pero también porque se carecía de la infraestructura material que
hiciese factible la instalación de unidades agrarias altamente productivas. A
partir de mediados de 1918, la política agraria se subordinó a la necesidad de
ganar la guerra civil desencadenada por fuerzas militares en pos de la
restauración de la monarquía o bien, como los cosacos, para preservar los
derechos que gozaban bajo el zarismo.
En marzo de 1919,
Lenin inauguró en Moscú el Congreso que aprobó la constitución de la Tercera
Internacional. En su opinión, el destino del régimen soviético dependía de la
revolución mundial y, en especial, del triunfo de los comunistas en Alemania.
Desde 1919 hasta 1935 se llevaron a cabo siete congresos, en los que se fijaron
los criterios a los que tendrían que ajustar sus políticas todos los partidos
comunistas en sus respectivos países. A través de las líneas de acción
aprobadas, que se ajustaron básicamente a las directivas del Partido Comunista
soviético, la Tercera Internacional impuso un rumbo zigzagueante a las acciones
del movimiento comunista. La línea de la Internacional osciló entre la puesta
en marcha de la revolución y la búsqueda de alianzas con otras fuerzas
políticas y sindicales. Cada una de estas estrategias se presentó asociada al
diagnóstico sobre la marcha del capitalismo. Cuando la Internacional promovió la
acción revolucionaria, argumentó que la crisis del capitalismo y la
intensificación de la lucha de clases ofrecían un terreno propicio para el
avance del comunismo. Cuando lo desactivó, adujo que la estabilización del
sistema capitalista y el reflujo de la combatividad de las masas abrían un
período de tregua. Teniendo en cuenta estos virajes en la trayectoria de la
Internacional, se reconocen tres períodos:
1.
Los tres primeros congresos entre
1919 y 1921. Se trató la efusiva posibilidad de la revolución, aunque ya con
fuertes reservas en el tercer cónclave.
2.
Los Congresos IV y V, entre 1922 y
1924. Se reconoció una etapa de estabilización, ya que no existía una situación
“inmediatamente” revolucionaria.
3.
El Congreso VI, en 1928. Se dio por
concluida la estabilización con el anuncio de una grave crisis económica y sus
inevitables consecuencias: la destrucción del sistema capitalista y el
desarrollo de la ofensiva socialista.
Sobre la base de
este diagnóstico, los partidos comunistas debieron asumir la confrontación con
la socialdemocracia, ya que esta fue definida como una de las opciones de la
burguesía para controlar la energía revolucionaria del proletariado. En ese
momento se subestimó el terror fascista. Fue definido como la respuesta
esgrimida por la burguesía frente a la radicalización de las masas que no le
permitía seguir sosteniendo la vía del reformismo socialista, y que, en virtud
del avance del proletariado, sería un fenómeno pasajero. Bajo el capitalismo
monopólico, según esta interpretación, el fascismo no era más que la “última”
forma política de la dictadura burguesa, seguida necesaria e inmediatamente por
la dictadura del proletariado. En el mismo momento en que Hitler avanzaba hacia
el poder, las directivas de la Tercera Internacional negaron la posibilidad de
la unidad de la izquierda alemana.
El último viraje del
Comintern se produjo en su VII congreso celebrado en 1935, que impulsó la
formación de frentes populares para frenar el avance del fascismo. Este cambio
de orientación acompañó el acercamiento entre los gobiernos de Francia y de la
Unión Soviética frente a la decisión de Hitler de reflotar el poder militar de
Alemania y revisar el tratado de Versalles.
Guerra Civil Y Comunismo De Guerra
Apenas firmada la
paz de Brest-Litovsk, se desencadenó la guerra civil promovida por la
resistencia militar de los oficiales del antiguo ejército zarista al gobierno
bolchevique. Los contrarrevolucionarios o “blancos” contaron con el respaldo de
las principales potencias capitalistas, aunque la presencia militar de estas
fue reducida. En contraste con el Ejército Rojo, no llegó a formarse un
Ejército Blanco unificado y subordinado a la estrategia de una conducción
política. Ambos bandos tuvieron aliados temporales; los bolcheviques contaron
con el apoyo intermitente de otros grupos revolucionarios, como el caso de los
anarquistas ucranianos conducidos por Néstor Majno.
En el curso del
verano de 1918, el deterioro del gobierno bolchevique fue muy pronunciado en
virtud de la presencia de tres frentes opositores firmemente establecidos: uno
en la región del Don, ocupada por las tropas cosacas del atamán Krasnov y por
el Ejército Blanco del general Denikin; el segundo en Ucrania, en manos de los
alemanes y de la Rada (el parlamento ucraniano); y el tercero a lo largo del
ferrocarril transiberiano, zona donde grandes ciudades habían caído en manos de
la Legión Checa.
Sin duda, los
desafíos de la guerra civil condicionaron las decisiones de los bolcheviques e
impusieron su sello a la trayectoria del Nuevo Régimen. El conflicto devastó la
economía y tuvo profundas secuelas sociales y políticas. Debilitó al
proletariado industrial, la clase que había acompañado a los bolcheviques, y,
en gran medida, militarizó la vida política. En el marco de la guerra, toda la
economía fue puesta al servicio de la imperiosa necesidad de sobrevivir. El
gobierno soviético había heredado una estructura industrial con fuertes
contrastes: algunas ramas de la industria pesada muy concentrada y, por otro
lado, empresas pequeñas muy dispersas. Después de la revolución de febrero, en
parte en forma espontánea, en parte alentados por los bolcheviques,
proliferaron los comités de obreros que asumieron la conducción de las plantas
fabriles, cuyo volumen de producción se desplomó. Este descenso resultó de una
combinación de factores: los obstáculos para obtener materias primas y
combustibles y el debilitamiento de la disciplina de los trabajadores en el
marco de la inestabilidad política y administrativa. Una vez en el gobierno,
los bolcheviques reconocieron el control obrero en las empresas, pero
simultáneamente crearon el Supremo Consejo de la Economía Nacional (Vesenja)
para que fijara normas generales destinadas a organizar la producción. Si bien
su política estaba encaminada a nacionalizar las grandes empresas, también
alentaban algún tipo de arreglo con los propietarios para contar con su
colaboración en la recuperación del aparato productivo. La presencia conjunta
de la antigua administración y los comités obreros duró muy poco. La creciente
anarquía en las fábricas y las urgencias planteadas por la guerra civil
condujeron a la nacionalización de las industrias claves en junio de 1918. La
nacionalización limitada a las industrias de gran escala se encontró con
problemas derivados de su dependencia de las pequeñas y medianas industrias. En
diciembre de 1920 fue aprobada la nacionalización de todas las empresas con más
de cinco trabajadores. El Vesenja se enfrentó a tareas que excedían su
capacidad, y como resultado de estos procesos, la producción declinó
vertiginosamente en todas las ramas de la industria: el índice 100 asignado a
la producción de 1913, en 1920 era de 20,4. La caída fue mucho mayor en las
industrias de gran escala. Durante la guerra civil, el dinero perdió su valor y
se recurrió al trueque. La igualdad social anhelada por los comunistas era, en
realidad, el resultado de la escasez y la miseria que atenazaban al conjunto
del pueblo ruso. No obstante, los bolcheviques de izquierda percibieron la
liquidación del mercado como un paso adelante hacia el comunismo. En 1919,
Nicolás Bujarin y Alexander Preobrazhensky, en el trabajo ABC del comunismo,
saludaron el creciente control del Estado en todas las esferas de la actividad
económica junto con la casi desaparición del dinero y los intercambios
comerciales.
Uno de los mayores desafíos
fue el de asegurar la provisión de alimentos. La crisis de abastecimiento en
las ciudades, que había empezado antes de la Revolución de Octubre, empeoró
rápidamente. El gobierno recurrió a la organización de comités de aldea de
campesinos pobres que debían ayudar a las organizaciones del Estado en la
requisa de granos de los campesinos acomodados. A estos comités se sumaron
obreros industriales, a quienes se les permitió ir armados. Todas estas
iniciativas fueron puestas en marcha alentando la lucha de clases: los
campesinos pobres contra los kulaks. Esta intromisión de las autoridades no
quebró los vínculos que ligaban a los distintos grupos en el seno de la aldea,
pero intensificó el rechazo de los campesinos a las cargas impuestas
autoritariamente por los bolcheviques.
La guerra civil no
fue solo un conflicto entre los rojos (bolcheviques) y los blancos
(monárquicos): los enfrentamientos militares entre los dos ejércitos se
entrelazaron con las conflictivas relaciones entre las fuerzas militares y las
poblaciones civiles en ambos bandos. Los dos ejércitos buscaron imponer el
orden y eliminar toda acción que debilitara su poder, ya sea la de los partidos
opositores, las huelgas de los obreros, las resistencias a ser incorporados a
las fuerzas militares enfrentadas. La lucha en el frente interior tuvo una
dimensión central: la conducta de los campesinos (los verdes), que desempeñaron
un papel a menudo decisivo en el avance o en la derrota de uno u otro bando. En
las regiones controladas por los bolcheviques, estos impulsaron la “lucha de
clases” contra “los de arriba”, los burgueses; por su parte, los blancos
promovieron la persecución de los “judeo-bolcheviques”.
En el verano de 1918
el poder bolchevique sufrió, especialmente en Petrogrado, el embate de una
oleada de conflictos sociales: huelga de los obreros en una importante planta
de armamento, reclamaciones por la falta de alimentos y un llamamiento a favor
del sufragio universal y por la convocatoria de una nueva Asamblea
Constituyente. El 30 de agosto de 1918, dos atentados, uno dirigido contra
Moisei Uritsky, jefe de la Cheka de Petrogrado, y el otro contra Lenin,
condujeron a los dirigentes bolcheviques a percibir la puesta en marcha de una
conjura que amenazaba su propia existencia. Inmediatamente adjudicaron estos
atentados a los “socialistas-revolucionarios de derecha, lacayos del
imperialismo francés e inglés”, y desde la prensa y en declaraciones oficiales
se pidió la instrumentación del terror. El jefe nacional de la Cheka convocó a
la clase obrera para que “aplaste, mediante un terror masivo, a la hidra
de la contrarrevolución”. En la semana que siguió al 30 de agosto, la Cheka de
Petrogrado acabó con la vida de ochocientos “enemigos de clase” y la de
Kronstadt, con más de quinientos. A principios de septiembre, el gobierno
legalizó el terror rojo. Según el decreto “Sobre el terror rojo” del 5 de
septiembre:
«En
la situación actual resulta absolutamente vital reforzar la Cheka […], proteger
a la República Soviética contra sus enemigos de clase aislando a estos en
campos de concentración, fusilar en el mismo lugar a todo individuo relacionado
con organizaciones de guardias blancos, conjuras, insurrecciones o tumultos;
publicar los nombres de los individuos fusilados dando las razones por las que
han sido pasados por las armas»[1].
En el campo militar,
los enfrentamientos más intensos tuvieron lugar entre marzo y noviembre de
1919, cuando las tropas dirigidas por Anton Denikin, que avanzaban desde el
sur, las de Piotr Wrangel, desde el noroeste, y las de Aleksandr Kolchak, por
el este, lograron el repliegue de las fuerzas revolucionarias y pretendieron
tomar Moscú. Sin embargo, Trotsky consolidó el Ejército Rojo y logró quebrar el
poder de combate de los blancos. Después de que Denikin abandonara la lucha,
Wrangel reunió a todos los hombres y afianzó su posición en Crimea hasta que el
Ejército Rojo volvió del campo de batalla en Polonia y los derrotó en 1920.
A partir de 1920, la
relación de fuerzas en el terreno militar comenzó a ser favorable a las fuerzas
del gobierno. En su triunfo jugaron un papel destacado la escasa cohesión entre
los jefes del campo contrarrevolucionario y, básicamente, el rechazo de los
campesinos a la restauración del Antiguo Régimen después de que la revolución
les había dado la oportunidad de tomar las tierras. No obstante, la relación de
los aldeanos con los bolcheviques también estuvo signada por duros
enfrentamientos.
Dos razones
inmediatas impulsaban a los campesinos a rebelarse: las confiscaciones y el
reclutamiento en el Ejército Rojo. En enero de 1919, la búsqueda desordenada de
los excedentes agrícolas, iniciada en el verano de 1918, fue reemplazada por un
sistema centralizado y planificado de confiscaciones. Cada provincia, cada
distrito, cada cantón, cada comunidad aldeana debía entregar al Estado una
cuota fijada por adelantado en función de las cosechas estimadas. Y en cuanto
al reclutamiento, después de tres años de luchar en la Gran Guerra, muchos
campesinos se refugiaron en los bosques para evitarlo. Gran parte de ellos
fueron fusilados o sus familias fueron convertidas en rehenes para obligarles a
salir de sus escondites. Los campesinos también rechazaban la intromisión de
los “comunistas”, un poder procedente de la ciudad al que consideraban extraño.
Las revueltas
campesinas comenzaron en el verano de 1918, se ampliaron en 1919-1920 y
culminaron durante el invierno de 1920-1921. El hambre que azotó a las aldeas a
partir de esta fecha puso fin a los motines. Los dos instrumentos básicos
creados por los bolcheviques para enfrentar a los enemigos reales y potenciales
fueron el Ejército Rojo y la Cheka. Trotsky, al frente del Comisariado de la
Guerra desde marzo de 1918, formó el Ejército Rojo sobre la base de los
guardias rojos de las fábricas y las unidades pro bolcheviques del ejército y
la armada. Este núcleo inicial creció rápidamente mediante el reclutamiento
voluntario y la conscripción selectiva. Se descartó la creación de milicias
basadas en la movilización política e ideológica para dar paso a la construcción
de un ejército organizado en torno a estrictas normas disciplinarias y al
respeto de las jerarquías. Se recurrió al saber profesional de los oficiales
del antiguo ejército zarista, cuya actuación fue controlada por los comisarios
políticos del partido. Al concluir la guerra, el Ejército Rojo era una enorme
institución que tenía a su cargo gran parte de las tareas propias de la
administración civil.
La Cheka, creada en
diciembre de 1917 bajo la dirección de Félix Dzerzhinsky, tuvo a su cargo el control
de los desórdenes y actos delictivos que siguieron a la toma del poder. En el
marco de la guerra, fue cada vez más una organización puesta al servicio del
terror: ejecuciones sin juicio, arrestos en masa y secuestros. La policía
política fue reorganizada y sufrió cambios de nombre en varias ocasiones: GPU,
OGPU, NKDV, KGB.
La historiografía
sobre el terror rojo se organiza en términos similares a los del debate sobre
el significado de Octubre. Por un lado, están los historiadores que enfatizan
la autonomía bolchevique y argumentan que el terror fue una consecuencia lógica
de la naturaleza “totalitaria” de la ideología bolchevique o de la despiadada
determinación de mantenerse en el poder a cualquier precio. Por otro, están los
historiadores que podrían denominarse “contextualistas”, que tienden a
considerar el terror como una respuesta, ya sea a las circunstancias inmediatas
en las que se encontraron los bolcheviques, como, por ejemplo, la situación de
la seguridad en Petrogrado en 1918, o bien a la guerra civil con su lógica
política de polarización y su cultura embrutecedora. Desde esta perspectiva, el
terror fue en gran medida una respuesta a las tramas contrarrevolucionarias de
la oposición al régimen. Sus autores subrayan que las conspiraciones contra los
bolcheviques fueron numerosas. La “contrarrevolución”, para esta corriente, no
fue producto de la imaginación bolchevique o un mecanismo ideológico diseñado
para reafirmar la unidad a través de la creación de un “otro” implacable.
Diferencian este terror del instrumentado luego por Stalin aduciendo que este
último se dirigió hacia enemigos en buena parte imaginarios, mientras que los
bolcheviques de la primera hora combatieron a enemigos reales.
Resulta poco
satisfactorio concebir el terror rojo solo como una respuesta al contexto. Los
bolcheviques nunca ocultaron que consideraban la coerción como un arma legítima
más del arsenal de la dictadura del proletariado. Ya en enero de 1918, Lenin
advirtió: “hasta que no utilicemos el terror contra los especuladores
(disparándoles en el acto), nada cambiará”. En otras palabras, el uso del
terror estuvo siempre justificado en términos de principios y de conveniencia.
Para Lenin, se trataba de un instrumento en pos de la transformación
revolucionaria conducente a la eliminación del enemigo de clase genérico. Esto
ayuda a explicar por qué los esfuerzos periódicos por parte de los bolcheviques
moderados para someter a la Cheka a una mayor regulación eran rechazados sin
apenas debate. Cuando mencheviques, anarquistas y demás advertían sobre el daño
que provocaba el terror en los ideales de la revolución socialista, sus
escrúpulos eran descalificados como “pequeñoburgueses”. Sin embargo, el terror
no fue una creación del partido revolucionario. La posibilidad de saquear a los
saqueadores, abierta por los bolcheviques, canalizó el afán de venganza de
quienes durante muchísimo tiempo habían sufrido la humillación y la explotación
de los que ostentaban el poder, eran ricos y gozaban de la cultura.
Si bien el debate
sobre el peso asignado a las condiciones dadas o a las acciones de los
principales actores sigue abierto, existe, en cambio, un marcado consenso sobre
los rasgos distintivos del nuevo escenario político. En primer lugar, la
transformación del partido revolucionario en el núcleo central del engranaje
estatal, con el consiguiente vaciamiento de los organismos gubernamentales:
Consejo de Comisarios del Pueblo y Comité Ejecutivo Central de los Soviets. La
definición del nuevo orden político como república soviética no se correspondió
con la realidad. Los soviets nunca intervinieron en la integración del nuevo
gobierno central, cuyos miembros fueron designados por el Comité Central del
partido bolchevique, y las elecciones de los soviets fueron cada vez más
formales, y estos quedaron subordinados a los comités del partido. En segundo
lugar, la concentración del poder en las manos de un pequeño círculo en la cima
del partido. En el momento álgido de la guerra civil se aprobó “el centralismo
más estricto y la disciplina más severa”. Con este fin, en marzo de 1919, en el
seno del Comité Central se crearon tres organismos: el Politburó, a cargo de la
conducción política, fue la principal fuente de las decisiones ejecutadas desde
el Estado; el Orgburó, al frente de las decisiones organizativas, y la
Secretariado del Comité Central, encargado de los nombramientos y la
distribución del personal del partido. Finalmente, la imposición de un régimen
de partido único. Después de la Revolución, aunque los bolcheviques eran el
grupo dominante, siguieron existiendo los otros partidos socialistas; a partir
de la guerra civil, su situación fue muy precaria y desde 1921 fueron
perseguidos.
El aparato
partidario era más eficaz para transmitir las decisiones del centro y
garantizar su aplicación que los organismos del gobierno. Los comités del
partido respondían disciplinadamente a las directivas de los órganos
superiores, y aunque formalmente los secretarios eran elegidos por las bases,
en los hechos, las designaciones y las destituciones quedaron en manos de la
secretaría del Comité Central. Los bolcheviques pusieron especial empeño en la
incorporación de los obreros al partido: esta era la vía para asegurar la
“dictadura del proletariado”. La masiva incorporación de trabajadores (la leva
de 1924) dio lugar al desplazamiento de un número sustancial de ellos desde sus
puestos en las fábricas hacia empleos en la burocracia partidaria. Los obreros
que se sumaron al partido en los años 20 contaron con grandes posibilidades de
ascender a la burocracia técnica y administrativa.
[1] Courtois, Stéphane. El libro negro del
comunismo: crímenes, terror y represión. Editorial Planeta/Espasa.
Barcelona. 1998.
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