sábado, 17 de diciembre de 2011

LA EXPERIENCIA SOVIÉTICA EN LOS AÑOS DE ENTREGUERRA (1)

 

 

LA EXPERIENCIA SOVIÉTICA EN LOS AÑOS DE ENTREGUERRA

 

Al calor de la crisis del zarismo, los socialistas asumieron posiciones antagónicas. Los mencheviques negaron la posibilidad de avanzar hacia el socialismo: el atraso de la sociedad rusa presentaba obstáculos imposibles de sortear a través de la voluntad política. Los bolcheviques, en cambio, no aceptaron perder la oportunidad de tomar el poder. Eran conscientes de que el “desarrollo combinado” de Rusia, aunque ofrecía bases poco sólidas para el socialismo, agudizaba las contradicciones del régimen zarista. Frente al hiato entre las condiciones dadas y sus objetivos, argumentaron que era posible prender la mecha de la revolución a través de la alianza de los campesinos pobres con los obreros; además, el avance al socialismo contaría con el apoyo del proletariado europeo, básicamente el de Alemania. En el marco de la crisis del imperialismo, cuya máxima expresión era la guerra mundial, la revolución proletaria en Occidente, según los bolcheviques, estaba muy próxima. Como marxistas, no podían sostener que una clase obrera pequeña, rodeada de millones de campesinos aferrados a la tierra, pudiera construir el socialismo; como militantes, tomaron el poder para imponer su conducción en el proceso que se abría con el derrumbe del zarismo.

En el período que va desde el Octubre rojo hasta mediados de los años treinta, cuando se afianzó una economía central planificada articulada con un Estado y una sociedad férreamente controlados por el partido monolítico encabezado por Stalin, se distinguen tres momentos principales: el de la guerra civil, el de la Nueva Política Económica y el de la imposición de la colectivización forzosa y la industrialización acelerada. En el plano internacional, Lenin dispuso la creación de una nueva Internacional en la que debían confluir aquellos socialistas comprometidos con el apoyo a Rusia (el primer Estado socialista) y dispuestos a seguir el mismo camino que trazase el partido que protagonizara la revolución.


 

 

 

Los Inicios Del Gobierno Bolchevique

 

Entre octubre de 1917 y los primeros meses de 1918, los bolcheviques desplegaron una intensa actividad y, frente a eventos claves, se mostraron divididos. En primer lugar, a Lenin le costó mucho esfuerzo que la toma del Palacio de Invierno fuese aprobada por la cúpula del partido, y algunos de sus camaradas la denunciaron públicamente. A continuación, la ruptura con los socialistas en el Segundo Congreso de Soviets y, después, la liquidación de la Asamblea Constituyente, generaron malestar entre los bolcheviques moderados, algunos dirigentes del movimiento obrero y “compañeros de ruta”, como el escritor ruso Máximo Gorki y la militante alemana Rosa Luxemburgo. También la paz con Alemania dividió las filas bolcheviques. Las prolongadas negociaciones concluyeron en marzo de 1918, cuando, en virtud del avance del ejército alemán sobre Petrogrado y la precipitada salida del gobierno hacia Moscú, se aceptó la firma del draconiano Tratado de Brest-Litovsk. En esta ocasión, fue el ala izquierda del partido la que se opuso a Lenin. Esta facción constituía una mayoría en el seno del partido en Petrogrado y sus distritos. Apoyada por los socialistas revolucionarios de izquierda, argumentaba que la firma de esa “paz obscena” minaría fatalmente la revolución en Alemania y rogaban que se intensificase la guerra de guerrillas tras las líneas enemigas con la esperanza de que esto despertase la resistencia popular entre los alemanes.

En el primer año de gobierno, los soviets de los distritos urbanos retuvieron importantes tareas: el mantenimiento del orden, la distribución de los alimentos, la educación, la vivienda, la salud pública, el bienestar y el reclutamiento de soldados para el Ejército Rojo. Sin embargo, tanto en virtud de los desafíos a los que se enfrentó el nuevo régimen como en relación con las concepciones dominantes entre los bolcheviques, el Partido se erigió como la organización que concentró el poder en sus manos. En ningún momento, la dirigencia bolchevique evaluó la posibilidad de un cambio de gobierno decidido por los soviets que llevara al poder a otro partido.

Los primeros meses del nuevo régimen, antes de que se desencadenara la guerra civil, estuvieron marcados por la consolidación de la dictadura del Partido, que reprimió la oposición en el seno de los soviets y recortó las libertades públicas. Las medidas más importantes en este sentido fueron la creación de la Cheka, en diciembre de 1917; la disolución de la Asamblea Constituyente, en enero de 1918; el cierre permanente de periódicos de oposición junto con la disolución de los soviets no bolcheviques y la represión violenta de las huelgas obreras en los primeros meses de 1918; la expulsión en junio de 1918 de los mencheviques y socialistas revolucionarios del Comité Panruso de los Soviets.

Con respecto a los campesinos, los bolcheviques dieron rápidamente curso a las demandas de tierra. El decreto aprobado en noviembre declaró abolida la propiedad privada de las grandes unidades y entregó su control a los comités agrarios locales y los soviets de distrito. La confiscación fue seguida por la ocupación desordenada de los grandes latifundios por familias campesinas. La medida tenía un propósito político: ganar apoyos en el medio rural, donde los bolcheviques no contaban con fuerzas propias. El decreto fue bien recibido por el ala izquierda de los social-revolucionarios (eseristas) y dos de sus representantes se sumaron al Consejo de Comisarios del Pueblo.

Debido al exceso de población radicada en el campo, la distribución de las tierras incrementó muy poco la superficie asignada a cada familia campesina. La satisfacción de la reivindicación de los aldeanos dejaba abierto el problema del incremento de la producción. Los bolcheviques quedaron sujetos a una dinámica que no controlaban y pretendieron frenar la subdivisión de las tierras con la promoción de grandes granjas colectivas (koljoses) y la creación de granjas estatales (sovjoses). Según Lenin, era preciso crear grandes unidades en las que la tierra fuera cultivada en común por los trabajadores usando maquinaria moderna y asesoramiento técnico; en caso contrario, no habría posibilidad de superar el yugo del capitalismo. Estas iniciativas se vieron frenadas por su escasa acogida en las aldeas, pero también porque se carecía de la infraestructura material que hiciese factible la instalación de unidades agrarias altamente productivas. A partir de mediados de 1918, la política agraria se subordinó a la necesidad de ganar la guerra civil desencadenada por fuerzas militares en pos de la restauración de la monarquía o bien, como los cosacos, para preservar los derechos que gozaban bajo el zarismo.

En marzo de 1919, Lenin inauguró en Moscú el Congreso que aprobó la constitución de la Tercera Internacional. En su opinión, el destino del régimen soviético dependía de la revolución mundial y, en especial, del triunfo de los comunistas en Alemania. Desde 1919 hasta 1935 se llevaron a cabo siete congresos, en los que se fijaron los criterios a los que tendrían que ajustar sus políticas todos los partidos comunistas en sus respectivos países. A través de las líneas de acción aprobadas, que se ajustaron básicamente a las directivas del Partido Comunista soviético, la Tercera Internacional impuso un rumbo zigzagueante a las acciones del movimiento comunista. La línea de la Internacional osciló entre la puesta en marcha de la revolución y la búsqueda de alianzas con otras fuerzas políticas y sindicales. Cada una de estas estrategias se presentó asociada al diagnóstico sobre la marcha del capitalismo. Cuando la Internacional promovió la acción revolucionaria, argumentó que la crisis del capitalismo y la intensificación de la lucha de clases ofrecían un terreno propicio para el avance del comunismo. Cuando lo desactivó, adujo que la estabilización del sistema capitalista y el reflujo de la combatividad de las masas abrían un período de tregua. Teniendo en cuenta estos virajes en la trayectoria de la Internacional, se reconocen tres períodos:

1.     Los tres primeros congresos entre 1919 y 1921. Se trató la efusiva posibilidad de la revolución, aunque ya con fuertes reservas en el tercer cónclave.

2.     Los Congresos IV y V, entre 1922 y 1924. Se reconoció una etapa de estabilización, ya que no existía una situación “inmediatamente” revolucionaria.

3.     El Congreso VI, en 1928. Se dio por concluida la estabilización con el anuncio de una grave crisis económica y sus inevitables consecuencias: la destrucción del sistema capitalista y el desarrollo de la ofensiva socialista.

 

Sobre la base de este diagnóstico, los partidos comunistas debieron asumir la confrontación con la socialdemocracia, ya que esta fue definida como una de las opciones de la burguesía para controlar la energía revolucionaria del proletariado. En ese momento se subestimó el terror fascista. Fue definido como la respuesta esgrimida por la burguesía frente a la radicalización de las masas que no le permitía seguir sosteniendo la vía del reformismo socialista, y que, en virtud del avance del proletariado, sería un fenómeno pasajero. Bajo el capitalismo monopólico, según esta interpretación, el fascismo no era más que la “última” forma política de la dictadura burguesa, seguida necesaria e inmediatamente por la dictadura del proletariado. En el mismo momento en que Hitler avanzaba hacia el poder, las directivas de la Tercera Internacional negaron la posibilidad de la unidad de la izquierda alemana.

El último viraje del Comintern se produjo en su VII congreso celebrado en 1935, que impulsó la formación de frentes populares para frenar el avance del fascismo. Este cambio de orientación acompañó el acercamiento entre los gobiernos de Francia y de la Unión Soviética frente a la decisión de Hitler de reflotar el poder militar de Alemania y revisar el tratado de Versalles.

 

 

Guerra Civil Y Comunismo De Guerra

 

Apenas firmada la paz de Brest-Litovsk, se desencadenó la guerra civil promovida por la resistencia militar de los oficiales del antiguo ejército zarista al gobierno bolchevique. Los contrarrevolucionarios o “blancos” contaron con el respaldo de las principales potencias capitalistas, aunque la presencia militar de estas fue reducida. En contraste con el Ejército Rojo, no llegó a formarse un Ejército Blanco unificado y subordinado a la estrategia de una conducción política. Ambos bandos tuvieron aliados temporales; los bolcheviques contaron con el apoyo intermitente de otros grupos revolucionarios, como el caso de los anarquistas ucranianos conducidos por Néstor Majno.

En el curso del verano de 1918, el deterioro del gobierno bolchevique fue muy pronunciado en virtud de la presencia de tres frentes opositores firmemente establecidos: uno en la región del Don, ocupada por las tropas cosacas del atamán Krasnov y por el Ejército Blanco del general Denikin; el segundo en Ucrania, en manos de los alemanes y de la Rada (el parlamento ucraniano); y el tercero a lo largo del ferrocarril transiberiano, zona donde grandes ciudades habían caído en manos de la Legión Checa.

Sin duda, los desafíos de la guerra civil condicionaron las decisiones de los bolcheviques e impusieron su sello a la trayectoria del Nuevo Régimen. El conflicto devastó la economía y tuvo profundas secuelas sociales y políticas. Debilitó al proletariado industrial, la clase que había acompañado a los bolcheviques, y, en gran medida, militarizó la vida política. En el marco de la guerra, toda la economía fue puesta al servicio de la imperiosa necesidad de sobrevivir. El gobierno soviético había heredado una estructura industrial con fuertes contrastes: algunas ramas de la industria pesada muy concentrada y, por otro lado, empresas pequeñas muy dispersas. Después de la revolución de febrero, en parte en forma espontánea, en parte alentados por los bolcheviques, proliferaron los comités de obreros que asumieron la conducción de las plantas fabriles, cuyo volumen de producción se desplomó. Este descenso resultó de una combinación de factores: los obstáculos para obtener materias primas y combustibles y el debilitamiento de la disciplina de los trabajadores en el marco de la inestabilidad política y administrativa. Una vez en el gobierno, los bolcheviques reconocieron el control obrero en las empresas, pero simultáneamente crearon el Supremo Consejo de la Economía Nacional (Vesenja) para que fijara normas generales destinadas a organizar la producción. Si bien su política estaba encaminada a nacionalizar las grandes empresas, también alentaban algún tipo de arreglo con los propietarios para contar con su colaboración en la recuperación del aparato productivo. La presencia conjunta de la antigua administración y los comités obreros duró muy poco. La creciente anarquía en las fábricas y las urgencias planteadas por la guerra civil condujeron a la nacionalización de las industrias claves en junio de 1918. La nacionalización limitada a las industrias de gran escala se encontró con problemas derivados de su dependencia de las pequeñas y medianas industrias. En diciembre de 1920 fue aprobada la nacionalización de todas las empresas con más de cinco trabajadores. El Vesenja se enfrentó a tareas que excedían su capacidad, y como resultado de estos procesos, la producción declinó vertiginosamente en todas las ramas de la industria: el índice 100 asignado a la producción de 1913, en 1920 era de 20,4. La caída fue mucho mayor en las industrias de gran escala. Durante la guerra civil, el dinero perdió su valor y se recurrió al trueque. La igualdad social anhelada por los comunistas era, en realidad, el resultado de la escasez y la miseria que atenazaban al conjunto del pueblo ruso. No obstante, los bolcheviques de izquierda percibieron la liquidación del mercado como un paso adelante hacia el comunismo. En 1919, Nicolás Bujarin y Alexander Preobrazhensky, en el trabajo ABC del comunismo, saludaron el creciente control del Estado en todas las esferas de la actividad económica junto con la casi desaparición del dinero y los intercambios comerciales.

Uno de los mayores desafíos fue el de asegurar la provisión de alimentos. La crisis de abastecimiento en las ciudades, que había empezado antes de la Revolución de Octubre, empeoró rápidamente. El gobierno recurrió a la organización de comités de aldea de campesinos pobres que debían ayudar a las organizaciones del Estado en la requisa de granos de los campesinos acomodados. A estos comités se sumaron obreros industriales, a quienes se les permitió ir armados. Todas estas iniciativas fueron puestas en marcha alentando la lucha de clases: los campesinos pobres contra los kulaks. Esta intromisión de las autoridades no quebró los vínculos que ligaban a los distintos grupos en el seno de la aldea, pero intensificó el rechazo de los campesinos a las cargas impuestas autoritariamente por los bolcheviques.

La guerra civil no fue solo un conflicto entre los rojos (bolcheviques) y los blancos (monárquicos): los enfrentamientos militares entre los dos ejércitos se entrelazaron con las conflictivas relaciones entre las fuerzas militares y las poblaciones civiles en ambos bandos. Los dos ejércitos buscaron imponer el orden y eliminar toda acción que debilitara su poder, ya sea la de los partidos opositores, las huelgas de los obreros, las resistencias a ser incorporados a las fuerzas militares enfrentadas. La lucha en el frente interior tuvo una dimensión central: la conducta de los campesinos (los verdes), que desempeñaron un papel a menudo decisivo en el avance o en la derrota de uno u otro bando. En las regiones controladas por los bolcheviques, estos impulsaron la “lucha de clases” contra “los de arriba”, los burgueses; por su parte, los blancos promovieron la persecución de los “judeo-bolcheviques”.

En el verano de 1918 el poder bolchevique sufrió, especialmente en Petrogrado, el embate de una oleada de conflictos sociales: huelga de los obreros en una importante planta de armamento, reclamaciones por la falta de alimentos y un llamamiento a favor del sufragio universal y por la convocatoria de una nueva Asamblea Constituyente. El 30 de agosto de 1918, dos atentados, uno dirigido contra Moisei Uritsky, jefe de la Cheka de Petrogrado, y el otro contra Lenin, condujeron a los dirigentes bolcheviques a percibir la puesta en marcha de una conjura que amenazaba su propia existencia. Inmediatamente adjudicaron estos atentados a los “socialistas-revolucionarios de derecha, lacayos del imperialismo francés e inglés”, y desde la prensa y en declaraciones oficiales se pidió la instrumentación del terror. El jefe nacional de la Cheka convocó a la clase obrera para que “aplaste, mediante un terror masivo, a la hidra de la contrarrevolución”. En la semana que siguió al 30 de agosto, la Cheka de Petrogrado acabó con la vida de ochocientos “enemigos de clase” y la de Kronstadt, con más de quinientos. A principios de septiembre, el gobierno legalizó el terror rojo. Según el decreto “Sobre el terror rojo” del 5 de septiembre:

«En la situación actual resulta absolutamente vital reforzar la Cheka […], proteger a la República Soviética contra sus enemigos de clase aislando a estos en campos de concentración, fusilar en el mismo lugar a todo individuo relacionado con organizaciones de guardias blancos, conjuras, insurrecciones o tumultos; publicar los nombres de los individuos fusilados dando las razones por las que han sido pasados por las armas»[1].

 

En el campo militar, los enfrentamientos más intensos tuvieron lugar entre marzo y noviembre de 1919, cuando las tropas dirigidas por Anton Denikin, que avanzaban desde el sur, las de Piotr Wrangel, desde el noroeste, y las de Aleksandr Kolchak, por el este, lograron el repliegue de las fuerzas revolucionarias y pretendieron tomar Moscú. Sin embargo, Trotsky consolidó el Ejército Rojo y logró quebrar el poder de combate de los blancos. Después de que Denikin abandonara la lucha, Wrangel reunió a todos los hombres y afianzó su posición en Crimea hasta que el Ejército Rojo volvió del campo de batalla en Polonia y los derrotó en 1920.

A partir de 1920, la relación de fuerzas en el terreno militar comenzó a ser favorable a las fuerzas del gobierno. En su triunfo jugaron un papel destacado la escasa cohesión entre los jefes del campo contrarrevolucionario y, básicamente, el rechazo de los campesinos a la restauración del Antiguo Régimen después de que la revolución les había dado la oportunidad de tomar las tierras. No obstante, la relación de los aldeanos con los bolcheviques también estuvo signada por duros enfrentamientos.

Dos razones inmediatas impulsaban a los campesinos a rebelarse: las confiscaciones y el reclutamiento en el Ejército Rojo. En enero de 1919, la búsqueda desordenada de los excedentes agrícolas, iniciada en el verano de 1918, fue reemplazada por un sistema centralizado y planificado de confiscaciones. Cada provincia, cada distrito, cada cantón, cada comunidad aldeana debía entregar al Estado una cuota fijada por adelantado en función de las cosechas estimadas. Y en cuanto al reclutamiento, después de tres años de luchar en la Gran Guerra, muchos campesinos se refugiaron en los bosques para evitarlo. Gran parte de ellos fueron fusilados o sus familias fueron convertidas en rehenes para obligarles a salir de sus escondites. Los campesinos también rechazaban la intromisión de los “comunistas”, un poder procedente de la ciudad al que consideraban extraño.

Las revueltas campesinas comenzaron en el verano de 1918, se ampliaron en 1919-1920 y culminaron durante el invierno de 1920-1921. El hambre que azotó a las aldeas a partir de esta fecha puso fin a los motines. Los dos instrumentos básicos creados por los bolcheviques para enfrentar a los enemigos reales y potenciales fueron el Ejército Rojo y la Cheka. Trotsky, al frente del Comisariado de la Guerra desde marzo de 1918, formó el Ejército Rojo sobre la base de los guardias rojos de las fábricas y las unidades pro bolcheviques del ejército y la armada. Este núcleo inicial creció rápidamente mediante el reclutamiento voluntario y la conscripción selectiva. Se descartó la creación de milicias basadas en la movilización política e ideológica para dar paso a la construcción de un ejército organizado en torno a estrictas normas disciplinarias y al respeto de las jerarquías. Se recurrió al saber profesional de los oficiales del antiguo ejército zarista, cuya actuación fue controlada por los comisarios políticos del partido. Al concluir la guerra, el Ejército Rojo era una enorme institución que tenía a su cargo gran parte de las tareas propias de la administración civil.

La Cheka, creada en diciembre de 1917 bajo la dirección de Félix Dzerzhinsky, tuvo a su cargo el control de los desórdenes y actos delictivos que siguieron a la toma del poder. En el marco de la guerra, fue cada vez más una organización puesta al servicio del terror: ejecuciones sin juicio, arrestos en masa y secuestros. La policía política fue reorganizada y sufrió cambios de nombre en varias ocasiones: GPU, OGPU, NKDV, KGB.

La historiografía sobre el terror rojo se organiza en términos similares a los del debate sobre el significado de Octubre. Por un lado, están los historiadores que enfatizan la autonomía bolchevique y argumentan que el terror fue una consecuencia lógica de la naturaleza “totalitaria” de la ideología bolchevique o de la despiadada determinación de mantenerse en el poder a cualquier precio. Por otro, están los historiadores que podrían denominarse “contextualistas”, que tienden a considerar el terror como una respuesta, ya sea a las circunstancias inmediatas en las que se encontraron los bolcheviques, como, por ejemplo, la situación de la seguridad en Petrogrado en 1918, o bien a la guerra civil con su lógica política de polarización y su cultura embrutecedora. Desde esta perspectiva, el terror fue en gran medida una respuesta a las tramas contrarrevolucionarias de la oposición al régimen. Sus autores subrayan que las conspiraciones contra los bolcheviques fueron numerosas. La “contrarrevolución”, para esta corriente, no fue producto de la imaginación bolchevique o un mecanismo ideológico diseñado para reafirmar la unidad a través de la creación de un “otro” implacable. Diferencian este terror del instrumentado luego por Stalin aduciendo que este último se dirigió hacia enemigos en buena parte imaginarios, mientras que los bolcheviques de la primera hora combatieron a enemigos reales.

Resulta poco satisfactorio concebir el terror rojo solo como una respuesta al contexto. Los bolcheviques nunca ocultaron que consideraban la coerción como un arma legítima más del arsenal de la dictadura del proletariado. Ya en enero de 1918, Lenin advirtió: “hasta que no utilicemos el terror contra los especuladores (disparándoles en el acto), nada cambiará”. En otras palabras, el uso del terror estuvo siempre justificado en términos de principios y de conveniencia. Para Lenin, se trataba de un instrumento en pos de la transformación revolucionaria conducente a la eliminación del enemigo de clase genérico. Esto ayuda a explicar por qué los esfuerzos periódicos por parte de los bolcheviques moderados para someter a la Cheka a una mayor regulación eran rechazados sin apenas debate. Cuando mencheviques, anarquistas y demás advertían sobre el daño que provocaba el terror en los ideales de la revolución socialista, sus escrúpulos eran descalificados como “pequeñoburgueses”. Sin embargo, el terror no fue una creación del partido revolucionario. La posibilidad de saquear a los saqueadores, abierta por los bolcheviques, canalizó el afán de venganza de quienes durante muchísimo tiempo habían sufrido la humillación y la explotación de los que ostentaban el poder, eran ricos y gozaban de la cultura.

Si bien el debate sobre el peso asignado a las condiciones dadas o a las acciones de los principales actores sigue abierto, existe, en cambio, un marcado consenso sobre los rasgos distintivos del nuevo escenario político. En primer lugar, la transformación del partido revolucionario en el núcleo central del engranaje estatal, con el consiguiente vaciamiento de los organismos gubernamentales: Consejo de Comisarios del Pueblo y Comité Ejecutivo Central de los Soviets. La definición del nuevo orden político como república soviética no se correspondió con la realidad. Los soviets nunca intervinieron en la integración del nuevo gobierno central, cuyos miembros fueron designados por el Comité Central del partido bolchevique, y las elecciones de los soviets fueron cada vez más formales, y estos quedaron subordinados a los comités del partido. En segundo lugar, la concentración del poder en las manos de un pequeño círculo en la cima del partido. En el momento álgido de la guerra civil se aprobó “el centralismo más estricto y la disciplina más severa”. Con este fin, en marzo de 1919, en el seno del Comité Central se crearon tres organismos: el Politburó, a cargo de la conducción política, fue la principal fuente de las decisiones ejecutadas desde el Estado; el Orgburó, al frente de las decisiones organizativas, y la Secretariado del Comité Central, encargado de los nombramientos y la distribución del personal del partido. Finalmente, la imposición de un régimen de partido único. Después de la Revolución, aunque los bolcheviques eran el grupo dominante, siguieron existiendo los otros partidos socialistas; a partir de la guerra civil, su situación fue muy precaria y desde 1921 fueron perseguidos.

El aparato partidario era más eficaz para transmitir las decisiones del centro y garantizar su aplicación que los organismos del gobierno. Los comités del partido respondían disciplinadamente a las directivas de los órganos superiores, y aunque formalmente los secretarios eran elegidos por las bases, en los hechos, las designaciones y las destituciones quedaron en manos de la secretaría del Comité Central. Los bolcheviques pusieron especial empeño en la incorporación de los obreros al partido: esta era la vía para asegurar la “dictadura del proletariado”. La masiva incorporación de trabajadores (la leva de 1924) dio lugar al desplazamiento de un número sustancial de ellos desde sus puestos en las fábricas hacia empleos en la burocracia partidaria. Los obreros que se sumaron al partido en los años 20 contaron con grandes posibilidades de ascender a la burocracia técnica y administrativa.



[1] Courtois, Stéphane. El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión. Editorial Planeta/Espasa. Barcelona. 1998.

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