Hacia La Guerra Fría (1945-1953)
La competencia entre
Washington y Moscú (que impuso su sello a las relaciones internacionales
durante casi medio siglo) se libró en los frentes militar, ideológico, político
y propagandístico, pero sin desembocar en la lucha armada, ya que la desaforada
carrera en torno a la provisión de armas nucleares instaló la certidumbre de
que el paso a una guerra caliente sería una catástrofe sin vencedores. Aunque
su aspecto más visible fue el enfrentamiento militar y la carrera armamentista,
la Guerra Fría también implicó una competencia que fue económica (planificación
vs libre empresa), política (democracias “populares” vs democracias
“liberales”), y también la disputa en el plano de las ideas en torno a la
apropiación de un número de significantes de alto valor legitimador tales como
paz, democracia, libertad y cultura.
Cuando llegó la paz,
Europa estaba devastada y quedó confirmada la pérdida de su hegemonía anunciada
al término de la Primera Guerra Mundial. En la segunda posguerra, Washington y
Moscú se posicionaron como los principales centros de poder, aunque la fuerza
económica y militar de Estados Unidos era sustancialmente superior a la de la
Unión Soviética brutalmente desgarrada en términos humanos y materiales por la
invasión de los nazis. Como contrapartida la URSS había salido del conflicto
ocupando amplias extensiones de Europa y portando un enorme prestigio mundial debido
a su enorme sacrificio y a su innegable protagonismo en la derrota del nazismo.
Si bien entre 1941 y 1945, Washington y Moscú unieron sus fuerzas para luchar
contra el enemigo común, poco después de la derrota del Eje se posicionaron
como enemigos irreconciliables. A pesar de los numerosos trabajos sobre las
razones y la trayectoria de la Guerra Fría, la configuración de dos bloques enemigos
continúa siendo un proceso intensamente debatido.
Los primeros signos
del resquebrajamiento de la Gran Alianza se hicieron evidentes a partir de
1946. Por una parte, el afianzamiento de los soviéticos en los países de Europa
del Este profundizó los recelos de los principales países del área capitalista
respecto a los objetivos de Moscú. Por otra, las reticencias de los aliados
occidentales al retiro por parte de la URSS de los bienes alemanes destinados
al pago de las indemnizaciones de guerra, alentó los temores de Stalin. El
ambiente enrarecido que ya se había empezado a respirar en Potsdam terminó por
aflorar claramente en 1946 cuando se sucedieron una serie de declaraciones que
expresaban la mutua desconfianza. En febrero 1946 George Kennan, experto en
asuntos soviéticos del Departamento de Estado norteamericano, envió a
Washington un documento de 16 páginas con un diagnóstico pesimista sobre los
objetivos de Moscú. Se advertirá, al leer las declaraciones realizadas desde
hace dos décadas por los jefes y los portavoces del régimen en las reuniones
del Partido, que hay una solución de continuidad en el pensamiento soviético, y
la consigna que se mantiene siempre es: la hostilidad fundamental a la
democracia occidental, al capitalismo, al liberalismo, a la socialdemocracia y
a todos los grupos y elementos que no estén completamente sometidos al Kremlin.
Al mes siguiente, Churchill visitó los Estados Unidos y pronunció un célebre
discurso en la Universidad de Fulton en el que anunció la existencia de un
“telón de acero” entre los países de Europa occidental y los ocupados por el
ejército soviético. Como contrapartida, en septiembre de 1946, el embajador
soviético en Washington alertó a su gobierno que Estados Unidos pretendía
dominar el mundo y estaba dispuesto a ir a la guerra para lograr sus objetivos.
El ruptura de la
alianza no quedó reducido al cruce de declaraciones hostiles, en ese momento
existían dos cruentas guerras civiles, la de Grecia y la de China, donde los
comunistas locales se enfrentaban con fuerzas apoyadas por las democracias
occidentales y, además, se profundizaban las divergencias entre los países capitalistas
y la Unión Soviética respecto al trato dado a Alemania. El gobierno soviético
exigía el ingreso de las indemnizaciones que habrían de contribuir a la
reconstrucción del país desbastado por la guerra, mientras que Estados Unidos
mostraba un creciente interés por la recuperación alemana concebida como
muralla de contención frente al comunismo.
La cada vez más
evidente debilidad de Gran Bretaña condujo al gobierno de Truman, alegando la
necesidad de defender la democracia, a ejercer un papel activo sobre el rumbo
de Grecia y Turquía, dos países ubicados en la esfera de influencia inglesa. En
febrero de 1947 el gobierno británico reconoció que era incapaz de seguir
apoyando al gobierno conservador de Atenas en su lucha contra las guerrillas
comunistas y que no podía mantener la ayuda financiera a Turquía. Al mes
siguiente, en su discurso ante el Congreso, el presidente norteamericano no
solo demandó la aprobación de una ayuda de 400 millones de dólares para ambos
países, anunció que los Estados Unidos se comprometían con la defensa del mundo
libre. Según Truman existían dos mundos totalmente opuestos.
Uno de dichos modos
de vida se basa en la voluntad de la mayoría (democracia) y se distingue por la
existencia de instituciones libres, un gobierno representativo, elecciones
limpias, garantías a la libertad individual, libertad de expresión y religión,
y el derecho a vivir sin opresión política. El otro se basa en la voluntad de
una minoría impuesta mediante la fuerza a la mayoría (dictadura). Descansa en
el terror y la opresión, en una prensa y radio controladas, en elecciones
fraudulentas y en la supresión de las libertades individuales.
Los Estados Unidos
debían ayudar a los pueblos que luchaban contra las minorías armadas o contra
las presiones exteriores que intentaban sojuzgarlos. A través de la
identificación del peligroso enemigo comunista, la administración Truman contó
con argumentos consistentes para desactivar el tradicional aislamiento
estadounidense y recaudar los fondos que exigía asumir el papel de potencia
hegemónica: unos gastos que preocupaban a los contribuyentes norteamericanos.
La contención del peligro rojo posibilitaba cohesionar a la sociedad
estadounidense en torno a los nuevos objetivos de su dirigencia: posicionar a
Estados Unidos como una potencia con capacidad y vocación de liderazgo mundial.
Poco después, el
secretario de Estado George Marshall anunció, en la Universidad de Harvard, el
Programa de Recuperación Europeo. La situación europea era preocupante: las
ciudades devastadas, la escasez de materias primas básicas y el extremo frío en
el invierno de 1946 alentaban el descontento social. En Francia e Italia, los
comunistas captaron un importante caudal de votos en las primeras elecciones de
posguerra y formaron parte de los gobiernos de coalición hasta 1947.
El Programa de
Recuperación Europea, llamado Plan Marshall, ofrecía ayuda económica a
todos los países que aceptaran los mecanismos de control y de integración
dispuestos por Estados Unidos. Moscú rechazó el ofrecimiento y obligó a los
países europeos del Este a sumarse a su decisión alegando que la ayuda servía a
los intereses del imperialismo estadounidense. El golpe comunista de Praga en
febrero de 1948 precipitó la puesta en marcha del citado plan. En abril de
1948, Truman firmó el Programa de Recuperación Europea, se creó la
Administración de Cooperación Económica (ECA) para manejar los fondos y en
París se constituyó la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE)
para coordinar la distribución de la ayuda norteamericana. España quedó formalmente
excluida en virtud de seguir bajo el gobierno del General Francisco Franco bajo
la acusación de ser filonazi. Entre 1948 y 1952 llegaron a Europa cerca de 14
mil millones de dólares. Gran Bretaña obtuvo el mayor porcentaje del dinero y
fueron especialmente atendidas Francia e Italia, países a los que se
consideraban amenazados por el comunismo.
El programa tenía un
triple objetivo: impedir la insolvencia europea que hubiera tenido
consecuencias negativas para la economía norteamericana, contribuir a la mejora
de las condiciones sociales en las que se visualizó un terreno fértil para la
expansión del comunismo y favorecer el afianzamiento de regímenes democráticos
dispuestos a apoyar la política de Estados Unidos en el escenario
internacional. El ingreso de los dólares fue acompañado por una intensa campaña
de propaganda mediante documentales, noticieros y panfletos, a través de los
cuales se difundió el Estilo de Vida Americano. En general los administradores
norteamericanos de la ECA alentaron y presionaron a los gobiernos europeos para
que impulsasen una política basada en la contracción del gasto público, el
equilibrio de los presupuestos, la estabilidad monetaria, un sistema fiscal que
alentara las inversiones. Este conjunto de medidas basaba el éxito de la
reconstrucción en la obtención de altos beneficios por parte del capital. No obstante,
resulta muy llamativa la política norteamericana: no existían precedentes
históricos de que una importante potencia apoyara el resurgimiento de sus
potenciales competidores económicos como lo hizo Estados Unidos mediante
préstamos con bajo interés, subvenciones directas, asistencia tecnológica,
relaciones comerciales favorables y el establecimiento de un marco
institucional multilateral para la estabilidad internacional. Si no hubiese
ocurrido así, la economía mundial se habría hundido.
La “amenaza” del
enemigo no sólo habilitó a Estados Unidos a imponer su predominio en el
escenario mundial. En el plano interno dio cauce a una campaña de control y
represión sobre los comunistas y también sobre los que no fueran decididos
anticomunistas, especialmente intelectuales con trayectoria antifascista y los
vinculados al mundo del cine. Estados Unidos, según Truman, tenía menos
comunistas que cualquier otro país, pero había que hacer “todo lo necesario
para impedir que se convirtieran en una fuerza importante”. En 1947 la Comisión
de actividades antiamericanas inició sus actividades. Dicha comisión estuvo presidida
por el senador Joseph McCarthy quien, junto con Edgar Hoover, director del
Federal Bureau of Investigations (FBI), encabezaron la cruzada contra el Comunismo
que alentó la delación entre vecinos y familiares. Todo ciudadano era un
potencial sospechoso. McCarthy llegó a denunciar que los comunistas se habían
infiltrado en el Departamento de Estado, en el Pentágono, en Hollywood, en el
teatro de Broadway, en los medios de comunicación y en las universidades.
América estaba minada en sus cimientos y había que responder de forma
contundente.
Muchos
estadounidenses que esperaban con temor el ataque de los comunistas deseaban
ardientemente el castigo contra los enemigos de América. Los patriotas
reclamaban mano dura y proliferaron las denuncias que identificaban a
responsables de actividades antiamericanas. En este ambiente Julius Rosenberg y
su esposa Ethel, miembros del partido Comunista estadounidense, fueron acusados
de vender a la URSS secretos acerca de la fabricación de la bomba atómica y
condenados a la pena de muerte sobre la base de pruebas poco consistentes. La
campaña a favor del indulto no logró su cometido y fueron ejecutados.
En un primer
momento, la conducta de Stalin respecto a los países europeos ocupados por el
Ejército Rojo a lo largo de su lucha contra los nazis fue la del vencedor
dispuesto a apropiarse de los recursos de sus enemigos en pos de lograr la más
rápida recuperación de su patria. Actuó más como un nacionalista que como un
comunista interesado en promover la revolución y la expansión del comunismo. No
apoyó la lucha de las guerrillas comunistas que pretendían tomar el poder en
China y en Grecia. En el caso de la guerra civil china, Stalin intento
convencer al líder comunista Mao Tsé Tung para que llegara a un acuerdo con el
Kuomintang, el partido cuyo triunfo anhelaba Estados Unidos. Tampoco
obstaculizó el triunfo de la monarquía griega sostenida por Gran Bretaña. Su
principal preocupación en términos de control territorial fue asegurar las
fronteras de las URSS tal y como habían sido diseñadas en el pacto de 1939 con
el gobierno de Hitler. A partir de las nuevas fronteras de la URSS, Moscú
volvió a sumar los territorios controlados por el imperio zarista antes de
Versalles, y aseguró su posición con la creación de un cordón de seguridad en
su margen occidental.
Si bien la suerte de
Polonia había dado lugar a tensiones en los encuentros entre Stalin, Churchill
y Roosevelt, éstas no afectaron la alianza y el jefe comunista logró anexar a
la URSS la franja oriental de Polonia y sujetar al nuevo gobierno polaco
integrado por comunistas a las directivas del Kremlin. La ruptura de la alianza
se consumó en torno al destino de Alemania. El plan del reparto territorial y
el pago de indemnizaciones acordados en los encuentros de los Tres Grandes
fueron rápidamente dejados de lado por los gobiernos occidentales. Desde
mediados de 1946 Estados Unidos puso en marcha medidas para la reconstrucción
alemana. Para ello contó con la colaboración inglesa y, más tarde, con el aval
de Francia, en gran parte debido a su necesidad de los créditos americanos.
Simultáneamente,
desde Moscú se decidió crear el bloque soviético a través de la instauración,
en los países ocupados, de gobiernos comunistas subordinados a las directivas
del Kremlin. En la conferencia celebrada a finales de septiembre 1947 en
Silesia se dispuso la creación de la Oficina de Información de los Partidos
Comunistas y Obreros (Kominform) a los objetivos de que los partidos comunistas
de la zona bajo influencia soviética (Albania Polonia, Checoslovaquia,
Yugoslavia, Hungría, Bulgaria y Rumania) junto con los de Francia e Italia
actuaran mancomunadamente de acuerdo con los objetivos de la Unión Soviética.
En esa ocasión, el representante soviético Andréi Zhdánov reconoció la división
del mundo en dos bloques y convocó a las fuerzas del “campo antifascista y
democrático” a seguir el liderazgo de Moscú.
La toma del gobierno
de Checoslovaquia por parte de los comunistas en febrero de 1948 puso fin al
gobierno de coalición, y tuvo un fuerte impacto en el bloque occidental que vio
en esta acción de los comunistas checos la confirmación del carácter
totalitario y el afán expansionista del régimen soviético. Las tres potencias
occidentales profundizaron en la recuperación de Alemania occidental mediante
la unificación de las regiones que ocupaban militarmente y el reconocimiento de
una creciente autonomía a las autoridades locales. Entre abril y junio de 1948
aprobaron los Acuerdos de Londres para iniciar un proceso constituyente en sus
zonas de ocupación. Luego dieron un paso más, creando una nueva moneda, el Marco
alemán, que circularía en sus zonas de ocupación. La nueva moneda, de mayor
valor, obstaculizó de hecho el intercambio comercial entre las zonas del oeste
y del este que era vital para esta última. Stalin denunció esta decisión
unilateral y cerró las vías de comunicación entre Berlín y el exterior. Según
la perspectiva soviética, la reforma monetaria “preparada secretamente” dio
lugar a que “los viejos marcos alemanes desvalorizados fluyeran inmediatamente
a Alemania Oriental, creando el peligro de causar enorme daño a la economía de
esta zona. Ante ello las autoridades soviéticas tuvieron que adoptar medidas
urgentes. Con el objeto de cerrar el paso a los especuladores se instauró el
control de mercancías y viajeros procedentes de Alemania Occidental”.
La capital,
enclavada en la zona soviética (el land de Brandeburgo), también había quedado
dividida en cuatro sectores y las potencias occidentales no estaban dispuestas
a abandonar esta posición estratégica. Los norteamericanos, con una pequeña
ayuda británica, organizaron un puente aéreo que durante once meses y mediante
más de 275.000 vuelos consiguió abastecer a la población sitiada. Al mismo tiempo
la Casa Blanca hacía saber al Kremlin que no dudaría en usar la fuerza para
hacer respetar los corredores aéreos que unían Berlín con la Alemania
occidental. El bloqueo debilitó las resistencias que aún existían respecto a la
política de Estados Unidos: la de los alemanes occidentales que no deseaban
profundizar la separación respecto a la zona bajo control soviético; el temor
de los franceses a la reconstrucción política y económica de Alemania y, por
último, las objeciones de sectores estadounidenses a involucrarse en la
política europea. En mayo de 1949 se decretó oficialmente la fundación de la
República Federal Alemana que abarcó todas las zonas ocupadas por las potencias
occidentales, incluyendo Berlín Occidental, y en octubre de ese mismo año fue
creada la República Democrática Alemana formada por los cinco estados ocupados
por las tropas soviéticas. En este contexto, el 4 de Abril de 1949 fue aprobada
la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la contrapartida militar del
Plan Marshall. En 1955 en réplica al rearme alemán y a la integración de la RFA
en la OTAN, los países de las democracias populares firmaron el llamado Pacto
de Varsovia.
La carrera
armamentista dio paso a la constitución de un nuevo actor en cada uno de los
bloques: el complejo industrial-militar interesado, en todos sus niveles, aún
entre sus trabajadores, en mantener su poder indiscutido y la apropiación de
una porción sustancial de los recursos de los países que lo sostenían. La idea
del complejo industrial-militar se popularizó, en 1961, cuando el Presidente
Eisenhower advirtió públicamente al pueblo y al gobierno de los Estados Unidos
sobre los peligros de las tendencias expansivas e influencias políticas de la
poderosa coalición que giraba en torno al complejo militar-industrial
estadounidense.
Bajo el gobierno de
Truman fue promulgada el Acta de Seguridad Nacional que dio al gobierno federal
el poder para movilizar y racionalizar la economía nacional con el apoyo de las
fuerzas armadas frente a la eventualidad de una guerra. Por medio de esta ley
se crearon el Consejo de Seguridad Nacional (NSC) y la Agencia Central de
Inteligencia (CIA), instituciones que jugarían un papel clave en la
reorganización del aparato estatal norteamericano en el sentido de habilitar
acciones políticas y militares secretas destinadas a posibilitar las
intervenciones de Estados Unidos en el escenario mundial.
En 1949 dos hechos
profundizaron la postura anticomunista de Washington. El primero de ellos fue
la revolución china que dio paso a la alianza entre Moscú y Pekín. El segundo
tuvo lugar el 14 de julio con la detonación de la primera bomba nuclear por
parte de la URSS. Truman ordenó al Consejo de Seguridad Nacional realizar una
reevaluación de la política estadounidense hacia los soviéticos. El resultado
fue el documento NSC-68, que describía a la Unión Soviética como “una potencia
intrínsecamente agresiva, estimulada por una fe mesiánica opuesta al estilo de
vida norteamericano y cuya inextinguible sed de expansión había llevado al
sometimiento de Europa Oriental y China y amenazaba con absorber al resto de la
masa continental de Eurasia”. Este diagnóstico justificaba el desarrollo de
la bomba termonuclear, la expansión de las fuerzas convencionales, la
reasignación de recursos económicos para lograr un mayor desarrollo militar y
el fortalecimiento de los lazos entre los miembros de la OTAN. La contención
como la entendía Kennan ya no era una prioridad para Truman y sus asesores. La
dirigencia estadounidense vinculó la seguridad nacional con intervenciones en
el exterior que contribuyesen tanto a los intereses económicos de su país, como
a la presencia de gobiernos definidamente aliados.
Los Estados Unidos
habían logrado imponer su predomino indiscutido sobre Japón, pero vieron
frustradas sus expectativas de que en China triunfase el Kuomintang. La firma,
a principios de 1950, del tratado de alianza y ayuda mutua por 30 años entre
China y la URSS fue percibida como una seria amenaza. El sudeste asiático y
Asia oriental pasaron a ser uno de los principales escenarios de la Guerra Fría.
Al triunfo de Mao se le sumaba la presencia de importantes grupos armados
comunistas en Indochina y el hecho de que Corea hubiese quedado dividida. La
guerra abierta se desencadenó en este país.
Conforme a lo
establecido en Potsdam, Corea fue ocupada por los soviéticos al norte del
paralelo 38 quienes apoyaron al autoritario régimen comunista encabezado por
Kim Il Sung. En el sur, los norteamericanos apoyaron la férrea dictadura de
Syngman Rhee. A mediados de 1950, el ejército norcoreano avanzó hacia el sur.
La reacción de Estados Unidos fue inmediata. Washington pidió la convocatoria
del Consejo de Seguridad de la ONU que autorizó el envío de tropas para frenar
la agresión norcoreana. Las tropas multinacionales de la ONU, en la práctica el
ejército norteamericano al mando del general Douglas MacArthur, recuperaron
rápidamente el terreno perdido y el 19 de octubre tomaron Pyongyang, la capital
de Corea del Norte. La República Popular de China había advertido que
reaccionaría si las fuerzas de la ONU sobrepasaban el límite de la frontera en
el río Amnok. Mao buscó la ayuda soviética: «Si nosotros permitimos que los
Estados Unidos ocupen toda Corea debemos estar preparados para que los Estados
Unidos declaren la guerra a China». La asistencia soviética se limitó a
proveer apoyo aéreo.
El asalto del Ejército
Popular de Liberación Chino repelió a las tropas de la ONU hasta el paralelo
38. MacArthur propuso el bombardeo atómico, pero tanto el presidente como la
mayoría del Congreso reaccionaron alarmados ante una acción que podía llevar al
enfrentamiento nuclear con la URSS. El general fue destituido entre las
protestas de la derecha republicana. El resto de la guerra sólo tuvo pequeños
cambios de territorio y largas negociaciones de paz que concluyeron en julio de
1953 con la firma del Armisticio de Panmunjom que acordó una línea de
demarcación similar a la existente. Se puso fin al conflicto armado, pero no
llegó a concretarse un tratado de paz.
Frente a este
panorama, Estados Unidos sintió la necesidad de revisar la situación de Japón.
A través del Tratado de San Francisco aprobado en 1951, Tokio renunció a los
territorios que de hecho ya había perdido en 1945 y volvió a sus fronteras de
1854. El hecho de que fuera eximido del pago de indemnizaciones de guerra
provocó un gran descontento en muchos países asiáticos. La India, China y la
URSS se negaron a firmar el tratado que finalmente ratificaron 49 países. Japón
pasó directamente del estatuto de vencido al de aliado de Estados Unidos.
La administración
Truman extendió a Asia la política definida para Europa: aprobó el apoyo
militar y económico a Chiang Kai-Shek instalado en Taiwán y el decidido empuje
al crecimiento económico de Japón. Estados Unidos se especializó en
proporcionar protección y en imponer su poder militar, mientras los gobiernos
del este asiático se concentraban en la recuperación de sus economías como
valla frente al comunismo y como base de legitimación de los nuevos estados
nacionales. La ocupación militar unilateral de Japón en 1945 y la división de
la región como consecuencia de la Guerra de Corea en dos bloques antagónicos
crearon, mediante tratados bilaterales de defensa, unos regímenes proamericanos
en Japón, Corea del Sur, Taiwán y Filipinas. Todos se convirtieron en estados
semisoberanos, profundamente penetrados por las estructuras militares
estadounidenses (control operativo sobre las fuerzas armadas surcoreanas, la
Séptima Flota patrullando por los istmos de Taiwán y bases militares en sus
territorios) e incapaces de una política exterior independiente o de tomar
iniciativas en materia de defensa.
En este marco
Estados Unidos envió una misión a Indochina a fin de evaluar la situación y
brindar apoyo a Francia en guerra con las fuerzas locales que reclamaban la
independencia. Esta estrategia respondía a la hipótesis de la existencia de un
plan dirigido por Moscú con la participación de China para lograr la expansión
mundial del comunismo.
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