sábado, 17 de diciembre de 2011

EL REPARTO DE ÁFRICA

 

 

 

El Reparto De África

 

Antes de la llegada de los europeos el continente africano estaba constituido por entidades diversas, algunas con un alto nivel de desarrollo. No había fronteras definidas: el nomadismo, los intensos movimientos de población, la existencia de importantes rutas comerciales y la consiguiente mezcla entre grupos eran componentes importantes. En general las fronteras políticas no coincidían con las étnicas.

Entre los imperios anteriores a la colonización destacaban los de África Occidental: Ghana, Mali, Kanem-Bornu y Zimbabwe. El contacto y la penetración del Islam a partir del año 1000, aproximadamente, tuvieron fuerte arraigo en la zona oriental y occidental de África.

La trama de relaciones sociopolíticas era muy diversa: desde reinos con monarquías centralizadas altamente desarrollados hasta bandas simples con instituciones económicas rudimentarias. La mayoría de los pueblos africanos vivían en sociedades que se encontraban en algún punto entre esos dos extremos. Todas ellas compartían formas organizativas basadas en los vínculos de linaje, tanto por vía paterna como materna. La mayoría dependía de la agricultura y los intercambios; la urbanización era limitada. En ocasiones, las potencias coloniales establecieron alianzas con poderes militares locales.

La incorporación de África al mercado mundial y su dominación por las potencias europeas atravesó dos etapas. La que comprende del siglo XV al XIX, en la cual prevaleció el comercio de esclavos, seguida por la penetración económica y territorial de Francia y Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XIX. En segundo lugar, el período de acelerada colonización a partir de la Conferencia de Berlín de 1885. Los europeos llegaron a las costas africanas en el siglo XV buscando la ruta de las especias. Al principio se instalaron en ellas con la única intención de abastecer sus barcos, pero en poco tiempo encontraron un negocio altamente rentable: el comercio de oro, marfil y, especialmente, de esclavos. En África la esclavitud no era desconocida, ya que antes de la irrupción de los europeos era una práctica de la población local y tuvo un destacado incremento con la llegada de los comerciantes árabes a la costa oriental africana.

A mediados del siglo XV los portugueses fueron los primeros en comerciar con los esclavos en la costa occidental de África para trasladarlos al nuevo continente. No tardaron en sumarse Francia, Holanda, España y Dinamarca. Los ingleses, que llegaron más tarde, acabaron teniendo el liderazgo en el comercio negrero en relación con la explotación de azúcar en las Antillas y como proveedores de otros Estados. Los futuros esclavos eran capturados generalmente por otros africanos y transportados a la costa occidental africana, donde eran entregados a las compañías de comercio para ser almacenados en las factorías construidas para ello. Este incremento en el comercio de hombres, mujeres y niños fue acompañado por una ideología racista que negó a los negros la condición de seres humanos.

En este momento no se avanzó hacia las tierras del interior, excepto en el caso de África del Sur. Aquí la Compañía Holandesa de la Indias Orientales, en su afán de contar con una sólida parada para el aprovisionamiento de las flotas que iban hacia Asia, decidió fundar una colonia. Los primeros colonos holandeses llegaron a Ciudad del Cabo en 1652, para dedicarse a la producción agrícola y ganadera. Rápidamente se lanzaron a la conquista de nuevas tierras, expulsando de ellas a la población autóctona. Esta emigración creó las bases de una sociedad de granjeros y ganaderos de carácter autónomo, los llamados bóers o afrikáners. A pesar de que opusieron una fuerte resistencia, los pueblos locales, especialmente los zulúes, fueron expulsados de sus tierras y esclavizados para su explotación económica. Después de la derrota de Napoleón, en el Congreso de Viena de 1815, la colonia pasó a manos de Gran Bretaña, que impuso la abolición de la esclavitud. Esto, sumado a la primacía política de los británicos y a la imposición de su lengua como la oficial, cargó de tensiones la relación anglo-bóer. Los afrikáners emigraron hacia el norte para fundar las repúblicas autónomas de Orange y Transvaal, mientras que Gran Bretaña mantuvo su predominio en las colonias de Natal y El Cabo.

Los descubrimientos de yacimientos de diamantes en 1867 y de oro en la década de 1880 condujeron al enfrentamiento entre ingleses y bóers, que competían para aprovecharse de esas riquezas. Desde la década de 1870, el inglés Cecil Rhodes asumió un papel decisivo en la explotación económica de toda esta zona y en la expansión hacia el norte de los dominios británicos (Rhodesia). Combinó la creación de compañías mineras de gran éxito (como la British South Africa Company) con la actividad política, y recurrió al uso de la fuerza para acabar con la autonomía de los bóers.

El fracaso de la acción armada contra el gobierno de Transvaal en 1895 lo obligó a dejar su cargo de primer ministro de la colonia de El Cabo. La guerra anglo-bóer estalló en 1899, y aunque al año los británicos ya habían demostrado su superioridad militar, los bóers continuaron resistiendo a través de la guerra de guerrillas. Después de la brutal represión de los militares británicos estas poblaciones se rindieron en 1903. Con la creación de la Unión Sudafricana en 1910, las dos repúblicas autónomas –Transvaal y Orange– y las dos colonias británicas –El Cabo y Natal– fueron englobadas en un mismo país bajo la supervisión británica, con una destacada autonomía para los afrikáners y con un régimen unitario, en contraste con el federal adoptado en Canadá y Australia. La monarquía estaba representada por un gobernador general, mientras que el poder efectivo quedó en manos del primer ministro, cargo que fue ocupado por Luis Botha, a quien acompañó Jan Smuts al frente de una serie de ministerios claves. Ambos militares, que habían combatido en la guerra anglo-bóer, eran dirigentes del Partido Sudafricano, que reunió a los afrikáners. Los miembros del Parlamento fueron elegidos básicamente por la minoría blanca. Los coloureds, o mestizos, contaron en principio con derechos políticos que se fueron restringiendo según avanzaba el poder de los afrikáners y se reducía el de los anglosajones. El inglés y el holandés se establecieron como idiomas oficiales, mientras que el afrikáans no fue reconocido como idioma oficial hasta 19252.

           El afrikáans es el idioma criollo derivado del neerlandés que comenzó a forjarse en Sudáfrica a finales del siglo XVII a través de la simplificación de la fonética y de la gramática, y también en virtud de la incorporación de vocablos procedentes del francés, del alemán, del malayo y del khoi. A lo largo del siglo XIX, la lengua neerlandesa fue el idioma oficial de las repúblicas bóers. Las constituciones del Transvaal y el Estado Libre de Orange, así como todos sus documentos públicos y boletines oficiales estaban redactados en holandés. Sin embargo, en el último cuarto del siglo XIX, en el marco de cambios económicos y síntomas de crisis cultural, un grupo de fervientes nacionalistas se movilizó a favor de la adopción de la lengua afrikáans.

En 1867 con el descubrimiento de las minas de diamantes comenzó un período de transformación económica en Sudáfrica. El impulso económico que dio a la colonia la explotación de los diamantes no destruyó inmediatamente el aislamiento de la agricultura de subsistencia, pero confirió a los granjeros una percepción más aguda de las nuevas oportunidades, las restricciones existentes, y la naturaleza abrupta del crecimiento económico. Las dos actividades más importantes de la agricultura en que estaban comprometidos los afrikáner-holandeses –producción de vino y de lana–, se beneficiaron poco del boom del diamante. Los afrikáner-holandeses se fueron acercando lentamente hacia esta industria, pero encontraron difícil competir con los ingleses porque estos llevaban más tiempo en el negocio. Contra este retraso económico general, los afrikáner-holandeses comenzaron a agitarse en pos de políticas proteccionistas: un banco nacional para contrarrestar a los bancos imperiales, y un estatuto de igualdad para la lengua holandesa. En general, los anglófonos, con su base en el comercio y la industria, y que mayormente hablaban una sola lengua, se opusieron a estas demandas. Desde la década de 1870 se empezó a formar una gran clase de pequeños granjeros.

Algunos comenzaron a emigrar a los pueblos donde encontraban empleo casual, otros recurrían al trapicheo, la mendicidad y el crimen, pero el principal efecto fue el surgimiento de asociaciones de granjeros afrikáner-holandeses que estimuló el creciente despertar étnico. Esta crisis económica fue acompañada por una grave crisis cultural. En su cima, la sociedad afrikáner-holandesa estaba perdiendo algunas de sus mentes más brillantes por medio de un proceso gradual de anglicización.

En la década de 1870, en el este del Cabo, unos pocos maestros y clérigos, entre ellos el ministro de la Iglesia Holandesa Reformada Stephanus du Toit, hicieron los primeros intentos conscientes para desarrollar una concepción étnica específica para los afrikáner-holandeses. Estaban preocupados por el modo en que la industrialización y la secularización de la educación afectaban a la sociedad afrikáner-holandesa y querían generar condiciones que posibilitaran rechazar las influencias extranjeras. Du Toit declaró la guerra contra la hegemonía cultural inglesa, la secularización de la educación que debilitaba a las autoridades tradicionales, y la influencia corruptora de la industrialización. En artículos periodísticos publicados bajo el seudónimo de “Un verdadero afrikáner”, argumentó que el idioma expresaba el carácter de un pueblo (volk) y que ninguna nacionalidad podía formarse sin su propio idioma.

En 1875 participó en la fundación de la Congregación de Verdaderos Afrikáners. En ese momento, buena parte de la clase dominante consideraba a los afrikáner-holandeses y los anglófonos coloniales como unidos en una nación afrikáner naciente. En contraste, la Congregación dividía al pueblo afrikáner en tres grupos –los pro-ingleses, los pro-holandeses y los pro-afrikáners–, y solo los últimos eran considerados verdaderos afrikáners. Esta organización se declaró a favor del afrikáans como el idioma (étnico) nacional. En pos de este objetivo publicó un periódico (El Patriota), una historia nacionalista, una gramática, y algunos textos escolares en afrikáans. Su reivindicación del afrikáans tenía varias dimensiones: era un idioma político que daba cuerpo al despertar étnico afrikáner y expresaba oposición al dominio imperial; era un instrumento educativo que elevaría a gran cantidad de niños, y era un vehículo para la divulgación de la Biblia.

Otro factor que aportó a la emergencia de una identidad étnica afrikáner-holandesa fue la exitosa resistencia del Transvaal al intento de los británicos de ocupar esas tierras en 1881. La resistencia de los ciudadanos de Transvaal se convirtió en una movilización étnica vigorosa. Tuvieron lugar mítines masivos donde gran número de ciudadanos acampaban durante días para escuchar discursos de los líderes. Más de la mitad de la población firmó peticiones contra la anexión. En esta movilización todas las divisiones políticas fueron temporalmente superadas. La anexión había “dado nacimiento a un fuerte sentido nacional entre los bóers; los había unido y todos estaban ahora con el Estado”. Después de la guerra los generales, usando su nuevo estatus como “líderes nacionales”, apelaron a los ciudadanos para finalizar las divisiones políticas y religiosas.

Estos tres desarrollos –la fundación de la Congregación de Verdaderos Afrikáners y del denominado Primer Movimiento por la Lengua Afrikáans, la creación de asociaciones de granjeros afrikáners y la rebelión de Transvaal– son considerados frecuentemente como el entramado favorable para la emergencia del nacionalismo bóer. Sin embargo, en ese momento, la etnicidad política afrikáner no logró consolidarse en virtud de tres fuerzas que frenaron su auge: primero la continuación de la hegemonía imperial británica; segundo, las profundas divisiones de clase dentro del grupo afrikáner-holandés; y tercero, la intensa rivalidad interestatal entre la Colonia del Cabo y Transvaal.

Por otra parte, la legislación segregacionista se extendió a partir de 1910: la Native Labor Act impuso a los trabajadores urbanos negros severas condiciones de sumisión, y la Native Land Act destinó el 7% del territorio nacional a reservas para ubicar a los negros. En 1912 se creó el Congreso Nacional Africano, con el objetivo de defender de forma no violenta los derechos civiles y los intereses de los negros africanos. Con una adscripción principalmente de miembros de la clase media, el Congreso puso especial énfasis en los cambios constitucionales a través de las peticiones y las movilizaciones pacíficas. Este nuevo dominio nació cargado de tensiones: los bóers querían la tan deseada independencia mientras que la mayoría africana, sometida por ambas comunidades europeas, careció de derechos. Las reservas bantúes Bechuanalandia, Basutolandia y Swazilandia quedaron a cargo de Londres fuera de la confederación. Al norte, en las tierras sobre las que había avanzado Rhodes se crearon tres colonias: Rhodesia del Sur (Zimbabwe), Rhodesia del Norte (Zambia) y Niassalandia (Malawi). Estos tres territorios, con diferente influencia de los colonos blancos y distintos recursos, fueron económicamente complementarios. En Rhodesia del Sur prevaleció la agricultura para la exportación, en manos de colonos europeos. Rhodesia del Norte fue una zona industrial con obreros calificados europeos y mano de obra africana, que cohabitaron con dificultad. Por último, Niassalandia, más densamente poblada y de escasos recursos, sirvió de reserva de mano de obra a los otros dos territorios y a Sudáfrica.

Con la supresión del comercio de esclavos en la primera mitad del siglo XIX, los territorios al sur del Sahara perdieron interés: holandeses, daneses, suecos y prusianos se retiraron de esas tierras. En cambio, los franceses y los ingleses no solo retuvieron sus posesiones en África occidental –Senegal y Costa de Marfil, los primeros; Nigeria y Costa de Oro (Ghana) los segundos– sino que encararon la explotación de los recursos locales y desde allí, especialmente Francia, avanzaron hacia el interior. Varias expediciones en los años ochenta permitieron a los franceses el control del conjunto del África occidental y ecuatorial (Mauritania, Senegal, Guinea, Burkina Faso, Costa de Marfil, Benín, Níger, Chad, República Centroafricana, Gabón y el Congo). A este inmenso territorio se añadieron las islas de Madagascar, Comores y Mayotte.

El principal interés de Gran Bretaña y Francia se concentró en los territorios del norte de África. Aunque nominalmente desde Egipto a Túnez eran provincias del Imperio otomano, la debilidad de Estambul posibilitó a los gobernantes locales ganar una creciente autonomía. Los grupos económicos y los gobiernos europeos vieron en esta zona amplias posibilidades para llevar a cabo actividades lucrativas: préstamos a los gobiernos, construcción de ferrocarriles e inversión en la explotación de recursos locales. Egipto, por ejemplo, se convirtió en un abastecedor clave de algodón para la industria textil inglesa. Además, los capitales encontraron en los gobiernos de estos países a actores interesados en atraerlos para llevar a cabo la modernización que les posibilitaría cortar sus lazos con el Imperio otomano. La penetración europea fue orquestada por Francia con el desembarco en la costa argelina en 1830. La ocupación efectiva del territorio solo pudo concretarse en la década siguiente, después de derrotar la resistencia que le opusieran los agricultores del norte y las tribus del desierto. La influencia francesa se extendió a Egipto, donde apoyó la construcción del canal de Suez, inaugurado en 1869. Inmediatamente, Gran Bretaña decidió controlar esta vía de comunicación, decisiva para preservar sus intereses imperiales en la India. Primero compró acciones de la Compañía del Canal y, finalmente, al producirse el levantamiento de 1881 que rechazaba la presencia extranjera, el gobierno británico, en forma unilateral, ocupó militarmente el país. Egipto siguió siendo formalmente una provincia del Imperio otomano, pero, de hecho, en lugar de semiindependiente bajo el poder turco, pasó a ser semiindependiente bajo la dominación británica. Aunque se mantuvo en su cargo al Jedive Tewfiq, el poder real quedó en manos del gobernador británico, lord Cromer.

Francia, excluida de Egipto, avanzó decididamente sobre Túnez y con mayores dificultades sobre Marruecos, donde debió enfrentar la resistencia de Alemania en dos ocasiones, en 1905 y en 1911. Al mismo tiempo, intentó llegar a las fuentes del Nilo avanzando desde Senegal. En Fashoda (1898) las fuerzas francesas fueron detenidas por los británicos, que bajaban desde Egipto hacia Sudán para controlar el movimiento musulmán dirigido por el Mahdi. Finalmente Gran Bretaña y Francia pusieron fin a su rivalidad en África: la primera reconoció el predominio francés en la costa del Mediterráneo –excepto Egipto– y Francia aceptó que el Valle del Nilo quedara en manos de los ingleses. La delimitación de las soberanías en el ámbito colonial permitió avanzar en la formación de la Triple Entente.

La subordinación de Túnez y Marruecos siguió el mismo camino que la de Egipto. Cuando el fracaso de los proyectos encarados por los gobernantes y el alto volumen de la deuda exterior colocó a estos países al borde de la quiebra, los Estados europeos aprobaron el envío de comisiones para el control de las finanzas. En un segundo momento, frente a las resistencias internas gestadas al calor de la modernización dependiente, la metrópoli con mayor fuerza, Francia, recurrió a la fórmula del protectorado.

Entre 1881 y 1912, todos los territorios de la costa mediterránea de África fueron ocupados por un país europeo. La última anexión fue la de las provincias otomanas de Cirenaica y Tripolitania (Libia), concretada por Italia en 1912 con la anuencia de Francia, que así se aseguró el control de Marruecos. En la cruenta y costosa guerra con el sultán, los italianos fueron favorecidos por el levantamiento en los Balcanes que dispersó el esfuerzo de las tropas otomanas.

En un segundo plano, Portugal y España básicamente retuvieron las posesiones del período previo. La primera se mantuvo en las islas de Cabo Verde y Príncipe, y en las costas de Angola y Mozambique. En estos territorios debió enfrentar una dura resistencia de las poblaciones locales antes de avanzar hacia el interior, y en virtud de la oposición británica no logró enlazarlos. En 1879 incorporó la colonia de Guinea Bissau. Por su parte, España consolidó la colonia de la Guinea Española (Guinea Ecuatorial) y sobre la base de Ceuta y Melilla, enclaves conquistados en las guerras de la Reconquista libradas contra los árabes, recibió de Francia en 1912 la región del Rif, al norte de Marruecos, y la de Ifni, al sur, junto al Sahara. La ciudad de Tánger fue declarada puerto libre internacional. Después de la Conferencia de Berlín España incorporó a sus territorios el Sahara Occidental.

En el vertiginoso reparto de África a partir de los años 80 se entrelazaron la decisiva importancia del canal de Suez, la resignificación del papel de África del Sur en virtud de su condición de productora de diamantes y oro, y las presiones de nuevos intereses: los de Italia, Alemania y el rey belga Leopoldo II. Si bien entre los objetivos y las formas de penetración del poder europeo en el área arábiga musulmana y en el África negra hubo destacados contrastes, al mismo tiempo los intereses cada vez más amplios de las metrópolis condujeron al entrecruzamiento de las acciones desplegadas sobre los distintos territorios.

Las pretensiones de Leopoldo II sobre el Congo y el ingreso tardío de Alemania al reparto colonial llevaron a la convocatoria de la Conferencia de Berlín, que habría de aprobar los criterios para “legitimar” la apropiación del territorio africano. En 1884, el canciller alemán Otto von Bismarck invitó a catorce potencias a reunirse para discutir sus reclamos en torno al continente africano. Durante la Conferencia de Berlín, las principales metrópolis, Alemania, Francia, Inglaterra y Portugal, optaron por evitar la existencia de fronteras comunes entre sus nuevos dominios y reconocieron la potestad de Leopoldo II sobre vastos territorios de África central. El reclamo del rey belga ofreció una salida a las ambiciones encontradas de las mencionadas potencias por controlar las importantes vías de comunicación fluvial de la zona.

En su afán de ingresar al reparto colonial, el rey belga no dudó en prometer que su tutela sobre el Congo pondría fin a la explotación de seres humanos brutalmente reducidos a la esclavitud. En combinación con las empresas instaladas en la región recurrió al soborno, al secuestro y al asesinato en masa para someter a la población local a la tarea de recoger el caucho. En virtud de las denuncias de este sistema, el Parlamento belga retiró sus derechos al rey en 1908 y la colonia quedó bajo el control del cuerpo legislativo, que mantuvo el régimen de concesiones a las compañías privadas. Un año después del encuentro en Berlín, Alemania y Gran Bretaña deslindaron sus posesiones en la zona centro oriental. Esta región no ofrecía demasiados alicientes, pero el tardío avance alemán a través de la Compañía Alemana del África Oriental incitó a Londres a ganar posiciones. Los gobiernos de ambos países acordaron que, en el sur, Tanganica (parte de la actual Tanzania), Ruanda y Burundi constituirían el África oriental alemana, mientras que el norte, Zanzíbar (parte de la actual Tanzania), Kenia y Uganda se sumaron al Imperio británico. En la parte occidental Alemania incorporó Togo, Camerún, y África del Sudoeste (actual Namibia).

En virtud de las crecientes denuncias, el gobierno de Gran Bretaña envió a Roger Casement, funcionario de la Secretaría de Estado para las Colonias, para que investigara la situación de los trabajadores nativos en el Estado Libre del Congo. Después de su informe tuvo a su cargo otro caso el de la empresa Peruvian Amazon Company. El informe de Casement sobre el Congo, publicado en 1904 a pesar de las presiones que recibió el gobierno británico por parte del rey de Bélgica, provocó un gran escándalo. Poco tiempo después, Casement conoció al periodista Edmund Dene Morel, que dirigía la campaña de la prensa británica contra el gobierno del Congo. Casement no podía participar activamente en la campaña a causa de su condición de diplomático; no obstante, colaboró con Morel en la fundación de la Asociación para la Reforma del Congo. Casement también conoció a Joseph Conrad, el escritor nacido en Polonia que escribió en inglés la novela El corazón de las tinieblas en la que plasma sus experiencias a lo largo de sus viajes por África.

En 1906, Casement, fue enviado a Brasil, donde desarrolló un trabajo similar al que había realizado en el Congo, y después fue comisionado por el Foreign Office para establecer la verdad de las denuncias contra la Peruvian Amazon Company, empresa de capital británico, pero con presidente peruano, Julio César Arana. Como reconocimiento a su labor en 1911 fue nombrado caballero, pero un año después abandonaba su cargo para unirse a Los Voluntarios Irlandeses y luchar activamente por la independencia de su tierra natal. En plena guerra, viajó a Alemania a fin de conseguir armas y voluntarios irlandeses (los presos de guerra en Alemania) para luchar contra Londres. El Alzamiento de Pascua se puso en marcha sin que fuera avisado, el número de voluntarios fue muy exiguo y el transporte de las armas fue descubierto por los ingleses que encarcelaron a Casement, lo juzgaron por traición y condenaron a la pena capital. El juicio conmovió a la sociedad británica, en gran medida por la publicidad concedida a unos diarios personales, cuya autenticidad aún es objeto de debate, en los que Casement describía sus más íntimas y pasionales relaciones homosexuales[1].

El canal de Suez dio nuevo valor estratégico al cuerno de África. En 1862 los franceses compraron el puerto de Obock, origen del actual Djibouti, y los ingleses ocuparon el norte de Somalia en 1885. Los italianos fracasaron en el intento de dominar Etiopía: fue el único país europeo derrotado militarmente por la resistencia de la población local. El emperador etíope Melinek II, embarcado en la unificación del reino, logró que el resto de las potencias le aseguraran su independencia a cambio de ventajas económicas. Italia recibió el sur de Somalia y Eritrea. Los italianos volvieron a Etiopía en 1935 bajo el gobierno fascista de Benito Mussolini, y en esa ocasión lograron someterla.

En 1875, excepto África del Sur, la presencia europea seguía siendo periférica: las naciones occidentales controlaban únicamente el 10% del continente. En 1914 solo existían dos Estados independientes: Liberia y Etiopía. Francia y Gran Bretaña fueron las principales beneficiadas por el reparto de África. Numerosas economías autosuficientes quedaron destruidas. Los intercambios internos, como el caso del comercio transahariano y el de la zona interlacustre del África oriental y central, fueron desmantelados o subordinados. También se vieron afectados negativamente los vínculos existentes entre África y el resto del mundo, en especial la relación con India y Arabia.

A medida que la economía colonial maduraba, prácticamente ningún sector de la sociedad africana pudo quedar al margen de los parámetros impuestos por los centros metropolitanos. Los Estados colonialistas se aliaron a los capitales privados en la coacción de la población y la explotación de los recursos. La economía colonial pasó a ser una prolongación de la de la potencia colonizadora, sin que ninguna de las decisiones económicas como ahorro, inversión, precios, ingresos y producción tuviera en cuenta las necesidades locales. Los objetivos de la colonización fueron, en su forma más pura, mantener el orden, evitar grandes gastos y organizar una mano de obra productiva a través del trabajo forzado o formas apenas encubiertas de esclavitud. Este sojuzgamiento desató numerosos movimientos de resistencia.

La guerra del impuesto de las cabañas en Sierra Leona, la revuelta de Bailundo en Angola, las guerras Maji Maji en el África oriental alemana, la rebelión de Bambatha en Sudáfrica, por ejemplo, dan testimonio con sus miles de víctimas el rechazo de los pueblos africanos. En todos los casos fracasaron ante la superioridad económica y militar de Occidente.


 



[1] El escritor peruano Marías Vargas Llosa escribió en 2010 la novela El sueño del celta donde recrea la vida de Casement.

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