El Reparto De África
Antes de la llegada
de los europeos el continente africano estaba constituido por entidades
diversas, algunas con un alto nivel de desarrollo. No había fronteras
definidas: el nomadismo, los intensos movimientos de población, la existencia
de importantes rutas comerciales y la consiguiente mezcla entre grupos eran
componentes importantes. En general las fronteras políticas no coincidían con
las étnicas.
Entre los imperios
anteriores a la colonización destacaban los de África Occidental: Ghana, Mali,
Kanem-Bornu y Zimbabwe. El contacto y la penetración del Islam a partir del año
1000, aproximadamente, tuvieron fuerte arraigo en la zona oriental y occidental
de África.
La trama de
relaciones sociopolíticas era muy diversa: desde reinos con monarquías centralizadas
altamente desarrollados hasta bandas simples con instituciones económicas
rudimentarias. La mayoría de los pueblos africanos vivían en sociedades que se
encontraban en algún punto entre esos dos extremos. Todas ellas compartían
formas organizativas basadas en los vínculos de linaje, tanto por vía paterna
como materna. La mayoría dependía de la agricultura y los intercambios; la
urbanización era limitada. En ocasiones, las potencias coloniales establecieron
alianzas con poderes militares locales.
La
incorporación de África al mercado mundial y su dominación por las potencias
europeas atravesó dos etapas. La que comprende del siglo XV al XIX, en la cual
prevaleció el comercio de esclavos, seguida por la penetración económica y
territorial de Francia y Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XIX. En
segundo lugar, el período de acelerada colonización a partir de la Conferencia
de Berlín de 1885. Los europeos llegaron a las costas africanas en el siglo XV
buscando la ruta de las especias. Al principio se instalaron en ellas con la
única intención de abastecer sus barcos, pero en poco tiempo encontraron un
negocio altamente rentable: el comercio de oro, marfil y, especialmente, de esclavos.
En África la esclavitud no era desconocida, ya que antes de la irrupción de los
europeos era una práctica de la población local y tuvo un destacado incremento
con la llegada de los comerciantes árabes a la costa oriental africana.
A
mediados del siglo XV los portugueses fueron los primeros en comerciar con los
esclavos en la costa occidental de África para trasladarlos al nuevo continente.
No tardaron en sumarse Francia, Holanda, España y Dinamarca. Los ingleses, que
llegaron más tarde, acabaron teniendo el liderazgo en el comercio negrero en
relación con la explotación de azúcar en las Antillas y como proveedores de
otros Estados. Los futuros esclavos eran capturados generalmente por otros
africanos y transportados a la costa occidental africana, donde eran entregados
a las compañías de comercio para ser almacenados en las factorías construidas
para ello. Este incremento en el comercio de hombres, mujeres y niños fue
acompañado por una ideología racista que negó a los negros la condición de
seres humanos.
En este momento no
se avanzó hacia las tierras del interior, excepto en el caso de África del Sur.
Aquí la Compañía Holandesa de la Indias Orientales, en su afán de contar con
una sólida parada para el aprovisionamiento de las flotas que iban hacia Asia,
decidió fundar una colonia. Los primeros colonos holandeses llegaron a Ciudad
del Cabo en 1652, para dedicarse a la producción agrícola y ganadera.
Rápidamente se lanzaron a la conquista de nuevas tierras, expulsando de ellas a
la población autóctona. Esta emigración creó las bases de una sociedad de
granjeros y ganaderos de carácter autónomo, los llamados bóers o afrikáners. A
pesar de que opusieron una fuerte resistencia, los pueblos locales,
especialmente los zulúes, fueron expulsados de sus tierras y esclavizados para
su explotación económica. Después de la derrota de Napoleón, en el Congreso de
Viena de 1815, la colonia pasó a manos de Gran Bretaña, que impuso la abolición
de la esclavitud. Esto, sumado a la primacía política de los británicos y a la
imposición de su lengua como la oficial, cargó de tensiones la relación
anglo-bóer. Los afrikáners emigraron hacia el norte para fundar las repúblicas
autónomas de Orange y Transvaal, mientras que Gran Bretaña mantuvo su
predominio en las colonias de Natal y El Cabo.
Los descubrimientos
de yacimientos de diamantes en 1867 y de oro en la década de 1880 condujeron al
enfrentamiento entre ingleses y bóers, que competían para aprovecharse de esas
riquezas. Desde la década de 1870, el inglés Cecil Rhodes asumió un papel
decisivo en la explotación económica de toda esta zona y en la expansión hacia
el norte de los dominios británicos (Rhodesia). Combinó la creación de
compañías mineras de gran éxito (como la British South Africa Company) con la
actividad política, y recurrió al uso de la fuerza para acabar con la autonomía
de los bóers.
El fracaso de la
acción armada contra el gobierno de Transvaal en 1895 lo obligó a dejar su
cargo de primer ministro de la colonia de El Cabo. La guerra anglo-bóer estalló
en 1899, y aunque al año los británicos ya habían demostrado su superioridad
militar, los bóers continuaron resistiendo a través de la guerra de guerrillas.
Después de la brutal represión de los militares británicos estas poblaciones se
rindieron en 1903. Con la creación de la Unión Sudafricana en 1910, las dos
repúblicas autónomas –Transvaal y Orange– y las dos colonias británicas –El
Cabo y Natal– fueron englobadas en un mismo país bajo la supervisión británica,
con una destacada autonomía para los afrikáners y con un régimen unitario, en
contraste con el federal adoptado en Canadá y Australia. La monarquía estaba
representada por un gobernador general, mientras que el poder efectivo quedó en
manos del primer ministro, cargo que fue ocupado por Luis Botha, a quien
acompañó Jan Smuts al frente de una serie de ministerios claves. Ambos
militares, que habían combatido en la guerra anglo-bóer, eran dirigentes del
Partido Sudafricano, que reunió a los afrikáners. Los miembros del Parlamento
fueron elegidos básicamente por la minoría blanca. Los coloureds, o
mestizos, contaron en principio con derechos políticos que se fueron
restringiendo según avanzaba el poder de los afrikáners y se reducía el de los anglosajones.
El inglés y el holandés se establecieron como idiomas oficiales, mientras que el
afrikáans no fue reconocido como idioma oficial hasta 19252.
El afrikáans es el idioma criollo derivado del
neerlandés que comenzó a forjarse en Sudáfrica a finales del siglo XVII a
través de la simplificación de la fonética y de la gramática, y también en
virtud de la incorporación de vocablos procedentes del francés, del alemán, del
malayo y del khoi. A lo largo del siglo XIX, la lengua neerlandesa fue el idioma
oficial de las repúblicas bóers. Las constituciones del Transvaal y el Estado
Libre de Orange, así como todos sus documentos públicos y boletines oficiales
estaban redactados en holandés. Sin embargo, en el último cuarto del siglo XIX,
en el marco de cambios económicos y síntomas de crisis cultural, un grupo de
fervientes nacionalistas se movilizó a favor de la adopción de la lengua
afrikáans.
En 1867 con el
descubrimiento de las minas de diamantes comenzó un período de transformación
económica en Sudáfrica. El impulso económico que dio a la colonia la
explotación de los diamantes no destruyó inmediatamente el aislamiento de la
agricultura de subsistencia, pero confirió a los granjeros una percepción más
aguda de las nuevas oportunidades, las restricciones existentes, y la
naturaleza abrupta del crecimiento económico. Las dos actividades más
importantes de la agricultura en que estaban comprometidos los
afrikáner-holandeses –producción de vino y de lana–, se beneficiaron poco del
boom del diamante. Los afrikáner-holandeses se fueron acercando lentamente
hacia esta industria, pero encontraron difícil competir con los ingleses porque
estos llevaban más tiempo en el negocio. Contra este retraso económico general,
los afrikáner-holandeses comenzaron a agitarse en pos de políticas
proteccionistas: un banco nacional para contrarrestar a los bancos imperiales,
y un estatuto de igualdad para la lengua holandesa. En general, los anglófonos,
con su base en el comercio y la industria, y que mayormente hablaban una sola
lengua, se opusieron a estas demandas. Desde la década de 1870 se empezó a
formar una gran clase de pequeños granjeros.
Algunos comenzaron a
emigrar a los pueblos donde encontraban empleo casual, otros recurrían al
trapicheo, la mendicidad y el crimen, pero el principal efecto fue el
surgimiento de asociaciones de granjeros afrikáner-holandeses que estimuló el
creciente despertar étnico. Esta crisis económica fue acompañada por una grave
crisis cultural. En su cima, la sociedad afrikáner-holandesa estaba perdiendo
algunas de sus mentes más brillantes por medio de un proceso gradual de
anglicización.
En la década de 1870,
en el este del Cabo, unos pocos maestros y clérigos, entre ellos el ministro de
la Iglesia Holandesa Reformada Stephanus du Toit, hicieron los primeros
intentos conscientes para desarrollar una concepción étnica específica para los
afrikáner-holandeses. Estaban preocupados por el modo en que la
industrialización y la secularización de la educación afectaban a la sociedad
afrikáner-holandesa y querían generar condiciones que posibilitaran rechazar
las influencias extranjeras. Du Toit declaró la guerra contra la hegemonía
cultural inglesa, la secularización de la educación que debilitaba a las
autoridades tradicionales, y la influencia corruptora de la industrialización.
En artículos periodísticos publicados bajo el seudónimo de “Un verdadero
afrikáner”, argumentó que el idioma expresaba el carácter de un pueblo (volk) y
que ninguna nacionalidad podía formarse sin su propio idioma.
En 1875 participó en
la fundación de la Congregación de Verdaderos Afrikáners. En ese momento, buena
parte de la clase dominante consideraba a los afrikáner-holandeses y los
anglófonos coloniales como unidos en una nación afrikáner naciente. En
contraste, la Congregación dividía al pueblo afrikáner en tres grupos –los pro-ingleses,
los pro-holandeses y los pro-afrikáners–, y solo los últimos eran considerados
verdaderos afrikáners. Esta organización se declaró a favor del afrikáans como
el idioma (étnico) nacional. En pos de este objetivo publicó un periódico (El
Patriota), una historia nacionalista, una gramática, y algunos textos escolares
en afrikáans. Su reivindicación del afrikáans tenía varias dimensiones: era un
idioma político que daba cuerpo al despertar étnico afrikáner y expresaba
oposición al dominio imperial; era un instrumento educativo que elevaría a gran
cantidad de niños, y era un vehículo para la divulgación de la Biblia.
Otro factor que
aportó a la emergencia de una identidad étnica afrikáner-holandesa fue la
exitosa resistencia del Transvaal al intento de los británicos de ocupar esas
tierras en 1881. La resistencia de los ciudadanos de Transvaal se convirtió en
una movilización étnica vigorosa. Tuvieron lugar mítines masivos donde gran
número de ciudadanos acampaban durante días para escuchar discursos de los
líderes. Más de la mitad de la población firmó peticiones contra la anexión. En
esta movilización todas las divisiones políticas fueron temporalmente
superadas. La anexión había “dado nacimiento a un fuerte sentido nacional entre
los bóers; los había unido y todos estaban ahora con el Estado”. Después de la
guerra los generales, usando su nuevo estatus como “líderes nacionales”,
apelaron a los ciudadanos para finalizar las divisiones políticas y religiosas.
Estos tres
desarrollos –la fundación de la Congregación de Verdaderos Afrikáners y del
denominado Primer Movimiento por la Lengua Afrikáans, la creación de
asociaciones de granjeros afrikáners y la rebelión de Transvaal– son
considerados frecuentemente como el entramado favorable para la emergencia del
nacionalismo bóer. Sin embargo, en ese momento, la etnicidad política afrikáner
no logró consolidarse en virtud de tres fuerzas que frenaron su auge: primero
la continuación de la hegemonía imperial británica; segundo, las profundas
divisiones de clase dentro del grupo afrikáner-holandés; y tercero, la intensa
rivalidad interestatal entre la Colonia del Cabo y Transvaal.
Por otra parte, la
legislación segregacionista se extendió a partir de 1910: la Native Labor Act
impuso a los trabajadores urbanos negros severas condiciones de sumisión, y la
Native Land Act destinó el 7% del territorio nacional a reservas para ubicar a
los negros. En 1912 se creó el Congreso Nacional Africano, con el objetivo de
defender de forma no violenta los derechos civiles y los intereses de los
negros africanos. Con una adscripción principalmente de miembros de la clase
media, el Congreso puso especial énfasis en los cambios constitucionales a
través de las peticiones y las movilizaciones pacíficas. Este nuevo dominio
nació cargado de tensiones: los bóers querían la tan deseada independencia
mientras que la mayoría africana, sometida por ambas comunidades europeas,
careció de derechos. Las reservas bantúes Bechuanalandia, Basutolandia y
Swazilandia quedaron a cargo de Londres fuera de la confederación. Al norte, en
las tierras sobre las que había avanzado Rhodes se crearon tres colonias:
Rhodesia del Sur (Zimbabwe), Rhodesia del Norte (Zambia) y Niassalandia
(Malawi). Estos tres territorios, con diferente influencia de los colonos
blancos y distintos recursos, fueron económicamente complementarios. En
Rhodesia del Sur prevaleció la agricultura para la exportación, en manos de
colonos europeos. Rhodesia del Norte fue una zona industrial con obreros
calificados europeos y mano de obra africana, que cohabitaron con dificultad.
Por último, Niassalandia, más densamente poblada y de escasos recursos, sirvió
de reserva de mano de obra a los otros dos territorios y a Sudáfrica.
Con la supresión del
comercio de esclavos en la primera mitad del siglo XIX, los territorios al sur
del Sahara perdieron interés: holandeses, daneses, suecos y prusianos se
retiraron de esas tierras. En cambio, los franceses y los ingleses no solo
retuvieron sus posesiones en África occidental –Senegal y Costa de Marfil, los
primeros; Nigeria y Costa de Oro (Ghana) los segundos– sino que encararon la
explotación de los recursos locales y desde allí, especialmente Francia,
avanzaron hacia el interior. Varias expediciones en los años ochenta
permitieron a los franceses el control del conjunto del África occidental y
ecuatorial (Mauritania, Senegal, Guinea, Burkina Faso, Costa de Marfil, Benín,
Níger, Chad, República Centroafricana, Gabón y el Congo). A este inmenso
territorio se añadieron las islas de Madagascar, Comores y Mayotte.
El principal interés
de Gran Bretaña y Francia se concentró en los territorios del norte de África.
Aunque nominalmente desde Egipto a Túnez eran provincias del Imperio otomano,
la debilidad de Estambul posibilitó a los gobernantes locales ganar una
creciente autonomía. Los grupos económicos y los gobiernos europeos vieron en
esta zona amplias posibilidades para llevar a cabo actividades lucrativas:
préstamos a los gobiernos, construcción de ferrocarriles e inversión en la
explotación de recursos locales. Egipto, por ejemplo, se convirtió en un
abastecedor clave de algodón para la industria textil inglesa. Además, los
capitales encontraron en los gobiernos de estos países a actores interesados en
atraerlos para llevar a cabo la modernización que les posibilitaría cortar sus
lazos con el Imperio otomano. La penetración europea fue orquestada por Francia
con el desembarco en la costa argelina en 1830. La ocupación efectiva del
territorio solo pudo concretarse en la década siguiente, después de derrotar la
resistencia que le opusieran los agricultores del norte y las tribus del
desierto. La influencia francesa se extendió a Egipto, donde apoyó la
construcción del canal de Suez, inaugurado en 1869. Inmediatamente, Gran
Bretaña decidió controlar esta vía de comunicación, decisiva para preservar sus
intereses imperiales en la India. Primero compró acciones de la Compañía del
Canal y, finalmente, al producirse el levantamiento de 1881 que rechazaba la
presencia extranjera, el gobierno británico, en forma unilateral, ocupó
militarmente el país. Egipto siguió siendo formalmente una provincia del
Imperio otomano, pero, de hecho, en lugar de semiindependiente bajo el poder
turco, pasó a ser semiindependiente bajo la dominación británica. Aunque se
mantuvo en su cargo al Jedive Tewfiq, el poder real quedó en manos del
gobernador británico, lord Cromer.
Francia, excluida de
Egipto, avanzó decididamente sobre Túnez y con mayores dificultades sobre
Marruecos, donde debió enfrentar la resistencia de Alemania en dos ocasiones,
en 1905 y en 1911. Al mismo tiempo, intentó llegar a las fuentes del Nilo
avanzando desde Senegal. En Fashoda (1898) las fuerzas francesas fueron
detenidas por los británicos, que bajaban desde Egipto hacia Sudán para
controlar el movimiento musulmán dirigido por el Mahdi. Finalmente Gran Bretaña
y Francia pusieron fin a su rivalidad en África: la primera reconoció el
predominio francés en la costa del Mediterráneo –excepto Egipto– y Francia
aceptó que el Valle del Nilo quedara en manos de los ingleses. La delimitación
de las soberanías en el ámbito colonial permitió avanzar en la formación de la
Triple Entente.
La subordinación de
Túnez y Marruecos siguió el mismo camino que la de Egipto. Cuando el fracaso de
los proyectos encarados por los gobernantes y el alto volumen de la deuda
exterior colocó a estos países al borde de la quiebra, los Estados europeos
aprobaron el envío de comisiones para el control de las finanzas. En un segundo
momento, frente a las resistencias internas gestadas al calor de la
modernización dependiente, la metrópoli con mayor fuerza, Francia, recurrió a
la fórmula del protectorado.
Entre 1881 y 1912,
todos los territorios de la costa mediterránea de África fueron ocupados por un
país europeo. La última anexión fue la de las provincias otomanas de Cirenaica
y Tripolitania (Libia), concretada por Italia en 1912 con la anuencia de
Francia, que así se aseguró el control de Marruecos. En la cruenta y costosa
guerra con el sultán, los italianos fueron favorecidos por el levantamiento en
los Balcanes que dispersó el esfuerzo de las tropas otomanas.
En un segundo plano,
Portugal y España básicamente retuvieron las posesiones del período previo. La
primera se mantuvo en las islas de Cabo Verde y Príncipe, y en las costas de
Angola y Mozambique. En estos territorios debió enfrentar una dura resistencia
de las poblaciones locales antes de avanzar hacia el interior, y en virtud de
la oposición británica no logró enlazarlos. En 1879 incorporó la colonia de
Guinea Bissau. Por su parte, España consolidó la colonia de la Guinea Española
(Guinea Ecuatorial) y sobre la base de Ceuta y Melilla, enclaves conquistados
en las guerras de la Reconquista libradas contra los árabes, recibió de Francia
en 1912 la región del Rif, al norte de Marruecos, y la de Ifni, al sur, junto
al Sahara. La ciudad de Tánger fue declarada puerto libre internacional. Después
de la Conferencia de Berlín España incorporó a sus territorios el Sahara
Occidental.
En el vertiginoso
reparto de África a partir de los años 80 se entrelazaron la decisiva
importancia del canal de Suez, la resignificación del papel de África del Sur
en virtud de su condición de productora de diamantes y oro, y las presiones de
nuevos intereses: los de Italia, Alemania y el rey belga Leopoldo II. Si bien
entre los objetivos y las formas de penetración del poder europeo en el área
arábiga musulmana y en el África negra hubo destacados contrastes, al mismo
tiempo los intereses cada vez más amplios de las metrópolis condujeron al
entrecruzamiento de las acciones desplegadas sobre los distintos territorios.
Las pretensiones de
Leopoldo II sobre el Congo y el ingreso tardío de Alemania al reparto colonial
llevaron a la convocatoria de la Conferencia de Berlín, que habría de aprobar
los criterios para “legitimar” la apropiación del territorio africano. En 1884,
el canciller alemán Otto von Bismarck invitó a catorce potencias a reunirse
para discutir sus reclamos en torno al continente africano. Durante la
Conferencia de Berlín, las principales metrópolis, Alemania, Francia,
Inglaterra y Portugal, optaron por evitar la existencia de fronteras comunes
entre sus nuevos dominios y reconocieron la potestad de Leopoldo II sobre
vastos territorios de África central. El reclamo del rey belga ofreció una
salida a las ambiciones encontradas de las mencionadas potencias por controlar
las importantes vías de comunicación fluvial de la zona.
En su afán de ingresar
al reparto colonial, el rey belga no dudó en prometer que su tutela sobre el
Congo pondría fin a la explotación de seres humanos brutalmente reducidos a
la esclavitud. En combinación con las empresas instaladas en la región
recurrió al soborno, al secuestro y al asesinato en masa para someter a la
población local a la tarea de recoger el caucho. En virtud de las denuncias de
este sistema, el Parlamento belga retiró sus derechos al rey en 1908 y la
colonia quedó bajo el control del cuerpo legislativo, que mantuvo el régimen de
concesiones a las compañías privadas. Un año después del encuentro en Berlín,
Alemania y Gran Bretaña deslindaron sus posesiones en la zona centro oriental.
Esta región no ofrecía demasiados alicientes, pero el tardío avance alemán a
través de la Compañía Alemana del África Oriental incitó a Londres a ganar
posiciones. Los gobiernos de ambos países acordaron que, en el sur, Tanganica
(parte de la actual Tanzania), Ruanda y Burundi constituirían el África
oriental alemana, mientras que el norte, Zanzíbar (parte de la actual
Tanzania), Kenia y Uganda se sumaron al Imperio británico. En la parte
occidental Alemania incorporó Togo, Camerún, y África del Sudoeste (actual
Namibia).
En virtud de las
crecientes denuncias, el gobierno de Gran Bretaña envió a Roger Casement,
funcionario de la Secretaría de Estado para las Colonias, para que investigara
la situación de los trabajadores nativos en el Estado Libre del Congo. Después
de su informe tuvo a su cargo otro caso el de la empresa Peruvian Amazon
Company. El informe de Casement sobre el Congo, publicado en 1904 a pesar de
las presiones que recibió el gobierno británico por parte del rey de Bélgica,
provocó un gran escándalo. Poco tiempo después, Casement conoció al periodista
Edmund Dene Morel, que dirigía la campaña de la prensa británica contra el
gobierno del Congo. Casement no podía participar activamente en la campaña a
causa de su condición de diplomático; no obstante, colaboró con Morel en la
fundación de la Asociación para la Reforma del Congo. Casement también conoció
a Joseph Conrad, el escritor nacido en Polonia que escribió en inglés la novela
El corazón de las tinieblas en la que plasma sus experiencias a lo largo de sus
viajes por África.
En 1906, Casement,
fue enviado a Brasil, donde desarrolló un trabajo similar al que había
realizado en el Congo, y después fue comisionado por el Foreign Office para
establecer la verdad de las denuncias contra la Peruvian Amazon Company,
empresa de capital británico, pero con presidente peruano, Julio César Arana.
Como reconocimiento a su labor en 1911 fue nombrado caballero, pero un año
después abandonaba su cargo para unirse a Los Voluntarios Irlandeses y luchar
activamente por la independencia de su tierra natal. En plena guerra, viajó a
Alemania a fin de conseguir armas y voluntarios irlandeses (los presos de
guerra en Alemania) para luchar contra Londres. El Alzamiento de Pascua se puso
en marcha sin que fuera avisado, el número de voluntarios fue muy exiguo y el
transporte de las armas fue descubierto por los ingleses que encarcelaron a
Casement, lo juzgaron por traición y condenaron a la pena capital. El juicio
conmovió a la sociedad británica, en gran medida por la publicidad concedida a
unos diarios personales, cuya autenticidad aún es objeto de debate, en los que
Casement describía sus más íntimas y pasionales relaciones homosexuales[1].
El canal de Suez dio
nuevo valor estratégico al cuerno de África. En 1862 los franceses compraron el
puerto de Obock, origen del actual Djibouti, y los ingleses ocuparon el norte
de Somalia en 1885. Los italianos fracasaron en el intento de dominar Etiopía:
fue el único país europeo derrotado militarmente por la resistencia de la
población local. El emperador etíope Melinek II, embarcado en la unificación
del reino, logró que el resto de las potencias le aseguraran su independencia a
cambio de ventajas económicas. Italia recibió el sur de Somalia y Eritrea. Los
italianos volvieron a Etiopía en 1935 bajo el gobierno fascista de Benito
Mussolini, y en esa ocasión lograron someterla.
En 1875, excepto
África del Sur, la presencia europea seguía siendo periférica: las naciones
occidentales controlaban únicamente el 10% del continente. En 1914 solo existían
dos Estados independientes: Liberia y Etiopía. Francia y Gran Bretaña fueron
las principales beneficiadas por el reparto de África. Numerosas economías
autosuficientes quedaron destruidas. Los intercambios internos, como el caso
del comercio transahariano y el de la zona interlacustre del África oriental y
central, fueron desmantelados o subordinados. También se vieron afectados
negativamente los vínculos existentes entre África y el resto del mundo, en
especial la relación con India y Arabia.
A medida que la
economía colonial maduraba, prácticamente ningún sector de la sociedad africana
pudo quedar al margen de los parámetros impuestos por los centros
metropolitanos. Los Estados colonialistas se aliaron a los capitales privados
en la coacción de la población y la explotación de los recursos. La economía
colonial pasó a ser una prolongación de la de la potencia colonizadora, sin que
ninguna de las decisiones económicas como ahorro, inversión, precios, ingresos
y producción tuviera en cuenta las necesidades locales. Los objetivos de la
colonización fueron, en su forma más pura, mantener el orden, evitar grandes
gastos y organizar una mano de obra productiva a través del trabajo forzado o
formas apenas encubiertas de esclavitud. Este sojuzgamiento desató numerosos
movimientos de resistencia.
La guerra del
impuesto de las cabañas en Sierra Leona, la revuelta de Bailundo en Angola, las
guerras Maji Maji en el África oriental alemana, la rebelión de Bambatha en
Sudáfrica, por ejemplo, dan testimonio con sus miles de víctimas el rechazo de
los pueblos africanos. En todos los casos fracasaron ante la superioridad
económica y militar de Occidente.
[1] El escritor peruano Marías Vargas Llosa escribió
en 2010 la novela El sueño del celta donde recrea la vida de Casement.
No hay comentarios:
Publicar un comentario