Entre 1876 y 1914,
una cuarta parte del planeta fue distribuida en forma de colonias entre media
docena de Estados europeos: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Países
Bajos y Bélgica. Los imperios del período preindustrial (España y Portugal)
tuvieron una participación secundaria. Los países de reciente industrialización
fuera del viejo continente como EE. UU y Japón estuvieron interesados en la
zona del Pacífico, y fueron los últimos en presentarse a escena. En el caso de
Gran Bretaña su expansión a finales del siglo XIX presenta líneas de
continuidad con las anexiones coloniales de principios de ese siglo.
La conquista y el
reparto colonial lanzados en los años 80 fueron un proceso novedoso por su
amplitud, su velocidad y porque estuvo asociado a la nueva fase del capitalismo:
la de una economía que entrelazaba las distintas partes del mundo. Los
principales estadistas repitieron una y otra vez que era preciso abrir nuevos
mercados y campos de inversión para evitar el estancamiento de la economía
nacional. Además, según su discurso, las culturas superiores tenían la misión
de civilizar a las razas inferiores. En el marco de la Gran Depresión
(1873-1895), buena parte de los dirigentes liberales de la época –Joseph
Chamberlain en Gran Bretaña y Jules Ferry en Francia, por ejemplo– giraron
hacia el imperialismo para sostener una política expansionista apoyada por el
Estado y basada en un fuerte potencial militar que garantizaría la superioridad
de la propia nación. Pero también hubo liberales que rechazaron la colonización
como una empresa “civilizadora”. Desde esta posición, el republicano francés
George Clemenceau sostuvo que:
«¿Razas superiores? Razas
inferiores, ¡es fácil decirlo! Por mi parte, yo me aparto de tal opinión
después de haber visto a los alemanes demostrar científicamente que Francia
debía perder la guerra francoalemana porque la francesa es una raza inferior a
la alemana. Desde entonces, lo confieso, miro dos veces antes de volverme hacia
un hombre o una civilización y pronunciar: hombre o civilización inferior.
¡Raza inferior los hindúes con esa gran civilización refinada que se pierde en
la noche de los tiempos! ¡Con esa gran religión budista que la India dejó a
China!, ¡con ese gran florecimiento del arte que todavía hoy podemos ver en las
magníficas ruinas! ¡Raza inferior los chinos! ¡Con esa civilización cuyos orígenes
son desconocidos y que parece haber sido la primera en ser empujada hacia sus
límites extremos!»[1].
En el caso de los
socialistas, algunos dirigentes de la Segunda Internacional también adjudicaron
a la expansión europea un significado civilizador. El debate fue especialmente
álgido en el congreso de Stuttgart, en 1907 con las palabras del alemán Eduard
Bernstein:
«Soy partidario
de la resolución de la mayoría [...]. La fuerza creciente del socialismo en
algunos países aumenta también la responsabilidad de nuestros grupos. Por eso
no podemos mantener nuestro criterio puramente negativo en materia colonial
[...]. Debemos rechazar la idea utópica cuyo objetivo vendría a ser el abandono
de las colonias. La última consecuencia de esta concepción sería que se
devuelva Estados Unidos a los indios (movimientos en la sala). Las colonias
existen, por lo tanto, debemos ocuparnos de ellas. Y estimo que una cierta
tutela de los pueblos civilizados sobre los pueblos no civilizados es una
necesidad. Esto fue reconocido por numerosos socialistas, sobre todo por
Lassalle y Marx. En el tercer tomo de El capital leemos la siguiente frase: “La
tierra no pertenece a un solo pueblo sino a la humanidad, y cada pueblo debe
utilizarla para beneficio de la humanidad”. […]»
Las palabras del
holandés Van Kol:
«[...] Desde que la humanidad existe
hubo colonias y creo que seguirán existiendo durante largos siglos […]. Me
limito a preguntar a Ledebour si, durante el régimen actual, tiene el coraje de
renunciar a las colonias. ¿Él sabrá decirme entonces qué hará con la
superpoblación de Europa, en qué país podrán subsistir las personas que quieren
emigrar si no es en las colonias? ¿Qué hará Ledebour con el creciente producto
de la industria europea si no trata de hallar nuevos mercados en las colonias?
[…]»
La intervención del
polaco Karski:
«[...] David
ha reconocido el derecho de una nación a tomar bajo su tutela a otra nación.
Nosotros, los polacos, que tenemos como tutor al zar de Rusia y al gobierno de
Prusia, sabemos lo que significa esa tutela. (Exclamaciones de aprobación).
Aquí hay una confusión en la expresión debida no tanto a la influencia burguesa
como a la influencia de los terratenientes. Al afirmar que todo pueblo debe
pasar por el capitalismo, David invoca la autoridad de Marx. Yo cuestiono esa
interpretación. Marx dice que los pueblos en donde hay un comienzo de
desarrollo capitalista deben completar esa evolución, pero nunca dijo que todos
los pueblos tengan que atravesar la etapa capitalista [...]. Creo que para un
socialista existen también otras civilizaciones además de la civilización
capitalista o europea. No tenemos ningún derecho a vanagloriarnos tanto de
nuestra civilización y a imponerla a los pueblos asiáticos, poseedores de una
cultura mucho más antigua y quizás más desarrollada. (Se oyen exclamaciones de
aprobación). David también ha afirmado que las colonias retornarán a la
barbarie si se las abandona a su suerte. Esta afirmación me parece relativa,
sobre todo en lo que atañe a la India. Allí me planteo la evolución de otra
manera. Es perfectamente posible mantener la cultura europea en ese país sin
que por ello los europeos dominen con la fuerza de sus bayonetas. De ese modo,
ese pueblo podría desarrollarse libremente. Por lo tanto, les propongo votar la
resolución de la minoría.»
En las últimas
décadas del siglo XIX, en el marco de un capitalismo cada vez más global, se
desató una intensa competencia por la apropiación de nuevos espacios y la
subordinación de las poblaciones que los habitaban. La expansión de un pequeño
número de Estados desembocó en el reparto de África y el Pacífico, así como
también en la consolidación del control sobre Asia (aunque la región oriental
de este continente quedó al margen de la colonización occidental). El escenario
iberoamericano no fue incluido en el reparto colonial, pero se acentuó su
dependencia de la colocación de los bienes primarios en el mercado mundial. El
crecimiento económico de los países de esta región dependió del grado de
integración en la economía global del último cuarto del siglo XIX. En el
Caribe, a la prolongada dominación europea de gran parte de las islas y algunos
territorios de América Central y del Sur se sumó la creciente gravitación de EE.
UU, especialmente a partir del Desastre del 1898, donde España perdió Cuba,
Puerto Rico y Filipinas.
Las nuevas
industrias y los mercados de masas de los países industrializados absorbieron
materias primas y alimentos de casi todo el mundo. El trigo y la industria
cárnica desde las tierras templadas de Argentina, Uruguay, Canadá, Australia y
Nueva Zelanda; el arroz de la antigua Birmania, Indochina y Tailandia; el
aceite de palma de Nigeria; el cacao de la Costa de Oro en África; el café de
Brasil y Colombia; el té de Ceilán; el azúcar de Cuba y Brasil; el caucho del
Congo, la Amazonia y Malasia; la plata de México; el cobre de Chile y México; y
el oro de Sudáfrica.
Las colonias, sin
embargo, no fueron decisivas para asegurar el crecimiento de las economías
metropolitanas. El grueso de las exportaciones e importaciones europeas en el
siglo XIX se realizaron con otros países desarrollados. La argumentación del
economista liberal inglés John Atkinson Hobson y el dirigente bolchevique
Lenin, acerca de que el imperialismo era resultado de la búsqueda de nuevos
centros de inversión rentables, no se terminó de corresponder con la realidad.
Los lazos económicos que Gran Bretaña forjó con determinadas colonias –Egipto,
Sudáfrica y muy especialmente la India– tuvieron una importancia central para
conservar su predominio. La India fue una pieza clave de la estrategia
británica global: era la puerta de acceso para las exportaciones de algodón al
Lejano Oriente y consumía del 40% al 45 % de esas exportaciones; además, la
balanza de pagos del Reino Unido dependía de las riquezas provenientes de la
India para su equilibrio económico. Pero los éxitos económicos británicos
dependieron en gran medida de las importaciones y de las inversiones en los
dominios blancos, Sudamérica y Estados Unidos.
En el afán de
refutar las razones económicas esgrimidas por Hobson y Lenin, una corriente de
historiadores enfatizó el peso de los fines políticos y estratégicos para
explicar la expansión europea. Estos objetivos estuvieron presentes, pero sin
que sea posible disociarlos del nuevo orden económico. Gran Bretaña, por
ejemplo, creó colonias en África oriental en los años 80 que frenaban el avance
alemán y sin que existiera un interés económico específico en esa región. Pero
esta decisión debe inscribirse en el marco de su condición de metrópoli de un
vasto imperio y, desde esta perspectiva, no cabe duda del afán de Londres por
asegurarse tanto el control sobre la ruta hacia la India desde el Canal de
Suez, como la explotación de los yacimientos de oro recientemente encontrados
al norte de la Colonia del Cabo. En este contexto, la distinción entre razones
políticas y económicas es poco consistente.
En principio, tanto
las colonias oficiales como las no oficiales se incorporaron al mercado mundial
como economías dependientes, pero esta subordinación tuvo impactos sociales y
económicos diferentes en cada una de las periferias mencionadas. En primer
lugar, porque el rumbo de las colonias quedó atado a los objetivos
metropolitanos. En cambio, en los países semisoberanos, sus grupos dominantes
pudieron orquestar medidas teniendo en cuenta sus intereses y los de otras
fuerzas internas con capacidad de presión. Pero, además, tanto en la esfera
colonial como en la de las colonias no oficiales, coexistieron desarrollos
económicos desiguales en virtud de los distintos tipos de organizaciones
productivas. Los enclaves cerrados, los casos de las grandes plantaciones agrícolas
tropicales como las de la caña de azúcar, el tabaco y el algodón, junto con las
explotaciones mineras, dieron paso a sociedades fracturadas. Por un lado, un
reducido número de grandes propietarios muy ricos; por otro, una masa de
trabajadores con bajísimos salarios y en muchos casos sujetos a condiciones
serviles.
En las regiones en
que predominaron estas actividades productivas hubo poco margen para que el
boom exportador alentase el crecimiento económico en forma extendida. Tanto en Iberoamérica
como en las Indias Orientales Holandesas, el cultivo del azúcar, por ejemplo,
estuvo asociado a la presencia de oligarquías reaccionarias y masas
empobrecidas. En cambio, los cultivos basados en la labor de pequeños y
medianos agricultores y en los que el trabajo forzado era improductivo –los
casos del trigo, el café, el arroz o el cacao– ofrecieron un marco propicio
para la constitución de sociedades más equilibradas y con un crecimiento
económico de base más amplia.
Gran parte de las
áreas dependientes no se beneficiaron del crecimiento de la economía global. En
la mayoría de las colonias se acentuó la pobreza y sus poblaciones fueron
víctimas de prácticas predatorias. Portugal en África, Holanda en Asia y el rey
Leopoldo II en el Congo fueron los más decididos explotadores. En aquellas
colonias donde una minoría de europeos impuso su dominación sobre grandes
poblaciones autóctonas –los casos de Kenia, Argelia, la antigua Rhodesia o
África del Sur– los colonos acapararon la mayor parte de las tierras productivas,
impusieron condiciones de trabajo forzado y marginaron a los nativos sobre la
base de la discriminación racial.
Las experiencias en
las que la incorporación al mercado mundial dio lugar a una importante
renovación y modernización de la economía estuvieron localizadas en las áreas
de colonización reciente que contaban con la ventaja de climas templados y
tierras fértiles para la agricultura y la ganadería. En Canadá, Uruguay,
Argentina, Australia, Nueva Zelanda, Chile y el sur de Brasil las lucrativas
exportaciones de granos, carnes y café alentaron la afluencia de inmigrantes y
la expansión de grandes ciudades que estimularon la producción de bienes de
consumo para la población local. Aquí hubo incentivos para promover una
incipiente industrialización.
También las colonias
en las que prevalecieron los cultivos de pequeña explotación fueron
beneficiadas con un cierto grado de crecimiento económico a través del
incremento de las exportaciones. En la costa occidental de África: Nigeria con
el aceite de palma y cacahuete, Costa de Oro (Ghana) con el cacao y Costa de
Marfil con la madera y el café. En el sur y sureste de Asia: Birmania,
Tailandia e Indochina, los campesinos multiplicaron la producción de arroz.
Pero en estos casos no hubo aliciente para la producción industrial en virtud
de las limitaciones impuestas por el colonialismo y el bajo nivel de la vida
local.
Para organizar sus
nuevas posesiones, los europeos recurrieron a dos tipos de relación reconocidos
oficialmente: el protectorado y la colonia propiamente dicha. En el primer caso
–que se aplicó en la región mediterránea y después en las excolonias alemanas–
las naciones “protectoras” ejercían teóricamente un mero control sobre las autoridades
tradicionales; en el segundo, la presencia imperial se hacía sentir
directamente. Sin embargo, en lo que respecta al aspecto político hubo algunas
diferencias entre los sistemas aplicados por cada nación dominante. Inglaterra
puso en práctica el indirect rule (gobierno indirecto), que consistía en
dejar en manos de los jefes autóctonos ciertas atribuciones inferiores,
reservando para el gobernante, nombrado por Londres y unos pocos funcionarios
blancos, el control de estas actividades y la puesta en marcha de la colonia.
Francia, más
centralizadora, entregó a una administración europea la conducción total de los
territorios; Bélgica aplicó un estricto paternalismo sostenido por tres
pilares: la administración colonial, la Iglesia católica y las empresas capitalistas.
Cualquiera que fuese el sistema político imperante, todas las metrópolis
compartían el mismo criterio respecto de la función económica de las colonias:
la colonización no se había hecho para desarrollar económica y socialmente a
las regiones dominadas sino para explotar las riquezas latentes en ellas en
beneficio del capitalismo imperial.
En Asia, las
principales metrópolis ya habían delimitado sus posiciones antes del reparto
colonial del último cuarto del siglo XIX. Los hechos más novedosos de este
período en el continente asiático fueron: la anexión de Indochina al Imperio
francés, la emergencia de Japón como potencia colonial y la presencia de
Estados Unidos en el Pacífico después de la anexión de Hawái y la apropiación
de Filipinas. El movimiento de expansión imperialista de finales del siglo XIX
recayó básicamente sobre África.
Los países
occidentales se encontraron con grandes imperios tradicionales con culturas
arraigadas y la presencia de fuerzas decididas a resistir la dominación europea
en Asia. El avance de los centros metropolitanos dio lugar a tres situaciones
diferentes. Por una parte, la de los imperios y reinos derrotados militarmente
convertidos en colonias (como los del subcontinente indio) de Indochina y de
Indonesia. Por otra, la de los imperios que mantuvieron su independencia
formal, pero fueron obligados a reconocer zonas de influencia y a entregar
parte de sus territorios al gobierno directo de las potencias: los casos de
Persia y China. Por último, la experiencia de Japón, que frente al desafío de
Occidente llevó a cabo una profunda reorganización interna a través de la cual
no solo preservó su independencia, sino que logró erigirse en una potencia
imperialista.
Bajo el régimen
Tokugawa (1603-1867) se consolidó un orden feudal basado en un rígido sistema
de castas y la concentración del poder en un jefe militar llamado shogun.
Durante este largo período, Japón se mantuvo aislado de Occidente. En 1639 se
prohibió la entrada a todos los occidentales, exceptuando a los mercaderes holandeses
e inaugurando así la política llamada sakoku (cierre). La revolución Meiji
(1868) cambió drásticamente esta formación político social para formar un
Estado nacional unificado e industrializado. La revolución Meiji no obedeció en
ningún momento a un plan preciso; los revolucionarios fueron enterándose de los
temas y de las soluciones mediante la reiteración del proceso ensayo-error, a
través de aproximaciones sucesivas. La toma del poder en 1868 por la elite
japonesa moderna se presentó como restauración, más que como revolución, y se
produjo siguiendo los procedimientos legales autóctonos vigentes. El último
shogun devolvió formalmente el poder al emperador. Pero pese a las apariencias
formales de legitimidad, la restauración Meiji fue un golpe de Estado
organizado por grupos descontentos de la periferia de la elite existente. Se
apoderaron de la antigua institución del trono, hasta ese momento prácticamente
sin poder, y la utilizaron como cobertura para aplastar el sistema feudal de
vasallaje y los centros de poder casi independientes. Tomaron en sus manos y
centralizaron las instituciones de control políticas y económicas con gran
rigor y eficacia.
Los samuráis del
sudoeste de Japón pretendían evitar el destino del resto del mundo no
occidental –la colonización a manos de las potencias imperialistas–, al tiempo
que sometían a un campesinado cada vez más rebelde y empobrecido. Los
comerciantes quedaron en general arruinados o expropiados y el campo se explotó
despiadadamente para extraer todos los recursos posibles con los que financiar
la carrera japonesa hacia la industrialización. Los puestos de control en los
nuevos bancos e industrias se concentraron en manos de los antiguos samuráis,
respaldados por un nuevo mandarinato burocrático organizado según el modelo
prusiano, al tiempo que se copiaron instituciones destinadas a un mayor control
social. Entre ellas, el servicio militar obligatorio, un sistema de educación
pública militarizado, una reformulación deliberada de las prácticas religiosas
–que las convirtió en un sintoísmo estatal politizado y centralmente
administrado–, y la inculcación de una ideología hipernacionalista de adoración
al emperador.
Durante su dominio
–aproximadamente desde 1868 hasta principios de la década de 1920–, los dirigentes
del Japón Meiji también buscaron situarse ventajosamente en el orden global
financiero y militar centrado en la City londinense. El oro acumulado,
básicamente el recibido como reparaciones de la dinastía Qing después de la
guerra chino-japonesa de 1895, fue colocado en los sótanos del Banco de
Inglaterra, en lugar de llevárselo a Japón. Esta política, denominada zaigai
seika –“especies depositadas fuera”–, se basaba en la capacidad del dinero
para crear más dinero: oro, reservas bancarias, reservas internacionales, y
tenía dos papeles: como respaldo para la creación de crédito de Japón y también
como contribución a la oferta monetaria de Gran Bretaña, que mantenía así su
capacidad de compra. La zaigai seika constituiría el telón de fondo
financiero para la firma de la alianza anglo-japonesa en 1902, que selló la
admisión de Japón en el club de naciones que defendían el orden global
existente. En treinta y cuatro años el país había pasado de ser un lugar
inhóspito para convertirse en un importante pilar de la hegemonía británica en
Asia oriental y en una potencia imperialista por derecho propio. Japón obtuvo
en los mercados globales los fondos necesarios para llevar a cabo y ganar la
guerra rusojaponesa de 1904-1905.
Cuando los europeos
–portugueses, franceses, holandeses, ingleses– se instalaron en la India en el
siglo XVI se limitaron a crear establecimientos comerciales en las costas para
obtener las preciadas especias, esenciales para la comida europea. En ese
momento se afianzaban los mogoles, cuyo imperio alcanzó su máximo esplendor en
la primera mitad del siglo XVII. A lo largo de este período, la Compañía de las
Indias Orientales inglesa, a través de acuerdos con los mogoles, estableció sus
primeras factorías en Madrás, Bombay y Calcuta y fue ganando primacía sobre el
resto de los colonizadores. A fines del siglo XVIII, derrotó a Francia, su
principal rival. A mediados del siglo XIX, la mencionada Compañía ya se había
convertido en la principal fuente de poder. Su victoria fue posibilitada, en
gran medida, por la decadencia del Imperio mogol y las rivalidades entre los
poderes locales. En un primer momento, los ingleses actuaron como auxiliares de
los mandatarios indios que disputaban entre ellos por quedarse con la herencia
del Imperio mogol. Cuando se hizo evidente que los británicos tenían sus
propios intereses, los príncipes marathas[2]
intentaron ofrecer resistencia, pero la confederación maratha fue finalmente
derrotada y disuelta entre 1803 y 1818.
Las grandes
revueltas de 1857-58 fueron el último intento de las viejas clases dirigentes
por expulsar a los británicos y restaurar el Imperio mogol; los indios más
occidentalizados se mantuvieron al margen. Una vez reprimido el levantamiento,
la administración de la Compañía de las Indias Orientales quedó sustituida por
el gobierno directo de la Corona británica. La India se erigió en la pieza
central del Imperio inglés.
En 1877, la reina
Victoria fue proclamada emperatriz de las Indias. Aproximadamente la mitad del
continente indio quedó bajo gobierno británico directo; el resto continuó
siendo gobernado por más de 500 príncipes asesorados por consejeros británicos.
La autoridad de los principados se extendió sobre el 45% del territorio y
alrededor del 24% de la población. Los mayores fueron Haiderabad (centro) y
Cachemira (noreste); los pequeños comprendían solo algunas aldeas. Muchos de
estos príncipes musulmanes eran fabulosamente ricos. En el interior de sus
Estados ejercían un poder absoluto y no existía la separación entre los
ingresos del Estado y su patrimonio personal. La presencia inglesa les
garantizaba la seguridad de sus posesiones y los eximía de toda preocupación
por la política exterior y la defensa. El subcontinente indostánico estaba
demasiado dividido y era demasiado heterogéneo para unificarse bajo las
directivas de una aristocracia disidente con cierta ayuda de los campesinos,
como sucedió en Japón, así que la economía de la región fue completamente
trastocada y la ruina de las artesanías textiles localizadas en las aldeas
trajo consigo el empobrecimiento generalizado de los campesinos. Estos, además,
se vieron severamente perjudicados por la reorganización de la agricultura, que
fue orientada hacia los cultivos de exportación. La administración colonial
utilizó los ingresos de la colonia para la financiación de sus gastos militares,
y las campañas de Afganistán, Birmania y Malasia fueron pagadas por el Tesoro
indio.
El interés por
preservar la dominación de la India fue el eje en torno al cual Gran Bretaña
desplegó su estrategia imperial. En principio, sus decisiones en África y
Oriente Medio estuvieron en gran medida guiadas por el afán de controlar las
rutas que conducían hacia el sur de Asia. El reforzamiento de su base en la
India permitió a Gran Bretaña forzar las puertas de China reduciendo el poder
de los grandes manchúes, y convertir el resto de Asia en una dependencia
europea, al mismo tiempo que establecía su supremacía en la costa arábiga y
adquiría el control del Canal de Suez.
A finales del siglo
XIX, como contrapartida a la expansión de Rusia sobre Asia Central, Gran
Bretaña rodeó a la India con una serie de Estados tapón: los protectorados de
Cachemira (actualmente dividido entre India y Pakistán), Beluchistán
(actualmente parte de Pakistán) y Birmania (Myanmar). La conquista de esta
última costó demasiado dinero y vidas: hubo tres guerras. Inmediatamente, como
resultado de la última (1885–86) se estableció un protectorado, pero los
birmanos continuaron durante muchos años una guerra de guerrillas.
En el sureste
asiático, Londres se instaló en Ceilán (Sri Lanka), la península Malaya, la
isla de Singapur y el norte de Borneo (hoy parte de Malasia y el sultanato de Brunéi).
La primera fue cedida por los holandeses después de las guerras napoleónicas y
se destacó por sus exportaciones de té y caucho. En 1819 Gran Bretaña ocupó
Singapur, que se convirtió en un gran puerto de almacenaje de productos y en la
más importante base naval británica en Asia.
Entre 1874 y 1909
los nueve principados de la península Malaya cayeron bajo el dominio inglés,
bajo la forma de protectorados. Singapur, junto con Penang y Malaca, integraron
la colonia de los Establecimientos de los Estrechos. Esta región proporcionó
bienes claves, como caucho y estaño. Para su producción, los británicos
recurrieron a la inmigración masiva de chinos e indios, mientras los malayos
continuaban con sus cultivos de subsistencia.
El Imperio ruso, por
su parte, desde mediados del siglo XIX avanzaba sobre Asia Central y, en 1867,
fundó el gobierno general del Turkestán, bajo administración militar. Entre el
Imperio ruso y el inglés quedaron encajonados Persia y Afganistán. A mediados
de los años 70 del siglo XIX Londres pretendió hacer de Afganistán un Estado
tributario, pero la violenta resistencia de los afganos –apoyada por Rusia– lo
hizo imposible. La rivalidad entre las dos potencias permitió que Afganistán preservara
su independencia como Estado amortiguador.
Desde el siglo XVI
los europeos llegaron a Indochina: primero los portugueses, luego los
holandeses, y les sucedieron los ingleses y los franceses. Eran navegantes,
comerciantes y misioneros, y las prósperas factorías se multiplicaban sobre la
costa vietnamita. Aunque el período colonial propiamente dicho comenzó sólo a
fines del siglo XIX, a partir del siglo XVIII las luchas entre reyes y señores
feudales, entre estos y los omnipotentes mandarines, entre todos los poderosos
nativos y el campesinado siempre oprimido, se mezclaron con las disputas contra
comerciantes y misioneros occidentales.
Cuando terminaron las
guerras napoleónicas en Europa se reavivaron los intereses comerciales de las
metrópolis: los ingleses, que ya ocuparon Singapur en 1819 y fijaron sus ojos
en China, intentaron instalarse en Vietnam; al mismo tiempo los franceses,
definitivamente desalojados de la India, buscaron más hacia el oriente mercados
para sus productos de ultramar y materias primas baratas. Cuando se inició la
instalación francesa, Vietnam era un país unificado, cuya capital, Hué, se
ligaba con las dos grandes ciudades, Hanoi en el norte y Saigón en el sur, a
través de la “gran ruta de los mandarines”. Había adquirido sólidas
características nacionales; en lengua vietnamita se habían escrito importantes
obras literarias, su escultura y arquitectura reconocían la influencia china,
pero tenía características bien diferenciadas. La familia y el culto de los
antepasados mantenían su fuerza tradicional, pero la situación de la mujer era
de menor sometimiento que en China.
El Imperio francés
de Indochina se parecía al de los británicos en la India, en el sentido que
ambos se establecieron en el seno de una antigua y sofisticada cultura, a pesar
de las divisiones políticas que facilitaron la empresa colonizadora. Tanto
Vietnam como Laos y Camboya, aunque eran independientes, pagaban tributo a
China y le reconocían cierta forma de señorío feudal. Francia ingresó en Saigón
en 1859 aduciendo la necesidad de resguardar a los misioneros católicos
franceses. En la década siguiente firmó un tratado con el rey de Camboya que
reducía el reino a la condición de protectorado, y obtuvo del emperador
annamita (vietnamita) parte de la Cochinchina en condición de colonia. A partir
de la guerra franco-prusiana Francia encaró la conquista sistemática del resto
del territorio. Después de intensos combates con los annamitas y de vencer a la
resistencia china, se estableció un acuerdo en 1885 por el que Annam y Tonkín
(zonas del actual Vietnam) ingresaron en la órbita del Imperio francés. El
protectorado de Laos se consiguió de manera más pacífica cuando Tailandia cedió
la provincia en 1893. Indochina, resultado de la anexión de los cinco
territorios mencionados, quedó bajo la autoridad de un gobernador general
dependiente de París.
El otro imperio en
el sureste asiático fue el de los Países Bajos. A principios del siglo XVII, la
monarquía holandesa dejó en manos de la Compañía General de las Indias Orientales
el monopolio comercial y la explotación de los recursos naturales de Indonesia.
A finales de ese siglo se convirtió en una colonia estatal. Un rasgo distintivo
de esta región fue su fuerte heterogeneidad: millares de islas, cientos de
lenguas y diferentes religiones, aunque la musulmana fuera la predominante. Ese
rosario de islas proveyó a la metrópoli de valiosas materias primas: clavo de
olor, café, caucho, aceite de palma y estaño. El régimen de explotación de los
nativos fue uno de los más crueles. Los holandeses redujeron a la población a
la condición de fuerza de trabajo de las plantaciones sin reconocer ninguna
obligación hacia ella. El Islam, que había llegado al archipiélago por la
actividad de los comerciantes árabes procedentes de la India, obtuvo una
creciente importancia como protección y vía de afianzamiento de la identidad
del pueblo sometido. La educación llegó a las masas a través de las mezquitas teniendo
como maestros a los imanes musulmanes procedentes de la Meca y la India.
Por último, los
antiguos imperios de la Península Ibérica solo retuvieron porciones menores del
territorio asiático. Así España y Portugal conservaron, la primera, Filipinas
hasta 1898, y la segunda Timor Oriental hasta 1974.
Hasta el primer
cuarto del siglo XIX la posición de los europeos en China era similar a la que
habían ocupado en la India hasta el siglo XVIII. Tenían algunos puestos
comerciales sobre la costa, pero carecían de influencia política o poder
militar. Sin embargo, existían diferencias importantes entre ambos imperios.
La primera es que en
la India el comercio jugaba un destacado papel económico, ya que muchos de los
gobernantes de las regiones costeras que promovían esta actividad no pusieron
objeciones a la penetración comercial de los extranjeros y colaboraron en su
afianzamiento; China, en cambio, se consideraba autosuficiente, y rechazaba el
intercambio con países extranjeros al que percibía como contrario al prestigio
nacional. Su apego a los valores de su propia civilización y su desprecio hacia
los extranjeros significó que se dieran muy pocos casos de “colaboracionismo”.
La segunda
diferencia fue que China contaba con una unidad política más consistente. Si
bien la dinastía Manchú careció de los recursos y la cohesión que distinguió a
los promotores de la modernización japonesa, no había llegado a hundirse como
ocurrió con el Imperio mogol cuando los británicos avanzaron sobre la India. No
obstante, alrededor de 1900 parecía imposible que China no quedara repartida
entre las grandes potencias, a pesar de las fuertes resistencias ofrecidas en
1839-1842, 1856-1860 y 1900. Fueron las rivalidades entre los centros
metropolitanos las que impidieron el reparto colonial del Imperio manchú. Las
principales potencias impusieron a Beijing la concesión de amplios derechos
comerciales y políticos en las principales zonas portuarias. Sin embargo, el
Imperio chino, como el otomano, desgarrados por el avance de Occidente, no
cayeron bajo su dominación.
La exitosa
revolución Meiji y el agotamiento del Imperio manchú hicieron posible que Japón
se expandiera en Asia oriental, desplazando la secular primacía de Beijing. Las
exitosas guerras, primero contra China (1894-1895) y después contra el imperio
zarista (1904-1905), abrieron las puertas a la expansión de Japón en Asia
oriental.
Medio Oriente formó
parte del Imperio otomano hasta la derrota de éste en la Primera Guerra
Mundial. No obstante, desde mediados del siglo XIX, los europeos lograron
significativos avances en la región: Francia sobre áreas del Líbano actual, y
Alemania e Inglaterra en Irak. En el primer caso, la intervención francesa fue
impulsada por los conflictos religiosos y sociales entre los maronitas, una
comunidad cristiana, y los drusos, una corriente musulmana. Un rasgo distintivo
de la región del Líbano, relacionado con su configuración física –zona
montañosa y de difícil acceso– fue el asentamiento de diferentes grupos
religiosos que encontraron condiciones adecuadas para eludir las
discriminaciones que eran objeto por parte de los gobernantes otomanos. Cuando
en la segunda mitad del siglo XIX se produjeron violentos enfrentamientos entre
los maronitas y los drusos, tropas francesas desembarcaron en Beirut en defensa
de los primeros. El sultán aceptó la creación de la provincia de Monte Líbano
bajo la administración de un oficial otomano cristiano y la abolición de los
derechos feudales, reclamada por los maronitas.
Irak fue una zona de
interés para los ingleses dada su ubicación en la ruta a la India, y para
Alemania, a quien el sultán concedió los derechos de construcción y explotación
del ferrocarril Berlín-Bagdad. A principios del siglo XX, estas dos potencias,
junto con Holanda, avanzaron hacia la exploración y explotación de yacimientos
petrolíferos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario