La Guerra Y La “Solución Final”.
El antisemitismo
feroz de Hitler fue abiertamente reconocido en los inicios de su actividad
política, y el afán de los nazis de “limpiar” Alemania de judíos alentó sus
acciones violentas contra esta comunidad desde los orígenes de esta fuerza
política. Sin embargo, la instrumentación de un plan para exterminar a los
judíos europeos con todo lo que esto significa: construcción de una
infraestructura, las fábricas de la muerte, organización de un sistema de
transporte, un altísimo número de personas a cargo de diferentes tareas, la
adopción de un método que posibilitara asesinatos en masa, fue resultado de un
proceso que resulta muy difícil de explicar. Si bien al terminar la Segunda
Guerra Mundial el Holocausto fue percibido como una tragedia, llevó tiempo
tomar conciencia de su profundo y estremecedor alcance y significación, en el
sentido de que “la producción en serie y racional de la muerte de seres humanos”
se había engendrado en el seno de la civilización occidental y utilizando los
recursos provistos por la ciencia y la tecnología del mundo moderno. ¿Cómo
ofrecer interpretaciones racionales a una experiencia límite atravesada por
horrores inimaginables? ¿Quiénes y cómo hicieron posible la concreción del
Holocausto[1]?
El nazismo, según
Hannah Arendt, no solo fue un crimen contra la humanidad sino contra la
condición humana. Hitler nunca dejó lugar a dudas sobre el odio que sentía por
los judíos y acerca de la responsabilidad que les asignaba en la derrota
alemana de 1918. Pero estas obsesiones ideológicas del Führer no son
suficientes para explicar el genocidio judío. La materialización de los fines
expansionistas y raciales nazis fue resultado de un proceso en el que se
articularon, tanto el papel de líder carismático de Hitler avalando, muchas
veces en forma encubierta, la política antijudía que se fue concretando en su
gobierno, como las acciones y objetivos de otros actores quienes, con mayor o
menor grado de compromiso, acordaban con esa política, y todo esto en relación
con una combinación de factores tales como las consideraciones económicas y los
avatares de la guerra, que generaron condiciones propicias para el Holocausto.
En el debate
historiográfico sobre el genocidio judío, el espinoso problema de las
responsabilidades se entrelaza con los interrogantes en torno a cómo y cuándo
el afán de “purificar” a la población europea se encarnó en los campos de
exterminio. Las investigaciones sobre estas cuestiones descartan una línea de
continuidad entre la concreción de esta experiencia límite y la ideología
ferozmente antisemita de Hitler y los nazis. El Holocausto es entendido como
resultado de un proceso de radicalización de la política antijudía, con
diferentes hitos, y el análisis de este proceso se inscribe en un interrogante
mayor: cuál era la naturaleza del Estado nazi. O sea, en qué forma y con qué
criterios se tomaban e instrumentaban las decisiones, el rol de las diferentes
agencias estatales junto con el papel de los principales organismos nazis,
especialmente las SS, y básicamente el modo en que la presencia del “líder
carismático” generaba las condiciones propicias para el Holocausto sin que
fuera preciso que el Führer diera órdenes precisas en cada ocasión.
Con la llegada de
Hitler al gobierno, las principales acciones de carácter antisemita fueron
impulsadas por las presiones de los activistas del partido, del bloque
SS-Gestapo, de las rivalidades personales e institucionales y de los intereses
económicos deseosos de eliminar la competencia judía. La política nazi se
manifestó de dos formas paralelas: por una parte medidas de corte legal
destinadas a excluir a los judíos de la sociedad, privarlos de sus derechos
civiles y llevarlos a la ruina económica; y, simultáneamente, campañas
discriminatorias y acciones violentas dirigidas a forzarlos a emigrar de
Alemania.
Antes de que
estallara la guerra hubo tres principales oleadas antijudías: la de 1933,
instigada básicamente por la SA; la de 1935, que desembocó en la sanción de las
leyes de Nüremberg, y la tercera, mucho más violenta, en 1938. Poco después de
que asumiera Hitler el poder, los sectores más radicalizados de la base del
partido organizaron una intensiva campaña de propaganda y un boicot económico
contra negocios y empresas judías. El 1 de abril de 1933, los comercios judíos
fueron rodeados por piquetes de miembros de la SA para impedir la entrada de
clientes. El ministro de Economía, Hjalmar Schacht, se opuso alertando sobre la
posible reacción negativa de los gobiernos occidentales. A estas acciones
siguió un período de relativa calma.
Dos años después,
nuevamente las demandas de las bases más radicalizadas del nazismo condujeron,
con el beneplácito de Hitler, a la sanción de normas decididamente
discriminatorias de los judíos alemanes. A mediados de septiembre de 1935, en
el mitin anual del Partido Nacionalsocialista, el Führer anunció la sanción de
la Ley para la Protección de la Sangre Alemana y la Ley de la Ciudadanía del
Reich. La primera prohibió las relaciones sexuales entre judíos y no judíos, ya
sea por vía matrimonial o extramatrimonial. Esa disposición se amplió también a
los matrimonios entre alemanes con gitanos o negros. Las infracciones se
castigaban con prisión. Esta norma incluyó dos prohibiciones adicionales: los
judíos no podían izar la bandera nacional, y tampoco podían contratar a no
judíos como personal doméstico. La segunda ley despojó a los judíos de su
ciudadanía alemana y les prohibió ejercer un cargo público. El primer decreto
para la ejecución de esta ley determinó, en noviembre de 1935, quién debía
considerarse judío.
Estas leyes no
provocaron la emigración de los judíos. Dada su larga historia de sufrir la
discriminación a través de la violencia, supusieron que las nuevas normas
establecían límites claros. En palabras de un dirigente sionista de la
comunidad de Berlín: «La vida siempre es posible bajo el imperio de las
leyes». La elaboración y aplicación de esta legislación fue posible porque
juristas, jueces, fiscales del ministerio público, abogados, funcionarios de la
administración de justicia se prestaron para conferirles legalidad. Su sanción
fue acompañada por una gran campaña de prensa oficial, que aplaudió la decisión
del Führer de separar arios de judíos en el seno de la comunidad alemana. Todo
el mundo supo de la entrada en vigor de esta legislación sin que hubiera
críticas ni condenas: fue tratada como una cuestión de política doméstica de
Alemania.
La tercera oleada
comenzó en la primavera de 1938, con las acciones destinadas a excluir a los
judíos de la vida económica. Esta arianización cerró negocios y obligó a los
judíos a vender por precios miserables sus propiedades. Todo esto acompañado
por acciones violentas contra personas, negocios y sinagogas. Con el traspaso
obligado de los bienes judíos, los principales beneficiarios fueron grandes
empresas como Mannesmann, Krupp, Thyssen, IG-Farben, y bancos importantes como
el Deutsche Bank y el Dresdner Bank. Médicos y abogados también fueron
beneficiados con la expulsión de judíos del ejercicio de dichas profesiones.
En la noche del 9 al
10 de noviembre, la llamada “Noche de los Cristales Rotos”, se alcanzó el momento
más álgido de esta campaña cuando se lanzó un violento programa alentado
abiertamente por Goebbels pero con el respaldo de Hitler, que optó por
posicionarse en un segundo plano. La acción fue puesta en marcha como respuesta
al atentado llevado a cabo por un judío polaco que costaría la vida a un
funcionario de la embajada alemana en París. Los judíos, según Goebbels, “deben
sentir de una vez por todas la total furia del pueblo”. Los jefes nazis
enviaron instrucciones a sus hombres en todo el país: los ataques tenían que
aparecer como reacciones populares y espontáneas. En pocas horas estallaron
graves disturbios en numerosas ciudades. Las vidrieras de los negocios judíos
fueron destrozadas y los locales saqueados, se incendiaron centenares de
sinagogas y hogares, y muchos judíos fueron atacados físicamente. Al finalizar
la ola de violencia, la comunidad judía fue obligada por decreto a pagar una
“multa de expiación” de mil millones de marcos y se la hizo responsable del
pago de los daños causados en sus propiedades. Después de esta oleada, muchos
judíos emigraron en llenos de miedos y riesgos.
Este fue el último
acto de violencia abierta y, en cierto sentido, descontrolada; a partir de este
momento se asignó a las SS, los antisemitas más “racionalmente” organizados, la
coordinación e instrumentación de la política antijudía. Al mismo tiempo que
las ideas antisemitas se encarnaban en actos criminales, las SS (con el apoyo
de profesionales y sectores de la burocracia estatal) descargaban su fuerza
asesina, en forma más o menos encubierta y quebrando las normas jurídicas del
Estado, sobre otros “enemigos y subhumanos”: la izquierda, los gitanos y los
disminuidos físicos y mentales.
El primer campo de
concentración comenzó a funcionar poco después de que Hitler llegara al
gobierno. Fue creado en Dachau, un pequeño pueblo alemán cerca de Múnich, en
marzo de 1933, para albergar a los presos políticos, la mayoría de ellos
comunistas y socialdemócratas, que así quedaban sometidos al trato brutal de
las Unidades Calavera de las SS, al margen de toda garantía legal. Al poco
tiempo llegaron otros grupos, entre ellos los gitanos, que al igual que los
judíos eran considerados de raza inferior; los ampliamente despreciados
homosexuales; y los Testigos de Jehová, que se negaban a servir en el ejército.
A medida que
aumentaba la persecución sistemática de los judíos, crecía el número de los
confinados en Dachau. Al calor del pogromo de 1938, miles de judíos alemanes
fueron recluidos en el campo. Durante el verano de 1939, después del Anschluss
llegaron varios miles de austríacos; este fue el primer caso de traslado de
personas provenientes de los países que serían ocupados por los alemanes en el
transcurso de la guerra. El comandante de Dachau, Theodor Eicke, posteriormente
fue designado inspector general de todos los campos de concentración.
Para 1939, además
del campo de Dachau existían otros cinco campos de concentración: Sachsenhausen
(1936), Buchenwald (1937), Flossenbürg (1938), Mauthausen-Gusen (1938) y Ravensbrück
(1939). A partir de la guerra, con nuevas conquistas territoriales y grupos más
grandes de prisioneros, el sistema de campos de concentración se expandió
rápidamente hacia el este.
Hasta el comienzo de
la Segunda Guerra Mundial, aunque el trato discriminatorio de los judíos de
Alemania incluyó la violencia, la política del Tercer Reich propició
básicamente la expulsión más que su eliminación. Durante un tiempo se evaluó la
posibilidad de trasladarlos a la isla de Madagascar, la colonia francesa frente
a la costa de África. Después de La Noche de los Cristales Rotos, en enero de
1939, Göring creó una oficina central para la emigración judía que incrementó
el poder de las SS sobre cómo resolver el “problema judío”. Dicho organismo
quedó bajo la supervisión de Heydrich, el jefe del Servicio de Seguridad de las
SS. La idea de matar como “solución final al problema judío” fue tomando cuerpo
a partir de la ocupación de Polonia y más decididamente en el marco de la
campaña contra el régimen soviético.
Respecto de la
política antijudía del nazismo, la guerra planteó en parte nuevos problemas (creció
el número de judíos en los territorios bajo el dominio alemán) y en parte
generó condiciones propicias para que las obsesiones del nazismo se encaminaran
hacia los campos de exterminio: ya no era necesario tener en cuenta las
reacciones de otros gobiernos. La orgía de atrocidades que siguió a la invasión
de Polonia eclipsó la violencia desplegada en Alemania hasta ese momento. Al
entrar en las ciudades y poblaciones, los nazis dieron rienda suelta a un
sinfín de vejaciones y humillaciones contra todos sus habitantes; no solo los
judíos cayeron ante la furia devastadora de los invasores. Los asesinatos de
los Einsatzgruppen comenzaron con la aniquilación de la intelligentsia
polaca. Según Heydrich: La solución del problema polaco sería diferente para la
clase de los jefes y para la clase inferior de los trabajadores polacos. «En
los territorios ocupados queda, como máximo, un tres por ciento de la clase de
los jefes. Pero este tres por ciento debe hacerse también inofensivo; para ello
serán llevados a campos de concentración». Los Einsatzgruppen debían
elaborar las listas.
Polonia debía
desaparecer como nación para que sus territorios, en principio los del oeste,
fuesen germanizados; la población polaca, o estaba destinada a servir como mano
de obra esclava, o a ser desplazada hacia el este en condiciones infrahumanas.
La germanización de Polonia y la consiguiente expulsión forzosa dieron paso a
la creación de los guetos. Después de la rápida victoria del ejército alemán,
la conducción de las SS decidió crear los primeros guetos judíos del siglo XX.
Heydrich comunicó el 21 de septiembre de 1939 a los jefes de los Einsatzgruppen
que era preciso concentrar a los judíos en guetos, con la finalidad de asegurar
un mejor control y su posterior deportación. Esta acción fue presentada como
requisito previo para alcanzar “el objetivo final”, que aún no había sido
definido. La creación de los guetos resultó ser más difícil de lo que se había
supuesto: desplazar a los judíos de un lugar a otro, contar con un área
específica dentro de la ciudad receptora, transferir a los residentes no judíos
fuera de la localización del gueto. Frente a la gran cantidad de problemas, los
plazos propuestos por Heydrich no se cumplieron. El gueto más grande de Polonia
se instaló en la capital, que junto con Lodz alojó a casi un tercio de los
judíos polacos. Otros guetos importantes fueron los de Cracovia, Lublin, Białystok,
Lvov, Kovno, Częstochowa y Minsk. La mayoría de los
guetos, ubicados principalmente en la Europa oriental ocupada por los nazis,
estaban cerrados con muros, rejas de alambre de púas o portones. Gran parte de
las víctimas fueron destinadas a grupos de trabajo forzado en empresas
alemanas, y a la construcción de obras públicas del gobierno nazi.
Los guetos fueron
emplazados en las zonas más pobres de las ciudades. Los alojamientos eran
ruinosos, a menudo sin agua corriente ni electricidad. El número de gente
apiñada en el gueto dio lugar a asombrosos niveles de densidad de población. La
escasez de comida fue dramática. Las raciones estaban fijadas deliberadamente
en un nivel imposible para la supervivencia. Según el testimonio de un
prisionero del gueto de Białobrzegi, «la única manera de conseguir
comida era salir del área judía, e intentar llegar a las granjas, pero si te atrapaban
los alemanes, te disparaban. Teníamos mucho frío porque no podíamos conseguir
madera para encender el fuego y calentar la casa, así que intentábamos salir a
escondidas de noche para romper vallas de madera, pero si eras sorprendido
haciendo esto, los alemanes te disparaban. Los alemanes sabían que los judíos
estaban arreglándoselas para hacer escapadas a los pueblos vecinos, así que
ofrecían recompensas de dos libras de azúcar a cualquier polaco que pudiese
señalar a un judío que se hubiese escabullido. Esto significa que no solo debíamos
tener cuidado con que nos viesen los alemanes, sino también los polacos,
especialmente los jóvenes».
La instalación de
los guetos fue acompañada de instrucciones de los jefes nazis respecto de la
creación de Consejos Judíos (Judenräte). Era conveniente lograr que figuras con
peso y autoridad de la comunidad colaborasen en el control de la población de los
guetos y en la instrumentación de las órdenes de los alemanes. Los Consejos
tuvieron a su cargo una importante serie de cuestiones, desde contabilizar a la
población judía, organizar la entrega de las propiedades y bienes judíos
confiscados, pasando por asegurar el suministro de mano de obra judía, hasta
gestionar la vida en los guetos: el aprovisionamiento de comida, de
alojamiento, el control de la salud y el nombramiento de una fuerza policial
propia del gueto. Los Consejos no tenían una estructura uniforme; en algunos
casos eran responsables por una sola ciudad, mientras que en otros tenía
autoridad sobre un distrito o, a veces, sobre un país entero, como en Alemania,
Francia, o el Protectorado de Bohemia y Moravia.
Cuando se puso en
marcha el exterminio, los Consejos fueron obligados a preparar listas de
aquellos que serían transportados a los campos de exterminio. La decisión de
colaborar en esta tarea estuvo basada, en muchos casos, en la esperanza de que
aún era posible salvarse de la muerte. El vicepresidente del gueto de Kovno en
Lituania, Leib Garfunkel, dejó testimonio de los dilemas que los atenazaban: «El
Consejo se enfrentaba a problemas de conciencia y responsabilidad al mismo
tiempo […]. Había dos alternativas […] cumplir, anunciando las
órdenes de la Gestapo a los habitantes del gueto, y dar las instrucciones
apropiadas a la policía del gueto; o abiertamente sabotear la orden haciendo
caso omiso de ella. El Consejo llegó a la conclusión de que siguiendo la
primera alternativa, parte, o quizás la mayoría, del gueto podría aún salvarse,
al menos por un tiempo. De haberse elegido la otra alternativa se habrían
tomado severas medidas de persecución contra todo el gueto, y posiblemente
habrían resultado en su inmediata eliminación».
En general, los
dirigentes judíos se incorporaron a los Judenräte, pero en algunos casos se
negaron a participar en las deportaciones; por ejemplo Adam Czerniaków,
presidente del Consejo de Varsovia, que en julio de 1942 puso fin a su vida
para eludir la preparación de las listas de candidatos a la expulsión. Durante
los tres años de su existencia, el gueto de la capital de Polonia pasó de
400.000 a 50.000 habitantes como consecuencia de las deportaciones a campos de
exterminio y las muertes por hambre y enfermedades. Con el establecimiento de
los guetos se cumplieron algunas metas importantes para los nazis: el
hacinamiento de los judíos, bajo una estricta supervisión, el robo de sus
pertenencias y los beneficios que se podían obtener de su trabajo. Los guetos
aislaron a los judíos del mundo exterior y los volvieron vulnerables e
impotentes en los momentos más decisivos.
Con los guetos y los
campos de trabajo forzado en Polonia, la idea asesina presente en el
antisemitismo nazi tomó forma en un proyecto concreto que se afianzó con la
Operación Barbarroja. Con el triunfo militar que Hitler daba por seguro, los
nazis concretarían sus ansiadas metas: destruir el régimen bolchevique,
conquistar el “espacio vital” para el acabado despliegue de la raza alemana y
enviar a Siberia a los judíos en condiciones que garantizarían su
aniquilamiento. La obtención de estos fines inspiró la famosa “orden de los
comisarios” del 6 de junio de 1941, que definió las reglas a seguir respecto
del ejército soviético: “fusilamiento sistemático y rápido” de todos los
comisarios políticos del Ejército Rojo que “fuesen hechos prisioneros en el
frente o llevando a cabo misiones de resistencia”. La separación aún existente
en la guerra de Polonia entre las SS y la Wehrmacht habría de convertirse en una
ficción.
En la URSS, los
altos mandos del ejército se mostraron muchos más dispuestos que en Polonia a
operar mancomunadamente con las unidades especiales de las SS. El
enfrentamiento ideológico los llevó a dejar de lado las reglas que los
ejércitos profesionales están obligados a respetar en el campo de batalla. La
Wehrmacht se implicó decididamente en la campaña asesina de las SS. Entre los
primeros que sintieron el desprecio del régimen nacionalsocialista estuvieron
los prisioneros de guerra. De los cinco millones de militares detenidos, hasta
el fin de la guerra murieron tres, la mayoría de ellos por debilidad y
epidemias. Con la Operación Barbarroja las SS tuvieron un nuevo terreno en el
que desplegar su maquinaria de terror, al mismo tiempo que ampliaban su dominio.
La capacidad asesina
de los Einsatzgruppen se ejerció sobre el conjunto de la población civil de las
zonas que iban siendo ocupadas. A diferencia del proceso de encerrar a los
judíos en los guetos y campos de concentración, los Einsatzgruppen, a menudo
aprovechando el apoyo local, llevaron a cabo operaciones de asesinato masivo.
En un principio los fusilamientos recayeron solo sobre los hombres; para agosto
de 1941 las matanzas incluían de manera exponencial a mujeres y niños. Los
Einsatzgruppen acabaron con la vida de más dos millones de judíos rusos.
Las masacres tenían
lugar generalmente en bosques, hondonadas y edificios vacíos en las cercanías
de las casas de las víctimas. A cierta distancia de las fosas comunes
preparadas con anticipación se ordenaba a las víctimas desnudarse y entregar
sus objetos de valor. Luego eran conducidos en grupos a los pozos y fusiladas.
Muchos heridos fueron enterrados vivos. Los fusilamientos masivos eran una
forma de asesinar que tenía muchos inconvenientes: era poco secreta y afectaba
la imagen de los nazis, generaba tensiones entre altos jefes del ejército
preocupados por la ausencia de disciplina y las manchas que podían recaer sobre
los militares, y además no era factible que este método aniquilase a los judíos,
gitanos y comunistas de Europa antes de que la guerra acabara, cosa que no
tardaría en ocurrir según las confiadas previsiones de Hitler. A esto se
sumaron los problemas de asentamiento, alimentación y control de nuevos judíos:
los deportados, a partir de septiembre de 1941, de los países de Europa
occidental por orden de Hitler. El impulso hacia la radicalización combinó las
medidas burocráticas que emanaban del cuartel General de Seguridad del Reich
con iniciativas tomadas en el terreno por individuos y agencias a cargo de una
tarea cada vez menos manejable.
En este contexto
quienes estaban a cargo de los campos de concentración exploraron otras formas
de ejecución. El primer experimento de asesinato en masa con gas fue llevado a
cabo en Auschwitz en septiembre de 1941. Las víctimas, prisioneros de guerra
soviéticos, fueron llevadas a un recinto herméticamente cerrado al que se
inyectó el gas Zyklon B. En Chelmno, los asesinatos masivos comenzaron el 8 de
diciembre de 1941. La mayoría de las víctimas provenían del gueto de Lodz y
aquí fueron asesinadas en camiones de gas. Una vez cerradas las puertas, el
camión se dirigía a un bosque cercano en el que estaba situada una enorme fosa.
Al fin del corto trayecto nadie quedaba con vida. Por medio de tres camiones de
ese tipo fueron asesinados en Chelmno casi 300.000 judíos y 5.000 gitanos. Para
la mayor parte de los historiadores estas iniciativas todavía eran aisladas, ya
que aún no estaba en marcha el plan de aniquilación de los judíos. No se ha
encontrado un documento que indique quién y cuándo decidió la puesta en marcha
de un plan de exterminio. Numerosos investigadores coinciden en que esa orden
jamás fue emitida por escrito, pero que Hitler fue uno de los responsables de
esta operación en virtud de su decidida intervención en la preparación del
clima propicio y a través de sus conversaciones con los altos jefes nazis que
pusieron en marcha el plan. La poca calidad de las fuentes, que reflejan en
buena medida el secreto respecto de las operaciones de matanza, y la deliberada
oscuridad en el lenguaje han dado lugar a conclusiones muy distintas sobre el
momento preciso en que se decidió la “solución final”. No obstante, existe un
marcado consenso sobre la existencia de un proceso de radicalización de la
política antisemita a partir de la campaña a la URSS, que se profundizó en
virtud del estancamiento militar en Rusia y de la entrada en el conflicto de
Estados Unidos, a los que Hitler declaró la guerra en diciembre de 1941 y que
acabó de tomar consistencia en la conferencia de Wannsee.
El 20 de enero de
1942 en el suburbio berlinés de Wannsee se realizó una reunión convocada por
Heydrich y organizada por Eichmann en la que participaron dieciséis altos
funcionarios y representantes de organismos centrales del Tercer Reich. Durante
la misma se coordinaron los planes de exterminio, entre la Oficina Central de
Seguridad del Reich dirigida por Heydrich, y los ministerios y agencias que
debían participar en la concreción de la “solución final”. Fue el comienzo de
la última etapa: la incorporación de toda la Europa ocupada por los alemanes en
un amplio programa de aniquilación sistemática de los judíos. En el verano del
42 los campos de exterminio funcionaban a pleno rendimiento.
Para finales de ese
año, la mayor parte de los millones de víctimas había sido asesinada. A
diferencia de los campos de concentración como Dachau y de los campos de
trabajo forzados, donde las altas tasas de mortalidad eran consecuencia de la
inanición y de los maltratos, los campos de exterminio fueron diseñados
específicamente para la eliminación de personas. Seis de los siete campos de
exterminio alemanes se construyeron en el actual territorio de Polonia.
Auschwitz y Chelmno se encontraban en la zona occidental anexionada por
Alemania, y los otros cuatro: Bełżec, Sobibor, Majdanek
y Treblinka en la zona del Gobierno General. Los judíos eran obligados a
concentrarse en las cercanías de una estación de tren y de allí subían a
vagones de carga carentes de ventilación, instalaciones sanitarias y agua. Los
furgones se cerraban herméticamente y la travesía podía demorar varios días. El
terrible hacinamiento causó la muerte de muchos. Cuando el prisionero llegaba
al campamento, debía entregar su ropa y efectos personales, sus cabellos eran
rapados y recibía como vestimenta un uniforme a rayas de prisionero y un par de
zuecos de madera. Al frente del campo estaba el Lagerkommandant y bajo su mando
un equipo de oficiales de bajo rango. Las SS generalmente seleccionaban prisioneros,
llamados kapos, para supervisar al resto. Las durísimas condiciones de trabajo,
unidas a la desnutrición y la poca higiene, hacían que la tasa de mortalidad
entre los prisioneros fuera muy alta.
La expectativa de
vida era por lo común muy reducida. Muchos presos caían en un agudo estado de
decadencia física y mental; el Muselmann (en la jerga del campo) personificaba
la muerte en todos sus repliegues: el debilitamiento físico por inanición, el
deterioro psíquico y el abandono de sí mismo, ya que el prisionero era un
muerto en vida. Sin Hitler el Holocausto no hubiera sido posible, pero tampoco
sin la activa colaboración de la Wehrmacht, sin la efectiva complicidad de la
burocracia de la administración pública, de los líderes de industrias alemanas
que fabricaron los equipos de la muerte e instalaron fábricas en los campos de
concentración; sin la “eficiente” decisión de las SS de aniquilar a “enemigos”
y “razas inferiores”. La intención de Hitler fue un factor fundamental, pero
más importante fue la naturaleza carismática del gobierno del Tercer Reich y el
modo en que funcionaba manteniendo el impulso de creciente radicalización en
torno a objetivos “heroicos” que iban corroyendo y fragmentando la estructura
del Estado de derecho. Esta experiencia límite dejó instalada la angustia y el
desafío respecto de cómo evitar su no imposible repetición.
[1] Las interpretaciones sobre quiénes, cómo,
y en qué contexto se hizo posible la concreción del Holocausto dieron lugar al
debate entre dos principales corrientes: intencionalistas y estructuralistas.
La corriente intencionalista, con representantes como Karl Dietrich Bracher y
Klaus Hildebrand, se apoya básicamente en el reconocimiento de que Hitler,
desde el comienzo de su carrera política, basó sus decisiones en determinadas
obsesiones ideológicas que no dudó en llevar a la práctica hasta su muerte. Los
principios básicos de esa ideología eran la conquista del “espacio vital” para
el pueblo alemán, que condujo a la guerra, y el antisemitismo, que llevó al
genocidio. Si la voluntad del Führer se plasmó en un programa de gobierno,
según los intencionalistas, fue porque Hitler llegó a erigirse como dictador
fuerte con un control casi absoluto sobre las decisiones del Estado nazi. Desde
esta perspectiva, el nazismo (hitlerismo) pasaba a ser un caso único en lugar
de ubicarse como una experiencia singular en el seno del fascismo. Los
funcionalistas, como Martin Broszat y Hans Mommsen, descartan que la ideología
de un jefe carismático sea capaz de explicar cabalmente el Estado nazi, y
subrayan la importancia decisiva de una adecuada comprensión de las estructuras
y el funcionamiento de ese Estado y de las presiones a las que estuvo sometido.
Según los funcionalistas, el Tercer Reich no era en absoluto monolítico,
existían centros de decisión independientes y competitivos sobre los que el
líder máximo ejercía un control muy imperfecto. En definitiva, un sistema
“policrático” encabezado por un “dictador débil”. Por otra parte, las ideas del
Führer eran demasiado abstractas para que de ellas pudiera deducirse de modo
directo cualquier plan de acción concreto, y solo funcionaban como
orientaciones generales. Desde esta perspectiva, no existió un plan previo que
incluyera la eliminación física de los judíos europeos. Este programa se impuso
como resultado de una dinámica en la que la competencia entre los distintos
aparatos del Estado y dirigentes nazis, junto con el curso de la guerra que se
prolongó en el tiempo, radicalizaron las acciones represivas sobre los judíos:
primero se buscó expulsarlos, luego se los aisló en campos de concentración, y,
finalmente, se los asesinó.
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