La Revolución de 1905
El curso
desfavorable de la guerra contra Japón (1904-1905) y las penurias asociadas a
ella desembocaron en la revolución de 1905. El 9 de enero de ese año (“el
domingo sangriento”) una manifestación obrera compuesta por 200.000 hombres,
mujeres y niños, encabezada por el carismático padre Gabón y que cantaba “Dios
salve al zar”, fue violentamente reprimida. La petición solicitaba la jornada
laboral de ocho horas, un salario mínimo de un rublo diario, la abolición de
las horas extraordinarias obligatorias no remuneradas, la libertad de los
obreros para organizarse. Además, incluía demandas que debían ser atendidas por
el poder político: una asamblea constituyente elegida democráticamente, libertad
de expresión, prensa y reunión, educación gratuita para todos y el fin de la
guerra con Japón. Al final de la demanda se sostenía que: «[…] Si vos no
ordenáis y respondéis a nuestra suplica, moriremos aquí en esta plaza, ante
vuestro Palacio.»
La movilización de
los trabajadores se amplió y profundizó. A mediados de octubre, la huelga
general en San Petersburgo condujo a la creación del primer soviet o consejo
integrado por los delegados de los trabajadores elegidos en las fábricas. Se
sumaron representantes de los partidos revolucionarios: mencheviques,
bolcheviques y socialistas revolucionarios. Trotsky, que aún adhería a la
tendencia menchevique, fue uno de sus líderes. A la movilización de los obreros
se sumaron, desde mediados de 1905, los levantamientos de los campesinos que
atacaron las tierras y las propiedades de los grandes señores. Una de las
acciones más relevantes fue la de los marineros del acorazado Potemkin quienes,
hartos de malos tratos y de ser obligados a alimentarse con alimentos en mal
estado, en junio deciden sublevarse. En el marco de la agudización del
conflicto social, los liberales presionaron sobre la autocracia para que
aceptara recortar parte de sus prerrogativas y permitiera la instauración de un
régimen constitucional.
El zarismo
sobrevivió combinando la represión con una serie de medidas destinadas a ganar
tiempo y dividir a las fuerzas que habían coincidido en la impugnación del
régimen. En octubre, Nicolás II dio a conocer el manifiesto en que prometía
crear un parlamento electivo nacional, la Duma. La medida dividió a los
liberales: los octubristas se mostraron complacidos, mientras que los
demócratas constitucionales (cadetes) pretendieron reformas más avanzadas. Pero
la revolución liberal perdió fuerza y los dirigentes de este campo se abocaron
a la organización de los partidos que intervendrían en las elecciones para la
Duma. En el curso del mes de diciembre los soviets de San Petersburgo y el de
Moscú fueron disueltos por la policía. En Moscú, donde los bolcheviques
tuvieron un destacado peso, la clase obrera resistió con las armas y hubo
muchos muertos.
Frente a la
extendida insurrección campesina, el zar dio curso al programa diseñado por el
ministro Stolypin[1],
que alentaba la expansión de los kulaks y la liquidación del mir. El
fortalecimiento de los campesinos propietarios de sus tierras fue impulsado
como la vía más apropiada para lograr la estabilidad social. El Estado
intervino en esta empresa mediante la concesión de créditos que favorecieron la
compra y la concentración de las parcelas a cargo de la comunidad por parte de
los kulaks. Estos no solo abandonaron la comunidad con sus pedazos de tierra
ampliados; además compraron a los terratenientes deseosos de vender después de
la insurrección campesina. La reforma acentuó y aceleró el proceso de
diferenciación social en el medio rural.
El fin de la guerra
con Japón y la restauración del orden le permitieron al zar recortar las
atribuciones de la Duma y seguir aferrado a la defensa del Antiguo Régimen.
El Ciclo Revolucionario De 1917
En 1917 hubo dos
revoluciones. La de febrero hizo suponer que Rusia, con retraso, seguiría el
camino ya transitado en Europa occidental: la eliminación del absolutismo para
posibilitar el cambio social y político hacia una democracia liberal. Sin
embargo, la acción de los bolcheviques en octubre clausuró un proceso en este
sentido. Por otra parte, ni las condiciones sociales y económicas, ni la
fisonomía de la cultura política rusa ofrecían un terreno propicio para la
construcción de un orden democrático burgués. Cuando las masas ocuparon las
calles a finales de febrero, casi nadie atribuyó a la movilización el carácter
revolucionario que llegaría a tener. Al igual que ocurriera con la Revolución
Francesa, la soviética fue tomada al principio como una protesta airada. El
curso de los hechos no solo sorprendió al zar, a la corte y a la oposición
liberal: tampoco los militantes revolucionarios esperaban la inminente caída
del zarismo. Lenin, por ejemplo, llegaba a la estación Finlandia de Petrogrado
en abril de 1917 después de la abdicación del zar; había tenido que atravesar
apresuradamente Alemania en un vagón blindado proporcionado por el estado mayor
alemán.
El 23 de febrero (8
de marzo) gran parte de los obreros de Petrogrado fueron a la huelga. Las amas
de casa salieron a la calle a participar en manifestaciones (coincidiendo con
el Día Internacional de la Mujer, que se empezó a celebrar en 1911). La gente asaltó
panaderías, pero los disturbios no tuvieron graves consecuencias. Al día
siguiente prosiguió la huelga. Los manifestantes rompieron los cordones de la
policía y llegaron al centro de la ciudad: pedían pan, paz y tierras. El 25 de
febrero todas las fábricas de la capital quedaron paralizadas. Para reprimir a
los manifestantes fueron enviadas tropas militares; aunque hubo algunos encontronazos,
los soldados evitaron disparar contra los obreros.
El zar dio la orden
de disolver la Duma. Sus integrantes no se reunieron, pero formaron un comité
para seguir la marcha de los acontecimientos. Nicolás II insistió en que se
aplastase al movimiento revolucionario y los jefes militares ordenaron a la
tropa que disparase contra la multitud. Los soldados celebraron reuniones en
los cuarteles y se negaron a reprimir. Las fuerzas que el zar había ordenado
venir desde el frente no llegaron porque los ferroviarios interrumpieron los
transportes. Nicolás II abdicó y los integrantes de la Duma nombraron un
Gobierno Provisional presidido por el príncipe liberal Georgy Lvov. Entre los
miembros de ese gobierno no figuraban los socialistas, solo Aleksandr Kerensky,
a título personal, se hizo cargo de la cartera de Justicia. El Gobierno
Provisional duraría hasta que una asamblea elegida por los ciudadanos aprobase
la carta constitucional del Nuevo Régimen. Sin embargo, la caída del zarismo
dio paso a la existencia de un poder dual: junto al Gobierno Provisional,
representante de las clases medias liberales atemorizadas y desorganizadas,
emergieron los soviets, cuyo poder se fundaba en su contacto directo con la
clase obrera armada y radicalizada. El soviet no tenía ningún título legal en
el que apoyar su autoridad sino que representaba a las fuerzas movilizadas que
habían hecho triunfar la revolución: los obreros, los soldados y los
intelectuales. Quienes integraban el soviet provenían de las elecciones
llevadas a cabo en las fábricas y los cuerpos militares, no tenían mandato estable
y podían ser revocados en cualquier momento si su gestión era desaprobada por
aquellos a quienes representaba. El Gobierno Provisional solo podía ejercer sus
funciones si contaba con la colaboración del soviet de Petrogrado y los de las
provincias. Inicialmente, los partidos que lograron un mayor grado de inserción
en estos organismos fueron los mencheviques y los social-revolucionarios; en
cambio, los bolcheviques eran minoría.
Lenin estaba
decidido a impedir la consolidación de un poder burgués y cuando llegó a Rusia
propuso entregar "todo el poder a los soviets". Esta consigna,
difundida a través de las Tesis de Abril, desconcertó a los mencheviques, que
se mostraban cada vez más dispuestos a colaborar con el Gobierno Provisional y
deseaban que fuera la asamblea constituyente la que finalmente sentara las
bases de un régimen democrático. Pero también se sorprendieron muchos de los
camaradas de Lenin. Los bolcheviques moderados, coincidiendo con los
mencheviques, consideraban un desatinado salto al vacío la arremetida contra un
orden burgués liberal. Sin embargo, la profundidad de la crisis y el rumbo
cauto y oscilante del Gobierno Provisional condujeron a las fuerzas sociales
movilizadas a tomar creciente distancia de este y a desconfiar de sus
propósitos. El zar había caído, pero la guerra y las privaciones continuaban,
los campesinos no recibían las tierras, se temía que los zaristas diesen un
golpe y no había garantías sobre la capacidad de reacción del gobierno
provisional. Los soviets, en cambio, contaban con el decidido reconocimiento de
las masas radicalizadas.
Entre febrero y
octubre los bolcheviques ganaron posiciones en los soviets, y en julio columnas
de obreros contrarios al gobierno “burgués” pidieron su ayuda para traspasar
todo el poder a los soviets. Lenin no los acompañó en esa iniciativa, pero el
gobierno encabezado por Kerensky los reprimió bajo la acusación de haber
pretendido dar un golpe. Los bolcheviques volvieron a ocupar un lugar central
en el escenario político en virtud de su decidida y eficaz intervención en la
resistencia al ambiguo intento de golpe de Estado del general Kornilov en
agosto. No obstante, aún estaban lejos de ser la opción política dominante en
el campo socialista, si bien en el seno de la clase obrera más organizada
recogían más adhesiones que los mencheviques; en el medio rural, el partido
mayoritario era el de los social-revolucionarios.
Frente al creciente
vacío de poder, en octubre Lenin resolvió terminar con el débil Gobierno
Provisional. Antes de que se reuniera el Segundo Congreso de Soviets, su
partido debía tomar el Palacio de Invierno. El jefe político de los
bolcheviques, como en abril, volvió a sorprender a sus camaradas. Dos miembros
del Comité Central bolchevique, Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, manifestaron su
desacuerdo a través de la prensa. A pesar del carácter público tomado por la
orden de Lenin, el Gobierno Provisional fue incapaz de organizar su defensa y
en el mismo momento en que los delegados de toda Rusia llegaban a la sede del
congreso soviético, los bolcheviques (con el apoyo de los obreros armados) irrumpieron
en el Palacio de Invierno y detuvieron a los ministros. Kerensky había partido
al frente para buscar refuerzos militares que impidieran el éxito del golpe.
Entre el 25 y 26 de
octubre no hubo una jornada gloriosa porque los bolcheviques tomaron el poder
que nadie detentaba. La mítica acción revolucionaria fue una construcción
posterior inducida por los bolcheviques y con hondo arraigo en el imaginario
sobre el Octubre Rojo. El Segundo Congreso de Soviets aprobó la destitución del
gobierno después de un tenso debate en el que mencheviques y parte de los
social-revolucionarios expresaron su desacuerdo con la conducta bolchevique,
que dividía el campo socialista. El poder quedó en manos del Consejo de
Comisarios (Sovnarkom) integrado solo por bolcheviques, a pesar de las
resistencias de sectores del movimiento obrero y de miembros del Comité Central
del partido gobernante. Poco después, en virtud de la división de los
social-revolucionarios en un ala de derecha y otra de izquierda. Estos últimos
ocuparon dos ministerios hasta marzo de 1918.
Octubre dio por
cerrado el ciclo iniciado en febrero: en Rusia ya no habría espacio para una
revolución democrática liberal y los socialistas partidarios de esta vía fueron
decididamente expulsados del poder, que quedó en manos del más radical y disciplinado
partido de la izquierda, el liderado por Lenin. La firma del armisticio con
Alemania aseguró al nuevo gobierno una gran popularidad entre obreros y
soldados, el reparto de las tierras entre las familias campesinas le permitió
contar con la más cauta adhesión del campesinado. El apoyo de la clase obrera
quedó reflejado en los excelentes resultados de los bolcheviques en los
principales centros industriales en las elecciones de noviembre a la asamblea
constituyente. Pero estuvo lejos de obtener la mayoría en el medio rural: aquí
el grueso de los votos lo recogió el partido Social-Revolucionario que recibió
el apoyo masivo del campesinado rural. En enero de 1918 la asamblea solo estuvo
en sesión unas horas. Lenin había decidido que los soviets eran “una forma de
democracia superior” a la encarnada por la asamblea constituyente. Su
disolución señaló el momento de la desaparición del bolchevismo moderado, y el
estrépito de los disparos que recibió a las decenas de miles de personas que
demostraron su apoyo a esta asamblea da cuenta del deseo de los bolcheviques de
empujar la revolución no solo contra los propietarios sino también contra los
socialistas moderados que aún contaban con un amplio respaldo popular.
La firma de la paz
de Brest-Litovsk con Alemania se retrasó, y cuando finalmente los bolcheviques
aceptaron el humillante tratado, sus compañeros de gobierno (los
social-revolucionarios de izquierda) rompieron la alianza y atentaron contra la
vida del embajador alemán para impedir que el acuerdo se concretase. A partir
de marzo de 1918, el gobierno soviético quedó bajo el exclusivo control del
partido monolítico.
La producción
escrita sobre esta doble revolución es enorme. Desde el momento en que el
octubre bolchevique dio un giro drástico al camino que liberales y gran parte
de los socialistas emprendieron en febrero, el debate ha girado en torno a
porqué y cómo los bolcheviques pusieron fin al Gobierno Provisional: ¿fue una
revolución o un golpe?, ¿el partido expresaba los intereses de la clase obrera o
fue el afán de poder de su cúpula, especialmente Lenin, la motivación decisiva?
Si Rusia, según las ideas de Marx, no contaba con los requisitos para avanzar
hacia el socialismo, ¿en qué contexto y a través de qué argumentos una fracción
de los marxistas rusos puso en marcha una revolución socialista? La explicación
de octubre dividió el campo historiográfico. Para unos fue el golpe de un
partido dictatorial que resultó viable debido a una crisis general de la ley y
el orden. Sus dirigentes, desde esta perspectiva, cargan con la responsabilidad
de haber conducido hacia una horrenda experiencia, la del totalitarismo
soviético (similar a la del fascismo) del que fue víctima el pueblo ruso. Los
que han rechazado esta idea sostienen que la toma del Palacio de Invierno contó
con el apoyo de los trabajadores y soldados de la capital, hastiados de la
guerra y preocupados por el desempleo masivo y la carestía de los alimentos, pero
felices ante la perspectiva de un orden socialista basado en una profunda
igualdad entre las clases sociales. Los primeros afirman la continuidad entre
Lenin y Stalin. Los segundos adjudican a los fuertes desafíos que afrontaron
los bolcheviques: el fracaso de la revolución en la Europa de posguerra, la
guerra civil a partir de 1918 y la distancia abismal entre la dureza del
revolucionario Lenin y la crueldad del intrigante dictador Stalin. En
definitiva, el hecho de que un partido flexible y revolucionario se convirtiera
en una organización creadora de los campos de concentración soviéticos: los
gulags.
La Oleada Revolucionaria
Una vez en el poder,
los bolcheviques promovieron la unidad de las fuerzas socialistas que
reconocían el carácter revolucionario de sus acciones y las convocaron a
abandonar la Segunda Internacional. En marzo de 1919, Lenin inauguró en Moscú
el congreso que aprobó la creación de la Tercera Internacional (también
conocida como Comintern), invocando a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, los
líderes del comunismo alemán asesinados ese año. La Comintern elevó al partido
bolchevique a la categoría de modelo a imitar por todos los partidos comunistas
del mundo y reconoció a la dictadura del proletariado como el único camino
hacia el socialismo: las promesas de la democracia eran solo un falso espejismo
para preservar la dominación de la burguesía.
Entre 1920 y 1921 se
crearon importantes partidos comunistas en Alemania, Francia e Italia, y
también hubo partidos comunistas de masas en Bulgaria y Checoslovaquia. En el
resto de Europa, los partidos comunistas fueron marginales. La mayor parte de
los dirigentes de los partidos socialistas tomaron distancia de los
bolcheviques y permanecieron en las filas de la Segunda Internacional. No
obstante, en casi todos estos partidos, parte de sus militantes, los más
jóvenes, los más decididos a entregar su vida a la causa de la revolución,
crearon nuevos partidos comunistas. La división del campo socialista tuvo un
profundo impacto en el rumbo político del período de entreguerras, y efectos
permanentes en el siglo XX. La existencia de la Tercera Internacional se
prolongó hasta 1943 cuando fue disuelta por Stalin para afianzar su alianza con
las democracias de Estados Unidos y Gran Bretaña en la guerra contra la
Alemania nazi. Hasta 1921 se alentó la posibilidad de la revolución, aunque ya
con fuertes reservas en el tercer cónclave.
En este primer
período, la esperanza que el capitalismo finalmente sucumbiría estuvo alentada
por la ola de huelgas e insurrecciones que recorrió el continente europeo en
los años 1917-1923. Los sacrificios que impuso la guerra fueron tan intensos y
prolongados que antes de que dejaran de tronar los cañones la resistencia de
las bases rompió el consenso patriótico. El principal indicador del descontento
obrero fue el creciente número de huelgas, a pesar de la acción represiva de
los gobiernos. Esta vasta movilización (Gran Bretaña, Francia, Alemania,
Austria, Hungría, Italia) se desencadenó antes de que los bolcheviques tomaran
el gobierno. Después de la Revolución Rusa, en noviembre de 1918, en los
imperios del centro europeo la movilización de las bases derribó a la dinastía
de los Hohenzollern en Alemania y a la de los Habsburgo en el Imperio
austrohúngaro. En Italia, entre 1918 y 1920, el movimiento obrero dio muestras
de una fuerte lucha. En el industrializado Turín, los obreros formaron consejos
de fábrica encabezados por comunistas y ocuparon las empresas para tomar las
riendas de la producción. En Hungría, Bela Kun proclamó la República Soviética
a su regreso de Rusia en marzo de 1919. Ese mismo año, la oleada de protestas
llegó a Estados Unidos a través de las huelgas de los metalúrgicos, mineros y
ferroviarios.
Básicamente, la
atención del mundo y, especialmente, de los que anhelaban la revolución, estuvo
pendiente del rumbo de Alemania a partir de la caída del imperio. Como ya había
ocurrido en Rusia en 1917, los motines de soldados y marinos y las
movilizaciones de los obreros en las ciudades desembocaron en la creación de
consejos obreros y de soldados. En Múnich, la capital del Estado de Baviera, se
proclamó la república antes que en Berlín. Con la caída de Luis III, el primer
monarca depuesto por la revolución alemana, el gobierno quedó en manos del
Consejo de Obreros y Soldados y Campesinos bajo la dirección de Kurt Eisner,
presidente del Partido Socialdemócrata Independiente.
El 9 de noviembre la
revolución llegó a Berlín. Ante la efervescencia del pueblo en las calles,
Guillermo II renunció para refugiarse en Holanda y el primer ministro dejó su
cargo al dirigente socialdemócrata Friedrich Ebert. Se proclamó la república y
el gobierno quedó en manos del Consejo de Comisarios del Pueblo, integrado por
tres representantes del Partido Socialdemócrata y otros tres del Partido
Socialdemócrata Independiente. En pos de la restauración del orden, Ebert pidió
ayuda a los ciudadanos: todos debían colaborar con la reactivación de la
producción porque la falta de alimentos representaba “la miseria para todos”.
El espartaquista Liebknecht, en cambio, llamó a profundizar la revolución: el
poder debía pasar a los consejos de obreros y soldados para que Alemania,
aliada con la Rusia bolchevique, llevase el socialismo al mundo entero. El
Primer Congreso de los Consejos de Obreros y Soldados de Alemania tuvo lugar
entre el 16 y el 21 de diciembre, reconoció la autoridad del Consejo de
Comisarios y aprobó la convocatoria de las elecciones para formar la Asamblea
Constituyente. Después de su fracaso en este ámbito, los espartaquistas crearon
el Partido Comunista Alemán, encabezado por Luxemburgo y Liebknecht.
En la primera
quincena de enero de 1919, en un intento de capitalizar el descontento social,
los comunistas propiciaron un levantamiento armado en Berlín para tomar el
poder. Fueron violentamente reprimidos por el gobierno socialdemócrata. El
ministro de Defensa Gustav Noske aceptó que alguien debía ser el sanguinario y
decidió asumir su responsabilidad. Entre el 5 y el 13 de enero, las calles de
Berlín fueron un campo de batalla. Dos días después, Luxemburgo y Liebknecht
fueron detenidos y asesinados por oficiales del ejército. El cuerpo de Rosa,
arrojado a un canal, fue hallado el 31 de mayo.
En Europa, la
movilización social y política fue intensa hasta 1921 y la última acción se
produjo en Alemania: la fracasada insurrección de los comunistas en 1923, pero
no hubo una revolución que siguiera los pasos del Octubre Rojo. La crisis
social de posguerra, en lugar de fortalecer a la izquierda, posibilitó la
emergencia del fascismo.
[1] A Piotr Stolypin, el
gobernador provincial más joven del Imperio ruso, primer ministro y reformador
del sistema económico nacional, durante su vida lo odió tanto la derecha (miembros
de los partidos ultranacionalistas y monárquicos) como la izquierda (liberales
y socialistas rusos). En la época soviética su Gobierno fue condenado por las
represalias contra los revolucionarios y por el “saqueo” de los campesinos. Hoy
en día Stolypin es respetado tanto por los demócratas liberales como por los
nacionalistas.
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