sábado, 17 de diciembre de 2011

La Revolución de 1905 y todo el ciclo revolucionario

 

 

La Revolución de 1905

 

El curso desfavorable de la guerra contra Japón (1904-1905) y las penurias asociadas a ella desembocaron en la revolución de 1905. El 9 de enero de ese año (“el domingo sangriento”) una manifestación obrera compuesta por 200.000 hombres, mujeres y niños, encabezada por el carismático padre Gabón y que cantaba “Dios salve al zar”, fue violentamente reprimida. La petición solicitaba la jornada laboral de ocho horas, un salario mínimo de un rublo diario, la abolición de las horas extraordinarias obligatorias no remuneradas, la libertad de los obreros para organizarse. Además, incluía demandas que debían ser atendidas por el poder político: una asamblea constituyente elegida democráticamente, libertad de expresión, prensa y reunión, educación gratuita para todos y el fin de la guerra con Japón. Al final de la demanda se sostenía que: «[…] Si vos no ordenáis y respondéis a nuestra suplica, moriremos aquí en esta plaza, ante vuestro Palacio.»

La movilización de los trabajadores se amplió y profundizó. A mediados de octubre, la huelga general en San Petersburgo condujo a la creación del primer soviet o consejo integrado por los delegados de los trabajadores elegidos en las fábricas. Se sumaron representantes de los partidos revolucionarios: mencheviques, bolcheviques y socialistas revolucionarios. Trotsky, que aún adhería a la tendencia menchevique, fue uno de sus líderes. A la movilización de los obreros se sumaron, desde mediados de 1905, los levantamientos de los campesinos que atacaron las tierras y las propiedades de los grandes señores. Una de las acciones más relevantes fue la de los marineros del acorazado Potemkin quienes, hartos de malos tratos y de ser obligados a alimentarse con alimentos en mal estado, en junio deciden sublevarse. En el marco de la agudización del conflicto social, los liberales presionaron sobre la autocracia para que aceptara recortar parte de sus prerrogativas y permitiera la instauración de un régimen constitucional.

El zarismo sobrevivió combinando la represión con una serie de medidas destinadas a ganar tiempo y dividir a las fuerzas que habían coincidido en la impugnación del régimen. En octubre, Nicolás II dio a conocer el manifiesto en que prometía crear un parlamento electivo nacional, la Duma. La medida dividió a los liberales: los octubristas se mostraron complacidos, mientras que los demócratas constitucionales (cadetes) pretendieron reformas más avanzadas. Pero la revolución liberal perdió fuerza y los dirigentes de este campo se abocaron a la organización de los partidos que intervendrían en las elecciones para la Duma. En el curso del mes de diciembre los soviets de San Petersburgo y el de Moscú fueron disueltos por la policía. En Moscú, donde los bolcheviques tuvieron un destacado peso, la clase obrera resistió con las armas y hubo muchos muertos.

Frente a la extendida insurrección campesina, el zar dio curso al programa diseñado por el ministro Stolypin[1], que alentaba la expansión de los kulaks y la liquidación del mir. El fortalecimiento de los campesinos propietarios de sus tierras fue impulsado como la vía más apropiada para lograr la estabilidad social. El Estado intervino en esta empresa mediante la concesión de créditos que favorecieron la compra y la concentración de las parcelas a cargo de la comunidad por parte de los kulaks. Estos no solo abandonaron la comunidad con sus pedazos de tierra ampliados; además compraron a los terratenientes deseosos de vender después de la insurrección campesina. La reforma acentuó y aceleró el proceso de diferenciación social en el medio rural.

El fin de la guerra con Japón y la restauración del orden le permitieron al zar recortar las atribuciones de la Duma y seguir aferrado a la defensa del Antiguo Régimen.

 

 

 

 

 

 

 

 

El Ciclo Revolucionario De 1917

 

En 1917 hubo dos revoluciones. La de febrero hizo suponer que Rusia, con retraso, seguiría el camino ya transitado en Europa occidental: la eliminación del absolutismo para posibilitar el cambio social y político hacia una democracia liberal. Sin embargo, la acción de los bolcheviques en octubre clausuró un proceso en este sentido. Por otra parte, ni las condiciones sociales y económicas, ni la fisonomía de la cultura política rusa ofrecían un terreno propicio para la construcción de un orden democrático burgués. Cuando las masas ocuparon las calles a finales de febrero, casi nadie atribuyó a la movilización el carácter revolucionario que llegaría a tener. Al igual que ocurriera con la Revolución Francesa, la soviética fue tomada al principio como una protesta airada. El curso de los hechos no solo sorprendió al zar, a la corte y a la oposición liberal: tampoco los militantes revolucionarios esperaban la inminente caída del zarismo. Lenin, por ejemplo, llegaba a la estación Finlandia de Petrogrado en abril de 1917 después de la abdicación del zar; había tenido que atravesar apresuradamente Alemania en un vagón blindado proporcionado por el estado mayor alemán.

El 23 de febrero (8 de marzo) gran parte de los obreros de Petrogrado fueron a la huelga. Las amas de casa salieron a la calle a participar en manifestaciones (coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer, que se empezó a celebrar en 1911). La gente asaltó panaderías, pero los disturbios no tuvieron graves consecuencias. Al día siguiente prosiguió la huelga. Los manifestantes rompieron los cordones de la policía y llegaron al centro de la ciudad: pedían pan, paz y tierras. El 25 de febrero todas las fábricas de la capital quedaron paralizadas. Para reprimir a los manifestantes fueron enviadas tropas militares; aunque hubo algunos encontronazos, los soldados evitaron disparar contra los obreros.

El zar dio la orden de disolver la Duma. Sus integrantes no se reunieron, pero formaron un comité para seguir la marcha de los acontecimientos. Nicolás II insistió en que se aplastase al movimiento revolucionario y los jefes militares ordenaron a la tropa que disparase contra la multitud. Los soldados celebraron reuniones en los cuarteles y se negaron a reprimir. Las fuerzas que el zar había ordenado venir desde el frente no llegaron porque los ferroviarios interrumpieron los transportes. Nicolás II abdicó y los integrantes de la Duma nombraron un Gobierno Provisional presidido por el príncipe liberal Georgy Lvov. Entre los miembros de ese gobierno no figuraban los socialistas, solo Aleksandr Kerensky, a título personal, se hizo cargo de la cartera de Justicia. El Gobierno Provisional duraría hasta que una asamblea elegida por los ciudadanos aprobase la carta constitucional del Nuevo Régimen. Sin embargo, la caída del zarismo dio paso a la existencia de un poder dual: junto al Gobierno Provisional, representante de las clases medias liberales atemorizadas y desorganizadas, emergieron los soviets, cuyo poder se fundaba en su contacto directo con la clase obrera armada y radicalizada. El soviet no tenía ningún título legal en el que apoyar su autoridad sino que representaba a las fuerzas movilizadas que habían hecho triunfar la revolución: los obreros, los soldados y los intelectuales. Quienes integraban el soviet provenían de las elecciones llevadas a cabo en las fábricas y los cuerpos militares, no tenían mandato estable y podían ser revocados en cualquier momento si su gestión era desaprobada por aquellos a quienes representaba. El Gobierno Provisional solo podía ejercer sus funciones si contaba con la colaboración del soviet de Petrogrado y los de las provincias. Inicialmente, los partidos que lograron un mayor grado de inserción en estos organismos fueron los mencheviques y los social-revolucionarios; en cambio, los bolcheviques eran minoría.

Lenin estaba decidido a impedir la consolidación de un poder burgués y cuando llegó a Rusia propuso entregar "todo el poder a los soviets". Esta consigna, difundida a través de las Tesis de Abril, desconcertó a los mencheviques, que se mostraban cada vez más dispuestos a colaborar con el Gobierno Provisional y deseaban que fuera la asamblea constituyente la que finalmente sentara las bases de un régimen democrático. Pero también se sorprendieron muchos de los camaradas de Lenin. Los bolcheviques moderados, coincidiendo con los mencheviques, consideraban un desatinado salto al vacío la arremetida contra un orden burgués liberal. Sin embargo, la profundidad de la crisis y el rumbo cauto y oscilante del Gobierno Provisional condujeron a las fuerzas sociales movilizadas a tomar creciente distancia de este y a desconfiar de sus propósitos. El zar había caído, pero la guerra y las privaciones continuaban, los campesinos no recibían las tierras, se temía que los zaristas diesen un golpe y no había garantías sobre la capacidad de reacción del gobierno provisional. Los soviets, en cambio, contaban con el decidido reconocimiento de las masas radicalizadas.

Entre febrero y octubre los bolcheviques ganaron posiciones en los soviets, y en julio columnas de obreros contrarios al gobierno “burgués” pidieron su ayuda para traspasar todo el poder a los soviets. Lenin no los acompañó en esa iniciativa, pero el gobierno encabezado por Kerensky los reprimió bajo la acusación de haber pretendido dar un golpe. Los bolcheviques volvieron a ocupar un lugar central en el escenario político en virtud de su decidida y eficaz intervención en la resistencia al ambiguo intento de golpe de Estado del general Kornilov en agosto. No obstante, aún estaban lejos de ser la opción política dominante en el campo socialista, si bien en el seno de la clase obrera más organizada recogían más adhesiones que los mencheviques; en el medio rural, el partido mayoritario era el de los social-revolucionarios.

Frente al creciente vacío de poder, en octubre Lenin resolvió terminar con el débil Gobierno Provisional. Antes de que se reuniera el Segundo Congreso de Soviets, su partido debía tomar el Palacio de Invierno. El jefe político de los bolcheviques, como en abril, volvió a sorprender a sus camaradas. Dos miembros del Comité Central bolchevique, Grigori Zinoviev y Lev Kamenev, manifestaron su desacuerdo a través de la prensa. A pesar del carácter público tomado por la orden de Lenin, el Gobierno Provisional fue incapaz de organizar su defensa y en el mismo momento en que los delegados de toda Rusia llegaban a la sede del congreso soviético, los bolcheviques (con el apoyo de los obreros armados) irrumpieron en el Palacio de Invierno y detuvieron a los ministros. Kerensky había partido al frente para buscar refuerzos militares que impidieran el éxito del golpe.

Entre el 25 y 26 de octubre no hubo una jornada gloriosa porque los bolcheviques tomaron el poder que nadie detentaba. La mítica acción revolucionaria fue una construcción posterior inducida por los bolcheviques y con hondo arraigo en el imaginario sobre el Octubre Rojo. El Segundo Congreso de Soviets aprobó la destitución del gobierno después de un tenso debate en el que mencheviques y parte de los social-revolucionarios expresaron su desacuerdo con la conducta bolchevique, que dividía el campo socialista. El poder quedó en manos del Consejo de Comisarios (Sovnarkom) integrado solo por bolcheviques, a pesar de las resistencias de sectores del movimiento obrero y de miembros del Comité Central del partido gobernante. Poco después, en virtud de la división de los social-revolucionarios en un ala de derecha y otra de izquierda. Estos últimos ocuparon dos ministerios hasta marzo de 1918.

Octubre dio por cerrado el ciclo iniciado en febrero: en Rusia ya no habría espacio para una revolución democrática liberal y los socialistas partidarios de esta vía fueron decididamente expulsados del poder, que quedó en manos del más radical y disciplinado partido de la izquierda, el liderado por Lenin. La firma del armisticio con Alemania aseguró al nuevo gobierno una gran popularidad entre obreros y soldados, el reparto de las tierras entre las familias campesinas le permitió contar con la más cauta adhesión del campesinado. El apoyo de la clase obrera quedó reflejado en los excelentes resultados de los bolcheviques en los principales centros industriales en las elecciones de noviembre a la asamblea constituyente. Pero estuvo lejos de obtener la mayoría en el medio rural: aquí el grueso de los votos lo recogió el partido Social-Revolucionario que recibió el apoyo masivo del campesinado rural. En enero de 1918 la asamblea solo estuvo en sesión unas horas. Lenin había decidido que los soviets eran “una forma de democracia superior” a la encarnada por la asamblea constituyente. Su disolución señaló el momento de la desaparición del bolchevismo moderado, y el estrépito de los disparos que recibió a las decenas de miles de personas que demostraron su apoyo a esta asamblea da cuenta del deseo de los bolcheviques de empujar la revolución no solo contra los propietarios sino también contra los socialistas moderados que aún contaban con un amplio respaldo popular.

La firma de la paz de Brest-Litovsk con Alemania se retrasó, y cuando finalmente los bolcheviques aceptaron el humillante tratado, sus compañeros de gobierno (los social-revolucionarios de izquierda) rompieron la alianza y atentaron contra la vida del embajador alemán para impedir que el acuerdo se concretase. A partir de marzo de 1918, el gobierno soviético quedó bajo el exclusivo control del partido monolítico.

La producción escrita sobre esta doble revolución es enorme. Desde el momento en que el octubre bolchevique dio un giro drástico al camino que liberales y gran parte de los socialistas emprendieron en febrero, el debate ha girado en torno a porqué y cómo los bolcheviques pusieron fin al Gobierno Provisional: ¿fue una revolución o un golpe?, ¿el partido expresaba los intereses de la clase obrera o fue el afán de poder de su cúpula, especialmente Lenin, la motivación decisiva? Si Rusia, según las ideas de Marx, no contaba con los requisitos para avanzar hacia el socialismo, ¿en qué contexto y a través de qué argumentos una fracción de los marxistas rusos puso en marcha una revolución socialista? La explicación de octubre dividió el campo historiográfico. Para unos fue el golpe de un partido dictatorial que resultó viable debido a una crisis general de la ley y el orden. Sus dirigentes, desde esta perspectiva, cargan con la responsabilidad de haber conducido hacia una horrenda experiencia, la del totalitarismo soviético (similar a la del fascismo) del que fue víctima el pueblo ruso. Los que han rechazado esta idea sostienen que la toma del Palacio de Invierno contó con el apoyo de los trabajadores y soldados de la capital, hastiados de la guerra y preocupados por el desempleo masivo y la carestía de los alimentos, pero felices ante la perspectiva de un orden socialista basado en una profunda igualdad entre las clases sociales. Los primeros afirman la continuidad entre Lenin y Stalin. Los segundos adjudican a los fuertes desafíos que afrontaron los bolcheviques: el fracaso de la revolución en la Europa de posguerra, la guerra civil a partir de 1918 y la distancia abismal entre la dureza del revolucionario Lenin y la crueldad del intrigante dictador Stalin. En definitiva, el hecho de que un partido flexible y revolucionario se convirtiera en una organización creadora de los campos de concentración soviéticos: los gulags.

 

 

La Oleada Revolucionaria

 

Una vez en el poder, los bolcheviques promovieron la unidad de las fuerzas socialistas que reconocían el carácter revolucionario de sus acciones y las convocaron a abandonar la Segunda Internacional. En marzo de 1919, Lenin inauguró en Moscú el congreso que aprobó la creación de la Tercera Internacional (también conocida como Comintern), invocando a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, los líderes del comunismo alemán asesinados ese año. La Comintern elevó al partido bolchevique a la categoría de modelo a imitar por todos los partidos comunistas del mundo y reconoció a la dictadura del proletariado como el único camino hacia el socialismo: las promesas de la democracia eran solo un falso espejismo para preservar la dominación de la burguesía.

Entre 1920 y 1921 se crearon importantes partidos comunistas en Alemania, Francia e Italia, y también hubo partidos comunistas de masas en Bulgaria y Checoslovaquia. En el resto de Europa, los partidos comunistas fueron marginales. La mayor parte de los dirigentes de los partidos socialistas tomaron distancia de los bolcheviques y permanecieron en las filas de la Segunda Internacional. No obstante, en casi todos estos partidos, parte de sus militantes, los más jóvenes, los más decididos a entregar su vida a la causa de la revolución, crearon nuevos partidos comunistas. La división del campo socialista tuvo un profundo impacto en el rumbo político del período de entreguerras, y efectos permanentes en el siglo XX. La existencia de la Tercera Internacional se prolongó hasta 1943 cuando fue disuelta por Stalin para afianzar su alianza con las democracias de Estados Unidos y Gran Bretaña en la guerra contra la Alemania nazi. Hasta 1921 se alentó la posibilidad de la revolución, aunque ya con fuertes reservas en el tercer cónclave.

En este primer período, la esperanza que el capitalismo finalmente sucumbiría estuvo alentada por la ola de huelgas e insurrecciones que recorrió el continente europeo en los años 1917-1923. Los sacrificios que impuso la guerra fueron tan intensos y prolongados que antes de que dejaran de tronar los cañones la resistencia de las bases rompió el consenso patriótico. El principal indicador del descontento obrero fue el creciente número de huelgas, a pesar de la acción represiva de los gobiernos. Esta vasta movilización (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Austria, Hungría, Italia) se desencadenó antes de que los bolcheviques tomaran el gobierno. Después de la Revolución Rusa, en noviembre de 1918, en los imperios del centro europeo la movilización de las bases derribó a la dinastía de los Hohenzollern en Alemania y a la de los Habsburgo en el Imperio austrohúngaro. En Italia, entre 1918 y 1920, el movimiento obrero dio muestras de una fuerte lucha. En el industrializado Turín, los obreros formaron consejos de fábrica encabezados por comunistas y ocuparon las empresas para tomar las riendas de la producción. En Hungría, Bela Kun proclamó la República Soviética a su regreso de Rusia en marzo de 1919. Ese mismo año, la oleada de protestas llegó a Estados Unidos a través de las huelgas de los metalúrgicos, mineros y ferroviarios.

Básicamente, la atención del mundo y, especialmente, de los que anhelaban la revolución, estuvo pendiente del rumbo de Alemania a partir de la caída del imperio. Como ya había ocurrido en Rusia en 1917, los motines de soldados y marinos y las movilizaciones de los obreros en las ciudades desembocaron en la creación de consejos obreros y de soldados. En Múnich, la capital del Estado de Baviera, se proclamó la república antes que en Berlín. Con la caída de Luis III, el primer monarca depuesto por la revolución alemana, el gobierno quedó en manos del Consejo de Obreros y Soldados y Campesinos bajo la dirección de Kurt Eisner, presidente del Partido Socialdemócrata Independiente.

El 9 de noviembre la revolución llegó a Berlín. Ante la efervescencia del pueblo en las calles, Guillermo II renunció para refugiarse en Holanda y el primer ministro dejó su cargo al dirigente socialdemócrata Friedrich Ebert. Se proclamó la república y el gobierno quedó en manos del Consejo de Comisarios del Pueblo, integrado por tres representantes del Partido Socialdemócrata y otros tres del Partido Socialdemócrata Independiente. En pos de la restauración del orden, Ebert pidió ayuda a los ciudadanos: todos debían colaborar con la reactivación de la producción porque la falta de alimentos representaba “la miseria para todos”. El espartaquista Liebknecht, en cambio, llamó a profundizar la revolución: el poder debía pasar a los consejos de obreros y soldados para que Alemania, aliada con la Rusia bolchevique, llevase el socialismo al mundo entero. El Primer Congreso de los Consejos de Obreros y Soldados de Alemania tuvo lugar entre el 16 y el 21 de diciembre, reconoció la autoridad del Consejo de Comisarios y aprobó la convocatoria de las elecciones para formar la Asamblea Constituyente. Después de su fracaso en este ámbito, los espartaquistas crearon el Partido Comunista Alemán, encabezado por Luxemburgo y Liebknecht.

En la primera quincena de enero de 1919, en un intento de capitalizar el descontento social, los comunistas propiciaron un levantamiento armado en Berlín para tomar el poder. Fueron violentamente reprimidos por el gobierno socialdemócrata. El ministro de Defensa Gustav Noske aceptó que alguien debía ser el sanguinario y decidió asumir su responsabilidad. Entre el 5 y el 13 de enero, las calles de Berlín fueron un campo de batalla. Dos días después, Luxemburgo y Liebknecht fueron detenidos y asesinados por oficiales del ejército. El cuerpo de Rosa, arrojado a un canal, fue hallado el 31 de mayo.

En Europa, la movilización social y política fue intensa hasta 1921 y la última acción se produjo en Alemania: la fracasada insurrección de los comunistas en 1923, pero no hubo una revolución que siguiera los pasos del Octubre Rojo. La crisis social de posguerra, en lugar de fortalecer a la izquierda, posibilitó la emergencia del fascismo.




[1] A Piotr Stolypin, el gobernador provincial más joven del Imperio ruso, primer ministro y reformador del sistema económico nacional, durante su vida lo odió tanto la derecha (miembros de los partidos ultranacionalistas y monárquicos) como la izquierda (liberales y socialistas rusos). En la época soviética su Gobierno fue condenado por las represalias contra los revolucionarios y por el “saqueo” de los campesinos. Hoy en día Stolypin es respetado tanto por los demócratas liberales como por los nacionalistas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario