La Era Del Imperialismo Yanqui
Hacia finales del
siglo XIX asomaría en el continente una sombra imperialista que a la postre se
revelaría como algo más palpable que un espectro. La presencia de Estados Unidos se hizo cada vez más potente a partir de
su creciente protagonismo en las disputas por los mercados de capital y las
fuentes de materias primas. La emergente potencia imperial del norte había
procurado posicionarse desde principios del siglo XIX como “hermano mayor” de
sus débiles vecinos, para resguardarlos de la posibilidad de recaer en las
garras coloniales. El marco ofrecido por la Doctrina Monroe, sancionada en
1823, invocaba el principio soberano de “América para los americanos”, pero
establecía de hecho la incumbencia norteamericana en el ámbito continental.
Estados Unidos impulsaba
ahora, en la era del imperialismo, una traducción de su liderazgo continental
por medio de la promoción de Conferencias que buscaban unir a todos los Estados
Americanos. La primera de esas reuniones, convocada en Washington en 1889, puso
en evidencia la intención de los norteamericanos de propiciar acuerdos
comerciales y unificar las normas jurídicas para potenciar su penetración
económica en el continente, en el marco de su proyecto panamericano. Esa
posición de liderazgo en la promoción de una organización de escala continental
sería pronto reafirmada a través de la participación en gestiones para dirimir
conflictos entre los países latinoamericanos y las viejas potencias imperiales
europeas, que aún conservaban su presencia en el continente. Así, la gestión
diplomática en ocasión de las disputas entre Venezuela y Gran Bretaña por el
límite de la Guyana (1897) sería un antecedente para que luego Estados Unidos interviniera
decisivamente en el proceso de independencia de dos islas que constituían los
últimos bastiones del viejo imperio español. Principalmente Cuba, aquel emporio
de la colonia, constituía un espacio estratégico en el área del Caribe, de
singular interés para los norteamericanos. De allí que Estados Unidos ofreciera,
además de la diplomacia, su apoyo militar a los ejércitos rebeldes que luchaban
por la independencia.
La declaración de
guerra a España en 1898 tras el incendio del Maine[1] (barco
norteamericano), decidió el definitivo retroceso del colonialismo español y, al
mismo tiempo, inauguró la era del imperialismo norteamericano a través de la
ocupación de Cuba y Puerto Rico, botines de la guerra ganada. Si bien la
primera de estas dos islas declararía su independencia formal, la enmienda
Platt, incorporada al texto constitucional de la nueva República, cedía a Estados
Unidos parte del territorio y el derecho a la intervención.
Aunque las
iniciativas vinculadas con el proyecto panamericano no se detuvieron y se
organizaron nuevas reuniones rebautizadas como Conferencias Interamericanas,
con el comienzo del siglo XX, EE.UU. acentuaría su estrategia de intervención
en el continente con menos diplomacia y más garrote. Esa impronta de la
política exterior era el espíritu del llamado corolario Roosevelt de la
Doctrina Monroe, a través del cual el nuevo presidente norteamericano (Theodore
Roosevelt, quien había asumido en 1901), admitía la necesidad de propiciar una
política más agresiva de defensa continental frente a la debilidad que
mostraban muchos gobiernos para enfrentar las amenazas de las potencias extracontinentales.
El desorden financiero de los Estados de América Latina, que supuestamente los
colocaban en una situación de debilidad frente a los acreedores europeos,
comenzó a ser considerado, también, un motivo de intervención. A nadie escapaba
el hecho de que detrás de esta política de protección continental se
encontraban los intereses imperialistas de Norteamérica. Esto se pondría de
manifiesto en torno de la independencia de Panamá en 1903. Estados Unidos había
intentado negociar con Colombia la cesión de una parte de su territorio,
considerado propicio para la construcción de un canal interoceánico. Fracasados
los intentos diplomáticos, Roosevelt decidió el apoyo a los ejércitos
independentistas, que garantizaron la cesión a Estados Unidos del territorio
donde, después de declarada la independencia, comenzaría a construirse el
Canal.
La invocación del
corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe sería también el pretexto del
desembarco de marines norteamericanos en Santo Domingo en 1905, frente a la
amenaza de un levantamiento armado opositor y de una intervención en Cuba,
amparada en la enmienda Platt en 1906. Esos hechos desplegados bajo la llamada
política del garrote consolidaron la presencia de EE.UU. en el Caribe, que
acompañó el incremento de las inversiones norteamericanas, y la consiguiente
especialización de las economías caribeñas en la producción de alimentos para
la exportación a su protector.
La conexión entre la
agresiva política exterior norteamericana y los intereses económicos se hizo
más explícita bajo el gobierno de William Taft (1909-1913). Su política
exterior hacia América Latina, conocida como diplomacia del dólar, se fundaba
en la idea que no solo constituía una amenaza la presencia de otras potencias,
sino también la influencia de actores económicos ajenos al continente. En ese
marco se produjeron intervenciones de Estados Unidos en Honduras, Haití y
Nicaragua entre 1909 y 1912, que aseguraron el predominio de las empresas de
origen norteamericano.
Con la llegada al
gobierno de EE.UU. del primer presidente demócrata en la era del imperialismo,
Thomas Woodrow Wilson (1913-1921), se despertaron expectativas en torno a la
proclamación del fin de las políticas agresivas hacia el continente. Sin
embargo, rápidamente las acciones de los marines desmintieron los discursos
democráticos. El primer escenario de una nueva intervención norteamericana
sería el convulsionado vecino del sur, al que ya se le había arrebatado medio
siglo antes una parte de su territorio: México. El desembarco en el puerto de
Veracruz en 1914, justificado por la detención de tropas norteamericanas en
Tampico, produjo una reacción defensiva por parte del gobierno encabezado por
Victoriano Huerta, surgido de la Revolución que había comenzado en 1910. Si
bien las tropas norteamericanas permanecieron durante seis meses en Veracruz,
la respuesta mexicana expresaba un principio de autodeterminación y rechazo a
la intervención de EE.UU., que ya se encontraba extendido en buena parte de los
países del continente.
Centroamérica
continuó siendo el escenario principal de la influencia imperialista
norteamericana: un nuevo desembarco de tropas estadounidenses en Haití en 1916
se traduciría en una ocupación que perduraría durante 18 años; en República
Dominicana, la intervención concretada ese mismo año daría lugar al control del
país durante los 8 años siguientes. Sin embargo, esa agresiva política
imperialista en el continente, y en particular en Centroamérica, había
engendrado también una expresión latinoamericanista, que comenzaba a ser cada
vez más claramente asociada con un contenido antiimperialista.
En torno a la
intervención norteamericana en la independencia de Cuba, José Martí había
denunciado el imperialismo norteamericano en el continente, ofreciendo una
visión sobre los peligros que engendraban sus intereses económicos. Esa postura
afirmaba la necesidad de fortalecer la unidad del continente, sintetizada en la
expresión “Nuestra América”, título de un ensayo político-filosófico escrito
por Martí en 1891. En el campo artístico, filosófico y literario, el movimiento
estético denominado Modernismo, cuyo representante más notable fue el poeta
nicaragüense Rubén Darío, le daba forma –también en esos años– a una búsqueda
identitaria recortada frente a lo norteamericano, que rescataba la herencia
hispana y católica de la cultura latina frente a la anglosajona. Esa veta de la
expresión artística fue recogida y amplificada por medio de la trascendencia
que alcanzó entre los intelectuales del continente la obra Ariel del escritor
uruguayo José Enrique Rodó, publicada en 1900, que definió en términos de
contraste la condición “espiritual” de la cultura hispanoamericana, frente al
carácter “materialista” de lo anglosajón. Más allá del contenido elitista que
contenía el planteamiento de Rodó, su recepción daba cuenta de una vocación
extendida en el continente que buscaba reemplazar el dogma cientificista que
había predominado en las clases dirigentes, por nuevas representaciones sobre
lo nacional y lo continental. Esta búsqueda daba lugar a diferentes expresiones
en las que lo nacional se podía pensar tanto a través de las referencias a lo
católico, como en torno a reivindicaciones de lo indígena o la condición
mestiza del continente, en términos raciales, pero también culturales.
La veta martiniana
de una identificación identitaria de lo latinoamericano recortada frente al
imperialismo, sería recuperada por algunos intelectuales con presencia y
renombre en el continente, como los argentinos Manuel Ugarte y José Ingenieros.
En particular, el primero de ellos sería uno de los más reconocidos promotores
de la unidad latinoamericana y de la necesidad de enfrentar el imperialismo
yanqui, consignas que difundió a través de incansables viajes y conferencias,
fundamentalmente entre miembros de nuevas generaciones que provenían de
sectores medios ilustrados. Estas diversas expresiones de una incipiente
ideología que hurgaba en la identidad y en el contenido de “lo latinoamericano”[2] y que se
relacionaban con un antiimperialismo defensivo, estaban creando también la idea
de Latinoamérica, de su unidad e identidad.
La emergencia de
este proceso no puede comprenderse sin tener en cuenta que se estaba
produciendo un resquebrajamiento del poder monolítico que habían construido las
oligarquías aliadas con el imperialismo. Las tensiones internas del orden
oligárquico habían comenzado a producir grietas en las sociedades
latinoamericanas. En ellas asomaron demandas, tanto de quienes emergieron a
partir de la incorporación de América Latina al capitalismo internacional (los
sectores medios urbanos y un incipiente proletariado), como de aquellos que
habían sido desplazados de sus tierras o formaban parte de regiones del
extrarradio. Confluyeron así en la desestabilización del orden oligárquico
construido en la era del imperialismo, las contradicciones que había
engendrado. Se abriría entonces un nuevo escenario para la política, en donde
ganarían protagonismo los discursos y los movimientos nacionalistas y
antiimperialistas, junto con otros clasistas e internacionalistas, que
disputaban las representaciones sobre lo nacional y buscaban torcer las
estructuras políticas y económicas que sustentaban la exclusión de las
mayorías. Sin embargo, no se cerrarían con estos cambios las intervenciones
imperialistas en el continente, acaso porque quedaban sin resolución las
contradicciones y conflictos generados durante este período, en el que se
produjo la decisiva incorporación de América Latina a la economía mundial
capitalista.
[1]
No hay que olvidar que el incidente del Maine fue un ataque de falsa bandera
por parte de Estados Unidos para que España perdiera Cuba, Puerto Rico y
Filipinas (provincias españolas, que no colonias) para que se las apoderada
Estados Unidos. España nunca fue la mano ejecutora de ese ataque, pero se la
acusó de ello.
[2] Dejamos aquí de usar la palabra
“Iberoamericano”, que es la que mejor define a estas sociedades y pasamos a
definirlas con la expresión que ellas se han dado a sí mismas por injerencia
del mismo imperialismo que afirman combatir. Técnicamente, Latinoamérica
incluye por etimología las regiones de habla francesa.
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