sábado, 17 de diciembre de 2011

La Era Del Imperialismo Yanqui

 

 

La Era Del Imperialismo Yanqui

 

Hacia finales del siglo XIX asomaría en el continente una sombra imperialista que a la postre se revelaría como algo más palpable que un espectro. La presencia de Estados Unidos se hizo cada vez más potente a partir de su creciente protagonismo en las disputas por los mercados de capital y las fuentes de materias primas. La emergente potencia imperial del norte había procurado posicionarse desde principios del siglo XIX como “hermano mayor” de sus débiles vecinos, para resguardarlos de la posibilidad de recaer en las garras coloniales. El marco ofrecido por la Doctrina Monroe, sancionada en 1823, invocaba el principio soberano de “América para los americanos”, pero establecía de hecho la incumbencia norteamericana en el ámbito continental.

Estados Unidos impulsaba ahora, en la era del imperialismo, una traducción de su liderazgo continental por medio de la promoción de Conferencias que buscaban unir a todos los Estados Americanos. La primera de esas reuniones, convocada en Washington en 1889, puso en evidencia la intención de los norteamericanos de propiciar acuerdos comerciales y unificar las normas jurídicas para potenciar su penetración económica en el continente, en el marco de su proyecto panamericano. Esa posición de liderazgo en la promoción de una organización de escala continental sería pronto reafirmada a través de la participación en gestiones para dirimir conflictos entre los países latinoamericanos y las viejas potencias imperiales europeas, que aún conservaban su presencia en el continente. Así, la gestión diplomática en ocasión de las disputas entre Venezuela y Gran Bretaña por el límite de la Guyana (1897) sería un antecedente para que luego Estados Unidos interviniera decisivamente en el proceso de independencia de dos islas que constituían los últimos bastiones del viejo imperio español. Principalmente Cuba, aquel emporio de la colonia, constituía un espacio estratégico en el área del Caribe, de singular interés para los norteamericanos. De allí que Estados Unidos ofreciera, además de la diplomacia, su apoyo militar a los ejércitos rebeldes que luchaban por la independencia.

La declaración de guerra a España en 1898 tras el incendio del Maine[1] (barco norteamericano), decidió el definitivo retroceso del colonialismo español y, al mismo tiempo, inauguró la era del imperialismo norteamericano a través de la ocupación de Cuba y Puerto Rico, botines de la guerra ganada. Si bien la primera de estas dos islas declararía su independencia formal, la enmienda Platt, incorporada al texto constitucional de la nueva República, cedía a Estados Unidos parte del territorio y el derecho a la intervención.

Aunque las iniciativas vinculadas con el proyecto panamericano no se detuvieron y se organizaron nuevas reuniones rebautizadas como Conferencias Interamericanas, con el comienzo del siglo XX, EE.UU. acentuaría su estrategia de intervención en el continente con menos diplomacia y más garrote. Esa impronta de la política exterior era el espíritu del llamado corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe, a través del cual el nuevo presidente norteamericano (Theodore Roosevelt, quien había asumido en 1901), admitía la necesidad de propiciar una política más agresiva de defensa continental frente a la debilidad que mostraban muchos gobiernos para enfrentar las amenazas de las potencias extracontinentales. El desorden financiero de los Estados de América Latina, que supuestamente los colocaban en una situación de debilidad frente a los acreedores europeos, comenzó a ser considerado, también, un motivo de intervención. A nadie escapaba el hecho de que detrás de esta política de protección continental se encontraban los intereses imperialistas de Norteamérica. Esto se pondría de manifiesto en torno de la independencia de Panamá en 1903. Estados Unidos había intentado negociar con Colombia la cesión de una parte de su territorio, considerado propicio para la construcción de un canal interoceánico. Fracasados los intentos diplomáticos, Roosevelt decidió el apoyo a los ejércitos independentistas, que garantizaron la cesión a Estados Unidos del territorio donde, después de declarada la independencia, comenzaría a construirse el Canal.

La invocación del corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe sería también el pretexto del desembarco de marines norteamericanos en Santo Domingo en 1905, frente a la amenaza de un levantamiento armado opositor y de una intervención en Cuba, amparada en la enmienda Platt en 1906. Esos hechos desplegados bajo la llamada política del garrote consolidaron la presencia de EE.UU. en el Caribe, que acompañó el incremento de las inversiones norteamericanas, y la consiguiente especialización de las economías caribeñas en la producción de alimentos para la exportación a su protector.

La conexión entre la agresiva política exterior norteamericana y los intereses económicos se hizo más explícita bajo el gobierno de William Taft (1909-1913). Su política exterior hacia América Latina, conocida como diplomacia del dólar, se fundaba en la idea que no solo constituía una amenaza la presencia de otras potencias, sino también la influencia de actores económicos ajenos al continente. En ese marco se produjeron intervenciones de Estados Unidos en Honduras, Haití y Nicaragua entre 1909 y 1912, que aseguraron el predominio de las empresas de origen norteamericano.

Con la llegada al gobierno de EE.UU. del primer presidente demócrata en la era del imperialismo, Thomas Woodrow Wilson (1913-1921), se despertaron expectativas en torno a la proclamación del fin de las políticas agresivas hacia el continente. Sin embargo, rápidamente las acciones de los marines desmintieron los discursos democráticos. El primer escenario de una nueva intervención norteamericana sería el convulsionado vecino del sur, al que ya se le había arrebatado medio siglo antes una parte de su territorio: México. El desembarco en el puerto de Veracruz en 1914, justificado por la detención de tropas norteamericanas en Tampico, produjo una reacción defensiva por parte del gobierno encabezado por Victoriano Huerta, surgido de la Revolución que había comenzado en 1910. Si bien las tropas norteamericanas permanecieron durante seis meses en Veracruz, la respuesta mexicana expresaba un principio de autodeterminación y rechazo a la intervención de EE.UU., que ya se encontraba extendido en buena parte de los países del continente.

Centroamérica continuó siendo el escenario principal de la influencia imperialista norteamericana: un nuevo desembarco de tropas estadounidenses en Haití en 1916 se traduciría en una ocupación que perduraría durante 18 años; en República Dominicana, la intervención concretada ese mismo año daría lugar al control del país durante los 8 años siguientes. Sin embargo, esa agresiva política imperialista en el continente, y en particular en Centroamérica, había engendrado también una expresión latinoamericanista, que comenzaba a ser cada vez más claramente asociada con un contenido antiimperialista.

En torno a la intervención norteamericana en la independencia de Cuba, José Martí había denunciado el imperialismo norteamericano en el continente, ofreciendo una visión sobre los peligros que engendraban sus intereses económicos. Esa postura afirmaba la necesidad de fortalecer la unidad del continente, sintetizada en la expresión “Nuestra América”, título de un ensayo político-filosófico escrito por Martí en 1891. En el campo artístico, filosófico y literario, el movimiento estético denominado Modernismo, cuyo representante más notable fue el poeta nicaragüense Rubén Darío, le daba forma –también en esos años– a una búsqueda identitaria recortada frente a lo norteamericano, que rescataba la herencia hispana y católica de la cultura latina frente a la anglosajona. Esa veta de la expresión artística fue recogida y amplificada por medio de la trascendencia que alcanzó entre los intelectuales del continente la obra Ariel del escritor uruguayo José Enrique Rodó, publicada en 1900, que definió en términos de contraste la condición “espiritual” de la cultura hispanoamericana, frente al carácter “materialista” de lo anglosajón. Más allá del contenido elitista que contenía el planteamiento de Rodó, su recepción daba cuenta de una vocación extendida en el continente que buscaba reemplazar el dogma cientificista que había predominado en las clases dirigentes, por nuevas representaciones sobre lo nacional y lo continental. Esta búsqueda daba lugar a diferentes expresiones en las que lo nacional se podía pensar tanto a través de las referencias a lo católico, como en torno a reivindicaciones de lo indígena o la condición mestiza del continente, en términos raciales, pero también culturales.

La veta martiniana de una identificación identitaria de lo latinoamericano recortada frente al imperialismo, sería recuperada por algunos intelectuales con presencia y renombre en el continente, como los argentinos Manuel Ugarte y José Ingenieros. En particular, el primero de ellos sería uno de los más reconocidos promotores de la unidad latinoamericana y de la necesidad de enfrentar el imperialismo yanqui, consignas que difundió a través de incansables viajes y conferencias, fundamentalmente entre miembros de nuevas generaciones que provenían de sectores medios ilustrados. Estas diversas expresiones de una incipiente ideología que hurgaba en la identidad y en el contenido de “lo latinoamericano”[2] y que se relacionaban con un antiimperialismo defensivo, estaban creando también la idea de Latinoamérica, de su unidad e identidad.

La emergencia de este proceso no puede comprenderse sin tener en cuenta que se estaba produciendo un resquebrajamiento del poder monolítico que habían construido las oligarquías aliadas con el imperialismo. Las tensiones internas del orden oligárquico habían comenzado a producir grietas en las sociedades latinoamericanas. En ellas asomaron demandas, tanto de quienes emergieron a partir de la incorporación de América Latina al capitalismo internacional (los sectores medios urbanos y un incipiente proletariado), como de aquellos que habían sido desplazados de sus tierras o formaban parte de regiones del extrarradio. Confluyeron así en la desestabilización del orden oligárquico construido en la era del imperialismo, las contradicciones que había engendrado. Se abriría entonces un nuevo escenario para la política, en donde ganarían protagonismo los discursos y los movimientos nacionalistas y antiimperialistas, junto con otros clasistas e internacionalistas, que disputaban las representaciones sobre lo nacional y buscaban torcer las estructuras políticas y económicas que sustentaban la exclusión de las mayorías. Sin embargo, no se cerrarían con estos cambios las intervenciones imperialistas en el continente, acaso porque quedaban sin resolución las contradicciones y conflictos generados durante este período, en el que se produjo la decisiva incorporación de América Latina a la economía mundial capitalista.


 



[1] No hay que olvidar que el incidente del Maine fue un ataque de falsa bandera por parte de Estados Unidos para que España perdiera Cuba, Puerto Rico y Filipinas (provincias españolas, que no colonias) para que se las apoderada Estados Unidos. España nunca fue la mano ejecutora de ese ataque, pero se la acusó de ello.

[2] Dejamos aquí de usar la palabra “Iberoamericano”, que es la que mejor define a estas sociedades y pasamos a definirlas con la expresión que ellas se han dado a sí mismas por injerencia del mismo imperialismo que afirman combatir. Técnicamente, Latinoamérica incluye por etimología las regiones de habla francesa.

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