La Sociedad De Consumo
Las significativas
transformaciones que atravesaron a las sociedades del Primer Mundo en la
segunda mitad del siglo XX fueron a la vez económicas, sociales, culturales y
políticas. Aunque simplificando un proceso con múltiples dimensiones, se
distinguen cinco factores básicos en la honda renovación social: la
consolidación del fordismo como estrategia productiva asociada a nuevas formas
de consumo; la extendida y profunda urbanización; el nuevo papel de la mujer
tanto en el campo laboral y en el ámbito familiar también con el control de la
natalidad; la destacada gravitación de la cultura juvenil y, por último, la
consolidación del Estado del Bienestar. Este contribuyó a un cierto grado de
desmercantilización de la fuerza de trabajo, lo que conllevó a un creciente
afianzamiento del individualismo. En estos resultados se conjugaron, tanto los
extendidos alcances de la educación como las diversas posibilidades para
organizar la vida personal con menor dependencia del núcleo familiar y de la
condición de asalariado.
Las tres décadas de
crecimiento económico se basaron, principalmente, en la difusión de las
técnicas de producción masiva, el bajo coste de la energía, la expansión de los
mercados de consumo y la gestión keynesiana. El fordismo fue una estrategia de
acumulación intensiva de capital basada en la “gestión científica” del trabajo
iniciada a finales del siglo XIX que básicamente consistió en la apropiación
del saber del trabajador para ser transferido a la máquina. Al mismo tiempo que
la cadena de montaje imponía sus tiempos a las tareas del obrero, un equipo de
técnicos y profesionales le ordenaba la organización de su labor y supervisaba
sus actividades. Este sistema posibilitó un gran incremento en la productividad
del trabajo y dio lugar a la producción masiva de bienes de consumo baratos. Un
requisito clave para que los incrementos de productividad no desembocaran en
una crisis de superproducción como la de 1930 consistió en que el trabajador
masivo gestado por el taylorismo se convirtiese en el consumidor masivo de los
bienes producidos industrialmente. En este sentido, el círculo virtuoso de los
años dorados incluyó el contrato a largo plazo de la relación laboral con
límites rígidos para los despidos, y la aceptación del crecimiento del salario
indexado en relación con el incremento de la productividad en general. El
aumento de los salarios reales se tradujo en consumo masivo; esta demanda
sirvió para estimular nuevas inversiones que, al estar asociadas con
crecimientos de la productividad, aseguraron tasas de ganancias atractivas y,
por ende, nuevas inversiones.
La incorporación de
los jóvenes y adolescentes jugó un papel destacado en la ampliación del
consumo. La cultura juvenil fue un sector cada vez más atractivo para las
industrias de la moda, la música y la publicidad. Con las innovaciones
tecnológicas, nuevos productos invadieron el mercado: televisores, discos de
vinilo, casetes, relojes digitales o calculadoras de bolsillo. Una de las
grandes novedades fue la miniaturización y la portabilidad de estos objetos.
La expansión
económica requirió una abundante oferta de fuerza de trabajo y elevadas
inversiones de capital en la producción industrial. La mano de obra provino de
distintas fuentes. El enorme paro encubierto, así como el número considerable
de trabajadores situados en sectores escasamente productivos ofrecieron después
de la guerra la fuerza de trabajo barata que alentó la recuperación y la
expansión económica de Europa occidental y Japón. A medida que se consumía esta
reserva laboral, la oferta de trabajo también aumentó a través de la
inmigración, de una tasa más alta de la población incorporada al mercado de
trabajo (especialmente mujeres, que dejaban de ser sólo amas de casa) y, a medio
plazo, del crecimiento demográfico.
En los movimientos
internacionales de población se produjeron cambios estructurales respecto de
los flujos migratorios de la era del imperialismo: de las migraciones
intercontinentales a las intracontinentales. En la inmediata posguerra se
produjeron traslados masivos por razones políticas. Entre 1945 y 1947 la
Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Rehabilitación
repatrió a no menos de 30 millones de personas. A partir de los años 50, los
países occidentales empezaron a atraer sobre todo a emigrantes que abandonaban
sus países por motivos económicos. En un primer momento procedían de Europa
meridional y oriental, luego del norte de África y, posteriormente, llegaron
muchos del Próximo y Medio Oriente (Turquía, Irán y Pakistán). Los gobiernos no
elaboraron una política inmigratoria, sino que toleraron la llegada de
inmigrantes como solución coyuntural. Sin embargo, los trabajadores extranjeros,
en lugar de entrar y salir de acuerdo con la marcha del ciclo económico, se
insertaron de manera permanente en los puestos de trabajo menos considerados y
peor pagados. A partir de las dificultades económicas a principios de los 70,
los gobiernos europeos occidentales resolvieron restringir la entrada de los
extranjeros. Estados Unidos también recibió un caudal destacado de inmigrantes
procedentes, sobre todo, de Costa Rica, las Antillas y México. A diferencia de
Europa occidental, gran parte de la fuerza de trabajo que llegaba a Estados
Unidos eran temporeros ilegales. Japón no recibió inmigrantes, y los
estrangulamientos en el mercado de trabajo fueron superados a través de la
colocación de sus capitales en los países de Asia sudoriental.
No solo llegaron
trabajadores de las zonas menos desarrolladas, el capital también fue hacia
ellas, y hubo inversiones en nuevas regiones en el interior de las propias
fronteras nacionales. Esta expansión estuvo vinculada tanto con la búsqueda de
zonas con bajos salarios por parte del capital, como con el interés de muchos
gobiernos en impulsar el crecimiento de las zonas más atrasadas a través de
subvenciones directas e indirectas. Resultados de esta orientación fueron la
expansión del sureste de Estados Unidos, del Mezzogiorno en Italia, de Escocia
oriental en Gran Bretaña o de Flandes en Bélgica. La expansión y profundización
industrial impulsó el crecimiento del sector servicios en relación con las
actividades requeridas por las grandes unidades productivas y la comercialización
de los bienes de consumo, pero también alentado por el afianzamiento del Estado
del Bienestar y por los cambios en las pautas de la vida familiar, entre los
que se destacó el nuevo papel de la mujer. Desde el momento en que las mujeres (de
la clase media, básicamente, ya que las de los sectores populares duplicaron
sus esfuerzos) relegaron las tareas domésticas fue necesario que otros
“sirvieran” las necesidades del hogar: las casas de comidas, las lavanderías, las
guarderías o los geriátricos. La nueva familia empezó a depender de los
servicios, pero estos no necesariamente quedaron a cargo de los trabajadores de
este rubro, que tuvieron la inmediata competencia de los artefactos domésticos,
un dato que afectó negativamente al salario de los empleados del sector
servicios.
En la edad dorada se
produjo en el mundo una notable aceleración del proceso de urbanización,
derivado, en buena medida, del incremento de las migraciones del campo a la
ciudad. La población rural fue “expulsada” del mundo agrícola por la
modernización de la maquinaria agraria, al mismo tiempo que era atraída a la
ciudad por la expansión industrial y el crecimiento de la economía informal,
especialmente en las áreas metropolitanas de los países en desarrollo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario