sábado, 17 de diciembre de 2011

LOS CICLOS ECONÓMICOS, LA GRAN DEPRESIÓN Y EL NEW DEAL

 

 

Los Ciclos Económicos Y La Gran Depresión

 

La primera mitad de los años 20 estuvieron marcados por fuertes fluctuaciones económicas y los niveles de conflictividad social. Desde el final de la guerra hasta 1920, la existencia de una demanda contenida, el ingreso de los préstamos norteamericanos y un gasto público sostenido dieron lugar a la plena ocupación, acompañada por intensos conflictos sociales: tanto en los países vencidos, los casos de Alemania y Hungría, como entre los vencedores: Francia, Italia y Gran Bretaña, y también en Estados Unidos (cuyo territorio no fue campo de batalla). Este breve ciclo de expansión desembocó en la hiperinflación, resultado de la intensa puja redistributiva, de las severas limitaciones de los nuevos países europeos para equilibrar producción y demanda y del peso de las deudas de guerra, especialmente en el caso de Alemania. La ocupación del Ruhr fue acompañada por la hiperinflación que arrasó con los ahorros de la clase media, llevó a la quiebra de los propietarios más débiles y disparó el paro. Los gobiernos optaron por la recesión con la limitación del gasto público y la adhesión al patrón oro. Estaban interesados en volver al valor de las monedas anterior a la guerra y en evitar sus fuertes fluctuaciones. Los grandes dueños de las fábricas ansiaban recuperar su poder mediante la revisión de las concesiones arrancadas por las organizaciones obreras en la inmediata posguerra, y el desempleo creaba las condiciones para que fuera posible. Los reajustes favorecieron a los capitales más concentrados. El estancamiento acabó con el pleno empleo. Cayó la tasa de afiliación sindical, y el alto nivel de conflictividad social de la inmediata posguerra descendió a partir de 1922.

Después de estas fuertes oscilaciones, en la segunda mitad de la década la economía se mantuvo estabilizada. Los acuerdos en torno a la refinanciación de la deuda alemana y el clima de paz contribuyeron a este cambio. La recuperación a partir de 1924 fue tan evidente que se acuñaron nombres específicos para designar el período, los “dorados veinte” en Alemania, los “años felices” en Estados Unidos, y los “años locos” en Francia. El capital y los mercados estadounidenses tuvieron un papel central en el impulso al crecimiento económico de Europa y América Latina.

En el ámbito rural, en cambio, toda la década fue poco propicia para los agricultores. Después de la guerra, la caída de los precios de los alimentos y materias primas asociada al incremento de los bienes industriales colocó al campesinado en una situación precaria. La excepcional demanda durante el conflicto había conducido a la apertura de nuevas fuentes de aprovisionamiento y a incrementos en la productividad: Con la paz, las dificultades para ubicar los excedentes alentaron la movilización política de los productores rurales. Esta no siguió una orientación predeterminada: en algunos países de Europa central se afianzaron los partidos agrarios; el campesinado familiar de Italia y Alemania se adhirió al fascismo, en Escandinavia se asoció con la socialdemocracia. La presencia de estos diferentes alineamientos se vincula tanto a los contrastes entre las distintas tramas de relaciones agrarias, como con los lazos forjados por los partidos políticos con los actores del ámbito rural en cada escenario nacional.

El crack de Wall Street en octubre de 1929[1] cerró un ciclo y dio paso a un período en que la economía capitalista pareció derrumbarse. Después de más de un año de espectaculares incrementos de los precios de las acciones, estos cayeron abruptamente, en gran medida como resultado de la especulación, pero en última instancia como expresión de las contradicciones del sistema capitalista. Durante los años 20, el incremento en la productividad no fue acompañado por la creación de un sólido mercado de masas basado en aumentos salariales. La demanda fue alentada mediante la expansión del crédito. La buena marcha de las empresas y el crecimiento de la cadena crediticia en los años locos condujeron a la especulación inmobiliaria y la sobreinversión en el mercado bursátil. Pero la burbuja financiera explotó con las ventas masivas de los títulos de bolsa, y el pánico desembocó en la quiebra en cadena de bancos y la desvalorización de las monedas. A partir del crack bursátil cayeron los precios de las mercancías, mucho más rápida y profundamente las agrícolas que las industriales.

Los gobiernos de los países industrializados (el republicano Herbert Hoover en Estados Unidos, el laborista Ramsay Mac Donald en Gran Bretaña, el conservador Heinrich Brüning en Alemania y el radical Édouard Herriot en Francia) se mantuvieron fieles a la ortodoxia económica: redujeron el gasto público y dejaron que el desempleo aumentase. Decidieron que no había que intervenir, ya que una vez que los salarios hubieran descendido lo suficiente los capitalistas invertirían, y una vez que los precios cayeran lo necesario los consumidores comprarían. Desde la perspectiva de Keynes, los liquidacionistas[2] eran «insensatos y locos de atar. Los países no podían quedar a merced de las fuerzas mundiales que pretenden establecer una especie de equilibrio uniforme según los principios ideales del laissez faire».

Desde el Vaticano, el papa Pío XI volvió a dejar clara la posición de la Iglesia católica frente a las cuestiones sociales, políticas e ideológicas asociadas con el avance del capitalismo. En la encíclica Quadragesimo Anno, de 1931, recordó el diagnóstico planteado cuarenta años atrás por León XIII en Rerum Novarum y su convocatoria a la conciliación entre las clases sociales: «Ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital». Pero básicamente dedicó especial atención a los cambios experimentados desde entonces por el capitalismo y a las distintas opciones socialistas a partir de la revolución bolchevique.

La globalización que avanzaba desde fines del siglo XIX se frenó: cayeron los flujos migratorios, los intercambios comerciales y el movimiento internacional de capitales. Sin embargo, la deflación no fue seguida de la reactivación anunciada por los economistas ortodoxos. La disminución del PIB entre 1928 y 1935 fue del 25% al 30% en Estados Unidos, Canadá, Alemania y varios países latinoamericanos y del 15% al 25% en Francia, Austria y gran parte de Europa central y oriental. El desempleo afectó a más del 25% de los trabajadores en casi todas partes.

A pesar de los esfuerzos de los gobiernos, el patrón oro se derrumbó. La retirada de los dólares de Europa y el pánico financiero y monetario que afectó a las principales monedas lo hicieron inviable. En mayo de 1931 quebró el Creditanstalt, el mayor banco de Austria, fundado en 1885 por los Rothschild. Esta crisis se propagó a Hungría y un mes después llegó a Alemania. Los ahorradores retiraron sus depósitos para cambiarlos por oro o una moneda confiable. El gobierno alemán cerró los bancos y suspendió la conversión del marco en oro y divisas. Después le tocó el turno a la libra, que por primera vez en tiempos de paz fue devaluada por el gobierno. A principios de 1932, Gran Bretaña impuso aranceles proteccionistas y acordó preferencias comerciales con los integrantes del imperio y algunos pocos países. Estas medidas fueron seguidas por otros Estados: los escandinavos, los bálticos, gran parte de América Latina y Japón. A finales de 1932 el comercio mundial se había reducido a un tercio del nivel alcanzado en 1929. Estados Unidos se desvinculó del oro en abril de 1933, después de que asumiera la presidencia el candidato demócrata Franklin Roosevelt. En febrero de 1934, el gobierno fijó la relación de 35 dólares por onza de oro, lo que significó una desvalorización del 75% respecto de su valor histórico. Según Roosevelt, «la situación económica interna de un país es un factor más importante en su bienestar que la cotización de su moneda». Francia y sus vecinos del bloque del oro abandonaron el patrón oro en 1936.

Con la Gran Depresión, la teoría económica clásica perdió consistencia y dejó de orientar las decisiones de gran parte de los gobiernos. Este desenlace resultó de la inoperancia de los principios del laissez faire para salir de la recesión y en virtud de la presencia de nuevos actores e intereses forjados al calor de la segunda oleada de industrialización y del impacto de la Primera Guerra Mundial. Al mismo tiempo, Keynes exponía su teoría con mayor coherencia y difundía sus ideas con ahínco destacando la necesidad de la intervención del Estado:

«El aumento de la esfera de competencias, imprescindible para el ajuste recíproco de la propensión al consumo y el estímulo a la inversión, le parecería a un tratadista del siglo XIX o a un financiero americano de hoy una flagrante violación de los principios individualistas. Y, sin embargo, esa ampliación de funciones se nos muestra no solo como el único medio de evitar una completa destrucción de las instituciones económicas actuales, sino como la condición de una práctica acertada de la iniciativa privada»[3].

 

El comunismo, según el economista inglés, era «la consecuencia lógica de la teoría clásica». Si lo que ofrecía el capitalismo frente al caos del mercado era dejar que todo fuera a peor, no cabía duda de que la solución residía en abolir el capitalismo y crear un nuevo sistema. Para evitar este desenlace, la economía de mercado debía complementarse con las acciones de los gobiernos que podían y debían intervenir para impedir la recesión. La clave para esto era que gastaran con el fin de estimular la demanda y atraer la inversión de los capitalistas. El gasto deficitario dejaba de ser el rasgo distintivo de los malos gobiernos para convertirse en el medio adecuado para controlar las oscilaciones del ciclo económico. Sin embargo, las medidas de aquellos gobiernos que abandonaron la receta ortodoxa (por ejemplo el del presidente Roosevelt en Estados Unidos) no fueron el resultado de su adhesión a la doctrina keynesiana: esta tuvo escasa incidencia en los nuevos rumbos políticos. Su primacía como doctrina económica y como referente de las políticas gubernamentales se acabó concretando justo después de la Segunda Guerra Mundial.

 

 

Los Escenarios Políticos En El Mundo Capitalista

 

Frente a los desafíos económicos compartidos, las trayectorias políticas de los países capitalistas siguieron rumbos con marcados contrastes. La democracia liberal continuó vigente en Francia, Gran Bretaña, Suiza, Bélgica y Holanda, la democracia social avanzó en Escandinavia y, a través del New Deal, en Estados Unidos, mientras que en la mayor parte de los estados del centro y sur europeo se impusieron dictaduras tradicionales; y el fascismo triunfó tempranamente en Italia y más tarde el nazismo en Alemania.

Tanto la socialdemocracia escandinava y el New Deal estadounidense, por un lado, como el fascismo y el nazismo, por otro, cuestionaron los planteamientos económicos de la ortodoxia liberal. En ambas experiencias, la primacía del mercado fue sustituida por la activa intervención de los gobiernos en el plano social y económico. En el caso de la democracia social, las decisiones de la dirigencia política apuntalaron una nueva forma de democracia que anudó los principios del orden democrático con el reconocimiento de derechos sociales básicos. En los regímenes fascistas, la subordinación del mercado a los fines políticos e ideológicos del grupo gobernante aniquiló la democracia para dar paso a un nuevo tipo de Estado ferozmente autoritario y a una sociedad disciplinada desde arriba. Los fuertes contrastes entre estas trayectorias remiten tanto a las tramas socioeconómicas, culturales e institucionales en que se desarrollaron como a las acciones de las fuerzas sociales y de los actores políticos frente a los desafíos de la crisis de posguerra.

Nos centraremos en dos experiencias: la del New Deal en Estados Unidos y la del fascismo y nazismo de Alemania e Italia.


 

 

 

Estados Unidos, Los Años 1920 Y El New Deal

 

Al terminar la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos se habían convertido en la primera potencia económica y, aunque el país siguió una política aislacionista no interviniendo activamente en la política europea, era evidente su influencia en los asuntos económicos de ésta. La economía americana se había desarrollado rápidamente bajo el estímulo de los altos precios, y la producción creció un 37%. Las deudas de guerra con los Estados Unidos eran muy altas y el hecho de que la balanza de pagos fuera favorable a la potencia americana dificultó enormemente el proceso de recuperación europea. Los estadounidenses no deseaban tener contacto con la política y los problemas europeos. De hecho, pretendieron reforzar los rasgos que asignaban a su identidad y rechazaron el ingreso de nuevos inmigrantes con sus diferentes creencias religiosas, costumbres y fidelidad hacia el país de origen. Como resultado de la legislación restrictiva, el ingreso de inmigrantes entre 1920 y 1924 cayó por debajo de la mitad del que se había producido entre 1910 y 1914. La xenofobia nacionalista se combinó con el rechazo extremo de la protesta social que, como en Europa, alcanzó su pico más alto en la inmediata posguerra. Las principales huelgas tuvieron lugar en 1919 y principios de 1920 en las minas de carbón y en la industria siderúrgica, debido a la subida de los precios. En el mes de enero de 1919 se produjo en Seattle una huelga general de cinco días de duración. El alcalde, que reprimió a sus dirigentes, recibió una bomba por correo poco tiempo después. La más grave amenaza contra el orden fue la huelga de la policía de Boston en 1919: los dirigentes fueron despedidos por pertenecer a un sindicato.

El “miedo a los rojos” de 1919 fue manifiestamente exagerado. El número de afiliados a los partidos comunistas era ínfimo, y aunque no había posibilidad alguna de una revuelta revolucionaria, un importante sector de la población sucumbió al rumor y a la histeria. El Ku Klux Klan se puso nuevamente en marcha, sobre todo en el Medio Oeste, y entre sus víctimas incluyó a comunistas, judíos y católicos. En este clima tuvo lugar el juicio cargado de irregularidades contra dos obreros anarquistas de origen italiano: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, que, a pesar de las extendidas movilizaciones en su apoyo, fueron ajusticiados en agosto de 1927.

Durante la década de 1920 la economía experimentó un desarrollo casi ininterrumpido, salvando una breve recesión entre 1920 y 1921. Esto fue consecuencia de inversiones masivas estimuladas por la demanda de artículos duraderos, como los automóviles y los aparatos eléctricos, y por la expansión acelerada de los sectores de la construcción y servicios. El crecimiento de las ventas fue animado por la notable difusión de la publicidad; en 1919 funcionaban 606 emisoras de radio, todas ellas dependientes de la publicidad para su financiación. Junto con el necesario deseo de comprar se expandió el crédito para generar nuevos consumidores.

Los cambios en la economía tuvieron una fuerte incidencia en los estilos de vida. Gracias al automóvil, millones de personas construyeron sus casas en zonas suburbanas, rodeadas de jardines. La red de energía eléctrica y las carreteras tuvieron que extenderse entonces a las nuevas zonas urbanizadas, que impulsaron a su vez la instalación de centros comerciales.

La guerra y el desarrollo económico cambiaron sustancialmente la posición de la mujer en la sociedad estadounidense. Su ingreso en el mercado laboral le permitió ocupar lugares que antes solo estaban reservados a los hombres. Las mujeres fueron reconocidas como ciudadanas; así, en 1920 el Congreso aprobó el voto femenino. Su nueva posición en la sociedad quedó reflejada también en la nueva forma de vestir, que se modificó sustancialmente. Desaparecieron los corsés, la ropa de día se hizo más sencilla y dejó de ser ajustada para dar mayor posibilidad a la libertad de movimientos. Las faldas dejaron de llegar a los tobillos, para apenas cubrir las rodillas. Llegaron nuevos cortes de pelo y en las cabezas se impuso el sombrero en forma de casquete. Los modistos de la época contrarrestaron la sencillez de la ropa de día con la sofisticación de las prendas de noche: chaquetas y faldas hechas de punto y vestidos elaborados con muselinas y sedas.

Estos cambios dieron lugar al conflicto entre distintos sistemas de valores. La población de las pequeñas ciudades y el campo se opuso a estas nuevas concepciones y formas de vida que ponían en tela de juicio sus valores puritanos, secularizaban todos los aspectos de la vida dejando de lado la fe y la sumisión a Dios, y respondieron movilizándose para defender “la verdadera moral americana”. Se organizaron campañas en contra de “la maldad del alcohol” o del uso del automóvil cerrado, por considerarlos una invitación al pecado. En 1919, el gobierno del Partido Republicano recogió las demandas de los sectores conservadores y aprobó una ley que prohibía el consumo de alcohol: la famosa “Ley Seca”. Esta no impidió el consumo de alcohol, ya que dio paso a beber alcohol de forma clandestina, incluyendo destilaciones casera. El mercado negro empezó a ser controlado por mafias organizadas ante la gran demanda de alcohol, y se lucraron de manera ilegal dando lugar a que muchas personas perdieran la vida. Uno de los más poderosos fue el dirigido por Al Capone. La violación  de dicha ley se vio favorecida por la corrupción, ya que muchos policías y políticos colaboraban con el mantenimiento de las actividades ilegales para obtener beneficios, ya fueran económicos o de apoyo a esas poderosas organizaciones. En 1933, cuando el Partido Demócrata ganó las elecciones, levantó la prohibición.

La política de los tres presidentes republicanos: Warren Harding (1920-1923), Calvin Coolidge (1923-1929) y Herbert Hoover (1928-1932), estuvo guiada por el mismo objetivo: restringir la acción del gobierno para que los empresarios, en el marco del laissez faire, encontraran las mejores condiciones para sus negocios. En esos años prevaleció un destacado consenso en torno a la idea de que la economía americana era lo suficientemente fuerte como para autorregularse. El gobierno federal tuvo escasa participación directa en la prosperidad de aquellos años. La presión fiscal fue débil, pero como el volumen de gastos era muy bajo, los presupuestos federales se cerraron con superávit.

El auge económico culminó en una orgía especulativa. Las acciones de las principales compañías, como la General Motors, Radio Corporation of America y United States Steel, subieron tan rápidamente de valor que el índice de sus cotizaciones se alejó peligrosamente de los valores de los bienes producidos. A lo largo de los años 20 la emisión de acciones había constituido una importante fuente de capital inversor y, consecuentemente, de crecimiento económico, pero jamás habían subido tanto las cotizaciones en un período tan breve ni se habían lanzado al mercado tantas nuevas acciones. Cuando se hizo evidente que el capital que circulaba en la bolsa era en gran medida ficticio, los precios se desplomaron y la depresión subsiguiente fue la peor de la historia de Occidente.

El 4 de marzo de 1933, Roosevelt, el candidato del Partido Demócrata, asumió la presidencia. Ese día, cerca de la mitad de los Estados habían cerrado sus bancos por disposición legal, y entre los que permanecían abiertos muchos no disponían de dinero. En su discurso Roosevelt convocó a no tener miedo; estaba dispuesto a ponerse en marcha ya en pos de su principal objetivo: “poner a la gente a trabajar”.

Inmediatamente, decretó unas vacaciones de cuatro días para la banca y convocó para el lunes siguiente a una sesión extraordinaria del Congreso. A lo largo de los siguientes cien días, como se conoce a este período, el Congreso aprobó una avalancha de leyes sobre fondos de asistencia social para los parados, precios de apoyo para los agricultores, servicio de trabajo voluntario, proyectos de obras públicas a gran escala, reorganización de la industria privada, creación de un organismo federal para salvar el valle del Tennessee, financiación de hipotecas para los compradores de viviendas y para los agricultores, seguros para los depósitos bancarios y reglamentación para las transacciones de valores. El grado de compromiso financiero del gobierno federal con la marcha de la economía y los problemas sociales no tenía precedentes.

A pesar de cierta sintonía con las ideas de Keynes, el New Deal no se basó en la doctrina del economista inglés. El presidente Roosevelt y su equipo no aceptaron incrementar los gastos hasta el punto de generar déficit en el presupuesto, oscilaron entre la inyección de la inversión estatal y la vuelta a la frugalidad. No obstante, el New Deal dio lugar a la aprobación de un conjunto de leyes que crearon organismos destinados a orientar desde el Estado las decisiones de los principales agentes económicos y a promover políticas concertadas entre los mismos.

La Ley de Ajuste Agrícola se basaba en la idea de que el exceso de producción era el principal problema de la economía. Su objetivo era volver a la relación entre los precios de los productos agrícolas e industriales anterior a la Gran Guerra. Para esto se recurrió al control de la producción y a la acumulación de materias primas básicas a través del Departamento de Agricultura, en colaboración con comités de agricultores locales y asociaciones agrarias regionales. Se otorgaban primas a quienes restringiesen voluntariamente la producción, pero aunque disminuyó la superficie cultivada el incremento de la productividad de la tierra mantuvo el volumen de los productos agrícolas. Cuando el Tribunal Supremo declaró ilegal el impuesto con que se gravaba la elaboración de los productos agrícolas a fin de financiar las primas a la reducción de los cultivos, este programa se vino abajo.

La ley Nacional de Recuperación Industrial estimulaba a las empresas a estabilizar su cuota de mercado y al mismo tiempo aspiraba a aumentar el poder adquisitivo de los trabajadores. En relación con la recuperación de las empresas se buscó eliminar la competencia antieconómica para posibilitar el aumento de los precios y la inversión. Las empresas fueron invitadas a presentar un código de precios y salarios justos. Desde el gobierno se dio publicidad a los monopolios como algo deseable y a la competencia como antipatriótica. La reorganización industrial propiciada por la ley requería que los capitalistas aceptasen llegar a un acuerdo con los sindicatos, aunque sin dejar de reprimir la oleada de huelgas y movimientos de protesta por parte de los trabajadores y los sectores más afectados por la recesión.

El “nuevo trato”, como la socialdemocracia escandinava, se orientó a favor de la seguridad social, pero en Estados Unidos no existía un sólido Partido Socialista, y en gran medida la defensa de los intereses obreros dependió de la alianza entre los sindicatos y el Partido Demócrata. Hasta el momento, la principal organización sindical, la Federación Americana del Trabajo (AFL), había dado cabida a los trabajadores cualificados y mejor pagados, dejando de lado a los que no lo eran de las nuevas industrias. A partir de 1933, el dirigente de la Unión de Trabajadores Mineros, John Lewis, logró canalizar una gran ofensiva huelguista impulsada desde las bases. La principal expresión de la nueva militancia obrera fue una serie de ocupaciones de fábricas que comenzaron en la industria del caucho y que se extendieron a las fábricas de automóviles del Medio Oeste. En primera instancia, las empresas se resistieron a reconocer a los sindicatos, pero acabaron pactando con ellos. El cambio en las relaciones obreros-patronos lo marcó en 1937 el reconocimiento del sindicato del automóvil (UAW) por parte de la General Motors y del Comité de Trabajadores del Acero por parte de la Steel. Lewis se separó de la AFL y creó el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO). Su propósito era lograr la sindicación de los trabajadores de las industrias de producción en masa; cualquiera fuese su categoría y conocimientos, todos quedarían representados por el mismo sindicato. Su principal arma fue la lucha de brazos caídos.

En el contexto de la crisis, el gobierno se mostró dispuesto a favorecer a los sindicatos si estos se mostraban dispuestos a ayudar a la industria. En un primer momento, la cláusula de la ley Nacional de Recuperación Industrial que instaba a los dueños de las fábricas a reconocer a los sindicatos fue utilizada para crear sindicatos sometidos a las compañías. La legislación posterior confirió un mayor grado de autonomía al movimiento obrero. La ley Wagner amplió la protección de los sindicatos e impuso la obligatoriedad de la negociación colectiva. La Ley de Normas Laborales Justas reguló las condiciones de trabajo con salarios mínimos, pago de primas por horas extraordinarias, entre otras mejoras. Además, creó el Comité de Relaciones Laborales: una comisión de arbitraje encargada de poner fin a las prácticas laborales discriminatorias. Las empresas tuvieron que aceptar esta mayor gravitación de los sindicatos en el mundo del trabajo.


 



[1] La caída inicial ocurrió el Jueves Negro (24 de octubre de 1929), pero fue el catastrófico deterioro del Lunes Negro y el Martes Negro (28 y 29 de octubre de 1929) el que precipitó la expansión del pánico y el comienzo de consecuencias sin precedentes y a largo plazo para los Estados Unidos.

[2] El liquidacionismo es la creencia heterodoxa de la escuela austriaca en economía de que el gobierno o el banco central no deben tomar medidas para mitigar los efectos de las recesiones, sino más bien que el "dolor temporal" de las empresas que se liquidan a causa de las crisis es una solución en sí misma. En contraste, los economistas de la corriente principal piensan que tienen todas las razones para pensar que los esfuerzos gubernamentales para proporcionar liquidez y estímulo fiscal, y para evitar que el pánico del contagio colapse el sistema financiero, están justificados.

[3] Keynes, John M.  Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Ediciones Aosta. Madrid. 1998.

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