Los Ciclos Económicos Y La Gran Depresión
La primera mitad de
los años 20 estuvieron marcados por fuertes fluctuaciones económicas y los
niveles de conflictividad social. Desde el final de la guerra hasta 1920, la
existencia de una demanda contenida, el ingreso de los préstamos
norteamericanos y un gasto público sostenido dieron lugar a la plena ocupación,
acompañada por intensos conflictos sociales: tanto en los países vencidos, los
casos de Alemania y Hungría, como entre los vencedores: Francia, Italia y Gran
Bretaña, y también en Estados Unidos (cuyo territorio no fue campo de batalla).
Este breve ciclo de expansión desembocó en la hiperinflación, resultado de la
intensa puja redistributiva, de las severas limitaciones de los nuevos países
europeos para equilibrar producción y demanda y del peso de las deudas de
guerra, especialmente en el caso de Alemania. La ocupación del Ruhr fue
acompañada por la hiperinflación que arrasó con los ahorros de la clase media,
llevó a la quiebra de los propietarios más débiles y disparó el paro. Los
gobiernos optaron por la recesión con la limitación del gasto público y la
adhesión al patrón oro. Estaban interesados en volver al valor de las monedas anterior
a la guerra y en evitar sus fuertes fluctuaciones. Los grandes dueños de las
fábricas ansiaban recuperar su poder mediante la revisión de las concesiones
arrancadas por las organizaciones obreras en la inmediata posguerra, y el
desempleo creaba las condiciones para que fuera posible. Los reajustes
favorecieron a los capitales más concentrados. El estancamiento acabó con el
pleno empleo. Cayó la tasa de afiliación sindical, y el alto nivel de
conflictividad social de la inmediata posguerra descendió a partir de 1922.
Después de estas
fuertes oscilaciones, en la segunda mitad de la década la economía se mantuvo
estabilizada. Los acuerdos en torno a la refinanciación de la deuda alemana y
el clima de paz contribuyeron a este cambio. La recuperación a partir de 1924
fue tan evidente que se acuñaron nombres específicos para designar el período,
los “dorados veinte” en Alemania, los “años felices” en Estados Unidos, y los
“años locos” en Francia. El capital y los mercados estadounidenses tuvieron un
papel central en el impulso al crecimiento económico de Europa y América
Latina.
En el ámbito rural,
en cambio, toda la década fue poco propicia para los agricultores. Después de
la guerra, la caída de los precios de los alimentos y materias primas asociada
al incremento de los bienes industriales colocó al campesinado en una situación
precaria. La excepcional demanda durante el conflicto había conducido a la
apertura de nuevas fuentes de aprovisionamiento y a incrementos en la
productividad: Con la paz, las dificultades para ubicar los excedentes
alentaron la movilización política de los productores rurales. Esta no siguió
una orientación predeterminada: en algunos países de Europa central se
afianzaron los partidos agrarios; el campesinado familiar de Italia y Alemania se
adhirió al fascismo, en Escandinavia se asoció con la socialdemocracia. La
presencia de estos diferentes alineamientos se vincula tanto a los contrastes
entre las distintas tramas de relaciones agrarias, como con los lazos forjados
por los partidos políticos con los actores del ámbito rural en cada escenario
nacional.
El crack de Wall
Street en octubre de 1929[1] cerró un
ciclo y dio paso a un período en que la economía capitalista pareció
derrumbarse. Después de más de un año de espectaculares incrementos de los
precios de las acciones, estos cayeron abruptamente, en gran medida como
resultado de la especulación, pero en última instancia como expresión de las
contradicciones del sistema capitalista. Durante los años 20, el incremento en
la productividad no fue acompañado por la creación de un sólido mercado de
masas basado en aumentos salariales. La demanda fue alentada mediante la
expansión del crédito. La buena marcha de las empresas y el crecimiento de la
cadena crediticia en los años locos condujeron a la especulación inmobiliaria y
la sobreinversión en el mercado bursátil. Pero la burbuja financiera explotó
con las ventas masivas de los títulos de bolsa, y el pánico desembocó en la
quiebra en cadena de bancos y la desvalorización de las monedas. A partir del
crack bursátil cayeron los precios de las mercancías, mucho más rápida y
profundamente las agrícolas que las industriales.
Los gobiernos de los
países industrializados (el republicano Herbert Hoover en Estados Unidos, el
laborista Ramsay Mac Donald en Gran Bretaña, el conservador Heinrich Brüning en
Alemania y el radical Édouard Herriot en Francia) se mantuvieron fieles a la
ortodoxia económica: redujeron el gasto público y dejaron que el desempleo
aumentase. Decidieron que no había que intervenir, ya que una vez que los
salarios hubieran descendido lo suficiente los capitalistas invertirían, y una vez
que los precios cayeran lo necesario los consumidores comprarían. Desde la
perspectiva de Keynes, los liquidacionistas[2] eran «insensatos
y locos de atar. Los países no podían quedar a merced de las fuerzas mundiales
que pretenden establecer una especie de equilibrio uniforme según los
principios ideales del laissez faire».
Desde el Vaticano,
el papa Pío XI volvió a dejar clara la posición de la Iglesia católica frente a
las cuestiones sociales, políticas e ideológicas asociadas con el avance del
capitalismo. En la encíclica Quadragesimo Anno, de 1931, recordó el
diagnóstico planteado cuarenta años atrás por León XIII en Rerum Novarum
y su convocatoria a la conciliación entre las clases sociales: «Ni el
capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital». Pero
básicamente dedicó especial atención a los cambios experimentados desde
entonces por el capitalismo y a las distintas opciones socialistas a partir de
la revolución bolchevique.
La globalización que
avanzaba desde fines del siglo XIX se frenó: cayeron los flujos migratorios,
los intercambios comerciales y el movimiento internacional de capitales. Sin
embargo, la deflación no fue seguida de la reactivación anunciada por los
economistas ortodoxos. La disminución del PIB entre 1928 y 1935 fue del 25% al
30% en Estados Unidos, Canadá, Alemania y varios países latinoamericanos y del
15% al 25% en Francia, Austria y gran parte de Europa central y oriental. El
desempleo afectó a más del 25% de los trabajadores en casi todas partes.
A pesar de los
esfuerzos de los gobiernos, el patrón oro se derrumbó. La retirada de los
dólares de Europa y el pánico financiero y monetario que afectó a las
principales monedas lo hicieron inviable. En mayo de 1931 quebró el
Creditanstalt, el mayor banco de Austria, fundado en 1885 por los Rothschild.
Esta crisis se propagó a Hungría y un mes después llegó a Alemania. Los ahorradores
retiraron sus depósitos para cambiarlos por oro o una moneda confiable. El
gobierno alemán cerró los bancos y suspendió la conversión del marco en oro y
divisas. Después le tocó el turno a la libra, que por primera vez en tiempos de
paz fue devaluada por el gobierno. A principios de 1932, Gran Bretaña impuso
aranceles proteccionistas y acordó preferencias comerciales con los integrantes
del imperio y algunos pocos países. Estas medidas fueron seguidas por otros
Estados: los escandinavos, los bálticos, gran parte de América Latina y Japón.
A finales de 1932 el comercio mundial se había reducido a un tercio del nivel
alcanzado en 1929. Estados Unidos se desvinculó del oro en abril de 1933,
después de que asumiera la presidencia el candidato demócrata Franklin
Roosevelt. En febrero de 1934, el gobierno fijó la relación de 35 dólares por
onza de oro, lo que significó una desvalorización del 75% respecto de su valor
histórico. Según Roosevelt, «la situación económica interna de un país es un
factor más importante en su bienestar que la cotización de su moneda».
Francia y sus vecinos del bloque del oro abandonaron el patrón oro en 1936.
Con la Gran
Depresión, la teoría económica clásica perdió consistencia y dejó de orientar
las decisiones de gran parte de los gobiernos. Este desenlace resultó de la
inoperancia de los principios del laissez faire para salir de la recesión y en
virtud de la presencia de nuevos actores e intereses forjados al calor de la
segunda oleada de industrialización y del impacto de la Primera Guerra Mundial.
Al mismo tiempo, Keynes exponía su teoría con mayor coherencia y difundía sus
ideas con ahínco destacando la necesidad de la intervención del Estado:
«El
aumento de la esfera de competencias, imprescindible para el ajuste recíproco
de la propensión al consumo y el estímulo a la inversión, le parecería a un
tratadista del siglo XIX o a un financiero americano de hoy una flagrante
violación de los principios individualistas. Y, sin embargo, esa ampliación de
funciones se nos muestra no solo como el único medio de evitar una completa
destrucción de las instituciones económicas actuales, sino como la condición de
una práctica acertada de la iniciativa privada»[3].
El comunismo, según
el economista inglés, era «la consecuencia lógica de la teoría clásica».
Si lo que ofrecía el capitalismo frente al caos del mercado era dejar que todo
fuera a peor, no cabía duda de que la solución residía en abolir el capitalismo
y crear un nuevo sistema. Para evitar este desenlace, la economía de mercado
debía complementarse con las acciones de los gobiernos que podían y debían
intervenir para impedir la recesión. La clave para esto era que gastaran con el
fin de estimular la demanda y atraer la inversión de los capitalistas. El gasto
deficitario dejaba de ser el rasgo distintivo de los malos gobiernos para
convertirse en el medio adecuado para controlar las oscilaciones del ciclo
económico. Sin embargo, las medidas de aquellos gobiernos que abandonaron la
receta ortodoxa (por ejemplo el del presidente Roosevelt en Estados Unidos) no
fueron el resultado de su adhesión a la doctrina keynesiana: esta tuvo escasa
incidencia en los nuevos rumbos políticos. Su primacía como doctrina económica
y como referente de las políticas gubernamentales se acabó concretando justo después
de la Segunda Guerra Mundial.
Los Escenarios Políticos En El Mundo Capitalista
Frente a los
desafíos económicos compartidos, las trayectorias políticas de los países
capitalistas siguieron rumbos con marcados contrastes. La democracia liberal
continuó vigente en Francia, Gran Bretaña, Suiza, Bélgica y Holanda, la
democracia social avanzó en Escandinavia y, a través del New Deal, en Estados
Unidos, mientras que en la mayor parte de los estados del centro y sur europeo
se impusieron dictaduras tradicionales; y el fascismo triunfó tempranamente en
Italia y más tarde el nazismo en Alemania.
Tanto la
socialdemocracia escandinava y el New Deal estadounidense, por un lado, como el
fascismo y el nazismo, por otro, cuestionaron los planteamientos económicos de
la ortodoxia liberal. En ambas experiencias, la primacía del mercado fue
sustituida por la activa intervención de los gobiernos en el plano social y
económico. En el caso de la democracia social, las decisiones de la dirigencia
política apuntalaron una nueva forma de democracia que anudó los principios del
orden democrático con el reconocimiento de derechos sociales básicos. En los
regímenes fascistas, la subordinación del mercado a los fines políticos e
ideológicos del grupo gobernante aniquiló la democracia para dar paso a un
nuevo tipo de Estado ferozmente autoritario y a una sociedad disciplinada desde
arriba. Los fuertes contrastes entre estas trayectorias remiten tanto a las
tramas socioeconómicas, culturales e institucionales en que se desarrollaron
como a las acciones de las fuerzas sociales y de los actores políticos frente a
los desafíos de la crisis de posguerra.
Nos centraremos en
dos experiencias: la del New Deal en Estados Unidos y la del fascismo y nazismo
de Alemania e Italia.
Estados Unidos, Los Años 1920 Y El New Deal
Al terminar la
Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos se habían convertido en la primera
potencia económica y, aunque el país siguió una política aislacionista no
interviniendo activamente en la política europea, era evidente su influencia en
los asuntos económicos de ésta. La economía americana se había desarrollado
rápidamente bajo el estímulo de los altos precios, y la producción creció un
37%. Las deudas de guerra con los Estados Unidos eran muy altas y el hecho de
que la balanza de pagos fuera favorable a la potencia americana dificultó
enormemente el proceso de recuperación europea. Los estadounidenses no deseaban
tener contacto con la política y los problemas europeos. De hecho, pretendieron
reforzar los rasgos que asignaban a su identidad y rechazaron el ingreso de
nuevos inmigrantes con sus diferentes creencias religiosas, costumbres y
fidelidad hacia el país de origen. Como resultado de la legislación
restrictiva, el ingreso de inmigrantes entre 1920 y 1924 cayó por debajo de la
mitad del que se había producido entre 1910 y 1914. La xenofobia nacionalista
se combinó con el rechazo extremo de la protesta social que, como en Europa,
alcanzó su pico más alto en la inmediata posguerra. Las principales huelgas tuvieron
lugar en 1919 y principios de 1920 en las minas de carbón y en la industria
siderúrgica, debido a la subida de los precios. En el mes de enero de 1919 se
produjo en Seattle una huelga general de cinco días de duración. El alcalde,
que reprimió a sus dirigentes, recibió una bomba por correo poco tiempo
después. La más grave amenaza contra el orden fue la huelga de la policía de
Boston en 1919: los dirigentes fueron despedidos por pertenecer a un sindicato.
El “miedo a los
rojos” de 1919 fue manifiestamente exagerado. El número de afiliados a los
partidos comunistas era ínfimo, y aunque no había posibilidad alguna de una
revuelta revolucionaria, un importante sector de la población sucumbió al rumor
y a la histeria. El Ku Klux Klan se puso nuevamente en marcha, sobre todo en el
Medio Oeste, y entre sus víctimas incluyó a comunistas, judíos y católicos. En
este clima tuvo lugar el juicio cargado de irregularidades contra dos obreros
anarquistas de origen italiano: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, que, a
pesar de las extendidas movilizaciones en su apoyo, fueron ajusticiados en
agosto de 1927.
Durante la década de
1920 la economía experimentó un desarrollo casi ininterrumpido, salvando una
breve recesión entre 1920 y 1921. Esto fue consecuencia de inversiones masivas estimuladas
por la demanda de artículos duraderos, como los automóviles y los aparatos
eléctricos, y por la expansión acelerada de los sectores de la construcción y
servicios. El crecimiento de las ventas fue animado por la notable difusión de
la publicidad; en 1919 funcionaban 606 emisoras de radio, todas ellas
dependientes de la publicidad para su financiación. Junto con el necesario
deseo de comprar se expandió el crédito para generar nuevos consumidores.
Los cambios en la
economía tuvieron una fuerte incidencia en los estilos de vida. Gracias al
automóvil, millones de personas construyeron sus casas en zonas suburbanas,
rodeadas de jardines. La red de energía eléctrica y las carreteras tuvieron que
extenderse entonces a las nuevas zonas urbanizadas, que impulsaron a su vez la
instalación de centros comerciales.
La guerra y el
desarrollo económico cambiaron sustancialmente la posición de la mujer en la
sociedad estadounidense. Su ingreso en el mercado laboral le permitió ocupar
lugares que antes solo estaban reservados a los hombres. Las mujeres fueron
reconocidas como ciudadanas; así, en 1920 el Congreso aprobó el voto femenino.
Su nueva posición en la sociedad quedó reflejada también en la nueva forma de
vestir, que se modificó sustancialmente. Desaparecieron los corsés, la ropa de
día se hizo más sencilla y dejó de ser ajustada para dar mayor posibilidad a la
libertad de movimientos. Las faldas dejaron de llegar a los tobillos, para
apenas cubrir las rodillas. Llegaron nuevos cortes de pelo y en las cabezas se
impuso el sombrero en forma de casquete. Los modistos de la época
contrarrestaron la sencillez de la ropa de día con la sofisticación de las
prendas de noche: chaquetas y faldas hechas de punto y vestidos elaborados con
muselinas y sedas.
Estos cambios dieron
lugar al conflicto entre distintos sistemas de valores. La población de las
pequeñas ciudades y el campo se opuso a estas nuevas concepciones y formas de
vida que ponían en tela de juicio sus valores puritanos, secularizaban todos
los aspectos de la vida dejando de lado la fe y la sumisión a Dios, y
respondieron movilizándose para defender “la verdadera moral americana”. Se
organizaron campañas en contra de “la maldad del alcohol” o del uso del
automóvil cerrado, por considerarlos una invitación al pecado. En 1919, el
gobierno del Partido Republicano recogió las demandas de los sectores
conservadores y aprobó una ley que prohibía el consumo de alcohol: la famosa “Ley
Seca”. Esta no impidió el consumo de alcohol, ya que dio paso a beber alcohol de
forma clandestina, incluyendo destilaciones casera. El mercado negro empezó a
ser controlado por mafias organizadas ante la gran demanda de alcohol, y se
lucraron de manera ilegal dando lugar a que muchas personas perdieran la vida.
Uno de los más poderosos fue el dirigido por Al Capone. La violación de dicha ley se vio favorecida por la
corrupción, ya que muchos policías y políticos colaboraban con el mantenimiento
de las actividades ilegales para obtener beneficios, ya fueran económicos o de
apoyo a esas poderosas organizaciones. En 1933, cuando el Partido Demócrata
ganó las elecciones, levantó la prohibición.
La política de los
tres presidentes republicanos: Warren Harding (1920-1923), Calvin Coolidge
(1923-1929) y Herbert Hoover (1928-1932), estuvo guiada por el mismo objetivo:
restringir la acción del gobierno para que los empresarios, en el marco del
laissez faire, encontraran las mejores condiciones para sus negocios. En esos
años prevaleció un destacado consenso en torno a la idea de que la economía
americana era lo suficientemente fuerte como para autorregularse. El gobierno
federal tuvo escasa participación directa en la prosperidad de aquellos años.
La presión fiscal fue débil, pero como el volumen de gastos era muy bajo, los
presupuestos federales se cerraron con superávit.
El auge económico
culminó en una orgía especulativa. Las acciones de las principales compañías,
como la General Motors, Radio Corporation of America y United States Steel,
subieron tan rápidamente de valor que el índice de sus cotizaciones se alejó
peligrosamente de los valores de los bienes producidos. A lo largo de los años 20
la emisión de acciones había constituido una importante fuente de capital
inversor y, consecuentemente, de crecimiento económico, pero jamás habían
subido tanto las cotizaciones en un período tan breve ni se habían lanzado al
mercado tantas nuevas acciones. Cuando se hizo evidente que el capital que
circulaba en la bolsa era en gran medida ficticio, los precios se desplomaron y
la depresión subsiguiente fue la peor de la historia de Occidente.
El 4 de marzo de
1933, Roosevelt, el candidato del Partido Demócrata, asumió la presidencia. Ese
día, cerca de la mitad de los Estados habían cerrado sus bancos por disposición
legal, y entre los que permanecían abiertos muchos no disponían de dinero. En
su discurso Roosevelt convocó a no tener miedo; estaba dispuesto a ponerse en
marcha ya en pos de su principal objetivo: “poner a la gente a trabajar”.
Inmediatamente,
decretó unas vacaciones de cuatro días para la banca y convocó para el lunes
siguiente a una sesión extraordinaria del Congreso. A lo largo de los
siguientes cien días, como se conoce a este período, el Congreso aprobó una
avalancha de leyes sobre fondos de asistencia social para los parados, precios
de apoyo para los agricultores, servicio de trabajo voluntario, proyectos de
obras públicas a gran escala, reorganización de la industria privada, creación
de un organismo federal para salvar el valle del Tennessee, financiación de
hipotecas para los compradores de viviendas y para los agricultores, seguros
para los depósitos bancarios y reglamentación para las transacciones de
valores. El grado de compromiso financiero del gobierno federal con la marcha
de la economía y los problemas sociales no tenía precedentes.
A pesar de cierta
sintonía con las ideas de Keynes, el New Deal no se basó en la doctrina
del economista inglés. El presidente Roosevelt y su equipo no aceptaron incrementar
los gastos hasta el punto de generar déficit en el presupuesto, oscilaron entre
la inyección de la inversión estatal y la vuelta a la frugalidad. No obstante,
el New Deal dio lugar a la aprobación de un conjunto de leyes que crearon
organismos destinados a orientar desde el Estado las decisiones de los
principales agentes económicos y a promover políticas concertadas entre los
mismos.
La Ley de Ajuste
Agrícola se basaba en la idea de que el exceso de producción era el principal
problema de la economía. Su objetivo era volver a la relación entre los precios
de los productos agrícolas e industriales anterior a la Gran Guerra. Para esto
se recurrió al control de la producción y a la acumulación de materias primas
básicas a través del Departamento de Agricultura, en colaboración con comités
de agricultores locales y asociaciones agrarias regionales. Se otorgaban primas
a quienes restringiesen voluntariamente la producción, pero aunque disminuyó la
superficie cultivada el incremento de la productividad de la tierra mantuvo el
volumen de los productos agrícolas. Cuando el Tribunal Supremo declaró ilegal
el impuesto con que se gravaba la elaboración de los productos agrícolas a fin
de financiar las primas a la reducción de los cultivos, este programa se vino
abajo.
La ley Nacional de
Recuperación Industrial estimulaba a las empresas a estabilizar su cuota de
mercado y al mismo tiempo aspiraba a aumentar el poder adquisitivo de los
trabajadores. En relación con la recuperación de las empresas se buscó eliminar
la competencia antieconómica para posibilitar el aumento de los precios
y la inversión. Las empresas fueron invitadas a presentar un código de precios
y salarios justos. Desde el gobierno se dio publicidad a los monopolios como
algo deseable y a la competencia como antipatriótica. La reorganización
industrial propiciada por la ley requería que los capitalistas aceptasen llegar
a un acuerdo con los sindicatos, aunque sin dejar de reprimir la oleada de
huelgas y movimientos de protesta por parte de los trabajadores y los sectores
más afectados por la recesión.
El “nuevo trato”,
como la socialdemocracia escandinava, se orientó a favor de la seguridad
social, pero en Estados Unidos no existía un sólido Partido Socialista, y en
gran medida la defensa de los intereses obreros dependió de la alianza entre
los sindicatos y el Partido Demócrata. Hasta el momento, la principal
organización sindical, la Federación Americana del Trabajo (AFL), había dado
cabida a los trabajadores cualificados y mejor pagados, dejando de lado a los que
no lo eran de las nuevas industrias. A partir de 1933, el dirigente de la Unión
de Trabajadores Mineros, John Lewis, logró canalizar una gran ofensiva huelguista
impulsada desde las bases. La principal expresión de la nueva militancia obrera
fue una serie de ocupaciones de fábricas que comenzaron en la industria del
caucho y que se extendieron a las fábricas de automóviles del Medio Oeste. En
primera instancia, las empresas se resistieron a reconocer a los sindicatos,
pero acabaron pactando con ellos. El cambio en las relaciones obreros-patronos
lo marcó en 1937 el reconocimiento del sindicato del automóvil (UAW) por parte
de la General Motors y del Comité de Trabajadores del Acero por parte de la
Steel. Lewis se separó de la AFL y creó el Congreso de Organizaciones
Industriales (CIO). Su propósito era lograr la sindicación de los trabajadores
de las industrias de producción en masa; cualquiera fuese su categoría y conocimientos,
todos quedarían representados por el mismo sindicato. Su principal arma fue la
lucha de brazos caídos.
En el contexto de la
crisis, el gobierno se mostró dispuesto a favorecer a los sindicatos si estos
se mostraban dispuestos a ayudar a la industria. En un primer momento, la cláusula
de la ley Nacional de Recuperación Industrial que instaba a los dueños de las
fábricas a reconocer a los sindicatos fue utilizada para crear sindicatos
sometidos a las compañías. La legislación posterior confirió un mayor grado de
autonomía al movimiento obrero. La ley Wagner amplió la protección de los
sindicatos e impuso la obligatoriedad de la negociación colectiva. La Ley de
Normas Laborales Justas reguló las condiciones de trabajo con salarios mínimos,
pago de primas por horas extraordinarias, entre otras mejoras. Además, creó el
Comité de Relaciones Laborales: una comisión de arbitraje encargada de poner
fin a las prácticas laborales discriminatorias. Las empresas tuvieron que
aceptar esta mayor gravitación de los sindicatos en el mundo del trabajo.
[1] La caída inicial
ocurrió el Jueves Negro (24 de octubre de 1929), pero fue el
catastrófico deterioro del Lunes Negro y el Martes Negro (28 y 29 de octubre de
1929) el que precipitó la expansión del pánico y el comienzo de consecuencias
sin precedentes y a largo plazo para los Estados Unidos.
[2] El liquidacionismo es
la creencia heterodoxa de la escuela austriaca en economía de que el gobierno o el banco central no deben tomar
medidas para mitigar los efectos de las recesiones, sino más bien que el
"dolor temporal" de las empresas que se liquidan a causa de las
crisis es una solución en sí misma. En contraste, los economistas de la
corriente principal piensan que tienen todas las razones para pensar que los
esfuerzos gubernamentales para proporcionar liquidez y estímulo fiscal, y para
evitar que el pánico del contagio colapse el sistema financiero, están
justificados.
[3] Keynes, John M. Teoría general del empleo, el interés y el
dinero. Ediciones Aosta. Madrid. 1998.
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