La Ampliación Del Espacio Soviético
En virtud del avance
del Ejército Rojo sobre los territorios ocupados por los nazis, la mayor parte
de los países de Europa del Este quedaron subordinados a las directivas del
estalinismo en el marco de la Guerra Fría. El territorio ubicado al norte de
Grecia, al sur de Finlandia y al este del Elba no era una unidad política ni
social ni cultural. En la región coexistían naciones y grupos con trayectorias
diferentes tanto respecto de su grado de organización y autonomía política como
en relación con su configuración cultural. Algunos grupos nacionales, como el
de los checos y el de los croatas, se habían desarrollado en el imperio de los
Habsburgo. Los eslavos del sur quedaron bajo la dominación del Imperio otomano,
donde algunos (el caso de los serbios), mantuvieron su religión cristiana
ortodoxa mientras que otros, los bosnios, vivieron en simbiosis con la cultura
musulmana. En algunos territorios, sus poblaciones vivían con un nivel bastante
elevado de cultura urbana: Bohemia, Polonia, norte de Hungría, mientras que
otras poseían estructuras sociales de carácter tribal: Albania, algunas zonas
de Yugoslavia.
Algunas naciones,
por ejemplo, Bulgaria, habían mantenido una relación estrecha y amistosa con la
Rusia histórica en un sentido religioso y político. Otras, como Polonia, eran
tradicionales enemigas nacionales, religiosas y políticas de Moscú. Mientras que,
en Yugoslavia, Checoslovaquia y Bulgaria, los comunistas locales contaban con
fuerzas propias, en el resto de los países solo ganaron posiciones con el
ingreso del Ejército Rojo.
Durante la expansión
del nazismo los países de esta región atravesaron diferentes experiencias.
Albania fue anexionada por Mussolini al reino de Italia. Polonia,
Checoslovaquia y Yugoslavia fueron eliminadas como Estados nacionales en virtud
del avance del nazismo, pero también, en el caso de los dos últimos países, a
raíz de la iniciativa de grupos locales. Con el desmembramiento de
Checoslovaquia y Yugoslavia, emergieron Eslovaquia y Croacia como nuevos
Estados, con el visto bueno de los nazis. En cambio, en Rumania, Bulgaria y
Hungría fueron sus gobiernos autoritarios los que decidieron alinearse con el
Eje, al mismo tiempo que mantenían tensas relaciones con los movimientos
fascistas locales. Con la derrota del nazismo, en toda esta región prevaleció
el vacío de poder. La mayor parte de las dirigencias políticas tradicionales
habían colaborado con Hitler. Era difícil encontrar alternativas a la
abrumadora supremacía militar y política soviética en los países ocupados.
¿Qué se proponía
Stalin?, ¿aprovechar la ocasión para expandir el comunismo?, ¿restaurar y
ampliar las fronteras del antiguo imperio zarista?, ¿resarcir a la URSS de las
pérdidas de la guerra vía la explotación de los vencidos? La extrema debilidad
del régimen soviético permite suponer que la tercera opción era central en sus
planes. En relación con las fronteras, su principal objetivo era anular las
cesiones territoriales impuestas por los alemanes a los bolcheviques en la paz
firmada en 1918. Quería asegurar la creación de un cinturón de seguridad que
hiciera imposible una invasión a la Unión Soviética como la concretada por
Hitler. En este sentido Polonia, desgarrada por la ocupación nazi y la
soviética, sería la principal afectada.
Durante la guerra,
el gobierno polaco en el exilio intentó que su país no cayera en poder de los
soviéticos. En 1944, un año después de que el descubrimiento de la masacre de
Katyn precipitase la ruptura de sus relaciones diplomáticas con Moscú, el
gobierno polaco con sede en Londres convocó a la insurrección masiva en
Varsovia para liberarla de los alemanes antes de que llegara el Ejército Rojo.
Las fuerzas soviéticas se encontraban próximas a la ciudad, pero Stalin decidió
no apoyar la insurrección. En enero de 1945, las tropas soviéticas entraron en
Varsovia y se formó un Gobierno Provisional de Unidad Nacional integrado por
representantes del Partido Obrero Polaco, el Partido Socialista Polaco y el
Partido Campesino.
En la práctica, el
poder quedó en manos de los comunistas, muy subordinados a Moscú, que
retuvieron el control del ejército y del aparato de seguridad. En poco tiempo,
tanto el Partido Campesino como el Socialista fueron eliminados. Polonia debió
ceder parte de sus territorios del este a la Unión Soviética y en compensación
avanzó en el oeste sobre Alemania. Este doble corrimiento de las fronteras fue
acompañado por desplazamientos de millones de polacos y alemanes para quedar
incluidos en los nuevos Estados nacionales.
Después de la
victoria aliada, el gobierno checoslovaco en el exilio encabezado por Edvard
Beneš, regresó a Praga y sin consultar a las potencias occidentales firmó un
acuerdo de paz y seguridad con la Unión Soviética. La decisión desagradó a
Washington y Londres, pero en la dirigencia checoslovaca pesaba el recuerdo de Múnich.
El Frente Nacional a cargo del gobierno incluyó a los comunistas, a los
socialdemócratas y a representantes del Partido Popular Católico y del Partido
Democrático Eslovaco. Después de las elecciones generales de mayo de 1946,
Beneš asumió nuevamente la presidencia (había ocupado este cargo entre 1935 y
1938). Los comunistas obtuvieron un tercio de los escaños parlamentarios y
ocuparon, entre otros, el Ministerio del Interior, que les aseguró el control
sobre las fuerzas de seguridad. La cartera de Exteriores quedó en manos de Jan
Masaryk, hijo del héroe de la independencia nacional. La Rutenia ciscarpática
fue entregada a la URSS en junio de 1945 y la población de origen alemán, como
venganza por la desintegración del país instrumentada por los nazis, fue
expulsada en masa del país.
En Yugoslavia la
construcción del nuevo orden quedó en manos de Tito, el principal líder de la
guerrilla comunista que derrotó a los nazis. La intervención del Ejército Rojo
en este país quedó en segundo plano. El resto de los países (Rumania, Bulgaria,
Hungría y Alemania) representaban al enemigo derrotado. Los tres primeros
fueron ocupados por el Ejército Rojo y bajo su control se formaron gobiernos de
coalición integrados por comunistas, socialistas y dirigentes de los partidos
campesinos. En cambio, Alemania, según lo dispuesto en Yalta, quedó dividida y
ocupada por los cuatro países vencedores, y aunque los aliados habían resuelto
tratarla como principal responsable del conflicto, en muy poco tiempo las
decisiones sobre su destino dejaron de tomarse en forma conjunta. Cuando la
Gran Alianza dio paso a la Guerra Fría, Alemania quedó partida en dos nuevos
países en 1949.
En el caso de
Albania, a partir de 1941 los partisanos comunistas y nacionalistas lucharon
contra las tropas de ocupación italianas y alemanas, además de entablar una
dura competencia por imponer su poder. Con la caída del fascismo en Italia, los
comunistas tomaron el control de la mayoría de las ciudades del sur del país,
mientras que los nacionalistas dominaron el norte. Hubo un intento de
colaboración, pero se frustró en relación con la suerte de Kosovo. Los
comunistas (bajo la tutela de los yugoslavos) apoyaron el retorno de Kosovo a
Yugoslavia. Mientras que los nacionalistas plantearon mantener la región bajo
soberanía de Albania. En noviembre de 1944, los alemanes se retiraron del país
y los comunistas (apoyados por la aviación aliada) tomaron la capital del país.
Hasta la expulsión
de Yugoslavia del Kominform en 1948, Albania fue prácticamente un satélite de
su poderoso vecino, que no ocultó sus intenciones de dominarla, al igual que lo
hizo Italia entre 1925 y 1945. A partir de 1948, Albania entró en la órbita soviética
y la URSS compensó las pérdidas dejadas por la falta de ayuda yugoslava. Hasta
1948, Moscú aceptó que los comunistas compartieran el gobierno con los partidos
no colaboracionistas existentes antes de la ocupación nazi. El programa de
modernización y redistribución impulsado por estas coaliciones concitó una
amplia adhesión, ya que fue percibido como una alternativa viable para superar
el atraso. Sin embargo, en el marco del agravamiento de las tensiones con el
bloque occidental (la puesta en marcha del Plan Marshall y la creación del
Kominform), se liquidó la experiencia de los frentes. Según la teoría enunciada
por Andréi Zhdánov, el mundo había quedado dividido en dos bloques
irreconciliables y la política de alianzas no tenía cabida; en este escenario,
se retomó la consigna de la preeminencia de la lucha de clases.
Los dirigentes
comunistas europeos debieron seguir el modelo soviético: desarrollo industrial
acelerado y planificado, colectivización del agro, y partido único. Un hito
clave en este giro fue la disolución de la coalición gobernante en
Checoslovaquia. En febrero de 1948, doce ministros abandonaron el gobierno en
repudio a las presiones de los comunistas. El control de estos sobre la policía
y las organizaciones de trabajadores les permitió realizar manifestaciones
armadas en la calle. El presidente Beneš nombró un nuevo gabinete dominado por
los comunistas y dimitió en junio de ese año. La presidencia quedó en manos del
comunista Klement Gottwald. Al mismo tiempo que se clausuraba la etapa de los
frentes se produjo un hecho inesperado: la separación de Belgrado del bloque
soviético. Yugoslavia había sido uno de los escasos países europeos en que los
partisanos jugaron un papel decisivo en las operaciones militares contra los
nazis. Después de la derrota de los alemanes, el líder de la resistencia
contrarió los deseos de Stalin al no aceptar compartir el poder con los
representantes del gobierno monárquico exiliado en Londres. En los primeros
meses de la posguerra, Tito, además, llevó a cabo una política exterior activa
y autónoma poco grata a los ojos del jefe máximo del comunismo: ayudó a los
guerrilleros comunistas en Grecia y propuso la creación de una federación
balcánica con Bulgaria y Albania. En el plano interno se opuso a la injerencia
del personal soviético en la administración y en las fuerzas de seguridad. El
rumbo independiente que Tito imprimió a su gobierno, más que la adopción de una
vía novedosa al socialismo fue lo que llevó al Kremlin a denunciar la
“desviación” del régimen yugoslavo. Cuando a mediados de 1948 Yugoslavia fue
expulsada de la Kominform, el dirigente yugoslavo buscó y obtuvo el apoyo de
Estados Unidos. Su gobierno recibió la ayuda del Plan Marshall e ingresó en el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sin dejar por esto de comprometerse
decididamente con el Movimiento de Países No Alineados. En el informe
presentado al VI Congreso de su partido, varios meses antes de la muerte de
Stalin, Tito planteó que «la URSS comenzó a practicar su política de
expansionismo ya en vísperas de la última Guerra Mundial al firmar el acto con
Hitler, al repartirse con él zonas de intereses, al invadir territorios
extranjeros» y continuó esta misma política en cuanto terminó la Guerra, «[…]
este sojuzgamiento de los pueblos pequeños […] solo tiene una
finalidad que no es la revolución mundial, sino realmente la hegemonía mundial,
la dominación por la URSS, potencia imperialista, de los otros pueblos».
Luego fue Mao quien
esgrimió este argumento para denunciar la política de Moscú. La acabada
subordinación de los gobiernos de los países de Europa del Este no solo afectó
a los partidos burgueses, incluyó la depuración de los propios partidos
comunistas. En el marco del enfrentamiento con Belgrado, Stalin volvió a poner
en escena entre 1949 y 1952 la ceremonia de los juicios para eliminar a los que
en ese momento fueron identificados como “titoístas al servicio del
imperialismo”. Como en los años 30, todos confesaron los crímenes de que eran
acusados y los condenados fueron ejecutados o enviados a los campos de trabajo
forzado. Hubo quienes sobrevivieron al campo de concentración nazi para caer en
el Gulag soviético.
Las dos acusaciones
básicas que dieron lugar a los juicios fueron el nacionalismo y el
cosmopolitismo. Se culpó del primer pecado a quienes defendieron la necesidad
de tener en cuenta las peculiaridades del país que gobernaban en el momento de
avanzar hacia el socialismo, aquí por ejemplo se ubicó al comunista polaco Władysław Gomułka. La mayor parte de los
sancionados como cosmopolitas habían pertenecido a las Brigadas
Internacionales en los años
30 o militado en la resistencia en los países europeos ocupados por los nazis.
El húngaro László Rajk,
por ejemplo, desde la Guerra Civil española mantenía estrechas relaciones con
los comunistas yugoslavos y sus declaraciones proporcionaron un material muy
oportuno para la campaña propagandística contra Tito. Rudolf Slánský,
secretario general del Partido Comunista Checoslovaco, era judío y había sido
protegido por Zhdánov; su ejecución en 1952 afectó a un gran número de
intelectuales judíos que pasaron a la categoría de enemigos del régimen. Los
cosmopolitas, según Moscú, estaban demasiado interesados en romper el
aislamiento con el objetivo de forjar relaciones con las democracias
capitalistas.
La depuración de los
partidos comunistas del bloque soviético respondió a la naturaleza del sistema
estalinista, que exigía partidos comunistas acabadamente homogéneos y
cohesionados. El sistema no podía aceptar la existencia de partidos integrados
por dirigentes procedentes de experiencias distintas y capaces de plantear
alternativas a las órdenes de la cúpula soviética. La puesta en marcha de las
purgas contó en su favor con la presencia de camarillas enfrentadas en la cima
de los partidos europeos. Con las purgas se eliminó la competencia y se creyó
asegurar el predominio de los más dispuestos a someterse a las directivas del
Kremlin. Algunos procesos, como el de Rudolf Slánský en Checoslovaquia,
tuvieron un destacado carácter antisemita. La visión que tenían de los judíos
era de gentes predispuestas a ser espías trabajando para Occidente debido a su
origen, su carácter y su educación.
El testimonio
de Jorge Semprún sobre los juzgados y condenados en Checoslovaquia; sus
recuerdos sobre aquel período conectados con el tiempo en que estuvo prisionero
en el campo de concentración emergieron en la reunión del Partido Comunista
español concretada en los primeros días de abril de 1964 para examinar las
diferencias de Claudín y las del mismo Semprún con la línea del Partido:
«[…] De 1943 a 1945, en el
campo de concentración de Buchenwald, yo había trabajado, por encargo de la
dirección clandestina de la organización del PCE en el campo –y es que yo era
el único de los deportados españoles que supiera el alemán– en un servicio
administrativo interno, la Arbeitsstatistik, junto a un grupo de camaradas
comunistas de diversas nacionalidades. Uno de esos comunistas era checo. Se
llamaba Frank, Josef Frank. Más tarde, después de la guerra, Frank llegó a ser
secretario general adjunto del PC de Checoslovaquia. Y en 1952 fue uno de los
juzgados en el proceso Slánský, el último gran proceso espectacular de la era
estalinista. El mismo proceso en que fue juzgado Artur London y cuya
preparación nos ha relatado en La confesión. Confesó Frank, como todos los
demás, crímenes imaginarios y fue condenado a muerte. En 1952, leí en
L’Humanité, diario del PC francés, el resumen del acta de acusación contra los
encartados en el proceso Slánský. Vi que a Josef Frank se le acusaba, entre
otras cosas, de haber estado al servicio de los nazis en Buchenwald. Leí varias
veces esa acusación. Me entró un sudor frío. Pensé que no era posible, que
tenía que ser un error de transmisión. Yo sabía que Frank no había estado al
servicio de los nazis, en Buchenwald, lo sabía muy bien. Recordé que, a
comienzos de 1945, cuando ya se vislumbraba la derrota alemana, la dirección
clandestina del PC francés en Buchenwald me pidió ayuda para organizar la
evasión de dos camaradas. Se trataba de Pierre Durand, actual
redactor-jefe de L’Humanité, y de Marcel Paul, dirigente comunista del
sindicato de la electricidad, que luego fue ministro del gobierno de De Gaulle,
en la época de la alianza tripartita. Acepté esa tarea. Mi puesto de trabajo en
la Arbeitsstatistik me permitía saber, en efecto, cuáles eran los kommandos que
salían a trabajar, durante el día, fuera del recinto de alambradas
electrificadas del campo propiamente dicho, con misiones de reparación de
carreteras, de vías férreas, de postes telefónicos, y otras tareas similares,
cada vez más necesarias y urgentes, a medida que los sistemáticos bombardeos de
la aviación angloamericana iban paralizando la vida productiva del Tercer
Reich. Durand y Paul querían ser destinados a un kommando de ese género para
estudiar desde allí, concretamente, las posibilidades de evasión. Bien, acepté
la tarea. Uno de los responsables de la distribución de la mano de obra
deportada entre los diferentes kommandos de Buchenwald era Frank, precisamente.
Le fui a ver. Era una mañana de invierno, lo recuerdo ahora como lo recordé en
1952, al leer la acusación contra Frank en el periódico, como lo recordé en
1964 en el antiguo castillo de los reyes de Bohemia […]. Recuerdo aquella
mañana de invierno, en Buchenwald, el segundo invierno mío en el campo. Fui a
ver a Frank y le pedí que me encontrara dos puestos de trabajo en un kommando
que saliera durante el día del recinto alambrado del campo. Dos puestos de
trabajo para dos camaradas franceses […]. Finalmente, el plan de evasión de
Pierre Durand y de Marcel Paul fue abandonado, no recuerdo ya por qué razones.
Pero Frank cumplió su promesa. Encontró los dos puestos de trabajo que le había
pedido. Recuerdo la nieve de aquel día lejano de 1945. Recuerdo el humo
gris del crematorio. Le di la mano a Frank, mi compañero. Ninguno de nosotros
dos podía imaginar que siete años más tarde, en el otoño de 1952, Josef Frank
confesaría haber sido un criminal de guerra, en Buchenwald, al servicio de la
Gestapo. No sabíamos que moriría en la horca, asesinado por los suyos –los
nuestros– en un país que había contribuido a libertar. No sabíamos que sería
incinerado su cadáver y que las cenizas, junto con las de los demás
ajusticiados, serían esparcidas en la nieve de los alrededores de Praga, para
que no quedara ni huella de su paso por la tierra. Ninguno de nosotros podía
imaginar que yo evocaría su memoria, tristemente, desesperadamente, un triste y
desesperante mes de marzo de 1964, ante un tribunal de representantes de la
clase obrera española, ¡oh siniestra farsa!, en un antiguo castillo de los reyes
de Bohemia. Evoqué la memoria de Josef Frank ante los miembros del Comité
Ejecutivo del PCE. Yo sabía que era inocente, en 1952, y no había dicho nada.
No había proclamado en ninguna parte su inocencia. Me había callado,
sacrificando la verdad en aras del Espíritu Absoluto, que entre nosotros se
llamaba Espíritu-de-Partido […]».[1]
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