sábado, 17 de diciembre de 2011

LOS AÑOS DORADOS EN EL CAPITALISMO CENTRAL

 

 

LOS AÑOS DORADOS EN EL CAPITALISMO CENTRAL

 

Más allá de los rasgos peculiares asumidos por la expansión económica en cada país, esta fue el resultado de la exitosa combinación de tres factores: la definida hegemonía de los EE.UU a nivel económico, ideológico, político y militar; la extendida industrialización sobre la base del fordismo, y el destacado consenso respecto de la intervención del Estado, tanto para evitar el impacto negativo de la fase recesiva del ciclo económico como para garantizar la provisión de servicios sociales básicos al conjunto de la población. En 1945 no existían dudas acerca del enorme poder de los Estados Unidos. Su fuerza militar había sido decisiva para dar fin a la guerra. La explosión de las dos bombas atómicas sobre Japón confirmó su superioridad técnica y militar. Durante la guerra, la economía norteamericana creció hasta el punto de que representaba el 50% del producto interno bruto del mundo entero, poseía el 80% de las reservas mundiales de oro, producía la mitad de las manufacturas mundiales, y el dólar se había convertido en el pilar central del sistema monetario y comercial internacional.

Un rasgo novedoso del período de posguerra fue, junto con las altas tasas de crecimiento, que las recesiones fueran muy débiles y no significaran mucho más que pausas en el marco de la expansión. La consolidación del crecimiento económico en los centros capitalistas fue acompañada, como en la era del imperialismo, por un destacado incremento del comercio mundial y de las inversiones en el exterior, pero ahora los capitales estadounidenses reemplazaron a los británicos y no hubo migraciones internacionales como las del capitalismo global de fines del siglo XIX.

Una vez alcanzada la reconstrucción, en la década de los ‘50, la mayor parte de la población europea tuvo acceso a productos, automóviles, frigoríficos congeladores, televisores, que antes de la guerra solo habían estado al alcance de familias con altos ingresos. La expansión del crédito contribuyó a la ampliación y el sostenimiento de la demanda. Esta creció bajo el doble impulso de los mejores ingresos y las técnicas de la publicidad que promovieron la satisfacción de deseos vía la compra de bienes o el uso del tiempo libre en actividades disponibles en el mercado. Los números no dejan dudas sobre la pertinencia del término “años dorados”: entre 1957 y 1973, el poder de compra se duplicó y la tasa de desempleo, hasta 1967, fue inferior al 2%.

Una visión dominante en los años dorados respecto de la marcha de la economía fue que el capitalismo había aprendido a autorregularse gracias a la intervención del Estado, y que los gastos sociales actuaban como estabilizadores automáticos garantizando un crecimiento regular. En ese contexto, el premio Nobel de Economía Paul Samuelson anunció que «gracias al empleo apropiado y reforzado de las políticas monetarias y fiscales, nuestro sistema de economía mixta puede evitar los excesos de los booms y las depresiones, y puede plantearse un crecimiento regular».

El Estado benefactor desarrollado ha sido una de las marcas distintivas de la edad de oro. Aunque para muchos marxistas fue apenas un apéndice funcional que engrasaba el crecimiento del fordismo, su consolidación representó un esfuerzo de reconstrucción económica, moral y política. En lo económico se apartó de la teoría económica liberal ortodoxa, que subordina la situación de los individuos, grupos y clases sociales a las leyes del mercado, y en su lugar promovió el incremento del nivel de ingresos y la ampliación de la seguridad laboral. En lo moral propició las ideas de justicia social y solidaridad. En lo político, se vinculó con la reafirmación de la democracia.

El rápido e intenso crecimiento económico de los años 50 y 60 fue acompañado de un importante grado de estabilidad social que se quebró a finales de los años 60. En 1968, en el momento en que la exitosa combinación de fordismo y keynesianismo se agrietaba (aunque esto no fue percibido por los contemporáneos) tuvo lugar una extendida movilización social y cultural que cuestionó los pilares de la sociedad de consumo, exigiendo la más plena libertad individual y protestando contra la subordinación del obrero a la cadena de montaje.

 

 

Bretton Woods

 

La desconfianza en las propiedades autorreguladoras de los mercados y la fuerza de las ideas de planificación e intervención del Estado en la economía (legitimadas por la crisis liberal y por el esfuerzo de guerra) fueron dando forma al ambiente intelectual y político que dio luz al acuerdo de Bretton Woods. El nuevo sistema tuvo en cuenta los aportes de John Keynes aunque se apartó en varios puntos de sus ideas. El economista inglés, que venía bregando por un nuevo contrato social desde la primera posguerra, intentó reproducir en el plano internacional una arquitectura institucional que permitiera limitar el poder desestabilizador de las finanzas privadas. En el núcleo de su propuesta estaba la creación de un banco central capaz de emitir y gestionar una moneda internacional (BANCOR). Esta institución tendría el papel de regular la liquidez internacional minimizando el riesgo de las devaluaciones o bien valorizaciones excesivas de las monedas domésticas. La existencia de un estabilizador automático ampliaría los grados de libertad de los gobiernos nacionales para realizar las políticas contracíclicas necesarias a fin de mantener el pleno empleo y, así, contribuir a la estabilidad social en el marco de las democracias liberales y economías de mercado. También propuso la formación de un fondo para la reconstrucción y el desarrollo destinado a la concesión de créditos para los países de bajos ingresos y, por último, la creación de una organización internacional del comercio que se ocuparía especialmente de la estabilidad de los precios de los bienes de exportación primarios.

El Tesoro de los Estados Unidos no estaba dispuesto a limitar su autonomía en nombre de un arreglo burocrático que reconocía la existencia de un prestamista global en última instancia. Harry Dexter White, el representante estadounidense, aceptó parcialmente la propuesta de Keynes y, finalmente, se aprobó un modelo en el cual el dólar mantenía su posición de divisa clave para los intercambios y las inversiones. Entre la rigidez del patrón oro y la inestabilidad de los años de entreguerras, se buscó un término medio: los países firmantes del acuerdo tendrían el derecho de ampliar el margen de fluctuación de sus monedas frente al dólar (era la única moneda cuyo valor en oro era fijo) siempre que ocurriera algún “desequilibrio fundamental” en las cuentas externas. Esta flexibilidad fue planeada para garantizar el ajuste del balance de pagos sin tener que caer en la recesión cuando dicho balance fuera deficitario. El régimen monetario oro-dólar era políticamente atractivo porque estabilizaba las monedas para promover el comercio y la inversión, sin atar excesivamente las manos de los gobiernos. Las principales monedas europeas tuvieron devaluaciones superiores a un 30% en los años de la posguerra, en función de la grave escasez de dólares. De inmediato, a partir de 1958, junto con la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), se transformaron en flexibles en los términos estipulados Los gobiernos también gozaron de la capacidad de controlar el movimiento de capitales evitando así la acción desestabilizadora de los flujos volátiles, como había ocurrido en la primera posguerra. Al margen de las normas que regulaban los movimientos del capital financiero, la incidencia de estos fue débil, porque las economías nacionales ofrecían excelentes posibilidades a las inversiones productivas. En la edad dorada se reconoció el carácter positivo de la vinculación complementaria entre las acciones de los Estados nacionales y los movimientos de los mercados.

El acuerdo de Bretton Woods aprobó la fundación de dos de las organizaciones concebidas por Keynes y Dexter White (el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo, o Banco Mundial, y el Fondo Monetario Internacional) pero no se concretó la creación de la organización internacional del comercio. A los intereses proteccionistas les pareció que se avanzaba demasiado hacia el librecambismo. No obstante, el comercio internacional se liberalizó a través del Tratado General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Este fue un foro en el que los países industrializados consultaban y negociaban su política comercial en un sentido cada vez más aperturista, a través de las sucesivas reducciones de los gravámenes aduaneros y la disminución de los obstáculos sin tarifas del comercio. Posteriormente, a partir de enero de 1995, con la fundación de la World Trade Organization (Organización Mundial de Comercio, OMC), el GATT se transformó en un organismo institucionalizado.

El funcionamiento del sistema de Bretton Woods requería que los Estados Unidos mantuvieran la voluntad y la capacidad para vender oro a 35 dólares la onza a los bancos centrales extranjeros cuando estos se lo pidieran. Eso significaba que Washington tenía que emprender acciones siempre que el déficit comercial amenazara con una pérdida precipitada de oro por parte de la Reserva Federal. A diferencia de lo ocurrido en la primera posguerra, se obvió la imposición de reparaciones y el pago de los créditos de guerra. En su lugar se aplicaron políticas de dinero barato y se crearon instrumentos institucionales que posibilitaron la libertad de comercio. Los intercambios internacionales se desarrollaron principalmente entre las economías capitalistas centrales. La diferencia de productividad entre ellas fue tal que los bienes de equipo estadounidenses encontraban siempre compradores en Europa y Japón. La balanza comercial de EE.UU. fue entonces sistemáticamente excedentaria. El problema residía en el débil poder de compra de Europa y Japón, una restricción que se resolvió, primero, con los préstamos del Estado norteamericano y, cada vez más, con las inversiones exteriores de las firmas estadounidenses.

Con el paso del tiempo la balanza de pagos estadounidense empezó a ser deficitaria. Washington se comprometió con la reconstrucción de Europa vía el Plan Marshall, y con la de Japón a través de un programa similar, a partir de la guerra de Corea. Los países europeos y Japón combinaron las tecnologías de alta productividad, promovidas originalmente en Estados Unidos, con la gran oferta de fuerza de trabajo local pobremente retribuida, lo que hizo crecer la tasa de ganancia y de inversión. Durante los primeros años de la década de 1960 este crecimiento no afectó negativamente la producción y los beneficios en Estados Unidos. Aunque el desarrollo económico desigual implicaba un declive relativo de la economía estadounidense, también constituía una condición necesaria para la prolongada vitalidad de las fuerzas dominantes en ella: los bancos y empresas multinacionales estadounidenses, para expandirse en el exterior, necesitaban salidas rentables a su inversión directa en los otros países del Primer Mundo.

A fines de los años 50 se produjo una reorientación significativa en la localización de la inversión norteamericana en el extranjero: se estancó el flujo hacia los países del Tercer Mundo y creció la inversión en Canadá y en Europa. Mientras que la mayor parte de las inversiones realizadas en el Tercer Mundo buscaban el control de las materias primas y de la energía, los capitales norteamericanos que se dirigieron a Europa occidental propiciaron la reactivación y expansión de la industria manufacturera. También se invirtió en bancos, compañías de seguros y en empresas de auditoría. A partir de los años 70, las grandes empresas europeas occidentales y japonesas se sumaron a esta tendencia.

Otro fenómeno con significativa incidencia en la reorganización del capitalismo fue el crecimiento del comercio entre las compañías multinacionales. En 1970, el 25% del total del comercio mundial se realizaba entre filiales de una misma empresa multinacional. La facilidad para trasladar activos, tanto financieros como no financieros, en el interior de las empresas operó como un factor decisivo en los movimientos de capitales internacionales, en muchos casos con carácter especulativo. El poder de las multinacionales quedó registrado en cifras contundentes: el volumen de ventas de la Ford, por ejemplo, sobrepasó el producto nacional bruto de países como Noruega.

La creciente internacionalización de la producción cambió la división mundial del trabajo, y las economías dependientes se industrializaron selectivamente. Por otra parte, la intensificación de la competencia entre las economías dominantes condujo a la innovación y la racionalización, y el desarrollo tecnológico dio un salto hacia adelante. La política de la potencia hegemónica, volcada hacia “la contención del comunismo” y decidida a mantener el mundo seguro y abierto para la libre empresa, procuraba el éxito económico para sus aliados y competidores como fundamento para la consolidación del orden capitalista de posguerra. Las inversiones productivas de las multinacionales estadounidenses, con el pleno respaldo de su Estado, incidieron sobre las tramas sociales e institucionales de los países receptores. Los derechos de propiedad y las relaciones laborales de los países en los que invirtieron fueron modificados de un modo más profundo que el impacto que habrían tenido los flujos puramente financieros. Esto supuso la creación de vínculos directos con los bancos, proveedores y clientes locales, es decir, una integración diversificada y densa que se articulaba con los lazos políticos y militares de la Guerra Fría. La inversión directa estadounidense aportó consigo las empresas de consultoría y asesoramiento, las escuelas empresariales, las agencias de inversión y los auditores estadounidenses, las reglas jurídicas y las instituciones que enmarcarían el funcionamiento de un capitalismo cada vez más global. Allí donde esto no ocurrió, como en Japón, los vínculos imperiales se basaron sobre todo en la dependencia militar y comercial, así como en la dependencia japonesa de Estados Unidos respecto de los alineamientos de su política exterior.

Washington emergía a la cabeza del imperio global como algo más que un mero agente de los intereses particulares del capital estadounidense; también asumía responsabilidades en la construcción y la gestión del capitalismo global. En este sentido, Estados Unidos gestionó con bastante eficacia una contradicción básica del capital: el hecho de que la acumulación económica requiere un orden internacional relativamente estable y predecible, mientras el poder político está repartido en Estados que compiten entre sí. Esto fue posible porque las instituciones desarrolladas entonces por la superpotencia ofrecieron un marco en el que sus aliados euroasiáticos podían crecer de forma aceptable y favorecer al mismo tiempo de buena gana a su protector. Pero también fue factible en virtud de la legitimidad que la democracia estadounidense otorgaba a Washington en el exterior. Las ideas liberal-democráticas, las formas jurídicas y las instituciones políticas prestaban cierta credibilidad a la proclamación de que incluso las intervenciones militares de Estados Unidos se realizaban en nombre de la democracia y de la libertad.

 

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