La Era Del Imperialismo En Iberoamérica
La era del
imperialismo constituyó el marco de la decisiva incorporación de Iberoamérica a
la economía mundial capitalista. Este proceso produjo transformaciones
fundamentales en todo el subcontinente: por un lado, consolidó el perfil
agro-minero exportador de su economía; por otro lado, esa orientación
profundizó las diferencias regionales, en función de las diversas “vías
nacionales” a través de las cuales se llevó a cabo. También fue en esta era
cuando se despertaron las más intensas expresiones de búsqueda de una identidad
latinoamericana y nacional, recortada frente a los imperialismos que la
amenazaban. En síntesis, este territorio histórico condensa problemáticas
decisivas para Iberoamérica. Las apetencias de las economías europeas, en este
período de crecimiento de las economías industrializadas y de expansión sobre
nuevos territorios, encontraron en Iberoamérica un espacio propicio para la
obtención de materias primas y un mercado en crecimiento para la colocación de
productos de elaboración industrial. Frente a ese contexto, las oligarquías
locales buscaron incrementar la producción agrícola y minera para su
exportación. Lo hicieron sobre la base de la estructura de los grandes
latifundios o haciendas, de las que eran propietarias. Así, consolidaron un
modelo de crecimiento económico basado en la especialización productiva, en la
explotación extensiva y en la dependencia de los mercados exteriores. En este
marco, cada zona se especializó en la provisión de determinados productos. En
las pampas de clima templado de la Argentina y Uruguay prosperó la producción
de lana, cereales y carne. La agricultura tropical se extendió por una vasta
región: el café desde Brasil hasta Colombia, Venezuela y América Central; el
banano en la costa atlántica de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica,
Panamá, Colombia y Venezuela; el azúcar en Cuba, Puerto Rico y Perú; el cacao
en Ecuador. En el caso de la minería se recuperaron exportaciones
tradicionales: la plata en México, Bolivia y Perú; el cobre y nitratos en Perú
y Chile; el estaño en Bolivia y, algo más tarde, el petróleo en México y en
Venezuela.
Este
proceso de especialización vinculado a la demanda internacional supuso cambios
en los niveles de inversión e infraestructura requeridos para la producción.
Fue fundamental, en ese sentido, el papel desempeñado por Inglaterra en la
construcción del transporte ferroviario, así como en el desarrollo de los
mecanismos financieros y crediticios, y por su condición de mercado consumidor
de los bienes producidos en la región. También EEUU iría ganando terreno, y su
presencia en el continente llegaría a ser predominante a través de la
participación directa en la explotación de minerales y, fundamentalmente, en la
agricultura tropical en Centroamérica y el Caribe. De esta manera, un aspecto
del proceso de “modernización” que acompañó el crecimiento de la actividad
económica, fue el mayor nivel de inversión en la producción, el incremento de
su escala y, fundamentalmente, los cambios en la infraestructura cuyo impacto
visual más notable fueron los miles de kilómetros de redes ferroviarias
construidos por capitales ingleses. Esto acompañó un importante crecimiento de
las ciudades, algunas de las cuales se transformaron al ritmo de las
actividades comerciales y financieras, como así también el movimiento generado
en torno a ellas. Fue en estos años que Buenos Aires, São Paulo,
La Habana, Lima, Montevideo y Santiago de Chile, entre otras ciudades,
abandonaron el viejo aspecto de aldeas o emporios comerciales y se
transformaron en grandes urbes con nuevos edificios de arquitectura europea,
instalaciones portuarias, trazados que desbordaban las viejas murallas a partir
de nuevas avenidas y barrios residenciales. Estas ciudades tenían ahora
alumbrado público, y el gas había dejado atrás los aromas del aceite o la grasa
vacuna. En ellas floreció una incipiente burguesía vinculada con las
actividades comerciales y, muchas veces, con los intereses de las potencias
imperialistas.
La otra cara de la
modernización fue el incremento de la dependencia con respecto a la economía de
los países centrales y la acentuación de los contrastes, tanto entre las
diferentes naciones, como entre las diversas regiones con dispares vínculos con
la economía europea. Estos contrastes fueron evidentes en el impacto que estas
transformaciones tuvieron en las formas de trabajo, en la propiedad de los
recursos y, en general, en la estructura de las sociedades de Iberoamérica. En
el caso del café, por ejemplo, las oportunidades que se presentaban para la
exportación hicieron crecer en Brasil las expectativas de los terratenientes y
empresarios paulistas, quienes recurrieron cada vez más al trabajo de
inmigrantes. La mano de obra libre resultaba más rentable que el viejo sistema
esclavista, que había predominado en la producción azucarera del norte. En
Colombia y El Salvador, en cambio, explotaciones de menor extensión cubrían la
demanda de fuerza de trabajo con el alto crecimiento vegetativo de la población
mestiza; mientras que en Guatemala la fuerza de trabajo era proporcionada por
las comunidades indígenas que hasta entonces se habían mantenido aisladas de la
economía de mercado. También en la producción de azúcar en el norte peruano se
utilizaba mano de obra proveniente de las sierras. En este caso, convivían las plantaciones
con los modernos ingenios, propiedad de empresarios alemanes y norteamericanos
con un antiguo sistema de reclutamiento de obreros conocido como enganche. Éste
consistía en el adelanto de dinero a los trabajadores de las sierras a través
del enganchador, que era un prestamista intermediario vinculado con los
propietarios de las tierras y autoridades locales de las zonas serranas
conocidos como gamonales. El sistema permitía el contrato temporero, en función
del ciclo agrícola, de mano de obra obligada a trabajar por las deudas
contraídas, lo cual reproducía antiguas formas de dependencia, bastante
distantes del moderno trabajador asalariado.
En México tampoco
hubo una importante afluencia de inmigrantes; sin embargo, se produjo un
crecimiento natural de la población. La concentración de la tierra estimulada
por las oportunidades de explotación de recursos minerales, pero también del
henequén[1] en la
península de Yucatán, hizo que retrocediera el área de producción de alimentos,
y se consolidara el paisaje de la hacienda: la gran propiedad orientada a la
producción exportable. Tanto en el caso de la expansión del Brasil central,
vinculada con la producción agropecuaria, como en el de la pampa húmeda
argentina y uruguaya, junto con el enriquecimiento de los grandes
terratenientes o latifundistas, se produjo también el ascenso social y
económico de una parte de los productores directos que conformó una clase media
rural. Aquí también fue importante el aporte de sucesivas oleadas de
inmigrantes italianos y españoles, que contribuyeron a resolver el problema de
la escasez de mano de obra y la necesidad de ocupar nuevos territorios, ganados
a las poblaciones indígenas. En estos casos, la inserción en la economía global
apareció asociada con la expansión del mercado interno.
Las actividades
primarias promovieron un incipiente proceso de industrialización vinculado
principalmente con complejos agroindustriales (como saladeros, curtidurías o
frigoríficas) pero también con otras actividades complementarias que estaban
relacionadas con el crecimiento poblacional y de las ciudades. En cambio, el
boom exportador en la agricultura tropical y la minería significó la
instalación de islotes económicos más decididamente vinculados a los centros
capitalistas que al conjunto de la economía del país productor. Además de las
explotaciones vinculadas al mercado mundial, en los países de tradición
indígena persistieron amplias zonas con una agricultura poco renovada donde
coexistían la hacienda tradicional y la comunidad campesina. Los grandes
latifundios escasamente productivos continuaron confiriendo a sus propietarios
un importante poder político y social a nivel regional. Los yanaconas en el
alto Perú, los huasipungos en Ecuador y los inquilinos en Chile, eran
campesinos que entregaban su trabajo personal a los dueños de las haciendas a
cambio de una pequeña parcela de la que dependía su subsistencia. Estos
contrastes apuntados ofrecen un paisaje en el que el crecimiento económico y el
proceso de modernización tuvieron como características principales la
concentración de la propiedad, el incremento de la incidencia del capital
extranjero, la persistencia de antiguas formas de explotación del trabajo, pero
también una serie de cambios en las sociedades, vinculados con el crecimiento
de las ciudades y el aporte de la inmigración. Si bien la población siguió
siendo predominantemente campesina, la proporción se redujo con respecto a la
primera mitad del siglo; las nuevas actividades económicas dieron lugar, en algunos
casos, a la consolidación de sectores medios, y el incipiente proceso de
industrialización, fundamentalmente en algunos países como Argentina, Chile,
Uruguay y México, acompañó la formación de un proletariado urbano y la
aparición de las primeras organizaciones de trabajadores. Estos sectores
protagonizarían conflictos dentro del orden político sobre el que se había
construido el proceso de modernización.
¿Qué características
tenía ese orden político? Aquí también los contrastes y las diferencias de los
casos nacionales resultan importantes. Sin embargo, puede decirse, en líneas
generales, que el llamado orden oligárquico conformó el marco político que propició
el conjunto de transformaciones que resultaban necesarias para consolidar el
nuevo orden económico. Las oligarquías regionales se abocaron a la tarea de
terminar de resolver sus diferencias, muchas veces a través de prolongados
enfrentamientos, con el objetivo de construir estructuras estatales, necesarias
para ofrecer un marco a la actividad agro-minero exportadora. Las políticas
estatales resultaban fundamentales para generar condiciones propicias para la
inversión de capitales extranjeros y para promover la formación de la fuerza de
trabajo que demandaba la expansión de la producción vinculada al mercado
mundial. Así, en la mayoría de los países, durante este período, se avanzó en
la construcción de las instituciones del Estado nacional a través de la
organización de un sistema administrativo más eficiente y especializado, junto
con la aprobación de un marco jurídico adecuado para el desenvolvimiento de las
nuevas actividades, y la consolidación de ejércitos nacionales
profesionalizados y subordinados al gobierno nacional. Estos se ocuparon de
neutralizar las resistencias de los poderes regionales, reprimir las primeras
protestas de trabajadores y reducir o exterminar a las poblaciones indígenas
que ocupaban territorios apetecidos para expandir la frontera de la producción
primaria exportable.
Según el tipo de
producto primario que cada región podía ofrecer, se hacía necesaria la
ocupación de regiones que, en algunos casos, habían permanecido al margen,
incluso durante los siglos de dominación colonial. En el caso de México, Chile
y Argentina, por ejemplo, la consolidación del poder estatal estuvo ligada al
sometimiento de las poblaciones originarias a través de campañas militares que
llegaron a producir el exterminio de poblaciones enteras. Este fue el caso de
la llamada “Conquista del Desierto” encabezada por el presidente argentino
Julio A. Roca. A través de una excursión militar hacia lo que, con eufemismo,
se denominaba “desierto”, el Estado incorporó a la economía nacional, orientada
a la exportación de productos demandados por los centros industrializados, como
lana, carne o cereales, miles de kilómetros de la Patagonia. Ya se tratara de
gobiernos surgidos de consensos alcanzados entre oligarquías, que sostenían
sistemas republicanos basados en elecciones con participación restringida y
resultados fraudulentos, o de dictaduras que prescindían de esos mecanismos, el
orden oligárquico sobre el que se construyó el proceso de modernización tuvo un
sesgo marcadamente autoritario. En muchos casos, fue el resultado de la
emergencia de caudillos regionales capaces de traducir sus liderazgos en
términos “nacionales”. Las principales disputas respondieron a las diferentes
perspectivas de conservadores y liberales en torno de la mayor o menor
influencia de la Iglesia católica en el orden social; también hubo conflictos
en torno al carácter, centralista o federal, de la organización política que
consagrarían los textos constitucionales.
En general, las
oligarquías que se encargaron de este proceso de consolidación de los Estados Nacionales
lo hicieron guiados por el espíritu “civilizatorio” que acompañaba las
excursiones hacia territorios que antes estaban fuera del alcance estatal. Las
consignas de “orden y progreso” o “paz y administración” resultaron lemas característicos
que sintetizaban la ideología positivista que sustentaba la acción
“modernizadora” en lo económico, pero profundamente conservadora en lo
político.
[1]
Es una especie del género Agave que
ha sido cultivado en la región maya para obtener fibras desde tiempos
prehispánicos. Sus hojas están rematadas en largas espinas y sus fibras son más
finas. Su cultivo ha sido de gran importancia en la península de Yucatán,
teniendo más de 40 usos diferentes.
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