sábado, 17 de diciembre de 2011

La Era Del Imperialismo En Iberoamérica

 

 

La Era Del Imperialismo En Iberoamérica

 

La era del imperialismo constituyó el marco de la decisiva incorporación de Iberoamérica a la economía mundial capitalista. Este proceso produjo transformaciones fundamentales en todo el subcontinente: por un lado, consolidó el perfil agro-minero exportador de su economía; por otro lado, esa orientación profundizó las diferencias regionales, en función de las diversas “vías nacionales” a través de las cuales se llevó a cabo. También fue en esta era cuando se despertaron las más intensas expresiones de búsqueda de una identidad latinoamericana y nacional, recortada frente a los imperialismos que la amenazaban. En síntesis, este territorio histórico condensa problemáticas decisivas para Iberoamérica. Las apetencias de las economías europeas, en este período de crecimiento de las economías industrializadas y de expansión sobre nuevos territorios, encontraron en Iberoamérica un espacio propicio para la obtención de materias primas y un mercado en crecimiento para la colocación de productos de elaboración industrial. Frente a ese contexto, las oligarquías locales buscaron incrementar la producción agrícola y minera para su exportación. Lo hicieron sobre la base de la estructura de los grandes latifundios o haciendas, de las que eran propietarias. Así, consolidaron un modelo de crecimiento económico basado en la especialización productiva, en la explotación extensiva y en la dependencia de los mercados exteriores. En este marco, cada zona se especializó en la provisión de determinados productos. En las pampas de clima templado de la Argentina y Uruguay prosperó la producción de lana, cereales y carne. La agricultura tropical se extendió por una vasta región: el café desde Brasil hasta Colombia, Venezuela y América Central; el banano en la costa atlántica de Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Colombia y Venezuela; el azúcar en Cuba, Puerto Rico y Perú; el cacao en Ecuador. En el caso de la minería se recuperaron exportaciones tradicionales: la plata en México, Bolivia y Perú; el cobre y nitratos en Perú y Chile; el estaño en Bolivia y, algo más tarde, el petróleo en México y en Venezuela.

          Este proceso de especialización vinculado a la demanda internacional supuso cambios en los niveles de inversión e infraestructura requeridos para la producción. Fue fundamental, en ese sentido, el papel desempeñado por Inglaterra en la construcción del transporte ferroviario, así como en el desarrollo de los mecanismos financieros y crediticios, y por su condición de mercado consumidor de los bienes producidos en la región. También EEUU iría ganando terreno, y su presencia en el continente llegaría a ser predominante a través de la participación directa en la explotación de minerales y, fundamentalmente, en la agricultura tropical en Centroamérica y el Caribe. De esta manera, un aspecto del proceso de “modernización” que acompañó el crecimiento de la actividad económica, fue el mayor nivel de inversión en la producción, el incremento de su escala y, fundamentalmente, los cambios en la infraestructura cuyo impacto visual más notable fueron los miles de kilómetros de redes ferroviarias construidos por capitales ingleses. Esto acompañó un importante crecimiento de las ciudades, algunas de las cuales se transformaron al ritmo de las actividades comerciales y financieras, como así también el movimiento generado en torno a ellas. Fue en estos años que Buenos Aires, São Paulo, La Habana, Lima, Montevideo y Santiago de Chile, entre otras ciudades, abandonaron el viejo aspecto de aldeas o emporios comerciales y se transformaron en grandes urbes con nuevos edificios de arquitectura europea, instalaciones portuarias, trazados que desbordaban las viejas murallas a partir de nuevas avenidas y barrios residenciales. Estas ciudades tenían ahora alumbrado público, y el gas había dejado atrás los aromas del aceite o la grasa vacuna. En ellas floreció una incipiente burguesía vinculada con las actividades comerciales y, muchas veces, con los intereses de las potencias imperialistas.

La otra cara de la modernización fue el incremento de la dependencia con respecto a la economía de los países centrales y la acentuación de los contrastes, tanto entre las diferentes naciones, como entre las diversas regiones con dispares vínculos con la economía europea. Estos contrastes fueron evidentes en el impacto que estas transformaciones tuvieron en las formas de trabajo, en la propiedad de los recursos y, en general, en la estructura de las sociedades de Iberoamérica. En el caso del café, por ejemplo, las oportunidades que se presentaban para la exportación hicieron crecer en Brasil las expectativas de los terratenientes y empresarios paulistas, quienes recurrieron cada vez más al trabajo de inmigrantes. La mano de obra libre resultaba más rentable que el viejo sistema esclavista, que había predominado en la producción azucarera del norte. En Colombia y El Salvador, en cambio, explotaciones de menor extensión cubrían la demanda de fuerza de trabajo con el alto crecimiento vegetativo de la población mestiza; mientras que en Guatemala la fuerza de trabajo era proporcionada por las comunidades indígenas que hasta entonces se habían mantenido aisladas de la economía de mercado. También en la producción de azúcar en el norte peruano se utilizaba mano de obra proveniente de las sierras. En este caso, convivían las plantaciones con los modernos ingenios, propiedad de empresarios alemanes y norteamericanos con un antiguo sistema de reclutamiento de obreros conocido como enganche. Éste consistía en el adelanto de dinero a los trabajadores de las sierras a través del enganchador, que era un prestamista intermediario vinculado con los propietarios de las tierras y autoridades locales de las zonas serranas conocidos como gamonales. El sistema permitía el contrato temporero, en función del ciclo agrícola, de mano de obra obligada a trabajar por las deudas contraídas, lo cual reproducía antiguas formas de dependencia, bastante distantes del moderno trabajador asalariado.

En México tampoco hubo una importante afluencia de inmigrantes; sin embargo, se produjo un crecimiento natural de la población. La concentración de la tierra estimulada por las oportunidades de explotación de recursos minerales, pero también del henequén[1] en la península de Yucatán, hizo que retrocediera el área de producción de alimentos, y se consolidara el paisaje de la hacienda: la gran propiedad orientada a la producción exportable. Tanto en el caso de la expansión del Brasil central, vinculada con la producción agropecuaria, como en el de la pampa húmeda argentina y uruguaya, junto con el enriquecimiento de los grandes terratenientes o latifundistas, se produjo también el ascenso social y económico de una parte de los productores directos que conformó una clase media rural. Aquí también fue importante el aporte de sucesivas oleadas de inmigrantes italianos y españoles, que contribuyeron a resolver el problema de la escasez de mano de obra y la necesidad de ocupar nuevos territorios, ganados a las poblaciones indígenas. En estos casos, la inserción en la economía global apareció asociada con la expansión del mercado interno.

Las actividades primarias promovieron un incipiente proceso de industrialización vinculado principalmente con complejos agroindustriales (como saladeros, curtidurías o frigoríficas) pero también con otras actividades complementarias que estaban relacionadas con el crecimiento poblacional y de las ciudades. En cambio, el boom exportador en la agricultura tropical y la minería significó la instalación de islotes económicos más decididamente vinculados a los centros capitalistas que al conjunto de la economía del país productor. Además de las explotaciones vinculadas al mercado mundial, en los países de tradición indígena persistieron amplias zonas con una agricultura poco renovada donde coexistían la hacienda tradicional y la comunidad campesina. Los grandes latifundios escasamente productivos continuaron confiriendo a sus propietarios un importante poder político y social a nivel regional. Los yanaconas en el alto Perú, los huasipungos en Ecuador y los inquilinos en Chile, eran campesinos que entregaban su trabajo personal a los dueños de las haciendas a cambio de una pequeña parcela de la que dependía su subsistencia. Estos contrastes apuntados ofrecen un paisaje en el que el crecimiento económico y el proceso de modernización tuvieron como características principales la concentración de la propiedad, el incremento de la incidencia del capital extranjero, la persistencia de antiguas formas de explotación del trabajo, pero también una serie de cambios en las sociedades, vinculados con el crecimiento de las ciudades y el aporte de la inmigración. Si bien la población siguió siendo predominantemente campesina, la proporción se redujo con respecto a la primera mitad del siglo; las nuevas actividades económicas dieron lugar, en algunos casos, a la consolidación de sectores medios, y el incipiente proceso de industrialización, fundamentalmente en algunos países como Argentina, Chile, Uruguay y México, acompañó la formación de un proletariado urbano y la aparición de las primeras organizaciones de trabajadores. Estos sectores protagonizarían conflictos dentro del orden político sobre el que se había construido el proceso de modernización.

¿Qué características tenía ese orden político? Aquí también los contrastes y las diferencias de los casos nacionales resultan importantes. Sin embargo, puede decirse, en líneas generales, que el llamado orden oligárquico conformó el marco político que propició el conjunto de transformaciones que resultaban necesarias para consolidar el nuevo orden económico. Las oligarquías regionales se abocaron a la tarea de terminar de resolver sus diferencias, muchas veces a través de prolongados enfrentamientos, con el objetivo de construir estructuras estatales, necesarias para ofrecer un marco a la actividad agro-minero exportadora. Las políticas estatales resultaban fundamentales para generar condiciones propicias para la inversión de capitales extranjeros y para promover la formación de la fuerza de trabajo que demandaba la expansión de la producción vinculada al mercado mundial. Así, en la mayoría de los países, durante este período, se avanzó en la construcción de las instituciones del Estado nacional a través de la organización de un sistema administrativo más eficiente y especializado, junto con la aprobación de un marco jurídico adecuado para el desenvolvimiento de las nuevas actividades, y la consolidación de ejércitos nacionales profesionalizados y subordinados al gobierno nacional. Estos se ocuparon de neutralizar las resistencias de los poderes regionales, reprimir las primeras protestas de trabajadores y reducir o exterminar a las poblaciones indígenas que ocupaban territorios apetecidos para expandir la frontera de la producción primaria exportable.

Según el tipo de producto primario que cada región podía ofrecer, se hacía necesaria la ocupación de regiones que, en algunos casos, habían permanecido al margen, incluso durante los siglos de dominación colonial. En el caso de México, Chile y Argentina, por ejemplo, la consolidación del poder estatal estuvo ligada al sometimiento de las poblaciones originarias a través de campañas militares que llegaron a producir el exterminio de poblaciones enteras. Este fue el caso de la llamada “Conquista del Desierto” encabezada por el presidente argentino Julio A. Roca. A través de una excursión militar hacia lo que, con eufemismo, se denominaba “desierto”, el Estado incorporó a la economía nacional, orientada a la exportación de productos demandados por los centros industrializados, como lana, carne o cereales, miles de kilómetros de la Patagonia. Ya se tratara de gobiernos surgidos de consensos alcanzados entre oligarquías, que sostenían sistemas republicanos basados en elecciones con participación restringida y resultados fraudulentos, o de dictaduras que prescindían de esos mecanismos, el orden oligárquico sobre el que se construyó el proceso de modernización tuvo un sesgo marcadamente autoritario. En muchos casos, fue el resultado de la emergencia de caudillos regionales capaces de traducir sus liderazgos en términos “nacionales”. Las principales disputas respondieron a las diferentes perspectivas de conservadores y liberales en torno de la mayor o menor influencia de la Iglesia católica en el orden social; también hubo conflictos en torno al carácter, centralista o federal, de la organización política que consagrarían los textos constitucionales.

En general, las oligarquías que se encargaron de este proceso de consolidación de los Estados Nacionales lo hicieron guiados por el espíritu “civilizatorio” que acompañaba las excursiones hacia territorios que antes estaban fuera del alcance estatal. Las consignas de “orden y progreso” o “paz y administración” resultaron lemas característicos que sintetizaban la ideología positivista que sustentaba la acción “modernizadora” en lo económico, pero profundamente conservadora en lo político.


 



[1] Es una especie del género Agave que ha sido cultivado en la región maya para obtener fibras desde tiempos prehispánicos. Sus hojas están rematadas en largas espinas y sus fibras son más finas. Su cultivo ha sido de gran importancia en la península de Yucatán, teniendo más de 40 usos diferentes.

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