De La Coexistencia A La Distensión (1953-1975)
La coexistencia
significó cierta disposición hacia el diálogo por parte de los Estados Unidos y
de la Unión Soviética, aunque en los primeros años el avance fue lento y hubo
momentos de alta tensión. Esta etapa aparece asociada a las figuras del
presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy y del primer ministro
soviético Nikita Kruschev. A partir de 1953, en parte debido al giro de la
dirigencia soviética después de la muerte de Stalin, se avanzó hacia una
situación internacional más distendida. El término deshielo, título de
una novela del ruso Iliá Ehrenburg ha sido utilizado para caracterizar la
situación posterior a la desaparición del dirigente soviético.
Los principales
signos del giro hacia la coexistencia fueron: la firma del armisticio entre las
dos Coreas, los acuerdos de Ginebra en el caso de la guerra de Indochina en 1954,
la reconciliación entre la Unión Soviética y Yugoslavia que culminó con la
visita de Kruschev a Tito en 1955, y la firma del Tratado de Paz con Austria en
1955 que condujo a la evacuación de las tropas de ocupación. Sin embargo, la
rivalidad subsistió en torno a la carrera espacial, la fabricación de armas
cada vez más sofisticadas y la preservación del equilibrio de fuerzas
militares, cuando en 1954 la República Federal de Alemania ingresó en la OTAN,
la Unión Soviética respondió con la constitución del Pacto de Varsovia.
Profundamente preocupados por los peligros que amenazaban a la humanidad en
virtud de esta carrera armamentista nuclear, un grupo de científicos difundió a
través de la prensa en julio de 1955 un documento que sería conocido como el Manifiesto
Russell-Eisenstein.
En sus respectivas
áreas de influencia, ambas potencias no dudaron en usar la fuerza contra
gobiernos o movimientos que cuestionaban sus objetivos. En el caso de Moscú,
las intervenciones del ejército soviético afectaron a los países satélites de
Europa: en 1953 para acallar las huelgas obreras en Berlín y en 1956 para
reprimir el movimiento de protesta en Hungría. Por su parte Washington promovió
golpes de estado para derrocar a gobernantes de países del Tercer Mundo
acusados de comunistas por haber aprobado medidas de carácter nacionalista, por
ejemplo, al primer ministro iraní Mohamed Mossadegh en 1953 y al presidente de
Guatemala Jacobo Árbenz en 1954.
El avance del
deshielo estuvo cargado de ambigüedades y momentos de tensión. Desde mediados
de los años 50 hasta comienzos de los 60 hubo tres crisis claves: una en Europa
(la construcción del muro de Berlín en 1961) y dos en el Tercer Mundo (la
guerra de Suez en 1956 y la instalación de misiles soviéticos en Cuba en 1962).
En la madrugada del
12 al 13 de junio de 1961, los pasajeros de un tren con dirección a Berlín
fueron desalojados en la estación de Wannsee por tropas de la RDA. El tren fue
devuelto a su lugar de origen, y a los pasajeros se les devolvió el importe del
billete. En otras estaciones alrededor del sector occidental de Berlín ocurría
lo mismo. Una hora antes, la radio oficial del Partido Comunista Germano Oriental
había emitido un comunicado oficial con la propuesta de los gobiernos de los
países del Pacto de Varsovia al gobierno de la RDA: hay que establecer un orden
tal que obstruya el camino a las intrigas en contra de los países socialistas y
que garantice una vigilancia segura en toda la zona de Berlín oriental. Tropas
de la RDA levantaron los adoquines de las calles e instalaron alambradas de un
extremo al otro de la calzada, unos metros por detrás de los carteles que
anunciaban la entrada a los sectores aliados. Había comenzado la construcción
del Muro de Berlín, calificado por los soviéticos como valla de “protección
antifascista”.
El muro no sólo se
instaló sobre el asfalto de la ciudad. Varias líneas de metro que cruzaban de
una a otra parte de la ciudad fueron clausuradas. La división de Berlín había
convertido al sector occidental en zona de avanzada del mundo capitalista en
medio de la República Democrática Alemana y el milagro económico de la
República Federal provocó desplazamientos de los alemanes orientales. Para
impedir la emigración, en agosto de 1961 se inició la construcción de esta
barrera de cemento de 5 metros de alto que se extendió a lo largo de 120
kilómetros, coronada con alambre de púas y vigilada desde torretas. El muro
obstaculizó, pero no impidió, los intentos de los alemanes del este de llegar a
Berlín occidental. Muchos murieron antes de cruzarlo.
La guerra de Suez,
una acción militar coordinada entre Gran Bretaña, Francia e Israel contra el
gobierno de Gamal Abdel Nasser por haber nacionalizado el canal fue
decididamente desautorizada por Estados Unidos y la Unión Soviética y confirmó
el declive de las potencias europeas al mismo tiempo que favoreció la
influencia soviética en algunos países de Medio Oriente. La instalación de
misiles soviéticos en Cuba marcó el punto más alto de fricción entre las dos
superpotencias.
Con el triunfo de
las fuerzas guerrilleras encabezadas por Fidel Castro en 1959, Cuba giró
rápidamente hacia la órbita soviética. En un primer momento, el líder cubano
fue más un nacionalista radical que un marxista. Sin embargo, la oposición
estadounidense al programa de reformas encarado por su gobierno, lo impulsó a
buscar la ayuda soviética. Estados Unidos rompió relaciones con Cuba, le
declaró el bloqueo económico y apoyó la operación de desembarco en Bahía de
Cochinos organizada por emigrados anticastristas en abril de 1961. Cuando en
octubre de 1962, aviones espías norteamericanos U2 detectaron la construcción
de rampas de misiles y la presencia de tropas soviéticas, Kennedy ordenó el
bloqueo de la isla desplegando unidades navales y aviones de combate en torno a
sus costas.
A lo largo de las
negociaciones secretas, Kruschev dispuso la retirada de los misiles y los
Estados Unidos se comprometieron a no invadir la isla y a retirar los
envejecidos misiles que tenían apostados en Turquía. La tensión vivida condujo al
reconocimiento de la importancia del diálogo directo, “el teléfono rojo”,
entre la Casa Blanca y el Kremlin. El término distensión fue acuñado para
distinguir al período en el que Moscú y Washington se mostraron dispuestos a
colaborar en cuestiones de defensa y seguridad internacional. El diálogo que
alcanzó sus mejores resultados entre 1968 y 1973 se centró básicamente en el
tema del control de los armamentos nucleares. Con la firma del Tratado de Moscú
en agosto de 1963, las dos superpotencias se comprometieron a prohibir las
pruebas nucleares atmosféricas. Ni China ni Francia lo suscribieron porque
estaban interesadas en contar con su propio programa de armamento y energía
nuclear. En 1968, las dos superpotencias y otros 95 países (China, Francia e
India no lo suscribieron) firmaron el Tratado de No Proliferación de Armas
Nucleares que prohibía la fabricación y la compra de armas atómicas por países
que carecieran de ellas y proponía un control internacional sobre la carrera
armamentista y el uso de energía nuclear. En 1969 se iniciaron las
negociaciones para la limitación de las armas estratégicas, una serie de
tratados englobados bajo la sigla SALT[1]
(Strategic Arms Limitation Talks), que condujeron a la firma en Moscú del
Acuerdo SALT I. Este documento prohibió la instalación de sistemas de defensa
antimisiles por considerar que la mejor garantía para mantener la paz era que
ninguna de las superpotencias se sintiera segura. La Destrucción Mutua Asegurada,
MAD (Mutual Assured Destruction), remite a la palabra loco en inglés,
era la mejor forma de impedir el conflicto armado.
El Acta Final de
Helsinki, en 1975, fue el punto culminante de la distensión. Los países
firmantes reconocieron las fronteras surgidas de la Segunda Guerra Mundial, y
además se reforzó la cooperación económica entre ambos bloques y todos los
gobiernos se comprometieron a respetar los derechos humanos y las libertades de
expresión y circulación de sus habitantes. En el marco de la distensión, el
bloque comunista profundizó sus vinculaciones con el mercado mundial. La URSS
necesitaba importar tecnología occidental y comprar cereales norteamericanos
para garantizar la alimentación de su población. Cuando el aumento de los
precios del petróleo, a partir de 1973, dio curso a grandes masas de capital
buscando dónde invertir, los países de Europa del este, especialmente Polonia y
Hungría, tomaron créditos baratos que incrementaron peligrosamente el nivel de
su deuda externa. Mientras las superpotencias se embarcaban, con oscilaciones,
en la vía del diálogo, las tensiones en el seno de cada bloque se hicieron cada
vez más evidentes.
La posición
dominante de la Unión Soviética fue cuestionada en los países satélites
europeos, y China criticó abiertamente las directivas de Moscú. Tras la muerte
de Stalin hubo protestas obreras en Berlín y Praga, que fueron rápidamente
controladas. Las insurrecciones de 1956, en Polonia y Hungría, fueron más
extendidas y condujeron a la intervención de Moscú, más velada en el primer
caso y con envío de tropas en el segundo. La invasión de tanques soviéticos en
Budapest en noviembre de 1956 resquebrajó la unidad del campo comunista al
quebrantar la fe de sus militantes. Doce años después, Checoeslovaquia también
sufriría la invasión dispuesta por los miembros del Pacto de Varsovia.
En el marco de la
desestalinización y el avance de la distensión entre las superpotencias, China
fue tomando distancia de la URSS hasta llegar a identificarla como el enemigo
principal. Las críticas de Pekín a Moscú se plantearon básicamente en términos
ideológicos: la coexistencia pacífica era una mera expresión del chovinismo
ruso que de ese modo abandonaba la revolución mundial emergente en las luchas
del Tercer Mundo. No obstante, en el distanciamiento de Mao pesó tanto la
rivalidad entre los dos Estados nacionales comunistas (China no estaba
dispuesta a ser un país de segundo orden sin energía nuclear) como el hecho de
que el revisionismo de Kruschev favorecía la postura más moderada y
economicista de los dirigentes comunistas chinos que cuestionaban el
voluntarismo y el extremismo político de Mao. En 1960, el gobierno soviético
suspendió la ayuda económica y retiró sus expertos de Pekín. Albania abandonó
el bloque soviético para aliarse con China en 1962.
También Washington
descubrió que parte de sus aliados europeos estaban dispuestos a seguir sus
propios caminos. El presidente De Gaulle antepuso los intereses de Francia a
las consideraciones ideológicas de la Guerra Fría y a los dictados de
Washington. Rechazó que su país careciera de fuerza nuclear propia y retiró las
tropas francesas de la OTAN. Ante la creciente debilidad del dólar, el gobierno
francés convirtió en oro sus reservas en esa moneda, agravando su
desvalorización. De Gaulle, además, buscó el diálogo directo con los gobiernos
comunistas (reconoció a la China de Mao en 1964 y visitó la URSS en junio de
1966) y apoyó la unidad europea para avanzar hacia una Europa independiente de
los Estados Unidos, pero advirtiendo que la potestad de los Estados nacionales no
debía padecer los recortes de los organismos supranacionales. También Alemania,
a partir del gobierno socialdemócrata de Willy Brandt, hizo política hacia la
apertura al Este (Ostpolitik). En 1970 los dirigentes de las dos Alemania se
encontraron por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, hecho que propició
importantes lazos económicos y posibilitó el reconocimiento de la República
Democrática Alemana por numerosos países occidentales. El acercamiento de Bonn
a Polonia condujo al reconocimiento de la línea Oder-Neisse, que hasta entonces
los alemanes occidentales no habían aceptado, como frontera entre ambos países.
En el marco de la
distensión entre las dos superpotencias, el Tercer Mundo, un nuevo actor del
escenario mundial que emergió a partir de la descolonización, sufrió de forma
más intensa el impacto de la rivalidad entre Washington y Moscú de manera
exponencial. Muchos conflictos internos e internacionales preexistentes en los
nuevos países quedaron atados al enfrentamiento entre los dos bloques cuando
las superpotencias consideraron que intervenir era conveniente para potenciar
sus respectivos intereses estratégicos y/o cuando actores endógenos apelaron a
la ayuda de alguno de los bloques en competencia. De ese modo, numerosos
conflictos internos pasaron a ser sangrientos escenarios de la Guerra Fría.
En el marco de la
desestalinización, Kruschev dio un giro respecto a la política de Stalin en el
Tercer Mundo. En el marco de la creación de los nuevos Estados nacionales, el
estalinismo privilegió apoyar a los débiles grupos comunistas, al mismo tiempo
que denostó a los líderes nacionalistas como traidores y agentes del
imperialismo. Kruschev en cambio, buscó acercarse a los gobiernos nacionalistas
que se mostraban dispuestos a recibir la ayuda de la URSS para lograr el
crecimiento económico y evitar una desmedida dependencia de las potencias
occidentales. Esta orientación obtuvo sus mayores logros entre 1956 y finales
de la década de los 70.
Por otra parte,
Estados Unidos no dudó en promover golpes de estado a través de la CIA para
derrocar a los gobiernos que pretendían llevar a cabo políticas nacionalistas,
bajo el lema de que eran una avanzada del comunismo y vulneraban la democracia
occidental. En el caso de América Latina, a partir de los años 70, en gran
medida debido al impacto de la revolución cubana, al peligro comunista como
causa de los obstáculos para afianzar la democracia se añadió la pobreza. En
consecuencia, la administración Kennedy combinó los programas ampliados de
contrainsurgencia con la Alianza para el Progreso para favorecer la
modernización. Sin embargo, los fondos girados fueron muy inferiores a los
prometidos, la Alianza estuvo muy lejos de reproducir el plan Marshall y, a
pesar de esta ampliación del horizonte, siguió primando la concepción maniquea
que consideraba las peticiones sociales como parte de la conspiración
comunista.
Mientras tanto, los
más impactantes cuestionamientos a la hegemonía de Estados Unidos se produjeron
en el Tercer Mundo: el giro al socialismo de la revolución cubana y la guerra
de Vietnam. La resistencia vietnamita a la ocupación japonesa en el norte del
país hizo posible que, en 1945, Ho Chi Minh proclamase la independencia y la
creación de la República Democrática del Vietnam. No obstante, las fuerzas
francesas ocuparon el sur y pretendieron recuperar Indochina. Los intentos de
acuerdos fracasaron y en 1946. Francia invadió Vietnam lo que desató una nueva
guerra muy sangrienta que duraría cerca de 9 años.
En los Acuerdos de
Ginebra firmados en 1954 con el aval de las principales potencias, Ho Chi Minh
fue reconocido como presidente de la República Democrática de Vietnam. No
obstante, el país quedó dividido por el paralelo 17º: al norte con un régimen
comunista y al sur bajo el mandato del emperador Bao Dai. En dos años se
convocarían elecciones para decidir la posible reunificación. Los comicios no
llegaron a concretarse porque el gobierno del presidente Ngo Dinh Diem (en 1955
desplazó al emperador e instauró una república), con el apoyo de los Estados
Unidos, denunció los Acuerdos de Ginebra en virtud de que habían sido aceptados
por un mando militar extranjero (francés) “con menosprecio de los intereses
nacionales vietnamitas” y pretendió convertir la división del Vietnam en un
hecho definitivo. El número de vietnamitas que se desplazaron en uno u otro
sentido ha sido diversamente valorado por los dos bandos, según sus intereses.
El Norte, políticamente consolidado, quedó económicamente desequilibrado por el
bloqueo impuesto por el gobierno del sur, región en la que se realizaba la gran
producción agrícola, particularmente la del arroz. El gobierno del sur, con
mejores perspectivas económicas, quedó marcado por severas crisis políticas
internas y no pudo dominar las provincias del suroeste de la ex Cochinchina ni
las del sur del ex Annam, en las cuales siempre había sido fuerte el movimiento
de liberación nacional.
La sangrienta
dictadura que instauró Diem incluyó la represión anticomunista junto con la de
todos los sectores políticos y religiosos que no le fueran sumisos. El gobierno
de la familia Ngo fue una combinación de sectarismo, furor anticomunista,
nepotismo y corrupción. En diciembre de 1960, la oposición se consolidó con la
creación del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur. Al año
siguiente, el presidente Kennedy decidió enviar consejeros militares y
profundizar la ayuda económica. ¿Por qué los EE.UU se involucró de manera tan
impetuosa en esta trágica experiencia y con tan pobre evaluación de sus
trágicos alcances? Desde el discurso de sus dirigentes se subrayaron dos
objetivos: impedir el avance del comunismo y preservar la democracia. En nombre
de la defensa de la democracia, Estados Unidos encabezó la más bárbara de las
guerras contra un pequeño país recién independizado.
La brutal represión
de los budistas en 1963 dio paso a grandes movilizaciones en pos de la caída de
Diem, fanáticamente católico. Las inmolaciones de varios monjes budistas
tuvieron una gran repercusión internacional y Washington decidió retirar su
apoyo al presidente vietnamita. Según Kennedy no era posible ganar la guerra «a
menos que el pueblo de su apoyo al esfuerzo y, en mi opinión, en los últimos
dos meses, el gobierno ha perdido contacto con el pueblo». A través de la
intervención de la CIA y las gestiones del embajador norteamericano en Saigón,
se alentó el golpe de los militares vietnamitas que derrocaron a Diem,
asesinado después de su captura en una iglesia católica, a principios de
noviembre de 1963.
El 22 del mismo mes
fue asesinado Kennedy en Texas, e inmediatamente su sucesor Lyndon B. Johnson
anunció que su gobierno seguiría ayudando en Vietnam a derrotar al comunismo y
confirmó en su cargo al Secretario de Defensa Robert McNamara, asesor clave a
lo largo de su gestión. La situación política en Vietnam del sur fue cada vez
más caótica: dos golpes de Estado y cuatro cambios de gobierno en 1964. No
obstante, el presidente Johnson, el secretario McNamara y el propio Congreso
estadounidense mantuvieron su compromiso con la ayuda económica y el envío de
asesores militares. Ese año, después del controvertido ataque a dos
destructores norteamericanos en el golfo de Tonkín por parte de lanchas
torpederas norvietnamitas, fue aprobada la Resolución del Golfo de Tonkin que
autorizó al presidente Johnson, sin una declaración formal de guerra por el
Congreso, a trasladar fuerzas militares al sudeste de Asia.
En 1965 se puso en
marcha la abierta agresión a Vietnam del Norte. El bombardeo constante de todo
el país, sin discriminación de la naturaleza de los blancos (ciudades, aldeas,
fábricas, escuelas, hospitales, iglesias, caminos, plantaciones) se llevó a
cabo con una densidad trágica y desproporcionada. A principios de 1966 el
Departamento de Estado Norteamericano informó que «se utilizaron
procedimientos de defoliación y destrucción de cultivos en una zona de 8.000
Ha. sembradas, en Vietnam del Sur, a fin de privar de recursos alimenticios al
Vietcong. Esa cifra no incluye las zonas defoliadas con herbicidas a fin de privar
de protección a las fuerzas insurgentes». Simultáneamente, el Congreso
concedió poderes especiales al presidente hasta el 30 de junio de 1968, para
enrolar a dos millones de reservistas sin necesitar proclamar el estado de
emergencia nacional. Según el arzobispo de Nueva York, monseñor Francis
Spellman: «Toda solución que no sea la victoria es inconcebible […]. Esta
guerra la hacemos, según pienso, para defender la civilización. Norteamérica es
el buen samaritano de todas las naciones».
Sin embargo, desde
1966, la opinión pública mundial y los sectores cada vez más amplios de la
sociedad norteamericana manifestaron de manera importante la indignación frente
a lo que estaba ocurriendo en el sudeste asiático. El secretario de las
Naciones Unidas, U. Thant, declaró el 21 de junio de 1966 que el conflicto de
Vietnam “es una de las guerras más bárbaras de la historia”. En abril de 1967, Martin
Luther King daba un sermón a favor del cese de los bombardeos. Pocos días
después, el campeón mundial de boxeo de pesos pesados, Cassius Clay, rehusó
incorporarse al ejército (por lo cual perdió su título de campeón y fue
encarcelado) y declaró que: «En ninguna circunstancia llevaré el uniforme
del ejército ni viajaré 16.000 km para ir a asesinar, matar, y quemar pobres
gentes, únicamente para contribuir a mantener el dominio de la esclavitud de
los amos blancos sobre los pueblos de color». En mayo de 1967, el Tribunal
Russell, convocado por Bertrand Russell acompañado de destacados intelectuales
de todo el mundo, condenó a los Estados Unidos por los mismos crímenes de
guerra por los cuales éstos declararon culpables a los nazis en el juicio de
Nüremberg.
Si bien la
supremacía en armas de Washington era innegable, su ejército no podía impedir
la infiltración comunista del norte ni tampoco neutralizar la resistencia del
Frente Nacional de Liberación. El momento más difícil para los estadounidenses
fue la llamada ofensiva del Tet, nombre que recibe el año nuevo lunar
vietnamita. La operación militar, llevada a cabo por el Vietcong y el Ejército
de Vietnam del Norte, se inició el 21 de enero de 1968 con el asedio de la base
aérea de Khe Sanh ocupada por los marines. Durante los combates más de un
millar de soldados estadounidenses perdieron la vida. La situación podría
resumirse en una máxima de la estrategia militar: «un ejército regular
pierde cuando no gana; una guerrilla gana mientras no pierde». Johnson se
avino entonces a explorar la vía de la negociación. El 10 de mayo de 1968 se
inician en París las conversaciones de paz entre delegaciones norteamericanas y
norvietnamitas, estas últimas reclamaron la participación de representantes del
Frente Nacional de Liberación de Vietnam en el Sur las que se sumaron a
principios del año siguiente. La representación del FNL presentó el Plan de Paz
de Diez Puntos que incluía la exigencia de la retirada incondicional de las
tropas norteamericanas.
El gobierno
republicano encabezado por Richard Nixon, sucesor de Johnson, ordenó el regreso
de la mayor parte de los soldados estadounidenses, la llamada vietnamización
del conflicto, pero al mismo tiempo intensificó los ataques aéreos contra
Vietnam del Norte y encaró la destrucción del denominado Sendero Ho Chi Minh (la
ruta de suministros de los comunistas) con lo cual extendió la guerra hacia
Laos y Camboya. Los bombardeos masivos, el uso de agentes químicos y las
acciones de extrema crueldad ampliamente difundidas por los medios de
comunicación socavaron la imagen de Estados Unidos como país consubstanciado
con los valores democráticos, uno de los pilares en que se asentaba su
hegemonía. Al cabo de una compleja fase de negociaciones, durante la cual no
cesaron los enfrentamientos militares, en enero de 1973 las delegaciones de
Estados Unidos, Vietnam del Sur, Vietnam del Norte y del Gobierno
Revolucionario Provisional (instalado en una porción de Vietnam del Sur por el
FLN) aprobaron el cese del fuego y la retirada estadounidense de Vietnam del
Sur. En marzo siguiente, los acuerdos se complementaron con otro que preveía la
unificación de los dos territorios. Tras la retirada de las tropas
estadounidenses, la guerra continuó por dos años más, hasta abril de 1975
cuando se consumó la victoria total del FLN con la toma de Saigón y la unión
entre el Norte y el Sur, proclamándose la República Socialista de Vietnam en
abril de 1976.
Después de abandonar
Vietnam, el Congreso de Estados Unidos aprobó la War Powers Act[2], que
limitó los poderes presidenciales a la hora de poner en marcha una intervención
militar o una guerra. Es decir, un presidente no podía enviar tropas fuera del
país durante más de 60 días sin consultar al Congreso y contar con su
autorización. Con la retirada de las tropas norteamericanas también se
instalaron regímenes comunistas en Laos y Camboya. No obstante, las rivalidades
entre los países comunistas abrieron nuevas posibilidades a la superpotencia
capitalista en Asia. En el marco de la ruptura sino-soviética, la política de
Washington hacia China dio un giro rotundo. Hasta ese momento los Estados
Unidos habían ubicado al régimen de Mao como un aliado incondicional de la
URSS, encargado de promover el avance del comunismo en Asia. A finales de los
años 70, el presidente republicano Nixon y su asistente especial para asuntos
exteriores Henry Kissinger vieron la posibilidad de desplegar una diplomacia
triangular (Washington-Moscú-Pekín). Según sus promotores, la instrumentación
de negociaciones por separado con soviéticos y chinos daría mayor margen de
acción a Estados Unidos y reforzaría su posición en las negociaciones de paz
con Vietnam. El gobierno chino que ya había roto con la URSS, a finales de los
años 60 propició decididamente el acercamiento a Estados Unidos que le
posibilitaría salir de su aislamiento. Kissinger visitó China en 1971; meses
después Pekín ingresó en el Consejo de Seguridad de la ONU. El acercamiento
culminó con el viaje de Nixon a Pekín en febrero de 1972 y el reconocimiento de
la República Popular China en 1979.
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