Los Frentes De Lucha
El 1 de septiembre
de 1939 tropas alemanas invadieron Polonia, y dos días después Gran Bretaña y
Francia declararon la guerra a Alemania. Mussolini declaró el estado de no
beligerancia, y Estados Unidos proclamó su neutralidad. Antes del ataque,
Hitler había manifestado abiertamente que era imposible aceptar la existencia
del corredor internacional del Danzig creado en Versalles para dotar a Polonia
de un acceso al mar Báltico. Esta medida dejó el territorio de Prusia oriental
aislado del resto de Alemania por vía terrestre. El gobierno polaco huyó al
exilio y, al cabo de una rápida y brutal conquista, Polonia fue “eliminada del
mapa”. Las unidades móviles de exterminio de las SS, los Einsatzgruppen,
siguieron a la Wehrmacht (el ejército alemán) en el ataque contra Polonia
primero y contra la URSS después. Su tarea principal consistió en aniquilar a
los judíos y a los comisarios políticos, al mismo tiempo que sembraban el
terror con el asesinato en masa de civiles. Durante muchos años la Wehrmacht
fue considerada un ejército que se limitaba a cumplir su deber militar; sin
embargo, se ha demostrado que fue cómplice activa de los crímenes aprobados por
la cúpula nazi.
Mientras los nazis
ocupaban Polonia occidental, el 17 de septiembre los soviéticos avanzaban sobre
los territorios polacos lindantes con la URSS. Miles de militares polacos
fueron internados en campos de prisioneros, y en la primavera de 1940 Stalin
firmó la orden de ejecutarlos. En abril de 1943, el ejército alemán, que se
desplazaba hacia el este, descubrió las fosas de Katyn y denunció la masacre
para afectar la unidad de sus enemigos. Stalin adjudicó el hecho a una maniobra
de los nazis, versión que fue aceptada por los aliados. El descubrimiento de la
masacre profundizó el malestar en las relaciones diplomáticas entre la Unión
Soviética y el gobierno polaco en el exilio en Londres. En 1990, el gobierno de
Mijaíl Gorbachov reconoció la responsabilidad de la dirigencia soviética en
dichos crímenes.
Moscú, acogiéndose a
lo pactado con el gobierno nazi, también instaló efectivos militares en el
Báltico y Finlandia. Ante la negativa de Helsinki, el Ejército Rojo invadió el
país a finales de 1939, y la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de
Naciones. Después del rápido triunfo de los alemanes en Francia, Stalin
incorporó las tres repúblicas bálticas a la Unión Soviética y se apropió de
Besarabia y Bukovina, en Rumania. El Moscú soviético había recuperado los
territorios anexionados a Rusia por los zares y perdidos por los bolcheviques
en el fragor de la Revolución y la guerra civil.
Después de la
aniquilación del Estado polaco, el Tercer Reich avanzó rápidamente sobre Europa
occidental. A mediados de 1940, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia
estaban bajo su control. La fulminante derrota de Francia sorprendió al mundo.
La línea Maginot, ese muro de hormigón de tres metros de espesor y blindaje que
abarcaba la frontera desde Suiza hasta Luxemburgo, no logró detener el avance
alemán. El ejército germano no atacó de frente, como supuso el alto mando
francés; primero invadió Bélgica y eso le permitió colocarse en una posición
ventajosa. Además, la línea Maginot era inútil para detener los aviones
alemanes, que desde primeros de junio de 1940 comenzaron a bombardear París. A
mediados de ese mes, los nazis marchaban por los Campos Elíseos. El 22 de
junio, el nuevo gobierno francés firmó el armisticio en Compiègne, ceremonia a
la que Hitler asistió personalmente y que tuvo lugar en el vagón donde Alemania
había reconocido su derrota en la Primera Guerra Mundial. En ese momento
Mussolini anunció al pueblo italiano que había llegado la hora de participar en
el campo de batalla con la seguridad de vencer «para dar finalmente un largo
período de paz con justicia a Italia, a Europa, al mundo».
Solo Gran Bretaña
siguió resistiendo los ataques alemanes. Ante la superioridad naval británica,
Alemania inició el bombardeo sistemático de las industrias y las ciudades del
sur y el centro de Inglaterra. Sin embargo, los aviones germanos operaban al
límite de su alcance y las modernas estaciones de radar británicas impedían que
el enemigo atacara por sorpresa. El nuevo gobierno británico, presidido desde
mayo de 1940 por el conservador Winston Churchill, respondió con ataques aéreos
a Berlín y con la llamada a la unidad nacional en pos de la “victoria a
cualquier precio, victoria a despecho del terror, victoria por muy largo y
penoso que sea el camino; pues sin victoria no habrá supervivencia”.
Después de la derrota francesa, el gobierno de Roosevelt inició un paulatino
acercamiento a Gran Bretaña, pero sin abandonar su posición neutral dada la
gravedad de la posición aislacionista en la opinión pública de Estados Unidos.
En septiembre de
1940 las tres potencias totalitarias firmaban el denominado Pacto Tripartito,
en el que Japón reconocía el liderazgo de Alemania e Italia en Europa y las dos
potencias fascistas aceptaban la hegemonía nipona en Asia y se prometían todo
tipo de ayuda en caso de ser atacados por cualquier potencia no involucrada en
la guerra europea o en el conflicto chino-japonés. Al mes siguiente, Hitler se
entrevistó con Franco[1] para
incorporar a España como nuevo aliado en la empresa militar. El Caudillo eludió
comprometer a España, que acaba de atravesar una gravísima guerra civil, en un
conflicto cuyo alcance no se podía prever, y sin lograr que Hitler accediera a
sus peticiones en torno al Marruecos francés. No obstante, Franco abandonó en
junio de 1940 su posición de neutralidad en la guerra por una de “no
beligerancia”, con la que el régimen franquista reconocía sus simpatías por el
Eje. Además, cuando Hitler invadió la URSS, una unidad de voluntarios
españoles, la División Azul, se incorporó al ejército alemán. A partir del
declive militar de Alemania, Franco multiplicó los gestos de concordia hacia
los aliados y, en octubre de 1943, abandonó la no beligerancia y volvió a una
estricta neutralidad. Sin haber logrado quebrar la resistencia británica,
Hitler decidió llevar la guerra al territorio soviético, pero antes tuvo que
ayudar a su poco eficiente aliado, Mussolini, en el Mediterráneo y el norte de
África. Cuando el Duce fracasó en la conquista de Grecia, iniciada desde
Albania, el ejército alemán avanzó sobre Belgrado para socorrer a los fascistas,
pero los militares yugoslavos pro-occidentales intentaron impedir su paso. En
junio de 1941 las tropas alemanas e italianas ocuparon Yugoslavia y Grecia,
cuyos monarcas se exiliaron en Londres.
Para revertir el
fracaso de los fascistas en Egipto, Hitler envió el Afrika Korps comandado por
el general Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, quien logró importantes
victorias sobre los británicos. Sin embargo, las fuerzas alemanas derrotadas en
El Alamein debieron abandonar el norte de África en marzo de 1943. En el verano
de 1941 Hitler inició la Operación Barbarroja, contra la URSS. Tres millones de
hombres avanzaron hacia Leningrado en el norte, Moscú en el centro y Ucrania en
el sur. Stalin había desestimado los informes que anunciaban los planes alemanes
y no se había preparado para rechazar la invasión. Los primeros días fueron de
desconcierto total, hasta que el 3 de julio el jefe comunista lanzó su llamada
a las armas que incluía “la ayuda a todos los pueblos europeos que sufren bajo
el yugo del fascismo alemán”. El ejército alemán y las SS accedieron a la cuna
del comunismo matando sin piedad, y en julio de 1942 Stalin ordenó no dar “¡ni
un paso atrás!”. Según el máximo dirigente soviético era preciso introducir el
más estricto orden y una fuerte disciplina en el ejército para salvar la
situación: «Ya no podemos tolerar a los comandantes, comisarios y
funcionarios políticos cuyas unidades abandonan sus defensas a voluntad. Ya no
podemos tolerar el hecho de que los comandantes, comisarios y funcionarios
políticos permitan a algunos cobardes correr ante el peligro en el campo de
batalla, que los traficantes del pánico arrastren a otros soldados en su huida,
abriéndole el camino al enemigo. Los traficantes del pánico y los cobardes
deben ser exterminados en el sitio. De ahora en adelante la ley de hierro de la
disciplina de cada oficial, soldado, oficial de asuntos políticos debería ser:
ni un paso atrás sin orden del mando superior».
En la retirada hacia
el este, los soviéticos adoptaron la táctica de “tierra quemada”: no dejar nada
que pudiera ser utilizado por el invasor. Dado que Hitler esperaba aniquilar al
régimen soviético en pocos meses, sus tropas no estaban preparadas para
enfrentar el duro invierno. Pero los soviéticos resistieron hasta el límite de
sus fuerzas y los nazis, aunque conquistaron Ucrania, no pudieron llegar a
Leningrado ni tampoco a Moscú. Por primera vez, la guerra relámpago había
fracasado y el duro invierno de 1941-1942 cayó sobre ejército alemán. No obstante,
siguió avanzando hacia el Volga y el Cáucaso para tomar los yacimientos de
petróleo que tan desesperadamente necesitaba el Tercer Reich. Las tropas
alemanas llegaron a Stalingrado en agosto de 1942, y en una brutal lucha, casa
por casa, avanzaron hasta el corazón de la ciudad, pero en un rápido giro los
soldados soviéticos rodearon la ciudad. A principios de 1943 el ejército alemán
se rindió. La batalla de Stalingrado supuso un cambio decisivo: en adelante el
ejército soviético no cesó de avanzar hasta llegar a Berlín en 1945.
A lo largo de 1944
los países aliados del Eje (Finlandia, Rumania, Bulgaria y Hungría) fueron
ocupados por las tropas soviéticas. En Yugoslavia y Albania la liberación fue
lograda, básicamente, por los guerrilleros comunistas dirigidos por Tito y Enver
Hoxha, respectivamente. La expulsión del Eje del norte de África en 1943
posibilitó a los aliados invadir Italia. En julio de 1943 tropas
angloamericanas desembarcaron en Sicilia y al año siguiente entraron en Roma.
Después de tres años de derrotas, en julio de 1943 el rey y el Gran Consejo
Fascista aprobaron la destitución y el encarcelamiento de Mussolini e iniciaron
negociaciones con los aliados. Los nazis ingresaron por el norte de Italia,
liberaron al Duce y lo colocaron a la cabeza de un gobierno títere en Saló, que
se mantuvo hasta abril de 1945. En ese momento la Resistencia italiana puso en
marcha una guerra de guerrillas que se prolongó hasta la rendición de las
tropas alemanas en abril de 1945. La República Social Italiana fue la
experiencia más sanguinaria del régimen fascista. Mussolini acabó sus días
ejecutado por partisanos italianos. Su cuerpo fue colgado por los pies junto a
su última amante y a otros jerarcas fascistas del techo de un garaje en una
plaza de Milán. Finalmente, el 6 de junio de 1944, conocido como el Día D, los
aliados desembarcaron en Normandía abriendo el segundo frente insistentemente
reclamado por Stalin, y a finales de agosto fue liberada París. A principios de
1945 Alemania ya estaba ocupada, pero Hitler ordenó resistir. Cuando no hubo
duda de que estaba todo perdido, fiel a su consigna de “victoria o muerte” se
suicidó el 30 de abril junto a su esposa, Eva Braun. También lo hicieron
Goebbels y su mujer, después de matar a sus hijos. Los alemanes siguieron
peleando calle por calle, casa por casa intentando frenar el avance soviético
sobre Berlín. Sin posibilidad de continuar la lucha, entre el 7 y el 8 de mayo
la cúpula militar alemana se rindió ante los jefes del ejército aliado y del
soviético.
En el Pacífico se
libró paralelamente otra guerra. Japón invadió el norte de China en 1937, ocupó
Pekín y lanzó su ejército sobre Nankín, sede del gobierno chino que decidió
resistir. La ciudad fue saqueada e incendiada hasta los cimientos. Los
japoneses ocupaban las posesiones europeas en Asia: la Indochina francesa, la Indonesia
holandesa y las británicas Malasia, Birmania, Hong Kong y Singapur. En
diciembre de 1941, el imperio nipón atacó la base norteamericana de Pearl
Harbour en Hawái, y cuando Estados Unidos declaró la guerra a Japón, Hitler no
dudó en enfrentarse también al coloso norteamericano. El despliegue de la
maquinaria industrial y bélica norteamericana no tardó en desequilibrar el
conflicto del Pacífico en favor de los aliados. La batalla de Midway en junio
de 1942 fue la derrota naval más dura de Japón y marcó un punto crítico en la
guerra del Pacífico. El 19 de febrero de 1945 los norteamericanos ocuparon por
primera vez territorio japonés, la pequeña isla de Iwo Jima. A finales de julio
de 1945, el presidente estadounidense Harry Truman exigió la rendición
incondicional de Japón. El premier japonés Suzuki rechazó el ultimátum, y el 3
de agosto Truman dio la orden de arrojar bombas atómicas. El 6 de agosto
despegaba rumbo a Japón la primera formación de bombarderos B-29. Uno de ellos,
el Enola Gay, llevaba la bomba atómica; otros dos aviones lo acompañaban en
calidad de observadores. Súbitamente apareció sobre el cielo de Hiroshima el
resplandor de una luz blanquecina rosada, acompañado de una trepidación
monstruosa que fue seguida inmediatamente por un viento abrasador que barría
cuanto hallaba a su paso. Dos días después, la URSS declaró la guerra a Japón y
ocupó parte de Manchuria y Corea. El 9 de agosto, el gobierno norteamericano
arrojó una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. Muchas personas
murieron en el acto, otras tuvieron una larga agonía producida por las
quemaduras, y generaciones de japoneses sufrieron malformaciones de nacimiento
por la radiactividad. Casi una semana después de Nagasaki, el pueblo japonés
escuchó la voz de su emperador anunciando que la guerra había terminado. El
país fue ocupado por el ejército de los Estados Unidos.
¿Cuál fue la razón
de esta masacre? No solo el gobierno estadounidense sino también destacados
intelectuales, entre ellos el filósofo francés Raymond Aron, justificaron el
empleo de la bomba atómica porque había puesto fin a la guerra y evitado más
muertes. Los opositores insistieron en que el sacrificio de cientos de miles de
civiles permitió que Washington emergiese como único vencedor del Imperio nipón
y probara la eficacia de su nueva arma de guerra.
El Mapa Europeo Bajo El Nazismo
El avance alemán
sobre el resto de Europa dio lugar a diferentes situaciones nacionales
derivadas, en parte, de los fines racistas del nazismo, pero también de las realidades
de cada país vencido y de las necesidades del Tercer Reich de contar con
recursos que le ayudarían a sostener el esfuerzo de la guerra. La ideología
nazi impuso su impronta en la Europa dominada, básicamente en virtud de su afán
de eliminar a todos los judíos, de acabar con la izquierda y de depurar a la
población europea de modo que solo los arios sanos tuviesen derecho a la vida.
Sin embargo, no se
construyó un nuevo orden definitivamente controlado por el régimen nazi.
Coexistieron países cuya ocupación fue más o menos benévola, como el caso de
Dinamarca, junto a los que “desaparecieron del mapa”, por ejemplo Polonia, y a
los que fueron aliados de la Alemania nazi aunque gobernados por dirigentes
conservadores, como Hungría. En este entramado heterogéneo se distinguen tres
situaciones principales:
1.
Los países añadidos por las potencias
nazi-fascistas: Austria integrada al Tercer Reich y Albania colocada bajo la
corona del monarca italiano.
2.
Los países rápidamente derrotados de
la zona noroccidental europea: Noruega, Holanda, Dinamarca y Bélgica. En todos
ellos, la tutela del invasor se ejerció sobre una administración en la que, en
mayor o menor medida, se mantuvo al personal de origen, con distintos grados de
sujeción a las directivas nazis.
3.
En los casos de Noruega y Holanda,
ante la llegada de las tropas alemanas, las familias reales y los jefes de
gobierno se trasladaron a Londres.
En ambos países hubo
dirigentes colaboracionistas. Durante la confusión de la invasión alemana en
Noruega, Vidkun Quisling dio un golpe de Estado esperando que Hitler lo
apoyara, pero el líder nazi nombró a Joseph Terboven comisario del Reich. Su
autoridad fue permanentemente cuestionada por la conducción de la armada nazi,
que pretendía colocar a Noruega bajo su control. Aunque la relación entre
Quisling y Terboven fue tensa, este último nombró a Quisling ministro de la
Presidencia en 1942, para conferir un barniz algo más nacional al equipo de
gobierno. Cuando los militares alemanes capitularon Terboven se suicidó,
mientras que Quisling fue arrestado, condenado por alta traición y ejecutado.
También, en Holanda, Antón Mussert, creador de Movimiento Nacionalsocialista de
los Países Bajos, supuso que con la ocupación nazi asumiría el gobierno de su
país, pero Hitler designó al austríaco Albert Seyss-Inquart comisario del
Reich. Frente al triunfo alemán, los miembros del gobierno central de Bélgica
huyeron a Londres, pero el rey Leopoldo III, en contraste con sus pares de
Noruega y Holanda, optó por quedarse en su país, una decisión criticada por los
británicos y que mostró divididas a las más altas autoridades belgas. El país
quedó bajo una administración militar encabezada por el general Alexander von
Falkenhausen, quien acabó participando en las reuniones que condujeron al
atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944.
Léon Degrelle fue el
dirigente político belga más colaboracionista y un fervoroso admirador de
Mussolini. Al terminar la guerra, los grandes partidos políticos belgas se
mostraron hostiles a una restauración del rey y Leopoldo III se instaló en
Suiza, pero sin abdicar. En la consulta popular realizada en 1950, la mayoría
de la población se pronunció a favor del retorno del monarca; sin embargo, en
la región de Valonia hubo un masivo rechazo a la figura de Leopoldo III y este
optó por dejar la corona en manos de su hijo.
En Dinamarca, la
monarquía y los funcionarios se acomodaron a la ocupación alemana y, en
principio, los nazis instrumentaron una política benévola en comparación con la
impuesta a los otros países. La administración civil continuó en manos de la
burocracia danesa, incluso los tribunales de justicia, y el rey Cristián IX
permaneció en el país gozando de sus prerrogativas. La ocupación nazi se
endureció a finales de 1942. A raíz de las derrotas militares de Stalingrado y
El Alamein el Tercer Reich necesitó controlar de forma más rígida los recursos
económicos, el aporte de la población al esfuerzo de guerra, y reprimir la
emergencia de un movimiento de resistencia. Un giro similar se produjo en
Francia. En todos estos países se crearon regimientos que acudieron al frente
oriental para pelear al lado de los alemanes contra los comunistas.
Hasta 1942 Francia
fue un caso singular: en virtud del tratado de alto el fuego firmado en junio
de 1940, su territorio quedó dividido en dos por una línea que unía Ginebra con
la frontera francoespañola de Hendaya. La zona al norte y al oeste de esta
línea ocupada por los alemanes quedó sometida a la autoridad del Estado Mayor y
a las maniobras políticas del embajador alemán Otto Abetz, una situación
similar a la de Bélgica o los Países Bajos. En el sur, con sede en Vichy, se
formó un gobierno encabezado por el mariscal Philippe Pétain, teóricamente
soberano. Al mismo tiempo, las regiones de Alsacia y Lorena fueron incorporadas
al Reich. Frente al impacto de la derrota la dirigencia política francesa se
dividió. Algunos, como el jefe del gabinete Paul Reynaud, aceptaron la
capitulación como acto militar, pero aduciendo que era factible trasladar el
gobierno a las colonias del norte de África para organizar la lucha desde allí.
Otros, encabezados por el mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial,
y el dirigente político Pierre Laval, quien desde el socialismo había virado
hacia posiciones de derecha, opinaron que Francia había perdido la guerra y no
estaba en condiciones de ofrecer ningún tipo de resistencia. Los legisladores
aceptaron la renuncia de Reynaud y el 17 de junio confirieron todo el poder a
Pétain. El subsecretario de Defensa, De Gaulle, que acababa de llegar de
Inglaterra, huyó inmediatamente a Londres y al día siguiente pronunció un
célebre discurso a través de la BBC británica en el que expuso un diagnóstico
totalmente diferente del nuevo gobierno de su país: era imprescindible resistir
porque, aunque el ejército francés había perdido una batalla, estaba frente a
una guerra mundial y Francia podía luchar en pos de la preservación de su
soberanía nacional.
El armisticio fue
recibido con gran alivio por la mayor parte de la sociedad francesa y los
dirigentes del nuevo gobierno se mostraron dispuestos a colaborar con los
nazis; en parte porque suponían que Alemania sería la potencia vencedora y
creían conveniente posicionar a Francia en el nuevo orden europeo con Berlín
como el centro dominante, pero en gran medida también porque pretendían
reorganizar el país. El régimen de Vichy se presentó como el artífice de la
Revolución Nacional para borrar “el caos de la República”, imponer los valores
conservadores, retornar a las jerarquías sociales y construir un nacionalismo
basado en la pureza de sangre. Este proyecto se asentó en la desconfianza
antiliberal de las capas sociales temerosas por la crisis económica, de gran
parte del mundo empresarial y agrario y de sectores profesionales. Sin embargo,
no contó con un equipo dirigente cohesionado, dadas las diferencias en el campo
de las ideas, pero también a raíz de la competencia entre camarillas.
En principio, Vichy
fue más una reacción tradicionalista contra la Revolución francesa que un
régimen fascista; sin embargo, con su endurecimiento progresivo, especialmente
a partir de 1942, incorporó rasgos distintivos del fascismo: persecución y deportación
de los judíos a los campos de concentración, promulgación de leyes de
excepción, creación de tribunales especiales, represión de toda oposición, en
colaboración con las fuerzas nazis. La Francia de Vichy retuvo una autonomía
bastante reducida debido a que la zona ocupada por los alemanes abarcaba las
ciudades más pobladas y los centros industriales estratégicos, y sufrió serios
problemas económicos a raíz de los recursos (bienes industriales, alimentos y
pagos en metálico) que tuvo que entregar al vencedor. El tránsito entre las dos
zonas era controlado estrictamente por los alemanes. En el París ocupado,
grupos de colaboradores radicales, enfrentados entre sí, promovían la adhesión
decidida al nazismo, al mismo tiempo que conspiraban contra Laval por su
“tibia” cooperación, buscando ganar posiciones en el gobierno encabezado por
Pétain. Estas tensiones ofrecieron un amplio margen de maniobra al embajador
alemán para incidir en el escenario político francés.
Una serie de hechos
negativos para Alemania en el campo de batalla entre 1942 y 1943 (el desembarco
aliado en el norte de África, la derrota alemana en Stalingrado y la llegada
angloamericana en Sicilia) condujeron al fin de la poca autonomía de Vichy y a
la creciente fascistización del régimen. A partir de 1942, Laval se esforzó por
aumentar la colaboración con los alemanes. Inició la persecución sistemática de
los judíos; exhortó a la población a dar su apoyo a “la Relève”, acuerdo
mediante el cual los alemanes liberarían un prisionero de guerra francés por
cada tres trabajadores que se presentaran como “voluntarios” para trabajar en
Alemania. Laval declaró abiertamente que «él esperaba la victoria alemana
porque, de no ocurrir así, el bolchevismo estaría en todas partes».
En noviembre de 1942
la zona libre fue ocupada por tropas alemanas e italianas, y en enero 1943 se
creó la Milicia, que si bien dependía formalmente del gobierno de Pétain,
coordinaba sus acciones directamente con las SS y la Gestapo. Los milicianos
franceses significaron un gran apoyo para las autoridades alemanas en la
represión de la Résistance. La Milicia estaba integrada por quienes hablaban la
lengua nacional, conocían posibles escondites en las ciudades, y podían reunir
una red de informantes nativos. También en 1943, los colaboracionistas más
ultras ingresaron en la administración de Vichy al frente de nuevos organismos
en estrecha relación con los nazis: Marcel Déat, ex socialista, fue designado
ministro de Trabajo y Solidaridad Nacional, y el ex comunista Jacques Doriot
encabezó la Legión de Voluntarios Franceses contra el bolchevismo que combatió
contra los soviéticos junto a las SS.
Después del
desembarco aliado en Normandía y hasta la derrota de los alemanes en agosto de
1944 hubo una guerra civil entre la Résistance y la Milicia. En este período se
produjo un vacío de poder y se desencadenaron violentas acciones de represalia
contra los considerados como colaboradores: desde fusilamientos sin juicio
hasta mujeres rapadas por haber mantenido relaciones sexuales con los
invasores. Con la derrota de los alemanes, el general De Gaulle, jefe del
gobierno provisional, anunció el restablecimiento de la legalidad republicana,
y al saludar el triunfo, el 25 de agosto de 1944, proclamó decididamente que la
“verdadera Francia” jamás había abdicado: «¡París ultrajada! ¡París
destrozada! ¡París martirizada! Pero París ha sido liberada, liberada por ella
misma, […] con el apoyo y la colaboración de toda Francia, de una Francia que
lucha, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna».
Entre 1945 y 1949 se
llevaron a cabo los juicios contra los miembros del régimen de Vichy. La condena
a muerte de Pétain fue conmutada por cadena perpetua por decisión de De Gaulle.
En cambio, Laval, juzgado por traición a la patria, fue fusilado en octubre de
1945. A partir de 1947 comenzaron a dictarse leyes de amnistía para, según el
gobierno, avanzar hacia la reconciliación nacional y fortalecer la unidad
interna frente al nuevo enemigo, el Comunismo. En noviembre de 1968, al
conmemorarse los 50 años del armisticio que puso fin a la Primera Guerra
Mundial, De Gaulle depositó flores en varias tumbas de generales que se habían
destacado en los campos de batalla, entre ellos Pétain. Este reconocimiento del
jefe de gobierno de Vichy provocó la protesta de víctimas del nazismo y de sus
familiares, pero se mantuvo hasta los años 90.
Un tercer grupo de
países lo constituyeron aquellos tres (Checoslovaquia, Polonia y Yugoslavia)
que, reconocidos como Estados nacionales en Versalles, desaparecieron a raíz
del avance nazi, pero también en virtud de las demandas territoriales de otros
países del este europeo y, en los casos de Checoslovaquia y Yugoslavia, debido
además a las profundas tensiones entre sus diferentes grupos nacionales. En Múnich,
Checoslovaquia fue obligada a desprenderse de los Sudetes para que fuesen anexionados
al Tercer Reich. El resto del territorio fue repartido en marzo de 1939, cuando
el sacerdote católico Jozef Tiso proclamó la constitución del Estado de
Eslovaquia y se declaró aliado de Hitler, al mismo tiempo que Alemania asumía
el gobierno del nuevo Protectorado de Bohemia y Moravia, y Rutenia pasaba a
manos de Hungría.
En Londres, el expresidente
Benes, encabezó, desde finales de 1940, el Consejo de Estado Checoslovaco que a
lo largo de la guerra sería reconocido por Gran Bretaña, la URSS y Estados
Unidos como gobierno provisional del país en ese momento desmembrado. Con la
firma del pacto Ribbentrop-Mólotov, Polonia volvió a ser repartida entre
Alemania y la Unión Soviética. El sector invadido por los nazis sufrió dos
destinos diferentes: la zona occidental, el llamado Warthegau (que incluía a
Lodz, la segunda ciudad más importante del país) fue incorporada a Alemania; el
sector oriental, la zona del Gobierno General a cargo de Hans Frank, quedó en
una situación indefinida. A esta unidad se le sumó, en el marco de la Operación
Barbarroja, Galitzia, antes parte de la República Socialista Soviética
ucraniana.
Después de una breve
vacilación, se descartó la posibilidad de que el territorio del Gobierno
General fuese el asiento de un Estado polaco: se suponía que en lugar de los
doce millones de polacos que lo habitaban, allí vivirían cuatro o cinco
millones de alemanes. Pero en los hechos, esta área se convirtió en una especie
de gran campo de concentración al que eran enviados los polacos y los judíos de
las regiones ocupadas por los nazis para ser obligados a trabajar como
esclavos.
Al mismo tiempo que
el ejército alemán invadía Polonia, los Einsatzgruppen asesinaban a los
miembros de las capas dirigentes polacas y Heydrich emitía instrucciones para
concentrar a los judíos en grandes guetos. La sangrienta ocupación de Polonia
fue la experiencia que en cierto sentido preparó la campaña de exterminio de
comisarios políticos y de judíos puesta en marcha cuando se invadió la Unión
Soviética. En los países europeos occidentales invadidos después de la caída de
Varsovia no se instalaron guetos: cuando se puso en marcha la “solución final”
fueron directamente deportados a las fábricas de la muerte construidas en
Polonia. La mayoría de los polacos involucrados en el movimiento de resistencia
se unieron al Ejército Nacional o del País (Armia Krajowa), una organización
clandestina que reconocía al monarca exiliado en Londres como la única
autoridad legítima. Los comunistas, con menor peso numérico y apoyados por
Moscú, formaron el Ejército del Pueblo (Armia Ludowa).
El Ejército
Nacional, que anhelaba una Polonia futura independiente de la Unión Soviética,
jugó un papel crucial en el Levantamiento de Varsovia. El 1 de agosto de 1944,
en el momento en que el Ejército Rojo se aproximaba a Varsovia desde el este,
la resistencia polaca se lanzó a luchar contra los alemanes. Pero no tuvo
éxito, en parte por la fuerte resistencia del ejército alemán, que reforzó sus
fuerzas en Varsovia, y en parte por su aislamiento. Los militares soviéticos no
intervinieron; Stalin hizo detener sus tropas en la ribera este del Vístula, no
deseaba ayudar a una organización cuyos objetivos finales se oponían al suyo
propio. Tampoco hubo asistencia de los aliados occidentales. Al cabo de 63 días
de encarnizados combates, los alemanes aplastaron el levantamiento. Varsovia
fue la capital más destruida en la Segunda Guerra Mundial.
El
avance de los nazis sobre Yugoslavia fue inducido por el fracaso de la campaña
que lanzara Mussolini desde Albania sobre Grecia en marzo de 1941. Cuando
Hitler resolvió acudir en ayuda de las tropas fascistas, Yugoslavia se
convirtió en el paso obligado del ejército alemán. El príncipe regente aceptó
el paso de las tropas, pero fue derrocado por el levantamiento de militares
pro-occidentales. Inmediatamente, los alemanes desencadenaron un ataque y en
pocos días ocuparon toda Yugoslavia, que fue dividida entre Alemania, Italia,
Bulgaria y Hungría. El Tercer Reich tomó gran parte de Eslovenia y Serbia,
entregando el control a un gobierno marioneta que recibía órdenes desde el Alto
Mando alemán. Italia ocupó la región de Dalmacia, Bulgaria tomó Macedonia y
Hungría recuperó Voivodina. Croacia, junto con gran parte de las actuales
Bosnia y Herzegovina, fue declarada Reino independiente bajo la conducción de
Ante Pavelić,
el líder de Ustacha, que desencadenó una brutal represión contra serbios,
musulmanes y judíos. Este grupo ambicionaba recuperar el territorio que había
pertenecido a la Gran Croacia, y que este fuese habitado solo por católicos. A
partir de la toma del poder, se impuso una estrecha vinculación entre Estado y
partido. La oposición yugoslava a la ocupación nazi se dividió en dos bandos
enfrentados militarmente entre sí: por un lado, los promonárquicos o chetniks
(nombre del movimiento serbio de oposición al Imperio otomano del siglo XIX)
dirigidos por Dragoljub Mihajlović,
y por otro la guerrilla comunista bajo el liderazgo de Josip Broz, el mariscal
Tito. Los comunistas, después de ganar el control de gran parte de Bosnia,
instauraron un gobierno provisional que desconoció las pretensiones de la
monarquía. En 1943 Tito, al frente del Consejo de Liberación Nacional y
enarbolando el lema “Hermandad y unidad”, controlaba gran parte de Yugoslavia.
A pesar de la presión del rey exiliado en Londres, Mihajlović se negó a integrarse
a la lucha partisana bajo el mando de Tito. Los chetniks y los croatas tuvieron
en común su odio
hacia el comunismo y la adhesión a un racismo excluyente que recayó contra los
bosnios y kosovares musulmanes.
A finales de octubre
de 1944, las tropas partisanas y el Ejército Rojo tomaron Belgrado en una
operación conjunta, y para mayo del año siguiente Yugoslavia había sido
completamente liberada. Mihajlović
fue arrestado en Bosnia y ejecutado en 1946. En cuarto lugar estaban los países satélites (Hungría, Bulgaria,
Finlandia y Rumania),
que se posicionaron voluntariamente al lado de Alemania.
Los vencidos en la
Primera Guerra, Hungría y Bulgaria, se unieron a Alemania, en gran medida
porque también ellos ansiaban la liquidación de las fronteras impuestas en
Versalles. La alianza con Berlín le permitió a Hungría anexionarse los
territorios del sur de Eslovaquia, Rutenia y el norte de Transilvania, la gran
aspiración del irredentismo húngaro desde 1919. Por su parte, Bulgaria participó
en el reparto de Yugoslavia y anexionó parte de Tracia, de donde expulsó a un
alto número de griegos para colonizar la región con búlgaros. El régimen nazi
no cuestionó sus gobiernos autoritarios, anticomunistas y nacionalistas cuando
Hitler favoreció a los movimientos fascistas; por ejemplo en Hungría, lo hizo
por razones pragmáticas. En octubre de 1940 el gobierno del almirante Miklós
Horthy se unió al Eje y acompañó a los nazis en su campaña contra la Unión
Soviética y en la declaración de guerra a Estados Unidos. No obstante, después
de la derrota alemana en Stalingrado, intentó virar hacia los aliados. En marzo
de 1944 las tropas nazis invadieron Hungría e impusieron como primer ministro a
Szálasi, el dirigente del partido Cruz de Flechas, violentamente antisemita.
Inmediatamente se puso en marcha el pogromo contra los judíos para enviarlos al
campo de exterminio de Auschwitz. Después de la derrota de Alemania, Horthy
logró exiliarse en Portugal donde murió en 1957. Szálasi fue ejecutado públicamente
en marzo de 1946.
En Bulgaria, los
grupos de corte fascista ocuparon un lugar periférico y la monarquía
autoritaria no declaró la guerra contra la URSS. Frente al avance de los
soviéticos, en 1944 también los dirigentes búlgaros buscaron acercarse a las
potencias occidentales, pero era demasiado tarde. En septiembre de ese año, un
nuevo gobierno bajo el control de los soviéticos declaró la guerra a Alemania y
evacuó sus tropas de Grecia y Yugoslavia.
Finlandia también se
encolumnó en la cruzada contra el comunismo, pero sin girar hacia el fascismo y
motivada por reclamos nacionalistas y antisoviéticos: la invasión ordenada por
Stalin en 1940 le había arrebatado territorios.
El alineamiento de
Rumania fue inicialmente más ambiguo. Al comienzo de la guerra, con el visto
bueno de Hitler, su gobierno fue obligado a ceder parte de los territorios que
le fueron asignados en Versalles. Entre junio y agosto de 1940, Bucarest
entregó Besarabia y Bukovina a la URSS, Transilvania a Hungría y Dobruja a
Bulgaria. La desastrosa política exterior del autoritario rey Carol lo obligó a
abdicar en septiembre de 1940. El trono fue ocupado por su hijo Miguel, y el
general Ion Antonescu se puso al frente del gobierno con el título de
Conducator (Líder o Guía Supremo). En un primer momento el general buscó el
apoyo de Guardia de Hierro, que colocó a sus hombres en varios ministerios. El
nuevo régimen nacional-legionario instrumentó una política de terror
decididamente antisemita. Las crecientes tensiones entre el ejército y Guardia
de Hierro en torno al control de las fuerzas armadas desembocaron en un intento
de golpe por parte de los legionarios, que salieron a las calles al grito de
“Vida o muerte al lado de Alemania o Italia”. Antonescu, con el respaldo del
ejército y sin objeciones por parte de Hitler, aplastó la rebelión rápidamente.
Los intereses económicos y militares de Alemania exigían la estabilidad
política de Rumania, y el Conducator era quien mejor podía garantizarla.
Los principales
líderes de Guardia de Hierro fueron encarcelados o expulsados del país. El
Estado Nacional Legionario fue disuelto y Antonescu formó un nuevo gobierno
militar. El hombre fuerte de Rumania se convirtió en uno de los aliados
favoritos de Hitler, siendo el primer dirigente extranjero en ser condecorado
con la Cruz de Hierro. Las tropas rumanas se unieron a la Wehrmacht en su
ataque contra la Unión Soviética en junio de 1941, y reocuparon los territorios
de Besarabia y Bucovina. También el suroeste de Ucrania fue anexionado a
Rumania como una nueva provincia, y su capital, Odesa, pasó a llamarse
Antonescu. Con la derrota de Stalingrado, la popularidad de Antonescu declinó
rápidamente. Sus adversarios multiplicaron las gestiones ante el rey Miguel
para que, siguiendo el ejemplo del monarca italiano, lo destituyera y pidiera
un armisticio a los aliados. Los partidarios de la paz, a mediados de 1944, se
agruparon en un Frente Democrático Nacional que incluyó a todos los partidos,
incluidos los comunistas. El rey nombró un nuevo gobierno integrado por los
miembros del Frente y declaró la guerra a Alemania. Antonescu y el ministro de
Relaciones Exteriores fueron detenidos y entregados a las tropas de ocupación
soviética. Al cambiar de bando en el último momento, Rumania intentó
posicionarse como un país aliado, pero el Ejército Rojo lo trató como país
conquistado. En el juicio llevado a cabo por el Tribunal Popular de Bucarest,
Antonescu fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1946.
La victoria del Eje
no supuso hasta 1943 la constitución de un nuevo orden europeo. El pragmatismo
se impuso a las razones de la ideología. Hitler necesitaba orden en los países
que ocupaba, y la provisión de recursos para sostener la guerra. Era más fácil
concretar estos fines con gobiernos ya instalados, en cierto grado aceptados
por la población, que promover el ingreso de los dirigentes fascistas locales
que no habían logrado tomar el poder. Aunque era muy probable que esta
situación no estuviera destinada a durar.
Por último, un grupo
de países se declararon neutrales: Portugal, España, Suiza, Suecia, Turquía e
Irlanda. El gobierno del general Franco, quien debía mucho de su victoria a la
ayuda de Mussolini y Hitler, mantuvo estrechas relaciones económicas con el Tercer
Reich y en nombre de la cruzada anticomunista envió la División Azul al frente
del Este. En Portugal, en cambio, el régimen tradicionalista y corporativista
de Salazar adoptó una posición más decididamente neutral, sin que fuera
presionado por la Alemania de Hitler. La neutralidad de Suiza, país donde
imperaba la democracia liberal, no fue amenazada en lo más mínimo. En virtud de
sus múltiples contactos con el resto del mundo, tuvo un papel importante para
el régimen nazi. Para evitar la enemistad de Alemania, Suiza eludió recibir a
los judíos perseguidos. Suecia asumió un papel parecido, ya que combinó la
neutralidad con el despliegue de un provechoso comercio con Alemania.
[1] En la reunión, entrevista o conferencia
de Hendaya, Francisco Franco se entrevistó
con Adolf Hitler en presencia de sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer (España) y Joachim von Ribbentrop (Alemania). Tuvo lugar en la estación de ferrocarril de la
localidad francesa de Hendaya, junto a la frontera hispanofrancesa,
el 23 de octubre de 1940.
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