sábado, 17 de diciembre de 2011

LOS FRENTES DE LUCHA Y EL MAPA RESULTANTE

  

Los Frentes De Lucha

 

El 1 de septiembre de 1939 tropas alemanas invadieron Polonia, y dos días después Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. Mussolini declaró el estado de no beligerancia, y Estados Unidos proclamó su neutralidad. Antes del ataque, Hitler había manifestado abiertamente que era imposible aceptar la existencia del corredor internacional del Danzig creado en Versalles para dotar a Polonia de un acceso al mar Báltico. Esta medida dejó el territorio de Prusia oriental aislado del resto de Alemania por vía terrestre. El gobierno polaco huyó al exilio y, al cabo de una rápida y brutal conquista, Polonia fue “eliminada del mapa”. Las unidades móviles de exterminio de las SS, los Einsatzgruppen, siguieron a la Wehrmacht (el ejército alemán) en el ataque contra Polonia primero y contra la URSS después. Su tarea principal consistió en aniquilar a los judíos y a los comisarios políticos, al mismo tiempo que sembraban el terror con el asesinato en masa de civiles. Durante muchos años la Wehrmacht fue considerada un ejército que se limitaba a cumplir su deber militar; sin embargo, se ha demostrado que fue cómplice activa de los crímenes aprobados por la cúpula nazi.

Mientras los nazis ocupaban Polonia occidental, el 17 de septiembre los soviéticos avanzaban sobre los territorios polacos lindantes con la URSS. Miles de militares polacos fueron internados en campos de prisioneros, y en la primavera de 1940 Stalin firmó la orden de ejecutarlos. En abril de 1943, el ejército alemán, que se desplazaba hacia el este, descubrió las fosas de Katyn y denunció la masacre para afectar la unidad de sus enemigos. Stalin adjudicó el hecho a una maniobra de los nazis, versión que fue aceptada por los aliados. El descubrimiento de la masacre profundizó el malestar en las relaciones diplomáticas entre la Unión Soviética y el gobierno polaco en el exilio en Londres. En 1990, el gobierno de Mijaíl Gorbachov reconoció la responsabilidad de la dirigencia soviética en dichos crímenes.

Moscú, acogiéndose a lo pactado con el gobierno nazi, también instaló efectivos militares en el Báltico y Finlandia. Ante la negativa de Helsinki, el Ejército Rojo invadió el país a finales de 1939, y la Unión Soviética fue expulsada de la Sociedad de Naciones. Después del rápido triunfo de los alemanes en Francia, Stalin incorporó las tres repúblicas bálticas a la Unión Soviética y se apropió de Besarabia y Bukovina, en Rumania. El Moscú soviético había recuperado los territorios anexionados a Rusia por los zares y perdidos por los bolcheviques en el fragor de la Revolución y la guerra civil.

Después de la aniquilación del Estado polaco, el Tercer Reich avanzó rápidamente sobre Europa occidental. A mediados de 1940, Noruega, Dinamarca, Holanda, Bélgica y Francia estaban bajo su control. La fulminante derrota de Francia sorprendió al mundo. La línea Maginot, ese muro de hormigón de tres metros de espesor y blindaje que abarcaba la frontera desde Suiza hasta Luxemburgo, no logró detener el avance alemán. El ejército germano no atacó de frente, como supuso el alto mando francés; primero invadió Bélgica y eso le permitió colocarse en una posición ventajosa. Además, la línea Maginot era inútil para detener los aviones alemanes, que desde primeros de junio de 1940 comenzaron a bombardear París. A mediados de ese mes, los nazis marchaban por los Campos Elíseos. El 22 de junio, el nuevo gobierno francés firmó el armisticio en Compiègne, ceremonia a la que Hitler asistió personalmente y que tuvo lugar en el vagón donde Alemania había reconocido su derrota en la Primera Guerra Mundial. En ese momento Mussolini anunció al pueblo italiano que había llegado la hora de participar en el campo de batalla con la seguridad de vencer «para dar finalmente un largo período de paz con justicia a Italia, a Europa, al mundo».

Solo Gran Bretaña siguió resistiendo los ataques alemanes. Ante la superioridad naval británica, Alemania inició el bombardeo sistemático de las industrias y las ciudades del sur y el centro de Inglaterra. Sin embargo, los aviones germanos operaban al límite de su alcance y las modernas estaciones de radar británicas impedían que el enemigo atacara por sorpresa. El nuevo gobierno británico, presidido desde mayo de 1940 por el conservador Winston Churchill, respondió con ataques aéreos a Berlín y con la llamada a la unidad nacional en pos de la “victoria a cualquier precio, victoria a despecho del terror, victoria por muy largo y penoso que sea el camino; pues sin victoria no habrá supervivencia”. Después de la derrota francesa, el gobierno de Roosevelt inició un paulatino acercamiento a Gran Bretaña, pero sin abandonar su posición neutral dada la gravedad de la posición aislacionista en la opinión pública de Estados Unidos.

En septiembre de 1940 las tres potencias totalitarias firmaban el denominado Pacto Tripartito, en el que Japón reconocía el liderazgo de Alemania e Italia en Europa y las dos potencias fascistas aceptaban la hegemonía nipona en Asia y se prometían todo tipo de ayuda en caso de ser atacados por cualquier potencia no involucrada en la guerra europea o en el conflicto chino-japonés. Al mes siguiente, Hitler se entrevistó con Franco[1] para incorporar a España como nuevo aliado en la empresa militar. El Caudillo eludió comprometer a España, que acaba de atravesar una gravísima guerra civil, en un conflicto cuyo alcance no se podía prever, y sin lograr que Hitler accediera a sus peticiones en torno al Marruecos francés. No obstante, Franco abandonó en junio de 1940 su posición de neutralidad en la guerra por una de “no beligerancia”, con la que el régimen franquista reconocía sus simpatías por el Eje. Además, cuando Hitler invadió la URSS, una unidad de voluntarios españoles, la División Azul, se incorporó al ejército alemán. A partir del declive militar de Alemania, Franco multiplicó los gestos de concordia hacia los aliados y, en octubre de 1943, abandonó la no beligerancia y volvió a una estricta neutralidad. Sin haber logrado quebrar la resistencia británica, Hitler decidió llevar la guerra al territorio soviético, pero antes tuvo que ayudar a su poco eficiente aliado, Mussolini, en el Mediterráneo y el norte de África. Cuando el Duce fracasó en la conquista de Grecia, iniciada desde Albania, el ejército alemán avanzó sobre Belgrado para socorrer a los fascistas, pero los militares yugoslavos pro-occidentales intentaron impedir su paso. En junio de 1941 las tropas alemanas e italianas ocuparon Yugoslavia y Grecia, cuyos monarcas se exiliaron en Londres.

Para revertir el fracaso de los fascistas en Egipto, Hitler envió el Afrika Korps comandado por el general Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, quien logró importantes victorias sobre los británicos. Sin embargo, las fuerzas alemanas derrotadas en El Alamein debieron abandonar el norte de África en marzo de 1943. En el verano de 1941 Hitler inició la Operación Barbarroja, contra la URSS. Tres millones de hombres avanzaron hacia Leningrado en el norte, Moscú en el centro y Ucrania en el sur. Stalin había desestimado los informes que anunciaban los planes alemanes y no se había preparado para rechazar la invasión. Los primeros días fueron de desconcierto total, hasta que el 3 de julio el jefe comunista lanzó su llamada a las armas que incluía “la ayuda a todos los pueblos europeos que sufren bajo el yugo del fascismo alemán”. El ejército alemán y las SS accedieron a la cuna del comunismo matando sin piedad, y en julio de 1942 Stalin ordenó no dar “¡ni un paso atrás!”. Según el máximo dirigente soviético era preciso introducir el más estricto orden y una fuerte disciplina en el ejército para salvar la situación: «Ya no podemos tolerar a los comandantes, comisarios y funcionarios políticos cuyas unidades abandonan sus defensas a voluntad. Ya no podemos tolerar el hecho de que los comandantes, comisarios y funcionarios políticos permitan a algunos cobardes correr ante el peligro en el campo de batalla, que los traficantes del pánico arrastren a otros soldados en su huida, abriéndole el camino al enemigo. Los traficantes del pánico y los cobardes deben ser exterminados en el sitio. De ahora en adelante la ley de hierro de la disciplina de cada oficial, soldado, oficial de asuntos políticos debería ser: ni un paso atrás sin orden del mando superior».

En la retirada hacia el este, los soviéticos adoptaron la táctica de “tierra quemada”: no dejar nada que pudiera ser utilizado por el invasor. Dado que Hitler esperaba aniquilar al régimen soviético en pocos meses, sus tropas no estaban preparadas para enfrentar el duro invierno. Pero los soviéticos resistieron hasta el límite de sus fuerzas y los nazis, aunque conquistaron Ucrania, no pudieron llegar a Leningrado ni tampoco a Moscú. Por primera vez, la guerra relámpago había fracasado y el duro invierno de 1941-1942 cayó sobre ejército alemán. No obstante, siguió avanzando hacia el Volga y el Cáucaso para tomar los yacimientos de petróleo que tan desesperadamente necesitaba el Tercer Reich. Las tropas alemanas llegaron a Stalingrado en agosto de 1942, y en una brutal lucha, casa por casa, avanzaron hasta el corazón de la ciudad, pero en un rápido giro los soldados soviéticos rodearon la ciudad. A principios de 1943 el ejército alemán se rindió. La batalla de Stalingrado supuso un cambio decisivo: en adelante el ejército soviético no cesó de avanzar hasta llegar a Berlín en 1945.

A lo largo de 1944 los países aliados del Eje (Finlandia, Rumania, Bulgaria y Hungría) fueron ocupados por las tropas soviéticas. En Yugoslavia y Albania la liberación fue lograda, básicamente, por los guerrilleros comunistas dirigidos por Tito y Enver Hoxha, respectivamente. La expulsión del Eje del norte de África en 1943 posibilitó a los aliados invadir Italia. En julio de 1943 tropas angloamericanas desembarcaron en Sicilia y al año siguiente entraron en Roma. Después de tres años de derrotas, en julio de 1943 el rey y el Gran Consejo Fascista aprobaron la destitución y el encarcelamiento de Mussolini e iniciaron negociaciones con los aliados. Los nazis ingresaron por el norte de Italia, liberaron al Duce y lo colocaron a la cabeza de un gobierno títere en Saló, que se mantuvo hasta abril de 1945. En ese momento la Resistencia italiana puso en marcha una guerra de guerrillas que se prolongó hasta la rendición de las tropas alemanas en abril de 1945. La República Social Italiana fue la experiencia más sanguinaria del régimen fascista. Mussolini acabó sus días ejecutado por partisanos italianos. Su cuerpo fue colgado por los pies junto a su última amante y a otros jerarcas fascistas del techo de un garaje en una plaza de Milán. Finalmente, el 6 de junio de 1944, conocido como el Día D, los aliados desembarcaron en Normandía abriendo el segundo frente insistentemente reclamado por Stalin, y a finales de agosto fue liberada París. A principios de 1945 Alemania ya estaba ocupada, pero Hitler ordenó resistir. Cuando no hubo duda de que estaba todo perdido, fiel a su consigna de “victoria o muerte” se suicidó el 30 de abril junto a su esposa, Eva Braun. También lo hicieron Goebbels y su mujer, después de matar a sus hijos. Los alemanes siguieron peleando calle por calle, casa por casa intentando frenar el avance soviético sobre Berlín. Sin posibilidad de continuar la lucha, entre el 7 y el 8 de mayo la cúpula militar alemana se rindió ante los jefes del ejército aliado y del soviético.

En el Pacífico se libró paralelamente otra guerra. Japón invadió el norte de China en 1937, ocupó Pekín y lanzó su ejército sobre Nankín, sede del gobierno chino que decidió resistir. La ciudad fue saqueada e incendiada hasta los cimientos. Los japoneses ocupaban las posesiones europeas en Asia: la Indochina francesa, la Indonesia holandesa y las británicas Malasia, Birmania, Hong Kong y Singapur. En diciembre de 1941, el imperio nipón atacó la base norteamericana de Pearl Harbour en Hawái, y cuando Estados Unidos declaró la guerra a Japón, Hitler no dudó en enfrentarse también al coloso norteamericano. El despliegue de la maquinaria industrial y bélica norteamericana no tardó en desequilibrar el conflicto del Pacífico en favor de los aliados. La batalla de Midway en junio de 1942 fue la derrota naval más dura de Japón y marcó un punto crítico en la guerra del Pacífico. El 19 de febrero de 1945 los norteamericanos ocuparon por primera vez territorio japonés, la pequeña isla de Iwo Jima. A finales de julio de 1945, el presidente estadounidense Harry Truman exigió la rendición incondicional de Japón. El premier japonés Suzuki rechazó el ultimátum, y el 3 de agosto Truman dio la orden de arrojar bombas atómicas. El 6 de agosto despegaba rumbo a Japón la primera formación de bombarderos B-29. Uno de ellos, el Enola Gay, llevaba la bomba atómica; otros dos aviones lo acompañaban en calidad de observadores. Súbitamente apareció sobre el cielo de Hiroshima el resplandor de una luz blanquecina rosada, acompañado de una trepidación monstruosa que fue seguida inmediatamente por un viento abrasador que barría cuanto hallaba a su paso. Dos días después, la URSS declaró la guerra a Japón y ocupó parte de Manchuria y Corea. El 9 de agosto, el gobierno norteamericano arrojó una segunda bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. Muchas personas murieron en el acto, otras tuvieron una larga agonía producida por las quemaduras, y generaciones de japoneses sufrieron malformaciones de nacimiento por la radiactividad. Casi una semana después de Nagasaki, el pueblo japonés escuchó la voz de su emperador anunciando que la guerra había terminado. El país fue ocupado por el ejército de los Estados Unidos.

¿Cuál fue la razón de esta masacre? No solo el gobierno estadounidense sino también destacados intelectuales, entre ellos el filósofo francés Raymond Aron, justificaron el empleo de la bomba atómica porque había puesto fin a la guerra y evitado más muertes. Los opositores insistieron en que el sacrificio de cientos de miles de civiles permitió que Washington emergiese como único vencedor del Imperio nipón y probara la eficacia de su nueva arma de guerra.

 

 

El Mapa Europeo Bajo El Nazismo

 

El avance alemán sobre el resto de Europa dio lugar a diferentes situaciones nacionales derivadas, en parte, de los fines racistas del nazismo, pero también de las realidades de cada país vencido y de las necesidades del Tercer Reich de contar con recursos que le ayudarían a sostener el esfuerzo de la guerra. La ideología nazi impuso su impronta en la Europa dominada, básicamente en virtud de su afán de eliminar a todos los judíos, de acabar con la izquierda y de depurar a la población europea de modo que solo los arios sanos tuviesen derecho a la vida.

Sin embargo, no se construyó un nuevo orden definitivamente controlado por el régimen nazi. Coexistieron países cuya ocupación fue más o menos benévola, como el caso de Dinamarca, junto a los que “desaparecieron del mapa”, por ejemplo Polonia, y a los que fueron aliados de la Alemania nazi aunque gobernados por dirigentes conservadores, como Hungría. En este entramado heterogéneo se distinguen tres situaciones principales:

1.     Los países añadidos por las potencias nazi-fascistas: Austria integrada al Tercer Reich y Albania colocada bajo la corona del monarca italiano.

2.     Los países rápidamente derrotados de la zona noroccidental europea: Noruega, Holanda, Dinamarca y Bélgica. En todos ellos, la tutela del invasor se ejerció sobre una administración en la que, en mayor o menor medida, se mantuvo al personal de origen, con distintos grados de sujeción a las directivas nazis.

3.     En los casos de Noruega y Holanda, ante la llegada de las tropas alemanas, las familias reales y los jefes de gobierno se trasladaron a Londres.

 

En ambos países hubo dirigentes colaboracionistas. Durante la confusión de la invasión alemana en Noruega, Vidkun Quisling dio un golpe de Estado esperando que Hitler lo apoyara, pero el líder nazi nombró a Joseph Terboven comisario del Reich. Su autoridad fue permanentemente cuestionada por la conducción de la armada nazi, que pretendía colocar a Noruega bajo su control. Aunque la relación entre Quisling y Terboven fue tensa, este último nombró a Quisling ministro de la Presidencia en 1942, para conferir un barniz algo más nacional al equipo de gobierno. Cuando los militares alemanes capitularon Terboven se suicidó, mientras que Quisling fue arrestado, condenado por alta traición y ejecutado. También, en Holanda, Antón Mussert, creador de Movimiento Nacionalsocialista de los Países Bajos, supuso que con la ocupación nazi asumiría el gobierno de su país, pero Hitler designó al austríaco Albert Seyss-Inquart comisario del Reich. Frente al triunfo alemán, los miembros del gobierno central de Bélgica huyeron a Londres, pero el rey Leopoldo III, en contraste con sus pares de Noruega y Holanda, optó por quedarse en su país, una decisión criticada por los británicos y que mostró divididas a las más altas autoridades belgas. El país quedó bajo una administración militar encabezada por el general Alexander von Falkenhausen, quien acabó participando en las reuniones que condujeron al atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944.

Léon Degrelle fue el dirigente político belga más colaboracionista y un fervoroso admirador de Mussolini. Al terminar la guerra, los grandes partidos políticos belgas se mostraron hostiles a una restauración del rey y Leopoldo III se instaló en Suiza, pero sin abdicar. En la consulta popular realizada en 1950, la mayoría de la población se pronunció a favor del retorno del monarca; sin embargo, en la región de Valonia hubo un masivo rechazo a la figura de Leopoldo III y este optó por dejar la corona en manos de su hijo.

En Dinamarca, la monarquía y los funcionarios se acomodaron a la ocupación alemana y, en principio, los nazis instrumentaron una política benévola en comparación con la impuesta a los otros países. La administración civil continuó en manos de la burocracia danesa, incluso los tribunales de justicia, y el rey Cristián IX permaneció en el país gozando de sus prerrogativas. La ocupación nazi se endureció a finales de 1942. A raíz de las derrotas militares de Stalingrado y El Alamein el Tercer Reich necesitó controlar de forma más rígida los recursos económicos, el aporte de la población al esfuerzo de guerra, y reprimir la emergencia de un movimiento de resistencia. Un giro similar se produjo en Francia. En todos estos países se crearon regimientos que acudieron al frente oriental para pelear al lado de los alemanes contra los comunistas.

Hasta 1942 Francia fue un caso singular: en virtud del tratado de alto el fuego firmado en junio de 1940, su territorio quedó dividido en dos por una línea que unía Ginebra con la frontera francoespañola de Hendaya. La zona al norte y al oeste de esta línea ocupada por los alemanes quedó sometida a la autoridad del Estado Mayor y a las maniobras políticas del embajador alemán Otto Abetz, una situación similar a la de Bélgica o los Países Bajos. En el sur, con sede en Vichy, se formó un gobierno encabezado por el mariscal Philippe Pétain, teóricamente soberano. Al mismo tiempo, las regiones de Alsacia y Lorena fueron incorporadas al Reich. Frente al impacto de la derrota la dirigencia política francesa se dividió. Algunos, como el jefe del gabinete Paul Reynaud, aceptaron la capitulación como acto militar, pero aduciendo que era factible trasladar el gobierno a las colonias del norte de África para organizar la lucha desde allí. Otros, encabezados por el mariscal Pétain, héroe de la Primera Guerra Mundial, y el dirigente político Pierre Laval, quien desde el socialismo había virado hacia posiciones de derecha, opinaron que Francia había perdido la guerra y no estaba en condiciones de ofrecer ningún tipo de resistencia. Los legisladores aceptaron la renuncia de Reynaud y el 17 de junio confirieron todo el poder a Pétain. El subsecretario de Defensa, De Gaulle, que acababa de llegar de Inglaterra, huyó inmediatamente a Londres y al día siguiente pronunció un célebre discurso a través de la BBC británica en el que expuso un diagnóstico totalmente diferente del nuevo gobierno de su país: era imprescindible resistir porque, aunque el ejército francés había perdido una batalla, estaba frente a una guerra mundial y Francia podía luchar en pos de la preservación de su soberanía nacional.

El armisticio fue recibido con gran alivio por la mayor parte de la sociedad francesa y los dirigentes del nuevo gobierno se mostraron dispuestos a colaborar con los nazis; en parte porque suponían que Alemania sería la potencia vencedora y creían conveniente posicionar a Francia en el nuevo orden europeo con Berlín como el centro dominante, pero en gran medida también porque pretendían reorganizar el país. El régimen de Vichy se presentó como el artífice de la Revolución Nacional para borrar “el caos de la República”, imponer los valores conservadores, retornar a las jerarquías sociales y construir un nacionalismo basado en la pureza de sangre. Este proyecto se asentó en la desconfianza antiliberal de las capas sociales temerosas por la crisis económica, de gran parte del mundo empresarial y agrario y de sectores profesionales. Sin embargo, no contó con un equipo dirigente cohesionado, dadas las diferencias en el campo de las ideas, pero también a raíz de la competencia entre camarillas.

En principio, Vichy fue más una reacción tradicionalista contra la Revolución francesa que un régimen fascista; sin embargo, con su endurecimiento progresivo, especialmente a partir de 1942, incorporó rasgos distintivos del fascismo: persecución y deportación de los judíos a los campos de concentración, promulgación de leyes de excepción, creación de tribunales especiales, represión de toda oposición, en colaboración con las fuerzas nazis. La Francia de Vichy retuvo una autonomía bastante reducida debido a que la zona ocupada por los alemanes abarcaba las ciudades más pobladas y los centros industriales estratégicos, y sufrió serios problemas económicos a raíz de los recursos (bienes industriales, alimentos y pagos en metálico) que tuvo que entregar al vencedor. El tránsito entre las dos zonas era controlado estrictamente por los alemanes. En el París ocupado, grupos de colaboradores radicales, enfrentados entre sí, promovían la adhesión decidida al nazismo, al mismo tiempo que conspiraban contra Laval por su “tibia” cooperación, buscando ganar posiciones en el gobierno encabezado por Pétain. Estas tensiones ofrecieron un amplio margen de maniobra al embajador alemán para incidir en el escenario político francés.

Una serie de hechos negativos para Alemania en el campo de batalla entre 1942 y 1943 (el desembarco aliado en el norte de África, la derrota alemana en Stalingrado y la llegada angloamericana en Sicilia) condujeron al fin de la poca autonomía de Vichy y a la creciente fascistización del régimen. A partir de 1942, Laval se esforzó por aumentar la colaboración con los alemanes. Inició la persecución sistemática de los judíos; exhortó a la población a dar su apoyo a “la Relève”, acuerdo mediante el cual los alemanes liberarían un prisionero de guerra francés por cada tres trabajadores que se presentaran como “voluntarios” para trabajar en Alemania. Laval declaró abiertamente que «él esperaba la victoria alemana porque, de no ocurrir así, el bolchevismo estaría en todas partes».

En noviembre de 1942 la zona libre fue ocupada por tropas alemanas e italianas, y en enero 1943 se creó la Milicia, que si bien dependía formalmente del gobierno de Pétain, coordinaba sus acciones directamente con las SS y la Gestapo. Los milicianos franceses significaron un gran apoyo para las autoridades alemanas en la represión de la Résistance. La Milicia estaba integrada por quienes hablaban la lengua nacional, conocían posibles escondites en las ciudades, y podían reunir una red de informantes nativos. También en 1943, los colaboracionistas más ultras ingresaron en la administración de Vichy al frente de nuevos organismos en estrecha relación con los nazis: Marcel Déat, ex socialista, fue designado ministro de Trabajo y Solidaridad Nacional, y el ex comunista Jacques Doriot encabezó la Legión de Voluntarios Franceses contra el bolchevismo que combatió contra los soviéticos junto a las SS.

Después del desembarco aliado en Normandía y hasta la derrota de los alemanes en agosto de 1944 hubo una guerra civil entre la Résistance y la Milicia. En este período se produjo un vacío de poder y se desencadenaron violentas acciones de represalia contra los considerados como colaboradores: desde fusilamientos sin juicio hasta mujeres rapadas por haber mantenido relaciones sexuales con los invasores. Con la derrota de los alemanes, el general De Gaulle, jefe del gobierno provisional, anunció el restablecimiento de la legalidad republicana, y al saludar el triunfo, el 25 de agosto de 1944, proclamó decididamente que la “verdadera Francia” jamás había abdicado: «¡París ultrajada! ¡París destrozada! ¡París martirizada! Pero París ha sido liberada, liberada por ella misma, […] con el apoyo y la colaboración de toda Francia, de una Francia que lucha, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna».

Entre 1945 y 1949 se llevaron a cabo los juicios contra los miembros del régimen de Vichy. La condena a muerte de Pétain fue conmutada por cadena perpetua por decisión de De Gaulle. En cambio, Laval, juzgado por traición a la patria, fue fusilado en octubre de 1945. A partir de 1947 comenzaron a dictarse leyes de amnistía para, según el gobierno, avanzar hacia la reconciliación nacional y fortalecer la unidad interna frente al nuevo enemigo, el Comunismo. En noviembre de 1968, al conmemorarse los 50 años del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, De Gaulle depositó flores en varias tumbas de generales que se habían destacado en los campos de batalla, entre ellos Pétain. Este reconocimiento del jefe de gobierno de Vichy provocó la protesta de víctimas del nazismo y de sus familiares, pero se mantuvo hasta los años 90.

Un tercer grupo de países lo constituyeron aquellos tres (Checoslovaquia, Polonia y Yugoslavia) que, reconocidos como Estados nacionales en Versalles, desaparecieron a raíz del avance nazi, pero también en virtud de las demandas territoriales de otros países del este europeo y, en los casos de Checoslovaquia y Yugoslavia, debido además a las profundas tensiones entre sus diferentes grupos nacionales. En Múnich, Checoslovaquia fue obligada a desprenderse de los Sudetes para que fuesen anexionados al Tercer Reich. El resto del territorio fue repartido en marzo de 1939, cuando el sacerdote católico Jozef Tiso proclamó la constitución del Estado de Eslovaquia y se declaró aliado de Hitler, al mismo tiempo que Alemania asumía el gobierno del nuevo Protectorado de Bohemia y Moravia, y Rutenia pasaba a manos de Hungría.

En Londres, el expresidente Benes, encabezó, desde finales de 1940, el Consejo de Estado Checoslovaco que a lo largo de la guerra sería reconocido por Gran Bretaña, la URSS y Estados Unidos como gobierno provisional del país en ese momento desmembrado. Con la firma del pacto Ribbentrop-Mólotov, Polonia volvió a ser repartida entre Alemania y la Unión Soviética. El sector invadido por los nazis sufrió dos destinos diferentes: la zona occidental, el llamado Warthegau (que incluía a Lodz, la segunda ciudad más importante del país) fue incorporada a Alemania; el sector oriental, la zona del Gobierno General a cargo de Hans Frank, quedó en una situación indefinida. A esta unidad se le sumó, en el marco de la Operación Barbarroja, Galitzia, antes parte de la República Socialista Soviética ucraniana.

Después de una breve vacilación, se descartó la posibilidad de que el territorio del Gobierno General fuese el asiento de un Estado polaco: se suponía que en lugar de los doce millones de polacos que lo habitaban, allí vivirían cuatro o cinco millones de alemanes. Pero en los hechos, esta área se convirtió en una especie de gran campo de concentración al que eran enviados los polacos y los judíos de las regiones ocupadas por los nazis para ser obligados a trabajar como esclavos.

Al mismo tiempo que el ejército alemán invadía Polonia, los Einsatzgruppen asesinaban a los miembros de las capas dirigentes polacas y Heydrich emitía instrucciones para concentrar a los judíos en grandes guetos. La sangrienta ocupación de Polonia fue la experiencia que en cierto sentido preparó la campaña de exterminio de comisarios políticos y de judíos puesta en marcha cuando se invadió la Unión Soviética. En los países europeos occidentales invadidos después de la caída de Varsovia no se instalaron guetos: cuando se puso en marcha la “solución final” fueron directamente deportados a las fábricas de la muerte construidas en Polonia. La mayoría de los polacos involucrados en el movimiento de resistencia se unieron al Ejército Nacional o del País (Armia Krajowa), una organización clandestina que reconocía al monarca exiliado en Londres como la única autoridad legítima. Los comunistas, con menor peso numérico y apoyados por Moscú, formaron el Ejército del Pueblo (Armia Ludowa).

El Ejército Nacional, que anhelaba una Polonia futura independiente de la Unión Soviética, jugó un papel crucial en el Levantamiento de Varsovia. El 1 de agosto de 1944, en el momento en que el Ejército Rojo se aproximaba a Varsovia desde el este, la resistencia polaca se lanzó a luchar contra los alemanes. Pero no tuvo éxito, en parte por la fuerte resistencia del ejército alemán, que reforzó sus fuerzas en Varsovia, y en parte por su aislamiento. Los militares soviéticos no intervinieron; Stalin hizo detener sus tropas en la ribera este del Vístula, no deseaba ayudar a una organización cuyos objetivos finales se oponían al suyo propio. Tampoco hubo asistencia de los aliados occidentales. Al cabo de 63 días de encarnizados combates, los alemanes aplastaron el levantamiento. Varsovia fue la capital más destruida en la Segunda Guerra Mundial.

El avance de los nazis sobre Yugoslavia fue inducido por el fracaso de la campaña que lanzara Mussolini desde Albania sobre Grecia en marzo de 1941. Cuando Hitler resolvió acudir en ayuda de las tropas fascistas, Yugoslavia se convirtió en el paso obligado del ejército alemán. El príncipe regente aceptó el paso de las tropas, pero fue derrocado por el levantamiento de militares pro-occidentales. Inmediatamente, los alemanes desencadenaron un ataque y en pocos días ocuparon toda Yugoslavia, que fue dividida entre Alemania, Italia, Bulgaria y Hungría. El Tercer Reich tomó gran parte de Eslovenia y Serbia, entregando el control a un gobierno marioneta que recibía órdenes desde el Alto Mando alemán. Italia ocupó la región de Dalmacia, Bulgaria tomó Macedonia y Hungría recuperó Voivodina. Croacia, junto con gran parte de las actuales Bosnia y Herzegovina, fue declarada Reino independiente bajo la conducción de Ante Pavelić, el líder de Ustacha, que desencadenó una brutal represión contra serbios, musulmanes y judíos. Este grupo ambicionaba recuperar el territorio que había pertenecido a la Gran Croacia, y que este fuese habitado solo por católicos. A partir de la toma del poder, se impuso una estrecha vinculación entre Estado y partido. La oposición yugoslava a la ocupación nazi se dividió en dos bandos enfrentados militarmente entre sí: por un lado, los promonárquicos o chetniks (nombre del movimiento serbio de oposición al Imperio otomano del siglo XIX) dirigidos por Dragoljub Mihajlović, y por otro la guerrilla comunista bajo el liderazgo de Josip Broz, el mariscal Tito. Los comunistas, después de ganar el control de gran parte de Bosnia, instauraron un gobierno provisional que desconoció las pretensiones de la monarquía. En 1943 Tito, al frente del Consejo de Liberación Nacional y enarbolando el lema “Hermandad y unidad”, controlaba gran parte de Yugoslavia. A pesar de la presión del rey exiliado en Londres, Mihajlović se negó a integrarse a la lucha partisana bajo el mando de Tito. Los chetniks y los croatas tuvieron en común su odio hacia el comunismo y la adhesión a un racismo excluyente que recayó contra los bosnios y kosovares musulmanes.

A finales de octubre de 1944, las tropas partisanas y el Ejército Rojo tomaron Belgrado en una operación conjunta, y para mayo del año siguiente Yugoslavia había sido completamente liberada. Mihajlović fue arrestado en Bosnia y ejecutado en 1946. En cuarto lugar estaban los países satélites (Hungría, Bulgaria, Finlandia y Rumania), que se posicionaron voluntariamente al lado de Alemania.

Los vencidos en la Primera Guerra, Hungría y Bulgaria, se unieron a Alemania, en gran medida porque también ellos ansiaban la liquidación de las fronteras impuestas en Versalles. La alianza con Berlín le permitió a Hungría anexionarse los territorios del sur de Eslovaquia, Rutenia y el norte de Transilvania, la gran aspiración del irredentismo húngaro desde 1919. Por su parte, Bulgaria participó en el reparto de Yugoslavia y anexionó parte de Tracia, de donde expulsó a un alto número de griegos para colonizar la región con búlgaros. El régimen nazi no cuestionó sus gobiernos autoritarios, anticomunistas y nacionalistas cuando Hitler favoreció a los movimientos fascistas; por ejemplo en Hungría, lo hizo por razones pragmáticas. En octubre de 1940 el gobierno del almirante Miklós Horthy se unió al Eje y acompañó a los nazis en su campaña contra la Unión Soviética y en la declaración de guerra a Estados Unidos. No obstante, después de la derrota alemana en Stalingrado, intentó virar hacia los aliados. En marzo de 1944 las tropas nazis invadieron Hungría e impusieron como primer ministro a Szálasi, el dirigente del partido Cruz de Flechas, violentamente antisemita. Inmediatamente se puso en marcha el pogromo contra los judíos para enviarlos al campo de exterminio de Auschwitz. Después de la derrota de Alemania, Horthy logró exiliarse en Portugal donde murió en 1957. Szálasi fue ejecutado públicamente en marzo de 1946.

En Bulgaria, los grupos de corte fascista ocuparon un lugar periférico y la monarquía autoritaria no declaró la guerra contra la URSS. Frente al avance de los soviéticos, en 1944 también los dirigentes búlgaros buscaron acercarse a las potencias occidentales, pero era demasiado tarde. En septiembre de ese año, un nuevo gobierno bajo el control de los soviéticos declaró la guerra a Alemania y evacuó sus tropas de Grecia y Yugoslavia.

Finlandia también se encolumnó en la cruzada contra el comunismo, pero sin girar hacia el fascismo y motivada por reclamos nacionalistas y antisoviéticos: la invasión ordenada por Stalin en 1940 le había arrebatado territorios.

El alineamiento de Rumania fue inicialmente más ambiguo. Al comienzo de la guerra, con el visto bueno de Hitler, su gobierno fue obligado a ceder parte de los territorios que le fueron asignados en Versalles. Entre junio y agosto de 1940, Bucarest entregó Besarabia y Bukovina a la URSS, Transilvania a Hungría y Dobruja a Bulgaria. La desastrosa política exterior del autoritario rey Carol lo obligó a abdicar en septiembre de 1940. El trono fue ocupado por su hijo Miguel, y el general Ion Antonescu se puso al frente del gobierno con el título de Conducator (Líder o Guía Supremo). En un primer momento el general buscó el apoyo de Guardia de Hierro, que colocó a sus hombres en varios ministerios. El nuevo régimen nacional-legionario instrumentó una política de terror decididamente antisemita. Las crecientes tensiones entre el ejército y Guardia de Hierro en torno al control de las fuerzas armadas desembocaron en un intento de golpe por parte de los legionarios, que salieron a las calles al grito de “Vida o muerte al lado de Alemania o Italia”. Antonescu, con el respaldo del ejército y sin objeciones por parte de Hitler, aplastó la rebelión rápidamente. Los intereses económicos y militares de Alemania exigían la estabilidad política de Rumania, y el Conducator era quien mejor podía garantizarla.

Los principales líderes de Guardia de Hierro fueron encarcelados o expulsados del país. El Estado Nacional Legionario fue disuelto y Antonescu formó un nuevo gobierno militar. El hombre fuerte de Rumania se convirtió en uno de los aliados favoritos de Hitler, siendo el primer dirigente extranjero en ser condecorado con la Cruz de Hierro. Las tropas rumanas se unieron a la Wehrmacht en su ataque contra la Unión Soviética en junio de 1941, y reocuparon los territorios de Besarabia y Bucovina. También el suroeste de Ucrania fue anexionado a Rumania como una nueva provincia, y su capital, Odesa, pasó a llamarse Antonescu. Con la derrota de Stalingrado, la popularidad de Antonescu declinó rápidamente. Sus adversarios multiplicaron las gestiones ante el rey Miguel para que, siguiendo el ejemplo del monarca italiano, lo destituyera y pidiera un armisticio a los aliados. Los partidarios de la paz, a mediados de 1944, se agruparon en un Frente Democrático Nacional que incluyó a todos los partidos, incluidos los comunistas. El rey nombró un nuevo gobierno integrado por los miembros del Frente y declaró la guerra a Alemania. Antonescu y el ministro de Relaciones Exteriores fueron detenidos y entregados a las tropas de ocupación soviética. Al cambiar de bando en el último momento, Rumania intentó posicionarse como un país aliado, pero el Ejército Rojo lo trató como país conquistado. En el juicio llevado a cabo por el Tribunal Popular de Bucarest, Antonescu fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1946.

La victoria del Eje no supuso hasta 1943 la constitución de un nuevo orden europeo. El pragmatismo se impuso a las razones de la ideología. Hitler necesitaba orden en los países que ocupaba, y la provisión de recursos para sostener la guerra. Era más fácil concretar estos fines con gobiernos ya instalados, en cierto grado aceptados por la población, que promover el ingreso de los dirigentes fascistas locales que no habían logrado tomar el poder. Aunque era muy probable que esta situación no estuviera destinada a durar.

Por último, un grupo de países se declararon neutrales: Portugal, España, Suiza, Suecia, Turquía e Irlanda. El gobierno del general Franco, quien debía mucho de su victoria a la ayuda de Mussolini y Hitler, mantuvo estrechas relaciones económicas con el Tercer Reich y en nombre de la cruzada anticomunista envió la División Azul al frente del Este. En Portugal, en cambio, el régimen tradicionalista y corporativista de Salazar adoptó una posición más decididamente neutral, sin que fuera presionado por la Alemania de Hitler. La neutralidad de Suiza, país donde imperaba la democracia liberal, no fue amenazada en lo más mínimo. En virtud de sus múltiples contactos con el resto del mundo, tuvo un papel importante para el régimen nazi. Para evitar la enemistad de Alemania, Suiza eludió recibir a los judíos perseguidos. Suecia asumió un papel parecido, ya que combinó la neutralidad con el despliegue de un provechoso comercio con Alemania.

 

 



[1] En la reuniónentrevista o conferencia de HendayaFrancisco Franco se entrevistó con Adolf Hitler en presencia de sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Suñer (España) y Joachim von Ribbentrop (Alemania). Tuvo lugar en la estación de ferrocarril de la localidad francesa de Hendaya, junto a la frontera hispanofrancesa, el 23 de octubre de 1940.

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