sábado, 17 de diciembre de 2011

NAZISMO

 

 

La Frágil República De Weimar

 

Los primeros años de la posguerra fueron sombríos. Ni los comunistas ni la derecha radical aceptaron la República, ya que contó con escasos adeptos realmente convencidos; la socialdemocracia fue su más decidido sostén. El gobierno provisional fue obligado por las potencias victoriosas a firmar una paz que los alemanes vivieron como humillante. Para muchos alemanes, la derrota en la guerra fue más una “puñalada por la espalda” de la dirigencia republicana que consecuencia del fracaso en los campos de batalla.

La Constitución aprobada a finales de julio en la ciudad de Weimar reconoció el derecho al voto a todos los hombres y mujeres mayores de 20 años, dispuso la elección directa del presidente y adoptó un sistema de representación proporcional que aseguraba la presencia de los partidos minoritarios. Aunque se pronunció a favor de una república democrática parlamentaria, se dejó abierta la puerta al presidencialismo en el cual el eje central de la vida política es el presidente. En situaciones de emergencia el presidente podría gobernar sólo a través de decretos. Esta práctica, en principio excepcional, se hizo habitual a partir de 1930, cuando los ministros, ante un Reichstag dividido en distintas tendencias políticas, actuaron solo con el respaldo del presidente. El régimen republicano dejó intactos los pilares de la Alemania imperial: la burocracia, los jefes y oficiales del Ejército, la Magistratura, el cuerpo policial.

En las elecciones de enero de 1919 para establecer la Asamblea Constituyente los comunistas no se presentaron: la socialdemocracia obtuvo el 38% de los votos y los socialistas independientes cerca del 8%. La mayoría de la población optó por partidos burgueses. Alemania era un país políticamente moderado y los partidos de centroderecha tenían un peso destacado en el electorado. La presidencia quedó a cargo del socialista Ebert hasta su muerte en 1925, cuando fue elegido el mariscal Paul von Hindenburg con la activa movilización de la clase media. Aunque la socialdemocracia fue el partido más votado en las seis elecciones que se celebraron entre 1919 y 1930, en el marco del sistema proporcional no contó con el número necesario de diputados para formar gobierno propio. Después de las elecciones de junio de 1920 la coalición acordada en 1919 perdió votos y crecieron los de la derecha y la izquierda. Justo en 1928, con casi el 30% de los votos, un socialdemócrata volvió a ocupar el cargo de canciller.

El año 1923 fue especialmente crítico: la ocupación del Ruhr, la insurrección de los comunistas y el Putsch de Múnich[1]. En los primeros meses, los gobiernos de Francia y Bélgica ocuparon el Ruhr y asumieron la explotación de las minas y ferrocarriles de la región para cobrarse las indemnizaciones de guerra. El gobierno alemán ordenó la resistencia pasiva y se lanzó a emitir moneda para atender las necesidades de la población. La trama social fue desgarrada por la más alta hiperinflación conocida hasta ese momento. Durante la crisis se formó un gobierno de coalición encabezado por Gustav Stresemann, hombre del Partido Popular Alemán, ligado a los intereses de la industria. Al frente del área económica, Hjalmar Schacht, una figura con sólidas relaciones en el mundo de las finanzas y futuro ministro de Economía del gobierno de Hitler, tomó drásticas medidas para reducir el gasto público y obtuvo ayuda de los banqueros norteamericanos a través del plan Dawes. La recuperación promovida por este crédito colocó a Alemania en una posición altamente dependiente del ingreso de capitales estadounidenses.

En el estado de Baviera, católico, campesino y particularista, el frustrado y violento intento de crear una república soviética en 1919 dejó profundas heridas en las que la derecha contrarrevolucionaria encontró condiciones propicias para afianzarse. El capitán del Reichswehr (Ejército alemán) Ernst Röhm propuso cursos de adoctrinamiento para asegurar la lealtad de los soldados a los altos mandos. El cabo Adolf Hitler, uno de los asistentes, llamó la atención de sus superiores debido a sus dotes como orador, y le encomendaron controlar el Partido Alemán de los Trabajadores. Creado a finales de 1918, el ideario de este pequeño círculo combinaba el nacionalismo, la defensa de los derechos del trabajador y el antisemitismo. Hitler renunció al Ejército y se volcó decididamente en la actividad política.

El partido, reorganizado bajo el nombre de Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes, presentó en 1920 su nuevo programa. A través de sus veinticinco puntos articuló las ideas de los nacionalistas extremos: unión de todos los alemanes en una gran Alemania, anulación de los tratados de paz y negación de la ciudadanía a quien no llevara sangre alemana (los judíos, explícitamente, no podían ser alemanes), con reformas de sesgo socialista (la abolición de la renta no ganada por el trabajo, nacionalización de las grandes empresas, reparto de los beneficios de la gran industria y la reforma agraria radical). La propuesta no ganó por cierto la simpatía de los principales grupos económicos, pero los participantes de los mítines, con Hitler como orador, fueron cada vez más numerosos. Para guardar el orden en los actos se creó una fuerza de choque, la Sección de Asalto (SA) que bajo la conducción de Röhm recibiría formación militar.

Con la asunción de Stresemann, la relación entre el gobierno central y las autoridades de Baviera, protectoras de las múltiples asociaciones paramilitares locales, se acercó rápidamente a la ruptura. La derecha extrema deseaba “la marcha sobre Berlín” para instaurar un nuevo gobierno sin la influencia socialista. Pero el triunvirato que gobernaba Baviera no tenía intención de dejarse arrastrar a un enfrentamiento armado. Hitler y el ex jefe del Estado Mayor imperial y héroe de guerra, el general Erich Ludendorff, acordaron forzar el golpe. El 9 de noviembre se pusieron al frente de una manifestación que no logró ser masiva y fue violentamente reprimida por la policía. Hitler pudo huir y dos días después fue arrestado. Condenado a cinco años de prisión, solo estuvo recluido nueve meses. En la cárcel, mientras dictaba Mi lucha a Rudolf Hess, reconocería dos errores en la experiencia de Múnich: haberse colocado en la ilegalidad y enfrentar al Ejército. No volvería a cometerlos.

La estabilidad de la economía alemana y los logros de Stresemann en la política exterior abrieron un paréntesis de relativa calma. No obstante, la República careció de un sólido apoyo por parte de la población, y las instituciones imperiales no se reorganizaron en un sentido democrático. La campaña a la presidencia de Alemania de 1925 en la que se impuso Paul von Hindenburg, el otro gran héroe de la campaña en el este, puso en evidencia el alto grado de movilización de la clase media; todas sus organizaciones: clubes, centros de tiro, asociaciones profesionales, ocuparon decididamente el espacio público, y aunque eligieron a un representante del orden prusiano la escena política se impregnó de un decidido tono popular, en el que  prevaleció el sentimiento de una comunidad nacional entre iguales que relegaba las jerarquías del orden imperial.

Al salir de la cárcel, Hitler reorganizó el partido en un sentido que le hizo posible contar con los poderes concentrados en su persona. Desmanteló la fracción radical dirigida por los hermanos Otto y Gregor Strasser, mientras que Joseph Göbbels, que había tachado a Hitler de pequeño burgués, pasó a ser uno de sus más incondicionales colaboradores. La SA, a pesar del disgusto de Röhm, quedó subordinada a las órdenes del partido. Las SS (fuerzas de protección) creadas como un cuerpo reducido y selecto a cargo de la custodia de Hitler, quedaron bajo la dirección de la SA. Sin embargo, a partir del nombramiento de Heinrich Himmler en 1929 se autonomizaron y ganaron poder rápidamente, hasta convertirse en el instrumento de dominación distintivo del Tercer Reich. Fue un estado en el seno del Estado.

El partido nazi, desde su aparición en el campo electoral a mediados de 1924 y hasta que la crisis de 1929 agudizara las tensiones sociales, tuvo escasa inserción en el electorado (en diciembre de 1924 obtuvo 900.000 votos, y en mayo de 1928, 800.000) y se colocó a una considerable distancia de la derecha conservadora cada vez más radical. Fue básicamente en el marco de la crisis que el nazismo pasó al centro del escenario político. Sin embargo, el derrumbe económico no fue el que condujo en forma lineal e inevitable al ascenso de los nazis. Más importante fue la fuerte movilización política de diferentes sectores de la clase media, que lo hicieron abandonando y cuestionando a los partidos tradicionales para reivindicar la acción directa y un nuevo modo de hacer política de tono populista. El triunfo electoral de los nazis a partir de 1930 fue posible porque, en el marco de la crisis de los principales partidos y de la intensa activación ciudadana, fueron los que mejor supieron interpretar y representar las demandas de justicia social y rehabilitación del orgullo nacional de gran parte de la sociedad.

El ascenso de Hitler al gobierno fue facilitado también por los sectores poderosos de la sociedad (empresas, Ejército, grandes terratenientes, funcionarios de alto nivel, académicos, intelectuales, creadores de opinión), que nunca habían aceptado la República. Entre la renuncia del primer ministro socialdemócrata en 1930 y el nombramiento de Hitler en enero de 1933 se sucedieron una serie de gobiernos débiles y antiparlamentarios (Heinrich Brüning, Franz von Papen y el general Kurt von Schleicher), que intentaron avanzar hacia un régimen autoritario vía la imposición de decretos de emergencia y las reiteradas disoluciones del Reichstag. En ese lapso, el Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes se convirtió en un partido de masas. En las elecciones de septiembre de 1930 ganó unos 6 millones de votos respecto a las de 1928, y se convirtió en la segunda fuerza política del país, con el traspaso de electores de los partidos de centro y de la derecha a los nazis. En las elecciones presidenciales de principios de 1932, Hindenburg se impuso frente a Hitler, pero fue necesario convocar una segunda vuelta para que el primero fuera reelegido. En la primera vuelta Hitler sacó el 30% de los votos, Hindenburg el 49 % y el candidato comunista Ernst Thälmann el 13%; en la segunda, Hindenburg obtuvo 53% de los sufragios, Hitler el 37% y Thälmann 10%. Los seguidores del Partido Socialdemócrata votaron por el mariscal. El lema del Partido Comunista fue: “un voto para Hindenburg es un voto para Hitler; un voto para Hitler es un voto para la guerra”.

En los comicios de finales de julio de 1932 el nazismo recogió la mayor afluencia de votantes (37,3%) sin que este resultado le permitiera contar con mayoría propia; los comunistas también incrementaron su número de votos. La crisis social y económica abonaba la radicalización de la política. En este escenario, la Tercera Internacional, siguiendo las directivas de Moscú, descartó totalmente la posibilidad de una alianza con los socialistas. En el VI Congreso efectuado en 1928 se dio por concluido el período de estabilización del capitalismo con el anuncio de una severa crisis económica que posibilitaría la ofensiva revolucionaria del comunismo. En consecuencia, los partidos comunistas debían enfrentar a la socialdemocracia porque esta era solo la opción moderada de la burguesía para controlar la energía revolucionaria del proletariado. El terror fascista, la otra opción del capitalismo cuando la radicalización de las masas no permitía la vía del reformismo socialista, fue concebido como un fenómeno pasajero ante el avance arrollador de la lucha de clases. Bajo el capitalismo monopolista, según esta interpretación, el fascismo no era más que la última forma política de la dictadura burguesa, que sería seguida por la dictadura del proletariado. En el momento en que Hitler avanzaba hacia el poder, la izquierda alemana siguió dividida.

Las camarillas del entorno presidencial buscaron el apoyo del nazismo para contar con el aval de un movimiento de masas en la empresa de imponer el autoritarismo. Después de las elecciones de julio, le ofrecieron a Hitler ingresar en un gobierno de coalición, pero este rechazó la propuesta: quería el cargo de canciller. Había apostado a todo o nada. El partido, en cambio, presionaba a favor del ingreso en el gobierno. El Reichstag fue nuevamente disuelto. Los comicios de noviembre de 1932 no cambiaron nada. Los partidos que apoyaban al gobierno solo obtuvieron el 10% de los votos. En el campo de la izquierda, la socialdemocracia y el comunismo recogieron más de 13 millones de votos, pero eran rivales; los nazis, a pesar de haber perdido dos millones de votos, continuaron siendo la fuerza mayoritaria en el Reichstag. Finalmente, a finales de enero de 1933 la derecha conservadora entregó el gobierno al jefe del partido que no había dudado en sembrar la violencia en su marcha hacia el poder. El rechazo de los grupos poderosos por el orden republicano, las condiciones impuestas en la Paz de Versalles, la profunda crisis política potenciada por la crisis social de 1930, junto con las divisiones en el campo de la izquierda, conformaron un escenario positivo para el ascenso del Führer. Las acciones de las elites tradicionales que le abrieron camino creyendo que podrían usarlo para terminar con la República y aniquilar a la izquierda fueron decisivas. Los nazis, por su parte, tuvieron la habilidad de presentarse como la opción política capaz de canalizar la movilización de los sectores medios combinando las aspiraciones nacionalistas con el afán de igualdad social.

 

 

 

 

Hacia La Concentración Del Poder

 

A lo largo de 1933 se consumó el proceso de coordinación (Gleichschaltung) que desembocó en la instauración de la dictadura nazi. La rapidez y la profundidad de los cambios que afectaron al Estado y la sociedad alemana fueron asombrosas. La transformación se concretó en virtud de una combinación de medidas pseudo legales, terror, manipulación y colaboración voluntaria. Mussolini tardó tres años para llegar a este propósito. El gabinete que acompañó a Hitler en su acceso al gobierno era básicamente conservador. Los nacionalsocialistas solo contaban con el ministro de Interior, un futuro ministerio de Propaganda para ubicar a Göbbels, y con Hermann Göring como ministro sin cartera. Este ya dirigía el poderoso Ministerio del Interior de Prusia. Con el propósito de contar con mayoría propia en el Reichstag, Hitler dispuso convocar elecciones para el 5 de marzo. El incendio del edificio del Reichstag el 27 de febrero le facilitó desatar una brutal ola de violencia contra la izquierda. No obstante, en los comicios de marzo los nacionalsocialistas, con el 43,8% de los votos, no alcanzaron el ansiado quórum propio. A pesar del terror desplegado, los votos socialdemócratas y comunistas apenas decayeron, y el centro católico ganó algunos escaños.

Cuando se reunió el Reichstag, sin la presencia de los comunistas encarcelados y perseguidos, todos los partidos, excepto los socialdemócratas, aceptaron votar la ley para la Protección del Pueblo y el Estado, que confería al gobierno plenos poderes para legislar sin consultar al Parlamento, e incluso para cambiar la Constitución. La liquidación del orden republicano se había concretado utilizando los mecanismos previstos en la Constitución. Los adversarios políticos más activos fueron detenidos o huyeron del país. El primer campo de concentración se abrió en marzo de 1933 en Dachau, en las afueras de Múnich, bajo la dirección de las SS, como centro de detención, tortura y exterminio de los militantes de izquierda. En mayo, después de la conmemoración del Día del Trabajo, fueron disueltos los sindicatos. A mediados de 1933 ya habían sido prohibidos o bien decidieron disolverse todos los partidos políticos. Entre marzo de 1933 y enero de 1934 se abolió la soberanía de los Länder (provincias) y se aprobó la ley que consagraba la unidad entre partido y Estado: el partido nazi era portador del concepto del Estado e inseparable de este, y su organización era determinada por el Führer. Casi todos los organismos de la sociedad civil fueron nazificados. Esta coordinación fue en general voluntaria. Las excepciones a este proceso fueron las Iglesias cristianas y el Ejército, que mantuvo su cuerpo de oficiales mayoritariamente integrado por hombres formados y consubstanciados con las jerarquías del orden imperial.

A mediados de 1934 se dio el segundo paso hacia el control total del poder por parte de Hitler. A finales de junio fue eliminada el ala radicalizada del nazismo, con la detención y asesinato de la cúpula de la SA. En segundo lugar, en agosto, después de la muerte de Hindenburg, el Ejército prestó juramento de lealtad a la persona de Hitler. Desde el ingreso al gobierno en las filas de la SA se había levantado el clamor a favor de una segunda revolución, sus miembros pretendían amplios poderes en la policía, en las cuestiones militares y en la administración civil. Sus aspiraciones generaban temor en las elites conservadoras y en el alto mando del Reichswehr, y eran resistidas por otros sectores del partido. Entre los dirigentes nazis que desaprobaban el estilo tumultuoso y anárquico de las tropas comandadas por Röhm se encontraba Göring, que quería librarse del halo de poder que constituía la SA en Prusia, mientras que Himmler y Reinhard Heydrich ambicionaban romper la subordinación de las SS respecto de la SA. Se encargaron de “probar” la existencia de un plan de golpe por parte de la SA. Hitler los dejó actuar a pesar de su estrecha relación con el hombre fuerte de la SA, y el 30 de junio, La noche de los cuchillos largos, desplegaron sus fuerzas asesinando y deteniendo a los supuestos traidores. No solo cayeron integrantes de la mencionada organización, también fueron ejecutados dos generales, dirigentes conservadores, el jefe de la Acción Católica y el dirigente nazi Gregor Strasser, que había competido con Hitler. Röhm fue asesinado en su celda al negar suicidarse.

Después de la masacre, Hitler se presentó ante el Reichstag como “juez supremo” del pueblo alemán y reconoció que había dado “la orden de ejecutar a los que eran más culpables de esta traición”. Las Iglesias guardaron silencio. El Ejército salió fortalecido sólo en apariencia: había consentido una acción criminal que recayó sobre hombres de sus filas. La mayoría de la gente lo aprobó. El “asunto Röhm” benefició centralmente a las SS. Al morir Hindenburg, se descartó la convocatoria a elecciones y fue aprobada la fusión de los cargos de presidente y canciller en la persona de Hitler. Una de sus consecuencias significativas consistió en que el Führer obtuviese el mando supremo de las fuerzas armadas; a partir de ese momento todo soldado quedó obligado a jurar lealtad y obediencia incondicional a Hitler. Los oficiales conservadores, muchos de ellos aristócratas que subestimaban al “cabo”, aceptaron subordinarse motivados por el plan de rearme y tranquilizados con la eliminación de la amenaza de la SA. El juramento de lealtad marcó simbólicamente la plena aceptación del nuevo orden por parte del Ejército que, por el momento, conservó su autonomía.

A principios de 1938, Hitler alcanzó su mayor cuota de poder cuando avanzó sobre los espacios de poder aún en manos de los conservadores: la cúpula del Ejército y el Ministerio de Relaciones Exteriores. Tanto el ministro de Guerra como el jefe del Ejército fueron obligados a renunciar por razones relacionadas con su vida privada. El primero porque salió a la luz el pasado “poco honorable” de su nueva esposa; el segundo, ante acusaciones de homosexualidad. Con la retirada de ambos, Hitler asumió el cargo de comandante general de la Wehrmacht (ex Reichswehr) y en pocos días se procedió a reorganizar la cúpula militar. Al mismo tiempo se aprobó el reemplazo del conservador Konstantin von Neurath por el nazi Joachim von Ribbentrop en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Estos cambios fortalecieron la posición del bloque nazi en la orientación de la política exterior y en la elaboración de planes estratégico-militares, y erosionaron la influencia de la Wehrmacht. En 1938 el bloque de fuerzas militares y policiales encabezado por las SS ganó terreno frente al Ejército.

Una vez consolidada la posición de Hitler, la dictadura estuvo lejos de asumir una organización jerárquica centralizada; el gobierno personalizado se combinó con la fragmentación de la trama estatal. El Estado alemán quedó sin ningún organismo central coordinador y con un jefe de gobierno escasamente dispuesto a dirigir el aparato burocrático.

La voluntad del Führer deformaba la trama de la administración del Estado haciendo surgir una variedad de órganos dependientes de sus directivas que competían entre sí y se superponían. Hitler recurrió a la creación de nuevos organismos para responder a la proliferación de las metas o para salvar deficiencias de los que existían. Las nuevas agencias, por ejemplo, la Juventud de Hitler, las oficinas del Plan Cuatrienal, desvinculadas del partido y del Estado, solo eran responsables ante el Führer. Esta política restaba coherencia al gobierno, incrementaba la burocracia y propiciaba la autonomía de Hitler. La personalización extrema se combinó con una arbitrariedad creciente. Al mismo tiempo, la corrupción se extendió en los organismos del Estado en la medida en que gran parte de las relaciones se basaron en la entrega de recompensas a cambio de la obtención de fidelidad personal.

Los dos principales centros de poder fueron el partido y las SS. Una vez conseguido el poder en 1933, el NSDAP (el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) engrosó sus filas y fue básicamente un vehículo de propaganda y de control social, pero nunca llegó a contar con una conducción unificada; su jefatura quedó en manos de un grupo de individuos sin lazos fuertes entre sí. Estas características lo inhabilitaron para imponer una orientación sistemática a la administración del Estado. No obstante, contó con amplias prerrogativas para incidir sobre nombramientos de funcionarios y para vetar los proyectos propuestos por los ministros. Una de las áreas en la que se comprometió con más celo fue la política racial: en este terreno, y mediante la movilización de sus militantes, forzó la actuación legislativa del gobierno.

Aunque nunca llegó a superarse el dualismo partido-Estado, se impuso el predominio del primero. Desde mediados de 1936, el aparato Policía-SS se constituyó en el principal pilar de un nuevo tipo de régimen. En este, el poder policial se hizo poder político y su misión de “defender la nación” careció de trabas y controles legales. Las Schutz Staffel (SS), creadas en 1925, con su pequeño tamaño, limitadas a tareas básicamente policiales, y sin involucrarse en los desórdenes abiertos promovidos por la SA, no fueron percibidas como una amenaza por los militares. Con el ingreso de Hitler al gobierno, este grupo de elite creció numéricamente (280 hombres en 1929, alrededor de 200.000 en 1933), fue ampliando sus redes y su estructura interna se hizo más compleja hasta convertirse en el núcleo de un nuevo tipo de Estado. Desde 1931 Heydrich, en colaboración con Himmler, puso en marcha el Servicio de Seguridad (SD) dependiente de las SS como órgano de espionaje del propio partido, de modo que este cuerpo impuso su superioridad sobre la organización regular del partido. La SD asumió otras funciones policiales y se convirtió en la sección clave de vigilancia y planificación ideológica dentro de las SS. Las fuerzas policiales que hasta entonces dependían de los respectivos Länder quedaron bajo la supervisión de las SS. Este poder policial se hizo cada vez más autónomo a través de las detenciones arbitrarias, la llamada “custodia protectora” y de su autoridad sobre los campos de concentración. Los miembros de la policía interesados en hacer carrera unieron sus esfuerzos a los de las SS para hallar nuevos enemigos: gitanos, homosexuales, mendigos, los grupos sociales más débiles e impopulares. No eran necesarias órdenes de Hitler para que la eficiente maquinaria actuara implacablemente.

 Desde el desfile a la luz de las antorchas organizado el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller, Göbbels dejó claro el enorme significado de las ceremonias y de los recursos simbólicos para encuadrar la movilización social y forjar el vínculo entre el pueblo y el Führer. Al frente del Ministerio de Instrucción Popular y Propaganda manejó con extraordinaria eficacia los mítines de masas, los desfiles ritualizados y las coreografías colosales. Este ministerio tuvo a su cargo “todas las cuestiones de influencia espiritual sobre la nación”. El cine, en el que se destacó la producción de la controvertida actriz y directora Leni Riefenstahl, tuvo un valor especial para el ministro, que hablaba de actores y directores como “soldados de la propaganda”. La fiesta anual del partido, en el Luitpoldhain de Nüremberg, era un espectáculo grandioso al que asistían unos 100.000 espectadores y en el que desfilaban ante Hitler miles de hombres de la SA y de las SS (entre mares de esvásticas y de estandartes nacionales) en una formidable liturgia nacional que consagraba la vinculación orgánica del Führer con su partido y su pueblo. Con el mismo espíritu, Göbbels hizo de los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín en 1936 una verdadera exaltación de la raza aria, de Alemania y de Hitler.

Uno de los temas del debate sobre el nazismo ha girado en torno al problema de su relación con el capitalismo. Hasta dónde las políticas del gobierno nazi fueron determinadas por los objetivos de los grandes intereses económicos, en qué medida la autonomía de Hitler (el rearme, la autarquía económica y el espacio vital) le permitió imponer sus aspiraciones ideológicas y políticas sobre los planes de los capitalistas.

Ni los nazis fueron títeres del gran capital, ni Hitler plasmó una vez en el gobierno las obsesiones ideológicas que anunciara en Mi lucha, al margen de los intereses de los grupos de poder. Desde el inicio hubo coincidencias significativas entre los nazis, el Ejército y los grandes intereses económicos en torno al rearme. Una vez que este se puso en marcha dio paso a tensiones y desafíos que brindaron un terreno fértil para el despliegue de los planes expansionistas y raciales del nazismo. Simultáneamente, a lo largo de este proceso, en el bloque nazi fue ganado creciente poder el complejo aparato de las SS, el más consubstanciado en términos ideológicos y organizativos con la creación de un nuevo orden, que incluía el exterminio de los judíos.

Al llegar al gobierno Hitler no dejó de afirmar, frente a los militares y los organismos encargados de dar respuesta al problema del desempleo, que el gasto militar era prioritario: “todos los demás gastos tenían que subordinarse a la tarea del rearme”. Este objetivo agradó al alto mando del Ejército y junto con la expansión de las obras públicas hizo descender el desempleo. Las enormes ganancias derivadas del auge de los armamentos y el aplastamiento de la izquierda consolidaron la relación entre los empresarios y el gobierno. El programa despegó con fuerza en 1934; sin embargo, conducía a graves cuellos de botella: las divisas asignadas a los insumos[2] destinados a satisfacer la industria de armamentos eran recortadas a las industrias de bienes de consumo, que veían reducida su capacidad de importar y de satisfacer las demandas del mercado interno. Las tensiones afloraron en el primer estancamiento económico importante, a partir de 1935.

En el invierno de 1935-36, mientras los ingresos se mantenían al nivel de 1932, el coste general de la vida había aumentado y se cernía la amenaza de una crisis de alimentos. El elevado gasto en armamento no dejaba divisas disponibles para la importación de los bienes necesarios para mantener bajos los precios de consumo. A la escasez y los aumentos de precios se sumó el crecimiento del paro. A principios de 1936 el ministro de Economía, Schacht, a cargo de la asignación de las divisas, pidió que se redujese el ritmo de rearme. Estas demandas recogían las exigencias de los empresarios vinculados al mercado interno e interesados en preservar los vínculos comerciales de Alemania en el mercado mundial.

Los desafíos asociados al rearme condujeron hacia la autarquía y reforzaron el interés de Hitler por acelerar una expansión que permitiese obtener “espacio vital”. En los primeros meses de 1936 era evidente que ya no resultaba posible armonizar las demandas de un rearme rápido y un consumo interno creciente. Tanto el Ministerio de Armamentos como el de Alimentos reclamaban divisas que eran cada vez más escasas, y mientras el ministro de Economía presionaba para frenar al rearme, los militares propiciaban la aceleración del programa.

En la búsqueda de alternativas Schacht fue desplazado y Göring pasó a ocupar un papel central en la política económica. Dotado de poderes especiales, se puso al frente de un equipo que incluyó a representantes de la empresa IG Farben, para estudiar una solución. El plan cuatrienal elaborado por este grupo reconoció la necesidad de implantar una economía más dirigida y la posibilidad de satisfacer simultáneamente las distintas demandas mediante la elaboración de materias primas sintéticas, que frenarían las importaciones. Se suponía que con una producción cada vez más independiente del mercado mundial, los movimientos de la economía se sujetarían a las necesidades de la nación. Fue una decisión en la que ideología e intereses materiales estuvieron entrelazados.

El plan solo podía sostenerse por un tiempo limitado, durante el cual Alemania se prepararía para lograr su expansión territorial. Con el exitoso manejo de la crisis de 1936 y el papel dominante de Göring en el plano económico, la dirigencia nazi se afianzó en el poder y creció su autonomía respecto a los grupos de empresarios. Esto le permitió dar mayor prioridad y alcance a sus motivaciones ideológicas en la formulación de la política exterior. Pero no significó que el bloque nazi se desvinculase definitivamente del Ejército o de la gran industria; ambos acompañaron al gobierno en la búsqueda del espacio vital. La expansión territorial era un objetivo central de la ideología nazi. La crisis económica y las medidas aplicadas para hacerle frente ofrecieron condiciones favorables para la puesta en marcha de la maquinaria bélica.


 



[1] Se conoce como Putsch de Múnich o Putsch de la Cervecería al fallido intento de golpe de Estado del 8 y 9 de noviembre de 1923 en Múnich, llevado a cabo por miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) y por el que

fueron procesados y condenados a prisión Adolf Hitler y Rudolf Hess,

entre otros dirigentes nazis.

[2] Insumo: bien de cualquier clase empleado en la producción de otros bienes.

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