La Frágil República De Weimar
Los primeros años de
la posguerra fueron sombríos. Ni los comunistas ni la derecha radical aceptaron
la República, ya que contó con escasos adeptos realmente convencidos; la
socialdemocracia fue su más decidido sostén. El gobierno provisional fue
obligado por las potencias victoriosas a firmar una paz que los alemanes
vivieron como humillante. Para muchos alemanes, la derrota en la guerra fue más
una “puñalada por la espalda” de la dirigencia republicana que consecuencia del
fracaso en los campos de batalla.
La
Constitución aprobada a finales de julio en la ciudad de Weimar reconoció el
derecho al voto a todos los hombres y mujeres mayores de 20 años, dispuso la
elección directa del presidente y adoptó un sistema de representación
proporcional que aseguraba la presencia de los partidos minoritarios. Aunque se
pronunció a favor de una república democrática parlamentaria, se dejó abierta
la puerta al presidencialismo en el cual el eje central de la vida política es el presidente. En
situaciones de emergencia el presidente podría gobernar sólo a través de decretos.
Esta práctica, en principio excepcional, se hizo habitual a partir de 1930,
cuando los ministros, ante un Reichstag dividido en distintas tendencias
políticas, actuaron solo con el respaldo del presidente. El régimen republicano
dejó intactos los pilares de la Alemania imperial: la burocracia, los jefes y
oficiales del Ejército, la Magistratura, el cuerpo policial.
En las elecciones de
enero de 1919 para establecer la Asamblea Constituyente los comunistas no se
presentaron: la socialdemocracia obtuvo el 38% de los votos y los socialistas
independientes cerca del 8%. La mayoría de la población optó por partidos
burgueses. Alemania era un país políticamente moderado y los partidos de centroderecha
tenían un peso destacado en el electorado. La presidencia quedó a cargo del
socialista Ebert hasta su muerte en 1925, cuando fue elegido el mariscal Paul
von Hindenburg con la activa movilización de la clase media. Aunque la
socialdemocracia fue el partido más votado en las seis elecciones que se
celebraron entre 1919 y 1930, en el marco del sistema proporcional no contó con
el número necesario de diputados para formar gobierno propio. Después de las
elecciones de junio de 1920 la coalición acordada en 1919 perdió votos y
crecieron los de la derecha y la izquierda. Justo en 1928, con casi el 30% de
los votos, un socialdemócrata volvió a ocupar el cargo de canciller.
El año 1923 fue
especialmente crítico: la ocupación del Ruhr, la insurrección de los comunistas
y el Putsch de Múnich[1]. En los
primeros meses, los gobiernos de Francia y Bélgica ocuparon el Ruhr y asumieron
la explotación de las minas y ferrocarriles de la región para cobrarse las indemnizaciones
de guerra. El gobierno alemán ordenó la resistencia pasiva y se lanzó a emitir
moneda para atender las necesidades de la población. La trama social fue
desgarrada por la más alta hiperinflación conocida hasta ese momento. Durante
la crisis se formó un gobierno de coalición encabezado por Gustav Stresemann,
hombre del Partido Popular Alemán, ligado a los intereses de la industria. Al
frente del área económica, Hjalmar Schacht, una figura con sólidas relaciones
en el mundo de las finanzas y futuro ministro de Economía del gobierno de
Hitler, tomó drásticas medidas para reducir el gasto público y obtuvo ayuda de
los banqueros norteamericanos a través del plan Dawes. La recuperación
promovida por este crédito colocó a Alemania en una posición altamente
dependiente del ingreso de capitales estadounidenses.
En el estado de
Baviera, católico, campesino y particularista, el frustrado y violento intento
de crear una república soviética en 1919 dejó profundas heridas en las que la
derecha contrarrevolucionaria encontró condiciones propicias para afianzarse.
El capitán del Reichswehr (Ejército alemán) Ernst Röhm propuso cursos de
adoctrinamiento para asegurar la lealtad de los soldados a los altos mandos. El
cabo Adolf Hitler, uno de los asistentes, llamó la atención de sus superiores
debido a sus dotes como orador, y le encomendaron controlar el Partido Alemán
de los Trabajadores. Creado a finales de 1918, el ideario de este pequeño
círculo combinaba el nacionalismo, la defensa de los derechos del trabajador y
el antisemitismo. Hitler renunció al Ejército y se volcó decididamente en la
actividad política.
El partido,
reorganizado bajo el nombre de Partido Nacional Socialista de los Obreros
Alemanes, presentó en 1920 su nuevo programa. A través de sus veinticinco
puntos articuló las ideas de los nacionalistas extremos: unión de todos los
alemanes en una gran Alemania, anulación de los tratados de paz y negación de
la ciudadanía a quien no llevara sangre alemana (los judíos, explícitamente, no
podían ser alemanes), con reformas de sesgo socialista (la abolición de la
renta no ganada por el trabajo, nacionalización de las grandes empresas,
reparto de los beneficios de la gran industria y la reforma agraria radical).
La propuesta no ganó por cierto la simpatía de los principales grupos
económicos, pero los participantes de los mítines, con Hitler como orador,
fueron cada vez más numerosos. Para guardar el orden en los actos se creó una
fuerza de choque, la Sección de Asalto (SA) que bajo la conducción de Röhm
recibiría formación militar.
Con la asunción de
Stresemann, la relación entre el gobierno central y las autoridades de Baviera,
protectoras de las múltiples asociaciones paramilitares locales, se acercó
rápidamente a la ruptura. La derecha extrema deseaba “la marcha sobre Berlín”
para instaurar un nuevo gobierno sin la influencia socialista. Pero el
triunvirato que gobernaba Baviera no tenía intención de dejarse arrastrar a un
enfrentamiento armado. Hitler y el ex jefe del Estado Mayor imperial y héroe de
guerra, el general Erich Ludendorff, acordaron forzar el golpe. El 9 de
noviembre se pusieron al frente de una manifestación que no logró ser masiva y
fue violentamente reprimida por la policía. Hitler pudo huir y dos días después
fue arrestado. Condenado a cinco años de prisión, solo estuvo recluido nueve
meses. En la cárcel, mientras dictaba Mi lucha a Rudolf Hess, reconocería dos
errores en la experiencia de Múnich: haberse colocado en la ilegalidad y
enfrentar al Ejército. No volvería a cometerlos.
La estabilidad de la
economía alemana y los logros de Stresemann en la política exterior abrieron un
paréntesis de relativa calma. No obstante, la República careció de un sólido
apoyo por parte de la población, y las instituciones imperiales no se
reorganizaron en un sentido democrático. La campaña a la presidencia de
Alemania de 1925 en la que se impuso Paul von Hindenburg, el otro gran héroe de
la campaña en el este, puso en evidencia el alto grado de movilización de la
clase media; todas sus organizaciones: clubes, centros de tiro, asociaciones
profesionales, ocuparon decididamente el espacio público, y aunque eligieron a
un representante del orden prusiano la escena política se impregnó de un
decidido tono popular, en el que
prevaleció el sentimiento de una comunidad nacional entre iguales que
relegaba las jerarquías del orden imperial.
Al salir de la
cárcel, Hitler reorganizó el partido en un sentido que le hizo posible contar
con los poderes concentrados en su persona. Desmanteló la fracción radical
dirigida por los hermanos Otto y Gregor Strasser, mientras que Joseph Göbbels,
que había tachado a Hitler de pequeño burgués, pasó a ser uno de sus más
incondicionales colaboradores. La SA, a pesar del disgusto de Röhm, quedó
subordinada a las órdenes del partido. Las SS (fuerzas de protección) creadas
como un cuerpo reducido y selecto a cargo de la custodia de Hitler, quedaron
bajo la dirección de la SA. Sin embargo, a partir del nombramiento de Heinrich
Himmler en 1929 se autonomizaron y ganaron poder rápidamente, hasta convertirse
en el instrumento de dominación distintivo del Tercer Reich. Fue un estado en
el seno del Estado.
El partido nazi, desde
su aparición en el campo electoral a mediados de 1924 y hasta que la crisis de
1929 agudizara las tensiones sociales, tuvo escasa inserción en el electorado
(en diciembre de 1924 obtuvo 900.000 votos, y en mayo de 1928, 800.000) y se
colocó a una considerable distancia de la derecha conservadora cada vez más
radical. Fue básicamente en el marco de la crisis que el nazismo pasó al centro
del escenario político. Sin embargo, el derrumbe económico no fue el que
condujo en forma lineal e inevitable al ascenso de los nazis. Más importante
fue la fuerte movilización política de diferentes sectores de la clase media,
que lo hicieron abandonando y cuestionando a los partidos tradicionales para reivindicar
la acción directa y un nuevo modo de hacer política de tono populista. El
triunfo electoral de los nazis a partir de 1930 fue posible porque, en el marco
de la crisis de los principales partidos y de la intensa activación ciudadana,
fueron los que mejor supieron interpretar y representar las demandas de
justicia social y rehabilitación del orgullo nacional de gran parte de la
sociedad.
El ascenso de Hitler
al gobierno fue facilitado también por los sectores poderosos de la sociedad (empresas,
Ejército, grandes terratenientes, funcionarios de alto nivel, académicos,
intelectuales, creadores de opinión), que nunca habían aceptado la República.
Entre la renuncia del primer ministro socialdemócrata en 1930 y el nombramiento
de Hitler en enero de 1933 se sucedieron una serie de gobiernos débiles y
antiparlamentarios (Heinrich Brüning, Franz von Papen y el general Kurt von
Schleicher), que intentaron avanzar hacia un régimen autoritario vía la
imposición de decretos de emergencia y las reiteradas disoluciones del
Reichstag. En ese lapso, el Partido Nacional Socialista de los Obreros Alemanes
se convirtió en un partido de masas. En las elecciones de septiembre de 1930
ganó unos 6 millones de votos respecto a las de 1928, y se convirtió en la
segunda fuerza política del país, con el traspaso de electores de los partidos
de centro y de la derecha a los nazis. En las elecciones presidenciales de
principios de 1932, Hindenburg se impuso frente a Hitler, pero fue necesario
convocar una segunda vuelta para que el primero fuera reelegido. En la primera
vuelta Hitler sacó el 30% de los votos, Hindenburg el 49 % y el candidato
comunista Ernst Thälmann el 13%; en la segunda, Hindenburg obtuvo 53% de los
sufragios, Hitler el 37% y Thälmann 10%. Los seguidores del Partido
Socialdemócrata votaron por el mariscal. El lema del Partido Comunista fue: “un
voto para Hindenburg es un voto para Hitler; un voto para Hitler es un voto
para la guerra”.
En los comicios de
finales de julio de 1932 el nazismo recogió la mayor afluencia de votantes
(37,3%) sin que este resultado le permitiera contar con mayoría propia; los
comunistas también incrementaron su número de votos. La crisis social y
económica abonaba la radicalización de la política. En este escenario, la
Tercera Internacional, siguiendo las directivas de Moscú, descartó totalmente
la posibilidad de una alianza con los socialistas. En el VI Congreso efectuado
en 1928 se dio por concluido el período de estabilización del capitalismo con
el anuncio de una severa crisis económica que posibilitaría la ofensiva
revolucionaria del comunismo. En consecuencia, los partidos comunistas debían
enfrentar a la socialdemocracia porque esta era solo la opción moderada de la
burguesía para controlar la energía revolucionaria del proletariado. El terror
fascista, la otra opción del capitalismo cuando la radicalización de las masas
no permitía la vía del reformismo socialista, fue concebido como un fenómeno
pasajero ante el avance arrollador de la lucha de clases. Bajo el capitalismo
monopolista, según esta interpretación, el fascismo no era más que la última
forma política de la dictadura burguesa, que sería seguida por la dictadura del
proletariado. En el momento en que Hitler avanzaba hacia el poder, la izquierda
alemana siguió dividida.
Las camarillas del
entorno presidencial buscaron el apoyo del nazismo para contar con el aval de
un movimiento de masas en la empresa de imponer el autoritarismo. Después de
las elecciones de julio, le ofrecieron a Hitler ingresar en un gobierno de
coalición, pero este rechazó la propuesta: quería el cargo de canciller. Había
apostado a todo o nada. El partido, en cambio, presionaba a favor del ingreso
en el gobierno. El Reichstag fue nuevamente disuelto. Los comicios de noviembre
de 1932 no cambiaron nada. Los partidos que apoyaban al gobierno solo
obtuvieron el 10% de los votos. En el campo de la izquierda, la
socialdemocracia y el comunismo recogieron más de 13 millones de votos, pero
eran rivales; los nazis, a pesar de haber perdido dos millones de votos, continuaron
siendo la fuerza mayoritaria en el Reichstag. Finalmente, a finales de enero de
1933 la derecha conservadora entregó el gobierno al jefe del partido que no
había dudado en sembrar la violencia en su marcha hacia el poder. El rechazo de
los grupos poderosos por el orden republicano, las condiciones impuestas en la Paz
de Versalles, la profunda crisis política potenciada por la crisis social de
1930, junto con las divisiones en el campo de la izquierda, conformaron un
escenario positivo para el ascenso del Führer. Las acciones de las elites
tradicionales que le abrieron camino creyendo que podrían usarlo para terminar
con la República y aniquilar a la izquierda fueron decisivas. Los nazis, por su
parte, tuvieron la habilidad de presentarse como la opción política capaz de
canalizar la movilización de los sectores medios combinando las aspiraciones
nacionalistas con el afán de igualdad social.
Hacia La Concentración Del Poder
A lo largo de 1933
se consumó el proceso de coordinación (Gleichschaltung) que desembocó en la
instauración de la dictadura nazi. La rapidez y la profundidad de los cambios
que afectaron al Estado y la sociedad alemana fueron asombrosas. La
transformación se concretó en virtud de una combinación de medidas pseudo
legales, terror, manipulación y colaboración voluntaria. Mussolini tardó tres
años para llegar a este propósito. El gabinete que acompañó a Hitler en su acceso
al gobierno era básicamente conservador. Los nacionalsocialistas solo contaban
con el ministro de Interior, un futuro ministerio de Propaganda para ubicar a
Göbbels, y con Hermann Göring como ministro sin cartera. Este ya dirigía el
poderoso Ministerio del Interior de Prusia. Con el propósito de contar con
mayoría propia en el Reichstag, Hitler dispuso convocar elecciones para el 5 de
marzo. El incendio del edificio del Reichstag el 27 de febrero le facilitó
desatar una brutal ola de violencia contra la izquierda. No obstante, en los
comicios de marzo los nacionalsocialistas, con el 43,8% de los votos, no
alcanzaron el ansiado quórum propio. A pesar del terror desplegado, los votos
socialdemócratas y comunistas apenas decayeron, y el centro católico ganó algunos
escaños.
Cuando se reunió el
Reichstag, sin la presencia de los comunistas encarcelados y perseguidos, todos
los partidos, excepto los socialdemócratas, aceptaron votar la ley para la
Protección del Pueblo y el Estado, que confería al gobierno plenos poderes para
legislar sin consultar al Parlamento, e incluso para cambiar la Constitución.
La liquidación del orden republicano se había concretado utilizando los
mecanismos previstos en la Constitución. Los adversarios políticos más activos
fueron detenidos o huyeron del país. El primer campo de concentración se abrió
en marzo de 1933 en Dachau, en las afueras de Múnich, bajo la dirección de las
SS, como centro de detención, tortura y exterminio de los militantes de
izquierda. En mayo, después de la conmemoración del Día del Trabajo, fueron
disueltos los sindicatos. A mediados de 1933 ya habían sido prohibidos o bien
decidieron disolverse todos los partidos políticos. Entre marzo de 1933 y enero
de 1934 se abolió la soberanía de los Länder (provincias) y se aprobó la ley
que consagraba la unidad entre partido y Estado: el partido nazi era portador
del concepto del Estado e inseparable de este, y su organización era
determinada por el Führer. Casi todos los organismos de la sociedad civil
fueron nazificados. Esta coordinación fue en general voluntaria. Las
excepciones a este proceso fueron las Iglesias cristianas y el Ejército, que
mantuvo su cuerpo de oficiales mayoritariamente integrado por hombres formados
y consubstanciados con las jerarquías del orden imperial.
A mediados de 1934
se dio el segundo paso hacia el control total del poder por parte de Hitler. A
finales de junio fue eliminada el ala radicalizada del nazismo, con la
detención y asesinato de la cúpula de la SA. En segundo lugar, en agosto,
después de la muerte de Hindenburg, el Ejército prestó juramento de lealtad a
la persona de Hitler. Desde el ingreso al gobierno en las filas de la SA se
había levantado el clamor a favor de una segunda revolución, sus miembros
pretendían amplios poderes en la policía, en las cuestiones militares y en la
administración civil. Sus aspiraciones generaban temor en las elites
conservadoras y en el alto mando del Reichswehr, y eran resistidas por otros
sectores del partido. Entre los dirigentes nazis que desaprobaban el estilo tumultuoso
y anárquico de las tropas comandadas por Röhm se encontraba Göring, que quería
librarse del halo de poder que constituía la SA en Prusia, mientras que Himmler
y Reinhard Heydrich ambicionaban romper la subordinación de las SS respecto de
la SA. Se encargaron de “probar” la existencia de un plan de golpe por parte de
la SA. Hitler los dejó actuar a pesar de su estrecha relación con el hombre
fuerte de la SA, y el 30 de junio, La noche de los cuchillos largos, desplegaron
sus fuerzas asesinando y deteniendo a los supuestos traidores. No solo cayeron
integrantes de la mencionada organización, también fueron ejecutados dos
generales, dirigentes conservadores, el jefe de la Acción Católica y el
dirigente nazi Gregor Strasser, que había competido con Hitler. Röhm fue
asesinado en su celda al negar suicidarse.
Después de la
masacre, Hitler se presentó ante el Reichstag como “juez supremo” del pueblo
alemán y reconoció que había dado “la orden de ejecutar a los que eran más
culpables de esta traición”. Las Iglesias guardaron silencio. El Ejército salió
fortalecido sólo en apariencia: había consentido una acción criminal que recayó
sobre hombres de sus filas. La mayoría de la gente lo aprobó. El “asunto Röhm”
benefició centralmente a las SS. Al morir Hindenburg, se descartó la
convocatoria a elecciones y fue aprobada la fusión de los cargos de presidente
y canciller en la persona de Hitler. Una de sus consecuencias significativas
consistió en que el Führer obtuviese el mando supremo de las fuerzas armadas; a
partir de ese momento todo soldado quedó obligado a jurar lealtad y obediencia
incondicional a Hitler. Los oficiales conservadores, muchos de ellos
aristócratas que subestimaban al “cabo”, aceptaron subordinarse motivados por
el plan de rearme y tranquilizados con la eliminación de la amenaza de la SA.
El juramento de lealtad marcó simbólicamente la plena aceptación del nuevo
orden por parte del Ejército que, por el momento, conservó su autonomía.
A principios de
1938, Hitler alcanzó su mayor cuota de poder cuando avanzó sobre los espacios
de poder aún en manos de los conservadores: la cúpula del Ejército y el
Ministerio de Relaciones Exteriores. Tanto el ministro de Guerra como el jefe
del Ejército fueron obligados a renunciar por razones relacionadas con su vida
privada. El primero porque salió a la luz el pasado “poco honorable” de su
nueva esposa; el segundo, ante acusaciones de homosexualidad. Con la retirada
de ambos, Hitler asumió el cargo de comandante general de la Wehrmacht (ex
Reichswehr) y en pocos días se procedió a reorganizar la cúpula militar. Al
mismo tiempo se aprobó el reemplazo del conservador Konstantin von Neurath por
el nazi Joachim von Ribbentrop en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Estos
cambios fortalecieron la posición del bloque nazi en la orientación de la
política exterior y en la elaboración de planes estratégico-militares, y
erosionaron la influencia de la Wehrmacht. En 1938 el bloque de fuerzas
militares y policiales encabezado por las SS ganó terreno frente al Ejército.
Una vez consolidada
la posición de Hitler, la dictadura estuvo lejos de asumir una organización
jerárquica centralizada; el gobierno personalizado se combinó con la
fragmentación de la trama estatal. El Estado alemán quedó sin ningún organismo
central coordinador y con un jefe de gobierno escasamente dispuesto a dirigir
el aparato burocrático.
La voluntad del
Führer deformaba la trama de la administración del Estado haciendo surgir una
variedad de órganos dependientes de sus directivas que competían entre sí y se
superponían. Hitler recurrió a la creación de nuevos organismos para responder
a la proliferación de las metas o para salvar deficiencias de los que existían.
Las nuevas agencias, por ejemplo, la Juventud de Hitler, las oficinas del Plan
Cuatrienal, desvinculadas del partido y del Estado, solo eran responsables ante
el Führer. Esta política restaba coherencia al gobierno, incrementaba la
burocracia y propiciaba la autonomía de Hitler. La personalización extrema se
combinó con una arbitrariedad creciente. Al mismo tiempo, la corrupción se
extendió en los organismos del Estado en la medida en que gran parte de las
relaciones se basaron en la entrega de recompensas a cambio de la obtención de
fidelidad personal.
Los dos principales
centros de poder fueron el partido y las SS. Una vez conseguido el poder en
1933, el NSDAP (el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) engrosó sus filas
y fue básicamente un vehículo de propaganda y de control social, pero nunca
llegó a contar con una conducción unificada; su jefatura quedó en manos de un
grupo de individuos sin lazos fuertes entre sí. Estas características lo
inhabilitaron para imponer una orientación sistemática a la administración del
Estado. No obstante, contó con amplias prerrogativas para incidir sobre
nombramientos de funcionarios y para vetar los proyectos propuestos por los
ministros. Una de las áreas en la que se comprometió con más celo fue la
política racial: en este terreno, y mediante la movilización de sus militantes,
forzó la actuación legislativa del gobierno.
Aunque nunca llegó a superarse el dualismo
partido-Estado, se impuso el predominio del primero. Desde mediados de 1936, el
aparato Policía-SS se constituyó en el principal pilar de un nuevo tipo de
régimen. En este, el poder policial se hizo poder político y su misión de
“defender la nación” careció de trabas y controles legales. Las Schutz Staffel
(SS), creadas en 1925, con su pequeño tamaño, limitadas a tareas básicamente
policiales, y sin involucrarse en los desórdenes abiertos promovidos por la SA,
no fueron percibidas como una amenaza por los militares. Con el ingreso de
Hitler al gobierno, este grupo de elite creció numéricamente (280 hombres en
1929, alrededor de 200.000 en 1933), fue ampliando sus redes y su estructura
interna se hizo más compleja hasta convertirse en el núcleo de un nuevo tipo de
Estado. Desde 1931 Heydrich, en colaboración con Himmler, puso en marcha el
Servicio de Seguridad (SD) dependiente de las SS como órgano de espionaje del
propio partido, de modo
que este cuerpo impuso su superioridad sobre la organización regular del
partido. La SD asumió otras funciones policiales y se convirtió en la sección
clave de vigilancia y planificación ideológica dentro de las SS. Las fuerzas
policiales que hasta entonces dependían de los respectivos Länder quedaron bajo
la supervisión de las SS. Este poder policial se hizo cada vez más autónomo a
través de las detenciones arbitrarias, la llamada “custodia protectora” y de su
autoridad sobre los campos de concentración. Los miembros de la policía
interesados en hacer carrera unieron sus esfuerzos a los de las SS para hallar
nuevos enemigos: gitanos, homosexuales, mendigos, los grupos sociales más
débiles e impopulares. No eran necesarias órdenes de Hitler para que la
eficiente maquinaria actuara implacablemente.
Desde el desfile a la luz de las antorchas
organizado el 30 de enero de 1933, cuando Hitler fue nombrado canciller,
Göbbels dejó claro el enorme significado de las ceremonias y de los recursos
simbólicos para encuadrar la movilización social y forjar el vínculo entre el
pueblo y el Führer. Al frente del Ministerio de Instrucción Popular y
Propaganda manejó con extraordinaria eficacia los mítines de masas, los
desfiles ritualizados y las coreografías colosales. Este ministerio tuvo a su
cargo “todas las cuestiones de influencia espiritual sobre la nación”. El cine,
en el que se destacó la producción de la controvertida actriz y directora Leni
Riefenstahl, tuvo un valor especial para el ministro, que hablaba de actores y
directores como “soldados de la propaganda”. La fiesta anual del partido, en el
Luitpoldhain de Nüremberg, era un espectáculo grandioso al que asistían unos
100.000 espectadores y en el que desfilaban ante Hitler miles de hombres de la
SA y de las SS (entre mares de esvásticas y de estandartes nacionales) en una
formidable liturgia nacional que consagraba la vinculación orgánica del Führer
con su partido y su pueblo. Con el mismo espíritu, Göbbels hizo de los Juegos
Olímpicos celebrados en Berlín en 1936 una verdadera exaltación de la raza
aria, de Alemania y de Hitler.
Uno de los temas del
debate sobre el nazismo ha girado en torno al problema de su relación con el
capitalismo. Hasta dónde las políticas del gobierno nazi fueron determinadas
por los objetivos de los grandes intereses económicos, en qué medida la
autonomía de Hitler (el rearme, la autarquía económica y el espacio vital) le
permitió imponer sus aspiraciones ideológicas y políticas sobre los planes de
los capitalistas.
Ni los nazis fueron
títeres del gran capital, ni Hitler plasmó una vez en el gobierno las
obsesiones ideológicas que anunciara en Mi lucha, al margen de los intereses de
los grupos de poder. Desde el inicio hubo coincidencias significativas entre
los nazis, el Ejército y los grandes intereses económicos en torno al rearme.
Una vez que este se puso en marcha dio paso a tensiones y desafíos que
brindaron un terreno fértil para el despliegue de los planes expansionistas y
raciales del nazismo. Simultáneamente, a lo largo de este proceso, en el bloque
nazi fue ganado creciente poder el complejo aparato de las SS, el más
consubstanciado en términos ideológicos y organizativos con la creación de un
nuevo orden, que incluía el exterminio de los judíos.
Al llegar al
gobierno Hitler no dejó de afirmar, frente a los militares y los organismos
encargados de dar respuesta al problema del desempleo, que el gasto militar era
prioritario: “todos los demás gastos tenían que subordinarse a la tarea del
rearme”. Este objetivo agradó al alto mando del Ejército y junto con la
expansión de las obras públicas hizo descender el desempleo. Las enormes
ganancias derivadas del auge de los armamentos y el aplastamiento de la
izquierda consolidaron la relación entre los empresarios y el gobierno. El
programa despegó con fuerza en 1934; sin embargo, conducía a graves cuellos de
botella: las divisas asignadas a los insumos[2]
destinados a satisfacer la industria de armamentos eran recortadas a las
industrias de bienes de consumo, que veían reducida su capacidad de importar y
de satisfacer las demandas del mercado interno. Las tensiones afloraron en el
primer estancamiento económico importante, a partir de 1935.
En el invierno de
1935-36, mientras los ingresos se mantenían al nivel de 1932, el coste general
de la vida había aumentado y se cernía la amenaza de una crisis de alimentos.
El elevado gasto en armamento no dejaba divisas disponibles para la importación
de los bienes necesarios para mantener bajos los precios de consumo. A la
escasez y los aumentos de precios se sumó el crecimiento del paro. A principios
de 1936 el ministro de Economía, Schacht, a cargo de la asignación de las
divisas, pidió que se redujese el ritmo de rearme. Estas demandas recogían las exigencias
de los empresarios vinculados al mercado interno e interesados en preservar los
vínculos comerciales de Alemania en el mercado mundial.
Los desafíos
asociados al rearme condujeron hacia la autarquía y reforzaron el interés de
Hitler por acelerar una expansión que permitiese obtener “espacio vital”. En
los primeros meses de 1936 era evidente que ya no resultaba posible armonizar
las demandas de un rearme rápido y un consumo interno creciente. Tanto el
Ministerio de Armamentos como el de Alimentos reclamaban divisas que eran cada
vez más escasas, y mientras el ministro de Economía presionaba para frenar al
rearme, los militares propiciaban la aceleración del programa.
En la búsqueda de
alternativas Schacht fue desplazado y Göring pasó a ocupar un papel central en
la política económica. Dotado de poderes especiales, se puso al frente de un
equipo que incluyó a representantes de la empresa IG Farben, para estudiar una
solución. El plan cuatrienal elaborado por este grupo reconoció la necesidad de
implantar una economía más dirigida y la posibilidad de satisfacer
simultáneamente las distintas demandas mediante la elaboración de materias
primas sintéticas, que frenarían las importaciones. Se suponía que con una
producción cada vez más independiente del mercado mundial, los movimientos de
la economía se sujetarían a las necesidades de la nación. Fue una decisión en
la que ideología e intereses materiales estuvieron entrelazados.
El plan solo podía
sostenerse por un tiempo limitado, durante el cual Alemania se prepararía para
lograr su expansión territorial. Con el exitoso manejo de la crisis de 1936 y
el papel dominante de Göring en el plano económico, la dirigencia nazi se
afianzó en el poder y creció su autonomía respecto a los grupos de empresarios.
Esto le permitió dar mayor prioridad y alcance a sus motivaciones ideológicas
en la formulación de la política exterior. Pero no significó que el bloque nazi
se desvinculase definitivamente del Ejército o de la gran industria; ambos
acompañaron al gobierno en la búsqueda del espacio vital. La expansión
territorial era un objetivo central de la ideología nazi. La crisis económica y
las medidas aplicadas para hacerle frente ofrecieron condiciones favorables
para la puesta en marcha de la maquinaria bélica.
[1] Se conoce como Putsch
de Múnich o Putsch de la Cervecería al fallido
intento de golpe de Estado del 8 y 9 de noviembre de 1923 en Múnich,
llevado a cabo por miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP)
y por el que
fueron procesados y condenados a prisión Adolf Hitler y Rudolf Hess,
entre otros dirigentes nazis.
[2]
Insumo: bien de cualquier clase empleado en la
producción de otros bienes.
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