Desde la muerte de
Stalin en 1953 hasta el ingreso de los tanques soviéticos en Checoslovaquia en
1968, el bloque soviético europeo fue sacudido por una profunda crisis, con crecidas
y reflujos, y con diferentes alcances y significación según los países. Se
pueden distinguir tres tipos principales de conflictos:
1.
Episodios de rebelión causada por la
escasez o bien como reacción por reajustes en los centros de trabajo para
incrementar la productividad o como protesta frente a la desvalorización de la
moneda.
2.
La Revolución húngara de 1956, que
cuestionó en forma radical el sistema comunista de partido único.
3.
En Checoslovaquia, como centro del
conflicto, se intentó, desde un sector de la cúpula del partido gobernante, de
concretar reformas políticas y económicas.
En otros casos, como
los de Rumania y Albania, no hubo estallidos sociales, pero sí la decisión de
los partidos comunistas de estos países de tomar distancia de Moscú. La
disidencia de este segundo grupo impugnó la desestalinización, o bien no se
sumó a este proceso, para centrarse en la ruptura de su condición de satélites
respecto del rumbo diseñado en Moscú y emprender su propio programa económico y
de relaciones exteriores. En este contexto, China cuestionó muy tempranamente
las críticas a Stalin, repudió decididamente los movimientos de protesta que
tuvieron lugar en los países europeos y acabó, por un lado, denunciando la
naturaleza imperialista de la URSS y, por el otro, recomponiendo sus relaciones
con Estados Unidos.
A la muerte de
Stalin, el giro adoptado por la dirección colegiada desde Moscú dio paso a la
emergencia del concepto de revisionismo. El término fue acuñado
originariamente por los sectores que se oponían a los cambios propiciados por
los reformadores, y a través de éste se pretendía descalificarlos al asociar
sus planteamientos con los de la corriente de la socialdemocracia alemana
encabezada por Bernstein a finales del siglo XIX. Los revisionistas de ayer
habían traicionado a la clase obrera al sumarse a las “uniones sagradas” que
posibilitaron la Primera Guerra Mundial y la habían vuelto a traicionar cuando
criticaron la toma del gobierno por parte de los bolcheviques en octubre de
1917. Bajo el término revisionismo coexistían principios que no
terminaban de estar articulados y se englobó a diferentes sectores que, aunque
compartían su oposición al estalinismo, aún no habían precisado sus diferencias
internas. El grupo central lo integraban quienes estaban a favor de la
eliminación de los métodos autoritarios y burocráticos en el Partido y en el
Estado, el desarrollo de la autogestión, la apertura en el plano cultural y un
cierto pluralismo político, pero bajo la dirección del Partido Comunista.
Los “liberales”, con
objetivos más limitados que el grupo anterior, impulsaron inicialmente los cambios,
pero circunscriptos a la adopción de un nuevo estilo político por parte de la
conducción del Partido. La renovación debía conferir un carácter menos
arbitrario a las decisiones del gobierno y del Partido y habría de incluir
medidas económicas destinadas a recoger las demandas más imperiosas de
productores y consumidores: normas de trabajo más flexibles, mayores salarios,
posibilidades de acceso a la vivienda. Todo esto sin poner en tela de juicio el
control del Partido sobre la organización de la producción y de los criterios
en que se basaba la distribución, y sin abrir el juego a la competencia
política.
Los revisionistas de
izquierda propiciaban una democratización más profunda en el campo del trabajo
a través del fortalecimiento de los consejos obreros no subordinados al Partido
y la configuración de un espacio abierto para el debate al margen de este. Dicho
sector sólo se visualiza en aquellas situaciones en que la crisis se combinó
con la movilización organizada de sectores de la sociedad. También se sumaron
al nuevo espacio abierto por los revisionistas aquellas fuerzas políticas
tradicionales que habían intervenido en la lucha contra el fascismo y después,
en el marco de la sovietización, fueron proscriptas: socialdemócratas,
católicos, agrarios. En relación con el marxismo, los revisionistas
reconocieron la posibilidad y la necesidad de leer e interpretar las obras de
Marx sin atenerse a la intermediación institucional. Además, reivindicaron la
incorporación de otras corrientes teóricas que habían estado censuradas en
virtud de su condición de ciencias burguesas. Se prestó atención a otras
tradiciones y corrientes socialistas no aceptadas hasta entonces por el poder,
tanto la de los marxistas que habían formulado críticas al curso de Revolución
bolchevique y algunos aspectos de la doctrina leninista, como la de Rosa
Luxemburgo, o bien las de los partidos socialistas de Europa Occidental.
El nuevo rumbo
puesto en marcha por Kruschev desestabilizó a las dirigencias comunistas de los
países europeos. En parte porque deslegitimaba a quienes habían actuado como
“pequeños Stalin”. El giro del XX Congreso los colocó frente a severos
desafíos: encarar la dirección colectiva; asumir la crítica al culto de la
personalidad del líder; corregir los excesos en la industrialización y
colectivización; suprimir los aspectos más brutales de la represión; e
indemnizar a algunas de las víctimas más notorias.
El objetivo de los
dirigentes soviéticos no era liquidar la hegemonía de los jefes políticos del
bloque soviético sino continuarla por otros medios más flexibles, más
racionales y respetuosos. Pero la puesta en marcha de la reforma produjo
divisiones en el seno del Kremlin que se reprodujeron en los órganos de poder
de los otros países del bloque. La presencia de diferentes tendencias, la de
los conservadores estalinistas por un lado y la de los revisionistas por otro,
dio paso a un proceso marcado por avances y retrocesos en la implementación de
las reformas y, en algunos casos, a situaciones revolucionarias.
Las fracciones
estalinistas de las democracias populares contaban con el apoyo del grupo
Mólotov-Kaganóvich, que resistía en Moscú al grupo de Kruschev; por su parte,
los más dispuestos a promover cambios tuvieron el aval de los “liberales” del
Kremlin. En Hungría, por ejemplo, el secretario general del Partido, Mátyás
Rákosi, organizador del proceso contra László Rajk en 1952, debió aceptar que
Imre Nagy ocupara el puesto de primer ministro. Nagy, vinculado con Malenkov,
prometió una bajada general de los controles y una economía orientada hacia el
consumo. No llegó a desplegar su programa porque en 1955 cayó junto con
Malenkov.
Dado que el revisionismo
fue principalmente un movimiento intelectual, su base de acción se encontró en
las revistas culturales o especializadas, en las escuelas superiores (incluyendo
las del Partido) y en las asociaciones culturales, científicas y políticas.
Lograron extender su campo de acción al asociarse con el ala reformista de los
aparatos del Partido. No formaron nunca una organización política propia, ya
que optaron por actuar dentro de los cuadros institucionales dirigiéndose en
primer lugar al Partido Comunista con el fin de promover una auténtica
renovación de la práctica socialista. En gran medida, el impulso provino de los
sectores marginales del Partido y logró afianzarse en virtud de la acogida que
tuvo el cambio de rumbo por sectores de la dirigencia y en ámbitos clave de la
sociedad. El fenómeno del revisionismo tuvo diferentes alcances, asumió una
posición moderada tanto en la URSS con Kruschev como con Gomułka en Polonia. En cambio, en
Hungría se alcanzó el máximo de lucha frontal, y en Checoslovaquia, al cabo de
una larga transición, en 1968 la dirigencia del Partido encabezó una reforma
que tendía a rebasar los límites ideológicos y políticos del revisionismo.
La confrontación en
el seno de los grupos dirigentes atravesó al conjunto del Partido y trascendió
fuera del mismo. Para dar cuenta del rumbo seguido por los diferentes países, a
las divisiones en las cúpulas dirigentes es preciso sumarle la presencia de
iniciativas de diferente alcance y consistencia en el seno de las sociedades.
La desestalinización abrió espacio a la impugnación del pasado reciente; a las
reivindicaciones de los obreros descontentos por los bajos salarios, las
elevadas normas y el autoritarismo de las relaciones laborales; al malestar de
los campesinos, obligados a aceptar la colectivización forzosa en condiciones
inapropiadas, y a las peticiones de los intelectuales y estudiantes
especialmente sensibilizados contra las formas de opresión cultural.
Las primeras
explosiones sociales tuvieron lugar en Alemania Oriental y en Checoslovaquia, a
los tres meses de la muerte de Stalin. A principios de junio, los trabajadores
de varios centros industriales de Checoslovaquia iniciaron paros y
manifestaciones en las acerías y minas de Ostrava, en la gran fábrica de
industria mecánica de Praga y en la fábrica Lenin de Pilsen. El detonador fue
una reforma monetaria que implicaba la pérdida de parte de los ahorros de la
población. El problema de fondo residía en que el impulso conferido a la
industria de base en detrimento de la de bienes de consumo, junto con la baja
producción agrícola, había provocado escasez de bienes y la consiguiente
inflación. Los obreros de Pilsen asaltaron la sede del poder local y exigieron
elecciones libres. El gobierno envió unidades del ejército para reprimir y prometió
inmediatos aumentos salariales.
La conducción del
Partido se dividió. Mientras algunos se pronunciaron en contra de la
colectivización de las tierras, el secretario general Antonín Novotný se opuso
a la restauración de la propiedad privada. El debate quedó zanjado pocos meses
después en favor de Novotný, quien recibió el apoyo de Kruschev. A mediados de
junio, los obreros de la construcción de Berlín Oriental se declararon en
huelga y salieron a la calle a protestar contra el aumento de las tasas de
producción. Al día siguiente, la huelga se generalizó y las manifestaciones se
hicieron masivas. El jefe de la guarnición soviética organizó la represión y
hubo detenciones en masa con aplicación de penas de muerte para algunos de los
detenidos. El gobierno adjudicó la explosión a incitadores burgueses y a los
agentes del imperialismo. El escritor Bertolt Brecht, evocando la exigencia de
“dimisión del gobierno” planteada por los manifestantes, ironizó en un poema
titulado La solución: «¿no será más sencillo que el gobierno licencie
al pueblo y elija uno nuevo?». En ninguno de estos casos los manifestantes
pretendieron derribar al gobierno de manera violenta. Sus acciones fueron
espontáneas, no ideológicas, y sí efímeras.
Los intelectuales
alemanes se movilizaron solo después de la explosión obrera de 1953, en un
primer momento acogida pasivamente. El protagonismo principal lo asumió la
joven generación de escritores agrupada en torno a la revista Der Sonntag.
Entre sus representantes se destacó Wolfgang Harich, quien lanzó la escandalosa
propuesta (en la Alemania de Ulbricht) de “enriquecer” el marxismo-leninismo
con las aportaciones de Trotski, Luxemburgo, Bujarin y hasta Kautsky. Después
del XX Congreso se concretaron movimientos de protesta de mayor envergadura en
Polonia y Hungría, que fueron contenidos vía la negociación en el primer caso o
reprimidos a través de los tanques soviéticos en Budapest.
El 28 de junio de
1956, en el centro industrial de Poznan (Polonia), miles de obreros desfilaron
por la ciudad reclamando pan, elecciones libres y evacuación de las tropas
soviéticas. La represión, que dejó un alto número de muertos y heridos y
centenares de detenidos, no logró desmantelar la protesta. En la fábrica de Żerań,
en Varsovia, el levantamiento obrero estableció contacto con la Universidad. También,
un millón de católicos se movilizaron, concentrándose en Cracovia con motivo
del 300 aniversario de la Virgen de Czestochowa como patrona
de Polonia. En la trama de fuertes tensiones que dividieron al Partido, con los
estalinistas recalcitrantes en favor de un golpe de Estado, acabó imponiéndose
la tendencia liberal en favor de la restitución de Gomułka. Pero antes fue necesario el
visto bueno del Kremlin. Una delegación presidida por Kruschev llegó a Varsovia
y tras unas tensas conversaciones con la dirección polaca, al mismo tiempo que
las tropas soviéticas se movían en la frontera, el secretario general del PCUS
acabó aceptando que Gomułka
se hiciera cargo de la dirección
del Partido.
Gomułka se inclinó a favor de
un reformismo suave que incluyó
un cierto grado de autonomía
en los contactos con Occidente, alguna tolerancia en materia cultural, mayor
grado de acción del Poder Legislativo y la revisión de la colectivización en el
campo. En materia religiosa, el cardenal Stefan Wyszyński
fue puesto en libertad y cesaron las persecuciones a la Iglesia. Todo esto en
el marco de un definido reconocimiento de la hegemonía de Moscú. La designación
de Gomułka y la aprobación del
programa que había
planteado antes de su destitución
permitieron controlar la situación y generar expectativas en la
población. Por otra
parte, no hubo en la sociedad, ni por parte del movimiento obrero ni en el
campo intelectual, una estrategia ni una dirección que sostuvieran iniciativas
propias con el suficiente grado de convicción para profundizar el alcance de
las reformas y obtener un mayor grado de autonomía frente al partido único que,
en consecuencia, logró preservar su poder sin excesivo desgaste. Sin embargo,
con el paso del tiempo, el gobierno de Gomułka
se mostró muy distante
de las esperanzas que había
suscitado. Su conducción
asumió un carácter
autoritario que restringió
las libertades en principio admitidas. Si bien no se volvió a intentar la
colectivización rural, en el plano industrial la economía central planificada
no logró satisfacer las expectativas de consumo y mantuvo unas relaciones
laborales que negaban la autonomía de los trabajadores, tanto en el plano de la
organización de las tareas como a la posibilidad de contar con organizaciones
propias para defender sus peticiones. Desde mediados de la década de 1960, el
movimiento polaco fue abandonando los propósitos comunistas reformistas. La
Carta abierta de Karol Modzelewski y Jacek Kuroń
a los miembros del Partido Comunista Polaco fue la última expresión de
autocrítica comunista, escrita a mediados de los 70. Proponía un
levantamiento dentro del espíritu
del socialismo contra la burocracia del partido, pues resultaba ser una nueva
élite.
La crisis política
en Hungría iniciada al morir Stalin estuvo caracterizada por la articulación de
dos elementos. Por un lado, la agudización del conflicto interno entre los
estalinistas agrupados en torno de Rákosi y los reformistas encabezados por
Nagy. Por otro, la emergencia rápida y generalizada, tanto dentro del Partido
Comunista como fuera de él, de una oposición al gobierno despótico de Rákosi.
Ambos factores se alimentaron recíprocamente. La lucha intestina facilitó la
aparición de las fuerzas contestatarias y estas fortalecieron la línea de Nagy.
Si bien Rákosi logró destituirlo en 1955, esta decisión hizo crecer el
prestigio de Nagy entre sectores del Partido, de la intelectualidad y del
pueblo. El 6 de octubre, alrededor de 200 mil personas desfilaron por Budapest
con Nagy a la cabeza en homenaje póstumo a Rajk. Entre el 22 y el 23 de octubre
el círculo Petöfi
y los estudiantes presentaron programas exigiendo elecciones y la evacuación de
las tropas soviéticas. El 23 de ese mes, una manifestación multitudinaria
destruyó una estatua de Stalin y ocupó la ciudad. La conducción del Partido
aceptó desplazar a Rákosi y nombrar a Nagy al frente del gobierno, pero
simultáneamente apeló a la guarnición soviética para restablecer el orden.
Durante varios días, los manifestantes se enfrentaron a los tanques soviéticos.
El nuevo gobierno encabezado por Nagy se mostró impotente para restablecer el
orden y llegó una misión desde Moscú que desplazó al secretario del Partido
para nombrar en su lugar a János Kádár. Esta medida no impidió la extensión de
la huelga general declarada por los consejos obreros. El 26 de octubre Kádár
anunció la formación de un gobierno que incluiría ministros no comunistas y el
reconocimiento de los consejos obreros. Al mismo tiempo, el mando soviético
ordenó la retirada de sus tropas. Sin embargo, grupos armados de dudosa
composición lanzaron acciones mortales contra miembros de la policía política y
contra comunistas. Las escenas de linchamientos y ejecuciones sumarias,
ampliamente difundidas por la prensa internacional, fueron utilizadas por los
partidos comunistas como prueba del carácter “contrarrevolucionario” de la
insurrección húngara.
A finales de octubre
los dirigentes comunistas húngaros aprobaron la abolición del sistema de
partido único y la vuelta a una coalición con otros partidos, como la de 1945;
también propusieron la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia. En respuesta,
desde Moscú se ordenó a sus tropas ponerse en marcha hacia Hungría. Kádár, que
en estas jornadas abandonó la escena pública, reapareció el 4 de noviembre
solicitando la “ayuda” del Ejército soviético para combatir la
“contrarrevolución”. Kádár, un hombre del aparato comunista que había sufrido
como Nagy la represión estalinista, decidió mantener al país en la órbita
soviética. Nagy se refugió junto con sus seguidores en la embajada de Yugoslavia,
y cuando la abandonó, creyendo contar con garantías, fue detenido y dos años
después ejecutado en el marco de la creciente cautela de Kruschev frente a la
acometida proestalinista de Mao.
El argumento de los
partidos comunistas para justificar la intervención soviética fue que no había
otra opción para salvar el socialismo en Hungría y prevenir los peligros que
para otros países socialistas se habrían derivado de su destrucción. A lo que
Jean Paul Sartre, polemizando con los comunistas franceses, respondió dando
cuenta de las consecuencias negativas de dicha intervención. Kádár intentó
conciliar dos políticas que parecían incompatibles, pero que le dieron
resultado: la represión de los radicales y la negociación con los más moderados
para incorporarlos a su equipo. Conseguido lo segundo (lo primero se llevó a
cabo con la directa intervención soviética), Kádár protagonizó una política
revisionista en lo económico que permitió diferenciarse respecto del resto de
los países de Europa del Este, con la inclusión de actividades y prácticas más
liberales y promercado. En la trayectoria de ambos procesos se distinguen
significativos contrastes. En el caso de Varsovia, se aceptó la vuelta al
gobierno de Gomułka,
una de las víctimas
de las purgas de Stalin, y el sesgo más flexible de su gestión alentó durante
cierto tiempo la esperanza de un comunismo más afín con las peculiaridades de Polonia.
Así se garantizaron la preservación de la propiedad de la tierra por los
pequeños campesinos y el reconocimiento del arraigado catolicismo en la
población. Sin embargo, en la década de 1980 Polonia, a través del movimiento
obrero organizado en el sindicato Solidaridad, pasó a ser el epicentro de la
oposición cada vez más frontal contra el orden soviético.
Un intento similar
en Hungría (la reposición en el gobierno del perseguido Nagy), fracasó. Los
reformistas húngaros fueron más allá del límite que Moscú estaba dispuesto a
aceptar, así que decidieron abandonar el Pacto de Varsovia. Además, el ala
comunista conservadora de Budapest era más consistente que la polaca. Por
último, la movilización de la sociedad desbordó al conjunto de la dirigencia
comunista húngara, y esta crisis frenó la desestalinización. Aunque en Moscú la
lucha se resolvió provisionalmente en favor de Kruschev con los desplazamientos
de Mólotov y Kaganóvich, Kruschev tuvo que coordinarse con los dirigentes
europeos más inclinados a la línea dura de la facción Mólotov y con el decidido
antirrevisionismo de Mao. El dirigente yugoslavo Tito fue nuevamente convertido
en símbolo del repudiable “revisionismo”.
A finales de 1957 se
reunió en secreto la primera conferencia internacional de partidos comunistas
desde la disolución del Komintern. La conferencia de los partidos en el poder
aprobó una declaración común, no firmada por los yugoslavos. Mao adoptó un tono
belicista muy distante de la coexistencia pacífica alentada por Moscú. En el
texto definitivo se reconoció el papel dirigente de la URSS al frente del campo
socialista y la necesidad de que en las relaciones entre los países y partidos
se lograse una cooperación estrecha. Al mismo tiempo se criticó el revisionismo
como expresión de una ideología burguesa que apuntaba a la restauración del
capitalismo.
Respecto de las
relaciones con Occidente Mao asumió un discurso agresivo que reconocía la
superioridad del socialismo y en consecuencia su posibilidad de expandirse
mundialmente. No había que temer una guerra con el imperialismo porque este
sería vencido. Sobre esta cuestión, la postura de Mao no suscitó adhesiones de
los dirigentes de Europa del Este, que temieron la adopción de líneas de acción
aventureras poco realistas.
El régimen de Tito,
por su parte, organizó el Congreso de la Liga en abril de 1958, que reafirmó
los 3 principios en que se había fundado la escisión yugoslava:
1.
Los peligros de la centralización
burocrática.
2.
El reconocimiento de la diversidad de
caminos hacia el socialismo.
3.
La gestión obrera como base de la
democracia socialista.
En 1958, el
antirrevisionismo alcanzó su mayor gravitación. La dirigencia soviética no solo
denunció el revisionismo yugoslavo como caballo de Troya introducido en el
ámbito comunista, también fueron suspendidos los créditos prometidos en la
etapa de la reconciliación. En este marco fue ejecutado el dirigente húngaro
Nagy, cuyo proceso venía siendo aplazado. No obstante, en el XXII Congreso del
PCUS en octubre de 1961, Kruschev concretó la segunda y más profunda revisión
crítica del estalinismo, que contribuyó a que en las democracias populares se
reanimaran las tendencias opositoras. Sin embargo, el debate en el seno del
Partido no fue acompañado de una reactivación de la vida política en la
sociedad rusa. Los chinos abandonaron la reunión, y las divergencias entre
Moscú y Pekín se profundizaron de manera irreversible.
La controversia
chino-soviética fue más la expresión de las tensiones entre dos políticas
estatales que producto de diferencias ideológicas. La ruptura entre ambos
países favoreció la diáspora de algunos países europeos respecto de Moscú.
Albania, cuyo dirigente Enver Hoxha había soportado una presión constante de
Kruschev para que revisara su ortodoxia, se colocó bajo la protección de China.
Ambos países reivindicaron abiertamente la figura de Stalin. En un tono más
velado, el dirigente rumano Gheorghe Gheorghiu-Dej y luego su sucesor, Nicolae Ceaușescu,
no cuestionaron la vía soviética al socialismo, pero se opusieron exitosamente
a los planes de integración económica del Kremlin (que asignaban a Rumania el
papel de proveedora de materias al mercado común soviético) para impulsar un
programa de industrialización nacional. Los rumanos deseaban acrecentar los
intercambios comerciales y la cooperación técnica con los alemanes occidentales.
Contrataron a ingenieros y especialistas, buscaron divisas fuertes, prefirieron
vender su maíz a Inglaterra en lugar de a Checoslovaquia y exportar cerdos y
aves a los países capitalistas en lugar de a Checoslovaquia o a Polonia.
La desestalinización
abrió el camino a las voces disidentes en los países europeos. En cambio, en
China hubo una reivindicación del pasado estalinista, cuya consecuencia más
significativa fue la fragmentación del campo comunista y la creciente
deslegitimación de la Revolución Rusa como el camino incuestionable hacia el
socialismo. Aunque la disputa se planteó básicamente en términos ideológicos,
el principal factor que dio paso a la ruptura chino-soviética remite al peso
decisivo de la competencia entre los dos grandes Estados de la esfera
comunista.
En Checoslovaquia,
la crisis de 1953-1956 no llegó a profundizarse. A pesar de la explosión de
Pilsen y de las demandas por parte de grupos del Partido para encarar la
revisión de los juicios del período estalinista, el equipo de Antonín Novotný
logró controlar la situación. Después de la represión de la oposición húngara,
en un contexto marcado por el fortalecimiento de las corrientes más
autoritarias, la dirigencia checoslovaca sancionó a los comunistas proclives a
la liberalización del régimen.
Cuando desde Moscú,
en el XXII Congreso del PCUS, Kruschev volvió a criticar el estalinismo, en
Praga adquirió destacada gravitación el movimiento en favor de la
rehabilitación de los condenados en los procesos de 1949-1953, una exigencia
que afectaba a los dirigentes del gobierno que habían tenido un papel destacado
en su instrumentación. Novotný se vio obligado a aceptar la responsabilidad de
parte de la dirigencia del Partido en dichos crímenes. Al desprestigio del
grupo dirigente por estos hechos se sumó la presencia de problemas económicos: un
creciente déficit de la balanza de pagos y excesivos niveles de producción
propuestos por el plan quinquenal. En este contexto, se afianzó la oposición
tanto dentro como fuera del Partido. Ésta planteó tanto la reforma del sistema
de planificación como la liberalización de la vida cultural. Entre los sectores
más activos se destacaban los escritores y los estudiantes. Los semanarios
culturales Kultúrny život, de Bratislava, y Literární Noviny,
de Praga, denunciaban el estalinismo vigente y atacaban el dogma de la
infalibilidad del Partido. La oposición tuvo especial fuerza en Eslovaquia,
donde se vinculó con las peticiones de una mayor autonomía frente al
centralismo impuesto por los checos, que controlaban el gobierno.
La Unión de la
Juventud, organización controlada por el Partido, pidió en la conferencia que
realizó en 1965 una mayor independencia para poder expresar sus juicios y exigencias.
En este marco, el escritor Milan Kundera publicó la novela La broma. La
conducción del Partido aceptó la creación de comisiones para evaluar los
alcances de la crisis y proponer alternativas en el plano económico, científico
y político. Novotný fue reemplazado por Alexander Dubček en la secretaría general del
Partido. En un contexto de crisis económica, la oposición parecía afianzarse.
Entre marzo y abril de 1968 se estipularon cambios a nivel del gobierno y el
Partido, lo que se tradujo en una presencia más destacada de los reformistas.
Algunos de ellos ocuparon funciones clave en el gobierno. Se reorganizaron, y
otros partidos políticos intentaron asumir un papel más activo. Tenemos al
Popular, de inspiración católica, y al Socialista Checo, cuya actividad había
quedado reducida a la aprobación de las decisiones del Partido Comunista. Junto
con ellos surgieron organizaciones nuevas, como el Club 231, que agrupaba a los
expresos políticos y el Club de los Sin Partido, que postulaba la democracia
parlamentaria socialista. El consejo central de los sindicatos anunció la
celebración de una conferencia nacional para la renovación de su organización.
En abril, la sesión plenaria del comité central del Partido aprobó un programa
moderado para la edificación de un nuevo modelo de sociedad socialista, vía la
combinación de una moderada apertura política con retribuciones que discriminaran
los diferentes grados de responsabilidad, y alentaran el incremento de la
productividad.
Frente a esta
situación, los gobiernos de Moscú, la RDA y Polonia presionaron para evitar una
profundización de las reformas en curso. El gobierno checoslovaco intentó
frenar el proceso de constitución y afianzamiento de nuevas organizaciones.
Tomó medidas como prohibir la creación del partido socialdemócrata y reforzó el
control sobre los medios de comunicación (especialmente las críticas de la
política de Moscú y la información sobre los procesos de los años 50). A finales
de junio un grupo de personalidades del mundo cultural elaboraron un documento,
llamado De las dos mil palabras, en el que expresaron su descontento por
el estancamiento de la democratización. Proponían la organización de las
fuerzas progresistas para romper la resistencia de los conservadores y asegurar
el éxito de la renovación. El gobierno y la conducción del Partido manifestaron
su desacuerdo con el documento, especialmente en relación con la ausencia de un
criterio de oportunidad, dada la posición delicada en que se hallaba el país
tanto en el plano interno como internacional, y reclamaron moderación. Estas
actitudes conciliadoras no impidieron la intervención militar de las fuerzas
del Pacto de Varsovia. Esta se concretó antes de la reunión del Congreso del
Partido que habría de elegir su nueva conducción, con el propósito de evitar el
afianzamiento de la corriente más radicalizada. La entrada de las tropas fue
justificada aludiendo a la presencia de fuerzas contrarrevolucionarias y a que
su intervención había sido solicitada por representantes del Partido y del
Estado checoslovaco. De forma inmediata, Dubček
y sus más estrechos
colaboradores fueron detenidos y enviados a una cárcel situada en territorio soviético. A pesar
de esta situación
el Congreso del Partido logró
reunirse, que tuvo lugar de manera clandestina en una fábrica en las
afueras de Praga con la presencia de más de dos tercios de los delegados que
habían sido elegidos en las semanas precedentes. El cónclave condenó la
ocupación y eligió un nuevo comité central en el que figuraban los dirigentes
detenidos por las fuerzas de ocupación. Se acordó exigir la inmediata
liberación de todos los detenidos y la retirada de los ejércitos del Pacto de
Varsovia, se solicitó el apoyo de todos los partidos comunistas a las
resoluciones del congreso y se sugirió la convocatoria de una conferencia
internacional de los partidos comunistas.
El Kremlin decidió
negociar con los representantes del gobierno checoslovaco. Las figuras del ala
conservadora y los dirigentes detenidos, que fueron trasladados desde la cárcel,
se reunieron en Moscú. El comité central del Partido, no renovado, ratificó el
31 de agosto los acuerdos logrados en esa reunión. En la declaración pública
sobre el contenido de estos, se destacan los siguientes puntos:
§ La
renuncia del gobierno checoslovaco a plantear la cuestión de la intervención
soviética en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
§ La
anulación del XIV Congreso del Partido.
§ La
permanencia de las tropas soviéticas hasta que el país se normalizara.
En este contexto, el
grupo de Dubček, repuesto
en el gobierno, asumió
una política conciliadora con el ala conservadora, que salió fortalecida. El
sector reformista con Dubček
como símbolo de la
Primavera de Praga perdía
posiciones. Los dirigentes más
radicalizados habían
sido marginados después
de la invasión,
y en abril de 1969 el Comité Central del Partido Comunista aceptó la renuncia
de Dubček, que fue reemplazado por Gustáv Husák.
Husák había sido una
de las víctimas de los procesos de los años 50 y pertenecía al grupo de Dubček. Sin embargo, aceptó el reajuste
de la política checoslovaca en virtud de lo que consideró como una lectura realista
de la situación. Desde esta perspectiva, el gobierno restableció la censura,
depuró el Partido a través de la renovación de carnés y clausuró toda forma de
organización autónoma en el seno de la sociedad.
En relación con la
llegada de las fuerzas militares a Checoslovaquia, se descartó que hubiese
significado una ocupación. Dicha acción había sido un “acto de solidaridad
internacional que contribuyó a cerrar el paso de las fuerzas antisocialistas-antirrevolucionarias”,
y esta situación profundizó la fractura del grupo liberal. Un sector se agrupó
en torno de Husák y aceptó las limitaciones impuestas por la fracción
estalinista; otra parte rechazó la legalidad de la ocupación y denunció la
connivencia del grupo conciliador con las fuerzas extranjeras. Frente a estas
definiciones, esta fracción fue expulsada del Partido y, en virtud de ello, la
oposición se organizó cada vez más al margen de éste.