sábado, 17 de diciembre de 2011

LA PELIGROSA CHINA DE MAO

 

 

 

La China De Mao

 

Para China, la Segunda Guerra Mundial comenzó en 1937 con la invasión de Japón, que condujo a la alianza pragmática entre el Kuomintang y el Partido Comunista. A lo largo del conflicto, los comunistas extendieron y consolidaron su inserción en la sociedad china y, una vez asegurada la independencia nacional con la derrota de Japón, se reanudó la guerra civil. El Kuomintang salió muy debilitado de la guerra de liberación, ya que sus dirigentes eran considerados corruptos e incapaces de satisfacer el afán de justicia social. Los nacionalistas habían reprimido las revueltas rurales y las manifestaciones estudiantiles, y los intentos de Chiang de afianzar la autoridad del gobierno lo habían enfrentado a los jefes regionales. Desde 1946, Mao insistió en la redistribución radical de la tierra ocupada por sus fuerzas. Los equipos de trabajo comunistas alentaban a los campesinos pobres y medios a participar en asambleas de lucha, en las que expresaban sus agravios y muchas veces ejercían violencia sobre los terratenientes.

Con el triunfo de los comunistas en 1949 se proclamó la República Popular China, que rápidamente impuso su dominio sobre el Tíbet, región aislada durante la República. Los nacionalistas se refugiaron en la isla de Formosa (Taiwán) bajo la protección de Estados Unidos, y el asiento reservado a China en el Consejo de Seguridad de la ONU fue asignado al gobierno encabezado por Chiang Kai-Shek. Simultáneamente, Mao se alineó con la Unión Soviética. En diciembre de 1949, el líder de la Larga Marcha viajó a Moscú para firmar un tratado de amistad, alianza y asistencia mutua con Stalin. El Kremlin, más allá de vanagloriarse por contar dentro de su esfera de influencia con la nación más poblada del mundo, no parecía esperar demasiado de una China empobrecida por décadas de guerra civil y ávida de ayuda. Además, la relación de Mao con los soviéticos tenía un pasado borrascoso y los dos meses de su estancia en Moscú estuvieron plagados de tensiones.

A finales de la década de 1920, cuando el líder chino se retiró al campo para organizar un ejército compuesto fundamentalmente por campesinos, la Internacional apoyó su destitución del Comité Central del Partido. En 1948, Stalin, en su afán de no irritar a Washington y descartando el triunfo de Mao, propició el acuerdo de este con el Kuomintang y desaprobó la ofensiva general de los comunistas contra el ejército nacionalista. No obstante, el líder chino nunca se enfrentó abiertamente a Moscú.

Apenas concluida la guerra civil, el gobierno chino envió a sus hombres (más de dos millones) para ayudar a los comunistas coreanos, que pretendían reunificar el país a través de la guerra. En China, la nueva acción bélica se asoció con la exaltación de la potencia del espíritu revolucionario (uno de los principios centrales del maoísmo), que recurrió reiteradamente a campañas de movilización masivas para promover cambios a través de la voluntad política y el esfuerzo compartido. La guerra de Corea también favoreció la propuesta de una pronta industrialización para dotar al país de los recursos que asegurasen su defensa frente a la amenaza exterior. Fue una posición similar a la de los estalinistas cuando, a finales de los años 20, aprobaron el primer plan quinquenal y atacaron con brutal violencia al campesinado.

Una vez en el gobierno, los comunistas chinos tuvieron que lidiar con desafíos similares a los de los bolcheviques cuando tomaron el poder: satisfacer las aspiraciones de una población abrumadoramente campesina, consolidar la clase obrera y erradicar el atraso para poder formar parte del mundo moderno eludiendo la ruta capitalista. En ambos países la burguesía era débil, y los partidos comunistas, además de controlar los recursos del Estado, podían exigir sacrificios a la población. A diferencia de los bolcheviques, los maoístas tenían una fuerte inserción en el ámbito agrario y habían librado la guerra civil antes de llegar al gobierno. Al finalizar la Guerra de Corea y con la ayuda de la Unión Soviética, el primer plan quinquenal (1953-1957) adoptó el modelo estalinista: la construcción de enormes plantas industriales, el creciente peso de los burócratas y profesionales capaces de dirigirlas, y el incremento de una producción agrícola que aportaba los recursos necesarios para la industrialización. Pero los comunistas chinos, cuya base principal de sustentación eran los campesinos, no estuvieron tan dispuestos a explotarlos en beneficio de la industria pesada como hicieron los soviéticos. Se promovió la creación de cooperativas rurales que alentaban el trabajo compartido sin eliminar la propiedad privada. No obstante, este sistema inquietaba a los comunistas porque reconocía a los campesinos como propietarios de sus parcelas e incluso les permitía disponer libremente de una parte de la producción. En 1955 se dio un giro a favor de la colectivización plena pero sin la brutal campaña contra los kulaks que desplegó el estalinismo. Los comunistas chinos combinaron persuasión con presiones en un mundo rural donde la presencia de los campesinos acomodados ya era reducida.

A mediados de la década de 1950 la dirigencia comunista creyó que la estabilidad y los logros económicos y sociales de los primeros años le permitirían contar con el apoyo de los intelectuales si aflojaban los controles y los alentaban a manifestar sus opiniones con sentido constructivo. No querían que en China sucediese algo parecido a los levantamientos de Europa oriental entre 1953 y 1956. Se supuso que el Partido, con su marcado sesgo hacia las diferencias jerárquicas y el autoritarismo, podía renovarse a través de un debate del que participarían los intelectuales ofreciendo nuevas alternativas. En 1956 Mao puso en marcha la breve campaña a favor de la libertad de pensamiento y expresión (el llamado Movimiento de las Cien Flores), nombre tomado de un poema chino tradicional:

Que cien flores florezcan;

que cien escuelas de pensamiento compitan entre sí.

Pero las críticas subieron de tono, llegando a denunciar la colectivización y el monopolio del poder político por parte del Partido. La reacción no se hizo esperar. Los críticos del régimen fueron acusados de contrarrevolucionarios elitistas y castigados con la censura, la cárcel o los trabajos forzados.

El primer plan quinquenal fue relativamente eficaz, pero a ese paso la industrialización de China tardaría mucho tiempo porque los excedentes del campo eran muy reducidos. Para evitar las constricciones materiales se convocó a la población a dar el Gran Salto Adelante, cuyo principio básico era utilizar al máximo el único recurso abundante: la mano de obra campesina. Para aumentar la productividad, los maoístas apostaron por la transformación radical de las estructuras sociales agrarias mediante la movilización de la fuerza laboral rural y la reorganización de la familia campesina. En las fábricas se promovió la democracia igualitaria a través de las críticas de las bases a los directivos y especialistas. Así, cualquiera estaba en condiciones de saber qué decisiones eran las adecuadas y era más importante ser rojo que especialista. El ala moderada, encabezada por Liu Shaoqi y Deng Xiaoping, predicaba una reforma cauta y anteponía los criterios económicos y técnicos a la voluntad política. Para Mao, en cambio, la movilización de las masas podía superar todo obstáculo material. En su visión prevalecía la idea de la revolución continua como herramienta de progreso y de transformación social.

El Gran Salto Adelante condujo a muchos hombres a dejar el campo para sumarse a la obra pública o trabajar en las fábricas. Las comunas, donde todas las tareas eran compartidas, reemplazaron a las cooperativas creadas unos años antes. Estas comunas (cuyas guarderías y comedores liberaban al ama de casa de las tareas domésticas) permitieron la plena incorporación de la mujer al trabajo intensivo en el medio rural. Este giro radical afectó al modo de vida tradicional de la familia campesina y fue un rotundo fracaso económico. El enorme tamaño de las comunas, en las que no se permitía ningún tipo de explotación privada, diluyó las responsabilidades y debilitó la motivación de los campesinos. A los defectos constitutivos del sistema se sumaron una serie de sequías e inundaciones que provocaron hambrunas en numerosos lugares. En diciembre de 1958 el ejecutivo comunista canceló el proyecto para dar paso a un comunismo más tecnocrático, y Mao tuvo que dejar la jefatura del Estado en manos de Liu Shaoqi, aunque conservó la dirección del Partido. La nueva dirección colegiada abandonó las campañas por la democracia y volvió al salario por pieza, a la valoración del saber de los especialistas y al restablecimiento de las viejas jerarquías campesinas. No quedó nada del igualitarismo defendido por Mao. Los mandos del Partido reafirmaron su autoridad en el control de la economía y la determinación de la posición que ocupaba cada grupo en la sociedad. A partir de la Revolución, la gente había sido clasificada en rojos (obreros, campesinos pobres y medios, policías, soldados y familiares de mártires revolucionarios) y negros (terratenientes, campesinos ricos, contrarrevolucionarios, elementos antisociales y derechistas). Este ordenamiento, lejos de avanzar hacia una sociedad igualitaria, generó una masa de resentidos entre los excluidos de la élite roja, desde los miembros de la antigua burguesía pasando por jóvenes rebeldes, hasta los trabajadores recién emigrados a las ciudades que carecían de los beneficios de los obreros más antiguos.

El marginado Mao y su círculo no compartían el nuevo rumbo tecnocrático que acompañaba al afianzamiento de las nuevas jerarquías en el Partido, y a mediados de la década de 1960 pusieron en marcha la Revolución Cultural: un giro destinado a barrer a la cúpula gobernante a través del cual Mao reafirmó su convicción sobre la primacía de la voluntad política gestada al calor de la experiencia del socialismo guerrillero. Los burócratas enfriaban el ardor revolucionario y había que desplazarlos para que la movilización y el sacrificio militante de la población hicieran posible el salto hacia el comunismo igualitario, al que las condiciones materiales oponían severas limitaciones. El líder chino temía, como le dijo al vietnamita Ho Chi Minh en 1966, que ellos fueran sucedidos “por Bernstein, Kautsky o Kruschev”.

La Revolución desde arriba se puso en marcha con declaraciones críticas sobre los “representantes de la burguesía y la gente del estilo de Kruschev que todavía anidan entre nosotros”, e inmediatamente se multiplicaron los grupos de Guardias Rojos formados básicamente por estudiantes. La Guardia Roja debía combatir el revisionismo en el seno del Partido y las “cuatro antiguallas” en el conjunto de la sociedad: las viejas costumbres, culturas, ideas y tradiciones de las clases explotadoras. La acción espontánea de las masas debía reordenar de una vez la sociedad liquidando las diferencias de clase en sus distintas expresiones. No sólo la económica, también anulando la división entre trabajo intelectual y manual. En la cúspide solo habrían de quedar los más virtuosos y comprometidos con la lucha de clases. La movilización iniciada por los estudiantes fue seguida por la de los obreros contra quienes los sojuzgaban y la de las poblaciones rurales contra los jefes políticos locales. En la fase más radical de la Revolución Cultural, la Guardia Roja se dividió, ambiguamente, entre conservadores y radicales según la diversidad de grupos e intereses enfrentados que quedaron envueltos en la revolución convocada “desde arriba”. La confusión derivó en una guerra civil, en la que ambos bandos proclamaban acatar la voluntad de Mao. A finales de 1967 el líder chino reconoció el peligro del caos y puso en marcha una nueva campaña encomendando al ejército, que antes había apoyado a los radicales, la restauración del orden, que fue lograda con un altísimo grado de violencia.

Aunque la década de 1960 en Occidente y Oriente mantuvieron conexiones entre sí, hubo también diferencias muy importantes. En Europa y América el ascenso de los movimientos de protesta de esta época trajo consigo un cuestionamiento de las instituciones políticas del capitalismo y una crítica intensa de su cultura. La década de 1960 occidental criticó exhaustivamente las políticas internas y externas del Estado de posguerra. En cambio, en el sudeste asiático (en Indochina en particular) y en otras regiones, los levantamientos de la década de 1960 se manifestaron en forma de lucha armada contra la dominación imperialista y la opresión social occidental.

Con el lanzamiento de la Revolución Cultural, Mao y otros dirigentes del Partido se basaron en una serie de tácticas para combatir las tendencias hacia la burocratización y las luchas internas en torno al poder dentro del Estado-partido, pero el resultado final fue que la estrategia elegida fue atravesada por los procesos mismos (lucha de facciones y tendencia hacia la burocratización) que se pretendía combatir, dando paso así a una nueva represión política y a la inflexibilidad del Estado-partido.

En el marco del desorden desatado por la Revolución Cultural, las tensas relaciones entre Pekín y Moscú alcanzaron un punto crítico cuando las disputas fronterizas desembocaron en una serie de incidentes armados en 1969. Un sector de la dirigencia china, preocupado por la combinación de deterioro interno y amenaza exterior y con el afán de romper el aislamiento de Pekín, propició el acercamiento a Estados Unidos pensando también en debilitar a los soviéticos: una pausa en las críticas contra el imperialismo bastaría para inquietar a los revisionistas del Kremlin. Mientras tanto, Estados Unidos redoblaba su apuesta militar para liquidar el régimen comunista en Vietnam. Zhou Enlai (dirigente clave en relaciones exteriores, excepto al inicio de la Revolución Cultural) propició el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos y el ingreso de China en el Consejo de Seguridad de la ONU, desplazando de su puesto a la representación del gobierno chino con sede en Taiwán.

Tras la muerte de Mao y la restauración del poder de Deng Xiaoping y otros dirigentes, el Estado chino emprendió una “negación a fondo” de la Revolución Cultural desde finales de la década de 1970. Asociado a los sentimientos populares de incertidumbre y desilusión, esto condujo a un fundamental cambio de actitudes que ha durado hasta la actualidad. En los últimos 30 años China ha pasado de ser una economía planificada a una economía de mercado; de “cuartel general de la revolución mundial” a próspero centro de la actividad capitalista; de nación antiimperialista del Tercer Mundo a uno de los “socios estratégicos” del imperialismo.

En su trayectoria posterior el proceso de despolitización de China llegó a presentar dos características decisivas. En primer lugar, la ausencia de teoría en la esfera ideológica. En segundo lugar, hacer de la reforma económica el centro exclusivo del trabajo del Partido.


 

La “Desestalinización” De Europa Del Este

 

 

 

La “Desestalinización” De Europa Del Este

 

Desde la muerte de Stalin en 1953 hasta el ingreso de los tanques soviéticos en Checoslovaquia en 1968, el bloque soviético europeo fue sacudido por una profunda crisis, con crecidas y reflujos, y con diferentes alcances y significación según los países. Se pueden distinguir tres tipos principales de conflictos:

1.     Episodios de rebelión causada por la escasez o bien como reacción por reajustes en los centros de trabajo para incrementar la productividad o como protesta frente a la desvalorización de la moneda.

2.     La Revolución húngara de 1956, que cuestionó en forma radical el sistema comunista de partido único.

3.     En Checoslovaquia, como centro del conflicto, se intentó, desde un sector de la cúpula del partido gobernante, de concretar reformas políticas y económicas.

En otros casos, como los de Rumania y Albania, no hubo estallidos sociales, pero sí la decisión de los partidos comunistas de estos países de tomar distancia de Moscú. La disidencia de este segundo grupo impugnó la desestalinización, o bien no se sumó a este proceso, para centrarse en la ruptura de su condición de satélites respecto del rumbo diseñado en Moscú y emprender su propio programa económico y de relaciones exteriores. En este contexto, China cuestionó muy tempranamente las críticas a Stalin, repudió decididamente los movimientos de protesta que tuvieron lugar en los países europeos y acabó, por un lado, denunciando la naturaleza imperialista de la URSS y, por el otro, recomponiendo sus relaciones con Estados Unidos.

A la muerte de Stalin, el giro adoptado por la dirección colegiada desde Moscú dio paso a la emergencia del concepto de revisionismo. El término fue acuñado originariamente por los sectores que se oponían a los cambios propiciados por los reformadores, y a través de éste se pretendía descalificarlos al asociar sus planteamientos con los de la corriente de la socialdemocracia alemana encabezada por Bernstein a finales del siglo XIX. Los revisionistas de ayer habían traicionado a la clase obrera al sumarse a las “uniones sagradas” que posibilitaron la Primera Guerra Mundial y la habían vuelto a traicionar cuando criticaron la toma del gobierno por parte de los bolcheviques en octubre de 1917. Bajo el término revisionismo coexistían principios que no terminaban de estar articulados y se englobó a diferentes sectores que, aunque compartían su oposición al estalinismo, aún no habían precisado sus diferencias internas. El grupo central lo integraban quienes estaban a favor de la eliminación de los métodos autoritarios y burocráticos en el Partido y en el Estado, el desarrollo de la autogestión, la apertura en el plano cultural y un cierto pluralismo político, pero bajo la dirección del Partido Comunista.

Los “liberales”, con objetivos más limitados que el grupo anterior, impulsaron inicialmente los cambios, pero circunscriptos a la adopción de un nuevo estilo político por parte de la conducción del Partido. La renovación debía conferir un carácter menos arbitrario a las decisiones del gobierno y del Partido y habría de incluir medidas económicas destinadas a recoger las demandas más imperiosas de productores y consumidores: normas de trabajo más flexibles, mayores salarios, posibilidades de acceso a la vivienda. Todo esto sin poner en tela de juicio el control del Partido sobre la organización de la producción y de los criterios en que se basaba la distribución, y sin abrir el juego a la competencia política.

Los revisionistas de izquierda propiciaban una democratización más profunda en el campo del trabajo a través del fortalecimiento de los consejos obreros no subordinados al Partido y la configuración de un espacio abierto para el debate al margen de este. Dicho sector sólo se visualiza en aquellas situaciones en que la crisis se combinó con la movilización organizada de sectores de la sociedad. También se sumaron al nuevo espacio abierto por los revisionistas aquellas fuerzas políticas tradicionales que habían intervenido en la lucha contra el fascismo y después, en el marco de la sovietización, fueron proscriptas: socialdemócratas, católicos, agrarios. En relación con el marxismo, los revisionistas reconocieron la posibilidad y la necesidad de leer e interpretar las obras de Marx sin atenerse a la intermediación institucional. Además, reivindicaron la incorporación de otras corrientes teóricas que habían estado censuradas en virtud de su condición de ciencias burguesas. Se prestó atención a otras tradiciones y corrientes socialistas no aceptadas hasta entonces por el poder, tanto la de los marxistas que habían formulado críticas al curso de Revolución bolchevique y algunos aspectos de la doctrina leninista, como la de Rosa Luxemburgo, o bien las de los partidos socialistas de Europa Occidental.

El nuevo rumbo puesto en marcha por Kruschev desestabilizó a las dirigencias comunistas de los países europeos. En parte porque deslegitimaba a quienes habían actuado como “pequeños Stalin”. El giro del XX Congreso los colocó frente a severos desafíos: encarar la dirección colectiva; asumir la crítica al culto de la personalidad del líder; corregir los excesos en la industrialización y colectivización; suprimir los aspectos más brutales de la represión; e indemnizar a algunas de las víctimas más notorias.

El objetivo de los dirigentes soviéticos no era liquidar la hegemonía de los jefes políticos del bloque soviético sino continuarla por otros medios más flexibles, más racionales y respetuosos. Pero la puesta en marcha de la reforma produjo divisiones en el seno del Kremlin que se reprodujeron en los órganos de poder de los otros países del bloque. La presencia de diferentes tendencias, la de los conservadores estalinistas por un lado y la de los revisionistas por otro, dio paso a un proceso marcado por avances y retrocesos en la implementación de las reformas y, en algunos casos, a situaciones revolucionarias.

Las fracciones estalinistas de las democracias populares contaban con el apoyo del grupo Mólotov-Kaganóvich, que resistía en Moscú al grupo de Kruschev; por su parte, los más dispuestos a promover cambios tuvieron el aval de los “liberales” del Kremlin. En Hungría, por ejemplo, el secretario general del Partido, Mátyás Rákosi, organizador del proceso contra László Rajk en 1952, debió aceptar que Imre Nagy ocupara el puesto de primer ministro. Nagy, vinculado con Malenkov, prometió una bajada general de los controles y una economía orientada hacia el consumo. No llegó a desplegar su programa porque en 1955 cayó junto con Malenkov.

Dado que el revisionismo fue principalmente un movimiento intelectual, su base de acción se encontró en las revistas culturales o especializadas, en las escuelas superiores (incluyendo las del Partido) y en las asociaciones culturales, científicas y políticas. Lograron extender su campo de acción al asociarse con el ala reformista de los aparatos del Partido. No formaron nunca una organización política propia, ya que optaron por actuar dentro de los cuadros institucionales dirigiéndose en primer lugar al Partido Comunista con el fin de promover una auténtica renovación de la práctica socialista. En gran medida, el impulso provino de los sectores marginales del Partido y logró afianzarse en virtud de la acogida que tuvo el cambio de rumbo por sectores de la dirigencia y en ámbitos clave de la sociedad. El fenómeno del revisionismo tuvo diferentes alcances, asumió una posición moderada tanto en la URSS con Kruschev como con Gomułka en Polonia. En cambio, en Hungría se alcanzó el máximo de lucha frontal, y en Checoslovaquia, al cabo de una larga transición, en 1968 la dirigencia del Partido encabezó una reforma que tendía a rebasar los límites ideológicos y políticos del revisionismo.

La confrontación en el seno de los grupos dirigentes atravesó al conjunto del Partido y trascendió fuera del mismo. Para dar cuenta del rumbo seguido por los diferentes países, a las divisiones en las cúpulas dirigentes es preciso sumarle la presencia de iniciativas de diferente alcance y consistencia en el seno de las sociedades. La desestalinización abrió espacio a la impugnación del pasado reciente; a las reivindicaciones de los obreros descontentos por los bajos salarios, las elevadas normas y el autoritarismo de las relaciones laborales; al malestar de los campesinos, obligados a aceptar la colectivización forzosa en condiciones inapropiadas, y a las peticiones de los intelectuales y estudiantes especialmente sensibilizados contra las formas de opresión cultural.

Las primeras explosiones sociales tuvieron lugar en Alemania Oriental y en Checoslovaquia, a los tres meses de la muerte de Stalin. A principios de junio, los trabajadores de varios centros industriales de Checoslovaquia iniciaron paros y manifestaciones en las acerías y minas de Ostrava, en la gran fábrica de industria mecánica de Praga y en la fábrica Lenin de Pilsen. El detonador fue una reforma monetaria que implicaba la pérdida de parte de los ahorros de la población. El problema de fondo residía en que el impulso conferido a la industria de base en detrimento de la de bienes de consumo, junto con la baja producción agrícola, había provocado escasez de bienes y la consiguiente inflación. Los obreros de Pilsen asaltaron la sede del poder local y exigieron elecciones libres. El gobierno envió unidades del ejército para reprimir y prometió inmediatos aumentos salariales.

La conducción del Partido se dividió. Mientras algunos se pronunciaron en contra de la colectivización de las tierras, el secretario general Antonín Novotný se opuso a la restauración de la propiedad privada. El debate quedó zanjado pocos meses después en favor de Novotný, quien recibió el apoyo de Kruschev. A mediados de junio, los obreros de la construcción de Berlín Oriental se declararon en huelga y salieron a la calle a protestar contra el aumento de las tasas de producción. Al día siguiente, la huelga se generalizó y las manifestaciones se hicieron masivas. El jefe de la guarnición soviética organizó la represión y hubo detenciones en masa con aplicación de penas de muerte para algunos de los detenidos. El gobierno adjudicó la explosión a incitadores burgueses y a los agentes del imperialismo. El escritor Bertolt Brecht, evocando la exigencia de “dimisión del gobierno” planteada por los manifestantes, ironizó en un poema titulado La solución: «¿no será más sencillo que el gobierno licencie al pueblo y elija uno nuevo?». En ninguno de estos casos los manifestantes pretendieron derribar al gobierno de manera violenta. Sus acciones fueron espontáneas, no ideológicas, y sí efímeras.

Los intelectuales alemanes se movilizaron solo después de la explosión obrera de 1953, en un primer momento acogida pasivamente. El protagonismo principal lo asumió la joven generación de escritores agrupada en torno a la revista Der Sonntag. Entre sus representantes se destacó Wolfgang Harich, quien lanzó la escandalosa propuesta (en la Alemania de Ulbricht) de “enriquecer” el marxismo-leninismo con las aportaciones de Trotski, Luxemburgo, Bujarin y hasta Kautsky. Después del XX Congreso se concretaron movimientos de protesta de mayor envergadura en Polonia y Hungría, que fueron contenidos vía la negociación en el primer caso o reprimidos a través de los tanques soviéticos en Budapest.

El 28 de junio de 1956, en el centro industrial de Poznan (Polonia), miles de obreros desfilaron por la ciudad reclamando pan, elecciones libres y evacuación de las tropas soviéticas. La represión, que dejó un alto número de muertos y heridos y centenares de detenidos, no logró desmantelar la protesta. En la fábrica de Żerań, en Varsovia, el levantamiento obrero estableció contacto con la Universidad. También, un millón de católicos se movilizaron, concentrándose en Cracovia con motivo del 300 aniversario de la Virgen de Czestochowa como patrona de Polonia. En la trama de fuertes tensiones que dividieron al Partido, con los estalinistas recalcitrantes en favor de un golpe de Estado, acabó imponiéndose la tendencia liberal en favor de la restitución de Gomułka. Pero antes fue necesario el visto bueno del Kremlin. Una delegación presidida por Kruschev llegó a Varsovia y tras unas tensas conversaciones con la dirección polaca, al mismo tiempo que las tropas soviéticas se movían en la frontera, el secretario general del PCUS acabó aceptando que Gomułka se hiciera cargo de la dirección del Partido.

Gomułka se inclinó a favor de un reformismo suave que incluyó un cierto grado de autonomía en los contactos con Occidente, alguna tolerancia en materia cultural, mayor grado de acción del Poder Legislativo y la revisión de la colectivización en el campo. En materia religiosa, el cardenal Stefan Wyszyński fue puesto en libertad y cesaron las persecuciones a la Iglesia. Todo esto en el marco de un definido reconocimiento de la hegemonía de Moscú. La designación de Gomułka y la aprobación del programa que había planteado antes de su destitución permitieron controlar la situación y generar expectativas en la población. Por otra parte, no hubo en la sociedad, ni por parte del movimiento obrero ni en el campo intelectual, una estrategia ni una dirección que sostuvieran iniciativas propias con el suficiente grado de convicción para profundizar el alcance de las reformas y obtener un mayor grado de autonomía frente al partido único que, en consecuencia, logró preservar su poder sin excesivo desgaste. Sin embargo, con el paso del tiempo, el gobierno de Gomułka se mostró muy distante de las esperanzas que había suscitado. Su conducción asumió un carácter autoritario que restringió las libertades en principio admitidas. Si bien no se volvió a intentar la colectivización rural, en el plano industrial la economía central planificada no logró satisfacer las expectativas de consumo y mantuvo unas relaciones laborales que negaban la autonomía de los trabajadores, tanto en el plano de la organización de las tareas como a la posibilidad de contar con organizaciones propias para defender sus peticiones. Desde mediados de la década de 1960, el movimiento polaco fue abandonando los propósitos comunistas reformistas. La Carta abierta de Karol Modzelewski y Jacek Kuroń a los miembros del Partido Comunista Polaco fue la última expresión de autocrítica comunista, escrita a mediados de los 70. Proponía un levantamiento dentro del espíritu del socialismo contra la burocracia del partido, pues resultaba ser una nueva élite.

La crisis política en Hungría iniciada al morir Stalin estuvo caracterizada por la articulación de dos elementos. Por un lado, la agudización del conflicto interno entre los estalinistas agrupados en torno de Rákosi y los reformistas encabezados por Nagy. Por otro, la emergencia rápida y generalizada, tanto dentro del Partido Comunista como fuera de él, de una oposición al gobierno despótico de Rákosi. Ambos factores se alimentaron recíprocamente. La lucha intestina facilitó la aparición de las fuerzas contestatarias y estas fortalecieron la línea de Nagy. Si bien Rákosi logró destituirlo en 1955, esta decisión hizo crecer el prestigio de Nagy entre sectores del Partido, de la intelectualidad y del pueblo. El 6 de octubre, alrededor de 200 mil personas desfilaron por Budapest con Nagy a la cabeza en homenaje póstumo a Rajk. Entre el 22 y el 23 de octubre el círculo Petöfi[1] y los estudiantes presentaron programas exigiendo elecciones y la evacuación de las tropas soviéticas. El 23 de ese mes, una manifestación multitudinaria destruyó una estatua de Stalin y ocupó la ciudad. La conducción del Partido aceptó desplazar a Rákosi y nombrar a Nagy al frente del gobierno, pero simultáneamente apeló a la guarnición soviética para restablecer el orden. Durante varios días, los manifestantes se enfrentaron a los tanques soviéticos. El nuevo gobierno encabezado por Nagy se mostró impotente para restablecer el orden y llegó una misión desde Moscú que desplazó al secretario del Partido para nombrar en su lugar a János Kádár. Esta medida no impidió la extensión de la huelga general declarada por los consejos obreros. El 26 de octubre Kádár anunció la formación de un gobierno que incluiría ministros no comunistas y el reconocimiento de los consejos obreros. Al mismo tiempo, el mando soviético ordenó la retirada de sus tropas. Sin embargo, grupos armados de dudosa composición lanzaron acciones mortales contra miembros de la policía política y contra comunistas. Las escenas de linchamientos y ejecuciones sumarias, ampliamente difundidas por la prensa internacional, fueron utilizadas por los partidos comunistas como prueba del carácter “contrarrevolucionario” de la insurrección húngara.

A finales de octubre los dirigentes comunistas húngaros aprobaron la abolición del sistema de partido único y la vuelta a una coalición con otros partidos, como la de 1945; también propusieron la retirada de Hungría del Pacto de Varsovia. En respuesta, desde Moscú se ordenó a sus tropas ponerse en marcha hacia Hungría. Kádár, que en estas jornadas abandonó la escena pública, reapareció el 4 de noviembre solicitando la “ayuda” del Ejército soviético para combatir la “contrarrevolución”. Kádár, un hombre del aparato comunista que había sufrido como Nagy la represión estalinista, decidió mantener al país en la órbita soviética. Nagy se refugió junto con sus seguidores en la embajada de Yugoslavia, y cuando la abandonó, creyendo contar con garantías, fue detenido y dos años después ejecutado en el marco de la creciente cautela de Kruschev frente a la acometida proestalinista de Mao.

El argumento de los partidos comunistas para justificar la intervención soviética fue que no había otra opción para salvar el socialismo en Hungría y prevenir los peligros que para otros países socialistas se habrían derivado de su destrucción. A lo que Jean Paul Sartre, polemizando con los comunistas franceses, respondió dando cuenta de las consecuencias negativas de dicha intervención. Kádár intentó conciliar dos políticas que parecían incompatibles, pero que le dieron resultado: la represión de los radicales y la negociación con los más moderados para incorporarlos a su equipo. Conseguido lo segundo (lo primero se llevó a cabo con la directa intervención soviética), Kádár protagonizó una política revisionista en lo económico que permitió diferenciarse respecto del resto de los países de Europa del Este, con la inclusión de actividades y prácticas más liberales y promercado. En la trayectoria de ambos procesos se distinguen significativos contrastes. En el caso de Varsovia, se aceptó la vuelta al gobierno de Gomułka, una de las víctimas de las purgas de Stalin, y el sesgo más flexible de su gestión alentó durante cierto tiempo la esperanza de un comunismo más afín con las peculiaridades de Polonia. Así se garantizaron la preservación de la propiedad de la tierra por los pequeños campesinos y el reconocimiento del arraigado catolicismo en la población. Sin embargo, en la década de 1980 Polonia, a través del movimiento obrero organizado en el sindicato Solidaridad, pasó a ser el epicentro de la oposición cada vez más frontal contra el orden soviético.

Un intento similar en Hungría (la reposición en el gobierno del perseguido Nagy), fracasó. Los reformistas húngaros fueron más allá del límite que Moscú estaba dispuesto a aceptar, así que decidieron abandonar el Pacto de Varsovia. Además, el ala comunista conservadora de Budapest era más consistente que la polaca. Por último, la movilización de la sociedad desbordó al conjunto de la dirigencia comunista húngara, y esta crisis frenó la desestalinización. Aunque en Moscú la lucha se resolvió provisionalmente en favor de Kruschev con los desplazamientos de Mólotov y Kaganóvich, Kruschev tuvo que coordinarse con los dirigentes europeos más inclinados a la línea dura de la facción Mólotov y con el decidido antirrevisionismo de Mao. El dirigente yugoslavo Tito fue nuevamente convertido en símbolo del repudiable “revisionismo”.

A finales de 1957 se reunió en secreto la primera conferencia internacional de partidos comunistas desde la disolución del Komintern. La conferencia de los partidos en el poder aprobó una declaración común, no firmada por los yugoslavos. Mao adoptó un tono belicista muy distante de la coexistencia pacífica alentada por Moscú. En el texto definitivo se reconoció el papel dirigente de la URSS al frente del campo socialista y la necesidad de que en las relaciones entre los países y partidos se lograse una cooperación estrecha. Al mismo tiempo se criticó el revisionismo como expresión de una ideología burguesa que apuntaba a la restauración del capitalismo.

Respecto de las relaciones con Occidente Mao asumió un discurso agresivo que reconocía la superioridad del socialismo y en consecuencia su posibilidad de expandirse mundialmente. No había que temer una guerra con el imperialismo porque este sería vencido. Sobre esta cuestión, la postura de Mao no suscitó adhesiones de los dirigentes de Europa del Este, que temieron la adopción de líneas de acción aventureras poco realistas.

El régimen de Tito, por su parte, organizó el Congreso de la Liga en abril de 1958, que reafirmó los 3 principios en que se había fundado la escisión yugoslava:

1.     Los peligros de la centralización burocrática.

2.     El reconocimiento de la diversidad de caminos hacia el socialismo.

3.     La gestión obrera como base de la democracia socialista.

 

En 1958, el antirrevisionismo alcanzó su mayor gravitación. La dirigencia soviética no solo denunció el revisionismo yugoslavo como caballo de Troya introducido en el ámbito comunista, también fueron suspendidos los créditos prometidos en la etapa de la reconciliación. En este marco fue ejecutado el dirigente húngaro Nagy, cuyo proceso venía siendo aplazado. No obstante, en el XXII Congreso del PCUS en octubre de 1961, Kruschev concretó la segunda y más profunda revisión crítica del estalinismo, que contribuyó a que en las democracias populares se reanimaran las tendencias opositoras. Sin embargo, el debate en el seno del Partido no fue acompañado de una reactivación de la vida política en la sociedad rusa. Los chinos abandonaron la reunión, y las divergencias entre Moscú y Pekín se profundizaron de manera irreversible.

La controversia chino-soviética fue más la expresión de las tensiones entre dos políticas estatales que producto de diferencias ideológicas. La ruptura entre ambos países favoreció la diáspora de algunos países europeos respecto de Moscú. Albania, cuyo dirigente Enver Hoxha había soportado una presión constante de Kruschev para que revisara su ortodoxia, se colocó bajo la protección de China. Ambos países reivindicaron abiertamente la figura de Stalin. En un tono más velado, el dirigente rumano Gheorghe Gheorghiu-Dej y luego su sucesor, Nicolae Ceaușescu, no cuestionaron la vía soviética al socialismo, pero se opusieron exitosamente a los planes de integración económica del Kremlin (que asignaban a Rumania el papel de proveedora de materias al mercado común soviético) para impulsar un programa de industrialización nacional. Los rumanos deseaban acrecentar los intercambios comerciales y la cooperación técnica con los alemanes occidentales. Contrataron a ingenieros y especialistas, buscaron divisas fuertes, prefirieron vender su maíz a Inglaterra en lugar de a Checoslovaquia y exportar cerdos y aves a los países capitalistas en lugar de a Checoslovaquia o a Polonia.

La desestalinización abrió el camino a las voces disidentes en los países europeos. En cambio, en China hubo una reivindicación del pasado estalinista, cuya consecuencia más significativa fue la fragmentación del campo comunista y la creciente deslegitimación de la Revolución Rusa como el camino incuestionable hacia el socialismo. Aunque la disputa se planteó básicamente en términos ideológicos, el principal factor que dio paso a la ruptura chino-soviética remite al peso decisivo de la competencia entre los dos grandes Estados de la esfera comunista.

En Checoslovaquia, la crisis de 1953-1956 no llegó a profundizarse. A pesar de la explosión de Pilsen y de las demandas por parte de grupos del Partido para encarar la revisión de los juicios del período estalinista, el equipo de Antonín Novotný logró controlar la situación. Después de la represión de la oposición húngara, en un contexto marcado por el fortalecimiento de las corrientes más autoritarias, la dirigencia checoslovaca sancionó a los comunistas proclives a la liberalización del régimen.

Cuando desde Moscú, en el XXII Congreso del PCUS, Kruschev volvió a criticar el estalinismo, en Praga adquirió destacada gravitación el movimiento en favor de la rehabilitación de los condenados en los procesos de 1949-1953, una exigencia que afectaba a los dirigentes del gobierno que habían tenido un papel destacado en su instrumentación. Novotný se vio obligado a aceptar la responsabilidad de parte de la dirigencia del Partido en dichos crímenes. Al desprestigio del grupo dirigente por estos hechos se sumó la presencia de problemas económicos: un creciente déficit de la balanza de pagos y excesivos niveles de producción propuestos por el plan quinquenal. En este contexto, se afianzó la oposición tanto dentro como fuera del Partido. Ésta planteó tanto la reforma del sistema de planificación como la liberalización de la vida cultural. Entre los sectores más activos se destacaban los escritores y los estudiantes. Los semanarios culturales Kultúrny život, de Bratislava, y Literární Noviny, de Praga, denunciaban el estalinismo vigente y atacaban el dogma de la infalibilidad del Partido. La oposición tuvo especial fuerza en Eslovaquia, donde se vinculó con las peticiones de una mayor autonomía frente al centralismo impuesto por los checos, que controlaban el gobierno.

La Unión de la Juventud, organización controlada por el Partido, pidió en la conferencia que realizó en 1965 una mayor independencia para poder expresar sus juicios y exigencias. En este marco, el escritor Milan Kundera publicó la novela La broma. La conducción del Partido aceptó la creación de comisiones para evaluar los alcances de la crisis y proponer alternativas en el plano económico, científico y político. Novotný fue reemplazado por Alexander Dubček en la secretaría general del Partido. En un contexto de crisis económica, la oposición parecía afianzarse. Entre marzo y abril de 1968 se estipularon cambios a nivel del gobierno y el Partido, lo que se tradujo en una presencia más destacada de los reformistas. Algunos de ellos ocuparon funciones clave en el gobierno. Se reorganizaron, y otros partidos políticos intentaron asumir un papel más activo. Tenemos al Popular, de inspiración católica, y al Socialista Checo, cuya actividad había quedado reducida a la aprobación de las decisiones del Partido Comunista. Junto con ellos surgieron organizaciones nuevas, como el Club 231, que agrupaba a los expresos políticos y el Club de los Sin Partido, que postulaba la democracia parlamentaria socialista. El consejo central de los sindicatos anunció la celebración de una conferencia nacional para la renovación de su organización. En abril, la sesión plenaria del comité central del Partido aprobó un programa moderado para la edificación de un nuevo modelo de sociedad socialista, vía la combinación de una moderada apertura política con retribuciones que discriminaran los diferentes grados de responsabilidad, y alentaran el incremento de la productividad.

Frente a esta situación, los gobiernos de Moscú, la RDA y Polonia presionaron para evitar una profundización de las reformas en curso. El gobierno checoslovaco intentó frenar el proceso de constitución y afianzamiento de nuevas organizaciones. Tomó medidas como prohibir la creación del partido socialdemócrata y reforzó el control sobre los medios de comunicación (especialmente las críticas de la política de Moscú y la información sobre los procesos de los años 50). A finales de junio un grupo de personalidades del mundo cultural elaboraron un documento, llamado De las dos mil palabras, en el que expresaron su descontento por el estancamiento de la democratización. Proponían la organización de las fuerzas progresistas para romper la resistencia de los conservadores y asegurar el éxito de la renovación. El gobierno y la conducción del Partido manifestaron su desacuerdo con el documento, especialmente en relación con la ausencia de un criterio de oportunidad, dada la posición delicada en que se hallaba el país tanto en el plano interno como internacional, y reclamaron moderación. Estas actitudes conciliadoras no impidieron la intervención militar de las fuerzas del Pacto de Varsovia. Esta se concretó antes de la reunión del Congreso del Partido que habría de elegir su nueva conducción, con el propósito de evitar el afianzamiento de la corriente más radicalizada. La entrada de las tropas fue justificada aludiendo a la presencia de fuerzas contrarrevolucionarias y a que su intervención había sido solicitada por representantes del Partido y del Estado checoslovaco. De forma inmediata, Dubček y sus más estrechos colaboradores fueron detenidos y enviados a una cárcel situada en territorio soviético. A pesar de esta situación el Congreso del Partido logró reunirse, que tuvo lugar de manera clandestina en una fábrica en las afueras de Praga con la presencia de más de dos tercios de los delegados que habían sido elegidos en las semanas precedentes. El cónclave condenó la ocupación y eligió un nuevo comité central en el que figuraban los dirigentes detenidos por las fuerzas de ocupación. Se acordó exigir la inmediata liberación de todos los detenidos y la retirada de los ejércitos del Pacto de Varsovia, se solicitó el apoyo de todos los partidos comunistas a las resoluciones del congreso y se sugirió la convocatoria de una conferencia internacional de los partidos comunistas.

El Kremlin decidió negociar con los representantes del gobierno checoslovaco. Las figuras del ala conservadora y los dirigentes detenidos, que fueron trasladados desde la cárcel, se reunieron en Moscú. El comité central del Partido, no renovado, ratificó el 31 de agosto los acuerdos logrados en esa reunión. En la declaración pública sobre el contenido de estos, se destacan los siguientes puntos:

§  La renuncia del gobierno checoslovaco a plantear la cuestión de la intervención soviética en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

§  La anulación del XIV Congreso del Partido.

§  La permanencia de las tropas soviéticas hasta que el país se normalizara.

En este contexto, el grupo de Dubček, repuesto en el gobierno, asumió una política conciliadora con el ala conservadora, que salió fortalecida. El sector reformista con Dubček como símbolo de la Primavera de Praga perdía posiciones. Los dirigentes más radicalizados habían sido marginados después de la invasión, y en abril de 1969 el Comité Central del Partido Comunista aceptó la renuncia de Dubček, que fue reemplazado por Gustáv Husák.

Husák había sido una de las víctimas de los procesos de los años 50 y pertenecía al grupo de Dubček. Sin embargo, aceptó el reajuste de la política checoslovaca en virtud de lo que consideró como una lectura realista de la situación. Desde esta perspectiva, el gobierno restableció la censura, depuró el Partido a través de la renovación de carnés y clausuró toda forma de organización autónoma en el seno de la sociedad.

En relación con la llegada de las fuerzas militares a Checoslovaquia, se descartó que hubiese significado una ocupación. Dicha acción había sido un “acto de solidaridad internacional que contribuyó a cerrar el paso de las fuerzas antisocialistas-antirrevolucionarias”, y esta situación profundizó la fractura del grupo liberal. Un sector se agrupó en torno de Husák y aceptó las limitaciones impuestas por la fracción estalinista; otra parte rechazó la legalidad de la ocupación y denunció la connivencia del grupo conciliador con las fuerzas extranjeras. Frente a estas definiciones, esta fracción fue expulsada del Partido y, en virtud de ello, la oposición se organizó cada vez más al margen de éste.


 



[1] En Hungría, los intelectuales se reúnen en el Círculo Petöfi, bautizado con el nombre del poeta nacional Sandor Petöfi, que el año 1848 recitó ante el edificio del Museo Nacional el poema Arriba, magiares, la patria llama, con lo que desencadenó la rebelión popular contra la dinastía Habsburgo.

La “Desestalinización”

 

 

La “Desestalinización”

 

Stalin no había organizado su sucesión y sus poderes pasaron a una dirección colectiva en la que se distinguieron tres figuras principales: Malenkov, presidente del Consejo de Ministros; Beria, la máxima autoridad del Ministerio de Asuntos Internos (del que dependía la policía política), y el secretario general del Partido, Kruschev. En un segundo plano estaban Kaganóvich, comisario de Economía, y Mólotov, al frente de Relaciones Exteriores. Aunque acordaron mantenerse unidos, competían sordamente por el control del poder. Pocas semanas después de la muerte de Stalin aparecieron señales de cambio: fue aprobado el decreto de amnistía a los presos políticos y el que negaba la existencia de la conjura de los médicos. Era el principio del fin del terror. Al mismo tiempo, Malenkov declaraba su interés en modificar las prioridades de los planes económicos pasando inversiones de la industria pesada hacia los bienes destinados a mejorar las condiciones de vida de la población, especialmente la vivienda. En sintonía con este sesgo, Beria alentaba las negociaciones con los países del bloque capitalista para poner fin al problema alemán. Su idea era llegar a la reunificación de las dos zonas mediante la instauración de un Estado alemán neutral que sirviese de garantía a la preservación de las fronteras entre los dos bloques. También se mostró dispuesto al acercamiento con Tito (el hereje, según Stalin) y con Mao.

Los hombres que habían colaborado estrechamente con la política estalinista, y sin que se visualizaran presiones desde la sociedad, estaban dando un drástico giro respecto del gobierno de Stalin. Sin embargo, el grupo carecía de cohesión. Hasta 1958, en que Kruschev impuso finalmente su mando, las pugnas entre camarillas imprimieron su sello a los sucesivos recambios de una parte del personal ubicado en la cima del poder. Pero se produjo un cambio fundamental: la pérdida del cargo dejó de estar acompañada por la eliminación física del desplazado, excepto en el caso de Beria. A mediados de 1953, a través de procedimientos y de reproches de corte estalinista, el jefe máximo de los servicios de seguridad fue detenido y a finales de ese año fusilado. En cierto sentido, se repitió lo que había ocurrido en los años 20 con la muerte de Lenin: la desaparición del jefe máximo desencadenó la competencia entre los miembros de la cúpula bolchevique. Pero en aquella ocasión, Stalin acabó imponiéndose a través de la invocación del legado leninista; sus sucesores, en cambio, dieron curso a la desestalinización.

Aunque los sentimientos de miedo y hastío frente al terror parecen haber sido compartidos, estos se combinaron con la presencia de diferentes fracciones. Los dos principales temas del debate explícito, enlazados entre sí, fueron: el rumbo de la política exterior (hasta qué punto alentar el deshielo o seguir la carrera armamentista), y las prioridades fijadas en los planes económicos (cuánto asignar a la industria pesada y cuánto a la de bienes de consumo). Pero hubo otra controversia más encubierta que giró en torno de los alcances del desmantelamiento de la maquinaria del terror y los procedimientos a seguir en este sentido. En este terreno, Kruschev asumió la posición más radicalizada. Su embate contra el estalinismo fue en gran medida una herramienta para ganar terreno sobre los rivales. En su marcha hacia la toma del poder fue quien, con mayor convicción y habilidad, profundizó la desestalinización hasta el punto de denunciar los crímenes de Stalin. Después de su activa intervención en la destitución de Beria, Kruschev avanzó sobre Malenkov aliándose con Kaganóvich y Mólotov, la vieja guardia del Partido, reticente a los cambios en todos los sentidos. A principios de 1955, el secretario del Partido logró que Bulganin, un hombre de su confianza, reemplazara a Malenkov como presidente del Consejo de Ministros. Había llegado el momento de tomar distancia del grupo conservador, y poco después viajó a Belgrado para recomponer las relaciones con Tito.

En el XX Congreso del Partido, a finales de febrero de 1956, Kruschev pronunció el discurso secreto que destapó el velo sobre el Gulag y la depuración del Partido en los años 30 y en el que, además, atacó el culto a la personalidad de Stalin. No todo fue dicho y mucho menos se intentó ofrecer razones sobre lo ocurrido. El jefe máximo muerto fue al mismo tiempo el responsable y la causa del terror; sólo había que pasar página para seguir avanzando hacia el socialismo. Con estas revelaciones atrevidas y parciales, Kruschev pretendía ganar el apoyo de la masa del Partido y fortalecerse frente a sus rivales, que aún retenían espacios de poder en el Partido y el gobierno. Pero su discurso fue también la expresión de un militante comunista convencido de que era posible renovar el régimen y recuperar los ideales del Octubre Rojo.

El informe secreto de 1956 se difundió rápidamente y agrietó las convicciones en los partidos comunistas. Una parte importante de los militantes comunistas occidentales abandonaron sus filas: fue el principio del fin de la disciplina y la obediencia ciegas al partido que había hecho la Revolución. Los partidos comunistas de Suiza y Dinamarca sufrieron una grave crisis. En Gran Bretaña fue peor, ya que un tercio de los militantes se dieron de baja. En Francia, quizá una cuarta parte del mundo intelectual que apoyaba de forma más o menos implícita al Partido Comunista se desvinculó del mismo.

El nuevo rumbo de Kruschev combinaba los cambios internos con el deshielo de la Guerra Fría. La Unión Soviética no podía seguir destinando tantos recursos al aparato militar, porque era preciso atender las condiciones de vida de la población. Aunque no logró cambios significativos en la comunicación con Washington, dejó claro que tenía la voluntad de dialogar y anunció que la superioridad del socialismo quedaría confirmada a través de su exitosa competencia económica con el capitalismo. La revolución bolchevique dejaba de ser el camino obligado para el triunfo del comunismo. Era factible seguir diferentes vías, e implícitamente quedaba abierta la posibilidad del desarrollo progresivo del socialismo en el marco del capitalismo. En lugar de los dos campos en lucha propuestos con la creación del Kominform, ahora los partidos comunistas podían avanzar en la búsqueda de alianzas parlamentarias en el marco de las democracias occidentales. En gran medida, al no proponer la expansión revolucionaria del comunismo, la nueva dirigencia, aunque con una actitud diferente, seguía el mismo rumbo que Stalin: consolidar el poder ya conquistado.

En el plano interno, Kruschev no pretendió reemplazar a los cuadros estalinistas; sólo reeducarlos y forjar una racionalidad que operase como dique de contención a los excesos del régimen fundado en la autoridad de una sola persona. La propuesta del nuevo jefe máximo se basaba en un elevado grado de confianza en la solidez del aparato partidario y en su posibilidad de conservar lo esencial del poder. Respecto del rumbo económico, promovió amplias reorganizaciones sin cuestionar la economía central planificada. En el orden industrial, recortó los poderes de la burocracia central y favoreció un mayor grado de injerencia por parte de los gobiernos provinciales. En materia agrícola, se liberó a los agricultores de las entregas forzosas de alimentos, el Estado se declaró dispuesto a pagar todos los productos requeridos para asegurar el abastecimiento de las ciudades y aumentó los precios de estos. En cierto sentido, las reformas del campo retomaban algunos de los principios de la NEP. Pero también se propuso conquistar las tierras vírgenes de Asia Central y Siberia, una experiencia inicialmente exitosa pero que acabó en un rotundo fracaso al provocar la erosión de los suelos.

En el afán de incrementar los volúmenes, se dejó a un lado la renovación de los terrenos, explotados a toda marcha y, lo más dramático, se impuso una explotación que alteró los cursos del agua y liquidó los cultivos destinados a alimentar a la población, que sufrió los rigores de un nuevo régimen de explotación. Gran parte de la población rural de Asia Central fue sacrificada a la irracional producción de algodón. Un aspecto de la política interna de Kruschev es el que se refiere a su política cultural y a sus relaciones con los intelectuales. La desestalinización produjo, por vez primera en la historia de la URSS, la aparición de algo semejante a una opinión pública, especialmente entre los medios culturales que, por lo menos en una etapa inicial, estuvieron al lado del líder soviético.

En 1957, Pasternak publicó en el extranjero Doctor Zhivago, que incluía aspectos críticos hacia la Revolución de 1917. Con él obtuvo el Premio Nobel en 1958 que, sin embargo, no pudo recibir personalmente por la oposición de las autoridades. En 1962, la censura permitió la aparición de Un día en la vida de Iván Denísovich, de Aleksandr Solzhenitsyn. También se publicó la obra poética de Ajmátova y la ensayística de Amalrik. En todos estos casos, se elevó el nivel de tolerancia para los discrepantes con el sistema político vigente.

Mientras Kruschev disfrutaba de sus vacaciones, en 1964, la práctica totalidad del Presídium (ex-Politburó) aprobó su destitución y los nombramientos de Leonid Brézhnev como primer secretario del Partido y de Alekséi Kosyguin como presidente del Consejo de Ministros. Según sus camaradas, había cometido errores graves en la dirección de la política económica, había tomado decisiones improvisadas y obró con manifiesta falta de prudencia en muchos casos. Kruschev no fue perseguido, pero vivió observado en una vivienda modesta. En el retiro “por motivos de salud” escribió sus memorias a escondidas, y el control de los servicios no impidió que Kruschev recuerda apareciera en Occidente en 1970.

Se le responsabilizó del impasse en que se encontraba la agricultura soviética, incapaz de aportar una base sólida al ascenso del nivel de vida. Se le acusó por el consiguiente estancamiento del ritmo, que debía de ir en aumento, del desarrollo industrial. En parte estas dificultades derivaron de los experimentos descoordinados de Kruschev o, como se dijo en el Congreso, de su actitud “subjetivista” frente a los problemas económicos. Pero también en parte fueron fruto de las circunstancias objetivas y tuvieron que ver con la transición operada por la economía soviética de la acumulación socialista primitiva a una modalidad de acumulación más normal.

De la misma manera, hay que reconocer que el coste, cada vez más gravoso, del programa de armamento estaba pesando sobre la economía y retardando su avance. La desestalinización fue incompleta. No se le explicó al país lo vivido a lo largo de la era de Stalin. No hubo un intento de desarmar la tragedia estalinista y avanzar hacia la verdad. La formulación de un conjunto de verdades a medias fomentó una decepción peligrosa, sin ofrecer a la joven intelligentsia ni a los trabajadores una idea positiva ni un método político efectivamente capaz de llenar el vacío dejado por la destrucción de ídolos y mitos.

Los 18 años en que Brézhnev estuvo al frente del PCUS están asociados con tres procesos clave:

1.     El afianzamiento de la nomenklatura.

2.     El estancamiento económico, especialmente su retraso en el plano científico y tecnológico, opacado por el hecho de que fue el período en que la población soviética dejó atrás la etapa de los sacrificios y alcanzó sus más altos niveles de consumo.

3.     La adopción en los años 70 de una política exterior expansionista, en especial su gravitación en África, uno de los factores que darían paso a lo que algunos historiadores han calificado como la Segunda Guerra Fría.